San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (09)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Iginio GIordani · Traductor: A. O. León. · Año publicación original: 1964.
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IX. La reforma del pueblo

Desarrollo de las misiones

Ahora el siervo de los pobres disponía de un puñado de sacerdotes y de un puñado de hermanas con núcleos de voluntarios del laicado femenino y masculino, para pro­mover y guiar la acción del renacimiento religioso del pueblo, para el fin de rehacer de aquellas masas embru­tecidas el pueblo de Dios: la Iglesia.

Y redobló el ímpetu misionero.

Este ímpetu misionero tenía, sobre todo, una razón histórica. El Concilio de Trento, en su reacción contra la decadencia de la cristiandad, había abogado por las misiones. El vocablo «misión» se ha hecho popular so­bre todo por mérito de Vicente de Paúl que hizo de sus sacerdotes los misioneros y de las obras de la caridad una misión: e indica el apostolado realizado de acuerdo con el obispo y el párroco, las más de las veces por medio de sacerdotes itinerantes, que, no aguardan a los fieles en la iglesia, sino que acuden a instruirlos en el sitio donde se encuentran : sitio que puede ser el campo o la ciudad, un barco o una cárcel, un cuartel o un hospital, hasta un convento o una parroquia… En todas partes se da misión: aun por las calles, aun en la diligencia, aun en los salones, hasta en la corte.

De ordinario después de las misiones vienen, como fruto, las confraternidades de la caridad con las obras asistenciales de las Hijas de la caridad. En sentido muy amplio se puede decir que los sacerdotes vuelven a traer la fe y las hermanas activan las obras : y la religión re­surge en su totalidad.

También san Juan Eudes estaba a punto de empezar en Normandía su Congregación de Jesús y María con la tarea de las misiones y de la formación del clero. Le mo­vía la misma ansia de Vicente, nacida de una convicción semejante, a saber, que era necesario reevangelizar a la masa campesina y que esta tarea tenía que consagrarse en medio del pueblo : en una palabra, un clero santo.

Para hacerlo, Eudes se separó del Oratorio, después que el P. Bourgoing no creyó posible aceptar su programa apostólico ; y, animado por san Vicente y por el cardenal Richelieu, se lanzó al ataque del enemigo : la ignorancia, el ocio, la miseria…

Otros grandes misioneros en Francia, de acuerdo más o menos con san Vicente, fueron Olier, el P. Lejeune ora­toriano, el P. Cherubino de los capuchinos y Mons. Cris­tóbal d’Authiers de Sisgau, fundador de los Sacerdotes misioneros del Santísimo Sacramento (1632).

Fuera de Francia, en el fervor conciliar, habían em­pezado a dar misiones Felipe Neri en Roma, Carlos Bo­rromeo en Milán y Francisco Canisio en Alemania.

En esta dirección trabajaban las nuevas congrega, ciones y las órdenes antiguas. Los jesuitas dieron, entre otros, a san Juan Francisco de Legis (1597-1640), apóstol que se puso en peligro por servir a los pobres, considera­dos por él como la porción más abandonada del rebaño de Jesucristo. Y a Vicente le gustaba citar y alabar a otras órdenes religiosas, además de numerosos miembros del clero secular, dedicados a las misiones. En Europa, de­formada religiosamente por la herejía y por la política, la Iglesia volvía a hacerse misionera, en medio de los ejércitos que se mataban por cuenta de soberanos, que se llamaban «evangélicos» o «católicos» o «cristianos».

Las misiones eran para todos. Eran el apostolado ac­tivo de la Iglesia que, como Jesús, iba en busca de las al­mas, pues las almas habían perdido a Dios. Y como la pérdida se deploraba sobre todo en los campos, a donde llegaba menos la instrucción del clero y de los religiosos, a pesar de la interminable floración de monasterios, san­tuarios, parroquias e iglesias: Vicente destinó sus misio­nes (unas 850 durante su vida) sobre todo a los campesi­nos. Procedía del campo y conocía la necesidad de aque­llas masas. Por eso mantuvo siempre a su Compañía apar­tada de cuidados culturales de enseñanza y de predica­ción, de cargos y de dirección de casas religiosas, a excep­ción, de las Hijas de la caridad, para que mirara siempre a sus fines, como a la constelación de su marcha por la tierra : seminarios y misiones, sacerdotes y campesinos. «Nuestro Señor —repetía aún el 6 de diciembre de 1658 a sus sacerdotes—, exige de nosotros que evangelicemos a los pobres: lo ha hecho y quiere continuar haciéndolo por nuestro medio. Tenemos gran motivo para humillarnos aquí, viendo que el Eterno Padre nos destina a los de­signios de su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y dio esto como señal de que era Hijo de Dios y que había llegado el Mesías esperado… Pero, señores, no somos nosotros los únicos que instruimos a los pobres: ¿hacen otra cosa los curas-párrocos…? Ciertamente, pero en la Iglesia de Dios no hay ninguna Compañía que tenga por herencia a los pobres y que se dé toda entera a los pobres para no predicar nunca en las grandes ciudades…»1.

A las misiones, pues, se había dado un carácter pro­letario, más aún campesino, en lo que estaba su especiali­dad junto con su dignidad. Esto llevaba consigo en los misioneros una conducta de extrema modestia, con ex­presiones de absoluta sencillez.

Las misiones que para las muchedumbres eran lo equivalente a los retiros hechos por los particulares, se daban gratis, por orden del obispo y de acuerdo con el párroco, considerado superior durante el período de la predicación. Al principio y al fin, los misioneros, como le pedían el asentimiento y licencia, así también le pedían la bendición: de esa manera injertaban el apostolado ex­traordinario en la estructura eclesiástica ordinaria, sin poner desorden en ella sino vida.

Los ejercicios de la misión se desarrollaban durante quince, treinta o aun sesenta días, desde la predicación inicial al alba, antes de que los campesinos se dirigieran al trabajo, hasta el catecismo al pueblo por la noche antes de que fueran a dormir. El pequeño catecismo a los niños se daba por la tarde. En el intermedio se hacían vi­sitas a los enfermos, se inspeccionaban las confraternida­des de la caridad, se visitaban las familias para restau­rar la armonía en su interior y reconciliarlas con los veci­nos en el exterior ; se oían confesiones, se reunía a los sacerdotes del lugar, se difundía la piedad colectiva con cánticos, etc. Hacia el final de la misión, se celebraba la primera comunión de los niños que, por la tarde, desfila­ban en procesión que terminaba con un Te Deum en el que todo el pueblo —Iglesia viva— entonaba su alegría.

A petición del cardenal Richelieu, las misiones te­nían todas las semanas un día de descanso. Todas termi­naban con la confesión general.

En la época de la recolección y de la vendimia, de or­dinario, se suspendían: Vicente aprovechaba aquel alto, para formar y poner al día a sus misioneros.

Fruto de la misión era el renacimiento de la conduc­ta cristiana del pueblo : los ignorantes se instruían, los he­rejes se convertían, los viciosos se enmendaban, los enemi­gos hacían las paces, familias deshechas se rehacían ; se volvía a frecuentar las iglesias, a recibir los sacramentos, a adornar los altares, a construir capillas y santuarios… El pueblo volvía a encontrar al clero y el clero al pueblo.

En una parroquia de París la población, por odio al sacerdote, había desertado del templo y había golpeado al párroco en el altar: de ahí procesos y condenas, y con to­ro ello el odio aumentó. Almas buenas pidieron ayuda a Vicente y Vicente envió a los misioneros, los cuales ha­blaron de las bellezas del amor fraterno con tal atracción y evidencio que todos, sacerdote y laicos, se reconcilia­ron y volvieron a abrazarse: y una delegación de hom­bres del pueblo se presentó a hacer presente a Vicente el agradecimiento de todos.

Los éxitos eran tales y tantos, que de todas partes, obispos y párrocos suplicaban al Santo que les mandara misioneros: y éstos, bajo su guía y ejemplo, se prodiga­ban más de lo que sus fuerzas se lo permitían. Aun el rey Luis XIII le pidió misioneros para las fuerzas armadas, en 1636, y los soldados se confesaron por miles. El co­mendador de Sillery los pidió para las parroquias que pertenecían a la orden de Malta.

Y en general el efecto era el que Vicente mismo des­cribiría a propósito de las misiones en Richelieu el año 1638.

«He quedado bastante consolado del bien realizado en esta ciudad. Nunca he visto a una población tan asi­dua ni tan devota en la santa Misa. La frecuencia de los santos sacramentos es buena. Ya no hay nadie que lleve vida escandalosa. Se nota una paz grande entre los ha­bitantes, sin las divisiones de otros tiempos. Las tabernas son menos frecuentadas y están casi desiertas, especial. mente durante los oficios, los domingos y días de fiesta. La Caridad va muy bien. Ha cuidado a sesenta enfermos desde Pascua a hoy, y no ha muerto más que una mucha­cha : mientras que antes no se salvaba nadie. Las dos her­manas siervas de los pobres hacen maravillas, una entre los enfermos, la otra en la instrucción de las niñas»2.

El desarrollo de la Congregación

La víspera de Navidad del año 1637, la Congrega­ción de la Misión abrió sus puertas a un nieto de Ma­dame Goussault, el parisino René Alméras, que a los vein­ticuatro años de edad dejó una carrera espléndida (era ya miembro del Gran Consejo) y una casa rica para hacerse siervo de los pobres. El padre, que se oponía, más tarde le seguiría en la conversión. El joven Alméras, dotado de talento y de entusiasmo fue el discípulo más generoso del Santo, después de su vicario general, y sucesor.

Mientras tanto sacerdotes de la Misión habían ido a fundar casas fuera de París.

Obispos y eclesiásticos, que legaban sus bienes a San Lázaro y era hospedados allí caritativamente, desearon trasplantar a sus propias tierras la joven Congregación y se lo pidieron a su fundador. Este, cuando tuvo bastan­tes sujetos, con la cautela acostumbrada, empezó a en­viar sus sacerdotes a fundar casas —copias modestas de San Lázaro— en la provincia : primero en Toul, en 1637, poco después en Aiguillon, por invitación de la du­quesa y después, en 1638, en Richelieu, por invitación de su tío, el cardenal anónimo: allí los misioneros se encar­garon de la parroquia. Y puesto que a aquella parroquia llegaban peces gordos, y una vez —en 1650— se detuvo en ella Luis XIV con su corte y los cardenales Mazzari­no y Grimaldi, san Vicente envió al superior de los misio­neros, Monsieur Codoing, instrucciones apropiadas para el caso : «Iréis, si no os desagrada, a saludarle (al rey) en el castillo, con tres o cuatro de vuestros sacerdotes. No le gustan los discursos, por eso será bien que paséis sin ellos. En cambio le diréis que habéis ido para presentar a Su Majestad los servicios de la Compañía y para asegurarle sus oraciones, para que pluga a Dios bendecir su parro­quia y sus ejércitos, y darle un siglo de vida, la gracia de someter a los rebeldes y extender su imperio hasta los con­fines de la tierra, para que Dios reine en sus Estados. Des­pués habrá que dirigirse a la reina regente y decirle algo semejante, y después al príncipe y, al salir, tratad de ver a Monseñor el Cardenal, reverenciadle y prestadle los ofrecimientos, los votos, de manera expeditiva. Sobre todo, señor, guardaos bien de no pedir nada, ni presentar nin­guna queja. Y en caso de que os pregunten si estáis muy contentos de vuestros feligreses, responded que sí, que son gente buena que teme a Dios ; porque esto en general se puede decir ; que son buenos servidores del rey y que han tenido un señor y tienen una señora que les han dado ejemplo, etc. No se necesita más que una palabra como és­ta para mover a Su Majestad a haceros alguna gracia, co­mo sería la de confirmar sus privilegios. Informaros de alguno de sus capellanes de qué manera tenéis que recibir al rey en la iglesia: si con la cruz o sin ella ; si le tenéis que dar a besar la cruz o no ; si tenéis que presentarle el hisopo o no. Si pasara algún domingo en Richelieu, predi­caréis vos mismo el evangelio o el sermón y os enteraréis antes de las ceremonias de la Misa y de las Vísperas. Ha­ced que esté la casa limpia y todas las cosas en orden ; y puesto que tiene costumbre de alojar a los capellanes en las casas de los eclesiásticos y de las comunidades de los sitios donde se detiene su corte, puede ser que vos los ten­gáis a todos y quizás también al obispo de Lodez, precep­tor de rey, al Padre Paulin, su confesor y a varios otros. Por eso, haced preparar un buen número de camas de la mejor manera posible. Las personas de la Compañía po­drán acomodarse todas juntas en alguna sala, para dejar libres las habitaciones. Os pido que prestéis muy bue­na acogida a todos, que ofrezcáis todo cuanto tenéis o podéis, y que tratéis a todos de la mejor mane­ra posible, sin parar en gastos. Si tenéis tiempo, podréis mandar a comprar en Tours lo necesario, y si falta toda­vía alguna semana para que llegue el rey, haréis bien en exhortar a la ciudad a que le reciba dignamente, a que le demuestre gran alegría, y gran afecto con aclamaciones y alabanzas a Su Majestad y de cualquier otro modo que sea posible»3.

En Richelieu, trabajaron entre otros los sacerdotes Lambert y Codoing ; los cuales, hallándose en un territo­rio poblado de herejes, se entregaron a implantar en la masa católica un sólido conocimiento de la fe, sobre todo mediante el catecismo. En las instrucciones enviadas a Lambert, el Santo repitió su convicción de que del cate­cismo se derivaban todos los frutos de la misión. En cuanto a los herejes, como de costumbre, expresaba el parecer de que no se debía discutir con ellos —sobre to­do que no se les enviara ningún desafío—, pero que don­de fuera posible, se expusieran las verdades de la fe humildemente, familiarmente y caritativamente.

Otra casa de la congregación se fundó el año 1637 en Troyes, y fue el fruto de la colaboración de tres almas ávidas de la gloria de Dios: el obispo, Renato de Breslay, la Madre Trinidad, superiora del Carmelo y el comen­dador Natale Brulart de Sillery.

El 23 de junio de 1639, el mismo comendador pro­porcionó los medios (unas 40.000 pesetas, a las que se añadieron otras más tarde) para la fundación de una Mi­sión en Annecy, donde la deseaban santa Juana Chantal y el Obispo de Ginebra, ambos perfectamente al corrien­te del bien que hacía la Compañía de Monsieur Vincent, sobre todo en los campos.

Un par de años más tarde el espléndido donante, de cuya piedad dio testimonios conmovedores san Vicente, murió, dejando a los misioneros una renta.

También la fundación de Troyes se amplió con los años, a medida que fue creciendo el número de los ecle­siásticos y de los seglares que acudían allí para hacer ejercicios espirituales, para otras reuniones y para pe­dir asistencia. Al fin tuvo también un seminario.

Durante los desórdenes de la Fronda, tocó a los mi­sioneros asistir a la población hambrienta. Asistieron tam­bién a los prófugos de Irlanda.

Entre los misioneros más cerOsos de aquella casa, Vicente celebró al bachiller Juan Dassonval, ciego desde la infancia, y que sin embargo llegó a poseer ciencia y sa­biduría, que difundió, como dones raros, en el seminario y en conferencias. «Ha muerto —anunció san Vicente, en 1654—, con todas las señales de un santo y de gran siervo de Dios».

Un joven obispo, que había seguido cuando sacerdote las lecciones de san Vicente, y había sido huésped en San Lázaro, Nicolás Pavillón, quiso tener a los misioneros en su diócesis, en Alet. Pero la Misión, que se inició en 1639, terminó en 1642.

Otra fundación, que tuvo vida difícil por los enojos de las señoras nobles del lugar, fue la de Crecy, en 1641.

Un obispo celoso, inteligente y santo, el beato Alano de Solminihac, llamado «el san Carlos Borromeo de Fran­cia», pidió y obtuvo una casa en Cahors el año 1643, en­cargándole que dirigiera un seminario, que llegó a ser uno de los más florecientes de Francia. Mientras vivió, hasta el año 1654, el infatigable pastor de Cahors pidió consejo y ayuda al santo sacerdote de París.

En 1643 los misioneros se establecieron en Sedán, es decir en el centro de una zona poblada de calvinistas, que habían puesto sus manos en iglesias, colegios y edificios públicos, incluso en la Oficina de recaudación ecle­siástica, que era el órgano del cobro de los impuestos y del financiamiento de las obras religiosas. La intervención armada de Richelieu, que poco a poco iba desmantelando la estructura feudal del país hundiendo las autonomías señoriales, habían conducido á la anexión de los princi­pados de Sedán, Raucourt y Saint-Menges y al restableci­miento de los derechos de los católicos, que habían que­dado en estado de minoría legal y económica frente a los calvinistas.

Para facilitar la vuelta de éstos a la fe de sus padres, el rey Luis XIII deseó la fundación de una Misión en Se­dán: y con este fin dejó en testaiwnto la suma de 24.000 pesetas a Vicente de Paul. Ana de Austria cumplió la voluntad del soberano.

Los misioneros que llegaron en mayo empezaron in­mediatamente el apostolado entre una población, en medio de la cual de la fe católica quedaban ideas vegas y ex­trañas, mezcladas con errores y abusos. También allí los frutos fueron magníficos: miles de católicos volvieron a ver el rostro de la Iglesia y numerosos calvinistas depu­sieron sus prejuicios anticatólicos.

El «pequeño método» de las misiones

Los frutos se debían a la instrucción dada por los sacerdotes de la Misión y además al método con que la daban: el método vicenciano del amor y no de la contro­versia. Y una carta del Santo al superior de la casa de Sedán, Guillermo Gellais, explica este criterio : «Cuando el rey os mandó a Sedán, lo hizo a condición de que allí no se disputara jamás con los herejes, ni en el púlpito ni en privado, sabiendo que esto sirve poco y que con mu­cha frecuencia con ello se hace más ruido que fruto. La vida buena y el buen olor de las virtudes cristianas pues­tas en práctica atrae a los descarriados al camino recto y confirma en él a los católicos. De esta manera debe ha­cer fruto la Compañía en Sedán, añadiendo a los buenos ejemplos los ejercicios de nuestras funciones, así como la instrucción al pueblo según nuestra costumbre ordina­ria, la predicación contra el vicio y las malas costumbres, la consolidación y persuasión de las virtudes, mostrando su necesidad, su hermosura, su práctica y el modo de ad­quirirlas. Tenéis que trabajar sobre todo en esto y si de­seáis hablar de algún punto controvertido, no lo hagáis a no ser que el Evangelio del día os lleve a ello ; y enton­ces podréis sostener y demostrar las verdades que los he­rejes combaten y aun responder a sus razones, pero sin nombrarlos ni hablar de ellos».

El señor Gallais tenía necesidad de oír este lenguaje de la prudencia. Su buen corazón le llevaba demasiado a favorecer a sus correligionarios a expensas de los here­jes aun en el terreno puramente civil. Intervenía en su fa­vor ante los jueces y aun ante el gobernador, sin ver an­tes un poco de qué parte estaba el derecho. Esta tenden­cia no podía menos de perjudicar su ministerio. Vicente le suplicó que se corrigiera. Si es el católico el que ha co­metido una injusticia o ha hecho un daño, escribía: nno es justo que el hugonote pida cuenta de ello ante los tri­bunales? ¿El católico está menos sujeto a los tribunales por ser católico?»

«¡Oh señor Gallais, querido hermano mío! —decía también—, qué grandes misioneros seríamos Vd. y yo, si supiéramos amar a las almas con el espíritu del Evange­lio, que las debe hacer conformes a Jesucristo ! Os prome­to que este es el medio más eficaz que podemos emplear para santificar a los católicos y convertir a los herejes, y que nada puede obstinarles más en el error y en el vicio como el hacer todo lo contrario. Acordaos, señor, de lo que dijo Nuestro Señor a quien se le quejó de su herma­no: Quis me constituit iudicem inter te et fratrem tuum? Y decid a los que os quieran arrastrar a sus pleitos: Quis me constituit advocatum vel negotiatorem vestrum?»4.

Vicente cuidaba de toda misión en todos su detalles y cuando no tomaba parte en ella, la seguía día a día.

El mismo repartía las tareas a los sacerdotes ; y les recomendaba que «honraran la prudencia, la previsión, la dulzura y la exactitud de Nuestro Señor»5. Aun la puntualidad en el horario. Conocía el efecto deprimente de aquellas esperas impuestas por la pereza y por descui­do de sacerdotes, que no llegaban a tiempo; e intervenía ante cualquier síntoma de flojedad.

Los sacerdotes de la Misión se mantenían unidos con el centro y entre sí por medio de cartas, de viajes y de reuniones ; Vicente los consideraba hermanos, miembros de una familia, por la que circulaba un amor que era el mismo amor de Cristo: sentimiento humano y divino jun­tamente, por el que cuidaba de la salud, fatigas, dificulta­des, dudas y al mismo tiempo de la santidad de todos. Ante ellos se hincaba de rodillas siempre, al menos men­talmente. De rodillas los abrazaba. Veía en ellos a Jesús. Si era preciso los amonestaba, con humildad y dulzura, pero también con firmeza : y apartaba a los indignos y a cuantos querían arbitrariamente introducir innovaciones y dividir.

Uno de sus sacerdotes, Pille, recordado con honor por el fundador, decía: «La Misión es el espíritu de los primeros cristianos; es una vida enteramente apostólica ; es el medio supremo y último que Dios ha encontrado pa­ra reformar la Iglesia…»6.

Viendo así la misión, san Vicente creyó que no podía fundirse con otros misioneros. Así salvó las característi­cas, por las que pretendía repetir y promulgar la predica­ción a las turbas hecha por Jesús, sin aparato, sin arti­ficio, con sencillez popular, apta para todos, pero en pri­mer lugar para los humildes.

Semejante criterio se derivaba de la concepción vi­cenciana que, entre dos métodos, uno brillante y hermoso, otro sencillo y poco aparente, no dudaba en pronunciar­se por el segundo.

Y esto no suponía en él ningún esfuerzo : se había hecho uno con la pobreza y le espantaba la idea de que los suyos pudieran alguna vez aspirar a la superioridad sobre los demás.

Como heredero de la aurea mediocritas de los clá­sicos, predicaba a los suyos: «A justons-nous a la médio­crité (adaptémonos a la mediocridad)», que era la nor­ma opuesta a la estética que entonces imperaba en la li­teratura y en las artes: la estética de la grandiosidad, de lo fastuoso, de lo sorprendente; equivalente verbal de todo aquel paludamento, hecho de plumas y adornos abofellados, de racimos de rizos en la cabeza y de calzado elegan­te en los pies: toda una cascada rutilante de perifollos, cofias, pliegues, botones, etc., etc…

Los misioneros desinflaban aquella hinchazón, sim­plificaban aquel equipo, y su maestro les educaba en el repudio de la predicación verbosa, altisonante y ávida de sorprender, con novedades alambicadas, expresadas «con tonos de voz graves y llorosos», que tal vez podían con­mover un poco el natural del hombre, pero no dar vida a los muertos, ni el Evangelio a los ignorantes.

El misionero —decía también— debe hacerse uno con el pueblo a quien predica: por consiguiente no piense en hacer obstentación de talentos, con ademanes teatra­les, y follaje de retórica ; sino hable según la capacidad de los oyentes, con el único fin de hacerse comprender.

Los misioneros fueron formados constantemente en esta sencillez, desde los orígenes de la Compañía, cuando se reunían en los Bons-Enfants y después en San Lázaro, con intervención también de otros sacerdotes extraños, como Olier, y discutían cuestiones sobre la virtud y el vicio ; y cada uno ponía por escrito las razones por las cuales, según él, era preciso cultivar tal virtud o huir de tal vicio ; y después se reunían los pensamientos de todos y con todos ellos se componía un «tema». Esto se hacía sin libro ninguno ; cada uno trabajaba con su espíritu7.

A base de aquel material reunido, Portail compuso un grueso volumen, que sirvió de modelo a toda la Com­pañía. Más tarde Alméras hizo de él un compendio.

Como no quería que hicieran vana ostentación con exhibiciones de grandilocuencia ni con ambiciones de primacía, tampoco quería Vicente que los misioneros se afa• liaran por hinchar la Compañía, hasta el punto de que se vanagloriaran del número de sus miembros. Temía la «multitud de difusión», prefiriendo «el pequeño número de los discípulos del Hijo de Dios»8.

También este era un aspecto de la renuncia total al mundo que él exigía de los suyos. Una renuncia que cos­taba sacrificios, verdaderos desgarros en los afectos hu­manos, empezando por los afectos familiares. Pero era indispensable. Por eso al fundador no le gustaba que los sacerdotes fueran a casa de sus padres, ni siquiera en ca­sos graves: sólo permitía que fueran a saludar a sus fa. minares, cuando pasaban por sus pueblos. Así ni siquiera para traer de nuevo a la ortodoxia a una hermana que había apostatado, consintió que Pierre Escart volviera a su casa. ¿No había hecho esto el mismo Jesús, en otro tiempo, alejándose de los parientes y de su pueblo? San Francisco Javier no fue a visitar a los suyos ni siquiera cuando pasó junto a su casa, en su viaje hacia las In­dias9.

Así hacía el mismo Vicente, que se entristecía cuando de los campos donde había dado misiones, volvía a San Lázaro, a una ciudad. Volvía a una ciudad, mientras tan­tos pueblos esperaban la palabra de Dios, con riesgo de la pérdida de tantas almas: perdición de la que en cierto modo se consideraba culpable.

Uno de sus sacerdotes de toda confianza, Francisco du Coudray, en Loma, había pensado dedicar los tiempos libres a una traducción de la Biblia siríaca. Vicente le pidió con insistencia que fuera a las montañas, a las Cé­vennes, para evangelizar una tierra que —son sus pala­bras—, se moría de hambre de la palabra de Dios: es decir, para un servicio, la salvación de las almas, más útil que la misma traducción de la Biblia.

Esto porque, habiéndolo dejado todo, como los após­toles, para seguir a Cristo, los misioneros ya no debían pensar más que en convertir almas «por medio de la ins­trucción y del sufrimiento»: con la palabra y la cruz, siempre según el ejemplo del primer Misionero, que no había tenido una piedra donde descansar su cabeza.

Esto exigía un rigor y una vigilancia espiritual que la obediencia a los superiores sostenía y la caridad alimen­taba, sobre el fundamento de la humildad. Unidos así a la fuente de lo divino, los misioneros se consolidaban, venciendo las seducciones múltiples del mundo, por las cuales, alguno sucumbía bajo los trabajos y abandonaba el servicio de Dios «en la pequeña Compañía».

A veces alguno desertaba, o a otro había que despedir­le : pero tenía que ser incorregible sobremanera para in­ducir a un patriarca paciente, como Monsieur Vincent, a semejante acto de fuerza. Se trataba de casos en los que la naturaleza había recobrado la superioridad hasta el punto de que ya no había modo de reavivar la vida del espíritu. Esto le dolía mucho y, en cuanto estaba de su parte, empleaba todos los recursos del amor cristiano, para impedirlo. Ante uno de ellos se hincó de rodillas, y estuvo suplicándole en aquella actitud durante media hora.

Después se consolaba algo con el pensamiento de que, una vez que la batalla había empezado, inevitablemente tenían que desertar los que tenían miedo o estaban apegados a los bienes de la tierra y a las criaturas humanas ; más aún, para los fines de la victoria era mejor que estos soldados, que habían faltado, se alejaran.

Como huía de toda iniciativa que tratara de señalar o distinguir a su Compañía entre la multitud de familias religiosas, así aborrecía las manías de algún individuo de distinguirse y sobresalir con actitud de singularidad.

Así, en diciembre de 1638, cuando supo de un prelado que uno de sus sacerdotes, Roberto de Sergis, andaba con un alzacuello más vistoso que el ordinario y un abrigo adornado de gruesos botones, moviéndose «con espíritu de suficiencia», le pidió que quisiera volver a acomodarse al «pequeño reglamento» y a ser amante de las «pequeñas observancias aun en la manera de vestir, honrando así la humildad de Nuestro Señor, «Todos dicen que el espí­ritu del misionero es espíritu de humildad y sencillez»: no es cuestión —parecía decir— de botones ni de alzacuellos.

Con la carta afectuosa, Vicente le mandó un alza­cuello corriente.

Y esto no por mezquino conformismo, sino únicamen­te por amor a la humildad ; puesto que, en cuestión de vestidos, era de amplias miras, admitiendo, con san Ig­nacio de Loyola, que el hábito no debía convertirse nunca en un obstáculo para el trabajo. Admitió, pues, diversidad en el vestir, entre hermanos y eclesiásticos, dentro de la congregación y cambió de hábito y aun traje seglar, donde y cuando fuera conveniente para servir al Señor. Así man­dó a uno de sus sacerdotes, con traje de seglar muy elegan­te, y espada al cinto, a Inglaterra, donde vestido de sacer­dote hubiera sido detenido. Sea negro o gris el hábito, cuando se obedece se está siempre dentro de la Regla.

«¿Hace el hábito al monje? ¿Constituye el alzacuello la cualidad de las personas?» Las virtudes cristianas, y a la cabeza la caridad, son las que hacen el hábito del mi­sionero. «Nosotros —decía— vivimos juntos para cum­plir la ley de Dios y no para llevar este o aquel color»10.

Caracteres de la «pequeña Compañía»

Las misiones fructificaban en aquella medida porque no eran sólo palabras: eran también obras. Unas y otras al servicio de los pobres.

La eficacia nacía del hecho de que los misioneros, ade. más de ser apóstoles, eran, al mismo tiempo, diáconos : siervos. Y se veía por los efectos : lo primero que hacían los que se convertían era ir a asistir a los enfermos.

Muchos de los convertidos fueron damas e hidalgos. Aquel traer a peces gordos, oficiales engallados, duelistas equipados de espadas y pistolas y condesas y marquesas envueltas en encajes y pelucas, servía para acortar las distancias entre las clases, para establecer las comunica­ciones entre los palacios y las casuchas : sirvió para re­trasar, quizás en generaciones, la revolución, después de la cual el espíritu de Vicente volvería por medio de Oza­nam y otros espíritus generosos.

En los principios de la era nueva, a la liquidación definitiva de la Edad Media, esta llamada a la pobreza fue un recurso de salvación ; y en ella estuvo el secreto del éxito de la «pequeña Compañía».

Una síntesis de su obra, descrita sumariamente en sus articulaciones, normas y fines, fue redactada por su mismo fundador en una ocasión, que le conmovió más de lo ordinario : a saber, cuando tuvo que presentarlas a su «queridísima y dignísima madre» santa Juana Chantal, deseosa de tener en Annecy a los misioneros.

Desde Troyes, el 14 de julio de 1639, le explicó en una carta en qué consistía «la pequeña manera de vida» de la Compañía.

«Nuestra pequeña Compañía ha sido fundada para ir de pueblo en pueblo, a expensas propias, a predicar, catequizar y hacer que hagan confesión general de toda la vida pasada el pueblo pobre; para trabajar por restable­cer la concordia en todos los conflictos con que nos en­contramos, y para hacer todo lo posible porque los pobres enfermos sean asistidos corporal y espiritualmente por la confraternidad de la caridad, compuesta de mujeres, y que fundamos en los lugares donde misionamos y que la desean.

«A esta tarea, capital para nosotros, y para realizarla lo mejor posible, la providencia de Dios ha añadido la de los ejercicios a los ordenandos, que se retiran a nuestras casas diez días antes de la ordenación, donde comen, se les habla y se les enseña, durante aquel período, la teolo­gía práctica, las ceremonias de la Iglesia, con la práctica de la oración mental según el método de nuestro bienaven­turado Padre, Monseñor de Ginebra11 ; y esto para los que pertenecen a la diócesis en que estamos estable­cidos.

«Vivimos con el espíritu de los servidores del Evan­gelio respecto de los monseñores y obispos si éstos nos dicen: id allá ! —vamos; venid ! —acudimos; haced esto! —lo hacemos. Y esto en cuanto a las funciones antes indicadas. Por lo que se refiere al gobierno interno de la congregación, ésta depende de un Superior General.

«La mayoría de nosotros hemos hecho los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y un cuarto de apli­carnos durante toda nuestra vida a la asistencia del pue­blo pobre. Esperamos que los apruebe Su Santidad12 y pedimos permiso para hacer un quinto voto de obedien­cia a los señores obispos en la diócesis donde estamos es­tablecidos, para las funciones antes indicadas.

«Practicamos la pobreza y la obediencia y, por la misericordia de Dios, tratamos de vivir religiosamente, aun sin ser religiosos. Nos levantamos por la mañana a las cuatro, gastamos una media hora en vestirnos y hacer nos la cama, hacemos una hora de oración mental juntos en la iglesia, rezamos prima, tercia, sexta y nona juntos, después celebramos la Misa, cada uno en su sitio ; y, hecho esto, cada uno se retira a su habitación a estudiar. A las diez y media, se hace un examen particular sobre la virtud que se trata de conseguir ; después vamos al refectorio, donde comemos, con lectura ; hecho esto, va­mos a adorar al Santísimo juntos y a decir el Angelus Domini nuntiavit Mariate, etc. Después se tiene una hora de recreo juntos, después de la cual cada uno se retira a su habitación hasta las dos, hora en que rezamos juntos vísperas y completas. Después de esto, volvemos a estudiar en la propia habitación hasta las cinco, hora en que re­citamos juntos maitines y laudes. Después se hace un examen particular, después cenamos y tenemos una hora de recreo, terminada la cual, vamos a la iglesia a hacer el examen general, las oraciones, de la noche y la lectura de los puntos para la oración de la mañana siguiente, Hecho esto, nos retiramos a nuestras habitaciones, don­de empieza el descanso a las nueve.

«Cuando estamos en misión en los campos, hacemos lo mismo : vamos a la iglesia a las seis de la mañana para celebrar la santa Misa y, después de la predicación hecha por uno de la Compañía, para confesar hasta las once. Luego vamos a comer y volvemos a la iglesia a las dos para confesar hasta las cinco. Después, uno explica el ca­tecismo, y los otros van a rezar maitines y laudes, para cenar a las seis.

«Se tiene como máxima no predicar, no catequizar, ni confesar en la ciudad donde hay obispo, y no salir de un pueblo hasta que no esté todo él instruido en las cosas necesarias para la salvación, y hasta que no hayan hecho todos confesión general; y se va a aquellas pocas localida­des donde haya quedado alguno ausente. Hecho esto en un pueblo, vamos a otro, donde se repite la tarea. Se em­piezan los trabajos más o menos después de los Santos y se continuarán hasta san Juan y se deja al pueblo los meses de julio, agosto, septiembre y parte de octubre, para la recolección y la vendimia. Después del trabajo de unos, veinte días, descansamos durante ocho o diez ; luego vol­vemos a la tarea, no siendo posible resistir durante mucho tiempo un trabajo semejante, sin aquel descanso, y el de una semana.

«Hacemos retiro todos los años, tenemos capítulo todos los viernes por la mañana, en el que cada uno se acusa de sus faltas, recibe la penitencia que el superior le impone y que él está obligado a cumplir ; y dos sacerdotes y dos hermanos piden a la Compañía la caridad de que les avisen de sus faltas ; y, después de ellos, otros, uno’ cada vez, hacen lo mismo. Por la tarde de ese mismo día se tiene una conferencia sobre el tema de nuestras reglas y de la práctica de las virtudes, en la que cada uno dice las ideas que Nuestro Señor le ha sugerido, sobre el tema de que se trata, terminando con una oración.

«No se sale nunca sin permiso, y solamente de dos en dos. A la vuelta todos se presentan al superior para darle cuenta de lo que han hecho. No se escriben ni se reciben cartas sin el visto bueno y la aprobación del su­perior. Todos tienen que ver con buenos ojos que se refie­ran sus faltas caritativamente al superior y deben pro­curar recibir y dar los avisos que sean necesarios a otros. Se guarda silencio desde por la noche hasta el final de la comida del día siguiente y, después del recreo de la mañana hasta el de la noche.

«Se hacen dos años de seminario, es decir de novi­ciado…»13.

Santa Juana Chantal apreció en su justo valor el instituto que así se le presentaba. Tanto ella como el obis­po de Ginebra, Juste Guérin, reconocieron la eficacia ex­traordinaria de la formación y de la acción de los misio­neros. «Pluguiera a Dios —escribió aquel santo Pastor a Vicente en junio de 1640—, pluguiera a Dios que pudie­rais ver lo íntimo de mi corazón, y convenceros de que realmente os amo y os honro con todo afecto, y confieso ser para vuestra caridad el más obligado de los hombres, por los grandes beneficios y frutos que los señores misione­ros, vuestros queridos hijos en Dios, hacen en nuestra dió­cesis: frutos que no se pueden referir; son increíbles si uno no los ve. Todos los aman, los honran y los alaban. Su doctrina es santa…, su vida irreprensible…»14.

  1. t. XII, pp. 79-80.
  2. t. I, p. 526 (diciembre 1638).
  3. t. IV, p. 38.
  4. t. II, p. 449.
  5. t. I, p. 176 (carta a Portail, 28 noviembre 1632).
  6. t. II, p. 335.
  7. Lo recordó el santo a sus sacerdotes el 5 agosto 1659 (t. XII, p. 292).
  8. t. I. p. 312 (carta a Portail, del 16 octubre 1635).
  9. t. II, pp. 105-106.
  10. t. XII, p. 254 (conferencia del 23 mayo 1659).
  11. San Francisco de Sales.
  12. Urbano VIII.
  13. t. I, pp, 562-565.
  14. t. II, p. 52.

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