Luisa de Marillac (15)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Durante la gran miseria de La Fronda

OLYMPUS DIGITAL CAMERADe 1648 a 1653, Francia se ve desgarrada por una guerra civil. Desde hacía va­rios años se venía preparando la insurrección en el país: los impuestos aumentaban sin cesar para mantener a los ejércitos que peleaban contra austríacos y españoles. Extorsiones de todas clases (tallas, gabelas, derechos de los Señores, diezmos ecle­siásticos…) agravaban la situación ya tan precaria de los campesinos.

La Fronda es el levantamiento de varios estratos de la sociedad (parlamentarios, grandes Señores, campesinos, pueblo bajo…) contra el poder real que ejerce el pri­mer ministro Mazarino.

La sublevación empieza en mayo de 1648. El poder real pide a los oficiales reales el abono anticipado de cuatro años de sueldo. Los parlamentarios se niegan a ello y se unen para hacer frente a Mazarino. A pesar del arresto de algunos jefes de la oposición, la sublevación se extiende por las provincias. El Parlamento exige que se le deje controlar el presupuesto.

El 20 de agosto, Condé, al frente de los ejércitos del Rey, alcanza en Lens una victoria sobre los ejércitos del Emperador de Austria, Fernando III. Apoyándose en este éxito, Mazarino cree que ha llegado el momento de enfrentarse contra el Parla­mento. El 26 de agosto ordena la detención de Broussel, Consejero del Parlamento, hombre muy popular. Inmediatamente, París se llena de barricadas y el pueblo salta a la calle. La Reina Ana de Austria y el joven Rey Luis XIV huyen a Rueil.

La noticia de la sublevación de la capital se extiende rápidamente. Luisa, que se encuentra en aquellos días en Liancourt, se entera aquella misma noche o a más tardar a la mañana siguiente y escribe una carta llena de angustia a Juliana Loret, la directora del Seminario:

«Estoy muy preocupada con un rumor que ha corrido por el campo, de que hubiera habido disturbios y hasta algún asesinato en las calles de París. En nombre de Dios, querida Hermana, deme cuanto antes noti­cias del Señor Vicente y de mi hijo y de nuestras Hermanas y de cuan­to hayan sabido ustedes de esos rumores… »

Al día siguiente, 28 de agosto, Luisa, que no ha recibido ninguna noticia, se diri­ge a su secretaria, Sor Isabel Hellot:

«En nombre de Dios, deme noticias del Señor Vicente, del Señor Hol­den (amigo de la familia Marillac), del Señor de Marillac (Consejero del Parlamento, como Broussel) y de mi hijo. Estoy tan preocupada que si tuviera medio para hacerlo, me volvería hoy mismo, pero, ¡por favor!, no me oculten nada. «

Al día siguiente, otra carta de Luisa refleja el sufrimiento que le produce estar lejos de sus Hermanas en aquellas horas difíciles:

«Es una pena muy grande verse una separada de sus amigos cuando les cree en peligro».

Durante tres días las barricadas se multiplican por todo París. Los enfrentamien­tos de unos y otros causan víctimas. Mazarino se decide a soltar a Broussel y una calma relativa vuelve a renacer en la ciudad. Pero el Parlamento, que se siente fuerte, se niega a aceptar cualquier pago de impuestos. En diciembre de 1648, vuelve a su­bir la tensión y llega a tal punto, que Mazarino, con la Corte, sale furtivamente de París en la noche del 5 al 6 de enero de 1649. Se propone rendir la capital por hambre y manda a sus tropas que la asedien.

Preocupado por esta situación, el Señor Vicente intenta hacer una gestión en favor de la paz. El 14 de enero, marcha a San Germán en Laye para verse con la Reina Ana de Austria y con Mazarino. El viaje es arriesgado: en Clichy, unos soldados le detienen; pero uno de ellos reconoce al Señor Vicente y le dejan proseguir su cami­no. La intervención proyectada no consigue resultado alguno; tiene, en cambio, por efecto despertar la ira del pueblo de París que considera a Vicente partidario de Ma­zarino. Ante tales circunstancias, Vicente cre más prudente alejarse y emprender la visita de las casas de los Sacerdotes de la Misión y de las Hijas de la Caridad de Le Mans, Angers, Saint Méen… El 22 de enero de 1649, desde Villepreux, escribe a Antonio Portail:

«Salí de París el 14 de este mes para ir a San Germán y hacer allí un pequeño servicio a Dios; pero mis pecados me hicieron indigno de ello y después de 3 ó 4 días de estancia, tuve que volverme acá, de donde saldré pasado mañana para ir a visitar nuestras casas. La voluntad de Dios es que ahora sea inútil para cualquier otra cosa. «

Luisa de Marillac se encuentra muy sola en París ante una situación cada vez más difícil. El 27 de febrero, el pueblo de París coge las armas y fuerza las puertas de la Cámara del Parlamento, saqueando las casas de los perceptores de impuestos. La guerra civil está a punto de estallar en la capital. Y a las puertas de París sigue acampado el Ejército real para impedir que se abastezca a los habitantes. Luisa de Marillac tiene gran inquietud por la situación de las Hermanas de Bicétre, que tienen a su cargo los Niños Expósitos: la región aquélla está invadida por los soldados. Así, pues, les escribe una carta llena de afecto:

«Suplico a la Santísima Virgen sea su protectora y les alcance de su Hijo la generosidad que necesitan; pido también a sus santos ángeles se pongan de acuerdo con los de los señores que Dios les ha enviado. «

La carta contiene prudentes consejos dirigidos a Sor Genoveva Poisson, la Her­mana Sirviente. Luisa teme que se desencadenen las pasiones y la brutalidad de los soldados:

«Cuide usted de que nuestras Hermanas estén siempre todas juntas y tengan mucho cuidado con las niñas mayores, a las que deben tener siempre a la vista o encerradas en la escuela. «

En esa misma carta, Luisa pone de manifiesto la gran confianza que tiene en sus Hermanas, que se hallan tan expuestas:

«Estoy segura de que (Dios) les infunde valor y ánimos suficientes para morir antes que permitir que Dios sea ofendido en ustedes, y que su modestia dará a conocer que pertenecen al Rey de reyes, a quien to­das las potencias están sometidas. »

Al mismo tiempo que escribe esta carta, Luisa piensa en cómo «repatriar» hacia la Casa Madre a todos los habitantes de Bicétre; cosa que podrá hacerse más ade­lante: parte de los niños irán a las «13 Casas», cerca de San Lázaro, y parte a la Casa Madre de las Hermanas.

En marzo parece surgir una esperanza de paz: se consigue una negociación en­tre Mazarino y el Parlamento, cuyo resultado es el Tratado de Rueil, que se firmó el 11 de marzo. Luisa de Marillac desea ahora que el Señor Vicente regrese cuanto an­tes a París, en donde las necesidades son inmensas:

«Estamos preocupadísimas sin saber el lugar y el estado en que se halla usted… Es usted muy deseado en París por las obras de caridad. De manera especial la Señora Presidenta de Lamoignon le ruega regrese cuanto antes. Dejo a otros el decirle las noticias sobre la paz, ya que por mi parte no sé otra cosa sino lo que nos hace alabar a Dios con el pueblo. »

Como el Señor Vicente debe de encontrarse en Angers, Luisa escribe ese mis­mo día al Sr. Abad de Vaux para saber por él noticias fiables:

 «Tengo el honor de escribirle para suplicarle nos dé noticias del Señor Vicente, si las tiene usted, porque estamos muy preocupadas sin saber nada de él desde el 14 de marzo, fecha en la que se hallaba en Le Mans. He sabido, sí, que había estado en Angers, pero desde entonces no hemos oído ya en absoluto hablar de él, y estas últimas noticias no eran directamente suyas ni de nadie que estuviera cerca de él. Hágame el favor, señor, de tomarse la molestia de decirnos lo que sepa. »

¿Se ha enterado Luisa de que, cuando iba de camino hacia Angers, el Señor Vicente ha tenido una caída del caballo que le ha arrojado en un arroyo? Se salva de lo peor gracias a la pronta intervención del sacerdote que le acompañaba.

Mucho desea Luisa, como hemos dicho, el regreso del Señor Vicente, pero en­tre tanto no permanece inactiva. En la capital, los pobres son muy numerosos y no hay pan que darles. De acuerdo con las Señoras, empleando en ello a las Hijas de la Caridad, se organizan unos socorros. En ese mismo mes de abril, en una carta a Sor Juana Lepintre, Hermana Sirviente de Nantes, Luisa le da noticias de la Casa Madre:

«En estos tiempos de aflicción… todas nuestras Hermanas… han podi­do continuar al servicio de los pobres enfermos y también de los que no tenían pan, pues no pueden ustedes hacerse idea de la cantidad de limosnas que se han distribuido en París. Creo que esto es lo que nos ha atraído la misericordia de Dios sobre nosotros para darnos la paz. »

El abastecimiento se hace difícil, el trigo está muy caro. Para alimentar a toda la numerosa familia: pobres, niños, Hermanas, Luisa invita a sus Compañeras a que pongan cuidado:

«Ruego a las Hermanas jardineras que trabajen bien para conseguir un hermoso huerto, aprovechando que nuestro buen Dios nos da buen tiempo. »

«Les ruego que no dejen salir juntos a todos los cerdos y sobre todo que no se vayan al huerto para que podamos verlos reverdecer. Me fi­guro que se cuidarán de la comida de la vaca y de los demás anima­les… «

Leche, huevos, legumbres, son alimentos sustanciosos para preparar una buena sopa a todos los pobres hambrientos.

Por fin, el 13 de junio de 1649, el Señor Vicente regresa a París. ¡Qué alegría para Luisa volverle a ver después de esos largos meses de ausencia! ¡Cuántas cosas tienen que ver juntos, cuántos asuntos tienen que tratar!…

«El Señor Vicente apenas acaba de regresar y se ve cogido por los múltiples negocios y complicaciones que puede usted imaginar. »

La vida normal parece va tomando su ritmo ordinario. La Fronda Parlamentaria ha terminado: el 18 de agosto de 1649, la Reina Ana de Austria y el Rey niño, Luis XIV, de 11 años de edad, regresan a París, en medio de la algazara popular. Ma­zarino y Condé, jefe del Ejército, los acompañan.

Si la situación política ha mejorado, la situación económica, por su parte, es desastrosa. No se ha podido sembrar a tiempo; los soldados, para alimentarse ellos, lo han saqueado todo a su paso.

En noviembre de 1649, Luisa lanza un grito de alarma: No queda dinero para sostener a los Niños Expósitos. Las Señoras no proporcionan ya nada; falta ropa; ¿cómo comprar trigo estando tan caro? Las familias nutricias devuelven a los niños porque hace varios meses que no se les paga.

«Soy demasiado importuna, pero hemos llegado a un punto en que es necesario recibir ayuda inmediatamente o si no, dejarlo todo. Ayer tuvimos que dar todo el dinero de la caja de aquí, unas 15 ó 20 libras… para poder adquirir trigo para los niños de Bicétre… »

Unos días después, Luisa insiste y expresa su dolor de madre ante unos niños que tienen hambre:

«Háganos la caridad, mi muy Honorable Padre, de decirnos si podemos en conciencia dejarlos morir. «

Palabras muy duras en la pluma de Luisa de Marillac, pero es que no puede per­manecer insensible ante el sufrimiento de los Niños a los que Dios ama. Propone entonces entrevistas con personas influyentes: la Princesa de Condé, el Primer Pre­sidente. Escribe por su parte al Canciller Séguier, pidiéndole proporcione ayuda a cien niños pequeños que tendrán que pasar las fiestas de Navidad, ya próximas, sin pro­bar el pan.

Conmovido también el Señor Vicente por la necesidad de los niños, convoca la Asamblea de las Señoras de la Caridad. Rápidamente, Luisa le prepara un esque­ma sobre la situación de la Obra de los Niños Expósitos:

«Le incluyo una breve memoria que he hecho de los puntos de los que, si usted le parece oportuno, podría tomarse la molestia de hablar en la Junta. »

Quizá sea este esquema el que sirviera a Vicente de Paúl para preparar sus pala­bras durante la Asamblea; en ellas explica que hay dos maneras de matar a un niño: de muerte violenta o bien negándole el alimento necesario. Pues bien, los Niños Ex­pósitos se hallan en una gran necesidad: no quedan alimentos más que para seis semanas.

Recordando toda la historia de la Obra de los Niños Expósitos, Vicente invita a las Señoras a que prosigan la labor empezada. Fue seguramente entonces cuando pronunció las palabras que se han hecho célebres:

«Bien, Señoras, la compasión y la caridad les han hecho adoptar a es­tas criaturitas como hijos suyos; han sido ustedes sus madres —según la gracia— desde que sus madres —según la naturaleza— los abando­naron. Vean ahora si quieren abandonarlos ustedes también. Dejen de ser sus madres para convertirse en sus jueces: su vida y su muerte es­tán en manos de ustedes.

Voy a recoger ahora sus votos y sufragios; tiempo es ya de que pronuncien su sentencia y de que todos sepamos si quieren tener mi­sericordia con ellos. Vivirán, si siguen ustedes ofreciéndoles sus carita­tivos cuidados; por el contrario, perecerán sin remedio si los abando­nan; la experiencia no nos permite dudar de ello. «

Luisa, que sufre con los niños, se hace «su voz» ante todos. Suplica al Señor Vicente que intervenga con las Señoras de la Caridad, a las que juzga severamente apremiada por tanta penuria:

«Es verdaderamente lamentable que las Señoras se preocupen tan po­co; deben de creer que tenemos con qué poder subsistir o bien es que quieren obligarnos a que lo dejemos todo… »

«Las Señoras no hacen ningún caso de proporcionarnos ayuda. »

Una por una, muy emocionadas, las Señoras van entregando a Vicente lo que tienen a mano: un monedero, una sortija o un collar, un luis de oro… ¡Los niños no perecerán!

En 1650, un nuevo acontecimiento político llega a despertar las pasiones. Condé había salvado el poder real: Y su intención era que se reconocieran sus servicios nombrándolo tutor de la Monarquía. Pero no podía ocultar su desprecio por Mazarino, a quien no evitaba, más bien multiplicaba, las afrentas públicas. Por eso, a prin­cipios de 1650, Mazarino hizo detener al intrigante Condé. Esta vez son los príncipes y los nobles los que se sublevan, arrastrando tras ellos a las provincias. En todo el país reina una situación de confusión. El mariscal de Ture­na, que por un tiempo se había aliado con los españoles, se encuentra al frente de los Ejércitos reales, ya que Condé ha caído en desgracia, se ha hecho impopular y finalmente se une con los enemigos del país. La llamada «Gran Señorita» prima de Luis XIV, sostiene a Condé que quiere derrocar al Rey…

En diciembre de 1650, la región de las Ardenas queda devastada. En Rethel, des­pués de la batalla, 1.500 soldados yacen, insepultos y expuestos a los buitres. El Se­ñor Vicente envía Misioneros para que se ocupen de mandar enterrar a los muertos. Dos Hijas de la Caridad: Juana y Guillermina Chesneau, marchan para socorrer a los enfermos, a los hambrientos, a los sin techo… Luisa de Marillac las alienta en su duro trabajo:

«Todas nuestras Hermanas la saludan y alaban a Dios por el coraje que su divina bondad le comunica para servir a estos pobres afligidos. ¡Ah!, querida Hermana, ¡qué gracia tan grande la de haber sido escogida pa­ra tan santo empleo! Es verdad que es extremadamente penoso, pero en eso precisamente se manifiesta más grande la gracia de Dios sobre usted; gran motivo tiene usted de confiar y abandonarse en su santa Providencia, que no dejará de darle a conocer cómo le agrada eso. »

En la carta que el Señor Vicente escribe a Guillermina Chesneau aparecen las mismas recomendaciones. Será en la oración donde las Hermanas podrán sacar las fuerzas necesarias para llevar a cabo tan duro servicio.

La Fronda llamada «de los Príncipes» va tomando cada vez mayores proporcio­nes. Mazarino ha llegado a ser tan impopular que se ve obligado a huir. En Alemania, donde se refugia, organiza un ejército y, poniéndose al frente del mismo, marcha ha­cia Francia. La guerra se exacerba por todas partes. Por todas partes reinan la mise­ria, la rebeldía, la confusión.

A principios de este año 1652, Luisa de Marillac cae enferma con unas calentu­ras «dobles tercianas» que ponen sus días en peligro. Durante largas semanas sigue febril, agotada. El 20 de abril, hace esta observación:

«… Mis fuerzas tardan en volver y tengo continuas recaídas… »

A pesar de su deficiente estado de salud, Luisa consagra toda su atención a las Hermanas que se hallan en situaciones dolorosas. En febrero de 1652, la región de Angers queda saqueada por los ejércitos. Cerca de 200.000 pobres procedentes del campo se refugian en la ciudad buscando en ella asilo y alimentos. Luisa compar­te el sufrimiento de las Hermanas y las ayuda a considerar los acontecimientos con nueva mirada:

«La lectura de todas las aflicciones y calamidades ocurridas en Angers, me ha causado honda pena por todo lo que los pobres tendrán que sufrir; suplico a la divina bondad les consuele y les dé el socorro que necesitan.

También ustedes, queridas Hermanas, han tenido gran trabajo y dificultades, pero ¿han pensado que era justo que las siervas de los po­bres sufriesen con sus amos…? »

El 12 de mayo, el Señor Vicente describe a uno de sus Cohermanos la situación de París:

«Por aquí las cosas están más agitadas que nunca. París es un hormi­guero de gente, pues el ejército ha obligado a los pobres del campo a que vengan a refugiarse aquí. Todos los días se tienen reuniones para ver cómo se les puede ayudar…»

A otro Cohermano le refiere, el 21 de junio, toda la intervención de las Hijas de la Caridad en la asistencia a los refugiados y pobres:

«hacen y distribuyen todos los días la comida, en casa de la Señorita Le Gras, a 1.300 pobres vergonzantes, y en el barrio de «Saint Denis», a 800 refugiados; sólo en la parroquia de San Pablo, cuatro o cinco de estas Hermanas dan de comer a 5.000 pobres, además de los sesenta u ochenta enfermos que tienen que atender» .

Bárbara Angiboust, que se encuentra en Brienne, en la región devastada de Champaña, expresa todo su dolor de no poder dar abasto a las necesidades de to­dos los pobres con quienes se encuentra. Luisa la sostiene en ese sufrimiento que con tanta frecuencia se presenta:

«Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer;… Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por ayudarles en algo y per­manezcan en paz. Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad, y eso ha de ser su consuelo. «.

Por todas partes las Hermanas viven realmente los sufrimientos de los pobres. Como siervas que son, comparten con sus amos inseguridad y privaciones. La re­gión de Etampes ha estado ocupada durante dos meses por los ejércitos enemigos. Después de haberse levantado el sitio de la ciudad, el 23 de junio, la mirada no alcan­za a ver más que un espectáculo de desolación: campos devastados, aldeas saqueadas, numerosos campesinos ejecutados. Hay niños que vagan con mirada huraña buscando albergue y alimento.

Las Hermanas de Valpuiseaux, aldea próxima a Etampes, han seguido a la gente en su éxodo. De regreso a su puesto, reciben el consuelo de una larga carta del Se­ñor Vicente:

«… Han pasado ustedes muchos sufrimientos, pero también sé que se­rán ampliamente recompensadas; y no sólo será grande su recompen­sa por el daño que han sufrido, sino también por el bien que han hecho atendiendo a los enfermos y a los heridos en el hospital y por los bue­nos ejemplos que les han dado… »

Mucho desearían, tanto Vicente como Luisa, enviar a otras Hermanas para ayu­dar en el cuidado y educación de los numerosos huérfanos. Pero los caminos ¡ofre­cen tan poca seguridad! Bandidos, desertores que despojan a los pasajeros, sin con­tar las fieras, que se hacen presentes en el campo atraídas por los cadáveres. Tres mujeres han sido devoradas por los lobos en la región de Etampes. No hay otro re­medio que esperar un poco. Pero esa espera va a prolongarse más de lo previsto, por­que los ejércitos se dirigen de nuevo hacia París. El 1.° de julio, el ejército de Condé, compuesto por españoles, se encuentra junto a la Puerta de San Dionisio. Por la no­che, unos saqueadores entran en San Lázaro, se enfrentan, amenazándole, con el Sr. Alméras, suben a las habitaciones del Seminario y se entregan al pillaje de todo lo que encuentran.

¿No se les ocurrirá a los soldados entrar también en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad situada en el lado de enfrente de la calle? Es un pensamiento que in­quieta a Luisa de Marillac, quien pregunta qué conducta observar, llegado al caso:

«La mayoría de la gente sale de este arrabal y se va a vivir a otro sitio; ¿no tendríamos que seguir su ejemplo? Pero para nosotras sería muy complicado. Si hubiera que temer por las Hermanas jóvenes, podríamos enviarlas acá o allá, a diferentes parroquias…

En cuanto a mí, me parece que estoy esperando la muerte y no puedo impedir que mi corazón se sobresalte cada vez que oigo gritar a las armas… «.

Siguiendo el consejo del Señor Vicente y el de las Hermanas mayores, Luisa de Marillac, apenas repuesta de su última enfermedad, consiente en ir a refugiarse en el centro de París, con unas cuantas de las Hermanas más jóvenes. Las demás se quedan en la Casa Madre juntamente con las nodrizas y los niños. Los Sacerdotes de la Misión permanecen en San Lázaro.

El 2 de julio, las tropas reales ganan la batalla en el barrio de San Antonio. Por todas partes se ven soldados cometiendo exacciones; pero poco a poco va renacien­do la calma: el pueblo está harto de la guerra. El 24 de agosto, Luisa se hace intérpre­te de la opinión pública:

«Estoy muy asombrada de que lleve usted tanto tiempo sin recibir carta nuestra; tiene que ser la guerra la que ha entorpecido el que lleguen a su poder, porque yo no he dejado de escribirle con frecuencia. ¡Ben­dito sea Dios que por su bondad nos hace esperar tranquilidad con la creencia de que prono llegará la paz!

Por último, el 21 de octubre de 1652, Luix XIV, que ha alcanzado la mayoría de edad, hace su entrada en París; la ciudad le acoge muy favorablemente. Lentamente, Francia va levantándose de sus ruinas. El Señor Vicente suscita la caridad pública para acudir en favor de los más necesitados, que son: los campesinos de Champaña y Picardía, regiones completamente devastadas; los soldados heridos en Chálons; los numerosos huérfanos de Etampes; los mendigos de Angers, los de París… Por todas partes, las Hijas de la Caridad ponen manos a la obra. Luisa no deja de acom­pañarlas y sostenerlas. Así, escribe a Juana Francisca, encargada del orfanato de Etampes:

«… Estoy segura… de que se complace en instruir lo mejor que puede a esas criaturitas, rescatadas con la sangre del Hijo de Dios, para que puedan alabarle y glorificarle eternamente».

Por medio de Ana Hardemont, hace llegar este mensaje a las Hermanas que trabajan en diferentes pueblos de Champaña:

«La pura intención que con frecuencia (ellas) deben renovar de hacer todas sus acciones por amor de Dios, les servirá de ayuda para man­tenerse en el espíritu que deben tener las verdaderas Hijas de la Cari­dad… «.

Luisa no cesa de repetir a las Hermanas que cualesquiera sean el trabajo desem­peñado y las personas atendidas, su servicio es y tiene que ser «la puesta en práctica del Amor».

La guerra con España proseguirá todavía 10 años más. Tanto Vicente como Lui­sa, que han visto de cerca la gran tribulación que sufren los soldados heridos, aban­donados, sin que nadie les cuide, no dudan en enviar Hermanas a los campos de batalla. Dos de ellas, Francisca Manceau y Margarita Ménage, mueren en Calais, en 1658, víctimas de su abnegación. Son muchas las Hermanas que se ofrecen para ir a reemplazarlas. En todo tiempo las Hijas de la Caridad se han mostrado disponi­bles para acudir en ayuda de sus hermanos los más necesitados.

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