El Sr. Lambert nació en 1606, en el pueblo de Fossemanant, parroquia de Pousel, en la diócesis de Amiens. Entró en la Congregación cuatro años después de su fundación, es decir en 1629; es el undécimo de los que llegaron a unirse con san Vicente, en sus primeros trabajos. Ordenado sacerdote en 1631, pasó veintidós años en la Congregación, y en ella trabajó con un celo infatigable en todas las funciones del Instituto. Desde su entrada en el seminario tomó la resolución de imitar a san Vicente en sus palabras y en sus acciones; pues se le presentaba como un modelo viviente de la perfección y, como él mismo se lo dijo a un amigo suyo, le consideraba como un libro usual del que se sacan todas las instrucciones necesarias para vivir como un perfecto cristiano; así fue como llegó poco a poco a ser uno de los mejores y de los más preciosos obreros de la Congregación.
Lleno de estima y de afecto para la oración, se hallaba siempre, de los primeros, por la mañana en la capilla, donde se hacía la meditación en común. A menudo volvía muy tarde por la noche; de regreso de los campos, y a pesar del exceso del cansancio, se le veía al día siguiente aparecer en la oración al mismo tiempo que los demás. De este amor por la oración, procedía en él una íntima unión con Dios; También se le escapaban con frecuencia del corazón fervientes oraciones jaculatorias. Tenía costumbre de decir que su mayor consuelo en este mundo era saber que Dios se encuentra presente en todos los lugares. En recompensa, al Señor le gustaba colmarle de sus mayores favores, infundiendo en su alma los sentimientos de la más tierna devoción. Un día que recitaba el breviario con otro sacerdote, llegó a estas palabras del salmo: «In quo corrigit adolescentia viam suam? ¿En qué corrige su conducta el joven?» Muy pronto, haciendo reflexión sobre sus propias miserias, se puso a llorar; no era cosa rara en él, pues había obtenido de Dios el don de las lágrimas. Muchas veces se le vio en su habitación, prosternado ante el crucifijo, y llorando abundantemente, bien porque se sintiera impresionado por algún sentimiento particular de devoción, bien porque llorara por alguna falta cometida, Es lo que le sucedía también a menudo, no sólo en sus oraciones, sino también en los sermones o en las conferencias, en las que hablaba con tal ardor que enternecía e inflamaba a todos los que le escuchaban.
Las dulzuras celestiales que experimentaba en sus comunicaciones con Dios le hicieron concebir un gran alejamiento en cuanto a satisfacciones del cuerpo; de manera que, desde su entrada en la Congregación, perseveró hasta la muerte en una mortificación continua de sus sentidos, viviendo siempre en el ejercicio de las penitencias y de las austeridades corporales. Pero él se entregó todavía más al estudio constante de la mortificación interior por medio de una obediencia total, virtud en la llegó a ser tan admirable, que san Vicente decía de él que no había podido conocer nunca de qué color era su voluntad, prueba evidente de la indiferencia que había adquirido para todos los empleos y de la docilidad ciega con que se sometía al juicio de los demás. Por poco que se reflexione sobre este punto y sobre la dificultad que todo hombre tiene en someterse a la voluntad de otro hombre y en recibir sus mandatos como venidos de Dios, no costará mucho comprender el eminente grado de virtud al que había llegado este santo sacerdote, ya que, después de colocarle en tantos empleos diferentes y cambiarle tan a menudo de casa, un superior como san Vicente no había podido descubrir nunca que tuviera otra inclinación que la de hacer la voluntad del que le dirigía.
Aparte de la abnegación de su voluntad, se advertía en él un desprendimiento total de todos los bienes terrenos, y un gran amor a la pobreza, estimando que lo poseía todo cuando no poseía nada. Decía también que la joya más preciosa que pudiera tener un Misionero era la de no poseer nada y que el tesoro más grande de la Congregación era la pobreza. Si alguna vez sucedía que se hablara en su presencia de las grandes posesiones de alguna comunidad religiosa, demostraba que él no le daba mucha importancia, o bien decía que la abundancia en las comunidades religiosas es con frecuencia la causa de su ruina. No dejaba, sin embargo, de tener cuidado de sus inferiores, y de proveerles en lo posible de todo lo que les era necesario para cumplir su oficio; y para que los demás estuvieran contentos, se privaba de buena gana de todo lo que le podía venir bien; gustaba entonces un soberano placer en sentir los efectos de la pobreza. Incluso en los mayores fríos del invierno, no llevaba otro hábito que el de la sotana, para mejor compartir los sufrimientos de los pobres. Daba muestras a todos de estima y de respeto, y trataba a todo el mundo con la mayor dulzura. Esta última virtud fue en él tan notable como si le fuera natural; no la había adquirido más que por la violencia que había hecho a su temperamento inclinado a la cólera y a la severidad. Tenía siempre la alegría en el rostro, y hablaba de una manera muy afable a todos, sin herir nunca a nadie. Esta dulzura de su conversación le atraía todos los corazones y quienquiera que hablara con él se iba satisfecho y consolado por la bondad que mostraba y la condescendencia que cristiana que exhibía en someterse de grado al sentimiento de los otros.
Esta afabilidad y esta mansedumbre le servían de gran ayuda para ganarse el corazón de los pecadores más endurecidos. Un día, al encontrarse con un carretero, cuyo vehículo se había atascado, y que blasfemada horriblemente, porque no podía sacarlo del mal paso, este buen sacerdote se paró, sin reparo alguno se metió en el barro, arrimó el hombro con todas sus fuerzas para sacar la rueda que se había hundido en el barrizal; ayudó tanto al carretero que al final el coche estuvo en condiciones de marchar. Entonces volviéndose con bondad hacia este hombre que estaba boquiabierto ante esta caridad, le hizo una dulce corrección, explicándole el exceso que cometía con sus impaciencias y con sus blasfemias, y recibió por recompensa la promesa de una enmienda verdadera.
Acompañaba con la misma dulzura todos los avisos que se veía obligado a dar a sus inferiores; lejos de exagerar sus faltas, las atenuaba lo más que podía, aunque se hubieren cometido en su presencia.
Mientras hacía la visita en la casa de Saint-Charles, en París, entró en la capilla y vio que las gradas el altar no estaban tan limpias como convenía a la santidad del lugar; y para no dar motivo de confusión al encargado, avisándole públicamente de su falta, se puso a limpiarlas él mismo, con el fin de hacer el aviso más dulce y más eficaz.
Durante el tiempo de las guerras civiles, la casa de San Lázaro, de la que era encargado como asistente, fue amenazada repetidamente por personas de alta condición de saqueo e incendio. A pesar de la fidelidad que san Vicente había mostrado siempre en el servicio del rey; pero en medio de todas estas amenazas de ruina, el Sr. Lambert conservaba su corazón en paz y continuaba cumpliendo su oficio con gran tranquilidad de espíritu y de mucha constancia, sin dar la menor señal de inquietud. Habiéndose incendiado una de las leñeras de la casa y amenazando llegar a los otros edificios, fueron corriendo a avisar al Sr. Lambert; éste respondió tranquilamente e imperturbable: «Bueno, vamos a ver lo que se puede hacer para remediarlo».
Como la varadera dulzura procede de la humildad, la perfección de esta virtud en el Sr. Lambert denotaba una profunda humildad. Buscaba todas las ocasiones de rebajarse y de ser despreciable. Así, le gustaba que todos conocieran la pobreza de sus padres. Un día, mostró a sus cohermanos de la casa una bolsita que contenía algunas monedas y les dijo gozoso: «Miren una limosna que me han hecho para socorrer las necesidades de mi madre y de algunos de mis parientes, que se encuentran en una miseria extrema». Se aprovechaba así de esta ocasión para humillarse, y daba más importancia a la pobreza de sus padres que otros dan a la nobleza y de la riqueza de su familia.
Mientras era superior del seminario menor de San Carlos, uno de sus sobrinos vino a verle para contarle su miseria y la de su madre; y como este pobre muchacho no tenía aspecto muy espiritual, los alumnos de la casa explotaron su simplicidad para divertirse un poco. El Sr. Lambert lo supo y queriendo aprovecharse de esta ocasión para cosechar algunas humillaciones, fue a mezclarse con los alumnos que rodeaban a su sobrino y se puso a reír con ellos las ingenuidades que le hacían decir;
…le animaba a hablar de manera que descubrieran la humildad de su nacimiento y la pobreza de su condición.
En los primeros días de su entrada en la Congregación, teniendo que hablar con un secretario de Estado, se presentó ante él con un mal hábito de tela; también con estas pintas, un día de fiesta, asistió a la misa mayor y a las vísperas. En otra ocasión, al recibir la visita de un consejero del reino que parecía tenerle en gran estima, le dijo que sin duda no le conocía bien, pues no merecía tanto honor de su parte, no siendo más que un campesino. Se le oyó repetir varias veces que sufría mucho cuando le apreciaban y le honraban en los lugares que se encontraba, y que su mayor consuelo habría sido vivir en un lugar apartado a los ojos de los hombres, donde no hubiera podido ser conocido más que de Dios.
Se entregaba con gran afecto a los oficios más viles y más fatigosos, y se comportaba con todos como el último de la casa y el servidor de sus hermanos. Viendo un día en la sacristía a un sacerdote que se revestía para decir la misa, y cuyos zapatos estaban cubiertos de barro, se acercó a él despacio, como para arreglarle el alba, y luego con toda la habilidad, en un santiamén, le limpió los zapatos. Mientras era superior de una casa, se le vio trabajar en la cocina y, poniéndose un delantal, lavar él mismo la vajilla.
Cuando temía que había contristado, en lo que fuera, a alguno de sus inferiores, iba al punto a verle y pedirle perdón muy humildemente. No obstante, se imaginó que no había hecho ningún progreso en la humildad, y halló el medio de ocupar el rango de los principiantes. Aunque fuera uno de los más antiguos de la Congregación, volvió a entrar en el seminario interno, y allí se entregó a todos los oficios más viles, llevando sobre sus hombros los cestos de la basura, y obedeciendo a los más jóvenes seminaristas con tanto respeto y exactitud, que causaba la mayor admiración a todos los que le veían. Este hombre, tan consumado en virtudes, era digno de dirigir a los demás. También san Vicente le empleó en obras importantes y le confió la dirección de todas las casas que formó. Presionado por la Congregación de la Propaganda para que enviara a un eclesiástico para la coadjutoría de Babilonia, san Vicente, después de haber buscado inútilmente fuera de su familia, puso los ojos en el Sr. Lambert; éstos son los términos en los que se lo anunció al cardenal Ingoli:
1º de junio de 1660.
«Monseñor,
«He recibido la carta en la que vuestra Eminencia ha querido honrarme, con la devoción y el respeto que Nuestro Señor me da por los prelados de la Iglesia que trabajan los que más en la extensión del imperio de Jesucristo por toda la tierra, y me he dado a Dios para obedecerle en lo que respecta al mandato que vuestra Eminencia ilustrísima me da de destinar a alguien de la Compañía para la coadjutoría de Babilonia. No habiendo podido encontrar a ningún externo en quien yo viera las cualidades requeridas, que haya querido o podido emprender esta buena obra, el que yo destino a este efecto, Monseñor, es uno de los dos asistentes que la Compañía me ha dado para servirme de consejero en la dirección de la misma, en quien la divina bondad ha tenido a bien depositar casi todas las cualidades requeridas para esta santo [8] ministerio, según mi parecer. Os confieso, Monseñor, que la privación de esta persona es como arrancarme un ojo y cortarme yo mismo uno de mis brazos; pero el pensamiento de que Abrahán se vio en la situación de sacrificar a su hijo único, y que el Padre eterno nos ha dado a un único Hijo y la devoción que Nuestro Señor ha dado al Santo Padre de enviar ad gentes, a saber el poder que ha dado a su Iglesia, y que reside en la persona de nuestro Santo Padre, que es de enviar ad gentes, y la obligación que por consiguiente, y relativamente tienen los eclesiásticos de ir a donde él los envía; es lo que me hace ver la voluntad de Dios, que es que nos privemos aquí de este su siervo, para enviarlo allá, según la orden que tienen, por consiguiente, de obedecerle todos los eclesiástico de la iglesia en este caso; es lo que me hace resolver a destinar a este buen misionero para esta buena obra, y a ofrecerme yo mismo si fuera digno.
Sin embargo, este proyecto tan honroso para la persona del Sr. Lambert no recibió su ejecución por razones que nos han quedado desconocidas.







