Motivaciones sociales en la fundación de la Congregación de la Misión

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la Misión, En tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: Benito Martínez, C.M. · Year of first publication: 1972 · Source: Primera Semana de Estudios Vicencianos.
Estimated Reading Time:

Uno de los fines de la Congregación

San Vicente de Paúl

Desde san Vicente de Paúl las Reglas y Constituciones de la Misión ponen como uno de sus fines «evangelizare pauperibus, maxime ruricolis». Este maxime fue introduciéndose lentamente en el espíritu de san Vicente al ritmo en que su espiritualidad se hacía evangélica, de imitación a Jesús. En 1658 pasa a las Reglas y se mantiene en las Constituciones posteriores, Sin embargo, hacia el año 1625 la idea de san Vicente se concretizaba en «la pobre gente del campo», excluyendo a los pobres de la ciudad.

La evangelización de los pobres del campo comenzó siendo una idea confusa, sintonizada acaso con su sicología y con su educación campesina de niño. Parece que la hizo brotar en él Margarita de Gondi; en ésta, al final de su vida, aparece como una obsesión que la lleva a organizar a un grupo de eclesiásticos para que la realicen en sus tierras.

El empeño de dedicarse tan sólo a los campesinos se puede leer en los primeros documentos pertenecientes a la Congregación de la Misión. En el contrato de fundación de ese grupo de eclesiásticos con aspecto ya de congregación (17 de abril de 1625) declara que «se dedicarán enteramente al cuidado del pobre pueblo del campo», «yendo de pueblo en pueblo… a predicar, instruir, exhortar y catequizar y a inducirles a hacer una buena confesión general de toda su vida pasada» (XIII, 198, 200)1.

Cuando el 4 de setiembre de 1626, Vincent Depaul, A. Portail, E. du Coudray y J. de la Salle firman el contrato de asociación tienen el propósito de dedicarse exclusivamente a los pobres campesinos (XIII, 203-204).

Tan extendida estaba esta idea aún entre los medios oficiales de París que machaconamente se repite en las cartas, súplicas, relaciones del rey y del arzobispo de París. También en Roma piensan lo mismo y por ello no quieren darles la erección pontificia de congregación, porque desaparecerá la congregación «con la conversión de la gente a la que se dedican» (XIII 204). Con todo, cuando Urbano VIII, el 12 de enero de 1633 firme la Bula de erección dará a los Paúles el fin de «dedicarse a la salvación de aquellos que viven en pueblos, aldeas, tierras, lugares y ciudades humildes» (XIII, 257-267).

Llama inmediatamente la atención el ardor con que se entregan a los campesinos; la gente del campo atrae (totalmente) a estos cuatro sacerdotes hasta impedirles misionar las ciudades, aunque también en éstas abunden los pobres. En el contrato que firman con la Sra. de Gondi se imponen «la obligación de no predicar ni administrar ningún sacramento en las ciudades en las que haya arzobispo, obispo o juzgado (presidial)» (XIII, 200). También Urbano VIII les prohíbe actuar públicamente en «las ciudades que tengan arzobispo, obispo, parlamento o juzgado (bajulatum)» (XIII, 260).

Podríamos decir que hacia el año 1625 los primeros misioneros se proponen misionar únicamente los campos y pueblos, imponiéndose además la prohibición de misionar «las grandes ciudades», como dirá san Vicente en 1658 (E. 496). Por eso, por ser una gran ciudad, rechazará para sus misioneros la misión de Metz (E. 416).

Los campesinos pobres

Analizando los documentos referentes a los años que van de 1617 a 1633, y examinando la situación social de Francia durante los mismos años podríamos encontrar las motivaciones que tuvo san Vicente para dedicarse a los campesinos pobres y no a los obreros pobres de la ciudad.

Ciertamente el ambiente social era distinto en las ciudades y en el campo, y es cierto también que fue el ambiente social en su sentido íntegro lo que le indujo a elegir los campesinos y no los obreros de la ciudad. Pero también debemos admitir que no fue la diferencia económica, el nivel de pobreza material lo que le empujó a hacer la elección.

No se puede negar que la vida del campesino francés que trabajaba la tierra en el siglo XVII era dura. Su vida era un efecto de la estructura feudal de mitad de la Edad Media, que lánguidamente se había extendido en Francia hasta el siglo XVII, aunque modificada bastante en estructura señorial. Los campesinos son pobres, no porque sus tierras no sean propias en la mayoría de los casos, sino por el sistema.

Una tierra puede ser un feudo (fief). La categoría de feudo va unida a la tierra, no a la persona. Señor feudal puede serlo un noble o un rústico (roturier) que al poseer un feudo goza de ciertos privilegios. Los nobles generalmente han entregado sus tierras a los campesinos a perpetuidad, mediante un censo insignificante, y el posesor se convierte en la práctica en propietario con una serie de obligaciones, no pesadas, pero sí odiosas: banalidad, monopolios de caza, pesca y palomares, etc. Escasas son las contribuciones pesadas, aunque no faltan, v. gr.: lods et ventes: cuando se vende el campo el señor suele llevarse hasta la 6ª parte del precio.2

Algo más cómodamente viven los poseedores de un alodio (franc-alleu). Son tierras libres cuyos propietarios no dependen de nadie, aunque no tienen ningún privilegio. Son escasos, a no ser en algunas regiones, como en la de Burdeos, donde suman la décima parte de las tierras.

Son pocos los campesinos que pueden vivir con las tierras que tienen en propiedad; la mayoría toman en arriendo las de los nobles, burgueses, etcétera, bien pagando una cantidad de dinero (fermage), bien mediante una parte de la cosecha (metayer). Las tierras recientemente alquiladas suelen tener un precio alto. Suele ser uno de los negocios de los burgueses.

Aún hay gente que no tiene ni unos metros de tierra en alquiler: son los trabajadores eventuales (manouvriers) de otros campesinos. Son lo último de los campesinos.

Trabajar estas tierras para un campesino de hoy sería desolador. El rendimiento era escaso. R. Mousnier nos lo dice así: «Los cereales agotan rápidamente el suelo y los agricultores franceses lo dejan en barbecho, un año por cada dos en el Midi y por cada tres en el Norte, aunque a veces el barbecho duraba varios años. Como mínimo, cada año resultaban improductivas las dos quintas partes de las tierras laborables. Los rendimientos eran mediocres, 4 ó 5 por 1, a menudo, 2 ó 3. En efecto, escaseaban los pastos y el estiércol era raro. El ganado era poco numeroso«.3

Con un rendimiento tan pequeño se puede imaginar que el campesino de entonces no podía prosperar, ni aun vivir casi, si la cosecha era mala. Pero es que aun el rendimiento neto, el provecho familiar quedaba muy disminuido por los impuestos.

Es cierto que el impuesto feudal era molesto pero no agobiaba.

Más pesado era el diezmo, que siempre era menor que la décima parte, pero que había que pagarlo de todo: grano, vino, hasta de lo que se recogía en un simple huerto. Además era el impuesto que primero se pagaba. Por la conciencia de cristianos que tenían los campesinos del siglo XVII, sabían que eran ellos los que debían contribuir a los gastos del cristianismo, y por eso no solían quejarse directamente del diezmo; las quejas se dirigían contra la mala distribución que se hacía, ya que casi todo lo recaudado pasaba al clero de las ciudades y a los conventos o fundadores laicos, quedando sus sacerdotes con una mínima parte. Se quejaban del modo de recaudarlo: la Iglesia alquilaba «la recogida» del diezmo por una cantidad fija a financieros, negociantes sin conciencia, que procuraban estrujar el diezmo de lo más insignificante, por la fuerza, y aun de las malas cosechas, sin consideración de la pobreza de algunas familias.4

Los impuestos que pesaban sobre los campesinos y que les empobrecían duramente eran los impuestos reales. Entre todos ellos sobresalían dos: las gabelas y la talla.

Las gabelas eran impuestos indirectos a la consumición; ha llegado a identificarse con el impuesto a la sal, ya que era el mejor organizado. Cada familia tenía un cupo de consumición que debía comprar en los almacenes estatales a un precio generalmente abusivo. Era obligatorio para todos y, como el diezmo, estaba alquilado a financieros.

La «taille» era el impuesto más odioso, porque era el más pesado y, a los ojos de los pobres, era también el más injusto. Al ser un impuesto de guerra quedaban exentos de él los nobles y el clero; pero al pasar el tiempo fueron librándose también los artesanos y los «oficiales». Era un impuesto para las provincias viejas o de elección, no para las agregadas a Francia durante el siglo XVI, llamadas Provincias Estados, y que sumaban la cuarta parte del territorio del Reino.

Todos los franceses hacían esfuerzos para librarse de este impuesto: las ciudades luchaban por cambiarle por otros impuestos de repartición más justa; los burgueses procuraban comprar un feudo o un oficio que llevaban consigo el privilegio de la exención. De ahí que llegó el momento de ser los pobres los únicos que pagaban la talla, con la desventaja de ser un impuesto de recaudación solidaria.5 Así mismo la talla estaba arrendada a financieros que tenían como lema aligerar la carga de sus amigos o insolventes agravando la de aquellas familias que no podían ni huir ni defenderse.

La carga de la talla llegó a ser durísima. Un agente del departamento de finanzas de Caen escribía al canciller Seguier el 24 de octubre de 1636: «De suerte que hoy día para librarse de la contribución de la talla, unos huyen al extranjero, otros abandonan la labranza y a los que les toca no quieren ya organizar la talla, y así muchas parroquias hoy día no valen nada».6

Situación del campesino

La vida del campesino en el primer tercio del siglo XVII tenía sus vaivenes. Toda Europa está viviendo la fase A, de precios altos. Y esto repercute más en los pobres. Si les llega una mala cosecha y con ella el hambre, los efectos son catastróficos. Solos, sin ayuda alguna de la municipalidad, la mortandad aniquila los pueblos. Los campesinos se lanzan a los cereales más baratos, que por el aumento de la demanda sufren una subida veloz. El campesino elude la muerte vendiendo aperos, ganado, casa, fincas a los burgueses. Pero, si el hambre se prolonga por otra mala cosecha, llegan las epidemias que encuentran los organismos débiles, matando del 25 al 35 por ciento de la población. En estas condiciones pocos niños llegan al año de vida; la edad media es de 25 años y una mujer de 30 años es una vieja cubierta de arrugas. Los matrimonios decrecen con el hambre y decrecen los nacimientos hasta un 50%.7

Si a estas malas cosechas se acumulan los impuestos, hay años que la vida se les hace insoportable. El duque d’Epenon, gobernador de la Guyena, escribía a Richelieu el 26 de junio de 1633, diciéndole que los campesinos están tan desesperados por la miseria que teme tomen alguna resolución peligrosa.8 La inseguridad empujaba a muchos campesinos pobres fuera de sus tierras, convirtiéndoles en vagabundos, mendigos o bandoleros.

En las primeras décadas del siglo XVII, fuera de las épocas de hambre, la vida campesina no era tan negra como a veces se ha pintado. Todo el reinado de Enrique IV es de reconstrucción del país. Sully sigue las ideas de Olivier de Serres sobre la agricultura y para favorecer la condición campesina rebaja la talla.

Por la vida de san Vicente podemos trazar alguna leve pincelada de la vida campesina. Él conoce bien esa vida «por experiencia y por naturaleza, ya que es hijo de un pobre labrador y ha vivido en el campo hasta los quince años» (IX, 81). Sabemos que su padre tenía ganado. Que podía dar un puñado de harina a quien le faltaba, que un niño de 12 años podía ahorrar 30 sueldos y podía también darlos en limosna a un pobre (SVP., 25 y 28).9 Una estampa simpática de los campesinos en el verano de 1617 la tenemos en una conferencia a las Hijas de la Caridad (IX, 243).

Hoy nos parece durísima la vida de la gente del campo francés en el siglo XVII; para un hombre de entonces era simplemente sobria. Era sobria. No comían nada más que pan y un potaje, trabajando incesantemente y en trabajos agotadores. En algunos sitios no se come pan y en otros, como en el Limousin, pan hecho de castañas. Esto se lo decía san Vicente a las Hijas de la Caridad, y continuaba: «En el país de donde yo soy, se alimentan de un pequeño grano llamado mijo, que se pone a cocer en un puchero: a la hora de la comida se vierte en una fuente y todos los de la casa pasan a tomar su parte y luego se van al trabajo» (IX, 83-4). Así comía un campesino francés del siglo XVII, no por ser campesino, sino por ser pobre y por nacer en el siglo XVII. Pero el pobre de la ciudad comía y vivía igual.

Los obreros de la ciudad

En las ciudades también había miseria. Había muchos ciudadanos pobres que tenían necesidades en todos los aspectos, materiales y espirituales. Por las calles de la ciudad se escondían los mendigos, los vagabundos, pordioseros y una multitud de miserables sin hogar fijo y sin trabajo, viviendo de la limosna, del engaño y del robo. Era casi imposible evangelizarlos. Por eso es explicable que no fueran el objetivo primario en la evangelización por parte de san Vicente. Pero sí podrían haberlo sido los obreros industriales, pobres como el campesinado francés.

La ciudad francesa comienza a industrializarse durante el siglo XVI, y recibe un impulso grande en el reinado de Enrique IV. En los suburbios y en barrios bien determinados de las ciudades viven los obreros que ya son el 5 al 7% de la población francesa, y algo más de la mitad de los habitantes de la ciudad. A finales de siglo, en Lyon, suman las dos terceras partes. También a finales de siglo, Beauvais, de sus 2.562 familias, tiene 542 obreros de industriales, 221 de semi-industriales, 371 de artesanos, 468 de viudas y tan sólo 585 de burgueses y acomodados.10 En Amiens, en 1578, ya hay de 5.000 a 6.000 obreros acogidos a la caridad pública.11

En la categoría de proletariado se acogen los maestros-obreros, los oficiales y los obreros de manufacturas.

Los maestros-obreros son maestros de artesanos que trabajan para otros, bien porque no tienen dinero para modernizar sus talleres ni para adquirir las materias primas, bien por causa de la competencia, teniendo así asegurada la venta. Generalmente se atan a un manufacturier, especie de capitalista, que les presta el dinero. Suelen unirse con el compagnon contra el patrono.

El compagnon es el antiguo oficial en los gremios de la Edad Media; es un artesano, igual que el anterior, pero cada vez le es más difícil pasar a la categoría de maestro. Trabaja contratado en firme en el «bureau-d’oeuvre». Tienen prohibido asociarse, aunque ellos lo hacen en la clandestinidad.

Ambos, maestros y oficiales, son restos de los antiguos artesanos, aún tienen un poco de categoría. Menos categoría tienen los obreros de las manufacturas reales o privadas. Son numerosos. Son obreros que trabajan en sus casas o campesinos que se van a trabajar a las manufacturas durante el invierno. A veces no son nada más que vagabundos alquilados a la fuerza para trabajar en ellas.

No debemos hacernos la idea de que Francia en el siglo XVII ya estuviera industrializada o que tuviera fábricas al estilo actual. Antes de Colbert la industria casi no existía en Francia. Pero tampoco por ello podemos negar la existencia, numerosa en algunas ciudades, de obreros urbanos.12 Ya en tiempos de Enrique IV se empezaron a poner en práctica las ideas industriales de Laffemas.

¿Por qué san Vicente excluye expresamente misionar a estos obreros de la ciudad? No pudo ser porque fuera difícil misionarlos. Casi la totalidad vivía en los suburbios o en barrios bien delimitados. Tampoco fue debido a su nivel de vida, parecido al de los campesinos. El obrero era pobre y su vida era dura. Trabajaba de sol a sol: 8 horas en invierno y 14 en verano.

El salario diario solía ser de 10 sueldos para los peones y entre 12 y 14 para los obreros de las manufacturas. Las mujeres generalmente ganaban 3 ó 3,5 sueldos. Pero de hecho este salario quedaba bastante disminuido ya que sólo se cobraba los días en los que se trabajaba: unos 270 días al año solamente, debido al gran número de fiestas. El sueldo real, por lo tanto, era de 7,5 sueldos al día. Y aún este salario quedaba devaluado en la práctica si el patrón pagaba en género: pan, vino, telas, etc., lo cual era bastante frecuente hacerlo, cuando no se podía vender (fue prohibido en 1655). Otras veces se pagaba en monedas de cobre (liards) que los comerciantes recibían mal o les daban un valor inferior.13

El precio del pan, base de la comida del pobre, era de un sueldo el kilogramo en años normales; sin embargo, debido a las malas cosechas, el precio del pan se dobló en los años 1609, 1618, 1623, 1627 y 1631, mientras el gobierno francés, mercantilista, había bloqueado los salarios, manteniendo unos precios bajos, en los productos industriales, para competir con los extranjeros.

Toda esta situación ocasionó sublevaciones. Porchnev las ha estudiado con precisión y extensamente.14

Diferencias de vida

La diferencia entre el pobre campesino y el proletario pobre era insignificante. Aunque la vida era dura, en épocas normales solía vivirse; en épocas anormales ambos grupos se hundían.

Los pobres de la ciudad solían tener ayuda de la municipalidad de la que carecía el campesino, como «la tasa de los pobres»: colectas que se hacían para los pobres. Otras veces los parlamentos distribuían a los pobres víveres de la reserva y dinero de las arcas del rey, como en Lyon en 1630. Pero muchas veces todo iba encaminado a evitar sublevaciones.15

El campesino también tenía sus ventajas en las épocas calamitosas. El recibía su salario, su fruto, en especie, quedando revaluado en los años de hambre; por el contrario al trabajador industrial, que recibe su salario en dinero, le queda devaluado.

Las ciudades logran cambiar el pesado tributo de la talla por otro generalmente más justamente distribuido. Pero en el plan de mejora agraria impuesto por Sully, fue rebajada la talla, principal impuesto del campesino. La cantidad global de recaudación fue exagerada desde el año 1639, en el que asciende de 36 millones de libras a 85, llegando a 117 millones en 1641.

Así nos explicamos que desde 1616 a 1630 mientras hubo una sola sublevación de campesinos, el año 1624 en la región de Quersy, hubo al menos 47 en las ciudades. Y uno de los principales motivos fue los impuestos.16

Nada en la vida de san Vicente durante estos años aclara que fuera la diferencia en el nivel de vida lo que le movió a misionar a los campesinos y excluir a los obreros. Su primera labor la hace en una ciudad siendo estudiante: Toulouse. Los tres grandes centros de su apostolado sacerdotal están en París, Clichy y Châtillon, aunque estas dos últimas fueran ciudades pequeñas. Y el 6 de diciembre de 1658 él mismo reconocía que pobres los había en las ciudades y en el campo (E. 496).

Lo único que puede afirmarse es que durante estos años, bien por su naturaleza, bien por su espiritualidad aún no clara, san Vicente está dominado por la caridad: limosnas siendo niño, visitas en París al hospital de Saint-Jean-Baptiste de la Charité, entrega a este hospital de 15.000 libras, Damas de la Caridad en pueblos y ciudades, ayuda a los mendigos de Macon, capellán general de los galeotes, etc.17

A pesar de ser un campesino no pensó fundar una congregación dedicada exclusivamente a ellos. Fueron las circunstancias quienes le determinaron. La Misión se dedicó a los campesinos porque san Vicente era capellán de los señores de Gondi y éstos eran señores de muchas tierras de campo. A ellas le empujó la señora de Gondi. De haber sido una familia de burgueses con talleres y manufacturas con abundantes obreros y san Vicente su capellán ¿habría fundado la Misión para los obreros?

Margarita de Gondi

Fue Margarita de Gondi quien le introdujo entre la pobre gente del campo. Tenemos varios documentos que lo confirman, especialmente tres: una repetición de oración del 25 de enero de 1655 (E. 123-6), una conferencia del 17 de mayo de 1658 (E. 419-21), y un extracto de conferencia que cita Abelly, 1. I, cap. VIII (E. 861-3). De estos documentos se deduce que:

  • En el campo había sacerdotes que desconocían hasta la fórmula de la absolución.
  • Algunos campesinos de las tierras de los señores de Gondi tenían vergüenza de confesarse con sus sacerdotes.
  • Por ello Margarita de Gondi procura que un sacerdote sabio y bueno les prepare para una confesión general.
  • Se lleva a cabo y el éxito es grande.
  • «Viendo el éxito, se pensó en los medios para misionar de tiempo en tiempo las tierras de dicha señora».
  • Ninguna congregación se compromete a hacerlo.
  • Entonces y sólo entonces «se decidió asociar a algunos sacerdotes buenos» para salvar a «sus (de dicha señora) pobres campesinos». San Vicente sería uno de ellos.
  • En 1625 se le unirán otros tres compañeros, dando, así, origen a la Congregación de la Misión.

Pero en 1617 san Vicente no pensaba dedicarse a ese apostolado. Según Coste, había presentado a Berulle sus remordimientos por el cargo de preceptor en casa de los Gondi. Berulle le envía de párroco a Châtillon-les-Dombes. Allí piensa permanecer hasta que muera. Por insistencia de Mme. de Gondi vuelve a su casa, pero ya no como preceptor, sino como capellán de toda su casa y de las «siete u ocho mil almas que están en mis tierras», le escribe ella (S.V.P., 111). Desde 1618 hasta 1625 misiona las tierras de los señores de Gondi, instituyendo al mismo tiempo las Damas de la Caridad: Villepreux, Montmirail, Joigny, Folleville…

Mme. De Gondi insiste machaconamente en que san Vicente funde una asociación de eclesiásticos para que misionen sus tierras. Ha depositado para ello 16.000 libras en su testamento. El buen capellán durante ocho años va sufriendo una maduración; su misión se le aclara. La vocación al pobre, que maduró entre los años 1613 y 1617, se concretiza en los pobres del campo. Al misionar las tierras de los Gondi ha quedado cautivado por sus gentes. Durante una misión en Montmirail y en Marchais (1621-1622) un protestante le arraiga más en el campo cuando le dice que en París hay diez mil sacerdotes «mientras en el campo los pobres se condenan en una ignorancia espantosa» (E. 899). Se retira a la soledad para reflexionar mejor; dos retiros en Soissons y en Valprofonde terminan por decidirle a aceptar la proposición de Francisca Margarita de Silly: hará la asociación de sacerdotes y misionará sus tierras. El contrato se firma el 17 de abril de 1625 entre Philippe-Emmanuel de Gondi y su esposa Françoise-Marguerite de Silly y su capellán Vincent Depaul.

El fin de esta asociación es «predicar y catequizar cada cinco años las tierras de dicho señor y señora… y asistir espiritualmente a los pobres forzados…, caridad que (el Sr. de Gondi) entiende se continúe a perpetuidad» (XIII, 201). Como se ve las circunstancias que determinan el origen y fin de la Congregación son las tierras de los Sres. de Gondi, por eso se pone también como fin el atender a los forzados, porque Felipe Manuel de Gondi era general de las galeras y lugarteniente general de los mares de Levante.

Sin embargo en la introducción de dicho contrato se da la idea de que el plan es algo más extenso que misionar las tierras de los Sres. de Gondi, pues se habla de «aquellos que viven en las ciudades de este reino», de «la pobre gente del campo» en general. Muerta Margarita de Gondi el 23 de junio de 1625, perdura el contrato; pero, en los documentos siguientes, se hablará del pobre pueblo del campo como fin de la Congregación, sean las tierras de quien sean. Así, el acta de aprobación del arzobispo de París, el acta de unión de los cuatro primeros misioneros, la bula de erección de la Congregación de la Misión (XVIII, 202-267).

El clero del campo

Mientras se extendían por los campos san Vicente se convenció de que los campesinos eran los pobres más necesitados espiritualmente; los que estaban peor preparados y hasta en peligro de condenación; es una idea continuamente repetida por él (E. 124, 420, 496, 863…). Y esta situación no es por falta de clero; el clero abundaba en la campiña. La carrera sacerdotal era un medio de medrar económica y socialmente. Era una de las «salidas» de los campesinos. San Vicente es uno de ellos y propone el mismo medio de enriquecerse para uno de sus sobrinos (carta a su madre del 17 de febrero de 1610) (I, 18-20). Cada familia procura tener un miembro eclesiástico como medio de mejorar de vida y de posición; generalmente estos eclesiásticos campesinos comienzan y muchos también acaban de vicarios en pueblos labradores. Puede verse el número de eclesiásticos en la primera mitad del siglo XVII leyendo las vidas y escritos de san Vicente, san Francisco de Sales, Camus, Olier, Bourdoise, etc., así como los trabajos actuales de Ferté, Sauzet, Broutin, Mireaux, Goubert, etc.18 Por no citar nada más que dos ejemplos, tenemos que la demarcación de Caen con 170 parroquias tiene 489 sacerdotes; pueblos de 3.000 habitantes, como Provins y Melun (en Brie), tienen 238 y 213 eclesiásticos respectivamente.

Pero entre el clero de las ciudades y el del campo existía una preparación tan desigual y una serie de circunstancias tan diversas que hacían el apostolado enteramente distinto en su eficacia. La mala formación en la mayoría del clero rural, su apostolado frecuentemente ineficaz y su misma vida a menudo escandalosa estaba patente a todos. Un hereje se lo echó en cara a san Vicente: «Se ve a los católicos del campo abandonados a pastores viciosos e ignorantes» (E. 498).

La solución era difícil ya que brotaba de la misma estructuración de la sociedad: las clases; y existía un sistema institucionalizado: la «propiedad» efectiva de los beneficios eclesiásticos por las familias nobles o burguesas. Consideraban el estado eclesiástico como una solución para no dividir el patrimonio, para colocar a los segundones en una posición desahogada. De ahí que muchísimas parroquias tenían el titular en las ciudades y muchos pueblos tenían por párroco a un niño, que puntualmente enviaba un agente a cobrar los frutos del beneficio.

La cura de almas era frecuente que la llevara el vicario. San Vicente mismo le puso en su parroquia de Clichy. En 1629 se subió la porción cóngrua de los vicarios a 300 libras, pero hasta esa fecha sólo tenían 120, algo menos de los que ganaba un obrero. Generalmente estaba determinado como 1/16 del beneficio.19 Sus ingresos eran débiles; para poder vivir tenía que pedir tasas hasta para confesar y dar la comunión; se dedicaba a trabajos ajenos a su ministerio. Su vida se asemejaba a la de cualquier campesino, se les unía en las revoluciones y hasta las capitaneaba.20

Según Coste, cuando llegó san Vicente a Châtillon encontró seis eclesiásticos, y su vida no tenía nada de sacerdotal (S.V.P., 93). En general tres defectos afectaban al clero rural: la ignorancia, la embriaguez y la impureza, y el obispo P. Camus dice en Le directeur spirituel désintéressé que «la ignorancia y la mala vida existen sin comparación mucho más entre el clero del campo que entre el de la ciudad».21

Son los defectos o vicios que hacen resaltar todos los obispos de la época. Cansa leer tanto sobre el mismo asunto: a Richelieu en 1614; a san Juan Eudes, cuando asegura que algunos sacerdotes hacían profesión de dedicarse a condenar las almas; a Bourdoise; a san Francisco de Sales en los sínodos de su diócesis. Lo peor es que los mismos sacerdotes no querían oír hablar de reforma. Descaradamente viven con mujeres en la misma casa conservando con ellos los hijos que han tenido; les hacen servir como clérigos en el altar, les casan y les dan dote.22 No es extraño que el concilio de Aix-en-Provence (1525) en un canon prohíba a los clérigos tener en su casa a los hijos ilegítimos.23

En la correspondencia de san Vicente aparecen infinidad de quejas como la que le dirigía un obispo: La pastoral en mi diócesis no tiene fruto «por el grande e inexplicable número de sacerdotes ignorantes y viciosos que componen mi clero, a los cuales no puedo corregir ni con palabras ni con ejemplos. Me causa horror el pensar que en mi diócesis hay casi siete mil sacerdotes borrachos o impúdicos que todos los días suben al altar sin pizca de vocación» (II, 428-9).

Este fue el motivo principal que le empujó a aceptar la proposición de la Sra. de Gondi, y para universalizar después la Congregación de la Misión. Así lo indicaba san Vicente en la conferencia del 6 de diciembre de 1658 (E. 496-7). Este era el motivo que él mismo ponía en Mme. de Gondi (E. 125). Y esta idea, en boca de un hereje, le hizo meditar mucho (E. 898).

Por ello se encarga no sólo de los Ordenandos y de las Conferencias de los martes, sino también de los Seminarios, como remedio permanente; y pone la instrucción de los clérigos como uno de los fines de la Misión (Reglas Comunes, 1) «a fin de lograr que los sacerdotes estén bien instruidos en las cosas necesarias a su condición, como es el saber decir la fórmula de la absolución, y las otras cosas absolutamente necesarias para el uso de los sacramentos de la Iglesia» (E. 126.)

Al final de su vida, cuando su espiritualidad evangélica está ya bien definida, añade otros motivos, como es la imitación de Cristo; por ejemplo las conferencias del 17 de mayo de 1658 (E. 413 s.) y del 6 de diciembre de 1685 (E. 495).

  1. La obra de Pierre Coste, Saint Vincent de Paul, correspondance, entretiens, documents, Paris, 1920-23, 14 volúmenes, se citará únicamente con el número del tomo en números romanos seguido de la página en caracteres árabes. Le grand saint grand siècle, Saint Vicent de Paul, Paris, 1931, 3 vol., se citará con la siete S.V.P. seguido del tomo en números romanos y de la página en árabes. La letra E. se refiere a A. Dodin, Entretiens spirituels de Saint Vincent, Paris, Editions du Seuil. 1960.
  2. Me. Claude de FERRIERE, Nouveau Commentaire sur la Coutume de la Prévoté et Vicomté de Paris, Paris, 1770, títulos I y II.
  3. Roland MOUSNIER, Los siglos XVI y XVII, Barcelona, 1958, pp. 171-73; en Historia general de las civilizaciones, vol. IV.
  4. Cfr. G. LEPOINTE, Dime, en «Dictionnaire de Droit Canonique«, t. IV, Paris, 1945, Col. 1231-45; M. MARION, Dictionnaire des Institutions de la France aux XVII et XVIII siécles, Paris, 1968, voca. Dime.
  5. La caution solidaire consistía en repartir la cantidad global de la talla entre todos los contribuyentes; cuantos menos son a pagar mayor cantidad paga cada contribuyente.
  6. B. PORCHNEV, Les soulévement populaires en France de 1623 á 1648, Paris S.E.V.E.N. 1963, p. 426.
  7. Huber MÉTHIVIER, L’ancien Régime, Paris (Que sais-je?), 1966, pp. 68 ss.
  8. B. PORCHNEV, O. C., p. 53.
  9. Aunque hay que saber entender estas bondades de infancia al estilo de las vidas piadosas del siglo XVII, no puede rechazarse enteramente como una invención de Abelly.
  10. Pierre GOUBERT, Cent mille provinciaux au XVII siécle, Beauvais et le beauvaisis de 1600 á 1730, Paris (Flammaríon), 1968, p. 292.
  11. G. FAGNIER, L’assistance publique et la charité féminine dans la premiére moitié du XVII’ siécle (Revue des questions historiques, juillet, 1924), p. 8.
  12. Muy interesante el artículo de Gastón ZELLER, Industrie en France avant Colbert («Revue d’histoire économique et sociale», 1950).
  13. P. GOUBERT, O. C., pp. 237-39.
  14. B. PORCHNEV, O. c., pp. 132-242, 445.
  15. Se conservan muchos decretos de los Parlamentos, cfr. G. FAGN1ER, O. C., p. 15.
  16. B. PORCHNEV, O. C., cap. II.
  17. No debe exagerarse el significado de la donación de 15.000 L. La donación la hacía otra persona; él fue un simple intermediario; por ello sacó acta notarial (XIII, 14-16).
  18. Cfr. Mlle. J. FERTÉ, La vie religieuse dans les campagnes parisiennes (1622-1695), Paris, Vrin, 1962; Robert SAUZET, Les visites pastorales dans la diocése de Chartres pendant la premiére moitié du XVII siécle (tesis defendida en 1970); Paul BROUTIN, La réforme pastoral en France au XVII siécle, Tournai, Desclée and Co., 2 vol., 1956; Emile MIREAUX, Une province française au temps du Grand Roi. La Vrie, Paris, Hachette, 1958.
  19. Jacques ELLUL, Histoire des Institutions, tome II, Paris, P.U.F. 1956, p. 505.
  20. B. PORCHNEV, o. c., p. 62.
  21. Citado por G. FAGNIEZ, La Renaissance catholique et la dévotion féminine dans la premiére moitie da XVII siécle (En «Revue des questions historiques», 1924, p. 308.
  22. Paul BROUTIN, O. C., vol I, p. 31.
  23. Paul BROUTIN, O. C., VOL II, p. 12. Interesante la obra de Jean ORCIBAL, Jean Du vergier de Hauranne, abbé de Saint-Cyran et son temps, Paris 1947.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *