La primera misión fundada fuera de París fue la de Toul, en Lorene. Fue en el Sr. Lambert en quien puso los ojos san Vicente para organizar esta misión. Se quedó allí tres años (1635-1638).
El cardenal de Richelieu estableció una misión en la ciudad que llevaba su nombre, y el Sr. Lambert recibió también la orden de ir a poner las bases de esta obra nueva. Se desempeñó con gran contento de su Padre y del cardenal, quien publicó su satisfacción. Los consejos de san Vicente llegaban para animarle y a ayudarle a dirigir bien a su familia. Veamos uno de los que le da el 31 de enero de 1638, poco después de su llegada a Richelieu.
«Todo el mundo está de acuerdo en que el fruto que se hace en la misión es por el catecismo, y diciendo esto últimamente una persona de calidad, añadió que los misioneros se preparaban todos para predicar bien, y que no sabían dar el catecismo, y dijo esto en mi presencia y en la de una buena compañía. En nombre de Dios, Señor, advertid de esto a la Compañía de ahí. Mi pensamiento es que los que trabajen deben dar, uno el gran catecismo, el otro el pequeño tan sólo y hablar dos veces al día. Y se pueden llevar al catecismo moralidades para mover; ya que, como he dicho, se advierte que todo el fruto viene de allí. Hemos celebrado aquí algunas conferencias referentes a la manera como hay que conducirse para enseñar las verdades controvertidas; y me parece que estos señores lo entienden medianamente, por lo menos los tres primeros. Han aprendido también el método del Sr. Véron, por él mismo. Os ruego, Señor, que habléis todos los días reunidos, y digáis al Sr. Perdu que le pido que refresque su memoria sobre esto, de manera que cuando vayan a Richelieu sepan cómo hay que enseñar humilde y familiarmente estas verdades. Que recuerden que no van allá por los herejes, sino por los pobres católicos, y que si, no obstante, mientras van, se presenta la ocasión de instruir a alguno, que lo hagan tranquila y humildemente, mostrando que lo que se les dice viene de las entrañas de compasión y caridad, y no de indignación. No podre proponerles un ejemplo mejor que el vuestro y el del Sr Soufflier; un señor de esos barrios me ha contado que os portabais precisamente como había que hacerlo con los católicos y los hugonotes por ellos, y para edificarlos unos a otros. Os ruego, Sañor, que les digáis esto, y sobre todo que no presenten nunca un desafío a los ministros ni a quienquiera que sea en la situación que fuere.
El Sr. Lambert tuvo el consuelo de establecer a las Hijas de la Caridad en Richelieu. Veamos lo que le dice san Vicente sobre esto: «El Sr. cardenal me ha encargado que os diga que organicéis la Caridad en Richelieu, y que él aportará algo anualmente, entre tanto que pueda mantenerse con las aportaciones ordinarias. Según eso, y mientras tanto, será conveniente que les deis para comenzar ocho o diez escudos si podéis. El Sr. abogado del rey, de Laudun, me ha dicho que el proceder de la Misión es excelente con respecto a los herejes, porque establece las verdades divinas sin disputar los puntos controvertidos y que los hugonotes están encantados así. Que se continúe pues, por favor. Mons. El cardenal piensa que se dé un día de descanso a la semana durante la misión por ejemplo el sábado, y me ha recomendado que se extienda la práctica a todas partes… Os ruego, Señor, que comencéis en Richelieu. Os enviaré a la hija de la Caridad; Pudiera ser que os la lleve el Sr. Goussault, lo más pronto después de Pascua. Las prisas que tengo no me permiten deciros más cosas, si voy a contestar a los que nos escriben, por el primer mensajero. Los abrazo entretanto a todos, y soy, etc.
Fue el 1º de octubre cuando llegaron las hijas de la Caridad a Richelieu. San Vicente se las anunciaba así al Sr. Lambert: «Son dos hijas de la Caridad que van para aliviar a las damas de la Caridad y asistir a los pobres enfermos; saben dar clases a las pequeñas las dos; se os podrá dejar una para esto cuando los enfermos sean menos, y la otra se volverá. La Srta. Duquesa de Aiguillon me ha dicho que escribiría al Sr. de Grandpré para su alojamiento; espero que dé también órdenes para su sostenimiento, o si no su Eminencia. Os suplico que proveáis a su alimentación».
Muy prudente en la dirección de su familia, el Sr. Lambert estaba en condiciones de dar a los demás superiores los consejos que podían necesitar. San Vicente le envió a la Rose, para la visita de la casa; algún tiempo después, le envió a Angers.
… La Srta. Le Gras desearía, le dice, que fueseis a dar una vuelta a Angers para visitar a su hijas en plan de visita. Os podríais ocupar de nuestros asuntos del Pont-de- Cé y de la renta, o de las ayudas que se nos deben en ese lugar. Podréis ver al Sr. abate de Vaux, que es un gran siervo de Dios, y que tiene una caridad sin igual con las hijas; es el gran vicario… Podréis hablar a cada una en particular, y luego darles una charla general, sin que sea necesario; y quizás baste por esta vez que las veáis en particular. Nos comunican que los señores del Hôtel-Dieu les han mandado hacer vestidos más bonitos; vos los veréis, y si no es conveniente colocar a la hermana Barbe en Angers para dirigir, mandar venir a la Sra. Turgis a París, y a la hermana Ysabel, que es la superiora de las hijas, siempre débil, en Richelieu, donde tal vez el aire podrá devolverle la salud. Es el pensamiento de la Srta. Le Gras, y el mío es el de quereros tiernamente más que a mí misma, un millón de veces, y de ser, en el amor de Nuestro Señor, etc.
Después de agradecerle los servicios prestados en las diversas casas, por las visitas que ha hecho, san Vicente escribe al Sr. Lambert, el 26 de agosto de 1640:
«Nosotros estamos haciendo la visita aquí. Nunca he conocido mejor cuánto importa que se emplee bien para nuestro adelanto espiritual en el intervalo que la Providencia nos da para ello; en el nombre de Dios, Señor, decídselo a la Compañía, y que importe que nos empleemos, y el tiempo que tenemos a este efecto, y que según eso haremos bien en diferir toda clase de ocupación, hasta las predicaciones y visitas de los lugares a los que se ha ido a dar la misión, hasta otro tiempo. Conviene que trabajemos en hacer reinar a Dios soberanamente en nosotros y luego en los demás; y mi problema está en que tengo más cuidado por hacerle reinar en los demás que en mí. Oh Señor, qué ceguera la mía, y cómo le ruego a Dios para que no me imiten en esto. Os lo digo con lágrimas en los ojos, y que soy en el amor de Nuestro Señor, etc.
Durante el mes de mayo, hallándose en misión en Mirabeau, se enteró de la enfermedad de la hermana Louise, hija de la Caridad, en Richelieu, y escribió a la hermana Barbe Angibou:
«Mi muy querida hija en Nuestro Señor,
Habéis hecho bien en informarme de la enfermedad de nuestra buena hermana Louise. Quiero creer que no será nada, y que no hayáis omitido nada, como os lo suplico de todo corazón, y que cuidéis de ella mucho. Yo ya ha pedido por ella y por vos también».
Algunos días después, la anima en estos términos: «Mi muy querida hija en Nuestro Señor, me siento muy afligido por la enfermedad de nuestra querida hermana Louise. Tengo la seguridad que vuestra caridad no omitirá nada de lo que una bien amada puede hacer a por su hermana querida en Jesucristo, y por Jesucristo. Y en verdad, es en este caso donde es preciso que seáis hija de la Caridad. Rengo demasiada seguridad de la ternura de vuestro corazón para exhortaros más a lo que ya llegáis por vos misma; la saludaréis, os lo ruego, de mi parte».
Se fue de Richelieu a primeros de 1642, y fue a pasar la visita a Amiens. Visitó también la casa de Toul, que había dirigido anteriormente; luego fue encargado de de la distribución de los auxilios de Champaña, donde dio misiones, lo mismo que en Borgoña. Abelly cuenta los frutos maravillosos operados en estas Misiones.
Volvemos a ver al Sr. Lambert en Richelieu, iniciado ya el 1644, de regreso de Angers donde había estado haciendo la visita de las hermanas. Comunicó al Sr. Portail, quien estaba por entonces en París, director de las hijas de la Caridad, el resultado de su visita, y a finales de noviembre, escribe a la Srta. Le Gras para informarle sobre la situación de sus hijas.
A finales de diciembre de 1646, le llegó una carta de san Vicente en Richelieu; el extracto que damos de ella nos hará ver con qué éxito el celoso misionero llevaba a cabo sus funciones:
«Señor,
«No sé si esta carta os llegará antes de los trabajos de la Misión, pero me siento feliz de veros trabajar así por la salvación de las pobres gentes de los campos. Dios sea pues bendito por siempre. Le pido que os sintáis cada vez más animado de su espíritu para trabajar por su gloria. Vuestra carta, que recibí ayer por la tarde, me informa de la bendición particular que Dios ha tenido a bien dar a su obra, de lo cual no puedo darle suficientes gracias. Quiera su divina misericordia tomarse su agradecimiento por el fruto de esta misión, concediendo la gracia a estas pobres almas de conocer y reconocer sus liberalidades, y a vos continuar vuestros pequeños servicios en todo lo que sea extender y afianzar el imperio de Jesucristo».
En el curso del año siguiente, le vemos en Saintes, de donde escribe a las hermanas de Nantes la carta que se va a leer. La citamos por completo a pesar de su longitud:
Saintes, día de la Transfiguración de 1647.
A la hermana Jeanne Lepeintre.
«Mi querida hermana,
«La gracia de Nuestro Señor esté con vos por siempre y con todas las hermanas que están con vos, con la hermana Henriette, la hermana Claude, la hermana Brigitte, la hermana Marguerite, la hermana Marie, la hermana Jeanne, a quienes saludo junto con vos, con una salud tan tierna y llena de afecto, que os profeso a todas en el amor de Nuestro Señor Jesucristo y que, recíprocamente, estoy seguro que creéis que deseo vuestro bien y vuestra santificación.
«Pues bien, mis queridas hermanas, qué noticias me contáis de de la caridad y del apoyo que tenéis unas con otras. Quiero creer que vuestros corazones están estrechamente unidos a nuestro buen Dios; pero. Queridas hermanas, con ello mostráis a Jesucristo a quien amáis, si tenéis entre vosotras un verdadero amor. Ahora bien, así es como quiero que practiquéis esta celestial virtud de la caridad: 1º con respecto a nuestra querida hermana, vuestra sirviente, es preciso que todas tengáis un corazón de hija para confiarle únicamente las pequeñas aflicciones y penas de vuestro espíritu y que esta confianza esté acompañada de respeto, pero muy cordial; y a esta querida hermana le digo que extienda de tal manera su seno y su corazón que todas podáis descansar allí y en él encontrar el lugar que su oficio quiere que ella os dé. Ahora, por vosotras, oh, deseo, y es la voluntad de Dios, que entre vosotras os soportéis en vuestras pequeñas debilidades. Ay, mis muy queridas hermanas, qué hermana es la que menos tiene; ya que podemos pensar que las nuestras son las más difíciles de soportar, y pesan más a las que nos soportan, que no son las penas que nos hacen sufrir. Además, hermanas, no se necesita corazón para guardar en él la menor desconfianza, sospecha o menor estima de nuestras hermanas, como si el espíritu maligno pusiera en él este veneno peligroso; es preciso tener tanta vergüenza para hablar de ello entre vosotras como la que tienen las almas inocentes de revelar los pensamientos horribles de blasfemias y de impurezas, de las cuales se ve a veces agitadas; hasta hay más peligro y ofensa en revelar los primeros que las segundas. Además es preciso que cuando algún pobre o algún externo se quejan de algunas de nuestras hermanas, que humildemente disminuyáis la falta y la excuséis los más posible; también, si la queja es razonable, os informaréis, de ella misma o de la hermana sirviente, quien tendrá más gracia para arreglarlo todo; con eso, estad preparadas a echar una mano en los oficios unas de otras cuando veáis que os necesitan, y eso con simpatía y sin murmurar; y creo yo, con la gracia de Dios y estas pequeñas prácticas, que habrá paz entre vosotras, siendo la señal más infalible del divino amor; y yo, si veo que hacéis lo que podéis, sentiré un consuelo mayor de lo imaginable.
«Hay que decir algo sobre el amor de los pobres, que debéis estimar y acariciar ni más ni menos que la santa Magdalena acariciaba y quería a Jesucristo, lavándole, besando y limpiándole los pies. Los pobres, en la Iglesia, son como los pies de Jesucristo, y vosotras le ganáis tantos corazones como esta gran penitente, si hacéis estos pequeños servicios a los pobres de vuestro hospital, con la ternura y el amor como lo hacía esta santa joven. Estaba de tal modo atenta a agradar a su celestial Esposo que no escuchaba las calumnias, los reproches y todas las burlas que le hacían por su mala vida.
«En cuanto a todas las demás personas, sean los padres temporales del hospital, sean los que ocupan el lugar del Padre espiritual, se ha de tener un amor que tenga más respeto honroso; y sobre todo reconozcamos qué poco merecemos nosotros la bondad de los hombres y qué poco nos debemos alegrar, ya que Nuestro Señor quiere que aquellos y aquellas que le sirven no pongan en ello su felicidad, sino en el de estar en vocaciones que les ayuden en sus obras. En su amor soy,
«Mis queridas hermanas,
«Vuestro muy humilde y afectuoso servidor,
«LAMBERT,
ind. Sacerdote de la Misión
«P. S… –Había prometido a mi pequeña hermana Marguerite escribirle, y no recuerdo muy bien; asimismo, es a ella, como a todas las hermanas, a quienes pretendo escribir la presente. Cuando la hermana Marguerite haya llevado a la práctica lo que digo aquí, le daremos otras».
La carta que acabamos de citar muestra cuál era la prudencia del Sr. Lambert. San Vicente le alababa a menudo en su correspondencia y le proponía como ejemplo a la Compañía. Un día había tenido un altercado con unos capuchinos, y esto es lo que dijo san Vicente, escribiendo al Sr. de Sergis: «La inclusa os dará noticias del Sr. Lambert, y cómo se ha comportado con los RR. PP. capuchinos. Oh qué cristiano es eso, y cómo deseo que todos hagan lo mismo»
La Srta. Le Gras no admiraba menos al Sr. Lambert, y cuando escribía a sus hijas, las felicitaba por recibir sus piadosos consejos. Una carta suya a la hermana Jeanne Lepeintre, superiora de Nantes, nos lo hará apreciar mejor:
«Mi muy querida hermana,
«Nos habéis preocupado por no darnos noticias vuestras. Dios sea bendito por vuestra feliz llegada. Tengo aún vuestras cartas al Sr. Vicente, esto os debe ahorrar penas por no haberle escrito; pues sabéis sus continuas ocupaciones, que no os deben impedir sin embargo aumentar el número con vuestras necesidades; conocéis su caridad; tenía mis sospechas, mi querida hermana, de que os encontraríais con más de un problema; pero yo no os compadezco más que a medias, pues tendréis al Sr. Lambert, quien debe hacerlo todo, y no tenéis más que decirle lo que habéis advertido; me parece que nos os han hablado de la hermana Henriette más que para acompañar a la otra quien, tal vez, no habría venido de otra forma. Todo lo que me decís que hacen nuestras hermanas es totalmente contrario a los actos que hemos pasado con los SeñoresPadres, como ir fuera del mercado; no se debía ir sino por el pescado y las aves, y ello en menos de una hora; ya que para a fruta, hierbas, huevos, eso lo deberían traer a la casa las vendedoras, y la mantequilla es de provisión en la casa, que los señores Padres habían prometido mandar hacer, como las demás provisiones de leña, vino, vinagre, aceite y otras necesidades. Le informaréis de esto al Sr. Lambert; vuestras cartas llegadas todas juntas nos impiden conocer bien el verdadero estado presente en el que se encuentra la hermana, a quien decís haber preguntado condición. En cuanto a las salidas de la hermana Elisabeth, y sus comunicaciones para su alivio, habladle al Sr. Lambert. Espero que dará órdenes, así como para impedir que nuestras hermanas vayan más a buscar hierbas por los campos; no conviene tampoco refinar tanto a vuestro boticario, basta con tener los remedios ordinarios y más necesarios; de otra manera, se gastaría mucho dinero bien inútilmente. En cuanto a ese buen muchacho, no creo que sea conveniente que le habléis; pero que escuche el Sr Lambert todo lo que sabéis; él sabrá mandar a los señores Padres poner buen orden en todo, que ya sé que tiene gran disposición para hacer todo lo necesario para la tranquilidad de nuestras hermanas y el bien del hospital. En cuanto a recibir ayuda del muchacho, creo haberle dicho que nuestras hermanas le mandarían lo que había que hacer, con dulzura y caridad, y que había que vivir en grande paz y aguante de los defectos de unos y otros. Vos podréis pensar, querida hermana, si habría podido decir otra cosa a una persona que no conocía. Le dije solamente que debería tener cuidado de abastecer al hospital de agua y hacer todos los oficios más bajos. No conviene pensar impedir del todo todas las maledicencias y calumnias, sino sufrirla, ya que nuestro Maestro ha vivido y ha muerto entre los calumniadores. Enviadnos noticias, por el primer correo, de la amenaza de vuestro flujo. Os ruego, mi querida hermana, que saludéis muy humildemente al Sr. Lambert y a todos los demás Srs. Padres a quienes no puedo escribir por las prisas, como también a la Srta. de la Croizière, a quien enviaré por el primer correo, la receta que pide y el medio de tomarla.
«Todas las queridas hermanas os saludan muy cordialmente como yo lo hago también a todas las de ahí a quienes deseo de todo corazón el amor y el deseo del cumplimiento de la santísima voluntad de Dios en la que soy, mi querida hermana,
«Vuestra muy humilde y afecta hermana y sirviente,
«L. DE MARILLAC,
«P. S. –El Sr. Lambert concederá a la hermana Brigitte lo que desea desde hacía tanto tiempo, si él lo juzga conveniente».
El Sr. Lamber continúa las visitas a las hermanas, y escribe de Angers a la Srta. Le Gras, y de Nantes, el 18 de julio de 1648, y alegra a su venerable superior con las noticias que le da [20], cómo anima y fortalece a las hermanas en las visitas que les hace.
A su vuelta a París, el Sr. Lambert fue nombrado, a comienzos de 1649, superior de los Bons-Enfants; luego, san Vicente le nombró asistente de San Lázaro y superior del seminario menor de Saint-Charles, hasta 1651. Fue mientras desempeñaba este empleo de asistente cuando san Vicente le dio esta bella lección de obediencia de la que se ha hablado en su historia: Una noche que le había retenido hasta horas avanzadas, le dijo, al marcharse, que descansara al día siguiente. El Sr. Lambert, habituado a estar siempre el primero en la oración, llegó al día siguiente por la mañana como de ordinario. San Vicente, al verle, y conociendo su virtud, estimó favorable la ocasión de dar un ejemplo eficaz a la comunidad; mandó arrodillarse al Sr. Lambert, y le tuvo así delante de todo el mundo, diciendo que era la primera falta contra la obediencia que advertía en él, alabando por una parte su amor a la regla, pero censurando por otra este exceso de celo; después de lo cual continuó hablando largamente sobre la virtud de la obediencia, trayendo a cuento los ejemplos de Saúl y de Jonatán.
El Sr. Lambert era de gran servicio a san Vicente, y verdaderamente su brazo derecho en la dirección de la casa de San Lázaro, pero este gran santo no vio dificultades en verse privado de él para una misión distante y difícil, pues conocía su mérito y su virtud, que había puesto a prueba más de una vez.
María Luisa de Gonzaga, durante su estancia en Francia, había conocido a san Vicente y le estimaba mucho; había sido en París de la asamblea de las Damas de la Caridad. Después de su matrimonio con Jan Casimir, rey de Polonia se propuso introducir a los misioneros en este país. Escribió a san Vicente para pedirle algunos de sus sacerdotes. El santo reconoció la voz de Dios en esta llamada, y envió a Polonia, en 1651, al Sr. Lambert, acompañado de los Srs. Desdames, sacerdote; Guillot, subdiácono; Zelazewski, clérigo, y del hermano Posny. Se trataba de cumplir el sacrificio al que se había resuelto once años antes, a propósito de la coadjutoría de Babilonia, y cuyo cumplimiento habían impedido circunstancias todavía desconocidas. Sabemos lo que este gran santo escribía entonces al cardenal Ingoli: «me parece, os confieso, Monseñor, que la privación de esta persona es arrancarme un ojo y cortarme yo mismo uno de mis brazos.» Los misioneros llegaron a Varsovia el mes de noviembre de 1651. Como no había aún ninguna fundación determinada para colocarlos, la reina los mandó alojar cerca de su palacio y les compró una casita con un huerto en la vecindad de la iglesia de la Santa Cruz. Los misioneros llegaron a Varsovia bajo el patrocinio de la reina y de su confesor, el abate de Fleury. San Vicente se apresuró a felicitarlos.
«Mil y mil acciones de gracias sean dadas eternamente a la divina Providencia por haberos conducido tan felizmente a Polonia, ante un rey y una reina de tanta piedad». Después, le da noticias de la Compañía, y concluye su larga carta con estas palabras: «Oh Señor, cómo os echo de menos; me parece que no tengo ya brazo derecho». En otro lado, san Vicente escribía al Sr. Lambert, para alegrarse con él por las buenas noticias que le enviaba de Polonia, y para darle a conocer los diversos acontecimientos sucedidos en la Compañía desde su partida.
Un sobrino del Sr. Lambert llegó a París, san Vicente se sintió feliz por darle a saber esta noticia: «Acabo de separarme de vuestro sobrino, que ha venido aquí para vernos, y donde no ha estado más que dos veces veinticuatro horas, queriendo regresar por el coche, que partió hoy, para que no se apenara si tardaba más; pues está casado, y dios le ha dado hijos. Tiene dos caballos y veinticuatro arpendes de tierra de los cuales siembra una parte. Sería bastante para vivir si no hubiera gentes de guerra en Francia. Cuando llegan por allí, el Sr. Jouailly los recibe de buena gana en su casa, con los que traen. No he visto a nadie nunca que haya manifestado mejor la bondad y la sencillez de Nuestro Señor que él; no digo una sencillez boba, ya que no le falta ingenio. Me ha abrazado más de seis veces y besado en la cara con tal cordialidad, que me ha parecido todo corazón. Hemos hablado en picardo, pero con esta diferencia que él hacía todo lo que podía para hablar bien el francés, y yo para hablar bien el picardo. Me ha dicho que os quedaríais atónito cuando sepáis que ha venido aquí. Se ha sentido mortificado al no encontraros; pero se marcha todo lo alegre y contento que era de esperar. Me ha dejado contento con su buen humor, por ir acompañado de piedad y de temor de Dios. Tiene también una hermanita, que es igualmente una buena chica».
Algún tiempo después, san Vicente da al Sr. Lambert una encantadora lección:
«Desde que os escribí, he recibido dos cartas de vos, de los 24 de agosto y 8 de setiembre; esto me ha supuesto alegría, pero os confieso también que he sentido pena al leeros, a causa de vuestra mala letra, que me hace perder tiempo, y a veces el sentido de vuestro discurso. Os ruego pues que trabajéis para escribir mejor, para formar bien las letras y separar las palabras; y de esta manera vuestros escritos me producirán un doble consuelo».
Hemos dicho que los misioneros habían llegado a Varsovia, bajo el patrocinio del abate de Fleury, confesor de la reina. No se ignoraba en Varsovia que el abate de Fleury había tenido relaciones con los jansenistas, y por ello los Padres de la Compañía de Jesús se opusieron a su establecimiento, y los hicieron pasar por afectos a esta doctrina; fue en esta ocasión cuando san Vicente escribió, el 21 de junio de 1652, la carta siguiente al Sr. Lambert:
«En cuanto al segundo punto de vuestra carta que habla de las dificultades que se presentan para permitir vuestro establecimiento, adoro en ello la conducta de Dios, sin cuyas órdenes nada se hace, y haremos bien en mirar en su beneplácito todos los obstáculos que se nos presenten, más bien que imputárselos a nadie. Y aunque fuera verdad que aquellos de quienes os han hablado nos darían envidia, no me cansaré nunca de estimarlos, de amarlos y servirles en todo lo que pueda, sea aquí, sea en otra parte. Sin embargo, aquí hay una copia auténtica de nuestra bula, legalizada por el Sr. Oficial de París y por el Sr. nuncio, de quien espero una carta de recomendación y testimonio a favor de la Compañía. Espero de la bondad de Dios y de la fuerza de la verdad que eso bastará, y que quedéis pronto establecidos». ….
Estos testimonios no fueron suficientes no obstante, y la oposición duró todavía cuatro años; no cesó hasta que, en 1655, los jesuitas de París, a petición de san Vicente, hubieron escrito a sus cohermanos de Polonia que dejaran en paz a los misioneros.
Casi inmediatamente después de la llegada del Sr. Lambert a Varsovia, estalló la peste en Cracovia. El Sr. Lambert se dirigió allí a toda prisa, con uno de sus cohermanos, y sirvió a los apestados, distribuyéndoles las limosnas que le daban los ricos para su alivio. Ejerció durante seis meses esta obra de caridad. En esta ocasión, llegaron las primeras hijas de la Caridad, enviadas por san Vicente, a petición de la reina; era la hermana Marguerite Moreau con dos compañeras. Este auxilio oportuno consoló mucho a este santa misionero, y pudo volar a otros menesteres. Habiendo extendido la peste sus estragos hasta Varsovia, regresó a esta capital que encontró en la consternación. Al punto se puso a la obra con tanto celo, que la reina, escribiendo de Cracovia a san Vicente, el mes de setiembre de 1652, hizo de él el más hermoso elogio.
«El bueno del Sr. Lambert, dice, al ver el miedo que Los Polacos tienen a la peste, ha querido ir a Varsovia para establecer allí un orden mejor que el que había para el alivio de los pobres. He dado orden de que se aloje en el castillo y en la propia cámara del rey. Recibo todos los días noticias, y todos los días le recomiendo que no se exponga al peligro. Tiene a su lado todo lo que es necesario para venir a verme tan pronto como el orden que ha puesto en las cosas quede establecido; y le exhorto a que se dé prisas para estar cerca de mí lo antes posible. Sin esta enfermedad que ha cambiado nuestros planes, habríamos acabado su establecimiento en Varsovia. Hace dos días que han llegado vuestras hijas de la Caridad, de lo que me siento satisfecha; me parecen muy buenas mujeres.
San Vicente nos da él mismo al detalle los trabajos del Sr. Lambert, en una carta al Sr. Ciglée, superior de Sedan:
«Los misioneros de Polonia, dice, trabajan con gran bendición. No tengo el tiempo de explicarlo al detalle; os diré tan sólo que estando tan encendida la peste en Varsovia, que es el lugar donde tiene el rey su residencia ordinaria, todos los habitantes que han podido escapar han abandonado la ciudad, en la cual, no más que en los demás lugares afectados por esta enfermedad, no hay apenas orden alguno, sino, por el contrario, un desorden extraño; ya que nadie entierra a los muertos; los dejan en las calles, donde se los comen los perros en el momento que alguno ha contraído este enfermedad en una casa, los demás le ponen en la calle, donde se muere sin remedio, pues nadie le lleva de comer. Los pobres artesanos, los pobres sirvientes y sirvientas, las pobres viudas y huérfanos, están completamente abandonados; no tienen a quien pedir pan porque todos los ricos han huido. Fue en esta desolación cuando el Sr. Lambert fue enviado a esta gran ciudad para remediar todas estas miserias. En efecto, él ha provisto por la gracia de Dios, haciendo enterrar a los muertos y llevar a los enfermos, abandonados así a lugares propios para ser socorridos y atendidos, en el cuerpo y en el alma; lo que ha hecho también con los enfermos atacados de las enfermedades no contagiosas. Por último, una vez preparadas tres o cuatro casas diferentes y separadas una de otras como otros tantos hospicios u hospitales, ha mandado aislar y alojar en ellas a todos los demás pobres que no estaban enfermos, a los hombres por un lado, a las mujeres y los niños por otro, donde son atendidos con las limosnas y favores de la reina.
Cuando los misioneros habían llegado a Varsovia, la reina había buscado darles un establecimiento. Se había pensado en un principio en confiarles una iglesia donde se reunían los alemanes, pero varias oposiciones malograron el proyecto. En esto, quedó vacante un beneficio eclesiástico dependiente del rey. Era Sokoto, pueblecito en el palatinado de Grodno, a unas sesenta leguas al norte de Varsovia, en Lituania. El Sr. Lambert aceptó este beneficio en nombre de la Congregación, con la condición que sería compatible con los deberes de la vocación del misionero, y envió allí al Sr. Desdames en 1652. Mientras la peste hacía sus estragos en Varsovia, Gustavo Adolfo, rey de Suecia, se preparaba para la guerra contra Polonia, y los Cosacos de Ukrania, levantados contra los señores, apelaron en su socorro a Aleas, zar de los moscovitas. El rey Casimir salió al encuentro de éste último, que había reunido un gran ejército en las fronteras de Lituania. La reina, huyendo de la peste, acompañó al rey en esta expedición, y quiso que el Sr. Lambert la siguiera. Ella se refugió en la ciudad de Grodno, donde el Sr. Lambert tuvo ocasión de ver al arzobispo de Wil, de quien escribía san Vicente «Nos cuentan aquí maravillas de Mons. arzobispo de Wil». Desde entonces este prelado demostró al Sr. Lambert el deseo de confiar un seminario a la Congregación; pero este proyecto no se llevó a cabo hasta treinta años después. En cuanto al Sr. Lambert, su carrera había terminado, y dos años de trabajos y de fatigas habían sido suficientes para agostar del todo sus fuerzas. No tardó en resentirse de los primeros ataques de la peste, y enseguida se retiró donde sus cohermanos, en Sokol, que no dista más que seis leguas de Grodno. A pesar de todos los cuidados que le mandó prodigar la reina, se puso grave; y este hombre, lleno de paciencia, no pudo por menos que decir: «Yo sufro los dolores más acuciantes, y no podré soportar por mucho tiempo la violencia sin morirme». En efecto, al tercer día, después de recibir los últimos sacramentos de las manos del Sr. Desdames, entregó su alma a Dios el 31 de enero de 1653, de tan sólo cuarenta y siete años. Le enterraron ante el altar mayor de la iglesia de Sokol; pero en 1686, su cuerpo fue trasladado a Varsovia, con el permiso de Mons. Katohira, arzobispo de Wil y depositado en los sótanos de la iglesia de la Santa cruz, donde todavía reposa hoy.
Podemos ver cuáles fueron los sentimientos de san Vicente ante la noticia de la muerte del Sr. Lambert, por la carta que escribió a todas las casas de la Congregación:
«El santo consuelo de Nuestro Señor, dice, esté con nosotros, para sobrellevar amorosamente la pérdida incomparable que la Congregación acaba de sufrir en la persona del Sr. Lambert, que ha entregado su alma a su Creador, el 31 de enero último(1653). El confesor de la reina de Polonia me escribe que es llorado por todos, y que se dice que será difícil hallar a un eclesiástico más perfecto y más apto para hacer las obras de Dios, añadiendo que se puede, con todo verdad, decir de él, que era amado de Dios y de los hombres, y que su memoria está en bendición. Era un hombre, continúa diciendo, que buscaba únicamente a Dios, y si embargo, nadie, en tan poco tiempo, ha avanzado tanto en los favores del rey y de la reina; nadie se había ganado tanto la aprobación del pueblo como este buen difunto, quien por todas partes donde se presentaba, ha pasado difundiendo el buen o por de sus virtudes. Tales son los sentimientos del confesor de la reina, que no difieren en nada de los de su Majestad misma en una larga carta de su propia mano, en la que, después de expresar la satisfacción que ha tenido en todo por sus maneras llenas de dulzura y el profundo dolor que experimentaba por su muerte, termina de esta manera: «Por último, si no me enviáis un segundo Lambert, no sé ya qué hacer». Lo que define la perfecta confianza que tenía en él; también la ha llevado a hacer unas cien mil libras de limosnas, más allá de lo que habría hecho, desde que tuvo el honor de acercarse a ella, por lo que me comunican los nuestros, que han distribuido una buena parte, tanto a los pobres apestados de Cracovia y de Varsovia, como a otros enfermos y pobres abandonados. Yo no dudo, Señores y queridos hermanos, que este accidenta que ha causado tanta aflicción a toda la Congregación, impresione sensiblemente nuestro corazón. Pero qué, la Providencia de Dios es adorable y debemos adorarla en sus visitas y en sus efectos. Lo que debemos hacer en esta dolorosa ocasión es tener confianza que este querido difunto nos será más útil en el cielo que en la tierra».







