Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 39

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Actuación del Sr. Vicente durante las primeras revueltas del año 1649 y de lo que le sucedió en los viajes que emprendió por ese tiempo


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El reino había disfrutado de gran calma durante los primeros años de la Regencia de la Reina Madre, que se esforzaba en mantener la paz interior, mientras que usaba las armas en el exterior para rechazar los ataques de los enemigos. Pero sea que nuestros pecados nos hacen indignos de gozar por más tiempo de un bien tan grande, o porque Dios por otras justas razones desconocidas quiso privarnos de ellas, a la calma le siguió una de las más violentas tempestades que ha sacudido a Francia desde hacía mucho tiempo. A fines de 1648 empezó a fraguarse la tormenta, que obligó a Sus Majestades a trasladarse a Saint-Germain-en-Laye el mes de enero del año siguiente. Y al acercarse inmediatamente las tropas a esta gran ciudad, quedó (París) bloqueado y poco después reducido a situación extrema

La primera cosa que hizo entonces el Sr. Vicente fue poner su Compañía en oración para pedir a Dios la ayuda de su misericordia, previendo con razón que la aflicción pública sería grande, si duraba la división. Pensó además que sería su obligación aportar lo que pudiera, con el fin de buscar alguna solución. Y a este efecto, decidió aprovecharse de la ocasión, al ir a ofrecer sus servicios a Sus Majestades en Saint-Germain, de presentar a la Reina con todo el respeto y toda la humildad posible lo que pensaba ante Dios que sería más conveniente para mediar por la paz y la tranquilidad del Estado. Partió de San Lázaro resuelto en su determinación el 13 del mismo mes de enero. Para no causar sospechas por aquella marcha, entregó una carta al que dejaba la dirección de la casa de San Lázaro, para que la llevara inmediatamente al Sr. Primer Presidente. En ella le declaraba la inspiración, venida de Dios, de ir a Saint-Germain a hacer lo que pudiera para conseguir la paz; y que si no había tenido el honor de verlo antes de partir, era para poder asegurar a la Reina, que no había concertado con nadie lo que tenía que decirle. Pensó que debía usar de aquella precaución por dos fines: uno, para evitar toda sospecha en la Corte que hubiera tenido alguna comunicación con los del bando contrario, y para disponer de un medio de hablar con mayor eficacia a Su Majestad, cuando estuviera segura de que le hablaba solamente según las ideas recibidas de Dios; el otro, para no disgustar al Parlamento, que habría podido hallar razones para censurar que un hombre como él, hubiera podido abandonar París de aquella manera, sin dar cuenta a alguno de los principales de aquella Corporación acerca de su viaje y de sus intenciones.

Salió de París muy temprano, y llegó a Saint-Germain a eso de las nueve o las diez de la mañana, no sin peligro a causa del desbordamiento extraordinario de los ríos y de las descubiertas realizadas por los soldados. Se presentó a la Reina, y le estuvo hablando cerca de una hora. E inmediatamente fue a verse con el Sr. Cardenal Mazarino; tuvo con él una entrevista bastante larga. Fue recibido y escuchado favorablemente por Su Majestad y Su Eminencia, que conocía bien la sinceridad de su corazón y la rectitud de sus intenciones. Mas, aunque su sugerencia no obtuvo el efecto deseado para el fin que pretendía, que no era otro que la paz y la consolidación perfecta del Estado, porque los problemas no estaban despejados, tuvo al menos la satisfacción de haber hecho todo lo que había podido para manifestar su fidelidad y su celo en el servicio de Sus Majestades, y, al mismo tiempo, su interés en promover el bien público y el alivio de los pobres, pues ellos eran, a pesar de ser los más inocentes, quienes sentían más vivamente que todos los demás los embates de aquella tormenta.

Una vez realizado lo que pretendía hacer en Saint-Germain, el tercer día salió para Villepreux, pensando, por varias razones, que no debía volver a París. De Villepreux marchó a una pequeña granja situada en Beauce, a dos leguas de Étampes, en una pobre aldehuela llamada Fréneville, de la parroquia de Val-de-Puisseaux. Dicha granja la había regalado a San Lázaro la Señora de Herse para fundar misione. Permaneció allí por espacio de un mes. En ese tiempo, podemos decir que se alimentó sólo con el pan de la tribulación y el agua de la angustia. La estación era extremadamente fría, y el alojamiento muy pobre, y faltaban además todas las comodidades; y como era tiempo de revuelta y guerra, se podía temer todo. El Sr. Vicente residió allí todo el tiempo, como otro Jeremías, llorando las miserias del reino, y ofreciendo a Dios sus lágrimas, sus sufrimientos y sus penitencias para implorar su misericordia; o bien, como otro Job, sobre un poco de paja, para esperar la realización de los designios de Dios y someterse a su santa voluntad. Y, en efecto, mientras estuvo en aquel chamizo, le informaron que las otras fincas de San Lázaro situadas en los alrededores de París y de las que sacaba la mayor parte de las provisiones de los suyos, habían sido saqueadas por los soldados, los muebles arrebatados, los rebaños robados junto con dieciocho o veinte modios de trigo. Por otro lado supo que la casa de San Lázaro, después de marchar él, había sufrido muchos atropellos: se habían albergado en ella seiscientos soldados, que causaron grandes destrozos, y habían forzado las puertas de la casa y de los graneros, y habían llevado el grano y la harina a las Halles (mercado de mayoristas de París) por orden de un consejero, que decía habérselo encargado el Parlamento. Como después se comprobó que no había sido cierto el mismo Parlamento hizo salir de allí a los soldados y devolvió las llaves; pero no repararon los destrozos. Todos los días venía alguno a contarle al Sr. Vicente detalles de los saqueos y las pérdidas; y él siempre respondía: «¡Bendito sea Dios, bendito sea Dios!»

Y para dar a conocer mejor lo que sucedió en la casa de San Lázaro en aquella coyuntura, y cuál fue el motivo que ejercitó la paciencia del Sr. Vicente, contaremos aquí lo que escribió un virtuoso eclesiástico, que frecuentaba los Sacerdotes de esta Santa Casa. He aquí en qué términos habla en una carta:

«Hemos sido testigos ­dice­ de la persecución que la casa de San Lázaro ha sufrido en sus bienes, comodidades y provisiones durante la guerra y la rebelión de París por la agitación de ciertas personas hostiles y hasta alguno de los primeros magistrados. Porque con el pretexto de inventariar las provisiones de grano, que había en la casa y en la granja, fueron allá a registrar y a investigar por todas partes, como si hubiera grandes tesoros ocultos; y además de eso, hicieron alojarse a un regimiento de soldados muy insolentes, que durante varios días causaron unos destrozos y una dilapidación espantosa. Y para colmo de su malicia prendieron fuego a las leñeras del corral, donde estaba almacenada toda la leña. He visto sus restos aún humeantes, cuando fui a visitar al Sr. Lamberto, sustituto del Sr. Vicente. El virtuoso misionero soportó todas las afrentas y sufrió la persecución con su serenidad y tranquilidad habitual, contento por haber sufrido algún oprobio con su buen Padre, Vicente, y por ver los desperfectos y el robo (Dios lo quiso así) no tanto de sus bienes, como de las provisiones de los pobres, a los que las pensaban repartir, según su costumbre, muy liberal y caritativamente a lo largo del año. «Et rapinam bonorum vestrorum cum gaudio suscepistis». Podría haber dicho con toda justicia a los que veía tan ávidos de tesoros y riquezas que buscaban a mano armada en la casa, lo que san Lorenzo respondió a sus perseguidores mostrándoles los pobres, almacenes vivos donde había escondido las riquezas de la Iglesia, causa de su persecución: «Facultates quas requirisin caelestes thesauros manus pauperum deportaverunt». El buen Sr. Vicente fue como un justo Job sacado de aquel incendio y de aquella confusión por un movimiento especial, como por un ángel. Y saliendo de París con el corazón traspasado de dolor por las miserias de tantos pobres como iban a ser reducidos a extrema necesidad, pasó por Saint-Germain-en-Laye para exponer sus impresiones a Sus Majestades. Y después de retirarse de allí, fue a visitar las casas de su Congregación, que aprovecharon la dulzura de su presencia, durante nuestra privación y nuestra pérdida»

El Sr. Vicente, mientras estuvo refugiado en el pobre chamizo de Fréneville, sufrió grandísimas incomodidades, tanto por el rigor del frío, muy riguroso por entonces, como por no disponer más que de un poco de leña verde para encender el fuego, por carecer de todo en aquel mísero lugar, y por tener sólo pan de centeno y habas. Con todo no se le oía ninguna queja; lo sufría todo en espíritu de penitencia, pensando que, a fuer de sacerdote, debía apagar la cólera de Dios, que hacía sentir cada vez más sus efectos en todo el reino. Predicó a los habitantes de aquel paupérrimo lugar para animarlos a usar bien de la tribulación presente, y les exhortó a la penitencia, como el medio más eficaz para aplacar a Dios. Y luego de prepararlos a confesarse, les hizo la caridad de oírlos en confesión junto con el párroco del lugar y otro Sacerdote de su Congregación

Después de haber estado en aquel mísero lugar durante algún tiempo, se marchó, a pesar del rigor de la estación, y se dirigió a Le Mans a visitar una casa de su Congregación, situada en el arrabal de la ciudad. Desde allí se encaminó a Angers, y en el viaje sufrió un accidente a media legua de Durtal. Al pasar por un riachuelo, si no llegan a prestarle rápidamente ayuda, se hubiera ahogado, porque su caballo quedó tumbado en él. Después que le sacaron del río, volvió a montar, todo mojado, en el caballo, sin que manifestara en su rostro muestras de susto alguno. Era cuaresma; y con mucha dificultad encontró, para secarse, una choza a la vera del camino. Estuvo sin comer hasta la tarde, que fue cuando llegó a una posada. La dueña, al ver que el Sr. Vicente estaba catequizando, según su costumbre, a los criados de la casa, salió a reunir a todos los niños del lugar, y, sin ponerse previamente de acuerdo con él, los subió a su habitación, cosa que el Sr. Vicente agradeció mucho. Los dividió en dos grupos: uno se lo encargó al Sacerdote que estaba con él, para que los fuera instruyendo, mientras que él daba el catecismo al otro.

Se detuvo cinco días en Angers. Visitó a las Hijas de la Caridad que atendían a los enfermos del Hospital. E inmediatamente se puso en camino para Bretaña. Cuando estaba para llegar a Rennes, le ocurrió un accidente que puso en grave peligro su vida. Porque, al pasar un canal entre un molino y una balsa muy profunda por un puentecito de madera, el caballo fue a buscar la sombra de la rueda del molino, y al recular, iba ya a precipitarse en la balsa, con una pata trasera fuera del puente, y estaba a punto de caerse, si Dios, como por un milagro, no lo hubiera detenido y parado en seco. El Sr. Vicente, cuando se vio fuera de peligro, confesó que nunca se había librado de un peligro tan grande. Y bendiciendo a Dios por una protección tan evidente y maravillosa, rogó al que lo acompañaba que le ayudara a dar gracias a Dios por su Divina Bondad.

El Sr. Vicente en todo el viaje no había realizado ninguna visita de cumplimiento y de cortesía ni en Orleáns, ni en Le Mans, ni en Angers, ni en otros sitios por donde había pasado. Quería hacer lo mismo en Rennes, y atravesar de incógnito la ciudad para ir a la casa de su Congregación en Saint-Méen, a ocho leguas de allí, si le fuera posible; pero, a pesar de todo, fue reconocido al entrar en la ciudad de Rennes, por aquellos días muy atemorizada por las turbulencias del reino, igual que París. Una persona, con autoridad en la ciudad, le comunicó que su estancia en ella resultaba sospechosa por su cargo en los Consejos; que se tenía la intención de mandarlo detener, y que se lo advertía, para que se marchara al momento de la ciudad. El Sr. Vicente recibió el aviso como un favor, e inmediatamente se dispuso a partir; pero cuando estaba ensillando el caballo, un gentil-hombre, alojado en la misma posada que él, lo reconoció, y todo encolerizado, le dijo a gritos que «el Sr. Vicente quedará muy asombrado, si a dos leguas de aquí no le dan un tiro en la cabeza», e inmediatamente desapareció. Enterado de aquella amenaza el Sr. Lectoral de Saint-Brieu, en cuanto supo de la llegada del Sr. Vicente, fue a visitarle en la posada; le impidió marcharse, y le convenció de que fuera a ver al Sr. Primer Presidente y a otras personas, quienes lo recibieron cortésmente. Al día siguiente, estando ya el Sr. Vicente presto para marchar, vieron entrar al gentil-hombre, que, después de amenazarlo de muerte, se había ido, y había dormido fuera de la ciudad. Aquella circunstancia dio lugar a la sospecha de que había salido a esperar en el camino al Sr. Vicente para llevar a cabo su amenaza. Pero el fiel Siervo de Dios, puesta su confianza en la Divina Providencia y siempre preparado para morir, y hasta deseándolo, a imitación del santo Apóstol, para estar con Jesucristo, no se apuró. El Sr. Lectoral de Saint-Brieu, temiendo por su persona que le era muy querida, no quiso dejarlo solo, y le acompañó hasta el pueblo de Saint-Méen; allí llegó el martes de la Semana Santa. Permaneció en el pueblo quince días; durante ellos, la mayor parte del tiempo estuvo en el confesonario, oyendo a los pobres que venían de todos los lados en peregrinación a aquel lugar santo para obtener la curación de sus enfermedades, cosa que Dios les concede frecuentemente por intercesión del Santo

De allí se trasladó a Nantes por algún asunto piadoso. Pasó luego a Luçon con la intención de continuar viaje a Saintes, y más tarde a Guyena, con el fin de continuar allí la visita de las casas de su Congregación. Mas como recibió orden expresa de la Reina de volver a París, adonde ya había vuelto el Rey, llegó a Richelieu, y cayó enfermo. En cuanto lo supo la Señora Duquesa de Aiguillon, le mandó una carroza pequeña con dos de sus caballos y uno de los cocheros para traerlo en cuanto pudiera ponerse en camino; ya mucho antes le había dejado la misma carroza por las molestias de sus piernas y no quiso servirse de ella

En todas las casas que visitó en aquel viaje dejó un gran consuelo a sus hijos espirituales y un suave olor de humildad, cordialidad, mansedumbre y de todas las demás virtudes que puso en práctica, y les dio ejemplos de ellas. Por fin, volvió a París el mes de julio de 1649, después de seis meses y medio de ausencia. En cuanto llegó, devolvió al punto los caballos a la Señora Duquesa de Aiguillon con un montón de gracias; mas ella se los volvió a mandar, diciendo que se los había dado para servirse de ellos. Los rechazó inmediatamente, protestando que si las molestias de sus piernas, que iban a más cada día, no le permitían andar ni a pie ni a caballo, había resuelto permanecer toda su vida en San Lázaro antes que dejarse llevar en una carroza. Accedió, sin embargo, no sin gran contrariedad y extrema confusión, y llamó a la carroza, que no era muy sólida, «su ignominia», y deseó que los caballos, que tiraban de ella, fueran también empleados en arar y en tirar de carro cuando no debía trasladarse a la ciudad. Tenía entonces setenta y cinco años, y con tantas molestias, que le costaba mucho levantarse cuando estaba sentado, de forma que sólo fue por obediencia y por necesidad como se valió de aquella pobre carroza. Gracias a ella pudo trabajar con bendición en importantes asuntos, y prestar grandes servicios a la Iglesia que, sin ella, no los hubiera podido hacer.

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