San Vicente de Paúl, misionero

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jules Melote, C.M. · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1987 · Fuente: Anales españoles.
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Todo el mundo sabe que San Vicente de Paúl organizó la asistencia a los niños expósitos, que alimentó a provincias devastadas por la guerra extranjera y también por la civil; que fundó una Compañía de Hermanas consagradas al alivio de la miseria en todas sus formas; no tantos saben que fue un gran misionero.

Cuando, en este artículo, hablemos de misiones, se tratará siempre de lo que en nues­tros días se llaman “misiones interiores” por oposición a las misiones extranjeras.

San Vicente de Paúl predicó misiones, fundó una Compañía de misioneros y les educó según su propia experiencia. Vamos a tratar de cada uno de esos tres puntos, y termi­naremos describiendo una misión-tipo dada por los discípulos de nuestro Santo, de su tiempo y, por decirlo así, bajo su mirada.

La experiencia personal

Según su propio testimonio, o de su primer biógrafo, hallamos al señor Vi­cente “misionando” en Folleville, en Picardía, a lo largo del mes de enero de 1617 (Abelly,

L. I, págs. 33-35). Esta primera campaña misionera constituye el punto de origen de la Congregación de la Misión. En 1618 Vicente predica la misión de Villepreux, en Ile­de France, en la diócesis de Chartres (SVP, I, 143); en Marchais, en Ile-de-France, en la diócesis de Laon (Abelly, L. I, 56); el mismo año en Montmirail, en Champaña, en la diócesis de Soissons (Abelly, L. I, 35-36); en 1623 en Burdeos (misión a los galeotes) (Abelly, L. I, 60); en octubre de 1626 en Loisy-en-Brie, en Champaña, en la diócesis de Chálons-sur-Marne (SVP, I, 97); en enero de 1628 en Joigny, en Champaña, en la diócesis de Sens (SVP, I, 108); de noviembre de 1638 a enero de 1639, también en Joigny (SVP, I, 528). Es imposible dar la lista y menos aún el número de las misiones que predicó el señor Vicente; sólo sabemos que en 1653, cuando tenía setenta y dos años, misionaba aún en Sevran, en la Ile-de-France, en la diócesis de París (SVP, IV, 546-549); en términos conmovedores, explica la razón en la carta que dirige el 3 de mayo de 1653 a Emerando Bajoue, misionero en la diócesis de Montauban:

“Vamos a mandar 10 ó 12 para que hagan cuatro o cinco misiones a la vez, con ocasión del jubileo que se está celebrando en esta diócesis. Yo seré uno de ellos, ¿verdad que tengo que hacer alguna cosa?” (SVP, IV, 544).

El 14 del mismo mes comunicaba a la duquesa de Aiguillon:

“Voy a continuar la misión de Sevran, que he anunciado, a cuatro leguas de aquí. No sé si la podré dejar el viernes para asistir a la reunión. Le suplico, seño­ra, que presente mis excusas en la reunión. Me parece que ofendería a Dios si no hiciera todo lo posible por los pobres del campo en este jubileo” (SVP, IV, 546).

Hasta el fin de su vida, Vicente de Paúl tuvo nostalgia de la misión popular; lamen­taba que su edad y sus enfermedades no le permitían trabajar más, como él decía, en la salvación de la pobre gente del campo.

Prolongación de la experiencia: la institución misionera

El señor Vicente instituyó una compañía de sacerdotes, llamada desde su origen Con­gregación de la Misión, cuyo primer fin fue predicar misiones en el campo. Cuando, el 17 de abril de 1625, fue firmado el contrato de fundación de la Congregación, para sus seguidores, solo pensó en las misiones de los pueblos. El contrato habla en térmi­nos expresos de:

La piadosa asociación de algunos eclesiásticos de reconocida doctrina, piedad y capacidad que deseasen renunciar tanto a las comodidades de dichas ciudades como a todos los beneficios, cargas y dignidades de la Iglesia para que, con el bene­plácito de los prelados en sus respectivas diócesis, se dedicasen por entero y exclu­sivamente a la salvación del pueblo pobre, yendo de aldea en aldea a sus propias expensas, predicando, instruyendo, exhortando y catequizando a esas pobres gentes y moviéndolas a hacer una buena confesión general de toda su vida pasada, sin reci­bir ninguna retribución de ninguna clase, sino distribuyendo gratuitamente los dones que han recibido de la mano generosa de Dios” (SVP, X, 238).

Si más adelante se añadieron otras obras (tales como retiros de ordenandos, semi­narios, parroquias, etc.), todo fue en virtud de la evolución que conocen todas las co­munidades religiosas. Vicente de Paúl, es fácil de explicar, tuvo que luchar por frenar esta evolución. Las misiones son la obra ca pi al de la Compañía, así 1(1 proclamó él en diferentes ocasiones y con energía; así en una carta al obispo dr Périgneux, Filiberto de Brandon, con fecha del 20 de julio de 1650:

“Nuestro fin principal es la instrucción del pueblo del campo, mientras que el servicio que le hacemos al estado eclesiástico es algo accesorio. Sabemos por experiencia que los fruto de las misiones son muy grandes, ya que las necesida­des de las pobres gentes campesinas son extremas; pero como sus espíritus son rudos y mal cultivados de ordinario, fácilmente se olvidan de los conocimientos que se les han dado y de las buenas resoluciones que han tomado si no tienen buenos pastores que les mantengan en la buena situación en que se les ha puesto. Por eso procuramos también contribuir a la formación de buenos eclesiásticos por medio de los ejercicios de ordenandos y de los seminarios, no ya para aban­donar las misiones, sino para conservar los frutos que se consiguen por ellas” (SVP, IV, 46).

Pero no sólo defendió el ideal ante “extraños”, ante “prelados” interesados en des­viar el fin primitivo de la Congregación, sino también ante sus propios cohermanos; algunos de ellos no sólo defendieron en el interior, sino también a veces en el exterior, la necesidad de “ampliar el horizonte”. Veamos en qué términos se expresa el santo Fundador en la repetición de oración del 25 de octubre de 1643:

“Lo más importante de nuestra vocación es trabajar por la salvación de las pobres gentes del campo, y todo lo demás no es más que accesorio; pues no hubiéramos nunca trabajado con los ordenandos ni en los seminarios de ecle­siásticos si no hubiéramos juzgado que esto era necesario para mantener al pue­blo y conservar el fruto que producen las misiones cuando hay buenos eclesiásti­cos, imitando en esto a los grandes conquistadores, que dejan una guarnición en las plazas que ocupan por miedo a perder lo que han conquistado con tanto esfuerzo. ¿ Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vi­vo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Je­sucristo tuvo en la tierra, sino los misioneros…? ¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: ¡Evangelizare pauperibus misit me Dominus! Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a otros lo hacía como de pasada. ¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a las pobres almas! Porque nos hemos entregado a Dios para esto, y Dios descansa en nosotros” (SVP, XI, 55-57).

Una doctrina y una técnica

El señor Vicente no se contentaba con dar a sus cohermanos el ejemplo del celo por las misiones; aún más, no le parecía suficiente con exhortar que guardasen el celo misionero; tuvo el cuidado de proveer a sus discípulos, los primeros sacerdotes de la Misión, de una doctrina sobre el sentido y la manera de concebir las misiones del campo.

Cristo y la misión

Ante todo exalta la labor del misionero para responder a los que consideraban como una función menor en la Iglesia la de misionar a campesinos ignorantes y toscos. Destaquemos este párrafo de una conferencia del 6 de diciembre:

Instruir a los pueblos del campo; hemos sido llamados a eso. Sí, nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos a los pobres: es lo que El hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros. Tenemos muchos motivos para humillarnos en este punto al ver que el Padre eterno nos destina a lo mismo que destinó a su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que indicó esto como señal de que era el Hijo de Dios y de que había venido el Mesías que el pueblo esperaba. Tenemos, pues, contraída una grave obligación con su bondad infini­ta por habernos asociado a El en esta tarea divina, por habernos escogido entre tantos y tantos otros más dignos de este honor y más capaces de responder a él que nosotros” (SVP, XI, 386).

Los objetivos

¿Cuál es el fin de misión campesina? Subrayemos de pasada que el Fundador sepa­ra a los misioneros de los trabajos apostólicos de las ciudades, bien dotadas de sacerdo­tes. Una misión tiene un doble objetivo: primero, llevar a los fieles a hacer una buena confesión general para saldar el pasado y, en segundo lugar, para instruir a los fieles; de ahí la insistencia sobre el catecismo. En una carta del Santo a Lamberto aux Cou­teaux, misionero de Richelieu, con fecha del 30 de enero de 1638, leemos esto:

Todo el mundo está de acuerdo en que el fruto que se realiza en la misión se debe al catecismo; y afirmando esto últimamente una persona de calidad, añadió que los misioneros se esforzaban todos en predicar bien, pero que no sabían ha­cer el catecismo, y dijo esto en mi presencia y en la de una buena compañía. En el nombre de Dios, padre, advierta esto a la compañía de allí. Mi pensamiento es que los que trabajen tienen que hacer uno el catecismo mayor y el otro el catecismo menor solamente, y hablar dos veces al día. Y se pueden llevar al cate­cismo algunas moralidades para impresionar; pues, como he dicho, se advierte que todo el fruto viene de allí” (SVP, I, 441).

Tenemos otro párrafo, sacado de una carta dirigida a un misionero hacia el año 1657:

Por lo demás, he sentido mucho saber que, en vez de tener el catecismo mayor por la tardes, ha pronunciado usted sermones en la última misión. No se debe hacer eso: I.°, porque el predicador de la mañana puede estar quejoso de esta segunda predicación; 2.°, porque el pueblo tiene más necesidad de cate­cismo y se aprovecha más de él; 3. °, porque al tener este catecismo parece como si se pudiera honrar mejor la manera con que nuestro Señor Jesucristo instruía y convertía a las gentes; 4. “, porque eso es lo que nosotros practicamos, y ha querido nuestro Señor dar muchas bendiciones a esta práctica, en la que hay más medios de ejercer la humildad” (SVP , VI, 158).

Según vemos en estos dos párrafos, algunos misioneros descuidaban el catecismo, no haciendo caso de las instrucciones del Fundador; qué verdad es que la sencillez, que podría creerse como lo más accesible y más común, es de hecho lo más difícil y más raro. Por eso Vicente de Paúl ha enseñado bajo muchas formas la enseñanza funda­mental del “pequeño método”, método en que se inspiraron multitud de predicadores, método que siguió incluso Bossuet, rindiendo homenaje a quien lo había “formado” en San Lázaro, al señor Vicente; de él han podido decir varios panegiristas e historia­dores que era uno de los más eficaces reformadores de la cátedra cristiana del siglo XVII.

El “pequeño método”

¿En qué consiste este método? Dejemos a San Vicente que nos lo diga él mismo; en una larga conferencia tenida ante sus sacerdotes el 20 de agosto de 1655 (SVP, XI, 165-166), lo explica y muestra sus ventajas. He aquí los párrafos esenciales:

La gran perversidad del mundo ha obligado a los predicadores a tener que mezclar lo útil con lo agradable, sirviéndose de hermosas palabras y de concep­tos sutiles, utilizando todo lo que puede sugerir la elocuencia, a fin de contentar de algún modo y de detener en cuanto puedan la malicia del mundo. Pero, ¡oh, Salvador!, ¿para qué esa ostentación de retórica? ¿Qué se consigue con ella? Es fácil de ver: que muchas veces uno quiere predicarse a sí mismo. Pero Dios, por su misericordia, ha querido dirigirse a esta pequeña compañía, con preferencia sobre las demás, para enseñarle este método. Este método viene de Dios; los hom­bres no tienen nada en él; y los efectos nos hacen ver que viene de Dios. Así pues, mi predicación va a ser sobre el método de predicar bien, y para que, tratando del método, pueda seguirlo yo mismo, dividiré mi sermón en tres puntos: en el primero veremos los motivos que tenemos para apreciar mucho este método; en el segundo, diré en qué consiste para que lo conozcamos y podamos practicarlo en el futuro; y en el tercero señalaré algunos medios que podrán servir para la adquisición de este método ( ..). Según este método, en primer lugar se hacen ver las razones y motivos que pueden mover y llevar al espíritu a detestar los pecados y los vicios y a buscar las virtudes. Pero no es suficiente reconocer las grandes obligaciones que tengo de adquirir una virtud si no sé lo que es esa vir­tud ni en qué consiste (..). Y de ahí el segundo punto, que realiza todo eso; por­que según nuestro método, tras los motivos que deben inducir nuestros corazo­nes a la virtud, hay que ver en segundo lugar en qué consiste esa virtud, cuál es su esencia y su naturaleza, cuáles sus propiedades, cuáles sus funciones, sus actos y los actos contrarios, las señales y la práctica de esa virtud (..). ¿Cuáles son los medios para llegar a ella, los medios de practicar esa virtud tan hermosa y deseable? (..). ¿Creéis que basta con decirle a esa persona los motivos, seña­larle en qué consiste la virtud, si la pasáis ahí y la dejáis ir sin más? ( ..). Si la dejáis ahí sin indicarle ningún medio de practicar lo que le habéis enseñado, creo que no habréis conseguido mucho (..). Pero indicad a ese hombre los medios, que es el tercer punto del método; dadle los medios para poner en obra esa virtud, y entonces se quedará contento (…).”

Nuestro método es una virtud, ya que la virtud nos dispone para obrar bien, y este método también nos dispone para el bien, ya que, al observarlo, predicamos de forma útil para todo el mundo y nos ajustamos a la capacidad y al alcan­ce de nuestro auditorio. Nuestro método es también una virtud, ya que es hijo de la caridad, que es la reina de las virtudes. La caridad nos hace adaptarnos a todos para que podamos ser útiles a todos; y el método, que aprende esta lec­ción de la caridad, hace lo mismo (…).”

Hace que hablemos llanamente en nuestro discurso, lo más sencillamente que podamos, con toda familiaridad, de forma que nos pueda entender hasta el más pequeño de todos, aunque sin utilizar un lenguaje corrompido ni dema­siado bajo, sino el lenguaje usual, limpio, puro y sencillo; nada de afectación; buscando sólo la utilidad y el provecho de los oyentes. Este método excita, ins­truye, calienta, aparta fácilmente del vicio y convence del amor a la virtud, produ­ciendo mejores efectos dondequiera que se emplea bien.

“(…) La sencillez convierte a todo el mundo. La verdad es que, para conven­cer y conquistar el espíritu del hombre, hay que obrar con sencillez; ordinaria­mente no se consigue esto con hermosos discursos de artificio que gritan alto, hacen mucho ruido y queda todo en eso. Todos esos hermosos discursos, tan estudiados, de ordinario no hacen más que conmover la parte inferior. Quizá logren asustar a fuerza de gritar en no sé qué tono, calentarán la sangre, excita­rán el deseo, pero todo esto en la parte inferior, no en la parte superior; ni la razón ni el espíritu quedarán convencidos. Y todos esos movimientos de la parte inferior no sirven para nada si no queda convencido el entendimiento; si la ra­zón no la palpa, todo lo demás pasará pronto, demasiado pronto, y aquel dis­curso será inútil. Por tanto, ¡viva la sencillez, el pequeño método, que es el más excelente y el que puede producir más honor, convenciendo al espíritu sin todos esos gritos que no hacen más que molestar a los oyentes! (..). Esto es tan cierto que si un hombre quiere ahora pasar por buen predicador en todas las iglesias de París y en la corte, tiene que predicar de este modo, sin afectación alguna. Y del que predica así dice la gente: “Este hombre hace maravillas, predica como un misionero, predica “a lo misionero”, como un apóstol” (SVP, XI, 165-166; 166-167; 177; 186).

Sencillez en la elección de los temas, sencillez en la forma de desarrollarlos y senci­llez hasta en la voz. Por eso reprende el señor Vicente, en una carta de 1657, a uno de sus misioneros:

Me han advertido que hace usted demasiados esfuerzos cuando le habla al pueblo y que esto le fatiga mucho. En nombre de Dios, padre, cuide de su salud y modere su palabra y sus sentimientos. Ya le he dicho otras veces que nuestro Señor bendice los discursos que se hacen hablando en un tono común _y familiar, ya que El mismo enseñó de esta manera; además, al ser esta forma de hablar la más natural, resulta también más fácil que la otra, que es forzada: le gusta más al pueblo y aprovecha más que la otra. ¿Me creería usted, padre, si le dijera que hasta los actores de teatro, dándose cuenta de esto evo, han cambiado su mane­ra de hablar y no recitan ya sus versos en un tono elevado, como lo hacían an­tes? Ahora lo hacen con una voz media y como si hablaran familiarmente con quienes los escuchan. Hace algunos días que me lo decía una persona que perte­neció antes a esta profesión. Pues bien, si el deseo de agradar más al mundo ha hecho esto en el espíritu de estos actores de teatro, ¡qué motivo de confusión sería para los predicadores de Jesucristo si el deseo y el celo de procurar la salva­ción de las almas no tuvieran ese mismo poder sobre ellos!” (SVP, VI, 357-358).

Instruir a los campesinos en la doctrina cristiana, llevarlos a una confesión general, eran los fines primeros de los misioneros. El Fundador de la Misión les hace además trabajar en regularizar matrimonios, en “componer” pleitos, en apaciguar discordias; finalmente, donde fuese posible y útil, en fundar cofradías de la caridad en favor de los pobres.

Manera de comportarse con los protestantes

Una cuestión: cuando en las parroquias donde los misioneros ejercían su apostola­do se hallaban familias o grupos de protestantes, ¿cuál debía ser su conducta? Vicente de Paúl es terminante: ante todo la caridad y la humildad. He aquí, como muestra, las normas que dio a dos misioneros eminentes, Antonio Portail y Lamberto aux Couteaux:

Trabajemos humilde y respetuosamente. Que no se desafíe en el púlpito a los ministros (protestantes); que no se diga de ellos que no son capaces de mos­trar ningún pasaje de sus artículos de fe en la Sagrada Escritura, a no ser rara vez y con espíritu de humildad y de compasión; si no, Dios nos bendecirá nues­tro trabajo. Alejaremos a las pobres gentes de nosotros. Creerán que ha habido vanidad en nuestra conducta y no creerán en nosotros. No se le cree a un hom­bre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos. El diablo es muy sabio, pero no creemos en nada de cuanto él nos dice porque no lo estimamos. Fue preciso que nuestro Señor previniese con su amor a los que quiso que creyeran en El. Hagamos lo que hagamos nunca creerán en nosotros si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nos­otros” (SVP, I, 320).

Dirigiéndose al segundo, le escribe en 1638:

Que se acuerden que no han ido allá por los herejes, sino por los pobres católicos, y que si, a pesar de eso, de pasada, se presenta la ocasión de instruir a alguno, que lo hagan mansa y humildemente, demostrando que lo que les di­cen sale de unas entrañas de compasión y de caridad y no de indignación. Un señor de esos lugares me ha dicho que usted se porta como es debido para ins­truir a los católicos y a los hugonotes por medio de ellos y para edificar a unos y a otros (..). Que no se pongan nunca a desafiar a los ministros, ni a ningún otro, con cualquier ocasión que sea” (SVP, I. 441).

En estas dos citas vemos que San Vicente destaca un medio de acción misionera quizá más eficaz que la palabra: el ejemplo de la caridad y de las otras virtudes cristia­nas y sacerdotales. En la conferencia del “pequeño método”, del cual hemos dado algunos fragmentos, podemos recoger estos consejos:

“No deshacer con tu conducta lo que edificaste con tu predicación; no des­truyas por un lado lo que levantaste por otro; hay que predicar sobre todo con el buen ejemplo (..). Hay que ser sinceros en los buenos sentimientos de devo­ción y practicarlos para hacer nacer buenos sentimientos de devoción en los demás” (SVP, XI, 179).

¿Cómo eran considerados por las autoridades estos misioneros de San Vicente, fun­dados para poner remedio a la carencia parcial de clero parroquial? ¿No los veían co­mo francotiradores o, más aún, como innovadores más o menos iluminados?

Relaciones con las auoridades civiles

Ante todo, hagámoslo notar, las autoridades civiles les dieron ánimos: el Rey Luis XIII, el Primer Ministro Richelieu después, la Regente Ana de Austria, les concedieron subvenciones y apoyo más bien como personas privadas que como autoridades oficia­les. Exceptuando quizá Lorena (ocupada por los franceses de 1632 a 1658), los misio­neros jamás gozaron de un apoyo público y oficial de parte de las autoridades civiles.

Relaciones con las autoridades religiosas

Seguro que resulta más interesante conocer la actitud de las autoridades religiosas.

La Santa Sede estaba lejos, relativamente mal informada de la situación real de la Francia religiosa (tan diferente de la que aparecía en Italia); por otra parte, en Roma eran bastan te hostiles a las comunidades religiosas nuevas y mucho más a las comuni­dades seculares de institución reciente, que con el tiempo se creía terminarían todas ha­ciéndose religiosas (el tiempo ha demostrado que ese temor tenía su fundamento).

En cuanto a los obispos, su actitud no era uniforme: dependía de sus propias ten­dencias. Los grandes obispos reformadores del siglo XVII (Alano de Solminihac, Ni­colás Pavillon, Pedro de Bertier, etc.) favorecieron la acción de los misioneros, viendo en su apostolado un medio eficaz de recristianizar sus diócesis. Es preciso reconocer que algunos obispos menos celosos, imbuidos por sus prerrogativas, miraban con rece­lo a esos misioneros-apóstoles que escapaban, al menos por una parte, a su autoridad.

¿Y los párrocos? Podemos decir que la misión era cogida por ellos con favor o con hostilidad según su celo o su deseo de vivir tranquilos. Puede uno imaginar la situación difícil de los misioneros cuando el obispo, sin contar con el párroco, imponía una misión que creía indispensable.

El señor Vicente obligaba a sus sacerdotes a solicitar expresamente la autorización de misionar tanto del obispo como del párroco del lugar; esta sumisión a las autorida­des religiosas debía aparecer a los ojos de todos con algunos gestos públicos, por ejem­plo, la bendición pedida al párroco antes y después de la misión. Como ejemplo de esta subordinación o, mejor, deferencia hacia los obispos y los párrocos, citemos algunas frases de San Vicente dirigidas a sus sacerdotes en la conferencia del 19 de diciembre de 1659:

“Les debemos obediencia a los señores obispos (..). Nosotros, los sacerdo­tes, les hemos prometido obediencia cuando recibimos el sacerdocio, no sólo a ellos y a sus sucesores, sino también a los prelados en cuyas diócesis tengamos que vivir y trabajar Estamos sometidos a ellos y dependemos de ellos en lo que se refiere a las misiones para predicar en ellas, catequizar, confesar y administrar los sacramentos aun cuando, por su benignidad, le hayan dejado a la Compañía los reglamentos y las órdenes para la disciplina regular de dentro (..). Eso en lo que se refiere a los obispos. En cuanto a los párrocos, ¿no es también razonable que así sea? ¡Cómo! ¿Es que un extraño puede hacer algo en su parroquia sin su consentimiento? Sería un grave desorden. La Com­pañía, desde el principio y hasta ahora, ha recibido de Dios la gracia de tenerles mucho respeto y de no hacer nada en sus parroquias sin su beneplácito” (SVP, XI, 692-693).

Geografía de las misiones

Los sacerdotes de la Misión, desde la fundación de su comunidad (1625) hasta la muerte del Fundador (1660), trabajaron por toda Francia, irradiando a partir de cen­tros establecidos por circunstancias especiales (fundaciones, llamadas…); en vida de San Vicente se fundaron más de 20 residencias de misioneros. La Casa Madre de la Congregación (San Lázaro desde 1632) proporcionó ella sola sacerdotes para más de 800 misiones (particularmente en la Ile-de-France) hasta la muerte de San Vicente.

Pero los sacerdotes del señor Vicente no fueron los únicos que misionaron Francia en esta primera mitad del siglo XVII: entre otros, actuaron los Capuchinos, los Jesui­tas, algo más tarde los Eudistas, y muchos sacerdotes del clero secular agrupados en asociaciones diocesanas (así en Lyon, Burdeos, Périgueux) o interdiocesanas, como los miembros de las Conferencias de los Martes (fundadas en 1633 también por Vicente de Paúl).

Inútil decir que no hubo rivalidad ni concurrencia entre los diversos grupos de mi­sioneros; el campo era bastante amplio, había sitio para todos los trabajadores. Aun­que la evangelización de Francia por las misiones interiores no fue el resultado de un plan de conjunto, aunque no hubo coordinación de esfuerzos para una tarea concerta­da, sin embargo es preciso constatar el éxito de la empresa. Si nos situamos en 1660, debemos reconocer que el pueblo cristiano, en Francia, está mejor instruido en su reli­gión y en sus deberes. Tal resultado es debido a la acción de algunos grandes misione­ros (Julián Maunoir, San Francisco Régis, San Juan Eudes, San Vicente de Paúl, etc.) así como al celo de innumerables obreros oscuros que, de parroquia en parroquia, anun­ciaron la buena Palabra con un espíritu a la vez evangélico y apostólico.

La cara de una misión

Para terminar este pequeño estudio demos un vistazo a la forma como se desarro­llaba una misión dada por San Vicente de Paúl o alguno de sus discípulos. Tenemos buena información sobre esta materia gracias a numerosos testimonios, entre otros, el de Vicente de Paúl, en su carta del 14 de julio de 1639 a Santa Juana de Chantal. Cuando menos, citemos algunos párrafos:

“Y como desea saber en qué consiste nuestra pequeña manera de vivir, le diré, mi dignísima madre:

Que nuestra pequeña Compañía se ha instituido para ir de aldea en aldea a sus expensas, predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga confesión general de toda su vida pasada; trabajar en el arreglo de las diferencias que allí encontremos y hacer todo lo posible para que los pobres enfermos sean asistidos corporal y espiritualmente por la Cofradía de la Caridad, compuesta de mujeres, que establecemos en los lugares en que hacemos la misión y que lo desean.

Que vivimos en el espíritu de los servidores del Evangelio en relación con nues­tros señores los obispos, que cuando nos dicen: “Id allá”, allá vamos; “venid acá”, venimos; “haced esto”, y lo hacemos; y esto por lo que se refiere a las funciones indicadas, y en cuanto a la disciplina doméstica de la Congregación, depende de un Superior General (…).

Cuando estamos misionando por los campos, hacemos lo mismo poco más o menos, pero vamos a la iglesia a las seis de la mañana para celebrar la santa misa y confesar después de la predicación que acaba de hacer uno de la Compa­ñía tras la misa que ha dicho anteriormente; se confiesa hasta las once; luego se va a comer y se vuelve a la iglesia a las dos para confesar hasta las cinco; después de lo cual uno tiene el catecismo y los demás se van a decir maitines y laudes, para cenar a las seis.

Se tiene como máxima no predicar, catequizar ni confesar en las ciudades donde hay obispado y no salir de un aldea hasta que todo el pueblo haya sido instruido en las cosas necesarias para la salvación y que cada uno haya hecho su confesión general; hay pocos lugares en donde quede alguno sin hacerlo. Lo que se ha hecho en una aldea, vamos luego a hacerlo a otra, en donde hacemos lo mismo. Trabajamos desde alrededor de Todos los Santos hasta la fiesta de San Juan, y dejamos los meses de julio, agosto y septiembre y una parte de octu­bre para que el pueblo haga la cosecha y la vendimia; y cuando se ha trabajado unos veinte días, descansamos ocho o diez; luego volvemos al trabajo, ya que no es posible pasar mucho tiempo en ese trabajo sin ese descanso y el de un día por semana” (SVP, 1, 551-552).

Después de algunos años y muchos titubeos, los misioneros del señor Vicente estu­vieron en posesión de un método o, cuando menos, de un cierto número de usos casi uniformes aún no codificados.

El equipo misionero (la “bando”, como se decía entonces), más o menos numeroso (de dos a seis sacerdotes con uno o dos hermanos coadjutores, según la importancia de las parroquias que había que evangelizar), iba al lugar designado. Podría tratarse de, o bien de una misión “fundada” con cuya fundación había que cumplir periódica­mente cada cinco, ocho, diez o quince años, según los casos, o bien, los misioneros habían recibido el mandato del obispo que creía que tal parroquia debía, por razones que él juzgaba convenientes, beneficiarse de una misión. Tal como lo proclama el san­to Fundador, los misioneros no deben recibir nada del párroco ni de los feligreses.

Por ello transportan su mobiliario y la vitualla; así era como se podría frenar la acusación de parasitismo, tan extendida a propósito de los religiosos y asimilados. Una vez en el lugar indicado, se instalan en un local de alquiler por todo el tiempo de la misión, que solía durar de tres a seis semanas (rara vez más). Hemos visto que el señor Vicente había asentado el principio de no abandonar una parroquia sin que todos hayan cumplido con su “deber”, pero seguramente no siempre hubo posibilidad de ate­nerse a la letra del principio. Antes de comenzar la misión el equipo recibía, algunas veces en público, en la iglesia, la bendición del párroco.

¿Cuáles eran los ejercicios propios de la misión? Por la mañana, misa a eso de las seis; durante ella un misionero hacía la exhortación (el tema, de ordinario, versaba so­bre la necesidad de la penitencia); la mañana y una parte de la tarde estaban consagra­das a las confesiones; por la tarde, el “pequeño catecismo” reunía los niños de la pa­rroquia; finalmente, a la noche, a eso de las seis, los fieles oían un sermón de casi tres cuartos de hora que consistía en la exposición tanto de los deberes que hay que practi­car como de las verdades que hay que creer (la predicación de las postrimerías era la preferida de los misioneros); a veces a este ejercicio se le llamaba “gran catecismo”. Para San Vicente era uno de los dos ejercicios principales de la misión; el segundo era la confesión general; para ella se preparaban los fieles de una manera práctica por medio de exámenes de conciencia detallados.

Hacia el final de la misión tenía lugar, con cierto aparato, la ceremonia de la comu­nión general; otro día había la primera comunión de los niños, adecuadamente prepa­rados. Esta ceremonia era a veces acompañada o seguida por una procesión “bien tra­jeada”, todo ello con el doble propósito de conmover a las personas mayores y excitar la imaginación (así como el corazón, con toda seguridad) de los niños. Notemos que el señor Vicente y sus misioneros fueron los iniciadores, en Francia, de las ceremonias solemnes de la primera comunión que han subsistido en todas partes hasta nuestros días.

Para clausurar la misión procedían a menudo a la erección solemne de una cruz en un cruce de caminos o en la plaza del pueblo, en un lugar donde su vista pudiera recordar a los parroquianos los buenos efectos producidos en su alma por la misión. Después de haber recibido la bendición del párroco, los misioneros recogían sus bártu­los y el mobiliario y salían para otra parroquia, no sin tomar algunos días de descanso necesario.

En verano, los misioneros vivían en su residencia; entonces podían hacer los ejerci­cios, estudiar y preparar una nueva campaña de trabajos.

Esta vida ruda y a pesar de todo exultante, agotó a numerosos misioneros, algunos de los cuales murieron en plena tarea. San Vicente les solía enviar sus buenos deseos. Es así como escribe a uno de sus cohermanos el 17 de octubre de 1654:

“No le escribo más que unas palabras para testimoniarle la alegría de mi co­razón a propósito de las bendiciones extraordinarias que Dios acaba de conceder a sus trabajos y a los milagros que ha hecho usted en esa misión Ciertamen­te, padre, no soy capaz de callármelo; es necesario que le diga con toda sencillez que esto me da nuevos y grandísimos deseos de poder, en medio de mis peque­ños achaques, ir a acabar mi vida en un chaparral, trabajando en alguna aldea, pues me parece que sería mucho más feliz si Dios me concediera esa gracia” (SVP, V, 185).

Las misiones y la renovación religiosa

Si San Vicente de Paúl fue, según han dicho, el “gran santo del gran siglo”, no lo fue sólo a causa de sus obras de asistencia, ni por la irradiación de su sobrenatural y universal caridad, ni por el hecho de que se nos ofrece como un modelo atrayente y muy actual; lo fue porque ha sido uno de los mejores artesanos de la renovación católi­ca en Francia en el siglo XVII. Los campesinos de Francia pueden estar agradecidos a Vicente de Paúl y a sus émulos por haberse interesado de ellos y por haber trabajado en hacer de ellos cristianos instruidos, piadosos y fieles, en su mayor parte, a sus debe­res morales.

Las misiones interiores se insertan en un movimiento general de reforma religiosa que ha levantado a la Francia de Luis XIII y de Luis XIV hasta sus comienzos; reco­nozcamos que no bastaron para renovarlo todo, pero su función fue preponderante y decisiva.

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