¿Quién escribió la vida del señor Vicente: Louis Abelly o François Fournier?

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Bernard Koch, C.M. · Traductor: Luis Huerga Astorga, C.M.. · Año publicación original: 1997 · Fuente: BLF 158/Avril-Mai 1997, 69-80.
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El problema

La página titular del libro, La vida del venerable servidor de Dios, Vicente de Paúl, etc., pone, como de autor suyo, un nombre: “por Messire Louis Abelly, obispo de Rodez”. En la dedicatoria a la reina, madre del rey, el autor habla en primera persona; y estampan la firma de “Louis, obispo de Rodez”, sus dos ediciones: la primera, de 1664 (tres libros en un volumen); y luego la segunda, de 1667 y 1668, (dos libros en un volumen). Las letras aprobatorias – del rey y de algunos obispos – ciertamente nombran Abelly, pues éste es el autor declarado. En cambio no lleva firma la Advertencia al lector, aunque habla también en primera persona.

El vicenciano P. Lacour, que tuvo acceso a los archivos, escribía el año 1720, en su Historia de la Congregación, la cual permaneció manuscrita hasta el siglo XIX, haber sido Francisco Fournier, también vicenciano, quien redactó aquella vida, y que Louis Abelly se avino al préstamo de su nombre, porque el señor Vicente nunca había querido que ningún miembro de la Congregación escribiese libros. En 1784 Pierre Collet, vicenciano, parece ignorar esto en su Vida de san Vicente, etc., la segunda vida del señor Vicente, y cita siempre a “Abelly”. En el siglo XIX adoptaron la tesis del P. Lacour varios biógrafos, entre ellos Maynard, Chanteleuze – editor del cardenal de Retz –, y los archiveros vicencianos Émile Rosset y Pémartin. Su posición fue rechazada hacia 1920 por el P. Coste en la edición, primero de las Obras, luego de la Vida del señor Vicente, t. III, pp. 547-553. El autor es, según él, Abelly, cuya crítica acomete luego con viveza, señalando por ejemplo la alteración de los textos, cuando el señor Vicente dice su edad. Con su veredicto, que él estima perentorio, se alinean los biógrafos sucesivos.

Bibliografía

Ambas ediciones (1664/1667) de La Vie du vénérable serviteur de Dieu Vincent de Paul (Traducción en E. CEME). René Alméras, 1664 y 1667 en Recueil des principales Circulaires, etc., pp.67-69, 85. Claude Latour, Histoire de la Congrégation de la Mission, manuscrito, p. 68, Annales CM, t. 62 (1897), t. 63 (1898), t. 64 (1899). Pasaje sobre el autor de La Vie du vénérable, etc., manuscrito, p. 68, Annales CM, t. 62 (1897), p. 310. Émile Rosset, Notices bibliographiques sur les écrivains de la congrégation de la Mission, Primera serie, Angulema 1878, pp. 104-110: “François Fournier”. Pémartin, Notice sur les Prêtres, Clercs et Frères défuncts de la Congrégation de la Mission, Primera serie, Compañeros de san Vicente, t. I, París 1881, pp. 260-264: “François Fournier”. Es el único que menciona las dos circulares del P. Alméras. R. Chanteleuze, Saint Vincente de Paul et les Gondi, etc., París (Plon) 1882, p. 2s. P. Coste, Le Grand Saint du Grand Siècle etc., París (DDB) 1931, t. III, pp. 547-553. (Traducción en E. CEME). A. Dodin, La légende et l’histoire, de M. Depaul à saint Vincente de Paul, (OEIL) 1985, p.192.

¿Cuál es la respuesta exacta? ¿Es el autor Luis Abelly o Francisco Fournier?

Que hablen sólo los textos de los orígenes: dejemos a un lado por ahora los razonamientos. En orden cronológico, pues, he aquí los primeros hechos y textos que acompañaron y siguieron a la publicación de las dos primeras ediciones de esta primera vida, los años 1644 y 1667-1668.

Pprimer dato: Un primer hecho es la cronología de las publicaciones de Mons. Louis Abelly

El P. André Dodin estableció la bibliografía de Abelly, autor fecundo, con 31 obras (entre ellas la Vida del señor Vicente) y 6 textos de otros autores (numeración corregida por el P. B. Koch), entre 1626 y 1678, siendo él, primero párroco y después obispo. Retirado en 1666 a San Lázaro, muere en 1691.

De 1650 a 1675 publica, la mayoría de las veces con su nombre, un volumen por año, salvo:

  1. 2 libros suyos en 1655 (nº 8 y nº 9), 1656 (nº?), 1657 (nº?);
  2. en 1658 da a la imprenta la vida de François Renar y dos colecciones de sus textos (nº 14 y ediciones 1 y 2);
  3. en 1659, en más de una obra suya, edita las cartas de san Francisco Javier en francés y en latín (nº 15 y ediciones 3 y 4);
  4. en 1661, además de su libro, edita el Oficio de los santos Josse y Fiacre, compuestos por su predecesor en la parroquia, señor Meliand (nº 16 y edición 5);
  5. 2 libros suyos en 1667 (nº 21 y reanudación del nº 18, La Vida), y en 1670 (nº 24 y nº 25);
  6. por fin el año 1675, aun publicando un libro, pone a punto la redacción de las nuevas Constituciones de las Hijas de la Congregación de la Cruz, fundada por Madame de Villeneuve y de la cual era él superior.
  7. Ninguna publicación en los años: 1660, 1663, 1671, 1672, 1677.
  8. En 1664 aparece la primera edición de La Vida del Venerable Servidor de Dios Vicente de Paúl (nº 18), y en 1667 la segunda edición, que no ha recibido nº propio, pese a sus notables diferencias con respecto a la primera.
  9. ¿Debe atribuirse significación al hecho de no haber publicado nada en 1663? Es posiblemente un indicio de que estaba en efecto trabajando sobre la biografía del señor Vicente, y debe tenerse en cuenta;
  10. Precisa aun así señalar que no es un caso único. Si el hueco de 1660 puede explicarse por la preparación de su extenso Tratado de las herejías, aparecido 1661, el de 1672 precede a la obra de 1673, Las flores de la soledad cristiana, o meditaciones … para los retiros, que exigía menos trabajo; puede suponerse que, con 68 años, se tome algún respiro: ¿por qué no con 59, en 1663? Pero tal vez fuese al objeto de trabajar la Vida.
  11. En fin, es digno de nota, el que la segunda redacción de la Vida en dos libros, aparecida el año 1667 – con cortes, cambios y añadidos, cosa que requeriría trabajo -, no vaya precedida de un intervalo semejante; al contrario, en 1666 publica su Defensa del honor de la Santa Madre de Dios contra un atentado del apologista de Port-Royal, con un proyecto de examen de su apología, obra que combate a los adversarios de la Inmaculada Concepción, y que hubo de llevarle tiempo, aunque cuente sólo 135 páginas. Pero ese mismo año publica además otro libro, el cual forzosamente le exigió investigaciones, pues es una polémica contra los jansenistas: Esclarecimiento de las verdades católicas tocantes al Santísimo Sacramento de la Eucaristía, etc. Sabiendo lo que cuesta el acopio de fuentes en una obra tan voluminosa cual es la primera edición de la Vida, se pregunta uno cómo pudo conducir a buen fin simultáneamente este trabajo y la polémica.

En resumen tenemos: 1) el intervalo de dos años, previo a la aparición de la primera edición, 2) la cuestión planteada por la elaboración de la segunda, no sólo en un lapso de tiempo más corto, sino coincidiendo con la preparación de otro libro.

Segundo dato: El primer documento es el libro mismo, del cual Abelly aparece como autor.

Los datos están en la introducción a este artículo: la página titular; la dedicatoria a la reina, madre del rey, donde el autor habla en primera persona; las letras aprobatorias del rey y de algunos obispos, que ponen como autor a Abelly.

En cambio, la Advertencia al lector, donde también se habla en primer persona, no está firmada.

Tercer dato: Inmediatamente después, el 16 de septiembre de 1664, viene la circular del superior General, P. Alméras, sucesor del Señor Vicente, la cual presenta la vida a las comunidades.

Curiosamente, no contiene una sola palabra sobre el autor o redactor: todo queda anónimo. Pero si el autor hubiera sido en realidad Abelly, pensionista de San Lázaro desde hacía años, amigo del señor Vicente, obispo aunque dimisionario, es impensable que no le mencionara el Superior General, y sobre todo que no le diera las gracias en términos elogiosos, como lo piden las solas buenas maneras y requerían los usos de entonces… ¿Puede imaginarse tal agravio? ¿Se dirá que, marcado por el señor Vicente y su humildad, Abelly mismo habría pedido que se callara su nombre? Pero ¿por qué entonces estamparlo en el libro? En todo caso el P. Alméras habría hallado una fórmula para decir que el autor se ocultaba en la modestia…

Resumiendo: más que una duda, este silencio resulta casi un testimonio de que no es el autor aquel que figura en primera página, sino que está entre aquellos otros cuyo nombre, a la manera de los cartujos por él admirados, no quería el señor Vicente que se estampase en libro alguno.

Cuarto dato: En 1667 aparece la 2ª edición, sustancialmente idéntica, con varias modificaciones y algunos añadidos, pero considerablemente abreviada: la 2ª parte, que describía las obras, no figura.

Esta segunda edición sigue llevando el nombre de Abelly; ahí está la dedicatoria a la reina, madre del rey, con idéntica firma; es la misma la Advertencia al lector, omitidos sólo algunos pasajes, y sigue sin firmar. Hay una ulterior Observación que atañe a esta segunda edición, donde el autor, que tampoco firma, se expresa en el impersonal.

Qunto dato: a esta 2ª edición sigue en noviembre de 1667 una 2ª circular del P. Alméras presentándola a las comunidades.

Al igual que en la primera circular, falta toda mención de Abelly o de autor otro alguno, lo cual plantea la misma cuestión.

Sexto dato: al año siguiente, 1668, circula un violento ataque contra estas vidas de Abelly y su autor, en el sentir del público: defensa del difunto Señor Vicente de Paúl… contra los falsos asertos del libro de su vida publicado por Monseñor Abelly, antiguo obispo de Rodez, etc.

Este panfleto, anónimo y sin noticia de impresor, fue luego identificado como producto del sobrino de Saint-Cyran, Martín de Barcos. El escrito no cuestiona si el autor es o no Abelly: toma la Vida tal cual se presenta; Abelly es, según él, el autor, pues lo señala la titulación. Lo que le reprocha es falsear ciertos textos y hechos, omitir otros, y ambas cosas por instigación de los jesuitas.

Séptimo dato: ese mismo año aparece una respuesta que lleva el nombre de Abelly: La verdadera defensa de los sentimientos del Venerable Servidor de Dios Vicente de Paúl, Fundador y primer Superior General de los Sacerdotes de la Misión, en relación con algunas opiniones del difunto señor Abad de Saint-Cyran, París, F. Lambert, 1668, pp. 9-10.

Según lo manifiesta la cita, Abelly responde en nombre suyo propio: no se ha cuestionado si es o no el autor; más bien si es o no verídico. De ahí que, sí actúa como autor, y aun transcribe un certificado del Superior General, P. René Alméras, no para probar que el autor es él – cosa que no pone en duda el adversario -, sino para probar que copió con exactitud las cartas del señor Vicente, sin inventar ni falsear nada.

Pues bien, el cuidado con que explica cómo trabajó en esta Vida es explícito hasta no poder más: trabajó, sí, dio a él la última mano, pero adicionalmente a los numerosos documentos y memorias ya redactadas que otros le suministraron; antes que él, otro, de él distinto, laboró en la composición y redacción. Eso le permite declarar, contra las alegaciones de su detractor, que él nada ha deformado ni inventado: ha hecho relación de los documentos tal y como le fueron comunicados y se pueden consultar (por aquel tiempo) en San Lázaro.

¿En qué estado llegaron hasta él los referidos documentos? ¿Eran simples objetos de archivo? ¿Estaban más bien en proceso de redacción? ¿Se había ya efectuado la composición de conjunto? Abelly mismo nos responde con gran claridad, a condición de que le leamos atentamente.

Argumentos de Pedro Coste

Primer argumento: El pasaje, que Coste cita, y proviene de La verdadera defensa…, pp. 9-10. Incluye dos partes: una declaración de Abelly y un certificado del Superior General.

PRIMERA PARTE: La declaración de Abelly

p. 9 – Para no detener más al lector, le diré sinceramente cómo pasaron las cosas. Algunos años después de la muerte del señor Vicente, los señores de la Misión […] se resolvieron a dar al público la historia de su vida […]. Pudieron trabajar muy dignamente ellos mismos en esta obra: su

p. 10 – Compañía no estaba falta de personas muy capacitadas para hacerlo con éxito. Mas la humildad que el señor Vicente les dejó como patrimonio hizo que eligieran una pluma fuera de su Congregación. Pusieron los ojos en mí, tal vez porque tuve la dicha de conocer y frecuentar al señor Vicente durante gran número de años; comoquiera que fuese, se me propuso por parte de ellos este plan, y apenas lo hube aceptado, me fueron remitidas todas las memorias que ellos mismos habían recogido, o bien obtenido de personas muy dignas de fe. Para facilitarme el trabajo, uno de entre ellos puso en orden todas esas memorias, y las dispuso de tal suerte, que puedo en verdad decir, yo no hice más que transcribir lo que me dieron, [(Ed CEME Ib 337) ya que en muchos lugares no podía explicarme con mayor claridad, sobre todo en aquellos donde refiero las palabras que dijo el propio señor Vicente, en las que no he cambiado ni añadido nada, como puedo confirmarlo y asegurarlo, si es necesario con juramento, principalmente en todo lo que he puesto en el capítulo 12 del segundo libro. Por lo que se refiere a las cartas del señor Vicente, no he hecho otra cosa que insertar en mi libro copias cuyos originales están en manos de los padres de la Misión. Y no contento de haber obrado de esta manera, antes de entregar nada a la imprenta, he enviado siempre mis cuadernos a San Lázaro para que pudieran revisarlos esos señores. Ellos han aceptado tomarse esa molestia y hasta se han preocupado de la impresión y de la corrección de pruebas.] He ahí cómo se condujo este asunto. Los de la Misión que en ello se comprometieron están aún llenos de vida; ellos sabrán si dije lo que no es.

Es éste un texto claro

Se indica su propósito: objeto de sus declaraciones es probar que nada suyo se puso en el libro, que él nada inventó o falseó, que copió exactamente los documentos. No expresa ninguna intención de probar que es el autor: “su Compañía no estaba falta de personas muy capacitadas para hacerlo con éxito”. He aquí ya un testimonio de que había más de un vicenciano con aptitud para escribir el libro; “uno de entre ellos”. Es más preciso todavía. No se le nombra; acaba de darse la razón: la humildad. Así pues, ¿por qué no Francisco Fournier, si en 1720 (a los 43 años de fallecido) da su nombre otro vicenciano con acceso a los archivos? “puso en orden”. Es el trabajo de análisis y clasificación de documentos que efectúa un autor… “y dispuso”. Trabajo éste de composición, presentación, redacción… Por fin, “puedo decir que no hice más que transcribir”, y ello “en verdad”, a lo que añade, “en muchos pasajes no podía expresarme yo más claramente”.

En estas manifestaciones de Abelly vemos descrita la labor exacta que realizó: en muchos lugares ha transcrito la redacción de uno de entre ellos, y en otras partes ha dado su propio toque, cuando podía expresarse más claramente.

Curiosamente, tras haber reproducido (t. III de El Señor Vicente, p. 548) este pasaje de la Verdadera defensa, el P. Coste afirma aun así (p. 549) haber sido Abelly quien puso en orden, presentó y redactó los documentos:

El constructor es el que coge esas piedras, las dispone y las une entre sí; es también, en cierto modo, el que hace idealmente en su cabeza o en el papel lo que el albañil tiene que hacer con las manos: el arquitecto. Abelly fue a la vez el arquitecto y el albañil de la Vida del venerable Siervo Dios Vicente de Paúl, por lo que merece realmente ser llamado su único autor. Él trazó el plan de la obra; escogió entre los diversos materiales, desechando los que le parecían falsos, dudosos o de publicación poco oportuna; clasificó los que le quedaban, les dio un lugar en el edificio en construcción y los presentó a su manera, rodeándolos de reflexiones que le parecían útiles (Ed CEME III 337-338).

En el pasaje de Abelly que el P. Coste acaba de citar, nada se dice de todo eso; es más: verbos importantes – poner en orden, disponer, expresarse -, son justamente atribuidos por Abelly a uno de entre ellos. ¿Cómo puede atribuir el P. Coste a Abelly esas acciones: disponer, clasificar, presentar? Es escribir lo contrario de lo que acaba de decir el texto … Escribe el P. Dodin (La leyenda y la historia, p. 192) que Coste probó con argumentos masivos, ser Abelly el autor. En cualquier caso no puede calificarse de masivo un argumento que hace decir al texto lo contrario de lo que dice…

El P. Coste invoca asimismo lo que sigue del texto:

SEGUNDA PARTE: El certificado del Superior General, P. Alméras (Verdadera defensa, p. 10s.)

“Mas para ahorrar al lector el esfuerzo de ir a San Lázaro, he aquí la certificación de las verdades que acabo de escribir, que tuvo a bien darme el señor Superior General.

“Nos, Superior General de la Congregación de la Misión, certificamos que las principales y más importantes memorias, sobre las que Su Ilustrísima Monseñor Louis Abelly, antiguo obispo de Rodez, compuso, a ruego nuestro, La vida del difunto señor Vicente de Paúl, fundador y primer Superior General de nuestra Congregación, le fueron suministradas por aquellos en dicha nuestra Congregación a los cuales habíamos encargado que las recogiesen. Que dicho que el señor obispo nos comunicó todos los cuadernos manuscritos de su obra, la cual cuidamos luego nosotros de que se imprimiera el año mil seiscientos sesenta y cuatro. Que las palabras del señor Vicente allí referidas están en conformidad con las memorias dichas, y que tenemos los originales de las cartas que en el mismo libro se insertan. En fe de lo cual hemos firmado el presente certificado y hécholo sellar con nuestro sello de San Lázaro de París, el día veinte de agosto de mil seiscientos sesenta y ocho. Firmado ALMÉRAS, y sellado.

“Después de esto, ¿se extrañará alguien lo bastante de la temeridad del anónimo y de la insolencia de su libelo?” Etc…

Fue citado por Coste (III, 548-549) como confirmación de que era Abelly en verdad el autor. Pero ¿qué dice formal, directamente este texto?

No atañe al hecho de si Abelly es verdaderamente o no el autor, cosa no cuestionada por el panfleto anónimo; el P. Alméras, cuyas circulares para presentar la Vida no mencionan a Abelly ni en 1664 ni en 1667, aquí adopta la simple creencia corriente, que es la del anónimo, sin pretensión de definirla. Gramaticalmente, atañe con plena exactitud a la veracidad de lo dicho por Abelly: certificamos:

Que las memorias que le han servido de base fueron suministradas por los vicencianos (y no por los jesuitas, como presume el libelo); y que él las ha copiado fielmente, lo que se puede ir a comprobar en cotejo con los originales.

El P. Coste tuvo, pues, que percibir la flaqueza de su argumentación, pues añadió dos piezas más:

– otro pasaje de La verdadera defensa, y una declaración del P. Fournier

(citada en una carta del P. Alméras, 8º documento):

II. Segundo argumento de Pedro Coste: (pp. 551-552, de nuevo en el 7º documento)

Coste (que pone la p. 13 en una nota) cita otro pasaje extraído de La verdadera defensa…, p. 7. En este pasaje de la Sección Primera estigmatiza Abelly el anonimato de su adversario, en relación no tanto con la identidad, cuanto con la credibilidad: ¿cómo creer que quien oculta su nombre dice la verdad? ¿Cómo comprobarlo? Y se declara autor, no bajo el ángulo preciso de la paternidad total de la obra, sino bajo el ángulo de la veracidad demostrable (aislamos aquí lo que llamaban los lógicos “razón u objeto formal” de lo que se dice):

Yo dejo aparte, pues, todos mis intereses, pero en lo tocante a lo que dijo el señor Vicente sobre el abad de Saint-Cyran, y lo que hizo contra los errores del jansenismo, no es justo ya dejar que el público dude acerca de los falsos juicios de este autor. [(Ed. CEME Ib 339) Puedo decir con razón lo que Tertuliano reprochaba al hereje que, lo mismo que él, había compuesto un libro sin nombre: ¿qué caso puede hacerse de una obra que no se atreve a caminar con la frente levantada?

¿Qué crédito se le debe? ¿Qué seguridad se puede tener en ella, cuando se avergüenza de decir el nombre y las cualidades de su autor? El anónimo, de la misma manera que Marción, al ocultarse, demuestra claramente la vergüenza que tiene de su comportamiento y el temor de que se conozcan las falsedades que me imputa. La fe humana, lo mismo que la divina, no se basa más que en la persuasión que uno tiene de que el que ha hablado o escrito merece se le dé crédito. Por consiguiente, es preciso conocerlo para juzgar de él; ¿y cómo podremos hacerlo si se esconde? ¿Podremos fiarnos de un desconocido, de un hombre sin nombre y quizás sin honor y sin conciencia? Cuando el acusado se presenta decididamente ante el juez y su delator se escapa y no se atreve a sostener en público lo que ha dicho en secreto, ¿cuál de los dos merece ser condenado? Nuestro Señor lo decidió ya: aquel que es del partido de la verdad no tiene miedo de aparecer a la luz del día, pero el obrero de la mentira busca las tinieblas para ocultarse. Esta sola consideración basta para destruir todo lo que el anónimo se ha atrevido a decir en su libelo. … Que él declame todo cuanto quiera contra mí; que me haga pasar, si puede, por el último de los hombres. Todo lo que diga no me ofenderá, ya que … por lo menos tendré sobre él la ventaja de no haberme disfrazado ni escondido. He puesto mi nombre al frente de mi libro, me he declarado autor del mismo y me he obligado a sostener que no he escrito nada que no sea verdadero. El anónimo, por el contrario, me acusa de haber propuesto falsedades, calumnias, imposturas…, se oculta, huye de la luz, no se atreve a dar la cara, se contenta con sacar un escrito lleno de injurias y de invectivas, hecho imprimir furtivamente en algún lugar subterráneo, contra las ordenanzas del rey, sin rastro de autor ni de librería.

“Imposible hablar más claramente”, concluye el P. Coste (p. 552). Bien, ¿mas para decir exactamente qué? ¿Qué dicen formalmente estas palabras? Es la respuesta a un ataque. No decía el ataque: “Usted no es el autor del libro”; no es eso a lo que Abelly responde. El ataque decía: “Usted miente”. Y Abelly, cuyo nombre está en la página titular, y es el autor oficial, a quien se enfoca, responde:

“He dicho la verdad, y puede usted venir y comprobarlo, ya que he puesto en el libro mi nombre y el del librero”.

Más aún: eso es todo lo que dice Abelly, y lo sabe bien el P. Coste, pues acaba de citar – cuatro páginas antes – el pasaje de las pp. 9-10 aquí reproducido, pasaje que expone precisamente cómo no es Abelly el autor único y total. Todavía más: ese pasaje viene después del que el P. Coste pone en último lugar, matizando y atenuando éste. El P. Coste puso el segundo pasaje en primer lugar, y termina con aquel por el que Abelly comenzó. Así se tiene la impresión de que lo uno anula lo otro … ¿Fue deliberado? Dejemos a los autores el orden que dieron a sus discursos, si no, se deforma su pensamiento. Y de nuevo más: curiosamente en la p. 551, donde cita en segundo lugar ese primer texto de Abelly, da el P. Coste la referencia (nota 3: La verdadera defensa, p. 13), lo que hace creer que Abelly mismo en efecto pone ese pasaje después del de las pp. 9-10. Vanamente lo he buscado yo en la p. 13; está en la 7, o sea bastante antes. No osaré pensar que el P. Coste ha hecho todo eso conscientemente, pudo ser una distracción (aunque es raro pasar de una a dos cifras). Queda una cosa, y es que engaña a los lectores.

Concluyamos esta prolongada indagación: Abelly mismo nos lo dice todo. Ya al comienzo se declara y muestra a plena luz como el autor, y adjunta dos páginas después una prolija descripción del trabajo de composición de esta Vida: “uno de entre ellos” efectuó lo esencial del trabajo poniendo en orden, disponiendo, componiendo los documentos y memorias recibidos de diversas personas; él, Abelly, recibió todo eso, no haciendo “apenas más que transcribir lo que ellos me dieron, pues en muchos lugares no podía expresarme yo más claramente”.

III. Tercer argumento de Pedro Coste(extraído de un texto que cita a Fournier, III, pp. 552, 555)

CARTA DEL P. ALMÉRAS al Superior de Roma, el 1 de agosto de 1670, que cita al P. Fournier. Roma, Archivos de la CM en el Colegio Leoniano. Inédito. Parcialmente citado por el P. Coste, III, 555.

El P. Alméras cita una observación del P. Fournier sobre esta Vida…, observación que prueba, según el P. Coste, no ser él el autor. El pasaje de Coste es: Fournier mismo declaró no ser él el autor de la primara Vida de san Vicente, pues la criticó, como sabemos por el P. Alméras, lamentando el que por aquí y por allí se haga en ella relación aun de nimios actos de virtud.

Ahora bien, Coste no da el contexto hasta más adelante, p. 555: Alméras se dirige en esta carta al Superior de Roma, que estaba preparando una traducción italiana de la Vida, pues aun la segunda resulta demasiado larga; da como ejemplo algunos hechos que, en la primera parte, podrían referirse más brevemente. Y continúa: Para la segunda [parte], que trata de las virtudes, nada hay que amputar, todo es bueno, salvo que en algunos lugares estima el P. Fournier que por aquí y por allí se hace relación aun de nimios actos de virtud.

Es cosa muy distinta: lejos de ser una crítica global de la Vida (“en cuanto a la segunda parte… todo es bueno”), es sólo una reserva respecto a algunos puntos menores (“salvo que”). Esto cambia todo el sentido de la crítica, la cual en modo alguno prueba no ser Fournier el autor: ¿hubo jamás autor que no se hiciera críticas tras la aparición de su obra? Más bien, el P Coste, al citar a Abelly en la p. 548 (MV III), omite una frase con ese mismo y exacto sentido – léase en nuestra p. 4, pero hela también aquí: “si hay alguna falta que imputarme, es haber tributado al señor Vicente unos elogios demasiado bajos, como me lo reprocha el escritor, y no haber destacado lo bastante dignamente el mérito de tan gran hombre”. Se escribía esto en 1668, y lo escribía Abelly; no es palabra por palabra lo que dirá Fournier en 1670, pero choca aun así el paralelismo entre una y otra frase. Queda claro en todo caso que, en 1668, el propio Abelly se critica casi en esos mismos términos: ¿argüirá uno partiendo de ahí que no es el autor?

Yendo todavía más lejos, cabría preguntar si “Abelly” y “Fournier”, que hablan aquí casi de la misma manera, no serán dos designaciones de un único autor: Fournier. Mas no puede llegarse hasta ahí: Abelly hizo algo más que prestar el nombre, es más que una simple etiqueta; claramente se percibe su mano en muchos sitios, y él lo revisó todo, – cierto, también los vicencianos, o sea, Fournier, antes y después de Abelly: escrito está -.

Así pues, también Fournier fue seguramente el autor, y esa misma carta que reproduce el P. Coste nos suministra la prueba. Recordemos que en las dos circulares (no mencionadas ni por Coste ni por Dodin, sino citadas sólo por Pémartin), el P. Alméras no nombra a autor alguno. No lo nombra tampoco en la carta del 1 de agosto, sino que emplea un impersonal: “con respecto al primer libro, en el cual se ha sido muy extenso …, se hace allí relación” (MV III 555); “allí donde se habla de la Casa de Gondi, se hace relación de cosas demasiado particulares (Ibd.).

Pues bien, ¿por qué de repente, tras haber dicho que “todo es bueno”, es decir que se lo halla bueno todo, pone el nombre del P. Fournier, y no el de otro vicenciano cualquiera? ¿No será porque él tiene bastante que ver con el libro, y como tal lo conoce el Superior de Roma?

Resumiendo, encontramos aquí no una objeción, sino una transición: de las Circulares, al P. Lacour. Leamos, pues lo que el P. Coste citó de esta carta: Podrá usted recortar bastante de la obra, al menos en lo que se refiere al primer libro, en donde el autor se extendió demasiado en ciertos capítulos, en un tema en donde habría otros muchos temas más importantes. Por ejemplo, se piensa por aquí que es demasiado largo el capítulo de lo que hizo en Châtillon-en-Bresse; se refieren un montón de cosas menudas que se pueden suprimir para reducir el capítulo a la mitad. A otros les parece que donde habla de la casa de los Gondy, se refieren cosas demasiado particulares, idas y venidas, cartas y respuestas, etc.; así como también donde habla de la muerte del señor prior, que no contiene casi nada más que lo que una persona de una virtud muy común hubiera hecho o hubiera tenido que hacer con dicho bienhechor. También el capítulo de lo que hizo con el señor comendador de Sillery puede recortarse mucho, y otros lugares semejantes que preceden a las principales obras del señor Vicente …En cuanto a la segunda parte, que trata de las virtudes, no hay ciertamente muchas cosas que recortar; todo está bien, excepto que en algunos lugares el P. Fournier piensa que se refieren aquí y allá actos de virtud bastante menudos (Ed CEME Ib 341)

El conjunto induce a pensar que es por cierto el autor quien se pronuncia, con una reserva para con aquello que sus hermanos de comunidad hallaban bueno. Si Abelly fuera el solo autor, ¿emplearía Alméras el impersonal? Total, ningún argumento de Coste es masivo, más bien parecen todos ellos disolverse…

Declaración de Claude Joseph Lacour

Tras una falta de documentos que dura casi 50 años, el P. Lacour, autor de la primera Historia de la Congregación de la Misión, declara ser el autor François Fournier, y explica el porqué de figurar como tal Abelly.

HISTORIA GENERAL DE LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN, que comienza con la muerte del Bienaventurado Vicente de Paúl y termina hacia el año 1720, por Claude Joseph Lacour.

Claude Joseph Lacour nació el 28 de enero de 1672 en Vertrieu (Isère, diócesis de Lyon). En Lyon entró en la Congregación de la Misión el 15 de octubre de 1688. Hizo los votos el 1 de noviembre de 1690, también en Lyon, en presencia del P. Gallien. Falleció el 29 de junio de 1731, siendo superior de la casa de Sens, en el priorato de Saint-Georges de Morelles, donde fue enterrado. Dos páginas del manuscrito: p. 9: Los malos tiempos no fueron óbice al trabajo que se tomó el P. Alméras para dar a la estampa la Vida del señor Vicente y deparar esta satisfacción a toda la Compañía. En esta obra trabajaron los misioneros enviando todas aquellas memorias que podían servir para ella. Se rogó al señor obispo de Rodez, amigo íntimo del señor Vicente y de toda la Congregación, que adoptase este libro y prestase a él su nombre, para así atenerse a la práctica que legó el señor Vicente a todos su hijos, de no publicar libros. Para complacer al P. Alméras, que se lo suplicó, accedió el prelado, y apenas contribuyó con cosa otra alguna, según él mismo confesó en una respuesta a los jansenistas que se vio obligado a dar, pues a la vista de las aplastantes pruebas a ellos contrarias que quedaban de manifiesto, se desataron contra el piadoso obispo. Éste llegó a obtener un (p. 10) certificado que firmó el P. Alméras, el cual declaraba habérsele suministrado todos los documentos mencionados en la obra. Trabajó en ello principalmente el P. Fournier, poseedor del espíritu de este digno fundador, una cualidad siempre muy apropiada para escribir bien la vida de algún personaje, estando además dotado de natural elocuencia para expresar bien sus conceptos, y en el cuerpo de esta Vida se notó un aire de sencillez que es particular, tanto del señor Vicente como de su Congregación, con la adición de una manera de expresarse en francés que no era mala para la época.

Esta obra salió de la imprenta en 1664, y el P. Alméras mandó un ejemplar a todas las casas, acompañado de una excelente carta con la fecha del 15 de septiembre de 1664. Allí señala entre otras cosas que el señor Vicente parecería haber resucitado, de suerte que toda la Compañía iba a oírle hablar y verle actuar como si estuviese aún en vida…

¿Qué pasó después? ¿Se hizo caso omiso de esta información? ¿Fue oficialmente ocultada? Consta el hecho de que en 1729, el Superior General, P. Jean Bonnet, al explicar las supresiones de la 2ª edición de la Vida, conserva el nombre de Abelly, obispo de Rodez, como el del autor oficial.

El P. Jean Bopnet, octubre de 1729.

ESCLARECIMIENTO DE UNA OBJECIÓN PUESTA POR VARIAS PERSONAS A LAS DOS EDICIONES DE LA VIDA DEL SEÑOR VICENTE DE PAÚL, fundador y primer superior general de la Congregación de la Misión, por la que se quejan de que fuera amputado, en la segunda edición, todo lo que en la primera concernía al jansenismo. (Archivos de la Misión, París: Generalato J. Bonnet, pp. 218-221. Impreso, 7 pgs.; reimpreso en Las Principales Circulares de los Superiores Generales, tomo I, p.659).

“Es de observar que estas dos ediciones fueron preparadas por el mismo autor, Monseñor Louis Abelly, obispo de Rodez, que nunca ha sido sospechoso de parcialidad para con los jansenistas o de caer en sus yerros, sino al contrario, todo el mundo le reconoce como prelado infinitamente distante de todos los nuevos errores y, en particular del de Jansenio, que él estaba muy lejos de favorecer a este respecto bajo forma alguna”.

Como en lo que precede, basta comprobar que el objeto formal de este esclarecimiento no es zanjar la cuestión del autor, sino demostrar que no ha habido una disposición más favorable para con el jansenismo, al contrario: el P. Bonnet fue adversario ardiente de él, y procedió a la expulsión de varios vicencianos que lo habían adoptado y rehusaban retractarse. En este caso, valía más salvaguardar el nombre de Abelly, antijansenista notorio, y no el de un oscuro vicenciano. El P. Bonnet, estemos seguros, no había estudiado la cuestión de la autoría. Dicho de otro modo, este largo texto del P. Bonnet no desbarata los que le preceden.

El P. Pierre Collet.

LA VIDA DE SAN VICENTE DE PAÚL, Fundador de la congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, 2 ts., Nancy 1748.

Pierre Collet, sacerdote de la Misión, nació en Ternay, diócesis de Le Mans, el 31 de agosto de 1693, y ya ordenado entró en la Congregación el 6 de septiembre de 1717. Doctor en teología, ejerce el profesorado en 1720. Fértil escritor, trata de teología, de espiritualidad y de historia. Muere el 6 de octubre de 1770.

Collet tuvo acceso a todos los informes que atañen a la vida y escritos del señor Vicente, como también a las actas de ambos procesos, de su beatificación y canonización. En la p. V del Prefacio, declara haberse servido de la Vida publicada en 1664 “por Monseñor Louis Abelly, obispo de Rodès”. No hace mención alguna ni de Fournier, hermano suyo en la Congregación, ni de las circulares, ni de Lacour. Se refiere, sin embargo, a los defectos de aquel libro (misma p. V, nota b: “languidez y poca exactitud de estilo, escasa o nula cronología, … lugares comunes”), y añade que “no son tanto faltas del autor, cuanto del tiempo en que escribe”.

En fin, hace profesión de probidad histórica (p. X), mas no sin invocar documentos precedentes:

Tal es el autor que he seguido, en cuanto su plan y el mío podían permitirlo. Exceptuados los procesos verbales [de la beatificación y canonización], que la religión del juramento parece situar en un orden superior, ¿pude yo seguir a un guía merecedor de más credibilidad? Fue contemporáneo de nuestro santo; le había tratado durante muchos años; tenía estrechos lazos con sus hijos espirituales; no escribió palabra que no hubiese conferido con testigos oculares; no trabajó más que memorias que el público de algún modo había aderezado; bien lejos de poner en ello nada suyo, la cercanía de los tiempos le obligó a amputar muchas cosas, de las que yo he sacado aprovecho.

Por lo demás, estaba lleno de rectitud, de franqueza y de probidad.

Cierto, el P. Collet, nacido a los dos años de morir Abelly, no puede decir eso por experiencia personal; pero su testimonio es aun así de capital importancia: vemos cómo no duda en exponer los fallos por él observados en aquel libro. Él ha tenido acceso a todos los documentos originales, ha podido utilizar los que atañían a personas todavía vivas en 1664: de haber observado amaños, los habría expuesto. Sin embargo debe añadirse que, aun no hallando modificaciones fundamentales, resultan del cotejo entre los textos que él y Abelly reproducen, numerosas diferencias de transcripción, esto es, en cuanto al estilo. Resta saber quién de los dos restableció aquellos textos: no siempre es posible, salvo que haya bastantes originales. Cuando, en raros casos, pude yo mismo efectuar el cotejo, comprobé que ni uno ni otro es rigurosamente fiel, sino que adapta el texto al gusto del día o a su talante…

Volviendo al tema del autor, ese texto del P. Collet no nos ilumina. El documento del P. Bonnet ratificó por cierto la opinión corriente, y entre él y el P. Lacour, el P. Collet atribuiría al P. Bonnet más autoridad, aunque el tema del autor no esté directamente tratado. Collet no trata esta cuestión en sí misma, sino siempre en relación con la veracidad del texto; de donde se le puede considerar como testigo de la común creencia, no como autoridad.

Permanecen como única autoridad en la materia los textos de Abelly y Alméras.

En función de éstos parece que podemos concluir.

Abelly hizo por cierto más que prestar su nombre: tuvo la obra entre manos durante casi dos años, mas en lo concerniente a un área que por cierto no es de relieve. Aparte de los materiales, a menudo ya elaborados, que se le suministraban, no sólo el trabajo de ordenamiento, de preparación, sino una buena medida de la composición y una porción no menor de la redacción, habían sido obra de “uno entre ellos”, probablemente el que nombra Alméras: Fournier.

Podemos representarnos todo este trabajo así: Los Hermanos Bertrand Ducourneau y Louis Robineau más otras personas dignas de confianza, vicencianos u otros, reúnen documentos y “memorias” (tales los cuadernos de Robineau) ya redactadas, mucho de ello comenzado ya antes de morir el señor Vicente. François Fournier lo “pone” todo en “orden”, lo “dispone”, es decir, lo presenta, compone.

Entre 1662 y 1667, Abelly “transcribe”, y redacta “dondequiera puede él expresarse más claramente. Reproduce fielmente – dice – las copias de textos del señor Vicente que le son suministradas. Parece, pues, no haber tenido a la vista los originales, cuya existencia conoce.

Esto no es interpretación ni reconstrucción; es lo que parece “dicen” los textos del propio Abelly, y la presuposición de los textos de Alméras.

¿Es mucho lo que pone en juego esta cuestión?

Aparentemente no: estas conclusiones no cuestionan el derecho de Abelly a continuar designándose autor; sólo lo relativizan y precisan. Pero hay una cuestión importante, y es la de la reputación literaria e histórica de un hombre, Louis Abelly. Cierto, ya no le atacan los jansenistas, si bien bajo los dos aspectos referidos, el literario y el histórico, ha notado en él graves faltas nuestro tiempo, especialmente el P. Coste (El Gran Santo…, III, 553-557) y el P. Dodin (La leyenda y la historia, del señor Vicente a san Vicente de Paúl). Además del estilo insulso, que señaló Collet, los PP. Coste y Dodin demuestran, con pruebas al canto, la acción de retoque, moneda corriente hasta nuestros días – el celo por lo absolutamente auténtico es reciente, y todavía raro -, como también los cortes, tal vez exigidos por la discreción para con ciertas personas, o por el contexto político, o el religioso.

Gravedad mayor revisten ciertos falseamientos observados por el P. Coste, y luego por el P. Dodin. Los más notables conciernen a la edad del señor Vicente, y fueron sostenidos por el P. Pémartin. El señor Vicente dice su edad 15 veces, entre cartas, conferencias y documentos, lo que da como año de nacimiento 1580 ò 1581. Pero a la semana de fallecido el señor Vicente, el 2 de octubre de 1660, la Gaceta de Francia le asignaba 84 años de edad, con lo que anticipaba su nacimiento a 1576. Esa misma edad le asignaba el rimador Loret (Coste I, 18), como también la inscripción que el P. Alméras, su sucesor, hizo grabar en la losa funeraria.

Ignoramos en qué se fundaban, probablemente en las letras dimisorias para su ordenación. Éstas atestiguan que tiene “la edad legítima” para el presbiterado, a él conferido el año 1600. Ahora bien, la edad legítima, claramente determinada por el concilio de Trento, era de 24 años. Aun cuando el gobierno francés todavía no había reconocido el concilio de Trento en 1600, muchos obispos lo aplicaban, entre ellos Monseñor Dussault, llegado a Dax al comienzo de ese mismo año, quien poco después promulgaba un decreto imponiendo esa edad.

En 1660 no podía uno exponerse, ni a declarar mentiroso al Vicario General de Dax, que había firmado las dimisorias, ni a publicar que el fundador, el reformador del clero, se había ordenado, en contra del concilio, con 19 años. Tal fue la razón probable que hizo adoptar oficialmente 1576.

En 1664, pues, Abelly se alineó con la versión común, a riesgo de falsear algunos textos, así en Libro II, p. 188: donde el original dice “mi edad, que va para 80 años”, en Abelly es: “mi edad, que rebasa los 80 años” (Coste III, p. 556). Una letra (à: passe à) puede cambiarlo todo, y eso es grave…

¿Habrá, pues, que achacar a Abelly todas estas faltas?

El P. Coste provee un matiz (p. 556) al reconocer que los falseamientos pudieran deberse a quienes le comunicaron copia de los documentos, y así fue él el primer engañado.

Pero Abelly declara su fidelidad a los textos:

… “no podía yo expresarme más claramente en muchos sitios, y sobre todo en los que hago relación de las palabras pronunciadas por el Señor Vicente, donde nada cambié ni añadí, cosa que puedo atestiguar, y aun confirmar con juramento, si es preciso, pero principalmente para cuanto puse en el capítulo doce del segundo libro. Por lo que atañe a las cartas del Señor Vicente, no hice más que insertar en mi libro las copias cuyos originales están en manos de los Señores de la Misión, y aun no contento con este modo de actuar, antes de dar nada a la estampa, envié siempre mis cuadernos a San Lázaro, para que los revisaran dichos señores, quienes tuvieron a bien tomarse ese trabajo, cuidando además de la impresión y de la corrección de las pruebas”…

Este pasaje, examinado ya, es claro: Abelly afirma, aun con juramento si es preciso, 1º) que siempre copió fielmente, y 2º) que sólo ha manejado copias, estando los originales en manos de los señores de la Misión, quienes recibieron además sus propios cuadernos y han revisado éstos y corregido las pruebas. Las pruebas son corregidas por el autor… no forzosamente. Aquí, conforme al contexto, sí las han corregido otros, ¿quién sabe qué habrán hecho con ellas? ¿Es garantía la paternidad?

Saquemos la conclusión: Abelly trabajó, ciertamente, puliendo, atildando la obra; pero otros habían efectuado lo esencial: la copia de los textos y sus alteraciones fueron asunto de los Señores de la Misión, quienes asumieron también la corrección de las pruebas; es el propio Abelly quien lo dice en 1668, y no Lacour en 1720.

Puede que hallemos una confirmación leyendo las demás obras de Abelly, y yo he hojeado algunas, así el Sacerdos Christianus, con su notable sentido pastoral; las Consideraciones sobre le eternidad; la Corona del año cristiano, donde advierto un autor bastante distinto del que se nos dice, alerta pese a la falta de tiempo, pródigo en epítetos elogiosos y admirativos, exacto en las citas de la Escritura y de los Padres, no especialmente prolijo. Sus Meditaciones son muy breves, en general de dos páginas, formato menor, 9 x 15. Todo ello induce a pensar que a menudo no es suyo el estilo de la Vida…

Dicho de otro modo, bien podría ser injusto todo lo que se reprocha a Abelly: atañería a las faltas de los mandatarios, especialmente el P. Fournier; de éste precisa reconocer, cierto, las cualidades, así como el grande y serio trabajo.

¿Desplacería a los vicencianos ser blanco de la crítica? Aunque yerra el blanco, la crítica de los PP. Coste y Dodin es exacta…

¿Cuál sería hoy el alcance de esta cuestión?

Si realmente esta obra, en sus dos ediciones, es el producto de todo un equipo y de la colaboración de dos hombres, ¡qué ejemplo para nosotros hoy!

…Ahora bien, la época de la vida del señor Vicente, entreverada de conflictos y venganzas, encierra no menos ejemplos de colaboraciones similares. Así el año 1621, en Mâcon, entre el deán Chandon y el señor Vicente; o el año 1634, en el Hôtel-Dieu de París, entre Geneviève Bouquet, superiora y reformadores de las religiosas agustinas, y Geneviève Fayet (Madame Goussault), con la ayuda del señor Vicente. Encontraría uno muchos otros casos semejantes…Se dan todavía hoy, gracias a Dios.

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