Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 15

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Provee a las necesidades corporales y espirituales de los pobres de la ciudad de Mâcon con gran fruto.


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La caridad del Sr. Vicente iba creciendo cada vez más en su corazón y Dios se complacía en ella proporcionándole nuevas ocasiones para servirle de materia y dándole medios para extender y hacer abundar aun más esta divina virtud. Al pasar por la ciudad de Mâcon, la encontró abarrotada de pobres, más desprovistos aun de bienes del alma que del cuerpo, y, lo que era peor, por no darse cuenta de su miseria espiritual y del estado deplorable de su conciencia, vivían en tal insensibilidad por las cosas de su salvación y como en una especie de irreligión y de libertinaje, que causaba horror, sin que hubiera modo de saber cómo remediar aquello. Los pobres, doblemente desvalidos, no hacían más que recorrer las calles y las iglesias para pedir limosna, sin preocuparse de cumplir con las leyes de la Iglesia y sin cuidarse de guardar los mandamientos de Dios. No oían casi nunca misa. No sabían lo que era confesarse o recibir algún sacramento. Pasaban su vida en profunda ignorancia de Dios o de las cosas de su salvación y se hundían en toda clase de obscenidades y de vicios. El Sr. Vicente, al ver aquella miseria, les tuvo mucha compasión, y aunque no pensaba detenerse en aquel lugar, no pudo pasar más adelante. Porque, como verdadero imitador del buen samaritano, considerando a todos aquellos pobres como otros tantos viajeros que habían sido despojados y heridos peligrosamente por los enemigos de su salvación, resolvió quedarse algunos días en Mâcon para tratar de vendar sus heridas y darles o procurarles alguna atención. Y, efectivamente, estableció allí una muy buena organización reuniendo algunos hombres para asistir a los pobres, y mujeres para cuidar de los enfermos. He aquí lo que el R. P. Des-Moulins, entonces superior del Oratorio de aquella ciudad, afirma por escrito:

«No es que yo haya sabido de nadie la situación en que vivían aquellos pobres: lo he visto con mis propios ojos; porque cuando se creó la Caridad, se determinó que, todos los primeros días de mes, los pobres que recibían limosna, se confesaran. Otros confesores y yo nos encontramos con ancianos de sesenta y más años que nos decían con franqueza que no se habían confesado nunca. Y cuando se les hablaba de Dios, de la Santísima Trinidad, de la Natividad, Pasión y Muerte de Jesucristo y de otros misterios, era algo que no entendían, se quedaban sorprendidos. Pues bien, por medio de la Cofradía, se solucionaron aquellos desórdenes. Y en poco tiempo se sacó a los pobres de las miserias del cuerpo y del alma. El Sr. Obispo de Mâcon, que por entonces era Don Luis Diner, aprobó el plan del Sr. Vicente. Los Señores del Cabildo de la Catedral y los Señores del Cabildo de San Pedro, formados por canónigos nobles de cuatro categorías, lo apoyaron. Al Sr. Chambon, deán de la catedral y al Sr. de Relets, preboste de san Pedro, les rogaron que fueran los directores con el Sr. Fallart, lugarteniente general; y todos ellos siguieron el reglamento redactado por el Sr. Vicente. A saber: que se debería redactar una lista de todos los pobres de la ciudad que quisieran avecindarse; que se les daría limosna ciertos días, y que si se les hallaba mendigando en las iglesias o por las casas, serían castigados con la prohibición de no darles nada; que los transeúntes serían alojados por una noche y se les despediría a la mañana siguiente con dos ‘sueldos; que los pobres vergonzantes de la ciudad serían atendidos en sus enfermedades y se les proporcionarían alimentos y remedios convenientes, como se hace en otros sitios donde está establecida la Caridad. Empezó a funcionar este nuevo ordenantes de reunir ningún fondo. Pero el Sr. Vicente supo tratar con tal miramiento a grandes y pequeños, que todos se prestaron voluntariamente a contribuir a tan buena obra, unos con dinero, otros con trigo, otros con géneros, según sus posibilidades; de forma que cerca de trescientos pobres fueron alojados, alimentados y mantenidos muy razonablemente. El Sr. Vicente dio la primera limosna y después se retiró»

Pero ¿es que se retiró? Lo vamos a saber por él mismo. He aquí lo que le escribió el año 1635 a la Señorita Le Gras, que había ido por consejo suyo a Beauvais para alguna obra semejante, y que necesitaba un poco de ánimo

«Ya se lo decía yo ­le dice­ que hallaría grandes dificultades en lo de Beauvais. ¡Bendito sea Dios, por usted que lo ha encaminado todo felizmente! Cuando fundé la Caridad en Mâcon, todos se reían de mí, se me señalaba con el dedo por las calles, pues pensaban que nunca podría tener éxito. Y cuando se hizo la cosa, todos derramaban lágrimas de alegría. Y los regidores municipales, cuando estaba ya para marcharme, me colmaron de honores, de tal manera que no pudiéndolo aguantar, me vi obligado a salir de incógnito para evitar los aplausos. Y ahora hay allí una de las Caridades que mejor marcha. Espero que la confusión que ha tenido que sufrir al principio, se convertirá al final en consuelo y que la obra quedará muy sólida»

Los RR. PP. del Oratorio de Mâcon tuvieron la atención de alojarlo en su casa durante unas tres semanas. Y se fijaron en que retiraba el colchón de la cama y se acostaba sobre paja: había comenzado aquella mortificación unos años antes y la había continuado hasta su muerte, es decir, más de cincuenta años. Y al verse descubierto por aquellos buenos Padres, sólo el último día, cuando entraron en su habitación muy de mañana para despedirse de él, excusó su mortificación con algún pretexto.

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