Santa Luisa y la salud

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Gislhaine Kizlik, H.C. · Año publicación original: 1991 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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rostros_luisa_02¿Cómo captó Santa Luisa la salud, en su época? Tal era la pregunta a la que Sor Gislhaine KIZLIK, Directora de la Escuela de Enfermeras del Hospital San José, de Lyon, intentó dar una respuesta, en el contexto del Cursillo sobre «Sanidad» que reunió a Hermanas de las seis Provincias de Francia interesadas en el tema.

Los Ecos de la Compañía han querido recoger la parte central de la exposición dedicada a las actividades de Santa Luisa en el campo de la Salud, ya que permite descubrir uno de los aspectos más ricos de su personalidad. Por lo que refiere a las otras partes, centradas en la sociedad y condiciones de vida del siglo XVII, en Francia, de interés sobre todo para las participantes en el Cursillo, los Ecos han optado por algunos extractos.

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El pan seco (Extractos)

… En 1660, San Vicente de Paúl escribía: «Llegan hasta nosotros, cada día, tantos casos extraños y en tantos lugares, que sería necesario un libro para expresar la aflicción general. Baste con que les digamos que, de doscientas personas que habitan en un pueblo, hay que contar con que ciento ochenta no disponen más que de un pedazo de pan, viéndose reducidas a languidecer o a robar o bien desesperarse de rabia, y a todas ellas les aguarda una muerte inevitable, si no se las socorre con prontitud. Se puede asegurar que más de diez mil han muerto ya en las regiones de Maine, Turena, Blaisois, la Perche y otras; unas ciento treinta mil se hallan en miserables condiciones o están acabando, unas tras otras…» (citado por Philippe GUILHAUME, en «San Vicente de Paúl, Embajador de los Pobres«, Ed. RMC, Colección: «Les Grandes Figures du Midi«, 1988, p. 61-62).

¿Cómo se había llegado a tal estado de cosas? ¿Cuáles eran las causas de semejante situación? De hecho, las causas son múltiples y ese cúmulo agrava cada una en particular… A las dificultades demográficas, técnicas, climáticas, se añaden los desastres, los horrores que llevan consigo las luchas fratricidas entre diferentes Provincias. Como lo seguimos constatando en nuestra época, la unidad de un país cuesta muy cara a la población.

Con todo esto, ¿cuál podía ser la salud del pueblo?

Las posibilidades alimentarias eran muy reducidas. La base de la alimentación la constituían los cereales; pero no siempre se daban en cantidad suficiente. La carne no tenía mayor importancia, por varios motivos. La cría de bueyes tenía más bien por objetivo el hacerse con instrumentos de trabajo y no con productos de carnicería. Las prohibiciones religiosas, que se concretaban en ciento sesenta días de abstinencia de carne, no favorecían este comercio. Y por lo que se refiere a los campesinos, los derechos sobre caza de conejos y de palomas, que se habían reservado para sí los señores, no les dejaban la posibilidad de consumir conejos y aves.

En cuanto al pescado, los caminos poco seguros y las dificultades de conservación (aparte de los precios elevados) hacía prácticamente imposible este tipo de alimento. Además, también estaban gravados los rurales por tasas señoriales sobre arroyos y ríos. Por último, quedaba la temible gabela* que arruinaba la posibilidad de disponer de sal para conservar los alimentos. Todas estas razones hacían, como acabamos de decir, que el pescado no tuviera prácticamente acceso en la alimentación de la clase pobre.

Así se comprende más fácilmente el volumen que adquirían las epidemias y cómo hacían presa en esta población agotada y mal nutrida. La peste solía diezmar pueblos y ciudades y había que contar con que durara varios meses. Por otra parte, las condiciones de higiene y los conocimientos médicos de la época tampoco aportaban posibilidades para cortar las epidemias.

Esta situación podemos encontrarla reflejada en los escritos de Santa Luisa.

Las tres camisas (Extractos)

En octubre de 1627, con el fin de ayudar a Luisa de Marillac a salir del estado de alma en que se encontraba, Vicente de Paúl le pidió, por primera vez, un ser-vicio: «Me hará usted el favor… de enviar dos o tres camisas a la Señorita DE LAMY, a GENTILLY, para la Caridad de aquel lugar» (Coste I, 30; Síg. I, 100). ¡Ya está! Con esto quedaba metida en el engranaje… y había de durar la cosa treinta y tres años.

Desde entonces, van a ir sucediéndose los acontecimientos. Vicente le pedirá a Luisa que visite las Caridades ya establecidas, que se ocupe de las muchachas que voluntariamente se ofrecen para el servicio, luego hará que participe en el establecimiento de nuevas Caridades… Así, irán apoyándose cada vez más mutuamente para responder a todas las miserias de su tiempo. No es fácil delimitar con exactitud a cuál de los dos corresponde una u otra iniciativa, una u otra organización. Luisa permaneció siempre en una actitud muy respetuosa y sumisa a su Director, es verdad; pero también lo es que no deja de recordarle algunos pasos que hay que dar o de llamar su atención sobre determinados «de-talles» de organización…

En la edición de «Correspondencia y Escritos» (pp. 78-80) encontramos die-cinueve preguntas expuestas por Luisa a Vicente, y en los espacios blancos que ella deja, entre pregunta y pregunta, Vicente escribe su respuesta. Se trata de todo: el destino de las Hermanas, sus condiciones de vida, las dificultades del servicio, la instalación de una chimenea, las nodrizas para los niños expósitos, la proposición de organizar revisiones de vida. Nada se deja a la improvisación. Todo se piensa con los menores detalles.

¡Y todo había empezado por «tres camisas«, como gustaba de hacer notar el P. MORIN, C.M.!

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Los cuidados a domicilio

En los años 1525-1530, las ciudades habían organizado lo que llamaban «Ofi-cinas de los Pobres«. En efecto, el vagabundeo estaba prohibido desde finales del siglo XV o principios del XVI. Todo pobre debía permanecer en su ciudad y ser atendido en ella. La organización de estas Oficinas era muy semejante de una ciudad a otra. Su cometido consistía en llevar un registro de los pobres, a veces, se les imponía una señal para reconocerlos; en distribuir pan a los inválidos: los que podían valerse, tenían que buscarse un trabajo y, si no, se les empleaba por fuerza en los trabajos públicos. A los niños se les ponía en aprendizaje. Estas Oficinas tenían su milicia privada: unos bedeles a los que se llamaba «caza pícaros«.

En 1554, en París, a los pobres se les encerró en el Hospital San Germán. Determinadas tasas de asistencia y colectas hechas en las iglesias estaban desti-nadas a asegurar su manutención. Pero la insuficiencia de los medios y el hecho de que los interesados intentaran escapar a tales medidas hicieron fracasar este primer intento. Cuando se quiera reanudarlo, en 1656, Vicente se negará a cola-borar en él.

Con la colaboración de Luisa, organizan entonces el «Asilo del Santo Nombre de Jesús«. Y con el fin de garantizar a los pobres, sobre todo a los ancianos, su dignidad, Luisa se las ingenia para proporcionarles trabajos compatibles con sus fuerzas y utiliza su competencia.

Además, mediante el establecimiento de las Caridades en las Parroquias, que empezó en 1617 en CHATILLON-LES-DOMBES, Vicente y Luisa, con sus hijas, van a encargarse de socorrer a los pobres en sus domicilios. En el establecimiento de esos «antepasados» de nuestra actual organización de asistencia domicilia-ria, Luisa se preocupa —ya lo veremos— de la formación de las Hermanas, pero, en cierto modo también, de que adquieran una autonomía. Sí, ciertamente, Luisa les pide sumisión a las Señoras y a los Médicos, pero no faltan ocasiones en que expone a Vicente situaciones que deplora, ya a nivel de las condiciones de vida —alojamiento inaceptable— ya a nivel de las condiciones en que tienen que desempeñar su servicio, pues no es insólito que cada Señora quiera mandar según su propio método, lo que crea dificultades a las Hermanas (ver pág. 78 de «Correspondencia y Escritos«).

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Las comidas para los pobres

A las muchas preocupaciones y trabajos, vienen a añadirse los disturbios civiles que agravan la situación. Luisa organiza en su casa el reparto de una sopa a mil trescientos pobres vergonzantes. En el arrabal de San Dionisio, sus hijas hacen otro tanto a ochocientos refugiados, y en la Parroquia de San Pablo, las cuatro o cinco Hermanas que en ella atienden a sesenta u ochenta enfermos, se encargan también de dar cada día una comida a cinco mil personas.

Por supuesto, entonces no se exigía la semana de cuarenta horas.

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Los niños expósitos

«En aquella época era muy grande el número de niños abandonados cada año en la ciudad y en los arrabales de París… De trescientos a cuatrocientos contaba San Vicente (según Abelly)… Los niños encontrados eran llevados al «Hotel-Dieu» —Hospital General— y de allí a «La Couche» — la Cuna —… Las sirvientas les daban narcóticos para hacerles dormir, o los vendían por 8 sueldos a gentes miserables que, después de romperles los brazos y las piernas, los utilizaban para conmover a los transeúntes… Después de dos años de oración y de reflexión, San Vicente se decidió a hacer una prueba…» (Coste, I, 417; Síg. I., 429, Nota 3).

El resultado de todo ello será la apertura de una nueva obra: «Los niños expósitos«, obra que tantas preocupaciones y dificultades habría de acarrear a Vicente y a Luisa. Pero obra, también, en la que el genio de ambos como a organizadores y su amor a los pobres, a aquellas criaturitas, se desplegarán al máximo y harán maravillas a través de la educación, el empleo del tiempo, la preparación del porvenir mediante el aprendizaje de un oficio.

Santa Luisa estará alerta para que sus hijas —y de rechazo los niños— no sufran por las condiciones materiales, a las que las Señoras no prestaban demasiada atención, contentándose pronto con cualquier cosa por lo que se refería a los huérfanos, siempre víctimas de los prejuicios que persistentemente existían hacia ellos.

Como todas las demás, esta obra empezó modestamente. Luisa tuvo mucho que hacer, ayudada con la colaboración de las Señoras. Pero, preferentemente a reanudar lo que ya existía con «La Cuna«, se quiso emprender algo nuevo, una obra más libre, más cristiana. A petición de las mismas Señoras, Luisa se encargó de abrir y organizar la nueva casa. Y lo hizo con mucho amor y competencia. Fue ésta una obra por la que siempre tuvo predilección. No podía dejar de pensar que si su padre no la habría reconocido, su vida hubiera sido la de estos niños.

Pero como ocurre con toda apertura, con todo comienzo, Luisa quiso, desde un primer momento, señalar el cometido de cada uno. Las Señoras se encargarían de proveer de lo necesario y de la administración material. De Luisa dependería la dirección de las Hermanas y de las nodrizas, de los niños. Esa medida prudente garantizaría el espíritu de la obra. Y para poder fijar mejor su reglamento, Luisa vivió los primeros días con sus hijas en la calle de «Boulangers«.

Había nacido la asistencia a la niñez. Además de la casa de París, Luisa organizó el llevar los niños al campo, a casa de nodrizas previamente escogidas y a las que se visitaba con regularidad. Para este menester formó debidamente, alentó y sostuvo a sus Hijas.

Cuando se desencadenaron los disturbios de la Fronda, llegó hasta contratar a arqueros que se encargaran de custodiar el trigo, garantizando así que llegaría a su destino el alimento de los niños.

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Los Hospitales

Los Hospitales Generales, Asilos de Ancianos y otros Hospitales existían desde hacía ya varios siglos. Administraban estos establecimientos bien congregaciones religiosas d bien seglares.

Los conocimientos médico-quirúrgicos, la diversidad de terapéuticas, hacían de estos establecimientos más bien lugares de tipo social, en los que se hacinaban las miserias, que verdaderos Centros sanitarios.

También nos es familiar este capítulo. Y a nosotras nos resulta más provechoso detenernos en lo que fue la actividad de Luisa para organizar el servicio de las Hermanas en los Hospitales.

A pesar de la inseguridad y de la falta absoluta de comodidades que ofrecían los viajes, Luisa de Marillac no dudaba en emprenderlos, primero para poder apreciar la oportunidad, o no, de la apertura de la obra. Se quedaba residiendo en el lugar para estudiar la situación. Ponía gran atención en las personas que ya intervenían en el establecimiento, apreciaba las posibilidades que existían, o no, de que las Hermanas colaboraran con ellas; estudiaba igualmente si las costumbres del lugar eran compatibles con el estilo de vida que era de desear llevaran las Hermanas. Y sólo después de este tiempo de estudio y experiencia elaboraba el reglamento. Así fue como hizo con los hospitales de ANGERS y de NANTES. La ausencia de estas precauciones previas en LE MANS, no permitió que se llevara a cabo la implantación de la Comunidad. El Padre GONTH I ER ha subrayado muy bien la acción de Luisa en esta obra.

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Las cárceles, los galeotes

Por lo que se refiere a Luisa, en esta obra de asistencia empezó por tomar algunas medidas de higiene. Quitar a los presos las camisas hechas andrajos podridos y cambiárselas por otras limpias. Tener preparada una muda todos los sábados y encargarse de lavar la otra. A esto se añadió el proporcionar a los presos alimentos adecuados.

Ella misma recibía a los presos que se presentaban cuando salían de la cárcel: «les lavaba los pies, les cuidaba las heridas y les vestía con las ropas de su hijo…» (Coste X, 710; Conf. esp. n. 2346). Considerándolos como a pobres entre los pobres, Luisa recomienda a sus Hijas que tengan de ellos «más compasión que de los de las Parroquias«.

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La salud, el más preciado de todos los tesoros de la vida

No nos engañemos acerca de las intenciones de Luisa. En los textos donde habla de la salud de San Vicente o de ella le habla a él mismo, es donde podemos descubrir las razones de su solicitud: todo por la gloria de Dios. «Padre, nuestro buen Dios quiere que se encuentre usted enfermo, ¡sea por ello bendito!…«.

Repetidas veces encontramos en los Escritos de Santa Luisa esta expresión, que no es una figura literaria y mucho menos una fórmula, sino que está cargada de espíritu de fe y aceptación de la Voluntad de Dios: «Nuestro buen Dios quiere que se encuentre usted enfermo, ¡sea por ello bendito!; pero también quiere que, por amor suyo, tenga usted con su cuerpo la misma caridad que tendría con el de un pobre; y si me atreviera, mi muy Honorable Padre, añadiría que lo quiere de manera absoluta. Aproveche usted, pues, esta ocasión, se lo suplico, y que perdone la excesiva libertad que me tomo, interesada por la gloria de Dios» (S. L., Corr. y Escr. C. 103).

Queda claro: todo lo que tenemos y todo lo que somos es para el servicio a los Pobres, para gloria de Dios. Al considerar su inquietud por la salud de las Hermanas, he podido comprobar cuáles eran sus preocupaciones a este respecto. Aun cuando la salud está al servicio de la gloria de Dios, podemos descubrir en la solicitud de Santa Luisa su afecto real hacia las Hermanas, pero los imperativos del servicio estarán siempre por encima.

Ella, de salud tan frágil, no vacila en poner en el reglamento sobre los oficios de la Casa Principal refiriéndose al de la Hermana Boticaria: «La salud es el más preciado de todos los tesoros de la vida» (Escr. n.° 246).

Santa Luisa conoce la importancia de la salud y valora las posibilidades que ofrece para el servicio a los Pobres. Por eso no duda en recordar al Abad de Vaux, que quizá tenía demasiada prisa por enviar postulantes a París: «Le ruego muy humildemente, Señor, que se tome la molestia de sondear su vocación y la solidez de su espíritu, y si las encuentra usted aptas para nosotras, serán aquí bien recibidas…«. Y temiendo no haber sido bastante clara añade: «Tienen que ser robustas y sanas» (C. 77).

Una vez dadas estas condiciones de principio, Luisa se ingenia para inculcarles las bases de los cuidados de la época, bastante rudimentarios por cierto: «Le ruego, Hermana, que enseñe usted a sangrar a nuestra Hermana; pero cuide sobre todo de enseñarle el peligro que representan las arterias, los nervios y demás —cuánto siento no haya llegado hasta nosotras el Manual de Anatomía que ella utilizaba — y recuerde que si les parece que han abierto una arteria, deben sacar bastante cantidad de sangre y poner luego una moneda en la compresa para hacer bien la ligadura» (C. 304).

Indica también las precauciones que hay que tomar. Así, escribe a San Vicente, pero debió de haberlo dicho también a sus hijas: «El mejor tiempo para sangrarse, en personas de nuestra edad, es el de la luna llena, y para purgarse, el cuarto menguante, para evitar una excesiva evacuación» (C. 648).

Aun cuando los cuidados de la época son limitados, Santa Luisa vela por la competencia de las Hermanas; a Sor Nicolasa GEORGET escribe: «No creo que deba usted enseñar a nuestra Hermana, ni permitir que aprenda de otros… porque no es capaz de ello, y no quisiera yo exponer a nadie a sus ensayos» (C. 677).

Permanece también atenta a toda información que pudiera mejorar el servicio. Ha oído hablar de medicina nueva y escribe a las Hermanas de Serqueux: «Si pueden ir a Beauvais sin desviarse demasiado, será bueno que hablen con ese excelente hombre de Iglesia y aprendan de él la receta» (C. 140).

Pero las condiciones para el trabajo no son siempre fáciles, sino muy al con-trario, y Luisa se inquieta: «El trabajo de nuestras pobres Hermanas de aquí (BI-CETRE) es casi increíble…» (C. 229); «ano se podría dar una orden para que nuestras Hermanas de San Sulpicio no estuvieran tan recargadas en (tener que llevar) medicinas?… (C. 71); «Hace tiempo que estoy queriendo manifestarles la gran pena que siento por saber están con tanto trabajo siendo tan pocas y muchas de ustedes delicadas de salud; pero lo que más siento es no saber por qué medio socorrerlas… » (C. 571).

Ante la sobrecarga de trabajo, Luisa teme que los enfermos «corran el riesgo de sufrir mucho» (cf. C. 327). En ocasiones sugiere cierta organización para paliar un poco esa sobrecarga de actividades: «Hace tiempo que deseo que sus pobres sean tratados con remedios como los de las parroquias de París; porque de esa manera nuestras Hermanas empleadas en la botica tendrían más tiempo y sosiego para servir a los Pobres» (C. 329).

Teniendo en cuenta la amplitud del trabajo, Luisa está atenta a las condiciones de vida de las Hermanas y pide mejoras para ellas: «… no me faltaba razón para temer la instalación en BICETRE: estas Señoras tienen el propósito de pedir a las Hermanas lo imposible. Escogen para ocuparlas las habitaciones más pequeñas, en las que el aire quedará en seguida corrompido, y dejan sin habitar las más espaciosas; pero nuestras pobres Hermanas no se atreven a decir nada» (C. 203).

Una vez más, con relación a las Hermanas de la parroquia de San Sulpicio, Luisa pregunta a Vicente: «¿No podrían cambiar de habitación?» (C. 71), esto para el alivio psicológico de las Hermanas, tomando un poco de distancia respecto a las personas que «les dan órdenes«.

En una carta dirigida a Juliana LORET nos entrega también un capítulo de su enseñanza: la prevención. Sor Juliana está enferma y Luisa le recuerda su lección: «Ya le había dicho que para prevenir esa enfermedad tenía que purgarse» (C. 403); y a Sor María DONION insiste: «Le ruego que no vaya a ver a los enfermos sin haberse antes frotado la nariz con vinagre con el que también debe mojarse las sienes» (C. 683); y se preocupa por Sor Bárbara ANGIBOUST: «les hemos enviado una cajita de orvietan* para que les sirviera de purificador de la atmósfera en tiempos de fiebres malignas» (C. 582).

Y cuando una Hermana presenta alguna resistencia para tomar precauciones, Luisa apela a una autoridad. Por ejemplo el Abad de VAUX: «… creo que tendría necesidad de algún remedio para prevenir una grave enfermedad. Pero como siente gran repugnancia por medicinarse, es necesario que alguien se lo mande» (C. 22).

En otra ocasión pide consejo a San Vicente: «… acaban de decirme que hay contagio en la casa en la que residen las Hermanas del Hospital General —se trata de la peste—. Le ruego me diga si hay que sacarlas o si, dejándolas allí, hay que advertir a las Señoras que no vayan allá, y si nosotras mismas debemos ir; me refiero a las Hermanas de aquí» (C. 10).

Pero no sólo hay que tomar precauciones en tiempo de epidemias. Luisa ma-nifiesta su inquietud al Abad de Vaux: «Me parece no convendría que las Herma-nas entrasen por las mañanas temprano en ayunas en las salas de los enfermos. ‘En los días de ayuno de precepto, creo que a las que tienen buena salud les bastaría con tomar o simplemente aspirar un poco de vino, aunque no en cuaresma» (C. 64).

Luisa conoce bien a sus hijas y sabe lo que se les puede pedir o se puede esperar de ellas. A Sor Bárbara ANGIBOUST escribe: «Le recomiendo de manera especial a Sor Juana; no hace mucho ha estado bastante enferma; cuide usted de lo que necesite, se lo ruego; ya la conoce usted, es un alma de paz» (C. 244), es decir: ella no le pedirá nada, es usted quien tiene que salir al paso de sus necesidades.

El bienestar espiritual no escapa a su atención: «Me gustaría que Sor Rosa esperase nuestro regreso para hacer los Ejercicios, porque es un poco escrupulosa y hay que atenderla de manera distinta a las demás» (C. 155).

A causa de una enfermedad de la vista, solicita una cofia especial para Sor Juana Lepintre (C. 71) y para Sor Isabel un poco de ejercicio: «Pienso que no hay peligro en dejarla con tal de que no sea con exceso y de que se pasee o haga alguna cosa en el huerto por lo menos dos veces al día» (C. 29). Además del recreo y de la expansión, ¿por qué no el «deporte«? En efecto, si la salud de la Hermana lo exige, ¿por qué no unos baños en el río Loira?: «Tengo entendido que el río Loira no dista mucho de ahí; siendo así, si los médicos creen que ese remedio es necesario para nuestra buena Hermana y usted —el Abad de VAUX no tiene nada que objetar a ello, pienso, señor, que no estaría mal hiciese la prueba…» (C. 50).

Pero sabe también relativizar las cosas y no dramatizar; así da noticias al Abad de VAUX de una postulante que él ha enviado: «está pagando su tributo a la atmósfera de los enfermos y de París con una fiebre que espero no sea de importancia» (C. 180).

Conoce también los recursos de cada una y se preocupa: «Le ruego, querida Hermana, que me diga cuándo necesita dinero, porque no quiero que les falte lo necesario para alimentarse y vestirse» (C. 717).

Esta atención que presta a la persona de cada Hermana y que la lleva a adaptar sus exigencias la lleva también a prestar atención a las familias de las Herma-nas a ella, y su correspondencia aparece esmaltada de noticias de sus parientes. Por ejemplo, escribe a Sor Juana LEPINTRE: «No sé si su tío le habrá escrito; a mí me ha dicho que su padre y su madrastra están bien pero que sus asuntos van mal. Creo que el molino se ha arruinado otra vez más. He encargado a Sor Turgis que fuera ella misma a verle para tener noticias seguras y también para saber si están necesitados. Usted no se preocupe, conténtese con encomendarlos a Dios; yo le comunicaré lo que sepa y nosotros cuidaremos de ellos» (C. 75). Esto nos da a conocer las condiciones de vida de la época.

Todas estas atenciones ponen de relieve su finura y su delicadeza psicológica, lo que le permite también no dejarse engañar en algunos casos. Conoce bien a sus hijas y pone sobre aviso a San Vicente: «Nuestra Sor Ana me ha dicho que era demasiado tarde para ir a Bourbon y que había sabido que los médicos habían mandado suspender los baños; quizá sea para reanudarlos al mes que viene… Había yo pensado, mi muy Honorable Padre, para que no pueda, con razón, reprocharnos el no haber ido, si no sería conveniente que su caridad mandase a alguien a convencerla de que haría muy bien en ir, porque o mucho me engaño o está tramando algo» (C. 497).

Por otra parte trata de apaciguar los escrúpulos de Sor Isabel MARTIN, que se reprocha el no trabajar. Luisa ha experimentado la importancia que tiene el aspecto psico-somático en las enfermedades: «se halla usted en el estado en que Dios la quiere… De este modo rechazará todos esos pensamientos que la impiden ser totalmente según el corazón de nuestro buen Dios y puede que también hasta le impidan curarse» (C. 31).

Son sus mismas cualidades de observadora las que le hacen reprender a Sor TURGIS, quien después de haber recuperado la salud sigue sin trabajo: «Y bien, tiene usted motivo de humillación por no tener trabajo, o al menos tan poco… Créame, no tenga en cuenta todos los pequeños obstáculos que querían oponerse a ello. Pronto se le pasará el tiempo de trabajar, dada la edad que tiene usted, y entonces le pesará» (C. 232). Ahí tenemos un realismo expuesto con franqueza.

De este modo Luisa sigue muy de cerca la salud de las Hermanas; reclama noticias, agradece las que recibe y sabe dirigir reproches cuando no recibe noticias o son incompletas: «me extraña no haber sabido que su enfermedad iba para largo» (C. 602), escribe a las Hermanas de CHANTILLY refiriéndose a Sor Genoveva. Y a las Hermanas de ANGERS escribe que tengan cuidado las unas de las otras: «Les ruego que se amen ustedes unas a otras y que tengan gran cuidado tanto de los enfermos del hospital como de ustedes mismas en particular. Compadezco a nuestra Sor María Marta y espero que se enardezca en el amor de Dios con el ardor de la fiebre» (C. 72). Aquí tenemos quizá un remedio para las tibiezas espirituales.

Incluso va más lejos en sus recomendaciones a Sor CARCIREUX refiriéndose a Sor Carlota: «Veo… que nuestra buena Sor Carlota sigue probada por sus dolencias. No dudo, querida Hermana, de cómo le ayuda usted cristianamente… ¿No es verdad, querida Hermana, que experimenta usted alegría al poder servirla en sus necesidades y que la considera como la primera de sus enfermos y la amada compañera que Dios le ha dado para ayudarla a caminar hacia la perfección? —todos estos interrogantes plantean otros tantos interrogantes—. No tenga dificultad en dejar alguno de sus ejercicios ya para asistir a su Hermana, ya para servir a los Pobres…» (C. 556).

Se inquieta también por las ocupaciones que pueden ser perjudiciales a la salud de una Hermana. Llega a pedir que la descarguen de su oficio, porque ha perdido ya un ojo: «Nuestra agua un poco fuerte, no mucho, puede ser excelente para ella; pero creo que el fuego del horno le es muy perjudicial; por eso le ruego que lo encienda alguna mujer…» (C. 427). Pero la enfermedad es un medio para experimentar las necesidades de «nuestros amos los pobres enfermos» (C. 7).

Muestra también interés por las terapéuticas que utilizan nuestras Hermanas. Inclinada a las medicinas suaves, aconseja: «es preferible usar remedios comunes» (C. 214); … pero también lo es a la homeopatía, así dice a Sor HARDEMONT: «He recortado algo de las drogas que me pide usted, porque no hay que caer nunca en excesos» (C. 214); y a Sor Isabel MARTIN: «Me parece que si dejara usted los medicamentos y tomase mucha agua buena, estaría usted mejor» (C. 28).

Pero cuando se trata de una enfermedad seria reconforta, como en el caso de Sor Isabel (C. 246); o anima, por ejemplo, a Sor Magdalena (C. 119), pero espolea a Sor Bárbara ANGIBOUST: «… si su mala salud le impide levantarse a la hora, ayunar y demás obras de penitencia, piense que en cambio no puede privarla de tener verdadera humildad y ser muy cordial, de tener tolerancia y mansedumbre con el prójimo…» (C. 186).

Por último pide a las Hermanas que no usen para ellas medidas diferentes de las que utilizan para los enfermos. Nada de bata, las señoritas y burguesas de París no la tienen (cf. C. 559), y si acepta el pescado que le ha enviado Sor Genoveva es solamente porque no «hubiera sido posible devolvérselo con prontitud» (573), porque teniendo en cuenta lo caro que es ese alimento Luisa no está de acuerdo para tomarlo.

Además de las fiebres continuas, tercianas, cuartanas (C. 618), en el correo de Luisa encontramos que habla de pulmonía (C. 262), de enfermedades del pulmón, del bazo (C. 185), de fluxiones (C. 209), las incomodidades de una pierna (C. 616) y ya las molestias de los medios de locomoción: «creo que la indisposición de Sor María habrá venido del traqueteo de la diligencia» (C. 202).

Así, pues, Luisa se interesa por todo lo que afecta o puede afectar a la salud de las Hermanas, está al corriente de la epidemiología: «casi todas las enfermedades de este año acaban así» (C. 261).

En los consejos que da Luisa hace alguna referencia a los médicos: «si al médico le parece bien» (C. 253), «cuanto antes llame a un médico» (C. 7), «después de consultar al médico sobre el estado de sus fuerzas, lo mejor sería que nos la enviara» (C. 27).

Respecto a los viajes, multiplica las recomendaciones: «Hará usted el viaje de regreso en dos días para no hacer tan largo trayecto de una vez, dada la debilidad de nuestra querida Hermana«. Para Sor María desea una compañera: «… juzgo necesario enviar a otra con ella. Puede ponerse enferma en el camino» (C. 44). Y cuando el estado de Sor Bárbara le produce inquietud, desea que regrese: «me parece que estaría mejor aquí; creo que será bastante fácil hacerlo por agua y, hasta el puerto, llevarla en una carreta, bien acomodada y abrigada…» (C. 174).

Después de haber utilizado un día una carroza, escribe al señor Portail para señalarle algunos defectos de dicha carroza, que considera peligrosos: «… el de tener las portezuelas demasiado bajo el estribo, estando, en cambio, todo el cuerpo del carruaje demasiado elevado por la correa de suspensión, porque si bien es cierto que esto hace que sea más suave, a pesar de todo tiene tal movimiento que yendo yo en él, he tenido miedo de que el vaivén que llevaba me arrojase por la portezuela; además me parece que sería necesario hubiese unos agarraderos a cada lado de las portezuelas, aunque ya no estén de moda» (C. 617).

Los cuidados que toma para mantener, mejorar o atender la salud de las Her-manas, no excluyen sin embargo las realidades del sufrimiento y de la muerte. Es sobre todo con ocasión de la muerte de las Hermanas cuando encontramos la espiritualidad de Luisa, su adhesión a Jesús Crucificado. Sus expresiones pueden parecer carentes de sentimientos humanos, como cuando escribe a Sor CARCIR EUX con relación a Sor Genoveva: «Si su santa voluntad es disponer de ella esta vez, en el Cielo verá cuál es el valor del sufrimiento» (C. 605), o al Padre PORTAIL: «… y nuestra buena Sor María Despinal lleva, según nos han dicho, tres días agonizando, lo que me hace pensar que a estas horas Dios habrá dispuesto de ella» (C. 151).

Pero sabe también mostrarnos la realidad de su afecto y de su fe, cómo pode-mos ver en los siguientes extractos de dos cartas:

—A las hermanas de Chantilly reprocha el no haberle avisado cómo se había agravado el estado de Sor Isabel TURGI S. Les escribe: «Qué dolorosamente nos ha sorprendido la noticia de la muerte de nuestra querida Hermana, que estábamos lejos de esperar. No dudo de que con toda su caridad se habrán preocupado ustedes de proporcionarle cuanta asistencia y consuelo haya necesitado y que, como nosotros, sienten ustedes hondamente el dolor de su pérdida. Pero, queridas Hermanas, tenemos motivos para quejarnos de que no nos hayan ustedes avisado de que había empeorado, porque no hubiéramos dejado de mandar a visitarla» (C. 263).

Es sobre todo en la segunda, dirigida a Sor Juana DALMAGNE donde en-contramos la expresión más pura de su mística de la cruz: «Adoro con todo mi corazón la orden de la divina Providencia que parece querer disponer de su vida; si la santísima voluntad de Dios es que le entregue usted su alma, ¡bendito sea su santo nombre!; bien sabe El el dolor que me causa el no poderla asistir en este último acto de amor, que estoy segura va usted a hacer, de entregar voluntariamente su alma al Padre Eterno, con el deseo de honrar el instante de la muerte de su Hijo… Adiós, querida Hermana, suplico de todo corazón a Jesús Crucificado que la bendiga con todas las virtudes que El practicó en la Cruz…» (C. 91).

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Ayer… Hoy… (Extractos)

En las diferentes Provincias, a lo largo y ancho del mundo, las Hijas de la Ca-ridad encuentran, hoy, situaciones similares a las de la época de Santa Luisa. En el siglo XVII los Poderes Públicos habían intentado dar respuestas a las pobrezas del momento. Pero el desprecio al hombre, la ausencia de una elemental consideración debida a toda persona, llevaron a nuestros Fundadores a poner en marcha estructuras más humanas para devolver al hombre su dignidad de hijo de Dios.

Así, Luisa acogió a refugiados sin distinción de procedencia y reorganizó el servicio establecido para los Niños expósitos. A una con San Vicente, se negó a participar en el encerramiento de los pobres y juntos establecieron el Asilo del Nombre de Jesús…

Pero sería traicionar a Santa Luisa —y a San Vicente— no reconocer el motivo que estaba a la base de todas sus actividades: cumplir la voluntad de Dios que no es otra más que la del Amor. Como Hijas de la Caridad hemos sido escogidas para dar testimonio gratuitamente de ese Amor hacia todos «a los que exteriormente no tienen nada de amable«.

En este mundo en que se dan conmociones de culturas que llevan la marca del desenraizamiento, de la mezcla de poblaciones; en este mundo secularizado portador de contravalores que empobrecen espiritualmente al hombre; en este mundo de hoy es donde estamos llamadas a llevar el mensaje de Cristo. Que Santa Luisa de Marillac, en este cuarto centenario de su nacimiento, nos inspire los actos que hemos de llevar a cabo para cumplir la Voluntad de Dios, nos obtenga la lucidez ante las opciones que haya que hacer y la valentía para llevarlas a cabo con miras a un mejor servicio a Cristo en los Pobres.

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