San Vicente: el hombre

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1976 · Fuente: Anales.
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Para conocer a San Vicente, es preciso referirse a los textos, supone un problema, pues antes de 1640 hay po­cos y la inmensa mayoría de los mismos son de S. Vicente a la edad de 70 años en lo relativo a las Hijas de la Caridad, y a la de 75 para los Padres. La abundancia de textos de esta época proviene de la iniciativa del H. Ducor­neau, secretario de San Vicente. Este Hermano realiza el trabajo a partir de 1658, con dos cohermanos y a espaldas del Santo.

Principios generales

1. Búsqueda espiritual

¿Qué se esconde bajo esta palabra? Esto es capital para San Vicente. La espiritualidad es el espíritu de Jesucris­to que anima y unifica una vida. El problema para nosotros no es el situar­nos en un catálogo de espiritualidad, sino encontrar alguien que haya vivido de Jesucristo. No se trata de envolver la personalidad de un Santo sobre las insistentes oraciones y las virtudes, sino rodear toda su vida y todo su ha­cer revelador.

2. La santidad es un principio que unifica

Es preciso huir de una dicotomía: un tiempo para trabajar, un tiempo para orar. Unificar la oración y la vida, es el medio más seguro para encontrar a Cristo. “Dejar a Dios por Dios” es un tema al que vuelve constantemente. Eso muestra la continuidad entre la actitud espiritual de la oración y la del servi­cio, entre la actitud espiritual en la Eu­caristía y el contacto con el pobre.

San Vicente ha confirmado esta uni­dad entre la oración y la vida. El amor de Dios está puesto en relación directa vital con el esfuerzo. “Devoción labo­riosa y sólida”, he aquí los calificativos vicencianos.

Introducción

“San Vicente hoy”. La dificultad se encuentra al hacer un salto de tres si­glos. Ante tal estudio hay tres reac­ciones:

  • aquella de historiadores profesio­nales, para quien San Vicente, en función del siglo XX, es exponerse al anacronismo, pues los pobres del siglo XVII no temen nada que ver con los de este siglo. Bajo esta óptica se haría de San Vi­cente un objeto de estudio de bi­blioteca.
  • los defensores del siglo XX; para quienes sólo el siglo XX cuenta, que rehúsan la vuelta a las fuen­tes bajo pretexto de que aquellos recalcan sólo lo específico y que el Vaticano II promulga la apertu­ra de las Congregaciones. Ellos quieren a San Vicente para su vida espiritual, pero no para su vida apostólica.
    Pero es preciso ser nosotros mis­mos y no podemos ir a los po­bres hoy día más que en la lí­nea de San Vicente. Se confunde con frecuencia unidad y uniformi­dad.
    Bajo pretexto de una única pas­toral, sacerdotes – religiosos por una misma medida, peligra la uni­formidad y entonces se lleva la propia vocación como un comple­jo. En la Iglesia se integran todos los valores en una unidad. La he­rejía del engaño del siglo XX, ba­jo pretexto de trabajar en común, de comunicar con aquellos del ba­rrio, pierde su especificidad, pero psicológicamente no podrá nunca estar con otros, si no se está per­manentemente con uno mismo.
  • aquellos explotadores de San Vi­cente que lo utilizan para justifi­car sus pensamientos o sus accio­nes.

De cara a estas reacciones para estu­diar a San Vicente, es preciso poseer:

a) Una cierta espiritualidad unifica­dora que englobe la oración y la acción, la naturaleza y la gracia, ésta que implica estudiar a San Vicente no en una etapa de su vida, sino en su caminar.

b) Una cierta concepción de la ri­queza de la Iglesia. El misterio de la encarnación es el misterio de exhuberante variedad. Nos ha­ce aparecer hijos e hijas de San Vicente cerca de los pobres, ya que éstos tienen necesidad de su carisma.

c) Una cierta concepción de la histo­ria. Es necesario estudiar a San Vicente para vivirle. Leyendo a San Vicente nosotras tendremos siempre la preocupación de tra­ducirle para los pobres de hoy, pues ellos son “nuestros Seño­res”.

Cómo leer a san Vicente hoy

Ocho mil quinientas páginas es una ínfima parte de lo que él escribió (no hay una sola conferencia a las Visitandinas, hay muy pocas conferencias con­servadas a los misioneros).

La primera impresión leyendo es gri­tar: “Dios mío”, qué bien conoce el siglo XVIII. Es uno de los santos más encarnados que se conocen. Era eminentemente social y faltamente esto le ha insertado más en medio del siglo XVII. Por temperamento, pero también por santidad, él se encuentra sumergido en su tiempo. De ahí ciertas trabas que repercuten en la lectura:

  • su concepción de la pastoral: con­fesiones generales, decir la peque­ña palabra. Esto se explica en el siglo XVII, donde no había más que creyentes; la libertad religiosa no existía y tampoco el res­peto humano que nosotros cono­cemos.
  • su actitud de cara a los grandes es de deferencia extraordinaria. En esta época en que la monar­quía era de derecho divino, donde la explicación de esta actitud va a contradecir casi sistemática­mente ciertas opciones. Así, San Vicente irá a predicar a la Corte (él que prohibía a los misioneros ir a las ciudades donde había un obispo), porque el rey se lo pe­día.
  • el estilo de frases del siglo XVII en su correspondencia.
  • las medidas, los medios de trans­porte.

Es preciso traducir a San Vicente hoy día, pero hace falta conocer dos lenguas para no hacer contrasentido.

Es preciso amar nuestro mundo para conocer el mundo de San Vicente, y pa­ra comprenderle es preciso comulgar con nuestro mundo de hoy. Para leer a San Vicente sin miedo a ser engañado, hay que conocerle a él mismo, y acep­tar entrar en su mundo, su personali­dad, su medio y sus problemas.

Tres principios a tener en cuenta para leer a san Vicente

  • No olvidar jamás al hombre que tiene la pluma, el origen campe­sino, gascón…
  • No olvidar jamás la edad de este hombre: importancia de las fe­chas.
  • No olvidar jamás el contexto en el cual San Vicente escribe tal o cual carta.

a) No olvidar nunca al hombre…

… en la conferencia o en la carta que él dicta. Se trata de un campesino en su espiritualidad, en su mentalidad.

  1. Es a este carácter campesino al que se debe atribuir “su lentitud” más que de carácter es de su medido de fondo lo ha hereda­do; por otra parte, para la deci­sión es rápido; por ejemplo, en la Congregación eran veintiocho mi­sioneros, se le piden veinte para el ejército, veinticuatro horas des­pués envía doce, casi la mitad de su comunidad.
  2. San Vicente tenía el sentido rural de la Providencia. Un campesino conoce todos los elementos alea­torios en las semillas. El ritmo de la naturaleza, acaba por surgir so­bre la mentalidad del hombre. Así cuando San Vicente habla de los orígenes de la Congregación de la Misión o de la Compañía es el golpe de vista del campesino de­lante del milagro de la naturaleza y la multiplicación de las semi­llas. Toda su imaginación está lle­na de “flashes” de la naturaleza (coloca a los animales en las con­ferencias).
  3. El orden y la actitud frente al di­nero; es preciso economizar, no es necesario que quede mucho tiempo en el bolsillo; especie de desconfianza respecto al dinero al modo del campesino.
  4. Su actitud frente a los grandes, hecha de atenciones, de reveren­cias, de humildad, heredada de su mentalidad campesina.

Se trata de un gascón con un tanto de malicia y salidas de humor: carta a Fermín; a un hermano que quiere vol­ver cerca de su viejo padre para cui­darle: “vuestro padre no tiene más que cuarenta o cuarenta y cinco años, está fuerte y casado con una joven de die­ciocho”; a un predicador: “me apercibo que os fatigáis demasiado, economizad vuestra salud, por ejemplo predicando menos fuerte; a un sacerdote que am­biciona el episcopado: “qué pérdida se­rá para vuestra congregación”.

b) No olvidar nunca la edad del hombre que habla

Bajo pretexto de que se trata de un santo, se estaría tentado de no hacer caso de la edad; ellos han atravesado la vida con sus diferentes edades. La santidad no trastorna la evolución en la edad de un santo.

Han sido jóvenes: entusiastas, em­prendedores, fogosos.

Adultos: edad donde se reflexiona, se realiza, se organiza.

Ancianos: por consiguiente, más solí­citos en perseverar, en conservar, des­confiado de cara a las novedades, los cambios…

He aquí una falta de interpretación de texto sin tener en cuenta la edad. San Vicente tuvo la gracia de una an­cianidad lúcida. Así, en la conferencia de 6-XII-58 se muestra defensor del plu­ralismo para los compromisos pastora­les. En esta conferencia, él va a imagi­nar las contestaciones que arriesgarán minar la congregación tan pronto como haya muerto y las refuta.

Es preciso tener siempre en cuenta que:

  • el 51 por 100 de sus conferencias a las Hijas de la Caridad son escritas entre los 70 y 80 años.
  • el 84 por 100 de las conferencias a los misioneros las escribe entre los 75 y los 80 años.

c) Nunca separar al hombre del contexto donde está

El siglo XVII, siglo de cristianismo.— Esto explica la sacramentalidad en San Vicente, su insistencia sobre la peniten­cia: sencillas palabras mientras se les atiende.

Siglo de monarquía de derecho divi­no; S. Vicente no contesta a la auto­ridad.

Siglo de guerras, de epidemias, de grandes miserias, de injusticias (el 70 por 100 en las ciudades no saben leer, el 95 por 100 en las aldeas) (50 por 100 de mortalidad infantil, la edad media es de 35 años).

Siglo de grandes crisis para la Igle­sia y clero de Francia en particular. Se dice que el cardenal de Retz, arzobispo de París, era el menos religioso de los espíritus. Había cien maneras de decir la misa. El clero ignoraba las fórmulas litúrgicas penitenciales. Con frecuencia, S. Vicente pone en guardia a las Hijas de la Caridad para que no se fiasen del clero (en esta época esto no era un exceso).

Las comunidades. — San Vicente, en conferencias hablaba de conceptos mi­sioneros de la época. Se habla de la “humildad del cuerpo”. San Vicente quería hacerles reaccionar del éxito de sus comunidades, dando una actitud de freno frente a las Hijas de la Caridad o los misioneros, que estaban a la ca­beza en la pastoral y de ahí esta acen­tuación extraordinaria en la humildad del cuerpo. Pero hoy día la situación no es la misma. Esta humildad de cuerpo no se puede aplicar a la letra.

El hombre: Señor Vicente

  1. Todos los retratos que tenemos le representan a una edad avanzada co­mo en un complot. El padre espiritual viene a ser “el abuelo”. Es preciso des­embarazarse de esta imaginería y, ¿por qué así?, porque S. Vicente no ha sido célebre más que a partir de 1631 y los retratistas no se desplazaban nada más que para las celebridades. Lo más a los 50 años los trazos humanos eran ya enérgicos y S. Vicente ha sido siempre reticente a posar. Ha sido preciso que sus hermanos lo asedieran para que acepte que un cierto Simón Frarwois de Tours venga a comer al refectorio y enseguida realice un retrato de me­moria. Los restantes retratos se inspi­raron en éste.
    Medía 1,59 metros, era bien propor­cionado, muy bien formado. Se recuer­da, sobre todo, sus ojos y la sonrisa. Da la impresión de vivacidad, malicia, bondad en la mirada que observa sin cesar.
  2. San Vicente era enfermizo pero vigoroso. Hay cantidad de alusiones en sus cartas de pequeñas alteraciones de su salud.
    • En 1615 tuvo una grave enferme­dad que le ha dejado una dolencia cró­nica en las piernas. Se le aconseja hacer curas en Forges-les-aus y él irá asiduamente.
    • En 1644, tiene 63 años. Esta en­fermedad tiene repercusión en las co­munidades. En la época se entregaban las cartas abiertas al Superior, por lo que San Vicente se enteró de su muer­te inminente, por lo que dio las gra­cias al Hermano que la escribía. Saliendo de esta enfermedad, San Vi­cente tiene necesidad de hacer los re­glamentos, ya que se vio morir y deja­ba a sus comunidades sin reglas. Esta enfermedad le hace cambiar de pensa­miento a él, que antes no quería apre­surarse a dar reglas.
    • En 1650 el Arzobispo de París prohíbe a S. Vicente montar a caballo (era un excelente jinete). Sin embargo, seis meses después S. Vicente tiene un accidente de caballo.
    • En 1655 queda en cama de marzo a noviembre.
      Si está enfermo no teme hablar de sus enfermedades, así le permite com­prender mejor a sus hermanos enfer­mos; está capacitado de paciencia y bondad infinitas para con ellos.
  3. Mas él es muy vigoroso. Para to­marse cuentas trata de reconstruir su planing.
    • Sus responsabilidades:
      • las dos familias: Hijas de la Caridad y Congregación de la Misión.
      • las cofradías dispersas en todo el reino.
      • las Damas de la Caridad que consti­tuyen un grupo exigente.
      • las Visitandinas de las que era Supe­rior y a las que daba conferencias regularmente.
      • las conferencias de los martes (gru­pos de sacerdotes que él formaba).
      • los ordenandos, embrión de gran Se­minario. En lugar de Seminario Ma­yor se hacía un retiro de 6 a 8 días, después que se ordenaban.
      • tenía la organización de todos los socorros nacionales.
      • era ministro para el Reino encarga­do del nombramiento de Obispos y particularmente en el Consejo de Conciencia.
      • limosnero de las galeras y esto has­ta el fin.
    • En sus cartas dice con frecuencia: “yo recibo… Yo diré…”. Esto da idea del trabajo que podía abarcar en una jornada. A esto es preciso unir una correspondencia enorme: “os escribo a medianoche…, o a borde del camino…, por la noche durmiéndome…, a grandes trazos…”. San Vicente velaba mucho. Respecto a su correspondencia, su des­pacho debía estar atestado. Escribe: “he perdido su carta…”, y algunas lí­neas después: “ya la encontré”.
    • Dos ejemplos muy particulares de su vigor muestran su complexión poco común.
      • Tiene 62 años y conoce la vida com­prometida de emigrante por haber de­fendido a la Reina. Así parte a caballo, atraviesa el Sena a pesar de que lo per­siguen.
      • En la misma época, en Orsigny, lucha solo en un gran incendio, para salvar dos caballos y doscientos cuarenta car­neros.

La sensibilidad

Bajo pretexto de ensalzar su mortifi­cación, su desprendimiento, se acaba por olvidar que era un hombre de gran sensibilidad.

a) Se revela muy apegado a su fami­lia. Tiene tres hermanos y dos herma­nas, pero una preferida, María. En 1626 deja todos sus bienes a su familia; paga una deuda a su hermano en 1635; el porvenir de sus sobrinos le inquieta. Conservaba enormemente sus recuer­dos de infancia, sobre todo en su vejez. Al fin de su vida refería tal o cual hecho, por ejemplo, la manera cómo se comía en su familia.

b) Su delicada amistad con Luisa de Marillac y Santa Juana de Chantal.

c) Su amor paternal por sus herma nos se encuentra en su corresponden­cia: con Juan Martín, “el más pequeño de la familia”, muchacho seguramente muy bien dotado, a los 24 años nom­brado Superior, para animarlo quiere que le escriba con frecuencia. El le es­cribe cada ocho días y le reclama sus respuestas; en ello, se ve el desinterés de esta relación.

d) Su relación con el señor Portail. Bien que meridional, este Padre era muy tímido y esperaba mucho tiempo antes de salir al púlpito. Por su primer sermón, San Vicente le escribe una car­ta de felicitación.

e) Su relación con el señor Lambert en Conteaux, su gran amigo. En 1647, la Propaganda Fide, pide al señor Lam­bert para ser nombrado obispo. San Vicente responde que es como si le “arrancaran un ojo”. Finalmente, la elección recaerá sobre algún otro. En 1651, el señor Lambert es nombrado ayudante para el Consejo y enseguida se cruza entre los dos amigos una co­rrespondencia, de “cada ocho días”.

Para amar a los pobres como se les debe amar es preciso amarles con todo su corazón humano y comprender su sensibilidad.

La inteligencia

No podemos poner a San Vicente en la categoría del Cura de Ars, su nivel era superior. Había hecho buenos es­tudios en Dax. obtenido un precepto­rado, había seguido el ritmo del estu­diante pobre. Va a Tolosa; al mismo tiempo se ocupa de un pequeño inter­nado en Buzet. Sale de la Universidad de Tolosa bachiller en teología. Más tarde se licenciará en Derecho canóni­co. En este tiempo se instalará en el Colegio de Bons Enfants. Para ser Di­rector es preciso estar licenciado, si bien a él no se le ha preguntado si tiene este título.

Está al corriente de los libros de Teología, de espiritualidad, que apare­cen en su época. Estaba al tanto de las grandes corrientes del pensamiento de su época (humanistas, jansenistas, Saint?Cyran), el teatro; cuando explica el “pequeño método” hace un paralelo entre la predicación y la manera de representar la comedia.

Es recordado con Duval, Berulle y S. Francisco de Sales. En la política, negocia con los grandes.

Tiene una inteligencia especulativa, pero su característica más importante es su sentido práctico. Para él esta fa­cultad de adaptación comprende.

  • don de contacto con las personas y grupos
  • don de organización
  • don de observación.

a) Los contactos con las personas son muy importantes. Se queda uno estupefacto al ver la repercusión que puede tener un encuentro con S. Vi­cente. Aprovecha y explota al máximo todos los encuentros (por ejemplo, con Margarita Naseau). Para pesar este don es suficiente observar su corresponden­cia; su facultad de adaptación a su in­terlocutor es prodigiosa. La dirección espiritual constituye un aspecto im­portante. Así, con Santa Luisa da la impresión de entablar un diálogo de sordos y en otro momento S. Vicente le pide camisas, a continuación se van metiendo en preocupaciones apostóli­cas de Sta. Luisa, cuando era Visitado­ra de las Cofradías de París, de donde le nace el deseo de ocuparse de las Hi­jas de la Caridad. Con los grupos, el contacto que toma es interesantísimo. Era profundo ani­mador (recordemos Folleville y la vuel­ta al confesionario después de un solo sermón). Existe un “raport” de causa- efecto entre una intervención pública de S. Vicente y la actitud del grupo.

b) Don de observación. Es la fuente de todo su realismo y lo tenemos pre­sente en su retrato (mirada). Estos son los índices:

  • la riqueza de sus inquietudes: el hos­pital para los galeotes ha nacido después de un encuentro, cuando él mismo estaba encargado de las ga­leras. Sabía analizar las situaciones.
  • el don de dar órdenes de misión; así confeccionaba un itinerario de­tallado con las personas que encon­traría, las dificultades que podía prever, las orientaciones sobre el lu­gar. Hay detalles sobre el clima, la mentalidad de los habitantes. Para registrar tanta información es que debía observar mucho.

c) Don de organización. En Chatillon se da cuenta de la caridad mal organi­zada; esto provoca su sentido de orga­nización. Tres días después las carida­des son creadas. S. Vicente ha hecho muchos reglamentos, lo que prueba que para él los reglamentos eran relativos. San Vicente posee también una cua­lidad muy rara, la de ir a la concep­ción de grandes proyectos y valerse de detalles.

La voluntad

Ser firmes sobre el fin y flexible en los medios. He aquí tres ejemplos:

a) Es la historia de los votos de la Congregación de la Misión. Tal como

b) San Vicente concebía la Congregación de la Misión no tenía semejante con Roma. Es su proyecto dio pruebas de una firmeza increíble, pero también de una flexibilidad enorme. En un año cambió siete veces de proposiciones, ya que todas eran rechazadas. En este texto de 1631, se encuentra todo lo que San Vicente soñaba y que, a la larga (1651), tuvo que rehusar. “En cuanto a las palabras, no por el contenido, hace falta alguna demora.”

c) Respecto a la obra de los niños expósitos, se nota el esfuerzo de San Vicente para salvaguardarla.

d) Madagascar. Envió a los misione­ros más jóvenes, los cuales fallecían. La Congregación se sublevó contra él, mas él se mantenía. El recomenzó ca­torce veces.

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