Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 17

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Le nombran principal del Colegio de Bons Enfants, e inmediatamente se hace la primera fundación de la Congregación de la Misión


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La Señora Generala de las Galeras, tal como ya lo hemos dicho, en cuanto reconoció la necesidad y los frutos de las misiones, había concebido, al cabo de varios años, el piadoso propósito de hacer una fundación para el mantenimiento y la subsistencia de algunos buenos sacerdotes o religiosos que fueran de vez en cuando a ejercer aquella obra de caridad en sus tierras. Y el deseo de ver cumplido aquel plan iba creciendo cada día en su corazón, de forma que, renovando todos los años su testamento, en virtud del cual destinaba dieciséis mil libras para aquella buena obra, encomendó también al Sr. Vicente su ejecución, quien por su parte buscaba por todos los lados los medios y la ocasión propicios para poder realizar el plan de la virtuosa Señora. Habló varias veces con Superiores de diversas comunidades y empleó toda su habilidad para persuadirles que aceptaran aquella fundación. Pero no pudo conseguir su propósito, al no encontrar ningún superior que quisiera comprometer a su comunidad. Todos tenían sus razones particulares y pensaban que no debían aceptar. Mas la razón principal era que Dios reservaba esa obra al Sr. Vicente

Y como la Providencia dispone suavemente de todas las cosas para llegar a su propio fin, usó de las causas segundas más adecuadas para lograr sus fines y para comprometer al fiel siervo en aquella obra. Veamos de qué modo

La Señora Generala, cuando conoció la negativa de las Comunidades Religiosas, y, más, cuando vio que varios doctores y otros virtuosos sacerdotes se reunían habitualmente con el Sr. Vicente para trabajar en las misiones, pensó que si hubiera una casa en París destinada a quienes quisieran continuar las misiones, algunos de ellos podrían retirarse a ella y vivir juntos en una especie de comunidad. En ella podrían ser recibidos más adelante otros sacerdotes, y así aquella buena obra podría perpetuarse, y su fundación conseguir el efecto que pretendía. Habló con su Señor marido, quien no sólo aprobó el pensamiento de su mujer, sino que quiso constituirse también él en fundador conjuntamente con ella, y ambos comunicaron su proyecto al Sr. Juan Francisco de Gondi, hermano suyo, sucesor del Sr. Cardenal de Retz en el gobierno de la iglesia de París y su primer arzobispo, el cual dio por bueno su celo. Y considerando que su diócesis podría recibir de las misiones muchas ventajas, quiso contribuir a ellas destinando el Colegio de Bons-Enfants, que dependía de él, para vivienda de aquellos sacerdotes. Después de haber considerado juntos lo que sería más conveniente para conseguir un bien tan grande, decidieron hablar los tres juntos con el Sr. Vicente para rebatir todas las excusas que su humildad podría presentar y obligarle con mayor eficacia a ponerse de acuerdo con ellos.

Lo cual sucedió de acuerdo con dicho plan, ya que el gran respeto que les tenía el Sr. Vicente a los tres, lo hizo ceder en todo lo que deseaban de él. Aceptó la propuesta que le hicieron, primero de recibir la Principalía del Colegio con la dirección de los sacerdotes que se retiraban con él allí, y de las misiones a las que se dedicarían; segundo, de aceptar la Fundación en nombre de dichos sacerdotes, y, en tercer lugar, de elegir él mismo a los que hallase aptos y dispuestos para aquel piadoso proyecto.

Resuelta que fue la cosa, se llevó a la práctica inmediatamente y días más tarde, es decir, el primer día de marzo de 1624, el Sr. Arzobispo le hizo expedir la documentación de la Principalía del Colegio de Bons-Enfants.

Y el 17 de abril del año siguiente, el Sr. General de las Galeras, y la Señora, su esposa, firmaron el Contrato de Fundación, que por orden suya y siguiendo sus intenciones fue redactado en unos términos dignos de su piedad:

«Declararon, en primer lugar, que, habiéndoles dado Dios desde hace algunos años el deseo de procurar su honor tanto en sus tierras como en otros lugares, ya que su Divina Majestad ha querido proveer por su misericordia infinita a las necesidades espirituales de los habitantes de las ciudades por medio de gran número de buenos doctores y de virtuosos religiosos que les predican y catequizan y que los conservan en el espíritu de devoción, habían pensado que únicamente quedaba el pobre pueblo del campo poco menos que abandonado»

«Por eso les ha parecido que se podría remediar esta situación con la piadosa asociación de algunos eclesiásticos de reconocida doctrina, piedad y capacidad, que desearan renunciar tanto a las comodidades de dichas ciudades, como a todos los beneficios, cargos y dignidades de la Iglesia, para que, con el beneplácito de los prelados, se dedicaran por entero y exclusivamente a la salvación del pobre pueblo, yendo de aldea en aldea a expensa de la bolsa común, predicando, instruyendo, exhortando y catequizando a esa pobre gente y moviéndola a hacer una confesión general de toda su vida pasada, sin recibir por eso retribución de ninguna clase, con el fin de distribuir gratuitamente los dones que hayan recibido de la mano de Dios»

«Para conseguirlo, dichos Señor y Señora, en reconocimiento de los bienes y gracias que han recibido y reciben diariamente de su Divina Majestad, para contribuir al ardiente deseo que ella tiene de la salvación de las pobres almas, para honrar el misterio de la Encarnación, de la vida y de la muerte de Jesucristo Nuestro Señor, por amor a su Santísima Madre, y también para poder alcanzar la gracia de vivir tan bien el resto de sus días de forma que puedan con su familia llegar a la gloria eterna, y para este fin, dichos Señor y Señora han dado y entregado de limosna la cantidad de cuarenta mil libras contantes en manos del Sr. Vicente de Paúl, sacerdote de la diócesis de Dax con las cláusulas y cargas siguientes. A saber, que dichos Señor y Señora han puesto y ponen en poder del Señor Paúl la facultad de elegir y escoger en un año tal número de personas eclesiásticas, como la renta de la presente fundación pueda sostener, cuya doctrina, piedad, buenas costumbres e integridad de vida le sean conocidas, para trabajar en dicha obra bajo su dirección, mientras viva. Es lo que dichos Señor y Señora piensan y desean expresamente, tanto por la confianza que tienen en sus dotes de gobierno, como por la experiencia que ya ha adquirido en dichas misiones, a las que Dios les ha concedido una gran bendición. A pesar de esa dirección, dichos Señor y Señora desean que el Señor de Paúl siga residiendo en su casa de ellos como hasta ahora, para que les siga ofreciendo a ellos y a su familia la asistencia espiritual que desde hace largos años les viene prestando»

«Que dichos eclesiásticos y otros que en la actualidad y en el porvenir quieran consagrarse a esta santa obra se dedicarán enteramente al cuidado delpobre pueblo del campo, y a este fin, quedarán obligados a no predicar ni administrar ningún sacramento en las ciudades en las que haya arzobispado, obispado o tribunal de primera instancia, sino en caso de notable necesidad. Que dichos eclesiásticos vivirán en comunidad bajo la obediencia del Sr. de Paúl y de los Superiores sucesores suyos después de su muerte con el nombre de Compañía o Congregación de los Sacerdotes de la Misión. Que los que sean admitidos en dicha obra, quedarán obligados a tener intención de servir en ella a Dios de la forma indicada, y a observar el Reglamento que será redactado a ese efecto. Que estarán obligados a ir cada cinco años por todas las tierras de dichos Señor y Señora para predicar en ellas, confesar, catequizar y hacer todas las buenas obras arriba indicadas; y a asistir espiritualmente a los pobres forzados, para que se aprovechen de sus sufrimientos y para que el Sr. General satisfaga así a sus obligaciones; caridad que él entiende que debe ser continuada a perpetuidad con los forzados por dichos eclesiásticos por buenas y justas razones. Y finalmente, que dichos Señor y Señora se considerarán ambos a dos fundadores de la obra, y como tales, ellos y sus herederos y sucesores descendientes de su familia gozarán a perpetuidad de los derechos y las prerrogativas concedidas y otorgadas a los Patronos por los Santos Cánones, exceptuando el derecho de nombrar para los cargos, cosa a la que han renunciado»

Hay algunas cláusulas más en el contrato, que se refieren al buen orden que debe ser observado por dichos Sacerdotes, tanto en el espacio que media entre dos misiones, como en su propia perfección, pero serían demasiado largas para ser transcritas. Lo arriba extractado bastará para dar a conocer no sólo cuál fue la primera fundación de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, sino también cuán pura y agradable a Dios fue la intención de sus primeros fundadores, pues sólo buscaron la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas que parecían más abandonadas, tales como las de los pobres campesinos. Y lo que es particularmente digno de crédito, y que nos hace ver el gran desinterés en este asunto es que no quisieron imponer ninguna obligación de misas, ni de oraciones por ellos, ni otras cargas o buenas obras que les fueran especialmente aplicables ya durante la vida o después de la muerte; para que los Sacerdotes de esta Congregación, desprendidos de esa clase de obligaciones, pudieran con más libertad dedicarse a las fundaciones de su ministerio, y trabajaran con más asiduidad en las misiones. Estos caritativos fundadores se vieron así voluntariamente privados de todos los consuelos espirituales que hubieran podido pretender, para que los pobres fueran mejor servidos y socorridos y por ese medio Dios fuera más glorificado

Poco tiempo después de firmado el contrato, el Sr. General de las Galeras se marchó a Provenza, y la Señora quedó en París, ambos muy contentos por el sacrificio que acababan de ofrecer a Dios, y satisfechísimos de haber asegurado su fundación, al haberla puesto en manos del Sr. Vicente, persona en quien depositaban toda su confianza: daban por cierto que se comportaría como el siervo vigilante del Evangelio, que trató de sacar provecho de los talentos recibidos de su amo. No quedaron frustradas sus esperanzas: esta primera fundación tuvo tal éxito en manos y bajo la dirección sabia y fiel del Sr. Vicente, que ha llegado a producir gran número de otras, con la bendición que Dios ha querido darle, como lo veremos más adelante en este libro.

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