Vida de Catalina Labouré (René Laurentin): 5. La estación de los frutos (1836-1869)

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

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Autor: René Laurentin · Año publicación original: 1984.
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Los años que van desde los votos de Catalina y su proceso por contumacia (1836) hasta la guerra y la Comuna (1871) no han llamado mucho la atención de los historiadores. Es como si se tratase de una época de bruma. Sin embargo, son años de plenitud en su vida, la estación de los frutos.

En el centro de la fuente medicinal

¿Es acaso la época dichosa de las personas sin historia? Sería un error imaginárselo. Su apariencia de mujer robusta, capaz de enfrentarse con cualquier cosa, se ve desmentida por una carta del 11 de junio de 1841 en la que sor Cany le muestra su compasión: Se encuentra usted en el centro de la ciencia médica sin poder obtener de ella ningún alivio.

Así pues, Catalina se encuentra hospitalizada con unos dolores ciáticos» que es imposible remediar. Es extraño. ¿Cómo compaginar este dato con su eficacia en tantos frentes? Su sobrina Leonia Labouré, que la visita con frecuencia a partir de 1850  confirma este dato médico y nos explica cómo logró resolver este problema a pesar de sus dolores:

Le dolían las rodillas; es una enfermedad familiar que yo también sufro. Cuando intentábamos quejarnos, ella respondía que no era nada y que mientras pudiera trabajar podía sentirse feliz.

También se dio cuenta sor d’Aragon. «Bajo una apariencia de buena salud sufría continuamente y nadie lo notaba».

El que siembra con lágrimas, cosecha en la alegría. Así pues, visitemos los huertos de Catalina, extrañamente variados, desde los más pegados al suelo hasta los más secretos.

1. El huerto terreno de Revilly

Una nueva granja

Está en primer lugar el huerto que Catalina cultiva entre la calle de Picpus y la calle de Reuilly. A este huerto lo va ella transformando poco a poco en una pequeña granja en donde prosperan los animales. Probablemente fue ella la que introdujo la cría de palomas, poco corriente en la región.

Vacas y cuentas

Fue ella la que preparó el establo, donde habrá dos vacas permanentemente y tres a veces. La primera la compró el 19 de marzo de 1846: 480 francos; pero fue preciso cuidarla mucho, porque se puso enferma. La recupera el 18 de abril y la revende por 260 francos; total, 220 francos de pérdida. Todo está anotado y registrado.

No se desanima. El 10 de mayo compra una segunda vaca por 310 francos y la revende en octubre, esta vez con 10 francos de beneficio. Entretanto, la vaca n.° 2 ha dado 1247 cuencos de leche (casi otros tantos litros, porque en París el cuenco de leche son 0,93 litros). Es estimulante.

Pero los problemas vuelven con la tercera vaca. Catalina la compró por 400 francos aquel mismo día y tuvo que venderla en octubre del año siguiente por 240 francos: casi a mitad de precio; la pérdida se compensó con una producción de 2.436 cuencos. Con las vacas siguientes hubo más bien pérdidas; por término medio, unos 100 francos con cada una.

Con la vaca 14ª, la situación se enderezó. Catalina la compra el 19 de agosto de 1851 por 420 francos y la revende cinco años más tarde, el 31 de marzo de 1857, con 30 francos de beneficio. De 1852 a 1861 las cosas se van manteniendo más o menos bien. Si Catalina revende con pérdida, el déficit es peque­ño. Con la vaca 18.a ganó 40 francos el 1 de junio de 1855. La 24ªI se vendió al mismo precio de compra. Pero después, los disgustos se precipitan. Los precios suben notablemente: de 300  ó 400 francos suben a 500 ó 600 francos: francos-oro. La vaca comprada por 500 francos el 21 de enero de 1860 se vende el 26 de noviembre del mismo año «por cosas de enfermedad, ¡pero a mitad de precio! La 30ª y última vaca, valorada el 1 de noviembre por 580 francos se vende el 13 de octubre de 1862 por 120 francos menos.

La nueva superiora que llegó el 18 de octubre de 1860, sor Dufes, empieza a preocuparse. El establo grava sobre un presupuesto limitado. ¡Las hijas de la Caridad no son el ministerio de Hacienda! Sor Dufés no está contenta. Pide cuentas y Catalina pone en línea sus números. Está en perfecto orden. Pero el orden pone de manifiesto la amplitud del déficit. En 17 años Catalina  ha perdido 3.655 francos en las adquisiciones y ventas de vacas. Buena granjera, pero mala chalana. En Fain aquello lo llevaba su padre, que no la inició en el secreto: Catalina es  demasiado recta para jugar a este juego: vende más barato que compra. Si la cosa salió bien con la vaca 18ª, fue por casualidad. Y Catalina estaba tan orgullosa de aquello que no pudo ocultarlo en su libro de cuentas, donde termina el curriculum vitae de aquel animal con una nota de lirismo insólito (entre líneas) «esta vaca produjo 16.302 cuencos de leche en 5 años y 8 meses». Le costó tanto separarse de aquel animal ya viejo que al chalán le dio la impresión de que se trataba de un verdadero tesoro. Y así al menos una vez vendió por encima de su precio una vaca a punto de morir.

No hubo 31.a

Catalina no dimitió a la hora de presentar cuentas a sor Dufés en 1862. Adelantándose a sus proyectos ya había escrito en su cuaderno: «31ª vaca comprada el…». Estas palabras han quedado en suspenso en la página en blanco. Sor Dufés es inflexible. Catalina obedece. Añora aquella leche fresca, que tanto apreciaban los ancianos y que no se contabilizaba.

No por eso se encuentra en paro. En su libro de cuentas siguen apareciendo los cerdos y los conejos hasta el año 1875.

A partir de 1861 vemos también aparecer un caballo, luego algunos más. Conocemos el nombre de uno de ellos, «Bibí», un tanto caprichoso. De él nos cuenta sor Levacher: Un día íbamos en coche a la casa madre, en la calle del Bac; sor Vincent quería pasar por las calles principales.

Al caballo le era más fácil ir por allí; además sabíamos que no era muy dócil. A sor Catalina, por el contrario, le habría gustado que fuera por otro camino. Por qué motivo: No puedo decirlo exactamente. De lo que me acuerdo es que le dijo a sor Vincent con un poco de terquedad:

-¡Vaya! Le gusta a usted que la gente vea a su «Bibí». ¡Sí que es apuesto este «Bibí»!

Las aves siguen siendo el principal trabajo de sor Catalina. Lo mismo que en Moutiers, vende pollos para sacar adelante la granja. Los huevos, al parecer, se dedican por entero al consu­mo de la casa. No va mal el negocio. En 1861, las 39 gallinas han puesto 2.626 huevos.

El palomar es más abundante. En 1864 Catalina vende nada menos que 313 palomas. Si en 1867 y 1868 las ventas bajan a 194, en 1870 vuelven a subir a 257.

Balance

¿Ganó la comunidad con la granja de sor Catalinar Podemos decir que sí, en conjunto. Si perdió con la venta de las vacas, éstas dieron a la casa 97.258 cuencos de lecha, que a 50 céntimos son 48,629 francos, lo cual  supera el total de las pérdidas (gastos de piensos: 33.859 francos).

La cría de palomas es también positiva para los 14 años 1861-1874, en los que se contabilizan 3.656, 85 francos de venta. Es decir, un beneficio de 1.195, 85 francos.

La explotación del gallinero también parece positiva para los 4 años contabilizados (1861-1864). La alimentación y mantenimiento fueron 900  francos de gasto; el valor de los huevos por  sí solo es de 775 francos, y el de los pollos vendidos 203, 50 francos…. sin contar los que se comieron.

Estas columnas de cifras que resumen en una o dos páginas un año de actividades granjeras le divierten a sor Dufés. Pero Catalina que aprendió bastante tarde la contabilidad, sabe que está administrando el bien de !os pobres y que, según san Vicente, una hija de la Caridad tiene que saber dar muy bien cuenta de ello.

Un recuerdo que nos refiere sor Olande da un puco de sabor a este relato de la vida cotidiana:

Una tarde, la hermana de la cocina se había olvidado de hacer la sopa. Llegó la hora de la comida y entonces la hermana gritó: ¡Ay, Dios mío! ¡Si no he hecho la sopa!

Sor Catalina, sin gritar, le dice con calma: No se preocupe, hermana: acabo de ordeñar las vacas: ya verá qué contentos se ponen de tener esta noche leche fresca.

Esta hermana era precisamente [sor Vincent, la cocinera ahorradora] la que le hacía sufrir.

2.- Servicios de otra clase

Los ancianos

No contenta con «producir» como una buena campesina, Catalina sirve también en otros frentes.

Tras las primeras armas en la cocina y luego en la lavandería sigue todavía echando allí una mano y cooperando en los trabajos pesados durante el tiempo de recreo. Pero su principal función son los ancianos.

Catalina es firme, imparcial, sabe mantener el orden y adelantarse a todo posible altercado. Y sobre todo los quiere y es querida por ellos. Su «defecto» en este servicio que se considera difícil, en que hay que vérselas con antiguos guardas jurados mayordomos, camareros, porteros, nostálgicos de sus libreas doradas, es que nunca se enfada con ellos, dice sor Dufés. Acuesta al borracho incorregible que ha perdido la cabeza y aguarda al día siguiente para hacerle razonar. Y cuando éste le pide perdón, ella le dice: No es a mí a quien tienes que pedir perdón, sino a Dios.

Es buena incluso con los más desagradables, como si los «malos» (como se decía entonces) tuvieran derecho a atencio­nes especiales, a ser un poco los preferidos. Los veía tal como eran: heridos que pedían ayuda y se daban con la frente en la pared y reñían con todos, como niños a los que hay que dar ánimos y hacer que confiaran en sí mismos.

No es que supiera «condescender». No, tiene el sentido de la justicia, Está pronta a reaccionar si las cosas se salen de ella.

Les servía la comida con generosidad y no se cansaba de repetir: ¿Tiene bastante?

Qué alivio para aquellos ancianos, siempre temerosos de que les faltase algo! ¿Psicólogo Catalina? Buena ante todo, porque no calculaba sus efectos.

Cuando uno de ellos no toleraba alguna clase de alimentos, procuraba buscarle otros. El servicio a los ancianos iba asociado a la responsabilidad de su residencia. Catalina organizaba este servicio y acudía normalmente en sus horas libres o cuando le tocaba realizarlo sin interrupción desde las 7 de la mañana a las 7 de la tarde. Mantenía aquel sitio limpio y sobrio, sin cachivaches, como una celda monástica.

Los pobres

Según sus compañeras, amaba «sobre todo a los pobres», que eran para ella los miembros doloridos de Jesucristo.

Para con ellos, lo mismo que para con los ancianos, había asimilado espontáneamente aquel consejo de san Vicente:

La verdad es que, nunca han sido los designios de Dios al hacer esta Compañía, que sólo cuidaréis los cuerpos… La intención de nuestro Señor es que atendáis también a las almas de los pobres enfermos.

Era un gozo para ella dar limosnas, dice sor Maurel.

Nadie se ha quejado de la acogida que le hacía (dice sor Combes).

La Negra

Un día, por el año 1860, llama a la puerta llorando una pobre mujer, de unos cincuenta años: ¡Blasina! dice Catalina abrazándola.

Era una antigua compañera de los años de seminario, sor Lafosse. Su misticismo hacía creer en su vocación, pero pronto empezó a manifestarse como irremediablemente obstaculizada por su psiquismo desastroso. Sus impulsos de buena voluntad terminaban en olvidos, reyertas, desconfianzas, palabras hirien­tes que tampoco perdonaban a Catalina. Tenía además períodos cíclicos de exaltación y de depresión, de euforia y de melancolía. Mientras Catalina se había afincado en Enghien, Blasina había recorrido en un cuarto de siglo nada menos que 14 casas: ¡todo un record! Por dos veces había salido de las Hijas de la Caridad para volver catastróficamente; la tercera vez, ya sin remedio, fue el 14 de abril de 1855. Estaba viviendo como una mendiga. Catalina no se hace la desentendida. Acude convincente a la superiora y logra que la recojan.

No por ello se lo agradece Blasina. Sólo recibe quejas. ¡Esa mujer ha perdido la cabeza! ¡No le funciona el cerebro!, comprueban las hermanas a vista de sus despropósitos.

Catalina no se hace ilusiones, pero procura acallar las quejas y sostiene a Blasina con todas sus fuerzas. Es la única que puede influir en la que todos llaman «la Negra» por su mal humor y los frutos de su actividad. Sólo Catalina puede conven­cerla para que coma en los momentos de depresión cuando rechaza todo alimento, porque Blasina sabe que ella es la vidente de la medalla. Y lo repite (¡en secreto!) a todo el mundo cuando Catalina ha vuelto la espalda. Eso no facilita precisa­mente el mantenimiento del incógnito.

3.- El huerto familiar

Catalina no ha perdido el contacto con los suyos. En una gran familia siempre hay alegrías, pero también preocupacio­nes. Ella las comparte siempre con eficacia.

El 18 de julio de 1835 se casa su tercer hermano, Santiago, y se viene a vivir a París. En adelante visitará a Catalina dos o tres por año. Le trae a sus pequeñas, Luisa y luego Leonia, nacida en 1842, que será más tarde testigo en el proceso de canonización’.

El 11 de septiembre de 1838 es Tonina, la valiente compa­ñera de Fain, la que se casa. Algo tarde. Tiene cerca de 30 años. El cuidado de su padre la mantenía en la granja, en esta aldea donde se encuentra novio fácilmente. También la había tocado cuidar de Augusto, el más pequeño, ahora de 29 años, pero siempre débil y raro de carácter. Finalmente se casó con Claudio Meugniot, comerciante de madera en Viserny. Catalina a alegra por su hermana, pero le preocupa su padre y el hermanito, procura que se alojen con Antonio, que se queda con la casa familiar y con todas sus responsabilidades. Nueve meses más tarde, el 14 de junio de 1839, Catalina recibe la noticia del nacimiento de María Antonieta, la hija mayor de Tonina, con la que pronto tendrá relaciones privilegiadas.

Muerte del padre

El padre sobrevivió sólo seis años a la marcha de Tonina, en una casa que se había quedado triste y abandonada. Muere el 19 de marzo de 1844. José, otro hermano de París, avisado por Antonio, le escribe a Catalina tres días más tarde: Estaba muy enfermo… Lo enterraron ayer jueves, 21 del corrien­te. Como no pudimos asistir a sus últimos momentos, nuestra intención es hacer que le digan una misa y reunirnos en familia. Ya te avisaré el día…

Catalina no había calculado el abandono de su padre, muerto de soledad. Lo llevaba muy hondo en el corazón. Y salió a flor como un grito, el 15 de septiembre de aquel mismo año 1844, cuando María Luisa, la hija mayor, salida de las hijas de la Caridad, le habla de su proyecto de volver a Fain, «para ocupar­se de Augusto». ¿Volver ahora a Fain después de morir el padre? ¡Eso sí que no! La vivacidad de Catalina nos revela su herida:  Me parece muy bien eso de cuidar del hermano y todo el mundo lo aprobará. Pero también habría aprobado, hace 10 años, cuando te saliste de la comunidad, que acudieras a rendir los últimos servicios que se rinden en la vejez a un padre afligido como era el nuestro en su ancianidad…, muerto lejos aunque en su familia, abandonado en su misma familia. La gente habría aplaudido que hubieras ido a rendirle los últimos deberes que un hijo rinde a sus padres en el momento de morir…, sobre todo cuando se tiene la libertad que tú tenías.

Catalina que había dejado con la muerte en el alma el servicio de su padre, ha envidiado esa «libertad», la única vez de su vida. No te sorprendas -concluye- si no eres bien vista en la familia y no esperas ser bien recibida.

Catalina conjuga aquí su doble pena: el abandono del padre y la vocación rota de su hermana mayor; dos desgracias que no han podido encontrarse para apoyarse mutuamente.

¿Volverá María Luisa?

La carta prosigue todavía, ya que María Luisa le proponía a Catalina ir a verla a Enghien. Ese proyecto choca con las reglas de la comunidad respecto a las que la han «dejado». ¿Adónde quiere ir Catalina? Después de decir a María Luisa que no vuelva a Fain, ahora le dice que no venga al hospicio de Enghien.

Mi querida amiga, en cuanto a tu proyecto de venir a verme, sería poco conveniente porque te conoce la mayor parte de las hermanas de la casa. No te aconsejo que vengas. Me dices que te costará un sacrificio tener que dejarme. Creía que ese sacrificio lo hiciste ya hace 10 años y creía que lo hiciste con alegría. No creía que hubiera que hacerlo más. Yo sí que he hecho ese sacrificio, que me ha costado mucho, pues Dios sabe la pena que sentí. ¡Sí, solo Dios y María nuestra Madre lo saben! ¡Y ahora de nuevo se renueva esta penal

Catalina habla también aquí a través de su herida: la misma. La muerte del padre, lejos y abandonado, despierta en ella el recuerdo de aquella muerte al padre por la que tuvo que pasar para seguir su vocación. Esto levanta desde el fondo de su alma el sentimiento de la duración que está en el fondo de la filosofía campesina: Entonces todavía pensaba que volverías a entrar en una comuni­dad. Pero veo que el tiempo pasa y ya ha pasado. Sí, el tiempo pasa todos los días…

Catalina ha ido contando esos 10 años desde su marcha en 1834. Que su hermana se haya visto calumniada, que haya sabido solucionar sus problemas hasta colocarse honorable mente como institutriz en París, en eso no entra. No se resigna a ese presente.

El tiempo pasado ya no es nuestro, el presente sí que lo es, y el porvenir todavía no. Aprovechémonos de él, démonos a Dios y totalmente a Dios, sin compartir con nadie. Te recuerdo la carta que te escribí hace 6 años luna carta perdida), donde te hacía las mejores propuestas. Las rechazaste todas, todas. Y ahora vuelvo a ponerlo todo en manos de Dios y de la santísima Virgen, tu patrona. Te encomiendo a la santísima Virgen como a una tierna Madre… ¡Que ella te tome bajo su protección! Te ruego que pidas por mí. Adiós para el tiempo y quizás para siempre.

¿Se trata acaso de una ruptura? ¿Adónde quiere llegar Catalina? No lo sabe ella misma. En esto ella es dirigida, más que llevar la dirección, dividida entre los continuos fracasos y lo indesarraigable, entre las reglas de la comunidad y de esperan­za. ¡No! No se resigna a una ruptura. Y reacciona enseguida: Hay que ESPERAR que volvamos a vernos, pero ¿cuándo?

La objeción procede de la disciplina. Y vuelve sobre ello: Ya sabes que, cuando se sale una persona de la compañía, no se tiene ya trato con las personas que salieron. Tú conoces nuestras santas reglas. Y ahora más que nunca se renueva en la comuni­dad el fervor, como en tiempos de san Vicente…

Y propone finalmente la solución que se le ha ocurrido, con cierta pena… y sin presionar: Nuestra buena madre me encarga que te diga mil cosas de parte suya. Sigue estando dispuesta a hacerte todos los servicios que pueda y en cualquier ocasión puedes contar con su bondad. Te sigue queriendo y le agradaría servirte en algo. Si entretanto tienes algo que comunicarnos, puedes venir cualquier día de la semana, excepto el jueves próximo. Ya sabe cuáles son las horas libres. Dinos el día y la hora que puedes venir a la comunidad de las Damas blancas, en la calle de Picpus n.° 15… En el fondo del patio hay una capilla, donde puedes esperarnos. Haz el favor de decirle al hermano que nos esperas a la superiora y a mí. Adiós, mi buena hermana, te abrazo de todo corazón y soy toda mi vida tu devota hermana…

El orgullo de María Luisa reaccionó mal ante esta carta. Su aspecto negativo endureció su actitud. Se marchó a Fain a cuidar del hermano. ¡Allí fue donde Dios y la caridad acabaron saliéndose con la suya!

¿Qué seguridad sigue moviendo a Catalina? Insiste. Escribe de nuevo el 29 de septiembre. Acaba de leer aquella carta inflamada que María Luisa le había enviado en 1829, entusiasmada por su vocación: un himno entusiasta a la vida de las hijas de la Caridad.

Catalina copia aquella carta y envía el original a María Luisa para que se enfrente con ella misma tal como era cuando Dios hablaba así en ella. La tensión es bastante fuerte para que Catalina dude entre el tú y el usted al dirigirse a su hermana, doblemente hermana como hija de Pedro Labouré y de san Vicente, un mes después de la elección del padre Etienne que da nuevos impulsos a las dos familias espirituales: Te envío una carta que sin duda le agradará. Me la escribió usted cuando deseaba entrar en nuestra comunidad…

Los buenos consejos que entonces me dio aplíqueselos a usted misma y medite bien esas palabras…

Si en estos momentos una persona fuera lo suficientemente poderosa para ofrecerme, no ya un reino, sino todo el universo, miraría todo eso como el polvo de mis zapatos, pues estoy convencida de que no encontraría en la posesión del universo la felicidad y el contento que siento en mi querida vocación.

En el fuego de su entusiasmo Catalina añade la palabra querida, que no estaba en el original. Y prosigue en la página siguiente: Y ahora usted ha preferido esa felicidad ¿a qué7 ¡No me atrevo a decirlo! ¡A una tentación!

Se muestra convincente y severa Catalina; le parece muy claro que la luz de Dios y su futuro están allí, a pesar de sus resistencias. ¿Es que se tiene por un Dios para dar lecciones? No; la lección sela aplica a sí misma. Después del tú y del usted utiliza el nosotras para hablar de la humildad: Hay que confesar que nosotras somos débiles, cuando no pone­mos toda nuestra confianza en Dios, que conoce lo más profundo de nuestros corazones…

Catalina ataca al último reducto de María Luisa, a la última defensa que su cabeza levanta contra su corazón, atribuyendo a Dios sus proyectos de huida: En casi todas sus cartas me habla usted de milagro, como si Dios los hiciera por cualquier cosa. ¡Somos criaturas demasiado po­bres para esperar que Dios nos conceda milagros!

No, Catalina, que se conoce muy bien, no cree en milagros sin más ni más, para satisfacer a nuestros caprichos.

Y continúa: ¿Hubo un milagro cuando salió usted de la comunidad: ¡Ay! Dios sabe si hubo alguno. Pero ¿acaso nuestro Señor y la Virgen y todos los santos fueron predicando sus milagros? ¿Dónde está nuestra humildad? Muy lejos de la de ellos. Mejor dicho, la verdad es que no tenemos ninguna.

El final de la carta es una invitación irónica a huir: Adiós, te invito a la casa paterna: se encontrará usted sola, y allí es donde Dios le hablará al corazón.

Lo que aquí aflora en el corazón de Catalina, metida en este combate de Jacob, es la doble muerte que la ha marcado, que la ha hecho levantarse hasta nuestro Señor y hasta la Virgen.

La carta acababa al final de la página 2, pero quiere prolon­garla todavía escribiendo a través en la página primera: Medite usted bien la muerte de nuestra madre, que usted vio, y la de nuestro padre, que es tan reciente… Es el mejor medio para encontrar gracia ante Dios

Es lo que ocurrirá.

María Luisa acude enseguida a la cita de la calle de Picpus. Todo se resuelve tranquilamente, sin duda alguna, con sor Montcellet, la eficaz superiora que dio impulso a la casa fundada en uno de los barrios más miserables de París.

El 26 de junio de 1845 el Consejo acepta admitir de nuevo a María Luisa entre las hijas de la Caridad, «dadas las circunstan­cias que hubo en su salida y su edificante conducta posterior». Toma de nuevo el hábito en Enghien. Tiene 50 años. Así pues, es en la comunidad de Catalina donde deja el hábito seglar y vuelve a la toca blanca, probablemente el 2 de julio, fiesta de la Visitación. ¡Había rezado tanto Catalina! ¡Qué alegría supuso esta «visita­ción» para las dos hermanas, reunidas tras las huellas de Nuestra Señora y de san Vicente! Una alegría oculta en el fondo del corazón e imposible de expresar.

Pero era también la víspera de la separación. Aquel mismo día 2 de julio María Luisa recibe su destino para ir a Turín con otras 3 hermanas, enviadas por el padre Etienne. Llegó el 19 a la comunidad de San Salvador. Sirvió como enfermera en la guerra de Italia y no volvió a ver a Catalina hasta el año 1858, cuando fue llamada de nuevo a la casa madre de la calle del Bac.

Altercados con un artista

El año 1855 otro recién venido a París. Es Antonio Ernesto, hijo de Carlos, el bodeguero-restaurador en cuya casa Catalina había estado probando su vocación. Viene de Semur-en-Auxois a continuar sus estudios. Catalina mira a aquel palomo viajero de veinte años, «con aires de artista», aficionado al violín con muy buenas dotes, que quiere nada menos que ser admitido como miembro de la orquesta de la Opera. ¡Peligrosa ciudad para su temperamento! Esta vez Catalina siente miedo. Al enviarle a su único hijo, ¿no le confía acaso su hermano la responsabilidad sobre él? Los escrúpulos que sentía la iglesia de aquella época se abaten pronto sobre ella. Procura que se aloje cerca de casa; lo cuidará como la gallina a sus polluelos.

Pero a él no le gusta mucho esta monja inspectora. Una mañana -tarde para Catalina que se levanta a las 4, pero temprano para él, pájaro trasnochador- ella lo encuentra todavía en la cama, con la mesa llena de botellas vacías y de vasos sucios. Su preocupación explota: ¿Conque de boda? ¡Tú recibes aquí a mujeres! -No, solamente amigos.

Y añade fríamente: Estoy en mi casa. No vengas más por aquí.

Nacido en 1834, Antonio Ernesto es ya mayor y Catalina sabe lo que esto significa. Ella usó de ese título con su padre. Ahora comprende su error; no volverá más por allí.

El muchacho volvió por Enghien a principios de 1861 para presentarle a su mujer, Clara Letort. El matrimonio se había celebrado en Puligny, en Borgoña, el 14 de enero de 1861 y, como viaje de bodas, Antonio Ernesto renueva sus sustituciones en la Opera para ofrecer a su joven esposa un agradable invierno: una experiencia agradable que se renovará los años siguientes. Pero no vuelve a ver a su tía. Se olvidará incluso de presentarle a su hijo mayor, Carlos Antonio, nacido el 8 de junio de 1863. Catalina está ahora preocupada por Tonina y sus hijos; Antonio Ernesto y Clara prefieren visitar a María Luisa, que ha vuelto ya a la calle del Bac.

Tonina en París

La preocupación de Catalina por la familia de Tonina es toda una historia que podría parecer una mala novela, dada su poca verosimilitud.

Es en 1857 cuando Tonina llega a París, dos o tres años después del sobrino violinista. La capital ha atraído siempre a los Labouré. Su marido, hombre rapaz y generoso, ha vendido su comercio de maderas y de vinos. Tenía la debilidad de no poder soportar ni el olor del alcohol, lo cual resultaba difícil en su profesión. La más pequeña equivocación le volvía loco y Tonina sufría por ello. Para librarse de aquel círculo infernal había liquidado sus negocios y había buscado trabajo en los ferrocarriles.

Para Catalina fue una gran alegría volver a encontrarse con la confidente de sus primeros años y conocer a sus tres hijos: María Antonieta de 18 años, Carlos Alberto de 17 y Felipe de 13.

En 1858 logra que la mayor sea recibida el padre Aladel entre las hijas de María de Reuilly. Ella asiste al acto con lágrimas en los ojos.

Vocación de Felipe

En marzo de 1858, el año de las apariciones de Lourdes, entera por Tonina y María Antonieta que Felipe ha ido a pasar unos días con el párroco de su aldea: ¿Es que quieres ser sacerdote?, le pregunta cuando vuelve a verlo.

-Creo que es ese mi camino -responde Felipe, a punto de cumplir 14 años-; pero no puedo prometer nada.

Siente cierta inclinación. Pero maldice ese «latín» que el buen cura de la aldea se empeña en enseñarle. El «pensum» le hace dudar de su vocación. ¿Ser sacerdote? ¡Sí! ¿Pasar por esos vericuetos? ¡Eso no!

Pero logrará vencer el obstáculo.

Catalina obtiene de los lazaristas que se encarguen de sus estudios en el colegio de Montdidier (Somme), gracias a la ayuda económica de una compañera. Ella se siente administra­dora de esa ayuda. Por eso le dice un día a Felipe: Si no tienes intención de entrar en el estado eclesiástico, tienes que decírmelo.

El tenía 17 años y no olvidará aquella provocación insólita que su tía le lanzaba al final de sus estudios: iSi quieres entrar con esos padres, te recibirán. Pronto podrán nombrarte superior, luego ir a China como el padre Perboyre. Podrás viajar, ver países. También podrás volver…

Me dijo aquello con cierta picardía, como si leyera en el porvenir. Yo lo tomé como una broma, pero todo se realizó al pie de la letra y en el mismo orden que ella lo había dicho.

El 9 de agosto de 1863 me acompañó a mi entrada en San Lázaro. Antes me había hecho visitar al padre Etienne, superior general. Actuó en todo aquello con la mayor caridad y con el asentimiento de sus superiores…, pero sin ejercer nunca sobre mí la menor presión.

Ella lo había comprendido. Hay que respetar la libertad de los individuos, moderando incluso el celo.

Muertes y conversiones

Entretanto Claudio Meugniot, padre de Felipe, fue atropella­do por una locomotora el enero de 1861. Empezó un calvario de 33 meses. Como burgués de la época, Claudio es poco creyente; la religión es cosa de mujeres. Catalina está preocupada. Visita a su cuñado, pero sus ideas son simples y definitivas: ¡No vale la pena! Ya tenemos en la familia una santa. No nos condenaremos.

Pero Catalina (la santa…) le da ánimos: Yo rezo por usted: ¡rece usted también!

Claudio sigue escéptico: Quiere convertirme, Zoé…: ¡pero no lo conseguirá!

Y añade con buen humor: De todas formas, es una buena mujer.

Felipe habla continuamente de la salud de su padre en sus cartas. Quiere que le den noticias, que procuran ocultarle, porque no son buenas.

En otoño de 1862 el médico no da ya esperanzas. Sin embargo, ante la extrañeza de todos, su salud mejora. María Antonieta se lo comunica a Catalina: Ya ves -le responde ésta-: nunca hay que desesperar.

Es entonces cuando Claudio, impresionado por esta mejoría, se convierte. Desde entonces es un «modelo de paciencia», dice su hija María Antonieta. Vivirá todavía un año. A veces se levanta. Pero muere finalmente el 26 de octubre en la calle de Chálon.

En la familia siempre creímos que su conversión se debió a las oraciones de mi tía, confía su hija María Antonia Duhamel.

Catalina asiste a sus hermanos a medida que van muriendo: Santiago en 1855, a quien le pone en el cuello la medalla milagrosa; luego Antonio, que vivió con los Meugniot cuando se hizo operar en París, antes de morir en Fain en 1864…

Una viuda y América

El 15 de octubre de 1864 María Antonieta Meugniot, a los 25 años, se casa con un joven apuesto de 32 años, Eugenio Duhamel, todo un hombre de aventuras.Lo mismo que su difunto suegro, hace carrera en el mundo de los ferrocarriles, en el que disfruta de una buena posición.

Un año más tarde, el 4 de agosto de 1865, nace Marta,la mayor de la nueva familia. Catalina puede conocerla pronto, porque los Duhamel viven también en el distrito 14, al que el imperio ha añadido la antigua aldea de Reuilly.

En diciembre de 1876, María Antonieta está a punto de dar a luz a su segundo hijo. Y entonces Eugenio desaparece de pronto. ¿Asesinato? La policía investiga, busca su cuerpo por todas partes. Es inútil. María Antonieta se viste de luto.

El 22 de enero de 1867 nace Juana Carolina. El llanto del bebé apaga al de la madre que toma valientemente las riendas de la casa.

Las dos mujeres animosas de Fain, Tonina y Catalina están firmemente a su lado: Catalina, con su fe intrépida en Dios que lo soluciona todo, hasta lo imposible; Tonina con su sentido común y su buena dosis de experiencias amargas. Un día le dice a Catalina: Si hubiera sabido la que me iba a pasar, me habría hecho religiosa como tú.

Catalina le responde: ¡Cada una tiene su vocación! No tendrías entonces el consuelo de haber dado un hijo a Dios!

Catalina no se limita a los consejos espirituales. Se ocupará de las hijas de su sobrina huérfanas, cuya educación plantea no pocos problemas, en primer lugar económicos. Porque los hermanos Meugniot, del primer matrimonio, se muestran indi­ferentes con su cuñada. Catalina aportará una ayuda seguida y sabrá interesar a su superiora por aquella situación dramática.

Dos años después del drama, citan a María Antonieta en el Ministerio de asuntos exteriores: Señora, se trata de su marido. Mi marido murió hace dos años…-No, señora, está vivo.

María Antonieta cayó desvanecida. Al volver a casa se entera de lo sucedido. Un amigo había tenido sorpresa de encontrarse en América con aquel Eugenio que creían asesinado; allí había montado una importante lavandería. El amigo informó al Ministerio de asuntos exteriores no atreviéndose a hablar de ello a la familia.

¿Qué había ocurrido? Un buen día Eugenio tomó el tren para el Havre, donde le ofrecieron un buen puesto en América. Estaba para zarpar un barco y él subió a bordo como un loco. Sólo cuando vio desaparecer en el horizonte la tierra de Europa comprendió su locura.

Al llegar un mes más tarde, no vio más salida que la de rehacer su vida en el nuevo continente, con la esperanza de volver algún día a los suyos aureolado por el éxito y la fortuna. Era la América de la reconstrucción, tras la guerra de secesión, el asesinato de Lincoln y la abolición de la esclavitud (1869). El norte atraía a los emigrantes para confirmar su preponderancia y su victoria.

Pero ¿por qué había partido Eugenio? ¿Tensiones con su esposa? De ninguna manera. Era un marido delicado y solícito. ¿Historias de mujeres?, Tampoco. Historia de una madre: una madre posesiva. El era el menor de los hijos. Cuando ella se quedó viuda, se aferró a él como al último reducto contra su soledad: el pequeño marido de sus últimos años. Para conser­varlo mejor, hizo que se encargara él de su situación económi­ca, como había hecho el difunto esposo, «con gastos poco adecuados a su situación». A pesar de su buena posición, Eugenio no podía atender a dos casas; sobre todo a la de su madre, que era la que más gastaba. María Antonieta quería a su marido; se había imaginado que podría también ganarse a su suegra a fuerza de cariño. Todos los meses le enviaba (sin decírselo siquiera a su propia madre, Tonina) «un sobre con algunos de sus ahorros». Pero no era ése el problema. La suegra embaucaba al hijo hablándole de las maravillas de América y las fantásticas proporciones que venían de allá obscuramente, prefería perder a su hijo antes que compartirlo con su nuera.

Eugenio intentó conciliar ambas cosas: marchar allá con María Antonieta. La joven esposa, sin saber de dónde venían las presiones, intentaba hacer razonar a su marido: Tomar el barco, encinta, y con Marta, una niña de 17 meses. ¡Eso es una locura!

Débil y dividido entre las dos mujeres -la madre y la esposa-. Eugenio se marchó para librarse de la obsesión de aquel descuartizamiento y embaucado también por la llamada del viaje. Pero los remordimientos y la vergüenza seguían acosándolo. Intentó ahogarlos con el trabajo, acariciando la idea de volver a justificarse con una fortuna que fuera la felicidad de los suyos.

Anticipemos el final, que nos lleva a la época después de la muerte de Catalina. Once años después de haber embarcado, Eugenio vuelve para la Exposición de 1878. Montó allí un stand, «atendido por dos negras». Había hecho fortuna. Reanu­dó su amistad con sus amigos, pero no se atreve a presentarse ante su esposa. ¡Se comprende! No obstante, le quema el deseo de ver a sus hijos. Acude a la escuela, en donde eluden sus preguntas. Espera a la salida. Y se acerca a su hija más pequeña, Juana: ¿Eres Adriana?

Había decidido con su esposa ponerle aquel nombre, antes de que naciera. Pero los sucesos habían dispuesto las cosas de otro modo.

-¡No! ¡Me llamo Juana!

-Hija mía, ¿quieres que te dé un abrazo?

Todo un mundo se le echa encima y le conmueve: un inmenso deseo de hacer algo por su mujer, que había perdido toda su confianza en él, por sus hijas abandonadas y pasando apuros… Vuelve a Nueva York con proyectos e ilusiones de llevárselas allá y rodearlas de munificencia.

Pero las fortunas suben y bajan pronto al otro lado del Atlántico. Un incendio devora todo el barrio que había edificado con casas de madera. No las había asegurado. Su salud no resiste aquella prueba. Vuelve enfermo; a los 57, años parece ya un octogenario. María Antonieta había rechazado su dinero y la vida en común después del abandono, inexplicable para ella. Ahora se siente fuerte. Por entonces ya no vive Catalina. Ha pasado del palomar al paraíso. María Antonieta se niega a recibir al marido contrito. Son sus dos hijas las que lo llevan al hospital. Por fin un día su esposa accede a visitarlo; Eugenio, destrozado, se baja de la cama, cae de rodillas llorando a los pies de su esposa. Poco después murió, el 14 de septiembre de 1889.

Pero volvamos a los tiempos en que vivía Catalina. El 22 de mayo de 1869, Felipe Meugniot es ordenado sacerdote en San Lázaro. Una gran alegría para Catalina.

Abundancia de frutos

Los frutos abundaron en el huerto familiar. Ayuda económi­ca para María Antonieta. Catalina la salvó de la desesperación y de la miseria. La ayudó a hacerse una mujer fuerte, madre y padre a la vez de dos huérfanas, antes de ser para la tercera generación una abuela amable y matriarcal.

Gracias a ella se lograron dos vocaciones: la de su hermana María Luisa, ingresada de nuevo, y la de Felipe, despertada y sostenida hasta el fin.

Reconciliaciones con Dios de sus hermanos y de su cuñado, incrédulos o poco creyentes, convencidos de que «basta una santa en la familia».

Recordando tantos hechos menudos, sepultados en el olvi­do, es importante reconocer que hizo mucho por su familia. Sin embargo, nunca en perjuicio de sus deberes de estado.

Un día vino a verla María Antonieta Duhamel. Catalina iba a ordeñar las vacas. Ella continúa haciendo caer la leche tibia en el cuenco de espumosa leche y dice a su sobrina con mirada implorante desde debajo de la vaca: ¡Ya ves cómo estoy!

Y luego, acabada su tarea, la atiende con solicitud.

La fidelidad de Catalina a su obligación irrita a veces a los suyos. ¡Para ella su obligación lo era todo! Lo sabe Leonia Labouré, y por eso procura ir a verla «en el momento de la recreación». Pero a veces tenían que ir a buscar a Catalina: Estoy casi segura de que está en la capilla, decía Leonia. Voy a ver. En efecto: allí era donde la encontraba casi siempre.

Tosía discretamente para hacer notar su presencia. Era inútil. Catalina, con los ojos fijos en el sagrario, parecía una estatua. Estaba entregada del todo a Dios. Cuando terminaba, Leonia le decía: Ya hace tiempo que la esperaba.

Catalina respondía: No me esperabas en la calle: estabas al lado de Dios. Aquí nunca se está demasiado.

Y era tan puntual que nos despedía apenas sonaba el primer toque de campana, añade Leonia.

4.-  Los huertos del señor Vicente

Los huertos que florecen mejor durante este período, para gozo de Catalina, fueron los de san Vicente, en sus dos «fami­lias»: los lazaristas y las hijas de la Caridad.

Catalina, despertada a su vocación por un sueño maravillo­so, se había mostrado sensible a la decadencia post-revolu­cionaria.La Virgen le había confiado la misión de intervenir ante su confesor para que se procurase salir de ella:

No se observa la Regla. La regularidad deja mucho que desear. En las dos comunidades hay un gran relajamiento. Díselo a la persona que se encarga de ti, etc.

Primeras reformas

Curaciones, conversiones, ejemplos de protección…, todo eso crea un nuevo clima. Cada día surge lo imposible. Los sucesos sirven de alimento a las conversaciones y a la oración: ¿No sabe usted lo que ha pasado?…

Las reformas van progresando. Nada de condescendencias ni trampas. Ni botines, ni sedas, ni peinados… Todo eso desapa­rece. En 1834 la madre Boulet ha conseguido restablecer la uniformidad: hábito gris, toca y regularidad en todo unifor­me.

Luces espirituales

El 25 de mayo de 1838, después de una conferencia que escuchó en la calle del Bac sobre el santo Nombre de María, Catalina escribe esta resolución: Tomarla como modelo al comienzo de todos mis actos… Pensar si María realizó esa acción, cómo y por qué la hizo, con qué intención. ¡Qué hermoso y consolador es el nombre de María!

El retiro predicado por el padre Aladel a finales del mes de María de 1843 «ensancha sus horizontes». Se observa entonces nuevo impulso. Al comienzo, dos imágenes: María en pie ante la cruz; María en el cenáculo con los apóstoles.

Esperar en silencio los dones del Espíritu -indica Catalina- ­María estaba en el cenáculo, con los apóstoles. Guardaba silencio mientras esperaba la llegada del Espíritu. ¡Qué lección! María es nuestro ejemplo…; Oh María, haz que te ame y no me será difícil imitarte!

A través de María vislumbra que el servicio a los pobres conduce a una «muerte dulce»

María amó a los pobres y una hija de la Caridad que ame a los pobres no tendrá miedo a la muerte. Sentirá un gran consuelo por haber servido bien a los pobres. Nunca se ha oído decir que una hija de la Caridad que haya amado a los pobres, haya sentido terror ante la muerte. Al contrario, siempre se las ha visto llenas de los más dulces consuelos, con la muerte más tranquila…

Resurrección

El 4 de agosto siguiente el padre Etienne es elegido superior de las dos congregaciones.Tiene 42 años. El 15 de agosto, fiesta de la Asunción, clausura la asamblea renovando el acto de confianza en María que se pronunció por primera vez el 15 de agosto de 1062, dos años después de la muerte del fundador. Aquel acto se derivaba del que las Hijas de la Caridad pronun­ciaban desde 1658, cuando vivía aún san Vicente, en la fiesta de la Inmaculada Concepción.

«Recurrimos a ti… Recíbenos a todas en general y a cada una en particular bajo tu santa protección… E impetramos de la bondad infinita de Dios que esta humilde compañía de hijas de la Caridad, de la que somos miembros, te tenga siempre por única y verdadera madre».

Desde su primera circular, con fecha del 8 septiembre 1843, el nuevo superior general evoca abiertamente las apariciones, como fuente de gracia que sostiene ahora a las dos familias de san Vicente, Catalina debió saltar de gozo interiormente cuando se decía: No puedo ignorar una intervención muy clara de la augusta e inmaculada María que nos ha concedido prendas… tan extraor­dinarias de su cariño… Es su poderosa mediación la que ha obtenido de Dios que nuestras dos familias no perecieran en medio de las dificultades que han pasado y que se sirviera de ella para reanimar la fe. ¿Acaso podríamos atribuir a otra causa esas vocaciones, tan incomprensiblemente numerosas, que se manifies­tan en todas partes…, ese desarrollo tan prodigioso… de vuestra Compañía en el seno mismo de la tempestad?

El año siguiente, el 4 de agosto de 1844, aniversario de su elección, el padre Etienne concreta su pensamiento en una carta de 40 páginas: la influencia de las visiones de Catalina resulta allí más manifiesta todavía. Su acción de gracias explota, cuando ella escribe a su hermana el 15 de septiembre de 1844.

En estos momentos más que nunca el fervor se renueva en la comunidad, lo mismo que en tiempos de san Vicente. Si ha habido abusos, ¡ahora todo se renueva!

Sí, Catalina no tiene miedo de repetir esa palabra renovar ni de decir: todo. Se trata de una renovación desde la raíz, por dentro, que afecta a toda la vida, poco a poco: la oración, las relaciones humanas, la iniciativa, la generosidad, la eficacia…

En mayo de 1845 el nombramiento de la madre Mazin al frente de las hijas de la Caridad acentúa este movimiento. Una hermana da este testimonio: Creíamos haber vuelto a los tiempos felices en que nuestra venerable Luisa de Marillac ponía bajo la dirección del santo fundador los primeros fundamentos de la comunidad naciente… Los deseos de los superiores, apenas conocidos o sospechados, eran acogidas por todas partes con sumisión y cumplidos sin resistencia. ¡Qué hermoso era el espectáculo que entonces ofrecía la Casa Madre! La piedad, el recogimiento, la unión, hacían de ella un lugar de delicias y la serenidad que se extendía a todos los rostros revelaba la felicidad común.

La acción de gracias invade a las dos familias, arrastradas a la vez a una renovación cualitativa y cuantitativa. La fuerza del gobierno del padre Etienne consiste en que concede la prioridad al impulso carismático, concedido por la gracia, pero aliándolo a la observancia, de manera que la llama y el orden reinan en fructuosa armonía, la misma que inspiraba la vida de Catalina.

El 1 de enero de 1855 el padre Etienne expresa la convicción general cuando escribía: La compañía, que se ha levantado dolorosamente de sus ruinas, no tenía más que una existencia muy débil y estéril; había pocas esperanzas de que pudiera recuperar aquel hermoso lugar que había ocupado en la Iglesia, cuando una voz misteriosa le anunció que Dios se serviría de las dos familias de san Vicente para reanimar la fe.

«La voz» de que habla el padre Etienne fue la que escuchó Catalina. Sigue él diciendo: Poco después tuvo lugar en la capilla de la casa madre de las Hijas de la Caridad la aparición de María Inmaculada que dio origen a la Medalla milagrosa. Este acontecimiento tuvo lugar en 1830. Entonces fue cuando empezó una era nueva para la Compañía.

Antes, a pesar de los esfuerzos que aquí enumera el padre Etienne, se mostraba siempre impotente para levantarse, conservando de su antigua vida sólo un último resplandor que parecía estar pronto a apagarse. Las vocaciones eran raras e inconstantes. No contaba en Francia más que con algunas casas en decadencia y en los otros países con algunas casas abandonadas donde los antiguos misioneros acababan tristemente una carrera apostóli­ca que sólo había estado llena de lágrimas y de dolores, sin que pudieran endulzarse nunca por el consuelo y la esperanza. Pero después de esta aparición de María Inmaculada todo cambió de aspecto. La vida pareció renacer en su seno. Desde 1831 colonias de misioneros animados de un celo cada vez más puro y más ardiente empezaron a atravesar los mares y fueron hasta el oriente y hasta China a reanudar con nuestras misiones extran­jeras la cadena de generaciones que había roto la revolución.

¡Un himno de reconocimiento en el doble sentido de la palabra: reconocer y dar gracias!

El padre Etienne evoca la expansión mundial que siguió a aquel cambio cualitativo.Subieron los efectivos del Semina­rio: de un escaso centenar a más de 500. Hubo que construir un gigantesco edificio para albergarlos. No bastó aquello. Hubo que descentralizar la formación en los diferentes países y provincias.

Entre los lazaristas se observa el mismo movimiento. Las casas agonizantes reciben sangre nueva con el aflujo de jóvenes. Hay que fundar aprisa, nombrando superiores jóvenes, que reciben este cargo apenas terminada su formación: en 1839 los padres fundan en China y las hermanas en Esmirna. En 1842, en Argel, etc.

El padre Etienne constata: Todo esto se ha llevado a cabo durante los 24 años que nos separan de la aparición de María Inmaculada. ¿Quién no ve en todo esto una intervención maravillosa del cielo? ¿Quién no tendrá un sentimiento de admiración como el que tendría san Vicente y diría con él: «El dedo de Dios está aquí»?

La conclusión de la carta evita el triunfalismo siguiendo el mismo camino que el santo fundador: Todo esto reposa en un hecho esencial para los hijos de san Vicente: la virtud de la humildad.

La doble familia vicentina no era más que un instrumento, pero la irradiación de la Medalla era mundial. Su expansión es incalculable: del orden de los mil millones. Las noticias de conversiones se multiplicaban. Y de todo ello se da cuenta Catalina.

En 1837, una carta del padre Perboyre, misionero en China al que Catalina tiene en gran aprecio, cuenta cómo la Medalla libró a una mujer que había perdido la razón, quizás posesa del diablo.

A comienzos de 1842 Catalina tuvo conocimiento de una noticia que se extendió como un reguero de pólvora; toda la prensa hablaba de ella. Un joven banquero alsaciano, judío, recién casado, al ir a Roma con prejuicios contra el catolicismo recibió la medalla que le ofreció como un desafío un amigo francés, Teodoro de Bussiéres. Se convirtió de pronto en la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte. Se le apareció la Virgen, tal como la representaba la medalla. No me dijo nada -comenta-, pero lo entendí todo. El papa Gregorio XVI recibió al convertido el 20 de enero. El cardenal vicario mandó hacer un proceso oficial de la conversión en forma canónica, como lo saben hacer en Roma. Todos los testigos hablaron de ello, desde el amigo hasta los sacerdotes de la iglesia y el sacristán.

Alfonso Ratisbona, que recibe las sagradas órdenes, pide ver a la hermana que fue la primera en tener aquella misma visión. Le gustaría compartir con ella y confirmar la gracia de Dios. Pero Catalina ha hecho su elección: la de la discreción y el trabajo. Y rehusa.

Desarrollo y problemas de Reuilly

En Rcuilly, la comunidad en donde vive Catalina, la renova­ción mundial se encarna en una vida cotidiana de trabajo vulgar.

La casa se encuentra en una situación extraña, de la que su noble fundadora no se hacía ni idea: Una verdadera China, dirá pronto sor Dufés.

Fundada y subvencionada por la familia cercana al rey Felipe este amplio edificio nuevo se levanta en un barrio pobre y agitado. Las hijas de san Vicente trabajan allí procurando ser todo para todos, sin miras políticas, preocupadas tan sólo por las exigencias del evangelio. Aquí está la aventura de la casa de Reuilly, que pronto tomará una forma dramática.

Sor Savart, la primera superiora de Catalina (1819-­1844), no se encerró en sus propiedades como en una isla solitaria. Catalina guardó de ella un buen recuerdo: Era una buena anciana -decía-, que quería todos los años que los primeros frutos del huerto se ofrecieran a las familias pobres del barrio o a sus buenos ancianos; las hermanas no podían probarlos hasta después de ellos.

Convivió con ella 13 años, hasta su muerte el 29 de diciem­bre de 1844.

La acogida que Catalina dispensaba a las jóvenes principian­tes es un tesoro oculto. Nos cuenta sor Clavel: Cuando llegué (1858), me acogió sor Catalina; fue la primera en abrazarme con mucha cordialidad.

La unidad de la casa debe mucho a aquella acogida que nacía del corazón, a aquellos consejos llenos de experiencia profunda y práctica que daba a las recién llegadas: sor Millon (1859), sor Combes y sor Thomas (1861), Sor Maurel d’Aragon y la bretona sor ‘franchemer (186Z): la nobleza y el pueblo se mezclan en el servicio a los pobres en una comunidad sin distinción: oración, sonrisas, horas de costura… Las más inteli­gentes se dan cuenta de la extraña santidad de Catalina: Quizás había otras tan perfectas exteriormente como ella, pero ninguna producía la impresión de un alma anonadada por el amor de Dios, de la santísima Virgen, y completamente despren­dida de sí misma, dirá más tarde sor Cosnard.

En 1856 o 1857 Catalina se fija en una hermana de 23 años que han enviado a pasar unos días en Enghien para que cambie de ideas. ¿Adivina quizás algo que no va bien? Se acerca a ella en el huerto que atravesaba para ir de Enghien a Reuilly: Pequeña, ¡le está dando vueltas a un mal pensamiento en su cabeza!

Ha acertado. La «pequeña» le responde: Entré en la comunidad para cuidar de los enfermos, pero no puedo ponerme a hablar delante de todo el mundo…

A sor Foquet acababan de destinarla en agosto para el asilo de Boulogne. Lo que la pone enferma no es ocuparse de los niños, sino verse expuesta al público; porque en aquella época todo el mundo «podía entrar y asistir a las clases que la hermana daba a los niños», incluso las personas mayores. Por eso aquella hermana, desanimada, concluía con tristeza: Prefiero volverme a casa.

-¡Animo! -le dijo Catalina subrayando su sólido acento borgoñón-. Le pediré a la santísima Virgen por usted. Prométame que por un año usted también se lo pedirá. ¡Saldrá bien en sus exámenes y perseverará en su vocación!

De hecho, durante dos años sor Fouquet superó sus repug­nancias. Después, en 1858 fue destinada según sus deseos a la casa de Nesle (Somme) para atender a los ancianos…, como Catalina en Enghien.

En 1860, al llegar sor Josefina Combes, de 29 años, aventu­ra una confidencia imprudente a una de sus compañeras. ¿Cómo lo supo Catalina?

Me lo reprochó (cuenta sor Combes), añadiendo: ¡Ya verá lo que le ocurre a ella!

Poco después, aquella compañera renunciaba a su vocación y regresaba al mundo.

Sor Montcellet, que le sucedió en 1845, abrió la era de las fundaciones en servicio del barrio.

En 1849 -el año del cólera- estableció en la parte poste­rior del huerto la obra de la Providencia de santa María: algunas clases y un asilo, construidos pero sin pagar, que acogían la miseria física y moral, incluida la de los niños obreros, explota­dos de forma horrible. En 1850 fundó un pequeño internado para los huérfanos del cólera. El año siguiente (9 de junio de 1951) fue nombrada superiora general.

La sustituyó sor Mazin, antigua superiora general, pero sólo durante unos meses (1851-1852).

Le sucedió sor Randier de 1852 a 1855, una mujer decidida que conjuga como nadie la cabeza con una generosidad inventi­va. Catalina apreciaba mucho a esta cuarta superiora, pero pronto se la quitaron.

Viene luego sor Guez (1855-1860), una mujer prudente, que quería mucho a Catalina y crecí en todos los niveles muy buenas relaciones. Pero también la destinaron.

La evolución que promovió sor Guez fue rápida. La casa estaba dividida entre el hospicio de los ancianos y el servicio devorador del barrio, entre la tarea confiada por la familia de Orleáns y las urgencias de la miseria. El administrador de la familia real protesta contra la marcha de sor Guez. Y también las hermanas.

Y viene entonces sor Dufés, la última superiora de Catalina. Llegó el 18 de octubre de 1860. Tiene 37 años, grandes proyec­tos y una voluntad de hierro, que pone inmediatamente al servicio de la inmensa miseria del barrio. Su juventud emprendedora ahoga a la comunidad, que intenta defender las costum­bres establecidas por dos superioras generales. Las hermanas querrían apoyarse en Catalina, una sólida columna de la casa que ya ha cumplido las bodas de plata en ella, para resistir al nuevo estilo, que no les gusta a los ancianos. Y cuando éstos se preocupan y se quejan a la reina Amelia desterrada, la cosa crea cierto malestar. Catalina no entra en estas razones. Defiende a la autoridad. Llega incluso a reunir a las hermanas jóvenes que vacilan para decirles: No os mezcléis en nada de eso.

En el fuego de la discusión añade incluso: La superiora es Dios. Sor Dufés se lo debería haber agradecido; salió bien del asunto, porque muy bien podrían haberla relevado de sus funciones (como antes a María Luisa).

Las dificultades tienden a resurgir. Sor Combes, de 28 años, que llegó en 1861, se ve implicada en ello: Varias veces me alentó sor Catalina para que me sometiera a la superiora.

También sor Maurel d’Aragon, de 21 años, que llegó en 1862. Un día Catalina la llama a su oficio: Nuestra vida es la fe; ver a Dios en todo, en los superiores, en los acontecimientos.

Y sor Maurel comprendió para toda su vida que sólo importa la obra de Dios, por encima de todas las rencillas.

Las quejas vienen sobre todo de aquellos ancianos que se sienten marginados en aquel rincón suburbano que les hace añorar su vida cortesana. Catalina, que comprende la importancia de los pobres del barrio, tiene que atender sus quejas y suscitar sus buenos sentimientos.

Sor Dufés fue solucionando las cosas con maestría, a pesar de la dificultad de coexistencia de las dos casas situadas en los dos extremos del huerto: el hospicio fundado por la familia de Orleáns y las obras devoradoras del barrio popular. En 1865, Catalina le dijo a sor Cosnard, de 24 años, seguramente después de algunas quejas de los ancianos a la reina Amelia: Enghien tendrá que trasladarse a un castillo…

Pensó quizás en aquel «castillo del Loire» en donde estaba escrito «Hospicio de Enghien». Pero no insistió en aquella pre­monición, que se cumpliría en 1901.

Fue una confidencia excepcional. Pero lo cierto es que sentía una gran confianza con sor Cosnard, una normanda de 24 años que supo apreciar el ejemplo de Catalina y que se acordó toda su vida de los pequeños secretos de «prácticas de pobreza» que ella le enseño a su llegada en 1864.

Sostenida ahora por su comunidad, sor Dufés sigue adelante en medio de enormes dificultades económicas. La «Providencia de santa María», construida hace tiempo en la calle de Reuilly, sigue sin pagarse. Los plazos caen implacables sobre la superio­ra. Un día no tiene para pagar al panadero. Entra en la capilla para confiar su preocupación a la Virgen. En la puerta una visitante le pregunta dónde está el «cepillo». Deja su ofrenda y se va. Sor Dufés encontrará exactamente la cantidad que necesita­ba.

Al llegar sintió roto su corazón al ver por la calle totalmente borrachos a un grupo de muchachos que acababan de hacer la primera comunión. Eran unos «cargadores», como se les llama­ba: niños explotados por las fábricas de papel que prosperan con la miseria de los habitantes de Reuilly; se trataba a los jóvenes como «bestias de carga», decía sor Dufés. La mayor parte de ellos ni siquiera hacían la primera comunión. Los que la hacían no iban bien preparados y la fiesta era como una revancha de aquellos chicos frustrados, degradados por la miseria. Y aque­llo era una lucha cotidiana, con la que tenían que vérselas continuamente.

Por exigencias del gobierno, finalmente preocupado por la «China» de Reuilly, la escuela que habían fundado las herma­nas para esos niños pasó pronto a ser municipal.

El pequeño internado, establecido en 1850 por el arzobispa­do para los huérfanos del cólera, ve florecer algunas vocacio­nes. El domingo está dedicado a enseñar a los jóvenes -sobre todo a los «cargadores» de las fábricas de papel pintado- a escribir, a leer y se les da catecismo. Las nuevas tareas, siempre ilimitadas, obligan a aumentar los locales y el personal; afortu­nadamente hay abundancia de novicias. Tras el cólera de 1866 fue preciso habilitar los graneros para las nuevas huérfanas. Enghien contaba con 5 hermanas al llegar sor Catalina: con 29 en 18h0, al llegar sor Dufés; con 40 en 1870.

Las nuevas obras de la comunidad estimulan la generosidad, pero en medio de aventuras y apuros.

A las 4 de la mañana del martes de carnaval, 17 de febrero de 1863, estalla un violento incendio en la fábrica de papel pintado contigua a la capilla de Reuilly. Las llamas llegan al tejado de las hermanas amenazando con devorarlo todo.

Estábamos consternadas –escribe sor Filomena Millon.

Sor Catalina, muy tranquila, reza ante la estatua de la Virgen que había en el huerto. Tranquiliza a sor Dufes y a la comunidad: -¡No tengáis miedo! El fuego se detendrá y no pasara nada malo.

Los niños que acuden al catecismo en las salas del locutorio son hijos de los sublevados de 1848: revoltosos, un día levantan una barricada en la calle de Picpus, ahora tan tranquila. Se asustan los ancianos, antiguos servidores de la alta nobleza. ¡Con razón decían ellos que las hermanas no deberían atender a esos canallas! Protestan ante la autoridad. Desde su destierro, la reina María Amelia sale de su benevolencia habitual para pedir a sor Dufes que no reciba a aquellos revoltosos jóvenes.

Sor Dufés no cede. El porvenir de aquellos jóvenes es el porvenir de Dios en aquel barrio abandonado. En el n.° 79 de la calle de Reuilly (al lado del n.° 77 en donde las hermanas habían levantado sus primeras obras), la comunidad posee unos terrenos, que tiene alquilados un fabricante de cuerdas. Para romper el contrato, presenta exigencias poco razonables. Sor Dufés acude a la oración e improvisa con las hermanas una noche entera de adoración al Santísimo. Al día siguiente el arrendatario viene espontáneamente con proposiciones más razonables. Sor Dufes las acepta. Construye unas clases y un patio de recreo. Queda fundado el patronato para los niños, que a partir de 1864 reciben allí formación, instrucción y catecis­mo. Autorizados para construir una nueva asociación de hijos de María, entran en ella con entusiasmo.

En 1868 la real fundadora se preocupa al ver marginada su obra por aquel desborde de actividades. No era ésa la finalidad de la fundación que sigue subvencionando a razón de 500 francos por cama, 600 francos por hermana y el doble por el capellán. Actúa con todo su peso, pero sor Dufés no se doblega. Después de todo, la familia real no ha fundado más que la casa de Enghien. Y ahora hay dos. Las 25 hermanas -sin subven­ción- que se ocupan en las obras del barrio se alojarán en la otra parte del huerto, en la calle de Reuilly, incluida sor Dufés que de esta forma marca distancias. Desde 1867 los ejercicios de la comunidad se trasladan a la nueva casa.Se deja en el hospicio de la calle de Picpus sólo a las hermanas encargadas de los ancianos; Catalina se queda allí como responsable y sor Dufés le entrega las llaves.

Esta solución obliga a nuevas construcciones. Los apuros económicos van en aumento como las casas; los plazos cada vez más implacables. Un día, mientras hacía une colecta, no para ella, sino para Nuestra Señora de las Victorias, sor Dufés es interrogada por una bienhechora muy, atenta. Tiempo perdido en una jornada muy ajetreada. Pero la dama ha anotado la dirección. Linos días más tarde pasa por Reuilly y entrega a sor Dufés 30.000 francos para su casa, en recuerdo de su hija difunta. El problema queda resuelto.

Criada para todo

¿Qué lugar ocupa Catalina en esta comunidad: Aunque responsable del Hospicio, no participa en las deliberaciones ni decisiones. Se hace poco caso de su persona. Es solamente la «hermana regular», vaquera, hortelana, la criada para todo. Parece algo natural. Y como ella parece contenta, no hay que preocuparse por eso. Le gusta tratar con las jóvenes de la casa, y no crea problemas a nadie. Nadie se queja de ella, ni los ancianos ni los demás. Es la buena empleada que todo lo arregla, los problemas materiales y los de carácter. Parece normal. No se le nota nada.

Sor Dufés, aunque sabe en secreto que Catalina es la vidente, la trata con severidad:

Cinco o seis veces -cuenta sor Cosnard- vi a sor Catalina de rodillas ante sor Dufés, que le reprochaba por cosas que no había hecho y de las que no era responsable. Los reproches eran vivos, muy vivos. Sor Catalina, aunque inocente, no se excusaba. Sin embargo, me pareció notar una lucha en su alma. Sus labios se entreabrían como si fuera a hablar… La lucha terminaba siem­pre con el triunfo de la humildad.

Me impresiono tanto aquello… que le pregunté a sor Dufés como podí tratarla de aquel modo… Me respondió con un tono muy firme: Hermana, déjeme obrar así, me siento movida a ello.

La actitud severa de la superiora es como mancha de aceite. Las hermanas instruidas, que influyen en la comunidad, no aprecian mucho a aquella hermana tosca, cuyo acento y delan­tal huelen a establo. Una de ellas la «humilla», la «ultraja» -asegura son Clavel- tratándola de «tonta y de boba»

Pero Catalina, siempre acogedora, recién llegadas que con frecuencia no asustaban por las nuevas tarcas de aquel barrio maldito.

Los criados también la quieren, porque siempre sabe aten­derles.

Cecilia Delaporte, la pequeña lavandera de 20 años, cae enferma poco después de llegar en 1868. Catalina va a visitarla lo mismo que Bernadette visitara a Juana Jardet, la criada enferma de Nevers, olvidada por todos en su lecho: en medio de aquel trágico invierno de 1870-1871 le llevo «un edredón y un jarabe»:

Un día -recuerda- preparaba las planchas para las hermanas. Ella vio que estaba pasando mucho calor y me trajo un vaso de leche.

Se entendía bien con los pequeños y con los humildes. Los que estaban en apuros acudían a ella como a una bondadosa abuela, sólida columna en la familia…, aunque dispuestos a olvidarse de la pobre anciana apenas hayan aprendido a volar por sus propias alas.

Los ancianos se muestran agradecidos de ver cómo mantie­ne el hospicio en orden en los momentos en que se ven margina­dos en esta colmena desbordante. Y aquel orden le viene bien a Sor Dufés a quien los fundadores hubieran despedido de no ser así. Catalina no ahorra sus fuerzas. Aparece extrañamente presente en todos los frentes: el huerto y el patio, la puerta y sobre todo los pobres. Siempre se queda con las tareas más bajas y humildes. Es la encargada de «encerar» el piso y repasar el parquet con la pesada «galera». ¡Es fuerte Catalina!, y piensan en ella para las tareas más duras. Sin embargo, ya va a cumplir los sesenta. A veces se extraña de sentir que el corazón le falla. Tiene que tomar aliento. Pero ¡cuando se quiere, se puede!

Se había hecho con una fama discreta, pero sólida, como veladora de los moribundos. Se priva del sueño para atender a los agonizantes, numerosos entre los ancianos. Sólo entre los hombres mueren tres o cuatro cada año. Conjuga armoniosa­mente la atención a los cuerpos y la oración. Todos los que ella velaba encontraban la par. Los descreídos se convertían y a menudo «morían santamente», como decían en la casa. Ni uno solo de ellos dejó de reconciliarse, constata sor Dufés al final de su vida.

Sor Isabel de Brioys, de una ilustre familia y también de «gran juicio y de gran virtud», tiene a Catalina para este último servicio. Hija de la Caridad desde 1852, fue aceptada por sus cualidades de alma a pesar de una tuberculosis que degeneró en meningitis. El 24 de agosto de 1863 salió del coma que sufría: llena de lucidez, le dijo de pronto a sor d’Aragon que la velaba: Voy a morir. Busque a sor Catalina y dígale que no me abandone.

Es ya tarde. Sor d’Aragon difiere la petición aparentemente prematura. Además, no está ella allí: A las 11 de la noche, la enferma «reitera» su petición. Catalina está acostada desde las 9. Duerme profundamente. Cuando la sacude sor Clara, se despierta enseguida, se pone la toca y acude corriendo al lado de la moribunda, con su mirada de ojos azules. Reza tranquila­mente. A las 4 de la mañana suena la campana. Es la hora de levantarse. Catalina sigue rezando: el jadeo de la moribunda se va acentuando pero pacíficamente. Se apaga, a las 6, con los primeros rayos de sol de aquel 25 de agosto. Catalina le deja y prosigue su quehacer.

El huerto de las hijas de María

En este resurgir general hay un punto especialmente sensi­ble para Catalina, el que había recibido el encargo de transmitir al padre Aladel: La santísima Virgen quiere de usted una misión… Será usted su fundador y su director. Se trata de una Cofradía de hijas de María a la que la santísima Virgen concederá muchas gracias. Le conce­derán indulgencias… Se celebrarán muchas fiestas. El mes de María se celebrará con mucha pompa en muchos sitios.

La obra surgió espontáneamente en 1838, cuando el padre Aladel era tercer asistente y colaborador del padre Etienne, entonces procurador de la Misión. Benigna Hairon, nacida en Beaune en 1822, empezó en dicha ciudad a los 16 años, el 8 de diciembre de 1838, con un grupo de hijas de María. De esta forma, como decía ella misma, se convertía en la «primera de todas» entre las hijas de la Caridad. La asociación quedó Consti­tuida el 2 de febrero de 1840. Desde entonces empezó a espar­cirse por otros lugares: el 7 9 de marzo de 1840 en Sainte-Eulalie de Burdeos, en 1841 en Saint-Flour. La primera asociación parisina nació en Saint-Louis-en-I’lsle el 16 de diciembre de 1845. El padre Etienne nombró entonces a Aladel director de la nueva obra. El 20 de junio de 1847 se dirige a Roma y obtiene de Pío IX una audiencia, en la que el papa le concede por escrito la facultad «de establecer en las escuelas dirigidas por las hijas de la Caridad» una Asociación bajo e( patrocinio de la Virgen Inmaculada, con todos los privilegios de que gozaba la Asocia­ción que habían fundado antiguamente en Roma los padres jesuitas.

En 1848 Aladel publico un Manual de las hijas de Mana, cuyas ediciones se fueron sucediendo periódicamente: 25.000 ejemplares en menos de 10 años.

En 1857 la obra llega a Reuilly en donde hay 13 candida­tas. El 21 de noviembre Aladel acude personalmente a fundar la Asociación con ayuda del capellán, el abate Pedro Coullié, futuro cardenal. Entrega la medalla a las tres primeras aspiran­tes, las huérfanas Ester, Antonieta y Zoé. El 8 de diciembre siguen otras más. El grupo elige a una presidenta: Carolina Huot, de 12 años, una niña que es una llama ardiente.

¿Se trata de la ilusión de una especie de milenarismo: No. El libro de actas de Reuilly nota despiadadamente una relajación. El 20 de febrero de 1853 se lee en el acta que no hubo reunión solemne y se indica: No hay consejo, ni nuevas admisiones. Poco a poco disminuye el fervor… Las reuniones semanales son cada vez menos numero­sas. Las, hijas de María no parecen comprender la dicha inefable de pertenecer a su querida Madre. Este titulo tan dulce no parece ser ahora más que un nombre vacío y la cinta azul un frívolo adorno.

Pero el carisma, vacío de interioridad, vuelve a recibir un nuevo aliento, más profundo. En 1858 aquel grupo acoge a María Antonieta Meugniot, sobrina de Catalina.

En 1860 cae enferma Carolina, la presidenta-fundadora. Tiene ya 21 años y lleva 9 años en el cargo. Su enfermedad intensifica su fervor y la calidad de su testimonio. Delgada, diáfana, siempre alegre, preside las reuniones con unas palabras tan iluminadas que se ve en ellas una inspiración divina:

Su acierto y precisión hacían ver que era Dios quien dictaba sus palabras -se lee en el libro de actas el día siguiente de su muerte, el 17 de diciembre de 1859. Catalina sigue vigilante. Sus consejos y su ejemplo sostienen el fervor.

5. El huerto secreto

En el fondo de su corazón Catalina cultiva su huerto cerra­do. Defiende su intimidad con una rara eficacia. Sus gruesos zapatos, su delantal basto de campesina y su discreción son los últimos reductos bajo los que guarda su secreto, más amenaza­do de lo que parece.

El incógnito en peligro

Cada vez resulta más difícil disimular quién es «la novicia de 1830». Es por los años 50 cuando la noticia empieza a esparcir­se…, cuando los superiores y otras personas saben o adivinan.

En 1855 durante su época de seminario sor Charvier oyó decir: La hermana que vio a la santisima Virgen está encargada de las vacas en una casa de París.

Pues bien -nos cuenta- me enviaron entonces a la casa de Enghien…, encargándome de noche y de día de la misma tarea que sor Catalina. Se me ocurrió la idea de que quizás era aquella sor Labouré, encargada de las vacas, la que había visto a la santísima Virgen. La observé de cerca, la vi muy piadosa y humilde, pero me dije: No, no puede ser ella la que vio a la santísima Virqen. No me parecía lo bastante mística.

A partir de 1875 le tienden continuamente trampas a Catalina. No solo «previnieron» a sor Dufés antes de nombrarla superiora de la casa en 1860, sino que lo «saben» algunas hermanas jóvenes que llegaron del seminario a Reuilly. Tam­bién lo saben algunos sacerdotes (el futuro cardenal Couillié, capellán de la casa), la familia de Catalina…, y «La Negra», que se lo cuenta a todo el mundo… Los incidentes se multiplican.Solo a fuerza de seriedad, pero también de picardía  campesina consigue Catalina defender la discreción… y muchas veces crear la duda.

Un día sor Dufés se deja convencer por unas bienhechoras, deseosas de «conocer a la hermana que vio a la Virgen». Tras las primeras resistencias, acabó por ceder: Bien, las acompañaré al corredor de los ancianos en donde está sirviendo esa hermana.

«Apenas entraron. Catalina procuró ausentarse, con gran extrañeza de la superiora que nunca la había visto obrar así». Se había olido la trampa: Cuando se hubieron marchado las visitan­tes, fue a pedirle a sor Dufes «que no le mandara semejantes visitas».

El hortelano

Para aquel huerto cerrado Catalina sabía que no era la hortelana. Es el padre Aladel el que tiene la autoridad de Dios y de la Iglesia. El es quien tiene la ciencia y el poder en un mundo que ella adivina complicado. Sabe muy bien, como campesina, que los impulsos no realistas van al fracaso. Se da cuenta de la «incapacidad» de las otras buenas hermanas para criar palomas o gallinas; también sabe que ella sale perdiendo con los chalanes: sabe que es incapaz en las cosas que ignora.

Los éxitos de los que ha sido instrumento no la engríen. Todo progresa en un impulso en el que no faltan los avances dolorosos, como sucede con las horas de parto.

Las relaciones con Aladel siguen siendo difíciles, tensas. El confesor sigue sospechando exageraciones…, ilusiones… La Me­dalla es ya un asunto concluido. ¡Que no vuelvan a hablarle de él! Pero Catalina insiste de nuevo. No ha tenido más aparicio­nes, pero la voz interior de Nuestra Señora le recuerda la misión que le ha confiado y sus consecuencias. ¿Cómo sigue estando cerrada al público aquella capilla en donde su Visitante ha abierto una fuente de gracias: ¿Cómo no va a ser conmemorado aquel acontecimiento con alguna peregrinación, con alguna comunión de aniversario:

Peticiones desechadas

Lo que le atormenta desde 1839 es levantar un altar y una estatua conmemorativa en el sitio de la primera aparición, a la derecha según se mira hacia el altar mayor. Y esta estatua deberá tener un globo terráqueo en las manos: un dato que se ha olvidado hasta ahora. Catalina se decide a hablar. Se acerca. Insiste en la sombra del confesionario. El padre Aladel se acalo­ra. Su descontento traiciona su habitual discreción: ¡Esta avispa…l

La interjección ha traspasado la cortinilla y ha llegado hasta unos oídos delicados.

-El confesionario temblaba -nos dice un testigo.

Petición desechada. Sin embargo, en 1841-1842 Aladel, que se siente en profunda armonía con Catalina a pesar de las tensiones superficiales, parece que se va convenciendo. El éxito de la Medalla milagrosa, los 100.000 ejemplares de su Notice agotados, le obligan a publicar una nueva edición. La revisa. Hay que ampliar la capilla de la calle del Bac, que resulta demasiado pequeña, y construir un nuevo seminario para 500 hermanas jóvenes. Esto le obliga a pensar, a trazar planes. A la larga la insistencia de Catalina se va abriendo camino. ¿Fue Aladel quien la invitó a referir por escrito la aparición de la Medalla, el 15 de agosto de 1841? ¿O bien la escribió ella para que él la leyera, al no poder conseguir que la escuchara:

Este autógrafo insiste en algunos detalles descriptivos: Por debajo del velo vi sus cabellos partidos sobre la frente y aplastados sobre los lados. Por debajo, un encaje de 3 centíme­tros de ancho, sin fruncir, es decir, apoyado ligeramente sobre los cabellos: la figura bastante descubierta.

Pero lo que le importa sobre todo son sus deseos que ya ha expuesto oralmente. En una época en la que la comunión no se concedía todos los días, pide una comunión suplementaria para el aniversario de la aparición. Y sobre todo: Ahora, después de dos años, me siento impulsada a decirle que se construya o se erija un altar a la santísima Virgen en el lugar mismo en donde se apareció.

En este altar hay que poner una estatua de la santísima Virgen, tal como la vio. Ahora insiste en un detalle inédito. Nuestra Señora tiene una bola en sus manos, que representaba al globo de la tierra. Tenía las manos elevadas a la altura del estómago, de una forma muy suelta, con los ojos elevados hacia el cielo.

Era una mirada, suplicatoria y un gesto de ofrecimiento de ese mundo, de esos hijos que ella quiere proteger.

Su figura era todo belleza. No sería capaz de pintarla; después, de pronto me di cuenta de los anillos de sus dedos, revestidos de piedras preciosas, más bellas unas que otras.

La voz le hace comprender que todavía no se confía suficien­temente en ella: Las piedras de donde no nacen rayos son las gracias que se olvidan de pedirme.

Aquel año 1841 la petición urgente de Catalina provoca una investigación más detenida. Por primera vez se anotan en una hoja las indicaciones de Catalina, en forma de programa que se entregó al pintor Lelaille para realizar la imagen que pedía. Lo «esencial» consiste en lo siguiente: La santisima Virgen mantiene ligeramente el globo en sus manos y lo ilumina con una luz viva. Importa que se haga ver [)¡en esa luz, que ilumina vivamente a la tierra, particularmente junto a las manos de donde parte el rayo de luz. La santísima Virgen, con una ternura maternal, mira a esa pobre tierra. Y habrá alrededor: ¡Oh María, sin pecado concebida! Ruega por nosotros.

Siguiendo estas indicaciones Letaille dibuja un esbozo del cuadro deseado: una Virgen de pie, coronada de estrellas, la luna bajo los pies, según Apocalipsis 12 y la hoja-programa. Tiene en sus manos un globo enorme: es la manera (sorpren­dente) de que los rayos de sus manos no oculten dicho globo. Catalina espera, pero el proyecto no es aceptado.

La cruz de 1848

En vísperas de la revolución, en 1848 como antes en 1830, la invade un soplo simbólico y profético: ella lo recibe como una gracia, como una exigencia. Ahora el clima es distinto; en los últimos años se ha confirmado la irradiación religiosa de Cha­teaubriand. La hostilidad contra el obscurantismo medieval ha dejado sitio a una nostalgia por la Edad Media gótica y por la Iglesia: en torno a la Medalla ha surgido un movimiento caris­mático y poético. La llevaba Ozanam cuando fundó la Conferen­cia de san Vicente de Paúl en 1833; Newman se la colgó al cuello el 22 de agosto de 1845, dos meses antes de su conver­sión (9 de octubre).

Catalina no analiza estos hechos; Ella apenas lee. La visión se le impone repentinamente, gratuitamente, desde dentro, lo mismo que las anteriores. Lo que se le presenta es el triunfo de la Cruz, un triunfo que hay que REALIZAR: en París hay que levantar un Crucifijo monumental, que estrechará los vínculos de los cristianos con Cristo crucificado. Catalina le concede a la caída del rey Luis-Felipe tan escasa importancia como a la de Carlos X en 1830. Está totalmente obsesionada por el porvenir de Dios.

Esta cruz se llamará la cruz de la victoria. Será muy venerada. De toda Francia y de los países más lejanos, y hasta del extranjero vendrán unos en peregrinación y otros por devoción y otros por curiosidad. En fin, se notará una protección muy especial que parecerá milagrosa. No vendrá a París nadie que no vaya a ver y a visitar esa cruz, como una obra de arte.

Aquí Catalina en vez de l’art (arte) ha escrito lard (tocino). Esto le da autenticidad a su escrito; lo sublime roza con lo vulgar. Aladel tendría motivos para sonreír. Pero ella continúa imperturbable, mezclando los presentes con los futuros: Al pie de la cruz se representará toda esta revolución, tal como ha pasado. El pie de la cruz me pareció que tenía de 10 a 12 pies cuadrados, y la cruz de 15 a 20 pies de alta. Y una vez levantada me parece que tendrá unos 30 pies de alta.

Las proporciones son más modestas que las de Claudel cuando proyectaba una catedral subterránea en Chicago con una flecha de 700 metros.

Bajo esta cruz descansarán parte de los muertos y de los heridos durante esos acontecimientos tan penosos…

Entre esos muertos Catalina distingue uno (como en su visión de 1830) con una especial intensidad: En un lado aparece un brazo y se oye una voz que dice: ¡La sangre corre!

Y señalando la sangre con un dedo el inocente muere, el pastor da su vida.

Se sabe que monseñor Affre murió en 1848 junto a las barricadas, cuando quería llevarles la paz…

La cruz se me apareció con toda su belleza. Nuestro Señor estaba como si acabase de morir. La corona de espinas en la cabeza, los cabellos esparcidos en la corona por detrás, la cabeza inclinada del lado del corazón. La llaga del costado derecho… me parecía tener como tres dedos de ancha y caían de ella gotas de sangre. La cruz me parecía de una madera preciosa, extraña, cubierta de oro o dorada.

La visión viva está llena de esperanza. Catalina se siente movida a someterla al juicio del padre Aladel.

-¡Otra vez!, piensa él.

Reitera sus consignas ya clásicas contra las ilusiones. Catali­na vuelve a la carga, sin éxito alguno. Por eso se decide a tomar la pluma el 30 de julio de 1848: Padre. Es esta la tercera vez que le hablo de esta cruz, después de haber consultado con Dios, con la santisima Virgen y con nuestro buen padre san Vicente, el día de su fiesta y durante toda su octava, en la que me he entregado en sus manos por completo y te he pedido que me quite toda idea especial sobre este asunto y sobre todos los demás. En vez de sentirme aliviada, me he sentido cada vez más urgida a ponérselo todo por escrito. Así me someto por obediencia. Creo que ya no me preocuparé más. Con todo respeto soy su hija, muy devota en el sagrado Corazón de Jesús y de María.

Deposita esta última petición en el papel, como una botella al mar. Deja en blanco la página 3 y pone la dirección en una parte de la página 4 (era lo que solía hacerse entonces para ahorrar el sobre). Y escribe la dirección según la fórmula tradicional, donde se repite ceremoniosamente el título del destinatario:

Señor.

Señor Aladelle,

Director de las hijas de la Caridad.

¿Se trata de un documento nulo: Catalina ha cometido una falta de ortografía, poniendo en femenino el apellido del direc­tor.

Antes de cerrar la carta añade en la primera página un croquis para materializar el emplazamiento de la cruz. Esta nota añadida traduce su preocupación:

En el momento en que se elevo la cruz recorriendo una parte de París para poner el terror en los corazones, hasta llegar a detenerse en Notre-Dame, iba llevada por varios hombres que me parecían estar enfurecidos. Finalmente dejaron la cruz. Esta se cayó en el barro y ellos huyeron. Me pareció que un estremeci­miento interior los había obligado a marchar y abandonarlo todo. La cruz iba cubierta de un crespón negro.

Esta visión, rica en colores, la interpreta Catalina como había interpretado la del corazón de san Vicente: El blanco que rodea la cabeza de Nuestro Señor es la inocencia. El rojo es la sangre que se derrama…El azul es la librea de la santísima Virgen.

Parece ser que Catalina no se fijó en que eran los colores de la bandera francesa…, aunque en un orden contrario. Proyecta toda la viveza de sus visiones, pero sin razonarlas. ¿Qué relación hay entre esta imagen de profanación y la cruz triunfal que hay que erigir? ¿Se trata de un acto de reparación? No lo indica. Todo esto puede parecernos hoy extraño. Pero la visión tenía un aspecto importante para la conciencia de media­dos del siglo XIX. La cruz tenía un prestigio y una popularidad inmensa. La aparición de una cruz luminosa en Migné (Vienne) en 1826 había dejado un recuerdo duradero en los espíritus. Y hubo otras más. La cruz se aparecía entonces con más frecuen­cia que la Virgen. Es la época en que por toda Francia se erigían calvarios a millares, como una réplica al iconoclasmo y a las blasfemias de comienzos de siglo. En plena revolución de 1848, el 24 de febrero, sin duda poco después de la visión premonitora de Catalina, los insurrectos llevaron efectivamente en triunfo una cruz, robada cuando la invasión del palacio real. Es un punto en común con la visión de Catalina. El motín que saqueó el palacio real se convirtió en procesión para llevar aquel crucifijo a la iglesia según la crónica de entonces.

El pasado jueves (24 de febrero), en el momento en que el pueblo acababa de invadir las Tullerías y arrojaba por las ventanas los muebles y los cortinajes, un joven que pertenece a las conferen­cias de san Vicente de Paúl corrió a toda prisa a la capilla, temiendo una profanación… El piadoso joven pidió a varios guardias nacionales que le ayudasen a llevar los vasos sagrados y el crucifijo… En el patio se lanzaron gritos contra los hombres cargados de tan precioso depósito. Entonces el que llevaba el crucifijo lo levantó diciendo: ¿Queréis regeneraros? ¡Pues bien! ¡Sabed que no podréis regeneraros más que por Cristo.,

-¡Si, sí! -respondió un gran número de voces-, ¡ese es de los nuestros!

Las cabezas se descubrieron al grito de ¡Viva Cristo!

Y así el crucifijo y un cáliz sin patena fueron llevados por así decirlo en procesión hasta San Roque, donde los recibió el señor párroco.

En 1848, a diferencia de 1830, el pueblo revolucionario de París aclamaba espontáneamente a la cruz de Cristo. Catalina se daba cuenta; y si se hubiera erigido el calvario que ella deseaba, habría podido tener una irradiación análoga a la que tuvo la Medalla milagrosa. Ese monumento habría sido la coronación lógica de sus visiones: las habría centrado en Cristo. Esta lógica inspiraba claramente a Catalina. Lo expresará en una de sus últimas palabras en su lecho de muerte, cuando manifieste su gozo de unirse con «NUESTRO SEÑOR, LA SANTISIMA VIRGEN Y SAN VICENTE». Estas palabras recapitulan el tema de sus visiones, pero en un orden inverso. Catalina empezó por san Vicente en abril de 1830, continuó con la santísima Virgen a partir del verano de 1830; y todo acababa con este triunfo de la cruz de Nuestro Señor en 1848, siguiendo a las visiones eucarís­ticas de 1830. San Vicente y la Virgen encontraron eco, aunque con dificultades, en el padre Aladel. Pero no así el proyecto grandioso de la cruz. Quedo enterrado. Catalina sufrió por ello. Le parecía que había quedado amputado el deseo del Señor y su propia misión. Arrinconada entre la visión y la obediencia, liberó su conciencia por escrito. Desde ahora se refugia en Nuestro Señor. Y no volvió a hablar más de ello.

Un altar y una estatua

Pero sigue preocupándose por el altar con la Virgen del globo terráqueo que conmemoraría la aparición y abriría la capilla a las peregrinaciones.

El padre Aladel, cada vez más atareado por el desarrollo de las hijas de Mana, se va distanciando de sor Catalina. En 1851 el padre Chinchon, de 35 años, pasa a ser su confesor habitual en Keuilly, hasta 1875. La escucha más, pero tampoco coopera mucho. ¿Pue por su iniciativa o por la del padre Aladel por la que sor Catalina redacto en 1856 un relato autógrafo sobre las primeras apariciones, la del corazón de san Vicente y aquella otra, estrictamente desconocida, en donde la Virgen le confió su misión el 18 de julio de 1830. Aquellos escritos permane­cieron muy en secreto.

Pero algo se hizo según sus deseos. EI ensanchamiento de la capilla, iniciado en 1849, permitió poner un nuevo altar mayor, detrás del cual se colocó una estatua de la Virgen con rayo, según el modelo de la Medalla milagrosa.

Las obras se hicieron más bien según la lógica de la amplia­ción que según los deseos de Catalina: No era eso precisamente lo que ella pedía, sabía muy bien sor Hannezo.

Ni el lugar, ni la forma: No estaba ni mucho menos contenta con la estatua de la santísima Virgen, porque no estaba representada tal como la había visto…. llevando la bola del mundo en sus manos.

El padre Chinchon, el nuevo confesor, reconoce que Catali­na se le quejaba de la «actitud» que el padre Aladel le daba a la Virgen. También el padre Chevalier. Ella deseaba el altar en el sitio de la primera aparición de la Medalla, a la derecha y no en el centro. Pero por lo menos la estatua conmemoraba la aparición. Respondía al deseo de ilustrar la peregrinación a la calle del Bac.

Pero la comunidad cada vez más numerosa, con más de 500 novicias por aquellos años, no permitía abrir la capilla al público. A Catalina, que experimentaba sus grandes beneficios siempre que iba allá, le hubiera gustado compartirlos con mucha más gente.

Lourdes y la calle del Bac

Cuando oyó hablar de la aparición de Lourdes (1858), dijo: ¡Es la misma!).

Lo más extraordinario -escribe la superiora sor Dufés- es que sin haber Ieído ninguna de las obras publicadas, sor Catalina estaba al corriente de todo mejor que si hubiera estado entre los peregrinos a aquel lugar.

Según su compañera sor Tranchemer, ella habría dicho: ¡Y pensar que esos milagros podían tener lugar en nuestra capi­lla!

Y también a sor Millon: Si los superiores hubiesen querido, la santísima Virgen habría escogido nuestra capilla.

Nos dice sor Pineau que sor Dufés encontró entre las cosas de Catalina un trozo de papel en donde se leen estas palabras escritas de su mano.

-Mi buena Madre, aquí no se puede hacer lo que vos queréis: manifestaos en otro lugar.

En varias ocasiones -cuenta sor Cosnard-, sor Catalina inten­tó convencerme de que la peregrinación a Nuestra Señora de las Victorias (cuya Cofradía llevaba la Medalla Milagrosa) y la de Lourdes habían sido concedidas por la santísima Virgen para suplir a las que los superiores no habían creído conveniente autorizar en nuestra capilla.

-Sin embargo -me dijo ella varias veces con un acento espe­cial-, las peregrinaciones se acabarán haciendo.

Algunas veces se sentía atormentada por no haber conse­guido que la escucharan. Habría perdido el sueño y la cabeza si no hubiera encontrado al pie del altar lo que le había prometido Nuestra Señora: ¡una fuente de paz!

6. Muerte del padre Aladel (1865)

El domingo 23 de abril de 1865 el padre Aladel pronunció una conferencia inspirada. Recordaba en ella las apariciones del corazón de san Vicente.

El día siguiente, martes 25 de abril, fiesta de san Marcos, sus hermanos se extrañan de su ausencia; ¡era la regularidad en persona! Pero no hacen nada. La hermana encargada de la sacristía de la comunidad en donde celebraba la misa se preocu­pa de ver que se retrasa por primera vez en su vida. Corre a San Lázaro para informarse. Suben a su habitación y lo encuentran tendido en el suelo, inconsciente, con el rostro en tierra. Lo ha derribado un ataque de apoplejía. Muere aquel mismo día, a las 3 de la tarde.

Las últimas palabras de su última predicación tomaron de este modo un sentido de premonición: Cuando el último día, después del Consummatum est de los últimos sufrimientos nuestra alma abandone el cuerpo que la mantiene cautiva si nuestro bienaventurado padre san Vicente encuentra en nosotros un gran espíritu de fe, una gran caridad y un cariño de predilección por la santísima Virgen, entonces nos presentara a ella, y María Inmaculada nos llevara a Jesús.

Sus hermanos pensaron que él había ofrecido su vida a cambio de la que parecía amenazada.

El jueves 27 de abril celebro los funerales el padre Eugenio Vicart que le sucedería en el cargo de director de las hermanas y de admonitor del Superior general.

Aquellos funerales fueron servidos por los estudiantes de San Lázaro, uno de ellos era Felipe Meugniot, de 20 años, sobrino de Catalina, que conservó un recuerdo emocionado de aquella ceremonia: Yo actuaba de turiferario. Al volverme en un momento de la ceremonia mi mirada cayó en sor Catalina que se encontraba en primera tila con su superiora (sor Dufés). Me llamo la atención el aspecto radiante de su rostro. No me lo explicaba, se trataría del recuerdo del reflejo celestial que habían tenido sus relaciones con el venerado difunto.

Aquella serenidad se vería pronto agitada por una nueva tormenta.

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