Luisa de Marillac: Mujer, discípula, colaboradora, formadora, fundadora, madre

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Corpus Delgado, cm · Año publicación original: 2014 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

Louise 112En julio de 1660 san Vicente de Paúl, en una conferencia a las Hermanas sobre las virtudes de la Señorita Le Gras afirma convencido: Si desean ser buenas Hijas de la Caridad, están obligadas a fijarse en sus virtudes.”[1].

“… Ser buenas Hijas de la Caridad” es la decisión que ustedes tomaron hace alrededor de cuarenta años. Es también su objetivo al venir a este encuentro en la Casa Madre, dejando sus comunidades y servicios porque: “la Compañía concede una gran importancia a la formación inicial así como a la formación continua para fortalecer las motivaciones y el dinamismo de la vocación, ofrecer a los pobres un servicio de calidad y conocer y discernir los signos de los tiempos” (C. 49).

Al hablar de santa Luisa, san Vicente decía: “… Están obligadas a poner los ojos en sus virtudes…”. Por eso, hoy les propongo detener su mirada en algunos acontecimientos esenciales de la vida de santa Luisa de Marillac, descubriéndola como mujer, discípula, colaboradora, formadora, fundadora y madre. En una segunda intervención, escucharemos, de sus propios labios, la bendición sobre la Compañía y las últimas voluntades confiadas a las Hermanas.

Luisa de Marillac: la mujer

En su biografía sobre Santa Luisa, Monseñor Calvet escribía: “Ella era bella, como todos los Marillac. El retrato que nos ha quedado reproduce una pintura hecha de memoria, después de su muerte por Dechange. Está, por lo tanto, bastante lejos del modelo, pero la tradición dice que es fiel. Evoca un rostro regular con las líneas de un óvalo muy puro. El velo que cubre su cabeza y parte de la cara pone en sus rasgos una sombra que el artista ha respetado, o introducido arbitrariamente, difuminando así un efecto de vulgaridad, cuando posiblemente eran originales y expresivos. La boca es pequeña, los labios delgados, la barbilla acusada y enérgica. Los ojos, bajos como si fueran de una monja, tienen sin embargo un fuego contenido. Con frecuencia habló a sus hijas de los ojos…, que todo nos hace pensar que tenía unos ojos claros, luminosos, espejo de un alma apasionada. Digamos, que era bella[2].

1 – Luisa es una Marillac

Luisa de Marillac nació en París el 12 de agosto de 1591. Luis de Marillac la llamará “mi hija, mi natural”, se refiere a ella diciendo: “… que había sido su mayor consuelo en este mundo”, y afirma “que Dios se la había dado para que fuera el reposo de su espíritu en las aflicciones de la vida”.

Luis de Marillac es el menos brillante de sus hermanos y en 1604 murió tempranamente de muerte natural. Otro Luis de Marillac (no era raro encontrar dos nombres idénticos entre los miembros de una misma familia), será Mariscal de Francia; Miguel de Marillac, Superintendente de finanzas y Guardasellos del Reino; Valentina, casada con Octavio de Attichy, jefe de la Casa de la reina María de Médicis, jefe de su Consejo e Intendente de sus finanzas. Mezclados intensamente en los avatares políticos, el Mariscal será ejecutado en la plaza de Grève el 10 de mayo de 1632, mientras que Miguel moría, pocos meses después, en la prisión de Châteaudun. Quince años antes, Valentina y su esposo, habían muerto por enfermedad dejando siete huérfanos.  

Reflexionando sobre el sentido de su vida, Luisa de Marillac escribirá: “Dios… me ha concedido tantas gracias como la de darme a conocer que su santa voluntad era que yo fuese a Él por la Cruz, que su bondad ha querido que yo tuviese desde mi mismo nacimiento y no habiéndome dejado casi nunca en toda mi vida sin ocasiones de sufrimiento[3].

2 – En Poissy, con las monjas

El primer biógrafo de santa Luisa afirma: “La puso a pensión en el monasterio de las religiosas de Poissy, donde tenía alguna pariente, para darle en esta casa los principios de la piedad cristiana”[4].

Probablemente Luisa fue llevada al monasterio real de Dominicas de Poissy a los pocos meses de nacer, donde permaneció hasta los 13 o 14 años. En esta época, no era raro que las familias nobles eligieran un convento como lugar de formación para sus hijas, sobre todo si estaban destinadas a la vida religiosa. En Poissy Luisa va a adquirir una formación humanística y cristiana verdaderamente sólida.

3 – En casa de una señorita devota

En 1604, a la muerte de su padre, Luisa dejó Poissy para instalarse “en casa de una señorita devota”. En esta pensión debió permanecer hasta los 21 años, es decir, poco antes de contraer matrimonio. Durante estos años (1604-1613), Luisa prosigue su formación humanística y artística. Las acuarelas que pinta, expresan su piedad y tienen por tema:

Jesús: Es el nombre del que amo.

El Buen Pastor.

La Sagrada Familia.

Su formación humanística se enriquece con la formación práctica para el gobierno de una casa. Años más tarde, san Vicente elogiará “su buen gobierno”: “Hasta ahora la Señorita ha administrado bien todos los asuntos, gracias a Dios, tan bien que no conozco ninguna casa de hermanas en París que esté en tan buen estado como vosotras… No, os lo repito, no conozco ninguna otra en París; y esto, después de Dios, se lo debéis al buen gobierno de la Señorita[5].

Durante estos años de pensión, Luisa continúa su formación cristiana. A los 17 años se introduce en la vida espiritual. Puesto que disponía de tiempo, lee: la “Guía de pecadores” del P. Granada; la “Imitación de Cristo” y la “Introducción a la vida devota” de Francisco de Sales; el “Breve Discurso” de Bérulle… Le gusta escuchar a los predicadores jesuitas y capuchinos. Dedica una hora diaria a la meditación, para la que tiene facilidad. Según el testimonio de Sor Maturina Guérin, practicaba la “oración mental desde los 15 ó 16 años[6]. No es extraño que surgiera en ella el deseo de hacerse religiosa.

4 – El matrimonio con Antonio Le Gras

Dios tiene otros planes para usted”, es la respuesta que Luisa recibe al manifestar su deseo de ser religiosa[7]. La familia dispone el matrimonio de Luisa con Antonio Le Gras, secretario de María de Médicis (ya he mencionado la implicación de los Marillac en la vida pública de Francia).

El matrimonio celebrado el 6 de febrero de 1613[8] y el nacimiento de su hijo Miguel Antonio permiten a Luisa de Marillac desarrollar sus habilidades para la administración de la casa, la organización del servicio, el cuidado de los bienes y de su hijo que crecía.

Sus relaciones sociales manifiestan las cualidades humanas de tolerancia, respeto, benevolencia, condescendencia e incluso sencilla elegancia. La familia Le Gras forma parte de los cristianos fervientes: tienen autorización para leer la Biblia en lengua vernácula y están atentos a las necesidades de los pobres. Luisa pertenece a varias Cofradías piadosas.

5 – La pérdida del esposo

La muerte de Octavio de Attichy en 1614 y la de su esposa, tres años más tarde, dejando siete hijos huérfanos, cambió el ritmo de la familia Le Gras, porque se encargarán de la administración de sus bienes. Luisa recordará en carta a San Vicente, treinta años después: “… mi difunto marido lo había consumido todo, su tiempo y su vida, en cuidar de los asuntos de su casa (de Attichy), descuidando por completo los suyos propios…[9]”.

Las circunstancias políticas, que confinan al destierro a la Reina (regente) María de Médicis, repercuten en Antonio Le Gras, su secretario: se queda sin trabajo.

Su enfermedad, que se prolonga durante más de cuatro años, y su muerte en la Navidad de 1625, nos permiten descubrir la dedicación plena de Luisa de Marillac al cuidado de su esposo enfermo y la aceptación de su pérdida. Escribe a su primo a finales de diciembre de 1625:

“Creo que en esta última enfermedad Dios lo ha querido hacer participante de la imitación de las penas de su muerte; porque ha sufrido en todo su cuerpo y ha perdido totalmente su sangre, y su espíritu ha estado casi siempre ocupado en la meditación de su pasión. Siete veces echó abundante sangre por la boca, y la séptima le quitó la vida instantáneamente. Yo estaba sola con él para asistirle en este paso tan importante, y él dio testimonio de tal devoción que mostró hasta el último suspiro que su espíritu estaba pegado a Dios. Nunca pudo decirme otra cosa que: Ruega a Dios por mí, yo no lo puedo más: palabras que estarán para siempre grabadas en mi corazón. Le ruego que se acuerde usted de él cuando rece las Completas; él les tenía una devoción tan particular que casi ningún día dejó de rezarlas[10].

En diciembre de 1645, en su testamento, Luisa se referirá a su esposo con palabras que expresan su cariño:

Ruego a mi hijo que se acuerde con frecuencia de pedir a Dios por el descanso del alma de su padre y de traer a la memoria su buena vida, pues, era muy temeroso de Dios y exacto en ser irreprochable, y sobre todo de su paciencia en sufrir los grandes males que le sobrevinieron en sus últimos años, en los cuales practicó muy grandes virtudes[11].

6.- La preocupación por el hijo.

Si nos atenemos a las expresiones de san Vicente de Paúl en su correspondencia, Luisa de Marillac se implica intensamente en el camino recorrido por su hijo, lo que le causa múltiples preocupaciones. Fijémonos en tres cartas:

La primera es de 1639. Vicente de Paúl escribe a Luisa de Marillac: “No he visto nunca una madre que sea tan madre como usted; no es usted casi mujer en otra cosa. En nombre de Dios, señorita, deje a su hijo al cuidado de su Padre, que lo ama más que usted, o al menos quítese esa preocupación por él[12].

El segundo texto fue escrito por san Vicente en 1646, después del regreso del hijo a París tras fugarse con una joven. “Su hijo se encuentra enfermo y está guardando cama en casa de su médico. Le he ofrecido nuestra casa y todo lo que podamos hacer por él, para que se alivie pronto, o bien dos hermanas que le atiendan, en el caso de que quiera quedarse donde está. El ha preferido la ayuda de las hermanas, que ya llevan varios días con él[13].

La tercera carta es del mes de agosto de 1649: “En nombre de Dios, Señorita, no se preocupe por Miguel Antonio. ¿No ve usted el cuidado extraordinario que Nuestro Señor ha tenido con él, casi sin usted? Deje obrar a su divina Majestad; Él mostrará a la madre, que cuida de tantos niños, la satisfacción que esto le proporciona tomando cuidado de su hijo, cuidado que no podrá ella nunca superar en bondad[14].

Luisa de Marillac consiguió integrar su amor por su hijo en el proyecto de Dios y pudo escribir convencida:

No debo mirar ya a mi hijo más que como a hijo de Dios ni amarle sino como a tal, y, por amor de Dios, sufrir la privación de tenerle a mi vista[15].

El matrimonio de Miguel con Gabriela Le Clerc de Chenevière el 8 de enero de 1650 y el nacimiento de la pequeña Luisa Renata, a la que las hermanas llamaban «la Hermanita», hicieron y fueron para Luisa de Marillac, en los últimos años de su vida, una gozosa y tierna abuela.

7.- La amistad con el señor Vicente de Paúl

En la correspondencia cruzada entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac encontramos numerosas pruebas de la amistad que vivieron en el Señor, podemos ver cuánto se apreciaban mutuamente y especialmente cómo se apoyaban en la formación de las Hermanas y en el servicio a los pobres.

De la pluma del señor Vicente salieron estas líneas: “mi corazón ya no es mi corazón, sino de usted, en el de nuestro Señor, que deseo que sea el objeto de nuestro único amor[16]… “Que Nuestro Señor esté en nuestro corazón y nuestro corazón en el suyo a fin de que sean tres en uno sólo y uno en los tres, y no queramos más que lo que El quiere[17].

Este lenguaje amical aparece también en las cartas que Luisa de Marillac dirige al señor Vicente:

“Permítame, mi muy Honorable Padre, que le haga una humilde súplica que espero me concederá. Es que, por lo menos durante su retiro, quiera usted tomar el té, ya que tengo la seguridad de que puede hacerlo sin inconveniente alguno. Hace poco tenemos aquí, de muy buena calidad y a excelente precio. Si no quiere usted hacer esta pequeña prueba por su salud, me quejaré de ello a nuestro buen Dios; puede tomarlo por la tarde, a partir de las cuatro; me parece ha de sentarle muy bien[18].

De acuerdo con santa Luisa, el señor Vicente dice: “Me he impuesto la ley de no ir a verla si no me llama por algo necesario o muy útil[19], y daba gracias a Dios por “haberle querido privar del consuelo de ir a verla[20]. Luisa de Marillac, por su parte, aceptó que el señor Vicente no le visitara durante su última enfermedad y acogió serenamente al misionero portador de su mensaje: “Usted va por delante; espero verla pronto en el cielo[21].

8.- La abnegada condescendencia con las Hermanas

Cuando el señor Vicente pregunta a las primeras Hermanas qué han descubierto en la vida de la Señorita Le Gras, su testimonio unánime dibuja el cuadro de la abnegada condescendencia de Luisa de Marillac hacia ellas:

“Padre, demostraba el mismo cariño a todas las hermanas, tanto a una como a otra, de forma que procuraba satisfacer a todo el mundo”.

“Yo siempre he visto que tenía una gran caridad y paciencia con nosotras, de modo que se consumió por nosotras”.

“Padre, tenía tanta caridad conmigo que a veces, cuando me veía algo preocupada, se adelantaba a hablarme de ello con gran dulzura”.

“Tenía mucho amor y caridad con todas las hermanas, soportándolas y excusándolas siempre”.

“Tenía mucha caridad con las hermanas y tenía miedo de molestarlas”.

“Le oí decir que amaba mucho a todas las hermanas y que deseaba que todas fuéramos tan perfectas como nuestro patrono Jesucristo”.

9.- Una delicada atención hacia todas las personas

Las relaciones de Luisa de Marillac con las Hermanas nos permiten darnos cuenta de que estaban impregnadas de delicadeza hacia cada persona. Con frecuencia encontramos en su correspondencia expresiones de esta delicada atención:

Les ruego reciban los saludos muy afectuosos de todas nuestras Hermanas… Les ruego saluden respetuosamente de mi parte al señor Cura de San Fermín y al señor Pesset[22].

Le suplico que salude a todas nuestras queridas Hermanas, les asegure nuestro sincero afecto y que todas nuestras Hermanas de aquí las recuerdan con frecuencia. La madre y la hermana de Sor Luisa están (bien) de salud. Pero la abuela y la madre de Sor Francisca han fallecido con seis semanas o dos meses una de otra; su padre está muy bien, gracias a Dios, porque también ha estado bastante mal; sus dos hermanas que están en nuestra Compañía están bien también y han llevado esta aflicción muy virtuosa y cristianamente. Yo le ruego con todo mi corazón que haga otro tanto y se dé del todo a Dios para cumplir su santa voluntad, mirando la causa de este dolor dentro de esta admirable voluntad y disposición de su Providencia. ¡Qué cosa mejor podría desear a los suyos que verlos morir como buenos cristianos, haciendo los actos correspondientes a una muerte así, como lo han hecho sus buenas madres! No es creíble la virtud y sumisión de que su buen padre ha dado muestras en esta circunstancia. Le ruego a usted le ayude a ella a llevar esta cruz[23].

Como para ella es algo habitual, Luisa de Marillac puede recomendar a las Hermanas esta misma delicada atención a las personas:

En lo que se refiere a su comportamiento con los enfermos, ¡por Dios! que no sea para salir del paso, sino llenas de afecto, hablándoles y sirviéndoles con el corazón; informándose con detalle de sus necesidades, hablándoles con mansedumbre y compasión, proporcionándoles sin importunidad ni agitación la ayuda que sus necesidades requieran y sobre todo poniendo gran celo en su salvación…[24].

10.- Su energía infatigable

“No se llega a comprender humanamente cómo esta sierva de Dios ha podido realizar tantos menesteres de caridad; hacer y, más aún, ir a la busca de tantas obras de caridad”.

Estas palabras, escritas por el primer biógrafo de Santa Luisa de Marillac, describen la infatigable energía de una vida dedicada a dar una respuesta de amor a las llamadas de los pobres. Desde el comienzo mismo de su misión al servicio de las Caridades, misión que comenzó por visitas de animación en mayo de 1629, el señor Vicente reconoce: “Es usted una mujer valiente por haber acomodado de esta forma el reglamento de la Caridad, y me parece bien[25]; y también: “¡Dios mío, usted es una mujer valiente por haber hecho todo lo que me dice! Ánimo, no hay que detenerse en este buen camino”[26].

Aunque dijera en 1647 que la consideraba como muerta naturalmente desde hacía diez años[27], él la confía responsabilidades que, solo, puede desarrollar su infatigable energía: “Bien, ya ve cómo va creciendo el volumen de su trabajo. Reponga todas las fuerzas que pueda”[28].

Hasta nosotros han llegado cartas escritas por Santa Luisa en enero de 1660, es decir, apenas unas semanas antes de su muerte, lo que indica su energía infatigable.

Luisa de Marillac: la discípula

1.- “En el día de mi sagrado bautismo fui consagrada y dedicada a mi Dios para ser su hija”

En el escrito conocido como “Acto de protestación” considera Luisa de Marillac el sentido de su bautismo: “en el día de mi sagrado bautismo fui consagrada y dedicada a mi Dios para ser su hija”. Reconociendo que con el bautismo, posee una nueva vida de comunión con Dios y ha entrado en la Iglesia, toma la resolución de vivirlo más a fondo:

Confieso y renuevo la sagrada profesión hecha en mi nombre a mi Dios en mi bautismo, y me resuelvo irrevocablemente a servirle y amarle con más fidelidad, entregándome por completo a Él[29].

En actitud de discípula, santa Luisa descubre que la gracia de la nueva vida en Cristo aumenta a lo largo de la vida, bajo la acción del Espíritu Santo.

Una de las mayores pérdidas que pueden sobrevenir a las almas que no participan en la venida del Espíritu Santo es que los dones infusos en el Bautismo no tienen su efecto…; se aprecia una sorprendente diferencia en el obrar entre las personas que están animadas por los dones del Espíritu Santo y las que no lo están, cuyo obrar es terreno y fuera de razón…[30].

Por eso, santa Luisa implora el don del Espíritu Santo, su gracia vivificante:

Que tu bondad se digne venir a mí y restablezca las gracias que me concedió en el santo Bautismo[31].

De este modo entendemos, que santa Luisa propusiera a las Hijas de la Caridad el mismo camino: “llegar a ser verdaderas cristianas y perfectas Hijas de la Caridad, si le piden su Espíritu tal y como se lo dio ya en el santo Bautismo[32].

Siendo en la fe de la Iglesia donde cada uno recibe el bautismo, Santa Luisa vive su pertenencia a la Iglesia, de forma consciente y comprometida.

En repetidas ocasiones, utiliza la expresión “hija de la Iglesia» para referirse a sí misma y a las Hermanas: “tenemos doblemente la dicha de ser hijas de la Iglesia[33]. Al redactar su testamento, protesta “ante Dios y todas las criaturas que quiero vivir y morir en la Iglesia Católica… y recomiendo a mi hijo, en tanto en cuanto puedo, que haga lo mismo[34].

2.- “…Debo imitar a Jesús… he resuelto decididamente seguirle

Santa Luisa es consciente de que para ser verdaderamente cristiana tiene que vivir como Cristo, llegar a ser verdadera discípula de Cristo:

Debo imitar a Jesús como una esposa trata de identificarse con su esposo[35]. “… es muy razonable que sigamos e imitemos su santísima vida humana; este pensamiento me ha ocupado profundamente el espíritu y en él he resuelto decididamente seguirle, sin distinción alguna, sino llena de consuelo al sentirme tan feliz de ser aceptada por Él para vivir toda mi vida en su seguimiento. Para ello, he formado el propósito de, en toda ocasión dudosa, en la que no sepa cómo actuar, considerar lo que Jesús hubiera hecho[36].

En el medallón del Señor de la Caridad, pintado por Santa Luisa, vemos a la derecha la inscripción: “Aprended de mí”. Luisa ha escuchado las palabras de Jesús, su Señor crucificado: “Aprended de mí”. En las diversas etapas de su existencia ha tratado intensamente de fijarse en Él.

“…ni más ni menos que haría un aprendiz con su maestro si verdaderamente desease llegar a ser perfecto[37], porque ha descubierto que sólo Él es su Dios y su todo: “oh Dios mío, tú eres mi Dios y mi todo, así te reconozco y adoro, único y verdadero Dios en tres Personas, ahora y por toda la eternidad”[38]. “Mi corazón está todavía lleno de gozo por la inteligencia que me parece le ha dado nuestro buen Dios de estas palabras: ¡Dios es mi Dios!”[39].

Atenta a la invitación de su Dios “Aprended de mi”, Luisa ha deseado ser totalmente suya y hacer su voluntad. Puede decirse de santa Luisa como de algunos personajes bíblicos, que ha sido una persona que “ha caminado con Dios”[40]. Las Hermanas que vivieron con ella dan testimonio de esto: “…Tenía una confianza admirable en la Providencia de Dios para todas las cosas y especialmente en lo que se refería a la Compañía, recomendándonos que nos pusiéramos en manos de Dios en todas las conferencias que nos daba… Era muy grande su sumisión a la voluntad de Dios, como se demostró en su última enfermedad… todo lo refería a Dios, sin cuya gracia, nos decía, no se habría hecho absolutamente nada[41].

Esta estrecha relación entre Dios y Luisa de Marillac, de la que habla en términos de “desposorio”[42], explica la energía, la fidelidad, el serio compromiso de esta mujer. Cualquier tarea, por dura que parezca, no es más que la participación en la comunidad de bienes con Jesucristo, el Señor Crucificado, al que está unida “como al esposo de mi alma… y me sentí tan fuertemente unida a Dios en esta consideración que para mí fue extraordinaria, y tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi Esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal, y de soportar las dificultades que encontraría como recibiéndolas en comunidad de sus bienes[43].

3.- A la escucha de la Palabra de Dios

El seguidor de Jesucristo escucha la Palabra, la acoge y la pone en práctica. Escuchar la Palabra de Dios, cualquiera que sea la forma presentada por la Iglesia, quiere decir que no es únicamente un libro de lectura, especialmente el Evangelio, porque esta Palabra nos invita a un diálogo con Dios.

Luisa ha respondido a la Palabra de Dios, leída y meditada personalmente, oída en las predicaciones de los sermones, mediante un diálogo constante con Dios que la ha impulsado a ser toda de Dios, sólo de Dios.

Encontramos un testimonio de esta lectura de la Biblia en el Reglamento de vida en el mundo, redactado por Santa Luisa: “Una vez levantada, haré inmediatamente la oración (por espacio) de una hora o tres cuartos; tomaré el tema de los Santos Evangelios y Epístolas una hora entera y con las Epístolas y Evangelios, la vida del Santo del día…[44].

Si miramos el Empleo del día, observado por las primeras Hijas de la Caridad, vemos también en él: “De vuelta a casa, se ponen a trabajar, leen para aprender y después de hacer recordar los principales puntos de la doctrina, en forma de catecismo, se lee algún pasaje del Santo Evangelio para excitarse a la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo, a imitación del Hijo de Dios[45].

El Catecismo redactado por Luisa de Marillac y sus numerosas meditaciones nos muestran su familiaridad con la Palabra de Dios, especialmente con los escritos del Nuevo Testamento y, en concreto, con las actitudes de Jesús propuestas en el Evangelio. De ahí las consecuencias prácticas para la vida cristiana, para el seguimiento de Cristo[46].

4.- De la noche a la LUZ por la gracia del Espíritu Santo

Los escritos autógrafos de santa Luisa que poseemos, dan testimonio de su paso por la noche en torno a 1621-1623: “grandes decaimientos de espíritu…, opresión de corazón tan grande…, penas…, confusión…, gran dolor…, aflicción increíble…”[47]. En medio de la oscuridad, el creyente eleva a Dios fervientes súplicas: “Mi alma te ansía de noche” (Is. 26, 9); “¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?” (Sal. 13, 2); “¿Por qué te quedas lejos, Señor, y te escondes en el momento del aprieto?” (Sal. 10, 1); este clamor de los grandes orantes bíblicos debió alimentar la oración de santa Luisa en medio de la noche. Pero sobre todo, el escrito que llevaba siempre consigo, doblado en múltiples pliegues, y al que llamó «luz», hace referencia a la experiencia vivida el día de Pentecostés, el 4 de junio de 1623. Los efectos de la acción del Espíritu Santo son descritos en el mismo con términos de iluminación, de “paz”, “de seguridad”, de “gracia[48].

El Espíritu Santo la ha liberado y le ha permitido progresar en el seguimiento de Cristo. El Espíritu Santo la ha enriquecido con sus dones [«me trajeron la dicha de ser suya…«[49]] y habita en ella. El Espíritu Santo la ha sellado para siempre con la nueva ley del amor: “en este mismo día plugo a Dios poner en mi corazón una ley que no ha salido ya jamás de él…[50]. “Su bondad me otorgó luz y esclarecimiento sobre las grandes inquietudes y dificultades que entonces experimentaba”[51].

La sombra volverá a planear en otros momentos de la existencia de Luisa, pero no volverá a haber noche en su fe, porque la luz la ha transformado definitivamente:

Honraré la voluntad de Dios que dispuso que Nuestro Señor fuese conducido al desierto por su Espíritu Santo para ser allí tentado…; honraré también este misterio con una fe viva y llena de confianza de que se cumplirán en mí los designios de Dios, cualquiera que sea el camino por donde me lleve, con tal de que yo me deje conducir[52].

5.- Atenta a la orientación de los que le acompañarán espiritualmente

Desde 1625, el señor Vicente acompaña espiritualmente a Luisa de Marillac que iniciará un nuevo estilo de vida, una vida misionera: visitadora de las Cofradías de la Caridad: “Vaya, pues, señorita, en Nombre de Nuestro Señor[53]. Con la aprobación del señor Vicente, emprenderá poco después, en 1633, una nueva forma de vida para ella y para la Iglesia, reuniendo en su casa a “algunas muchachas deseosas a la vez de servir a los pobres y de ser de Dios[54]. Con la aprobación del señor Vicente, hará voto de dedicarse a la formación de las jóvenes para el servicio de los pobres (1634). Hará votos perpetuos en la Compañía en1642. A pesar de considerarse una carga para la Compañía y la causa de todos los males, aceptará, por indicación del señor Vicente, el estilo de vida que Dios quería de ella como Superiora hasta su muerte[55]. Todo ello con la aprobación del señor Vicente… porque se había propuesto dejarse guiar por “las disposiciones de Dios que como de ordinario me serán manifestadas por la santa obediencia[56].

En los escritos de Luisa de Marillac, en repetidas ocasiones encontramos su decisión por darse totalmente de Dios. Para lograrlo, buscará orientación en la dirección espiritual, porque estaba firmemente convencida de que conocería la Voluntad de Dios a través de las personas que el Señor ha puesto en su camino para guiarla.

El inicio consciente y decidido de la vida espiritual de santa Luisa tiene lugar durante los años del pensionado en casa de la señorita pobre. Los primeros consejos provienen de la comunidad de los Capuchinos del barrio de San Honorato, cuya iglesia frecuenta.

La influencia de los capuchinos del barrio de San Honorato fue decisiva para Luisa en el momento de la elección de estado. Es el provincial, el Padre Honorato de Champigny, quien le aseguró su creencia de que “Dios tiene otros planes para usted”, cuando ella le manifestó su deseo de ser religiosa[57].

Su matrimonio y el cambio de domicilio y de relaciones, fue sin duda, decisivo para que Luisa se dirigiera a Juan Pedro Camus (1583-1652) la persona que el Señor ponía en su camino para guiarla.

La orientación de Juan Pedro Camus coincide con una etapa decisiva del camino espiritual de Luisa de Marillac: los años de la Luz, que brota en medio de la oscuridad.

Conservamos algunas cartas de los años 1619 a 1623 de Miguel de Marillac a santa Luisa en las que apreciamos que se trata verdaderamente de consejos para la vida espiritual. Podemos pensar que al menos durante algún tiempo y, probablemente de forma ocasional, Luisa se dirigió a Miguel de Marillac, reconocido hombre de Dios y miembro de la familia, en busca de orientación en su camino espiritual.

Luisa de Marillac, asidua lectora de las obras de Francisco de Sales, especialmente de La Introducción a la vida devota y del Tratado del Amor de Dios, tuvo ocasión de hablar con él personalmente con ocasión de sus prolongadas estancias en París. Parece, incluso, que el mismo Obispo de Ginebra visitó a Luisa en su casa en 1619[58]. Luisa consideraba la acontecimiento decisivo de la Luz de 1623 como gracia recibida “del Bienaventurado Monseñor de Ginebra, por haber deseado mucho, antes de su muerte, comunicarle esta aflicción y, por haber sentido después gran devoción y recibido por su medio muchos favores…[59].

Luisa de Marillac: la colaboradora

Cuando Vicente de Paúl y Luisa de Marillac se encuentran, su mutua colaboración y su profunda amistad harán posible, no sólo las grandes realizaciones caritativas, sino también lo que conocemos como el carisma vicenciano. Vicente hizo participar a Luisa en sus descubrimientos. Los dos comenzaron a compartir el único carisma que el Espíritu quiso suscitar en la Iglesia.

En mayo de 1629 el señor Vicente confía a Luisa de Marillac la visita y animación de las Cofradías de la Caridad. La misión realizada por santa Luisa a través de estas visitas nos permite descubrir su capacidad de colaboración, con las mujeres y con la Parroquia, así como sus iniciativas para facilitar la participación de la mujer en la Iglesia de su tiempo. Los informes que enviaba a san Vicente de estas visitas son el mejor testimonio, igual que los Reglamentos que redactaba:

Quedará instituida en la iglesia parroquial… estará compuesta por un número fijo de honestas mujeres casadas y solteras… servirán a los enfermos cada una en el día que le corresponda… asistirán a la Misa rezada de dicha Cofradía… Rezarán todos los días… procurarán que les dirijan una predicación en los primeros días de fiesta del mes…”[60].

Santa Luisa es la fundadora y primera directora de la Cofradía de la Caridad de su parroquia de París.

Muy significativas son también las intervenciones de Luisa de Marillac en las Asambleas de las Damas de la Caridad; estas recibían el ejemplo y los ánimos de Luisa de Marillac en su misión:

Es de toda evidencia que, en este siglo, la Divina Providencia ha querido servirse del sexo femenino para hacer patente que era ella sola quien quería socorrer a los pueblos afligidos y otorgarles una poderosa ayuda para su salvación… Sabido es que desde el nacimiento espiritual de este benemérito cuerpo, se ha podido apreciar, ciñéndonos sólo a la visita de los enfermos de este santo lugar, un bien muy grande para el lugar mismo y para las almas que en él han encontrado medios para su salvación; unos han muerto santamente preparados por las confesiones generales organizadas, otros, después de hecha esa confesión, han salido en estado de conversión admirable, y las mismas Señoras han entrado por el camino de la santificación que no es otro que el de una caridad perfecta, como la que han practicado, a menudo con peligro de su propia vida, habiéndose visto a señoras de muy alta alcurnia, como princesas y duquesas, sentadas horas enteras a la cabecera de los enfermos para instruirlos en las cosas necesarias para su salvación y ayudarlos a salir de los peligros en que se encontraban…”[61]

Para fomentar la participación de la mujer en la vida y misión de la Iglesia, santa Luisa actuó también como Directora de Ejercicios Espirituales. Podemos verlo en su correspondencia con san Vicente y en su primera biografía, recibía en su casa de La Chapelle a todas cuantas se presentaban, ya fuera para recobrar la gracia de Dios como para fortalecerse en la virtud:

Muchas señoras, aún de las de más alta alcurnia, atraídas por el aroma de sus virtudes, dejaron París con objeto de pasar algunos días en una aldea y conversar con Dios; abandonaron las dulzuras y delicadezas de la vida para pensar en su salvación en un lugar de mortificación y penitencia; y sin miramiento para su rango o clase entraban en una casa de sirvientas de los pobres, para con ellas sujetarse a la disciplina de una superiora y aprender a desdeñar riquezas y gloria con su instrucción y ejemplo[62].

Luisa de Marillac: formadora

El 29 de noviembre de 1633 Luisa de Marillac reúne en su casa a las primeras Hijas de la Caridad. Ellas van a ser, según la expresión de san Vicente, el fundamento de la Compañía, las piedras preciosas que Luisa deberá tallar:

Cuando Salomón edificó el templo que destinaba para el servicio de Dios, hizo poner en los fundamentos muchas piedras preciosas, diamantes, rubíes, topacios, jacintos, esmeraldas, ópalos… ¿Qué creéis, hijas mías, que quiso significar con esto? (Las primeras Hijas de la Caridad) son las modelos de todas las que sigan[63].

Las jóvenes que se presentaban, según la expresión es de san Vicente, eran “unas pobres aldeanas”, que no sabían ni leer ni escribir[64]. Por eso,

de vuelta a casa, se ponen a trabajar, leen para aprender y después de hacer recordar los principales puntos de la doctrina, en forma de catecismo se lee algún pasaje del Santo Evangelio para excitarse a la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo, a imitación del Hijo de Dios[65].

La tarea que debía realizar santa Luisa era enorme: era necesario construir su vida espiritual sobre su pobreza humana. Gobillon asegura:

“Esta Superiora tan esclarecida y tan espiritual puso un gran cuidado en formar a sus hijas en el espíritu de la oración; y les recomendaba su uso como un medio absolutamente necesario para mantenerse en su vocación”[66].

En la conferencia del 31 de mayo de 1648, sobre la oración, preguntada por san Vicente, Luisa de Marillac expone los motivos para vivir en oración:

“… he visto que una de las razones que tenemos para no dejar de hacer oración todos los días es su excelencia, ya que cuando la hacemos hablamos con Dios. Y en esto he reconocido grandes ventajas, ya que en ella Dios puede dar a conocer su bondad rebajándose hasta ese punto y elevándonos de esa forma. Otra razón es la recomendación que el Hijo de Dios hizo tantas veces, con palabras y ejemplos, para que orásemos a Dios su Padre, tanto por la oración vocal que él nos enseñó, como por la mental, advirtiéndonos que Dios quiere ser servido en espíritu y en verdad. La tercera razón es que, como la oración es un don de Dios, tenemos que hacer todo lo posible para atraerlo sobre nosotras, no solamente por las grandes ventajas que de esta forma obtendremos, sino por la estima que hemos de tener al donante[67]”.

En su correspondencia y en sus escritos, Luisa de Marillac añade nuevos motivos para vivir en oración:

  • en ella encontramos todos los consejos que necesitamos[68],
  • podemos hablar con Nuestro Señor de nuestras necesidades interiores y exteriores[69],
  • la oración adorna y embellece la conciencia y la voluntad para que Jesús pueda nacer en nosotros[70],
  • es como el incienso (en referencia a la fiesta de la Epifanía)[71],
  • El Señor nunca nos faltará, por ello hemos de poner cuidado en no faltarle por nuestra poca correspondencia a su santo amor[72].

Según el testimonio de las Hermanas, santa Luisa hablando de la oración afirmaba que era preciso amar el ejercicio de la oración mental y, que a pesar de la desgana que sintamos para hacerla, no se debe abandonar nunca; debe hacerse con recogimiento, humildad y fervor[73].

Luisa de Marillac se interesa siempre por la vida de oración de sus Hermanas, insistía en la fidelidad y la perseverancia[74]. Habla mucho de los efectos que ha de producir en la comunidad: unión, tolerancia…

Querida Hermana, mucho me agradaría que me dijera usted algo de su vida espiritual; si observan con afecto sus sencillas reglas, si se comunican mutuamente, en algún momento del día, su oración, si hacen la conferencia los viernes y encuentran tiempo para sus demás ejercicios. Por lo demás, no dudo de que sus corazones viven en una gran unión, que se comunican una a otra lo que hacen; de no ser así, querida Hermana, no sentirían ustedes los consuelos que Nuestro Señor promete a los que están reunidos en su nombre de estar en medio de ellos. Quiero creer, querida Hermana, que la tolerancia que tienen mutuamente les hace experimentar sus efectos[75].

En varias cartas alude a los libros de rezo, de Horas, de oración, de meditación, para uso de las Hermanas, y propone temas para la meditación y lectura espiritual[76].

En todos los horarios y reglamentos elaborados o revisados por santa Luisa, concreta el momento y el modo para que las Hermanas hagan oración[77]. Ha iniciado también a las Hermanas en la práctica de comunicarse la oración en comunidad, es decir, la repetición de oración, cómo dar cuenta de la lectura o de la oración[78].

En la formación para la oración, santa Luisa insiste particularmente en la importancia de vivir de modo que se favorezca la unión con Dios, para ello decía que era necesario:

  • guardar el recogimiento interior en medio de sus ocupaciones[79],
  • ser muy sencillas sin salir de la presencia de Dios[80],
  • dejar hacer a Dios y permitirle reinar totalmente en nuestra voluntad[81],
  • querer la unión con Dios en todas las cosas[82],
  • querer actuar siempre en unión con las acciones de Jesús: “será por eso conveniente que todas las mañanas las Hermanas pidan, cada una interiormente (para no multiplicar las oraciones que ya se hacen por Regla), la bendición de nuestro bondadoso Dios para actuar según el espíritu de su Hijo cuando estaba en la tierra, al emprender las obras de Caridad que tengan que hacer, o más bien que ese mismo espíritu actúe por medio de ellas; que empiecen cada jornada pensando se encuentran acompañadas por Jesucristo, la Santísima Virgen y los Ángeles de la Guarda…[83],
  • vivir en la presencia de Dios: “Nuestra conversación interior con Dios debe ser, a lo que me parece, el recuerdo habitual de su santa presencia, adorándole al dar las horas haciendo actos de amor hacia su bondad, trayendo a la memoria lo más que podamos los motivos que más nos han impresionado en la oración y principalmente los afectos y resoluciones que durante ella hemos formado para corregirnos y adelantar en este santo amor”[84]. “Abandonémonos con frecuencia a Dios, mostrémosle nuestro corazón lleno de confianza y gratitud e intentemos tener de vez en cuando en los labios algunas oraciones jaculatorias[85],
  • no excusarse en la falta de tiempo o en la importancia de los asuntos que tenemos entre manos para descuidar la práctica de la oración[86],
  • arreglarse de tal modo que la oración no se reduzca a un tiempo determinado, sino que se prolongue a lo largo de la jornada y en la misión o servicio que se nos han confiado: “Una práctica que Nuestro muy Honorable Padre nos enseñó en una de las últimas conferencias que su caridad nos ha dado, le servirá a usted de mucho. Es, querida hermana, la de acostumbrarnos a mirar a Dios al comienzo de nuestras acciones; hacer un acto de humildad, reconociéndonos indignas de hacerla; un acto de amor, emprendiendo tal acción por su santo amor y ofreciéndosela unida a la acción semejante que su Hijo hizo cuando estaba en la tierra. Su caridad nos aseguró que si nos esforzamos durante ocho días en hacer este ejercicio, se nos tornará en costumbre, y así lo haremos ya sin costarnos trabajo. No dudo de que se aficionará usted grandemente a esta práctica que hemos de pensar nos ha sido inspirada por Dios[87].

A la hora de la prueba, cuando en la oración no sientan nada, incluso si hay dificultades, no descuidar la oración[88]. En el progreso del itinerario de la oración, debemos contar con la prueba, la purificación, y permanecer fiel”[89].

Luisa de Marillac: fundadora

Durante las visitas a las Cofradías de la Caridad en las parroquias rurales, después de fundar la primera Caridad en una parroquia de París (en 1630) y haberla organizado en otras, santa Luisa percibe una nueva llamada: es necesario asegurar un servicio permanente. De otro modo, lo que es necesario sobre todo, son personas dispuestas a encargarse de determinadas tareas (llevar el puchero, limpiar…) que las Señoras de las Cofradías han descuidado. Estas personas serán las buenas jóvenes del campo, “deseosas a la vez de servir a los pobres y ser de Dios”.

San Vicente no quiere precipitarse; impone a santa Luisa un tiempo de espera: “en relación con el asunto que lleva entre manos, todavía no tengo el corazón bastante iluminado ante Dios por una dificultad que me impide ver si ésa es la voluntad de Dios… insistamos, pues, en nuestras oraciones”.

En septiembre de 1633 parece que san Vicente por fin se ha decidido y le escribe: “Hace cuatro o cinco días que su ángel bueno ha comunicado con el mío a propósito de la Caridad de sus hijas; pues es cierto que me ha sugerido con frecuencia el recuerdo y que he pensado seriamente en esa buena obra; ya hablaremos de ella”.

El 29 de noviembre de 1633, nacía la Compañía de las Hijas de la Caridad en casa de Luisa de Marillac y bajo su dirección. Algunos meses después, “el último día de julio de 1634, el Padre Vicente, en su tercera y última conferencia, dio a la pequeña Congregación de las Hijas de la Caridad las reglas y las instrucciones para practicarlas…”. Santa Luisa ha reconstituido la primera de las Conferencias a las Hijas de la Caridad que hemos conservado: “… hace algún tiempo que estáis reunidas para vivir con un ideal común, y sin embargo todavía no habéis tenido ningún reglamento que ordene vuestra manera de vivir”[90].

Las explicaciones de san Vicente se refieren a un documento conocido como “Empleo del día[91], redactado por santa Luisa. Aunque en realidad para las primeras Hijas de la Caridad se tratara más bien de un horario para el día, las explicaciones de San Vicente y el diálogo con las Hermanas en sus conferencias, muestran la originalidad de esta forma de vida. Todo ello se precisará con más detalles en los escritos posteriores.

Santa Luisa preparó, algún tiempo después, un “Proyecto de Reglamento[92]. San Vicente, en la conferencia de 19 de julio de 1640, sitúa la Compañía dentro del plan de Dios y anuncia para el futuro una regla general, además de los reglamentos para los diversos lugares y servicios.

“En todo lo que habéis hecho, hijas mías, estos años pasados, os habéis guiado por la costumbre; pero, con la ayuda de Dios, en el porvenir tendréis vuestras pequeñas reglas…”[93].

La aprobación de la Compañía y del Reglamento (a lo que ahora llamamos Estatutos) por el Arzobispo de París lleva fecha de 20 de noviembre de 1646[94]. Recibida la aprobación del Arzobispo de París y su Reglamento, santa Luisa escribe a san Vicente:

Esos términos de dependencia tan absoluta del señor Arzobispo, ¿no podrían perjudicarnos en el futuro al dejar libertad para apartarnos de la dirección del Superior General de la Misión? ¿No es necesario, señor, que mediante este documento de aprobación su caridad se nos dé como Director perpetuo? Y esos reglamentos que se nos deben dar, ¿es intención del señor Arzobispo que sean los que van a continuación de la instancia?… En nombre de Dios, señor, no permita usted que se haga nada que abra una posibilidad, por pequeña que sea, de separar la Compañía de la dirección que Dios le ha dado; porque puede usted tener la seguridad de que inmediatamente dejaría de ser lo que es y los pobres enfermos ya no serían socorridos…[95].

La insistencia de santa Luisa llevará a la redacción de un nuevo Reglamento con una nueva aprobación del señor Arzobispo (18 de enero de 1655)[96].

San Vicente comunica a las Hermanas la nueva aprobación en la conferencia del 8 de agosto de 1655.

“Se creyó conveniente tener muchachas de humilde condición e instruirlas… es lo que ha estado haciendo la Señorita Le Gras durante veinticinco años con gran bendición de Dios… Esas muchachas tuvieron reglas y vivieron siempre bajo la observancia de las mismas. Al comienzo era una pequeña bola de nieve, pero esta pequeña Compañía ha ido aumentando y haciéndose tan agradable a Dios que se puede decir con certeza que es el dedo de Dios el que ha hecho esta obra, pues se extiende por todas partes… Quiero ahora leeros la aprobación de vuestra fundación por el señor arzobispo de París y la confirmación de la misma por el señor cardenal de Retz, su coadjutor. También os leeré vuestras reglas. Así lo hizo efectivamente y nuestras hermanas quedaron tan impresionadas que no podían contener sus lágrimas[97].

La intervención de santa Luisa, tal como apreciamos en este breve recorrido, nos permite reconocer su participación en la Fundación de la Compañía. Pero inmediatamente debo añadir que su intervención no se reduce únicamente al proceso de redacción de los documentos fundacionales, sino que ha participado sobre todo en la formación de esta nueva forma de vida en la Iglesia que son las Hijas de la Caridad.

Luisa de Marillac ha tratado por todos los medios posibles de que no hubiera nada en la nueva Compañía de las Hijas de la Caridad que pudiera hacer pensar que son religiosas; es una preocupación constante: “…temo que los Padres intenten hacer de ellas religiosas, pues me da miedo, ahora que no está allí nuestra buena Sor Isabel sea fácil convencer a las demás a ello[98].

Evitar los signos de las religiosas no significa que las Hijas de la Caridad no tengan que preocuparse, como ellas, por la perfección, e incluso más que ellas: “las Hijas de la Caridad están obligadas a trabajar en hacerse más perfectas que las religiosas[99].

Luisa de Marillac vela por que las Hermanas amen su vocación, sin dejarse impresionar por el estilo de vida de las religiosas:

“¿Aman su género de vida?¿lo juzgan más excelente para ustedes que todos los monasterios y religiones, puesto que Dios las ha llamado a él; se consideran unidas mutuamente por un secreto designio de la divina Providencia para su santificación; sostiene el fuerte al débil, alternativamente, pero con cordialidad y afabilidad? ¿Recuerdan ustedes con frecuencia la afirmación que nos hizo Nuestro Muy Honorable Padre en una conferencia, de que teníamos un claustro lo mismo que las religiosas, y que a las almas fieles a Dios les era tan difícil salir de él como a aquéllas del suyo, aunque no se trate de piedra sino de la santa obediencia que ha de ser la regla de nuestros deseos y acciones? Suplico a Nuestro Señor, cuyo ejemplo ha sido el que nos ha encerrado en ese claustro santo, que nos conceda la gracia de no desviarnos nunca de él[100].

A todas las jóvenes que quieren entrar en la Compañía, Luisa cree necesario explicarles bien “… que no se trata de una religión ni de un hospital del que no se mueve una; sino que hay que ir continuamente en busca de los pobres enfermos a diferentes lugares y haga el tiempo que haga, a horas fijas. Que se visten y alimentan muy pobremente, sin cubrir nunca la cabeza como no sea con una toca de tela cuando es muy necesario[101] .

Tan sólo un año antes de su muerte, santa Luisa sigue insistiendo en la identidad de la Compañía, como puede observarse en esta carta a san Vicente: “Algunos espíritus puntillosos de la Compañía sienten repugnancia por esa palabra Cofradía y no querrían más que Sociedad o Comunidad. Yo me he tomado la libertad de decir que dicha palabra nos es esencial porque podía servir de mucho para mantenernos con firmeza sin innovar nada, y que para nosotras significaba secularidad; y ya que la Providencia ha querido se añadiera Sociedad y Compañía, esto nos enseñaba que debemos vivir observando las reglas que hemos recibido al ser erigida nuestra Cofradía, en el sentido en que se nos ha explicado[102].

Luisa de Marillac: la madre

Es el mismo san Vicente de Paúl, en las conferencias tenidas para hablar de las virtudes de Santa Luisa, quien nos la presenta como una Madre, no duda en atribuirle un poder de intercesión en favor de sus Hijas:

“Hermanas mías, pedidle mucho a Dios que os conceda… mediante las oraciones de la señorita Le Gras”.

“¡Ánimo! Tenéis en el cielo una madre que goza de mucha influencia y que alcanzara de Dios para vosotras la gracia…”

“…que pidan a Dios les conceda la gracia de obrar siempre cada vez mejor ¡Ánimo!… Hemos visto ese hermoso cuadro delante de nosotros; ahora está allí arriba. Nos queda ahora hacer de ella un modelo[103].

En una carta a Sor Nicolasa Haran, san Vicente escribía refiriéndose a la muerte de Luisa: “Le anuncié en el último correo una triste noticia, o sea, la pérdida que hemos tenido de la señorita Le Gras. Hay que alabar a Dios por ello y esperar que él ocupe para usted el lugar de padre y madre”[104].

Como Fundadora y Madre, Luisa de Marillac es “un modelo en el que no hemos de hacer sino fijarnos”. Conocer a santa Luisa, leer sus escritos con atención para inspirarse en ellos: no es una moda, una proposición simpática en nuestras comunidades, se trata de responder a la llamada de la identidad, de la fidelidad. Los argumentos del Hermano Ducourneau para convencer a sus compañeros de la necesidad de recoger y ordenar las palabras del señor Vicente, podrían ayudarnos a nosotros también en relación con los escritos de santa Luisa: “La mejor herencia de los padres es la buena instrucción que dejan a sus hijos… Quizás diga alguno que el Padre Vicente no dice nada que no pueda verse en los libros. Respondo que quizá sea verdad. Pero sabemos que, para alimentar bien a los niños, lo mejor es la leche de su propia madre y que las cariñosas enseñanzas de su padre hacen más impresión en sus almas que las de los maestros, debido al cariño y al afecto natural que Dios ha impreso en toda clase de personas hacia aquellos que los engendraron. Además, es difícil encontrar en los libros las hermosas ideas y los buenos sentimientos que recibimos de las charlas de este caritativo padre, ya que nos las da según nuestras necesidades y nuestras obligaciones, que son muy diferentes de las otras compañías que han escrito lo que les corresponde a ellas…[105].

Para ser “buenas Hijas de la Caridad”, según la expresión de san Vicente citada al comienzo de esta reflexión, volvamos nuestros ojos hacia la Madre y Fundadora. Es la llamada que nos dirige la Iglesia: “El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu transmitida a sus discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el cuerpo de Cristo en crecimiento perenne… El carácter carismático de todo instituto requiere tanto por parte del Fundador, cuanto por parte de los discípulos, el verificar continuamente la propia fidelidad al Señor, la docilidad a su Espíritu, la atención inteligente a las circunstancias y a los signos de los tiempos…. nuestro tiempo exige de una manera especial esta autenticidad carismática, viva e ingeniosa en sus invenciones[106].

 

Notas:

[1] SAN VICENTE DE PAÚL. Obras completas. Sígueme-Ceme, Salamanca, 1972… Citamos tomo (en números romanos) y número de página. SVP IX, 1232.

[2] J. CALVET. Luisa de Marillac. Retrato. Salamanca, Ceme, 1977, p. 26. El retrato es de Gaspard Duchange.

[3] SANTA LUISA DE MARILLAC. Correspondencia y escritos. Ceme, Salamanca, 1985. Citamos: C (Carta) y el número de la carta; E (Escritos) y el número del párrafo según esta edición. E.n. 57.

[4] N. GOBILLON. Vida de la señorita Le Gras, fundadora y primera superiora de la Compañía de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres enfermos. Ceme, Salamanca, 1991, p. 37.

[5] SVP X, 818-819.

[6] E. CHARPY, ed. La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes. Documentos. Ceme, Salamanca, 2003. Citamos el número de documento. D. 822

[7] N. GOBILLON, o.c., p. 39.

[8] Antonio Le Gras, secretario de la reina regente (María de Médicis), cuenta con 32 años de edad al contraer matrimonio con Luisa de Marillac (de 22 años).

[9] C. 96.

[10] C. 1.

[11] E.n. 291.

[12] SVP I, 568.

[13] SVP III, 17.

[14] SVP III, 397.

[15] E.n. 145.

[16] SVP I, 225-226.

[17] SVP I, 263.

[18] C. 606.

[19] SVP I, 568.

[20] SVP II, 146.

[21] L. ABELLY. Vida del venerable siervo de Dios Vicente de Paúl, fundador y primer superior general de la Congregación de la Misión. Ceme, Salamanca, 1994, p. 218.

[22] C. 603.

[23] C. 437.

[24] E.n. 182.

[25] SVP I, 178.

[26] SVP I, 339.

[27] SVP III, 234.

[28] SVP I, 276.

[29] E. n. 8-9.

[30] E. n. 258.

[31] E. n. 260.

[32] C. 712.

[33] C. 197.

[34] E. n. 289.

[35] E. n. 71.

[36] E. n. 67.

[37] E. n. 82.

[38] E. 12.

[39] C. 348.

[40] Cf. Gen 5, 22.

[41] SVP IX, 1229.

[42] E.n. 38.

[43] E. n. 44-45.

[44] E. n. 18.

[45] E. n. 108.

[46] Cf. E. n. 97-106.

[47] Cf. E. n. 1-5.

[48] Cf. E. n. 6.

[49] C. 127.

[50] C. 345.

[51] E. n. 172.

[52] E. n. 71.

[53] SVP I, 135.

[54] A. DODIN. San Vicente de Paúl y la Caridad. Salamanca, Ceme, 1977, p. 42.

[55] Pueden verse las cartas: C. 76; C. 374; C. 394.

[56] C. 121.

[57] N. GOBILLON, o.c., p. 39.

[58] Cf. N. GOBILLON, o.c., p. 45.

[59] E. n. 7. Cf. E. n. 43.

[60] E. n. 50-55.

[61] E.n. 207-209.

[62] N. GOBILLÓN, o. c., pp. 78-79.

[63] SVP IX, 244-245.

[64] SVP IX, 37.

[65] E.n. 108.

[66] N. GOBILLON, o.c., pag. 99.

[67] SVP IX, 377.

[68] C. 221.

[69] C. 449.

[70] E. 125.

[71] Ibidem.

[72] C. 454.

[73] Rc. 5, Item 139.

[74] Cartas 22, 371, 379, 536, 588, 681.

[75] C. 536.

[76] Cartas 272, 359, 449, 516, 517, 525, 676, 684, 717, 728.

[77] En todos los reglamentos, en los de la Casa, en los de los diversos oficios, en los de las diversas fundaciones, e incluso cuando van de viaje. E. 107, 126, 127, 129, 140, 142, 143, 158, 159, 162, 167, 169, 176, 177, 215, 240, 247, 248, 266. Cf. SVP IX, 1100.

[78] C. 69, 371, 536, 537, 638. E. n. 108, 127, 129, 247.

[79] C. 638.

[80] C. 623.

[81] C. 502

[82] C. 542.

[83] E.n. 181.

[84] E.n. 273.

[85] E.n. 274.

[86] C. 379.

[87] C. 516.

[88] C. 49.

[89] C. 609.

[90] SVP IX, 21.

[91] E.n. 108. Cf. D. 107.

[92] A. 54; E. 31.

[93] SVP IX, 37.

[94] D. 427 y 428. Cf. La Súplica al Arzobispo de París (agosto-septiembre de 1645) acompañada de su Reglamento (D. 391 y 392). Pero, al año siguiente, el P. Portail todavía sigue trabajando para darle “la última mano” (D. 401; Cf. D. 394 y 669).

[95] C. 181. Cf. SVP III, 232; IV, 216. D. 450.

[96] D. 613 y 614.

[97] SVP IX, 730.

[98] C. 62. “Hágame usted el favor, señor, de tomarse la molestia de advertirme si en ese primer artículo de los reglamentos de nuestras Hermanas hay algo que indique Comunidad Regular y diferente de la de Angers, porque no ha sido nunca esa mi intención; muy al contrario, vi dos o tres veces al señor Vicario general para explicarle que no éramos sino una familia secular y que estando unidas a la Cofradía de la Caridad, teníamos al señor Vicente, General de esas Cofradías, por Director nuestro. Y enterado de nuestros ejercicios, desde el primer momento hizo saber al señor Obispo de Nantes la forma de nuestro establecimiento, y él la aprobó tan completamente que la firmó con los señores de la Villa” (C. 293).

[99] C. 690.

[100] C. 420.

[101] C. 618.

[102] C. 671.

[103] Conferencias sobre las virtudes de la señorita Le Gras. SVP IX, 1218-1240.

[104] SVP VIII, 263.

[105] Testimonio del hermano Ducourneau. SVP XI, 833.

[106] Congregación para los Obispos. Congregación para los Institutos de Vida Religiosa y Sociedades de Vida Apostólica. Instrucción Mutuae Relationes, 11, 12, 23.

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