París, 25 junio 1648
Padre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros
Su última carta habla de dos cosas: primero, que les damos cargos de cierta importancia a nuestros hermanos coadjutores, y segundo, que hemos hecho mal en declararnos contrarios a las opiniones de los tiempos
Le diré en cuanto a lo primero que agradezco muy humildemente a Nuestro Señor que le haga interesarse a usted por el gobierno de la compañía, y que le ruego que así lo siga haciendo, aunque me parece que tenemos razón en obrar como lo hacemos a propósito de los dos puntos mencionados
En la compañía no tenemos más que al hermano Alejandro que tenga responsabilidad y haya manejado dinero, que le entregamos al enviar al padre Gentil a Le Mans, al no disponer de un sacerdote para ello; y él cumplió con su encargo de una manera que podemos alabar a Dios por ello
El buen hermano Nicolás, de quien me habla, de la casa de Crécy, no disponía del dinero, como le han dicho a usted El dinero se guarda allí en un cofre con dos cerrajas; el padre Tournisson tenía una llave y su asistente la otra. Lo mismo pasa en otras partes, concretamente en donde el padre Portail ha hecho la visita Esto no quita que debamos poner este cargo en manos de un sacerdote cuando se pueda y que no pongamos atención en lo que nos dice usted.
Creo que los problemas con los hermanos en las Órdenes vienen de los que los tienen demasiado bajos. San Francisco manda que los legos tengan voz en la elección de guardianes; pero los capuchinos y los recoletos han quitado esta norma, y esto ha exasperado a los pobres hermanos, que se han visto obligados a quejarse ante el papa El Hijo de Dios trataba a sus apóstoles como amigos, aunque no eran todavía sacerdotes; ¡y queremos nosotros tratar a los nuestros como servidores, a pesar de que la mayor parte tienen más virtud que muchos de nosotros, al menos por lo que a mí se refiere!
En cuanto al segundo punto, sobre la falta que hemos cometido al declararnos contrarios a las opiniones de los tiempos, son éstas las razones que me han obligado a ello
La primera es mi cargo en el Consejo de asuntos eclesiásticos, en el que todos se han declarado contrarios: la reina, el señor cardenal, el señor canciller y el señor penitenciario Juzgue usted mismo si podía permanecer neutral El resultado ha hecho ver que era conveniente obrar de esa manera.
La segunda razón es el conocimiento que tengo de los planes del autor de esas opiniones nuevas, esto es, destruir la situación presente de la Iglesia y someterla a su poder Me dijo un día que Dios quería arruinar a la iglesia actual y que los que se ocupaban en sostenerla obraban en contra de sus designios; y cuando le dije que era ése el pretexto que ponían de ordinario los herejes, como Calvino, me respondió que Calvino no había obrado mal en lo que hizo, pero que no había sabido defenderse convenientemente.
La tercera ha sido que he visto cómo tres o cuatro papas habían condenado las opiniones de Bayo, que sostiene Jansenio, así como también lo había condenado la Sorbona en el año 1650 y que la parte más santa de dicha facultad, que son todos los antiguos, se declaran contra esas nuevas opiniones, y que nuestro Santo Padre ha condenado la de las dos cabezas, que se deseaba establecer con perversos designios.
Y la cuarta, que aquí pongo como última además de otras varias, es lo que dice el papa Celestino (Epístola 2 ad episcopos Galliae), contra algunos sacerdotes que proponían algunos errores contra la gracia, que habían condenado dichos obispos. Aquel buen papa, después de alabarles por haberse opuesto a la doctrina de esos sacerdotes, dice las siguientes palabras: Timeo ne connivere sit hoc tacere; timeo ne illi magis loquantur qui permitunt illis taliter loqui; in talihus causis non caret suspicione taciturnitas, quia occurreret veritas, si falsitas displiceret; merito namque causa nos respicit, si silentio faveamus errori. Y si se me dice que esto es verdad para los obispos, pero no para un particular, respondo que probablemente esto ha de entenderse no sólo de los obispos, sino también de los que ven el mal y no hacen lo posible por impedirlo.
Veamos ahora de qué se trata. Me dice usted que es del libro de Jansenio De la fréquente communion, que usted a la primera ha leído dos veces y que le parece que ha sido el mal uso que se hace de este sacramento lo que ha dado lugar a ello.
Es verdad, padre, que muchas personas abusan de este divino sacramento, y yo, miserable de mí, mucho más que todos los demás del mundo, por lo que le ruego que me ayude a pedir perdón a Dios por ello; pero la lectura de ese libro, en vez de aficionar a los hombres a la comunión frecuente, lo que hace es apartarlos. Se nota menos frecuencia de sacramentos que antes, incluso en pascua. Muchos párrocos de París se quejan de tener menos comulgantes que los años pasados. San Sulpicio ha tenido 3.000 menos; el señor párroco de San Nicolás du Chardonnet, después de haber visitado a las familias de la parroquia después de pascua, personalmente y por medio de otros, nos ha dicho hace poco que ha encontrado a 1.500 feligreses sin haber comulgado; y lo mismo los demás. Ya no se ve a casi nadie acercarse a comulgar los primeros domingos de mes y los días de fiesta, incluso en las comunidades religiosas, a no ser entre los jesuitas. Por eso procuró el difunto abad de Saint-Cyran desacreditar a los jesuitas. El señor de Chavigny decía uno de estos días a un amigo suyo que dicho abad le había confesado que él y Jansenio habían trazado ese plan para desacreditar a dicha santa Orden a propósito de la doctrina y de la administración de los sacramentos. Y yo mismo le he oído conversar muchas veces casi todos los días sobre esto.
Cuando el señor Arnauld, que dio nombre a ese libro, vio la oposición con que tropezaba por diversas partes a propósito de la penitencia pública y de la que quería establecer antes de la comunión, salió con la explicación de la absolución meramente declaratoria; pero, sea lo que fuere, todavía hay otros errores, según nos ha dicho últimamente el gran maestre de Navarra, que es uno de los más sabios de nuestro tiempo, junto con el señor penitenciario y los señores Cornet y Coqueret, que se reunieron aquí para estos asuntos, y que han visto que esa declaración es capciosa y contiene un montón de cosas por el estilo de lo que dijo en el primer libro. Lo que dice de que la iglesia practicaba al principio la penitencia pública antes de su absolución, y que debe pensar en restablecer esta práctica, si quiere seguir siendo columna de la verdad, siempre fiel a sí misma, y no una sinagoga de errores, ¿no le suena todo esto a falso? La iglesia, que no cambia jamás en las cosas de la fe, ¿no puede acaso cambiar en las de disciplina? Y Dios, que es inmutable en sí mismo, ¿no ha cambiado su conducta con los hombres? Nuestro Señor, su Hijo, ¿no cambió a veces su manera de obrar, lo mismo que sus apóstoles? Entonces, ¿por qué dice ahora ese hombre que la iglesia estaría en el error, si no quisiera cambiar y restablecer la clase de penitencia que practicó en el pasado? ¿Acaso es eso ortodoxo?
En cuanto a Jansenio, hay que considerarlo o como seguidor de las opiniones de Bayo, tantas veces condenado por los papas y por la Sorbona, según dije, o como defensor de otras doctrinas que trata en su libro. En cuanto a lo primero, no estamos obligados a mantener las censuras que los papas y esa docta corporación han lanzado contra sus opiniones y declararnos en contra suya? En cuanto al resto del libro, como el papa ha prohibido leerlo, ¿no deberá el Consejo de asuntos eclesiásticos aconsejar a la reina que haga ejecutar [lo que] ha mandado el papa Urbano VIII, y hacer profesión clara de estar contra las opiniones censuradas de Bayo y contra las nuevas opiniones de ese doctor, que sostiene con osadía las que la iglesia no ha determinado todavía a propósito de la gracia?
Me dice usted en su carta que Jansenio ha leído diez veces todas las obras de san Agustín y treinta veces los tratados de la gracia, y que no pueden los misioneros meterse a juzgar las opiniones de ese gran hombre.
Le respondo a esto que de ordinario los que desean establecer nuevas doctrinas son hombres muy sabios y que estudian con gran asiduidad y aplicación a los autores de quienes desean servirse; que hay que reconocer que ese prelado era muy sabio, y que con el propósito que he dicho de desacreditar a los jesuitas, ha podido leer a san Agustín todas las veces que usted dice, pero esto no impide que haya podido caer en el error y que nosotros tengamos una excusa para adherirnos a sus opiniones, que son contrarias a las censuras que se le han hecho a esa doctrina. Los sacerdotes tienen obligación de no aceptar y de contradecir la doctrina de Calvino y de los otros heresiarcas, aunque no hayan leído nunca a los autores en que ellos se basaron ni conozcan sus libros.
Me dice usted también que las opiniones que llamamos antiguas son modernas, pues hace sólo 70 años que Molina inventó esas opiniones que se creen antiguas. Le confieso, padre, que Molina es el autor de la ciencia que se llama media, que no es, propiamente hablando, más que el medio por el que se hace ver cómo se hace una cosa y de dónde proviene que dos hombres que tienen el mismo espíritu, las mismas disposiciones y gracia semejante para realizar las obras de su salvación, uno las realice y el otro no, uno se salve y otro se condene. Pero, padre, no se trata de eso, que no es artículo de fe. La doctrina que él combate, que Jesucristo murió por todo el mundo, ¿es acaso nueva? ¿Es nueva la doctrina de san Pablo y de san Juan? La opinión contraria ¿no fue condenada en el concilio de Maguncia y en otros varios contra Godescalco? ¿No dice san León en las lecciones de Navidad que nuestro Señor nació pro liberandis hominibus? ¿Y no dicen lo mismo la mayoría de los santos Padres? El concilio de Trento, en la sesión sexta De justificatione, capítulo 2, ¿no trae las palabras de san Juan sobre este tema: Hunc proposuit Deus propitiationem per fidem in sanguine ipsius pro peccatis nostris, non solum autem pro nostris, sed etiam pro totius mundi? y en el tercero: Verum etsi ille pro omnibus mortuus est; y dice luego que, aunque así sea non omnes tamen mortis ejus beneficium recipiunt, sed ii dumtaxat quibus meritum passionis ejus communicatur. Después de todo esto, padre, ¿llamaremos nueva a esta doctrina?
¿Llamaremos también nueva a la que él combate, contra la posibilidad de observar los mandamientos de Dios, en contra del canon 18 del mismo concilio y de la misma sesión, cuando dice que, si quis dixerit Dei praecepta homini etiam justificato et sub gratia Dei constituto esse ad observandum impossibilia, anathema sit?
¿Y es nueva esa que usted dice, que nos importa poco saber si hay gracias suficientes o si son todas eficaces? ¿No está acaso contenida en el segundo concilio de Orange, capítulo 25? He aquí, padre, las palabras de este concilio, en las que verá usted, si no la frase exacta de gracia suficiente, al menos su sentido equivalente: Hoc etiam secundum fidem catholicam credimus quod, accepta per baptismum gratia, omnes baptizati, Christo auxiliante et cooperante, quae ad salutem pertinent, possint et debeant, si fideliter laborare voluerint, adimplere.
En cuanto a lo que usted dice, que nos importa poco saber esto, le ruego, padre, que acepte lo que le digo: que me parece que es de gran importancia que todos los cristianos sepan y crean que Dios es tan bueno que todos los cristianos pueden, con la gracia de Jesucristo, realizar su salvación, que él les da los medios para ello por Jesucristo y que esto manifiesta y ensalza mucho la infinita bondad de Dios.
Tampoco puede llamarse mueva la opinión de la iglesia, cuando cree que no todas las gracias son eficaces, ya que el hombre las puede rechazar, capítulo 4 De justificatione.
Dice usted que Clemente VIII y Pablo V prohibieron que se disputase de las cosas de la gracia, Le responderé que esto se entiende de las cosas que no están determinadas, como son las que acabo de decir; y sobre las demás que no están determinadas por la iglesia, ¿por qué las ataca Jansenio? Y en ese caso, ¿no es de derecho natural defender a la iglesia y sostener las censuras fulminadas en contra suya?
Dice usted que son cuestiones de escuela. Eso es verdad de algunas de ellas; y aunque así sea, ¿habrá por ello que callarse y dejar que se altere el fondo de las verdades con esas sutilezas? ¿No está el pobre pueblo obligado a creer y, por consiguiente, a ser instruido en las cosas de la Trinidad y del santísimo Sacramento, que son tan sutiles?
Esto es, padre, lo que se me ocurre para hacerle ver las razones que tenemos para declararnos en esta ocasión opuestos a las nuevas opiniones. En contra de ellas yo sólo veo dos argumentos: uno, el temor de que, creyendo que vamos a detener ese torrente de nuevas opiniones, inflamemos más los ánimos; a lo que respondo que, si así fuera, no habría que oponerse nunca a las herejías, a los que desean arrebatarnos la vida o los bienes, y que el pastor haría mal en gritar contra el lobo, cuando lo ve dispuesto a entrar en el redil. El otro es el de la prudencia, que es puramente humana cuando se basa en el qué dirán. ¡Tendremos enemigos! ¡Oh Jesús! padre, ¡que jamás los misioneros dejen de defender los intereses de Dios y de la iglesia por esos motivos tan ruines y miserables, que echan a perder la gloria de Dios y de su iglesia y llenan de almas el infierno!
Sí, me dirá usted, pero ¿es preciso que los misioneros prediquen contra las opiniones del tiempo y de la gente, que hablen de ello, que disputen, que ataquen y defiendan a diestro y siniestro las opiniones antiguas? ¡Oh Jesús! ¡No se trata de eso! He aquí lo que hacemos: no disputamos nunca de estas materias ni predicamos de ellas, ni hablamos nunca de estas cosas con los demás, a no ser que nos hablen de ello; y si se nos habla, procuramos hablar con el mayor recato posible, a no ser el padre Gilles, que a veces se deja llevar un poco de su celo, a lo que procuraré poner remedio, con la gracia de Dios.
Entonces, me dirá usted, ¿está prohibido disputar de estas materias? Le respondo que sí y que aquí no se disputa de esto.
Entonces, me replicará, ¿desea usted que no se hable de esto en la misión de Roma ni en otras partes? Sí, y les ruego a los superiores que sean rígidos y que impongan penitencia a quienes lo hagan, a no ser en el caso que indicaba anteriormente.
Y ya que me dice usted, padre, que hay que dejar que cada uno de los de la Compañía crea en estas materias lo que le plazca, ¡oh Jesús!, padre, no es conveniente que se sostengan diversas opiniones en la Compañía; es menester que seamos todos unius labii; si no, nos destrozaremos unos a otros en la misma Compañía.
¿Es que hay que sujetarse a la opinión de un superior? Le respondo que no es a un superior al que nos sometemos, sino a Dios y al parecer de los papas, de los concilios y de los santos. Y si alguno no quisiera someterse, haría mejor en retirarse y la compañía debería apartarlo. Muchas congregaciones religiosas nos dan ejemplo de ello. Los carmelitas descalzos, en el capítulo que tuvieron el año pasado, ordenaron que sus profesores de teología enseñaran las opiniones antiguas de la iglesia y actuaran contra las nuevas. Todos sabemos que los padres jesuitas obran así, mientras que, por el contrario, la congregación de Santa Genoveva manda a sus doctores sostener las opiniones de san Agustín, que es lo que también pretendemos hacer nosotros explicando a san Agustín por el concilio de Trento, y no el concilio de Trento por san Agustín, ya que el primero es infalible y el segundo no lo es. Y si se dice que algunos papas han ordenado que se crea a san Agustín en lo referente a las cosas de la gracia, esto se entiende en las materias disputadas y resueltas entonces; pero como de vez en cuando surgen cuestiones nuevas, hay que atenerse para ellas a las decisiones de un concilio, que ha determinado todas las cosas según el verdadero sentido de san Agustín, que las entiende mejor que Jansenio y sus secuaces.
Esta es, padre, la respuesta a su carta, que no he enseñado a ningún otro, ni enseñaré jamás; le aseguro además que no he hablado de esto con nadie y que no le he pedido ayuda a nadie para decirle lo que le digo, tal como usted mismo podrá juzgar por mi pobre estilo y por mi ignorancia que tan bien salta a la vista. Y si hay algo en todo esto que valga la pena, le confieso, padre, que he hecho algunos pequeños estudios sobre estas cuestiones y que es éste el tema más ordinario de mis pobres oraciones.
Le ruego, padre, que comunique esta carta al padre Alméras y a los que usted juzgue conveniente de la Compañía, para que vean las razones que he tenido para entrar en los sentimientos antiguos de la iglesia y declararme contra los nuevos y que le pidamos a Dios y hagamos todo lo que esté en nuestra mano para ser cor unum et anima una en esto como en todo lo demás. Viviré con esta esperanza y sentiré una pena imposible de expresar si alguno, dejando las fuentes vivas de las verdades de la iglesia, se fabrica cisternas de opiniones nuevas, de cuyo peligro no habrá nadie que esté mejor informado que yo, que soy, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor,
VICENTE DEPAUL
i. s. d. l. m.
Me atrevo a decirle, padre, que el señor Féret, tras haberse enredado en estas nuevas opiniones, le ha dicho al señor párroco de San José que se ha apartado de ellas por la firmeza que ha visto en este pobre pecador contra ellas, en dos o tres conferencias que hemos tenido sobre este tema; fue con motivo de haber sabido que el señor párroco de San Nicolás du Chardonnet mantenía estas opiniones al volver de Alet, pero ahora está tan lejos de estas ideas que incluso le ha propuesto al señor párroco de San José que formemos una especie de congregación secreta para defender las verdades antiguas. Le ruego que mantenga todo esto en secreto.
No he tenido oportunidad de repasar mi carta y no me he atrevido a hacerla copiar; le costará trabajo leerla; perdóneme.
Dirección: Al padre Dehorgny, sacerdote de la Misión, en Roma.







