Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 14

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de Paúl1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Nombrado capellán real de las galeras, hace un viaje a Provenza y otro a Guyena, y procura el socorro corporal y espiritual de los pobres galeotes


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Como viera el Sr. General de las Galeras con qué bendición y fruto trabajaba el Sr. Vicente para procurar la salvación de las almas, quiso darle ocasión para extender la caridad a los forzados condenados a galeras. A este fin, solicitó para él del difunto rey Luis XIII, de gloriosísima memoria, el cargo de Capellán Real de Galeras, cosa que le concedió y después hizo expedir la patente. Este nuevo oficio obligó al Sr. Vicente a emprender un viaje a Marsella el año de 1622 con el fin de visitar las galeras y conocer personalmente las necesidades y carencias de los pobres forzados, y así proveer a sus necesidades y consolarlos en cuanto le fuera posible

Llegado que fue a aquel lugar, vio el espectáculo más lastimoso que pueda imaginarse: criminales doblemente desgraciados, tan abrumados por el insoportable peso de los pecados, como por la sobrecarga de las cadenas; agobiados por la miseria y los sufrimientos, y a quienes se les negaba la atención y el pensamiento de su salvación, y se les inducía sin cesar a la blasfemia y a la desesperación. Era un remedo del infierno: allí sólo se oía hablar de Dios para renegar de él y deshonrarlo, y así la mala disposición de aquellos desgraciados encadenados convertía en inútiles y sin fruto todos los sufrimientos. El Sr. Vicente, movido por un sentimiento de compasión para con los pobres forzados, trató de consolarlos y atenderlos lo mejor posible: usó de todo lo que la caridad le sugirió para serenar sus espíritus y hacerlos capaces por ese medio del bien que deseaba procurar a sus almas. Para eso se dedicaba a escuchar sus quejas con mucha paciencia, compadecía sus penas, los abrazaba, besaba sus cadenas y procuraba, mientras pudo, por medio de ruegos y amonestaciones a los cómitres y demás oficiales, que fueran tratados con más humanidad, insinuándose así en sus corazones para ganarlos más fácilmente a Dios

Es lo que le escribió un día a uno de los sacerdotes de su Congregación, quien por un celo un poco demasiado ardiente se servía de palabras rudas y ásperas en sus predicaciones entre los campesinos, para manifestarle que si quería tener éxito y producir algún fruto entre la pobre gente, debería actuar con un espíritu de mansedumbre, pues ése es el verdadero espíritu de Jesucristo

Fue el deseo de atender y servir a los pobres forzados y de procurar que fueran del número de los pecadores penitentes que dan alegría al cielo, lo que le hizo aceptar el cargo de Capellán Real, para que, teniendo jurisdicción sobre ellos y supervisión sobre los demás capellanes de las galeras, se lograra con aquel medio conseguir su piadoso propósito, muy digno de la caridad ardentísima que abrasaba su corazón y que le hacía abrazar con tanto afecto todas las ocasiones de procurar, de la manera que fuera, la salvación y la santificación de las almas y, en particular, de las que veía más abandonadas.

Después de permanecer durante algún tiempo en Marsella, se vio obligado a volver a París. Allí Dios se sirvió de él en nuevas ocasiones muy importantes para su gloria. Quiso Dios que hiciera aquel viaje para conocer mejor el desgraciado estado de los pobres forzados, con el fin de facilitarles algún lenitivo para los sufrimientos del cuerpo y algún remedio para las necesidades de sus almas, cosa que realizó más adelante enviando Sacerdotes de la Compañía a Marsella. Allí siguen encargados del hospital de los galeotes, y de vez en cuando dan misiones en las galeras. Pero de ellas hablaremos en otro lugar

Estando, pues, de vuelta en París, se consideró obligado a ir a visitar a los criminales condenados a galeras. Los halló en una situación mucho más deplorable todavía que los que había dejado en Marsella. Estaban encerrados en las mazmorras dela Conciergèrie y de otras cárceles. Allí estaban pudriéndose, a veces durante largo tiempo, comidos por gusanos, demacrados por la debilidad y la pobreza, y completamente abandonados en el cuerpo y en el alma.

Viéndolos en semejante miseria, informó de todo al Sr. General de las Galeras y le recordó que aquella pobre gente le pertenecía, y que, en espera de que los llevaran a las galeras, correspondía a su caridad tener algún cuidado de ellos. Le propuso al mismo tiempo un medio para asistirlos corporal y espiritualmente, cosa que el virtuoso Señor lo aprobó todo encantado y le concedió plena autoridad para realizarlo. Alquiló expresamente una casa en el barrio de SaintHonoré, cerca de la iglesia de San Roque, para poder alojar allí a los pobres forzados bien custodiados. Y actuando con grandísima diligencia, logró que la casa estuviera lista para recibirlos el mismo año de 1622; y allí los llevaron de inmediato. Fue en ese lugar donde adquirió toda su grandeza la caridad del Sr. Vicente, testimoniando toda clase de buenos servicios a aquellos pobres abandonados: los visitaba muy a menudo, los instruía, los consolaba, los disponía para hacer una buena confesión general, les administraba los sacramentos. Y no contento con preocuparse de sus almas, atendía también al alivio de sus cuerpos, y hasta, a veces, se encerraba con ellos y allí permanecía para prestarles más atenciones, y darles más consuelos. Eso mismo hacía cuando se temían enfermedades contagiosas: el amor a aquellos pobres le hacía olvidarse de sí mismo, y de su propia conservación, para darse totalmente a ellos. Cuando se veía obligado a ausentarse por otros asuntos, encargaba de su cuidado a dos buenos y virtuosos sacerdotes, uno de los cuales era el difunto Sr. Portail, compañero del Sr. Vicente desde varios años antes, y como había recibido con su ayuda y sus consejos el santo orden del Sacerdocio, estaba inseparablemente unido a la voluntad y a las órdenes del sabio director, y ha perseverado hasta el año 1660 en que la muerte los ha separado a uno del otro en la tierra para juntarlos más perfectamente en el cielo. El otro era el difunto Sr. Belin, capellán de la casa de Gondi en Villepreux. Los dos vivían en el hospital de los forzados y allí celebraban la Santa Misa. A Dios le gustó tanto aquella obra de caridad, que, comenzada que fue de aquel modo por el Sr. Vicente, su Providencia la ha hecho que subsista hasta el presente, en que ha continuado permanentemente alojando, socorriendo y atendiendo corporal y espiritualmente a los pobres forzados, que han sido trasladados del barrio de SaintHonoréa la puerta de Saint-Bernard

Este caritativo capellán de las Galeras tuvo tanto éxito en esta su primera gestión, que el Sr. General quedó muy consolado. Y como el año siguiente, 1623, trasladaron las galeras de Marsella a Burdeos por causa de la guerra contra los herejes, aceptó de muy buen grado que el Sr. Vicente emprendiera un viaje a Guyena, con el fin de prestar en aquella provincia los mismos servicios a los pobres galeotes, que los prestados en Marsella y en París. Llegado a Burdeos, se puso de acuerdo con buenos religiosos de diferentes órdenes; y una vez distribuidos y puestos a trabajar dos en cada galera, dieron una misión y prepararon a aquella pobre gente a reconciliarse con Dios por medio de una buena confesión general, y a someterse en todo a su voluntad, aceptando sus penas con paciencia y para satisfacción de sus pecados. El Sr. Vicente ganó a un turco para Dios y para la Iglesia, lo llevó a París y lo presentó al Sr. General, que lo recibió con gran contento. Le pusieron en el bautismo el nombre de Luis, y hoy en día aún está vivo y da testimonio de lo muy obligado que se siente al Sr. Vicente, a cuya caridad debe su salvación después de Dios

One Comment on “Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 14”

  1. quisiera , por favor saber don puedo comprar las historia de la c.m. del padre hHERRERA GRACIAS

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