Las Conferencias espirituales han estado siempre en uso en la Iglesia principalmente entre las personas deseosas de virtud. Los antiguos Padres del Desierto se servían de ellas como de un excelente medio para ayudarse mutuamente en la vía estrecha de la perfección evangélica. Y todavía poseemos volúmenes enteros llenos de materias que trataban en sus santas reuniones. En ellas consideraban a Jesucristo presente, según la palabra que nos dio El en su Evangelio: «cuando se reúnan dos o tres en su nombre, El se encuentra en medio de ellos»
El Sr. Vicente, como reconocía la excelencia y la utilidad de ese medio por propia experiencia, lo introdujo en su Compañía desde el comienzo de su fundación con gran bendición. Aprovechó de buena gana la ocasión que Dios le brindaba para introducir esas mismas conferencias espirituales entre los Eclesiásticos
He aquí cómo sucedió el hecho: Unos virtuosos Eclesiásticos que habían realizado los Ejercicios de Ordenes y recibido por aquel medio gracias abundantes, y, en particular, una gran ilusión por llevar una vida digna del carácter sagrado recibido por ellos, tuvieron grandes deseos de mantener vivos aquellos buenos pensamientos, y de perseverar en aquellas santas disposiciones. A este fin, se dirigieron al Sr. Vicente, rogándole que les quisiera ayudar con sus buenos consejos, y les indicara cómo debían portarse para corresponder fielmente a las gracias recibidas en la Ordenación
El Sr. Vicente, que sólo respiraba caridad y que tenía un celo ardentísimo para promover el bien espiritual de los Eclesiásticos, les propuso, entre otros medios, que se reunieran una vez a la semana para hablar juntos de cosas relativas a su estado, como de las virtudes eclesiásticas, de las funciones propias de su ministerio y de otras materias parecidas, porque podían sacar una gran utilidad de ellas para el bien de sus almas. Además, las conferencias les servirían para crear entre ellos lazos especiales en el servicio de Jesucristo y de su Iglesia, y, ayudándose unos a otros, darse ánimos en los trabajos y perfeccionarse en sus actividades
Aceptaron la propuesta como un aviso que les venía del cielo por boca del Sr. Vicente. Eligieron el martes como el día de la semana más propio para la Conferencia, y las reuniones empezaron desde aquel momento con la aprobación y el permiso del Sr. Arzobispo de París (sucedió esto el año 1633), y desde entonces siempre las han continuado con grandísimo fruto, no sólo para su propio adelantamiento en la virtud, sino también para el bien de toda la Iglesia, como se verá en el Libro Segundo
Aquella asamblea, pequeña al principio en cuanto al número, se ha multiplicado con una bendición especial, y ha servido de semillero sagrado, que ha dotado a Francia de Arzobispos y Obispos, que desempeñan santamente sus cargos, y de un gran número de Vicarios Generales, Oficiales, Arcedianos, Canónigos, Párrocos y otros Eclesiásticos que cumplen dignísimamente con los Beneficios, Oficios y Dignidades de la Iglesia, y que se han extendido por todas las diócesis del reino, donde han destacado siempre por el buen ejemplo de su vida y por el celo que anima sus funciones, y que les hace trabajar con bendición en el progreso del Reino de Jesucristo. En verdad que no era para darse a conocer de algún modo, ni para procurarse alguna ventaja temporal, o para ingresar en algún beneficio por lo que esos Eclesiásticos se comprometían a venir a las Conferencias. Por el contrario, entre las disposiciones que se deseaban en los participantes, una de las principales era un gran desprendimiento de todo interés personal, con una intención pura y simple de entregarse totalmente al servicio de Dios y de corresponder fielmente a su vocación. Su sabio y celoso director les inculcaba sólo una cosa: el amor a la humillación, al desprecio, a la pobreza y a los sufrimientos a ejemplo de Jesucristo, su divino Maestro. Hacían profesión especial de hacerse imitadores suyos, y sus ocupaciones más frecuentes eran dedicarse a catequizar y a confesar pobres en los hospitales, en las cárceles, y en otros lugares parecidos; o bien, ir a trabajar, cuando el Sr. Vicente les invitaba, con los Sacerdotes de la Congregación, en las parroquias campesinas, y prestar los servicios que podían a los pobres del campo; y, en fin, a ocuparse en los trabajos eclesiásticos que parecen más bajos y menos apreciados.
Sin embargo, Dios, que se complace tanto en exaltar a los humildes como en rebajar a los soberbios, quiso servirse de su rebajamiento para levantarlos: porque las Conferencias y los Ejercicios habían producido un cambio bastante considerable en los Eclesiásticos de París. Entre ellos se ven muchos de nacimiento ilustre, que llevan una vida muy ejemplar, y que se dedican celosamente a obras caritativas. Cuando el Sr. Cardenal de Richelieu oyó hablar de ellos, quiso estar mejor informado, y, a este fin, mandó llamar al Sr. Vicente. Habló con él de las reuniones y Conferencias de Eclesiásticos y hasta de la forma de actuar y de los trabajos de los Sacerdotes de la Misión. Quedó muy satisfecho de todo, y desde entonces concibió un mayor aprecio por la persona y la virtud del Sr. Vicente, que el que le había dado la fama, como lo dio a entender a la Señora Duquesa de Aiguillon, su sobrina. Más adelante tuvo ocasión de verse con él en varias circunstancias, y le animó a continuar las buenas obras comenzadas, y también le dijo que creía que su Congregación haría mucho bien en la Iglesia, prometiéndole a su vez toda su protección y ayuda
Deseó también conocer quiénes eran los buenos Eclesiásticos que se reunían todas las semanas en San Lázaro, cuál era la finalidad de sus reuniones, de qué temas trataban las conferencias y a qué actos piadosos se entregaban. Y manifestó una satisfacción particular ante las respuestas del Sr. Vicente. Como deseaba que las iglesias de Francia fueran ocupadas por buenos obispos, y que todos los que fueran elevados a semejante dignidad estuvieran dotados de todas las cualidades requeridas para cumplir dignamente con sus obligaciones, le preguntó quiénes eran en concreto los que consideraba dignos del episcopado con la intención de proponerlos al Rey, y así Su Majestad los nombraría para los obispados vacantes. El Sr. Vicente le sugirió varios nombres; el sabio y celoso ministro cogió enseguida la pluma, y se tomó la molestia de escribir de su puño y letra la lista según el orden con que el Sr. Vicente se los iba nombrando. Pero hay algo que no debo omitir: todo pasó tan en secreto, y el Sr. Vicente fue tan reservado en ese punto, que ninguno de los Eclesiásticos de la Conferencia supo jamás nada mientras él vivió; preocupado, como estaba, por mantenerlos en el espíritu de humildad, sencillez y desinterés evangélico nunca les dijo una palabra que les diera a entender que tenía el menor pensamiento de procurarles grandes cargos, sino que los exhortaba incesantemente a evitar todo lo que pudiera parecer deslumbrante y elevado, y amar y abrazar la propia abyección. Veremos en el Libro Segundo más en concreto los grandes bienes que Dios sacó del grupo que se reunía en San Lázaro para la santificación del clero y para el servicio de toda la Iglesia. Uno de estos servicios ha sido que esta práctica de las Conferencias Eclesiásticas así iniciadas en París se haya introducido después en varias diócesis. En ellas gracias al desvelo de los Sres. Prelados se ven a párrocos, beneficiados y otros sacerdotes, tanto de las ciudades como del campo, reunirse ciertos días en los sitios señalados para tratar y discutir juntos materias propias de su estado y obligaciones anejas, todo ello con grandísima utilidad, no sólo para la reforma del clero, sino también para la edificación de los pueblos
El año 1642 se le presentó al Sr. Vicente una ocasión para fundar la segunda Conferencia de Eclesiásticos en el Colegio de BonsEnfants, y fue de esta manera
Las Señoras de la asamblea de la Caridad de París, (ya hablaremos de eso más adelante) se interesaron porque cierto número de sacerdotes, además de los que vivían en el Hôtel-Dieu, se dedicara al cuidado de los enfermos. El Sr. Vicente con su caridad habitual recibió en San Lázaro a los seis primeros destinados a ese ministerio para prepararlos con unos Ejercicios espirituales. Después de exhortarlos a desempeñar dignamente su cargo y a conservar el espíritu de piedad y la unión fraterna entre ellos, se le ocurrió proponerles varios medios. De ellos el principal fue el de reunirse una vez por semana en el Colegio de Bons-Enfants para celebrar allí conferencias espirituales por el estilo de las de San Lázaro. Aquellos buenos Eclesiásticos aceptaron de buena gana la sugerencia. El les señaló el jueves, como día más conveniente que el martes, porque este día tenía lugar la Conferencia de San Lázaro, y porque como el jueves no era de ordinario día de clase, eso les facilitaría a varios eclesiásticos estudiantes de teología universitarios la asistencia a la nueva Conferencia, sin perder ninguna lección. Así comenzó la segunda Conferencia, y siempre ha seguido así, y ha servido a varios eclesiásticos para unir el estudio de la virtud con el de la ciencia, y para hacerlos más aptos en el servicio de la Iglesia y dar mayor gloria a Dios.







