Mi Evangelio… viva la Sencillez

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Richard McCullen, C.M. · Traductor: Alfredo Herrera Nogal, C.M.. · Año publicación original: 2005 · Fuente: Vincentiana, Julio - Diciembre de 2005.

SV XI, 606; ES XI, 546.


Tiempo de lectura estimado:

Introducción

1. Hace unos años se publicó un libro titulado «El libro de los Santos» en el periódico «Times». Se hizo una selección de más de 300 santos y el editor hizo un pequeño resumen de la vida y obras de cada santo. Una distintiva del volumen es la presentación de un resu­men de los escritos de cada santo, si tales escritos existen. San Vi­cente tiene su puesto en el volumen y con cierta avidez leí las dos páginas dedicadas a nuestro Fundador, curioso por conocer qué pasaje había seleccionado entre los escritos de San Vicente. Segura­mente sería un resumen de una de las conferencias conmovedoras dirigidas a la comunidad de San Lázaro o a sus queridas Hijas de la Caridad sobre la urgencia de la evangelización y la importancia del servicio a los pobres. Esto es lo que leí con mucha sorpresa:

«Nuestro Señor Jesucristo nos pide la sencillez de la paloma, que consiste en decir las cosas llanamente como están en nuestro corazón, sin elucubraciones inútiles, y en hacer todo con la mira puesta en Dios solo, sin engaño ni artificio. Por eso nos esforzaremos por hacer todo en ese espíritu de senci­llez, sabiendo que Dios gusta de hablar con los sencillos, y que oculta los misterios celestiales a los sabios y prudentes de este mundo, mientras que los revela a los humildes.

Pero Cristo, aunque nos recomienda la sencillez de la paloma, nos manda tener también la prudencia de la serpiente. Esta virtud nos lleva a hablar y obrar con discreción. Por ello calla­remos prudentemente lo que no conviene que se sepa, sobre todo si se trata de algo que es de por sí malo o ilícito. Incluso de lo que es bueno y lícito silenciaremos los aspectos que van en contra del honor de Dios, o que pueden hacer daño al pró­jimo, o bien que puedan inclinar nuestro corazón a la vana­gloria.

Esta virtud nos ayuda en el momento de obrar a elegir bien los medios adecuados para conseguir un fin. Por eso, para noso­tros será siempre una cosa sagrada el usar medios divinos para las cosas de Dios, y el sentir en todo según el sentido y el pensar de Cristo, y nunca jamás según el sentir del mundo, ni según los raciocinios frágiles de nuestro entendimiento. Así seremos prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas».1

2. La elección de este tema como ilustrativo de la vida y misión de San Vicente es interesante. Está desde luego, tomado de las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión que San Vicente hizo imprimir en 1658, dos años antes de su muerte. La elección, hecha por este editor — Bert Ghezzi, un seglar — es particularmente nota­ble. Parecería que él se dio cuenta de que la estima y fervor por la virtud de la sencillez evangélica y la prudencia era el secreto del flo­recimiento y crecimiento de ese gran y extenso bosque de obras que, como Daniel Rops hace notar, esconde al hombre Vicente de Paúl como en una niebla. Según Bert Ghezzi el secreto de la fecundidad de la vida de Vicente de Paúl está arraigada en esa virtud que el Santo mismo describe como mi evangelio. Dios me ha dado tan gran estima de la sencillez que yo la llamo «mi evangelio».2

3. Una de las primeras referencias que San Vicente hace a la virtud de la sencillez está en las Reglas hechas para la Confraternidad de Caridad en noviembre-diciembre de 1617. Leemos que los miembros «tienen que esforzarse en practicar la humildad, la sencillez y la cari­dad, cada una atendiendo a su compañera y a las otras, cumpliendo todas sus actividades por la intención caritativa de las personas que son pobres y sin miramiento humano».3

Esa sencilla referencia a las tres virtudes de la humildad, senci­llez y caridad es como el primer arroyo de un río en el campo, un río que, con el paso de los años, se haría ancho, largo y profundo en la mente y corazón de San Vicente. La trinidad de virtudes, sencillez, humildad y caridad, son a las que el Santo hace más referencias en sus conferencias a las Hijas de la Caridad, mientras que a la sencillez él da primacía de lugar en las reglas para las Hijas de la Caridad y para los miembros de la Congregación de la Misión.

La roca de la que fuisteis labrados…

4. El joven Vicente no bebió la sencillez con la leche de su madre. Realmente siendo Gascón, pronto hubiera aprendido que una buena medida de astucia acompañada de sagacidad era necesaria si no pre­tendía aumentar sus valores en la sociedad. Una carta posterior de San Vicente alude a este rasgo de los gascones autoctones. Cuando aun era miembro de su comunidad, Firmin Get, había conseguido de San Vicente algunos detalles bastante importantes acerca de un asunto financiero, el Santo le lanzó la siguiente reprimenda:

«Le confieso, padre, que me he quedado sorprendido por ello, porque era algo que no ocurría desde hacía tiempo. Si Usted fuera gascón o normando, no me parecería extraño; pero que un picardo y una persona de las más sinceras que conozco en la Compañía me haya ocultado esto, es algo que no puedo imaginar, lo mismo que no se me ocurre la manera de pagar todo esto».4

Un rasgo de origen Gascón aparece otra vez cuando dentro de dos semanas después de la muerte del Santo, el Sr. Gicquel, quien observó a San Vicente de cerca en los días finales de su muerte, anota en su diario que San Vicente, al dar instrucciones al Padre Dehorgny sobre cómo debería comunicar la noticia del nombramiento de la Señorita Le Gras, comentó:

«Padre Dehorny, reúnalas usted, y después de la Conferencia, anúncieles la elección que Dios ha hecho de la (Margarita Ché­tif) como superiora, diciéndoles luego que todas le besarán la mano en señal de acatamiento y ella las abrazará; observe usted un poco la cara y la actitud de la comunidad y sobre todo las de las dos o tres que eran antes las encargadas y que quizás pensaban en serlo».5

5. El Señor Vicente no era — citando a Isaías — quien olvidaría la roca de donde fuisteis esculpidos.6 Las Hijas de la Caridad fueron las beneficiarias de su reflexión sobre las virtudes que él vio «el espíritu de las verdaderas aldeanas es sumamente sencillo: nada de finuras, nada de palabras de doble sentido; no son obstinadas ni apegadas a su manera de pensar; porque la sen­cillez las hace creer simplemente lo que se les dice. De esta forma, hijas mías, tienen que ser también las Hijas de la Cari­dad; en esto conoceréis que lo sois de verdad, si todas sois sen­cillas, si no sois obstinadas en vuestras opiniones, sino sumi­sas a las demás, cándidas en vuestras palabras, y si vuestros corazones no piensan en una cosa mientras que vuestras bocas dicen otra. Mis queridas hermanas, quiero creer esto de vosotras ¡Bendito seas Dios! ¡Bendito sea Dios, hijas mías!».7

La Ciudad y la Corte

6. Por caminos tortuosos Vicente, el recién ordenado sacerdote, después de salir de las tierras lánguidas de Las Landas, ocasional­mente se situó en el mundo sofisticado de París. Aquellos primeros diez años de su sacerdocio, decidido como él estaba a labrarse un nicho en el mundo eclesiástico asegurando un beneficio pingüe y hasta un nombramiento episcopal, habían terminado en fracaso.8 Disimulando, poco a poco fue haciendo el descubrimiento que que­daría reflejado en frases de la regla que él escribiría 50 años más tarde. La sabiduría puramente humana sirve de poco en el terreno de principios espirituales. Realmente, la prudencia humana puede resul­tar contraproducente para conseguir ese fruto auténtico que el Señor de la viña nos garantiza que cosecharemos.9 El joven sacerdote Vicente podría haber hecho ese descubrimiento después de que muchos agentes humanos en los que había puesto sus esperanzas habían fallado en conseguir el ascenso eclesiástico con que soñaba. Hay una profunda convicción en una frase como esta escrita dos años antes de su muerte:

«Ante todo, cada uno de nosotros se esforzará por convencerse de esta verdad: que la enseñanza de Cristo no puede engañar nunca, mientras que la del mundo es siempre falaz… Por eso la Congregación profesará el obrar siempre según las enseñan­zas de Cristo, nunca las enseñanzas del mundo».10

Los principios de la sabiduría mundana le fallaron a San Vi­cente, y sería en París, a través de sus contactos con una constelación de lumbreras espirituales y teológicas por las que llegará poco a poco al convencimiento de que «la de Cristo nunca nos fallará».

7. Los ocho años que separan la primera llegada del Señor Vicente a París y el año de la Misión de Folleville le habían llevado a un mundo en el que vio la sabiduría humana desplegada en la Corte de la Reina Margarita. En ese tiempo comenzaba a respirar un aire puro en el monte del Señor donde había sido conducido por Berulle y Duval. Llegaban impulsos purificadores en busca de actividad. Son los limpios de corazón los que ven a Dios.11Con pureza de corazón la visión de Vicente se estaba definiendo para ver la presencia del Cristo crucificado y resucitado en cientos de miles de lugares, mara­villosos a los ojos y bellos en miembros no suyos,12 para ver a Cristo particularmente donde uno no podría esperar encontrarle en las mentes humanas y los cuerpos que la pobreza y el sufrimiento habían roto y distorsionado.

… y la Iglesia…

8. Fue en la subida al monte del Señor en la segunda década del siglo XVII cuando San Vicente encontró un obispo a quien él reco­nocería y aseguraría tener una profunda y duradera influencia en su vida. Se encuentran más de 150 referencias a San Francisco de Sales repartidas como semilla por toda la correspondencia y conferencias de San Vicente. A juzgar por la calurosa aceptación de sus referen­cias a las máximas del dulce obispo de Ginebra, San Vicente tenía como un modelo espiritual. En años posteriores, cuando el recuerdo de San Francisco de Sales cruzaba su mente, le agradaba llamarle Nuestro Bendito Padre. Las dos obras de San Francisco de Sales, Un Tratado Sobre el Amor de Dios y La Introducción a la Vida Devota abrían sido familiares a San Vicente, la última obra era con frecuen­cia comentada por él como lectura espiritual.

9. La importancia de la virtud de la sencillez era aceptada por auto­ridades sobre la vida espiritual del siglo XVII en Francia. San Fran­cisco de Sales en su correspondencia hace referencia a una obra anónima Flamenca titulada «La Perla evangélica», que influyó mucho a Benito de Canfield y Francisco de Sales.13 Aunque no encontrada en la edición Annecy de las obras de San Francisco de Sales (y por lo tanto no asequible a San Vicente) San Francisco de Sales escribió:

Para entender lo que es la sencillez, es necesario conocer que hay tres virtudes que son tan parecidas una a otra que parece que no hay diferencia entre ellas, a saber: verdad, pureza y sen­cillez. La verdad nos hace parecer exteriormente lo que somos interiormente, la pureza no acepta ningún pecado por pequeño que sea, o ninguna impureza de intención que no sea para glo­ria de Dios, pero la sencillez sobrepasa estas virtudes ya que sólo tiene un simple amor de Dios.14

10. Aunque habían pasado cuatro décadas, ecos claros de estas observaciones de Nuestro Bendito Padre se debieron oír cuando, en 1659, San Vicente se dirigía a su comunidad:

«Sé muy bien que la sencillez equivale a la verdad,oalapu­reza de intención: a la verdad, en cuanto que hace que nuestro pensamiento sea conforme con las palabras y con la intención, en cuanto que hace que todos nuestros actos de virtud tiendan rectamente hacia Dios. Pero, cuando se toma a la sencillez por la virtud especial y propiamente dicha, comprende no sólo la pureza y la verdad, sino también esa propiedad que tiene que apartar de nuestras palabras y acciones toda falsía, dobles y astucia» 16.15

11. Conforme San Vicente continuaba escalando más alto el monte del Señor, y respiraba aire puro, su visión del dios de los dioses en Sión estaba más enfocada y penetrante. Santo Tomás de Aquino pre­dicaba de la virtud de la humildad su poder para dar acceso libre a los bienes espirituales y divinos.16 San Vicente fue iluminado por la gracia para ver que por la práctica de la sencillez el Señor daba acceso ilimitado a los corazones de los pequeños, mientras al mismo tiempo desvelaba algunos de los profundos misterios de Dios. La ora­ción corta de alabanza que Jesús ofrecía al Señor de los cielos y la tierra para revelar las cosas ocultas a los pequeños era con frecuencia citada por San Vicente en sus conferencias y direcciones a los corres­pondientes individuos.17

La virtud que amo más…

12. La virtud de la sencillez llegó a ser la que San Vicente llamaba, mi evangelio.18

«La sencillez… es la virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi conducta, según creo; y, si me es permi­tido decirlo, diría que en ella he realizado algunos progresos, por la misericordia de Dios».19

Esta confesión de labios de San Vicente, que era muy reservado sobre sus experiencias espirituales, debía tener mucho peso y ser considerada como clave especial para la interpretación de su vida monumental. De observaciones posteriores hechas por el Santo acerca del alto lugar que la sencillez ocupa en la jerarquía de virtudes que el propuso a sus dos comunidades, (y las referencias son múlti­ples)20 se podría hacer una pregunta. ¿Era su fuerte convencimiento sobre la sencillez evangélica nacida solamente de su experiencia de la eficacia de la virtud para conseguir resultados prácticos en el minis­terio de evangelizar y servir al pobre?

13. Se debe decir que el punto de partida de San Vicente para pre­sentar la sencillez como una de las facultades del alma de la Congre­gación de la Misión estaba basada no en mero pragmatismo sino sobre fundamentos teológicos.21 Repetidamente el Santo se refiere a esta verdad que Dios gusta comunicarse con los sencillos.22 En la conferencia que dio a su propia comunidad sobre las virtudes de la sencillez y la prudencia, después de citar pasajes importantes de las Escrituras, recuerda la virtud teologal que Dios es simple.

«Dios es un ser simple, sencillo, que no recibe nada de ningún otro ser, una esencia soberana e infinita que no admite que entre nada en composición con ella; es un ser puro, que no sufre nunca alteración alguna. Pues bien, esta virtud del Crea­dor se encuentra en algunas criaturas por comunicación y está en ellas de la forma que indica nuestra regla».23

14. La auténtica sencillez prepara la comunicación directa con Dios. Ayuda al progreso en la fe que es una participación creada en el conocimiento que Dios tiene de sí mismo. La fe da una visión limi­tada, hasta que la perfecta llegue en la visión directa de Dios.24 ¿Fue la práctica de la sencillez la que permitió a San Vicente hacerse más fuerte en su fe, para ver con los ojos de Cristo, para juzgar a las per­sonas y a los sucesos con la mente de Cristo?.25 San Vicente recibió el carisma de ver los rasgos de la persona de Jesucristo en los cuerpos rotos y las mentes agitadas de los pobres. La pureza de corazón y la pureza de intención son las partes constitutivas de la virtud de la sencillez. El escritor francés Georges Bernanos, tiene el derecho de esta observación: «Pide una cosa que necesitas una estrella y un cora­zón puro». La estrella para San Vicente era la persona viviente de Jesucristo. El ganarse un corazón puro fue conseguido con la ora­ción, examen diario de consciencia (como distinción de conciencia) y las transfusiones de sangre de Cristo Resucitado en los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación.

«En todas las obras que hagamos, y sobre todo en la predica­ción y demás ministerios de la Congregación, no debe mover­nos más que la pura intención de agradar a Dios».26

Como los ojos de los siervos… así están también nuestros ojos…

15. La sencillez presupone una conciencia de la presencia de Dios. Ser sencillo es dirigir nuestras intenciones con la mira puesta en Dios.27 Una práctica que San Vicente aconsejaba con frecuencia, en particular cuando se dirigía a las Hijas de la Caridad, era recordar la presencia de Dios. Al enseñar a las Hermanas cómo rezar él indicaba que al principio de la oración es importante recordar la presencia de Dios y eso para algunas hermanas puede ser difícil, y hasta puede causar dolores de cabeza.28 Así que propone otros cuatro medios para facilitar centrar la mente y el corazón en la presencia de Dios vivo. Está claro que el desarrollo de la conciencia de la presencia de Dios, aun fuera de las horas de la oración formal, hacía el servicio al pobre más fácil y más individual. Este es el motivo de tantas referencias a esta práctica en las Conferencias dadas a las Hijas de la Caridad.

«Nuestra hermana nos habla de un medio para amar a Dios, que es casi infalible; nos dice que es caminar siempre en su presencia; y es verdad; cuando más se contempla un bien per­fecto, más se le ama. Pues bien, si nos imaginamos que tene­mos con frecuencia ante nuestros ojos a Dios, que es la belleza y la perfección misma, indudablemente, más lo miremos, más lo amaremos».29

¿Qué imagen de Dios?

16. Es interesante que San Vicente recuerde aquí al Dios de la belleza, añadiendo que cuanto más le miramos más le amaremos. Si uno vive en la presencia de Dios y dirige sus actividades de pensa­miento, palabra y acción hacia Dios, ¿qué imagen de Dios debe ser querida? Un Dios de belleza, un Dios de amor, es la sugerencia de San Vicente en esa particular conferencia. La imagen de Dios como amo severo, empeñado en inculcar miedo servil, no favorecerá el pro­greso en la sencillez. El reconocido experto escriturista alemán, Joa­quín Jeremías, publicó en los años 1960 un pequeño trabajo titulado «El Mensaje Central del Nuevo Testamento» en el que resaltaba la paternidad de Dios como centro en la revelación de Jesucristo. Llegar a ser un verdadero hijo de nuestro amante Padre es una condición indispensable para entrar en el Reino de los Cielos.30 El apóstol Felipe, en un tiempo curioso y fascinado por las frecuentes referen­cias que Nuestro Señor hacía a su Padre, pidió a Jesús que les mos­trara al Padre.31 La respuesta, Felipe quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Cómo puedes tu decir, «Muéstranos al Padre». Solo un corto tiempo antes Felipe habría visto a Nuestro Señor de rodillas ante él cuando empezó a lavar sus pies. Por eso nuestro Dios es un Dios que se pone un delantal, se arrodilla y lava los pies. El Dios de Jesucristo es un Dios que se vacía, un Dios servidor. Él es sobre todo el Dios de San Vicente Paúl. Bondad para Vicente no era meramente algo qué hacer sino Alguien a quien amar. Su Dios era un Dios sirviente, un Dios amante, y este Dios había manifestado enfáticamente que la grandeza sale de dentro, que el valor de la acciones reside en la in­tención.32

Por lo tanto el ofrecimiento realmente aceptable de purifica­ción del alma es que eso no es un templo hecho por mano del hombre, sino en el templo del corazón, donde Cristo el Señor está contento para entrar.33

¿Por qué tenéis miedo?

17. El miedo debe ser considerado como uno de los obstáculos para el crecimiento de la virtud de la sencillez. Una monja contemplativa inglesa de hoy ha indicado que la mayoría de los hombres y mujeres gastan sus vidas huyendo por miedo o, expresarlo más dramática­mente, pero sin ser menos real, por sentirse sin importancia.34 El miedo que nace del respeto humano o de un excesivo espíritu de competitividad puede lanzarnos a formas no auténticas de actuar y de hablar. San Vicente había visto mucho de esto en los círculos de la Corte Real y en la vida aristócrata de la sociedad en la que él entró después de su llegada a París.

«Todos los actos de esa virtud consisten en decir las cosas sen­cillamente, sin doblez ni artificio… Hemos de evitar parecer cautelosos, taimados, astutos y sobre todo no decir nunca una palabra en dos sentidos».35

Cuando en Agosto de 1659 San Vicente decía estas palabras, uno se pregunta si él recordaba su experiencia de trabajar con los Carde­nales Richelieu y Mazarino, que no sólo conocían bien la teoría del Maquiavelismo sino que lo practicaban, y se presentaban ante San Vicente como taimados, astutos y marrulleros.36

18. En el reino de las reservas mentales es en donde todos los deba­tes humanos se encuentran, señaló Paul Valery,37 y donde pocos han estado tan al tanto como San Vicente de esa verdad. No solamente en los círculos de la Corte o entre los políticos de sus días, sino también en el mundo de los eclesiásticos donde había observado la tapadera que con frecuencia ocultaba el pensamiento callado. Ni tampoco era el púlpito una zona libre de artificio. El desfile de una pompa de sabi­duría clásica con frecuencia era substituido por la palabra de Dios y una simple catequesis básica. La ovejas hambrientas buscan y no encuentran pastos.38 San Vicente conocía bien el artificio de mucha predicación en su tiempo. El antídoto que él vigorosamente proponía a sus misioneros era la sencillez en pensamiento y expresión.

«Debemos practicar la sencillez, como primera y muy propia virtud que es de los misioneros, siempre y en todas partes, pero con un cuidado especial en las misiones, sobre todo cuando anunciamos a los campesinos la palabra de Dios, pues por ser sencillos debe ser también sencilla nuestra predicación… Evi­taremos con horror toda manera de hablar untuosa y afectada, así como el exponer en la cátedra de la verdad conceptos raros o demasiados exquisitos, o sutilezas inútiles».39

Podando nuestras viñas…

19. Parecido al Río Nilo que, fluyendo entre sus presas, consigue regar cientos de hectáreas, haciéndolas fértiles, para que la virtud de la sencillez florezca en variedad de formas.40 Más que una actitud, la sencillez es un espíritu que presupone un conjunto de virtudes. En la sencillez auténtica uno encontrará humildad, sinceridad, verdad y modestia. Una constelación de tales virtudes generarán cierta espon­taneidad para acercarse a otras que facilitan mayor apertura en ellos. Uno piensa en el Bienaventurado Papa Juan XXIII y su indefensa sencillez que ponía a la gente relajada en su presencia. En su Diario de un Alma escribía:

«Cuanto más aumentan mis años y mi experiencia más reco­nozco que el camino más seguro de hacerme santo se encuen­tra en el esfuerzo constante de disminuir todo, los principios, los propósitos, las posiciones, los negocios, hasta la mayor sencillez y tranquilidad; tengo que cuidad siempre de podar mis viñas de todo inútil follaje y zarzas, y concentrarme en lo que verdad, justicia y caridad, sobre todo caridad».41

20. En una edad de consumismo la sencillez de estilo de vida, moti­vada por el Evangelio de Jesucristo, puede ser obligatoria y profética. El mundo moderno, con toda su complejidad y tecnología, parece experimentar una sed de sencillez en palabra, estilo de vida y en acción. Tal sencillez de estilo de vida es silenciosamente elocuente de toda autosuficiencia de confianza en Dios que viste a los lirios del campo, da comida a los pájaros del aire y consejo a los humanos para que no estén ansiosos por el mañana.42 Tal sencillez cuando se vive auténticamente puede irradiar una serenidad que es una terapia curativa para el pobre.

La madre y el molde todas las virtudes morales

La virtud de la sencillez evangélica está indisolublemente unida en el pensamiento de San Vicente con la virtud de la prudencia. Él ve el matrimonio de la sencillez y la prudencia como bendecida por Jesucristo que quería a sus discípulos sabios como las serpientes y sencillos como palomas.43 Si viviera en este mundo actual, Él notaría la popularidad del actual culto de transparencia que florece (o con frecuencia no) en el mundo de los negocios, política, administración y responsabilidad. El culto puede haber nacido como reacción a una adopción general de tácticas de hipocresía y encubrimiento en la cul­tura de hoy. El apoyo de San Vicente a esta transparencia no sería un apoyo total a lo que es conocido hoy en algunos países como «correc­ción política». Él indicaría, también, que en la cultura Occidental prevalece actualmente una falta de compasión en llegar a la verdad exponiendo lo que es acorde con el mandato supremo de «hablar la verdad en el amor».44 De aquí procede la necesidad de la virtud de la prudencia que según Aquino, es el molde y la madre de todas las vir­tudes morales, mientras que la Caridad es el molde y la madre de la prudencia misma.45

21. Que San Vicente conocía bien la doctrina de Aquino sobre la vir­tud de la prudencia es evidente por una pequeña frase que cita en el párrafo dedicado a la prudencia en las Reglas Comunes para los misioneros.

«Esta virtud — escribe San Vicente — nos ayuda en el mo­mento de obrar a elegir bien los medios adecuados para con­seguir un fin».46

Esto es un claro eco de la recta ratio agibilium (la recta razón de hacer) que Santo Tomás une a la virtud de la prudencia.47 Inmedia­tamente San Vicente eleva esta pregunta a un nivel sobrenatural como él continúa:

«Por eso para nosotros será siempre una cosa sagrada… el sen­tir en todo según el sentido y el pensar de Cristo, y nunca jamás según el sentir del mundo, ni según los raciocinios frá­giles de nuestro entendimiento».48

22. Está claro que San Vicente está escribiendo aquí sobre la pru­dencia sobrenatural, y en el sentido que hace Josef Pieper en este profundo razonamiento.

«El más alto y más fructuoso logro de la vida cristiana depen­de de la feliz colaboración de la prudencia y la caridad. Cari­dad, siendo participación por la gracia en la vida del Dios, Uno y Trino, es en esencia un don definitivamente más allá del poder de la voluntad del hombre para dar… El amor divino conferido por gracia, forma desde los pies a la cabeza y desde el corazón a las extremidades, desde la más simple acción cris­tiana hasta la más meritoria, sin distinguir características… En proporción al crecimiento de la virtud teologal del amor se desarrollan en el hombre, que ha recibido la gracia de los siete dones del espíritu; en la misma proporción la prudencia hu­mana recibe, más tangible y más audible, la ayuda del ‘don de consejo’, ‘donum consilii’. El don de consejo corresponde a la prudencia, ayudándola y perfeccionándola».49

Dos hermanas buenas e inseparables

23. En la conferencia sobre la sencillez y prudencia dada el 14 de marzo de 1659, San Vicente trata sobre la virtud de la sencillez antes de tratar sobre la prudencia. Cuando en la segunda mitad de la con­ferencia vuelve a la virtud de la prudencia, hay resonancias claras de Santo Tomás de Aquino en su tratado de esa virtud, pero están ador­nadas con las ideas propias de San Vicente y con sus consideraciones hacia el grupo de sacerdotes y hermanos a quienes estaba hablan­do.50 Al llegar a este punto dice que no hay diferencia entre las dos virtudes.

«La prudencia y la sencillez tienen el mismo fin, que consiste en hablar bien y obrar bien, y ninguna de ellas puede existir sin la otra. Sin embargo, sé que puede advertirse cierta diferen­cia entre ellas por distinción de razón; pero en realidad, no tie­nen más que la misma substancia y el mismo objeto… ¡Son dos buenas hermanas inseparables».51

Por toda la Conferencia uno encuentra un movimiento como de un péndulo entre lo que la prudencia natural sugiere y lo que la pru­dencia que está cerrada totalmente con el ágape de Dios. «Hemos de tener como regla inviolable la de juzgar todo como ha juzgado nuestro Señor; repito, juzgar siempre y en todas las cosas como él, preguntán­donos cuando se presente la ocasión: ‘¿Cómo juzgaba esto nuestro Señor? ¿Cómo se comportaba en un caso semejante?’ «.52 Los ejemplos están tomados del evangelio para ilustrar la virtud de la prudencia: la respuesta del Señor sobre la pregunta del tributo al Cesar y la res­puesta dada a los acusadores de la mujer sorprendida en el acto de adulterio.

25. Mientras que San Vicente considera que la sencillez y la pruden­cia no pueden separarse.53 Él trata de la sencillez más extensamente en sus conferencias y correspondencia. Esto sucede particularmente cuando se dirige a las Hijas de la Caridad. Cuando habla a las Hijas de la Caridad sobre la sencillez, invariablemente dice que la virtud de la prudencia es un complemento de la virtud de la sencillez. En el capítulo final de las Reglas Comunes que se podría considerar como el testamento en el que la Congregación recibe sus líneas definitivas,

San Vicente vuelve una vez más a la virtud de la sencillez, como para subrayar más su importancia. Él propone este principio.

«Debemos practicar la sencillez, como primera y muy propia virtud que es de los misioneros siempre y en todas partes, pero con un cuidado especial en las misiones, sobre todo cuando anunciamos a los campesinos la palabra de Dios, pues por ellos sencillos debe ser también sencilla nuestra predicación».54

Lo que él anuncia en el resto de este párrafo sobre la claridad de exposición debería estar totalmente apoyado por toda escuela de medios de comunicación modernos o por un profesional en el arte de relaciones públicas. Quizás, la única diferencia sería San Vicente representando a Cristo, el Señor, como modelo supremo de toda buena comunicación.

Dos Siglos Después…

26. Casi dos siglos después de la muerte de San Vicente, el filósofo cristiano danés, Sören Kierkegaard, publicó un libro titulado «Pureza de Corazón es querer una cosa» 56. El trabajo se ha hecho clásico. Su título hubiera llamado la atención de San Vicente que pensó tanto sobre la pureza de corazón y de intención en todo lo que uno hace, piensa y dice. Además, el trabajo le hubiera interesado mucho por razón de que una consecuencia del amor puro es llegar al amor de Dios por medio de Jesucristo, un distintivo cardinal de la espirituali­dad de San Vicente y el cúlmen de toda santidad.

27. En su introducción a la traducción inglesa del trabajo de Kierke­gaard, Douglas Steere alude a otro trabajo corto de Kierkegaard, titu­lado, La Diferencia entre un Genio y un Apóstol. Resumiendo el pensamiento de Kierkegaard, Douglas Steere escribe:

El apóstol puede ser un hombre ordinario, un pescador, un hombre con talento por naturaleza o puede tener diez talentos, aunque todo lo que tiene lo tiene dedicado al servicio del Eterno y como tal es elevado al cielo. El genio habla con brillo y gracia. El apóstol habla con autoridad. El camino del genio es un camino cerrado a todos menos unos pocos. El camino del apóstol es un camino abierto a todos como individuos aún al genio mismo si el puede perdonar las satisfacciones absor­bentes de una brillante autosuficiencia y estar preparado a querer una cosa.

Ha sido una gloriosa distinción de San Vicente que con la que él mismo probó ser un genio y un apóstol. Al gran Santo del gran siglo le damos la última palabra:

«Pues bien, si hay una comunidad que ha de hacer profesión de sencillez, es la nuestra; porque fijaos bien, hermanos míos, la doblez es la peste del misionero; la doblez le quita su espí­ritu; el veneno y la ponzoña de la Misión, es no ser sincera y sencilla a los ojos de Dios y de los hombres».55

  1. Reglas Comunes de la Congregación de la Misión: Capítulo II, no. 4-5.
  2. SV IX, 606; ES IX, 546; Edición Inglesa, 9, 476.
  3. SV XIII, 435; ES X, 584; Edición Inglesa 13b, 19.
  4. 5 SV V, 199; ES V, 181.
  5. SV XIII, 180-181; ES X, 223; Edición Inglesa 13a, 196-197. Ver tam­bién, T. DAVITT en Colloque 5:16.
  6. Isaías 51,1.
  7. SV IX, 81; ES IX, 92; Edición Inglesa 9, 67-68.
  8. J.M. ROMÁN, San Vicente de Paúl. I. Biografía, BAC, BAC, 1982, pp. 61-93; Vincent de Paul: A biography, pp. 55-89, edición Inglesa.
  9. Jn 15,16.
  10. RC II, 1
  11. Mt 5,8.
  12. G.M. HOPKINS en «As Kingfishers catch fire».
  13. MICHEL DUPUY,en Diccionario de Espiritualidad, Volumen 12, parte 2, col. 1159-1169.
  14. Ibid., Volumen 14, col. 914, «Sermón para la fiesta de San Juan puerta latina», en Obras Completas, París 1821, t. 2, p. 181.
  15. SV XII, 172; ES XI, 462.
  16. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologica II-IIa, sección 161,5y4.
  17. Mt. 11,25.
  18. SV IX, 606; ES IX, 546; Edición inglesa, 9, 476.
  19. SV I, 284; ES I, 310; Edición Inglesa 1, 265.
  20. Ver, por ejemplo, ROBERT MALONEY, El Camino de Vicente de Paúl, CEME, Salamanca 1993, p. 39.
  21. Gracias al P. Bernard Koch, C.M., por llamar mi atención en este punto y otras precisiones, y al P. Myles Readen, C.M., por la lectura de las pruebas y por un buen número de valiosas sugerencias.
  22. SV II, 341; ES II, 282; SV XII, 170 y 302; ES XI, 461 y 586.
  23. SV XII, 172; cf. 299; ES XI, 463. Ver también DODIN, Entretiens, p. 915 citando a Abelly: «Dios es muy sencillo. Más bien, Dios es la sencillez misma. Donde hay sencillez, allí se encuentra Dios».
  24. Cf. 1 Cor 13,12.
  25. Cf. RC II, 5.
  26. RC XII, 2.
  27. RC II, 4.
  28. SV X, 457; ES IX, 1013.
  29. SV IX, 471; ES IX, 429; Edición Inglesa 9, 370.
  30. Mt 18,3.
  31. Jn 14,8-9.
  32. Mt 6,4, 6, 18.
  33. San Lorenzo Justiniano, citado en el Oficio de lectura de la Memoria del Inmaculado Corazón de María.
  34. RUTH BURROWS, O.D.C., en Líneas para la Oración Mística, p. 84.
  35. SV XIII, 302-303; ES XI, 586.
  36. En una conferencia pronunciada en Roma en noviembre de 2004, el P. Timothy Radcliffe, O.P., habló sobre una «crisis de veracidad en la sociedad occidental. Algunas semanas antes, Radcliffe dijo que un estudio británico encontró que el 67% del público no confía tener toda la verdad de los miem­bros del Parlamento, y que el 70% esperan tener mentiras de los ministros de gobierno. Sólo los grupos profesionales que la pasaron peor fueron los agen­tes de bienes reales y los periodistas. El P. Radcliffe irónicamente comentó «Gracias a Dios, ellos no preguntaron acerca del clero».
  37. Cita textual de F. VARILLON en L’Humilité de Dieu, p. 96.
  38. JOHN MILTON en Lycidas.
  39. RC XII, 5.
  40. T.S. ELIOT en su poema, Four Quarters Little Gidding, escribe sobre «una condición de total sencillez (costando no menos que todo)».
  41. Diario de un alma, Retiro 1984 (53).
  42. Cf. Mt 6,25-27.34.
  43. Mt 10,16.
  44. Ef 4,15.
  45. SANTO TOMAS, op. cit. I, quaest disput 14,5y11.
  46. RC II, 5.
  47. JOSEF PIEPER, The Four Cardinal Virtues, Notrê Dame Press, 1960, p. 29.
  48. RC II, 5.
  49. JOSEF PIEPER, op. cit., 37-39; cf. SANTO TOMAS, op. cit. II-II, 52, 2.
  50. La sencillez, como la presenta San Vicente tiene relación con la verdad en el tratado de las virtudes morales de San Vicente. La sencillez es una faceta de la verdad que a su vez se relaciona con la justicia. Sencillez completa la verdad en cuanto conecta con la recta intención, que excluye toda doblez.
  51. SV XII, 176; ES XI, 466.
  52. SV XII, 178; ES XI, 468.
  53. SV XII, 184; ES XI, 473.
  54. RC XII, 5. 56 Traducción inglesa de Douglas V. Steere, publicado por Harper, 1938.
  55. SV XII, 303; ES XI, 587.

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