La obra catequética de Santa Luisa

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Alberto López · Año publicación original: 1980 · Fuente: Anales españoles.
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Introducción

1. En la órbita espiritual de san Vicente de Paúl

St-Louise-de-MarillacLa dirección de Vicente de Paúl sobre Luisa de Marillac marca en la trayec­toria espiritual de ésta un giro fundamental:

De la obsesión por una vivencia espiritual preponderantemente individua­lista, pietista y centrada en un autoanálisis acongojante,

A una espiritualidad de servicio corporal y espiritual a Jesucristo contem­plado y servido en el pobre directamente o, de un modo indirecto, a tra­vés de la formación y gobierno de sus servidoras directas. (Cf. «Reglement de vie dans le monde», Ecrits, págs. 887-890. Traducción: Casta­ñares, tomo III, págs. 243-246.)

2. El servicio como catequesis y la catequesis como servicio

Dentro de esta acción de servicio hay que encuadrar —para comprenderla bien— su tarea catequética. Evangelización y servicio son dos componentes inter­cambiables en la espiritualidad vicenciana que no desliga en el hombre sus rea­lidades y necesidades espirituales y materiales.

 I. La catequesis catequética de Luisa

A) Luisa, catequista

1. El «plan de vida» en el mundo

En el Reglamento de vida en el mundo (al parecer de 1628, según Coste MV, 1,299) no se hace mención de ninguna labor catequética explícita. A lo sumo hay que suponerla en la actividad multiforme que llena intermitentemente algunas horas de la jornada:

Procuraré no estar nunca ociosa; por eso, después de esos cinco minu­tos de oración, me pondré a trabajar con alegría ya para la iglesia, ya para los pobres, o bien en lo necesario para la casa, y el trabajo durará hasta las cuatro. Si me veo obligada a hacer o recibir visitas, lo haré en estas horas (E 888; C 244).

2. De visita a las Caridades

En mayo de 1629 Luisa emprende una nueva etapa: Las visitas a las Caridades. Desde el comienzo y explícitamente, estas itinerancias tienen un carácter evan­gelizador. La carta con la que, el 6 de mayo de 1629, Vicente la pone en marcha, es una auténtica misión en el sentido más genuinamente evangélico: es como el discurso de misión con que Jesús envía a sus discípulos (cf. SVP I. 135-136).

No nos vamos a detener en el detalle de estos viajes apostólicos. Pongamos de relieve sólo dos puntos:

Durante el viaje, en las paradas, hacía Luisa lo que luego prescribirá a sus Hijas de la Caridad en los avisos que les dio para los viajes:

Luego que hubieren llegado a la posada, irán a la iglesia más cercana a adorar al Santísimo Sacramento.

Si, cerca de la posada, hubiere algunos pobres enfermos, podrán visi­tarlos tanto para consolarlos como para animarlos a sufrir sus males por amor de Dios; también podrán catequizar a quienes se encuentren.

En la posada, si tienen ocasión de decir alguna buena palabra a los po­bres o a los criados, que lo hagan con humildad, sin reírse de su igno­rancia (E 976; C 326).

Llegada al pueblo. Su actividad se intensifica según el programa:

Reúne a los miembros de la cofradía, les da sus instrucciones, estimula su celo, busca nuevos afiliados, anima a la que se va enfriando, vuelve a le­vantar la que ha caído, perfecciona la que está establecida.

No queda ahí todo.

Va a visitar a los pobres en sus casas. Distribuye limosnas, cuida a los enfermos.

Reúne a las jóvenes para enseñarles las verdades de la fe y los deberes que impone. Si en el lugar hay una maestra, la instruye en sus deberes pro­fesionales; si no la hay, forma a una (MV I, 241).

«Señor: Si a su Caridad le parece bien y no sucede nada urgente que me obligue a volver a casa, creo que es conveniente que no me vuelva hasta no dejar aquí una maestra preparada para enseñar a las niñas a coser y a leer» (Carta a San Vicente desde Bicetra, 23 ag. 1647; E 267; C I, 424).

c) Luisa, en estas ocasiones, se sirve —probablemente— de un catecismo que ha compuesto ella misma.

Armada de este pequeño catecismo y del programa del señor Vicente, la señorita Le Gras recorre varias veces las diócesis de París. Beauvais, Senlis, Soissons, Meaux, Chálons, Chartres, a pesar de su delicada salud y sus enfermedades. El invierno lo pasaba, de ordinario, en París entre los pobres de su barrio (MV I, 242).

3. Fundadora de escuelas

En esta época las escuelas tenían tanto de escuelas como de catecismos, Hasta la autoridad civil aceptaba la competencia de la Iglesia en la enseñanza, dada la componente preponderante de la religión en la cultura y en la política.

En los Estados Generales celebrados en Orleáns en 1560, el tercer es­tado declaró que, en los pequeños ayuntamientos, los curas debían tomar la iniciativa de la doctrina cristiana y comenzar desde los primeros años la explicación familiar del catecismo. La nobleza pidió que el clero des­contara de la renta sobre los beneficios una contribución para pagar a pe­dagogos y gente de letras en todas las villas y pueblos para la instrucción de la juventud en la religión cristiana y en otras ciencias necesarias y bue­nas para las costumbres. Los padres estarían obligados, bajo pena de multa, a enviar a sus hijos a la escuela. Por su parte, el Rey deseaba vivamente la instrucción de la juventud, y ordenó aplicar a las escuelas lo sobrante de las rentas de las cofradías. Pero las prebendas preceptoriales (rentas canonicales para la enseñanza), que constituirían las escuelas primarias, por los términos mismos de ordenanza, no se hacían obligatorias más que en las ciudades episcopales.

En los Estados de Blois de 1588, los diputados querían que en todos los pueblos, e incluso en todas las aldeas, los obispos nombraran un maestro, un preceptor de escuela, para instruir a la juventud, fuera el párroco o fue­ra otra persona capacitada, examinada sobre su fe y doctrina por el dio­cesano, y a quien se pagaría a expensas de los parroquianos. Estos estarían obligados a hacer instruir a sus hijos en la religión y a que les enseñaran la lectura, la escritura y el catecismo (DTC mot «Catechisme» c 1923).

Encuadrada en este contexto podemos comprender mejor la solicitud que el 9 de mayo de 1641 hace Luisa para la fundación de una escuela para niñas po­bres en el barrio de San Lázaro, arrabal de San Dionisio, parroquia de San Lo­renzo de París (E 52-53; C I, 84-85).

Rara será la fundación de Hijas de la Caridad, sobre todo en los campos, que no lleve anejo al servicio sanitario el de la enseñanza y catequesis para las niñas y muchachas.

Tres cosas son de notar:

  • Sólo se admiten niñas —no niños— que sean pobres. En el consejo del 30 de octubre de 1647 (XIII, 646 ss.) hay una deliberación sobre si admitir niños en la escuela, y se llega a la decisión de que no, a pesar de que las razones y los opinantes favorables son numerosos.
  • Hay distinción entre la enseñanza a las niñas y a las muchachas.
  • La formación es integral: Abarca la enseñanza de la lectura, la gramática, labores y catecismo.

A Sor Ana Hardemont, en Montreuil (1647): Le ruego, mi querida her­mana, que sea muy exacta en tener las instrucciones tanto del catecismo como de las buenas costumbres y otras advertencias (E 278; C I, 440).

A las HH. de Ussel, 26 de octubre de 1658: Creo (Sor Avoia) que ense­ñará usted todo lo que pueda a las pobres niñas, y recordará que lo más necesario es lo que respecta al conocimiento de Dios y su amor (726; C III, 66).

A Sor Genoveva, en Chantilly, 11 noviembre 1658: Ruego (a Sor María) que acoja bien a sus alumnas, a quienes puede enseñar a hacer medias de estameña, pero especialmente el catecismo y la práctica de las virtudes (E 727; C III, 67).

A Sor Clara, en la Roche-Guyon, 27 febrero 1659: Desearía tanto como usted que se viniese aquí a hacer los ejercicios, pero lo impiden dos cosas. La primera es que este tiempo es de verdadera cosecha para las pequeñas alumnas a fin de que estén instruidas y bien preparadas para pasar devo­tamente este santo tiempo de Cuaresma, para que esto les sirva (le prepa­ración para cumplir bien con la Pascua, principalmente a las que van a hacer su primera comunión.

Le ruego también, si se lo permiten sus ocupaciones, que haga la lectu­ra las fiestas y domingos a las niñas mayores y las anime a que vayan a verla a usted, porque a veces ellas tienen tanta necesidad de instrucción como las pequeñas, pero hay que hacerlo con suavidad y dulzura, sin aver­gonzarlas por su ignorancia si la notáis en ellas (E 742; C III, 86).

A Sor Carlota Royer, en Richelieu, 27 diciembre 1659: Dígame… cuántas alumnas tiene, si las muchachas van a verla algunos días de fiesta para oir la lectura y las advertencias que les hace usted a las pequeñas (E 778; C III, 132).

B) Luisa, formadora de catequistas

1. De las recién venidas en la Casa

De la labor de Luisa en la Casa como formadora integral —espiritual, cultural, profesional— de las Hijas de la Caridad, nos quedan abundantes documentos en sus escritos espirituales que son, en gran medida, apuntes de sus enseñanzas.

De un valor peculiar son, por ejemplo, sus notas Sobre los misterios de la vida de Jesucristo (E 801-823; C III, 171-192), Sobre los sacramentos (E 825-831; C III, 192-198), Del pecado (E 869-870; C III, 227), Tentación (E 870-1; C III, 228-229).

Pero explícitamente, en el Reglamento con que empezó a funcionar la Casa en 1633, se prevé diariamente un tiempo de ejercicio práctico de catequesis en. el que las Hermanas aprenden el catecismo y aprenden, al mismo tiempo, a en­señarlo.

Estando todas de vuelta en casa, se pondrán a trabajar, leerán para aprender y, después de procurar recordar los principales puntos de la doc­trina en forma de pequeño catecismo, leerán un poco el Evangelio para moverse en la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo para imitar al Hijo de Dios (C „I, 483).

2. De las que ya han marchado a las obras

Cuando las Hermanas salen de la Casa y marchan a las fundaciones, Luisa sigue pidiéndoles cuenta y dándoles normas sobre su labor catequética.

A Sor Turgis, en Richelieu, 29 octubre 1646: Le ruego que tenga gran cui­dado de la instrucción de la juventud y de mantener el buen orden en su escuela; creo que el P. Portail le habrá dejado el reglamento. Le ruego tam­bién que haga la lectura después de mediodía los domingos y fiestas a las muchachas, y hablarles de la devoción. Supongo que continuará usted las conferencias que introdujo el P. Lamberto; si no lo hace usted, se puede informar por los misioneros (E 223; C I, 352-353).

A Sor Ana Hardemont, en Montreuil (1647): Le ruego que sea muy exac­ta en tener las instrucciones tanto del catecismo como de las buenas cos­tumbres y. otras advertencias, y que no use este lenguaje: «Usted hará el catecismo», «Venid al catecismo». No nos va a nosotros hablar ni enseñar de esta manera, sino decir sencillamente: «Vamos a hacer la lectura». Y para ello, teniendo el libro, puede usted dar explicaciones familiares, pero nunca nada de elevado. Sabe usted muy bien que se puede uno equivocar y esto sería de gran importancia si tiene usted muchas alumnas y enfer­mos y si tiene usted mucha asistencia de muchachas a la lectura de las fiestas, etc. (E 278; C I, 440).

Les pide también intercambio de experiencias.

A Sor Bárbara Angiboust, en Fontaineblau (1647): Espero que ella (Sor Ana) me mande ampliamente noticias suyas, particularmente sobre el modo que ella sigue en la instrucción de las niñas (E 235; C I, 392-393).

Junto a estas orientaciones para la catequesis con las niñas, Luisa anima y orienta también a las Hermanas que la ejercen con los pobres y los enfermos:

A Sor Claudia Brígida, en Chantilly (1652): Sobre todo le suplico, por amor de Dios, que tenga gran mansedumbre con los pobres y gran cuidado de su salvación, advirtiéndoles de la necesidad de cumplir los mandamien­tos de Dios y su santa voluntad, y luego los medios (E 460; C II, 235).

A una Hermana Sirviente, 8 febrero 1653: En nombre de Dios, mis que­ridas Hermanas, haced lo posible por ayudar a las almas de vuestros po­bres enfermos a que hagan actos de fe, de esperanza y de caridad, necesa­rios para la salvación.

Hacedles odiar el pecado y amar la virtud para que hagan resoluciones de vivir bien si curan o de disponerse a bien morir. Y para prepararlos a ello, procurad que deseen confesarse para aplacar la ira de Dios contra ellos a causa de sus pecados, y luego quedaos tranquilas ayudándoles con vues­tras oraciones. Bien sé que no podéis pasar mucho tiempo en esto, pero al ir y venir podéis hacer muchos actos interiores que les pueden ayudar y excitar a vuestras Hermanas a hacer lo mismo (E 473; C II, 249-250).

C) Animadora y orientadora espiritual

1. Directora de ejercicios

La Casa era un centro de irradiación espiritual no sólo para las Hijas de la Caridad por la formación que en ella recibían —antes y después de ser enviadas a las fundaciones—, sino para otras seglares que buscaban allí el ambiente sere­no y acogedoramente apto para una reflexión religiosa en profundidad.

Detrás de todo esto estaba Vicente, pero era Luisa el brazo ejecutor, la mente organizadora y la directora inmediata y certera. Luisa lo era todo; Vicente ponía la firma.

a) Ejercicios a las Hijas de la Caridad.—Son numerosas las referencias que se hacen en la correspondencia de la Santa a Hermanas o grupos de Hermanas que están haciendo los ejercicios en la Casa. En las citas que hago a continua­ción, el número corresponde al número de la carta, no a la página, tanto en Ecrits (E) como en la traducción de Castañares (C): E. 35, 34, 64b, 67, 76, 144, 192 C, 66, 96, 88, 60, 94, 183, 243.

El 9 de mayo de 1642, Luisa escribe a Guido de Garanier, abad de Vaux (c. nota biográfica en Castañares, t. I, págs. 481-482), que se propone dirigir una tanda de ejercicios a las Hermanas de Angers, y le describe el orden y método que se sigue en los ejercicios que se dan en la Casa:

Ha dado usted un gran consuelo a nuestras pobres Hermanas con per­mitirles unos cortos ejercicios. Le diré pues con toda sencillez, puesto que usted me lo pide, cómo lo hacen las que lo hacen aquí: Hacen por la ma­ñana dos medias horas de oración en distintos momentos, y una sobre las cinco de la tarde. Los temas son los del libro de nuestro bienaventurado Padre («Vida devota», de Francisco de Sales), y después de la confesión se les dan meditaciones sobre la vida y muerte de Nuestro Señor. La me­ditación para antes de la confesión es una larga oración en el Granada para obtener de Dios una verdadera contrición. La lectura en los días que preceden a la confesión se hace sobre temas que lleven a la penitencia y a la vía purgativa. Enviamos a una Hermana para que haga la lectura a las que no saben leer. Después de la confesión, la lectura se hace en el «Gersón» o en otro libro similar que excite al amor de Dios. Al menos una vez al día se les hace dar cuenta; se les aconseja que, de una meditación a otra, se entretengan pensando en el tema de la meditación que se acaba de hacer; que tomen resoluciones no sólo generales, sino particulares, según sus ne­cesidades, y sobre todo la práctica necesaria a su modo de vida, a imitación de las acciones del Hijo de Dios y de las de su santa Madre, que son sus patronos; que los miren frecuentemente en su ejercicio. Hacen sus oracio­nes vocales como de ordinario y trabajan o pasean de cuando en cuando. He ahí, señor, sucintamente, una buena parte de la distribución de su tiem­po, que le ruego no lo tenga en cuenta, sino que lo ordene usted como le agrade a Dios inspirarle. Le pido perdón por haberle hecho todo este dis­cursito tan desordenadamente, pero es que estoy muy de prisa (E, 79-80; C I, 123-124).

Ejercicios a señoras seglares.—Sólo voy a aludir a tres referencias que se encuentran en la correspondencia (los números son los de las cartas): E 132, 188, 482 = C 132, 236, 573.

Como nota curiosa, encontramos además el caso de una religiosa con problemas que es recibida también a hacer los ejercicios en la Casa: E 591=C 967.

2. Directora espiritual

En este campo, Luisa ha realizado una obra ingente. De ello es testimonio fehaciente su correspondencia y el aprecio que han hecho sus corresponsales de la eficacia de esta labor se muestra en la conservación de sus cartas.

Aquí es donde mejor se llega a conocer el dinamismo espiritual de la acción catequética o pastoral, ya que se trata siempre del aterrizaje en la vida concreta y palpitante de los principios o realidades «espirituales». El catequista se mues­tra conocedor y solidario con la persona dirigida en su situación concreta, y por otra parte, como el iluminador desde la fe de esa misma vida. No se trata tanto de hacer una especulación doctrinal para profundizar las verdades de la fe como de hacer una lectura de los acontecimientos como exigencias de esa misma fe.

Como este aspecto desborda el campo de la catequética estrictamente dicha y exigiría, por otra parte, un estudio muchísimo más detenido, nos contentamos con estas notas escasas, pobres y superficiales.

Véase, a modo de ejemplo y por su singularidad, la carta E 40 = C 51.

II. El método catequístico de Luisa

Después de haber hecho el precedente recorrido por la actividad catequética de Luisa de Marillac, vamos a intentar muy someramente un acercamiento ana­lítico a los diversos elementos de su método catequético apoyándonos en los datos que hemos podido ir conociendo en la andadura precedente.

1. Los agentes

En el catequista, Luisa supone y exige unas actitudes acordes con la ense­ñanza que ha de impartir. Luisa tiene la idea y el compromiso personal de que la acción catequética es una acción eclesial y testimonial; por ello, en última ins­tancia, el supremo y eficaz catequista es el Espíritu. De ahí que la catequesis deba realizarse en un ambiente de oración e interiorización. El (la) catequista tiene una misión (vocación) de Dios.

Al P. Portail en Mans, 20 marzo 1646: El P. Lamberto nos ha hecho hoy la caridad de comenzar el catecismo; espero que, mediante la gracia de Dios, nos hará mucho bien, sobre todo si nos ayuda usted con sus oracio­nes (E 175; C I, 260).

A Sor Bárbara, en Fontainebleau, 3 marzo 1648: Cuando tenga usted opor­tunidad, mándeme el número de sus alumnas, pero consolémonos con que Dios lo sabe y evitemos cuanto podamos desear que se sepa lo que Dios hace por medio de nosotras (E 287; C I, 366).

A las Hermanas de Varize, 23 junio 1653: Creo también que pondrán gran cuidado en ayudar a sus pobres enfermos a hacer buenas confesiones antes de morir y en aconsejar a los que curen que vivan mejor de lo que lo han hecho antes, como también en instruir bien a las niñas no sólo en lo que deben creer, sino también en los medios para vivir como buenas cristianas. Esto es lo que Dios pide de ustedes; para esto les ha concedido la gracia de sacarlas del mundo. Séanle pues muy fieles (E 484; C II, 263).

De las reglas particulares para la maestra de escuela:

1. Meditará con frecuencia en la dicha que tiene de ser llamada por Dios para cooperar con El a la salvación de las niñas pobres, que hubieran podido condenarse faltas de la instrucción que ella les da, por lo cual de­berá ser muy puntual y muy fiel en el desempeño de su oficio y en la ob­servancia de las reglas siguientes.

3. No comenzará su instrucción, ya sea sobre el catecismo, ya sobre las buenas costumbres, sin haber antes invocado la asistencia del Espíritu Santo.

8. Cuando instruya a las discípulas en el santo temor y amor de Dios y les represente el mal que causa el pecado y el bien que resulta de la vir­tud, se acordará de aplicarse a sí misma lo que les dice, confundiéndose de no poseer las virtudes que enseña a los demás.

10. Se abstendrá de decir ni hacer nada que ni remotamente pueda servirles de mal ejemplo, acordándose de que Nuestro Señor maldice a los que escandalizan a los demás, particularmente a los niños.

25. Después de todo estará persuadida de que si Dios mismo no ins­truye interiormente a las niñas que tiene a su cargo, serán vanos sus cui­dados y su aplicación para enseñarlas; por lo cual las encomendará con frecuencia a Nuestro Señor, rogándole que derrame sus gracias y bendiciones tanto sobre las discípulas, para su aprovechamiento, como sobre ella misma para el desempeño de su oficio, a fin de que, todas juntas, reciban algún día las recompensas que les están prometidas en el cielo.

El (la) catequista debe, además, dominar la materia que enseña:

2. Tendrá gran cuidado de instruirse en lo que debe enseñar a los de­más, y en particular en lo que se refiere a la fe y buenas costumbres.

En este punto, entre Luisa y Vicente aparecerá una discrepancia de relieve. Luisa, dominada por el miedo al error, a su propagación por la enseñanza y la actitud de autosuficiencia en el catequista, recelará de su formación en profun­didad. Vicente confía en que la formación competente del catequista es un autén­tico valladar contra el error y un bien para el catequizando. Recojamos el hecho como lo narran las actas del Consejo de 22 de marzo de 1648:

La Señorita, pasando a otra cuestión, dijo:

—Padre, Sor Turgis me pidió últimamente un catecismo; le envié uno. A ella no le pareció suficientemente amplio, y me rogó que le enviase otro. Hice pedir al P. Lamberto que nos enviase uno y me envió el de Belarmino, y dijo a la Hermana a quien se lo dio que era muy erudito y que era sólo apropiado para los párrocos. Ahora bien, como no es bueno que nosotras parezcamos eruditas, tuve pensamiento de no mandárselo, y como me veía con prisas se lo mandé. Sólo le dije que no hiciera más que leerlo, porque como lo que toma de los libros no sale de uno, parece que todo está en aprenderlo de memoria y recitarlo.

A esto, nuestro muy honorable Padre respondió:

—Señorita, no hay mejor catecismo que el de Belarmino, y si todas las Hermanas lo supieran y enseñasen, no enseñarían sino lo que deben ense­ñar, ya que están para enseñar, y sabrían lo que los párrocos deben saber. ¿Sabe usted lo que mantiene a esas dos o tres hijas de la señora de Ville­neuve? Saber el sentido de ese catecismo; ellas lo enseñan y hacen con él un bien increíble. Sería bueno que se les leyese a nuestras Hermanas y que usted misma se lo explicase para que todas lo aprendiesen y lo profundi­zasen para enseñar; porque dado que es necesario que ellas enseñen, tienen que saber, y no pueden aprender mejor y más sólidamente que en ese libro. Y me alegro de que hayamos hablado de esto, porque creo que esta lec­tura será de gran utilidad (XIII, 664-5).

Lo que la Santa había contestado a Sor Turgis el 6 de marzo era:

No conozco otro catecismo más amplio que el del señor cardenal Belar­mino, pero me parece que el P. Lamberto no juzga a propósito que se lo leamos a las niñas, ni siquiera a las muchachas, y me ha dicho que no es apropiado más que para los párrocos.

Y para decirle la verdad, mi querida Hermana, sería muy peligroso para nuestra Compañía que pretendiésemos hablar doctamente no sólo por nues­tro interés particular, que es tan inclinado a la vanidad, sino incluso por el temor de que digamos errores. El deseo del P. Vicente es que proceda­mos con toda sencillez, y ya sabe usted cómo debemos obedecerlo (en sus deseos) y en sus órdenes. Sin embargo ya le hablaré de esto» (E 289; C I, 458).

2. Los niveles

a) El pequeño catecismo

Iba dirigido a las niñas pequeñas y a los pobres más ignorantes. Consistía en un resumen elemental de las verdades más fundamentales del cristianismo orga­nizadas en torno al Padrenuestro, Avemaría, Credo y Sacramentos. La forma era de prguntas y respuestas, y el lenguaje sencillísimamente llano y al alcance del menos iniciado.

b) La «lectura»

Tenía como principales clientes a las muchachas. Era una lectura familiarmen­te comentada, bien sobre el texto evangélico de la fiesta o domingo en que se tenía, bien en un libro formativo algo más desarrollado que el pequeño catecismo. A ve­ces, en la «lectura» se introducía la enseñanza que se hacía a las niñas pequeñas si las muchachas se veían necesitadas de la enseñanza elemental.

3. El texto

Luisa compuso un pequeño catecismo que le servía a ella misma y que pro­bablemente ofreció a sus Hijas de la Caridad, que lo aprenderían en la Casa.

En cuanto al enfoque y contenido, no ofrece apenas originalidad. Sigue el es­quema de fondo de los catecismos de la época.

Procede por preguntas y respuestas. Después de unas preguntas introducto­rias sobre el ser del cristiano y su fin, sistematiza las verdades cristianas fun­damentales en torno al Padrenuestro, Avemaría, Credo, Eucaristía, Confesión y demás sacramentos, para terminar con una parte dedicada a los ejercicios del cristiano.

El lenguaje es sumamente accesible y familiar. Está empedrado de aplicacio­nes concretas y vivenciales que van «comprometiendo» a las niñas en la adqui­sición de actitudes personales que hacen del aprendiza je del catecismo una prác­tica concreta de conversión y vida cristiana.

Puede verse en Castañares III, 349-362.

4. El método o modo

Como ya hemos visto, Luisa estaba al tanto de los modos como sus Hermanas realizaban la catequesis. Pedía que le comunicasen sus experiencias. Ya al final de su vida, escribiendo a Sor Maturina Guerin, que está en la Fere, le hace alu­sión a algún problema suscitado por el modo de catequizar que se sigue allí:

Temo que el modo de catequizar de Sor Juliana (Allot) no ha sido bien comprendido (E 787; C III, 140).

Este método debía ser el mismo del que la Santa presenta los inconvenientes en unas notas sobre la enseñanza del catecismo (E 993-994; C III, 348-349).

Consistiría quizá en una explicación en voz alta y sin ceñirse a un libro o texto.

El método seguido en la Casa, y que seguramente seguían las Hermanas des­pués en la explicación del pequeño catecismo en las catequesis, está descrito en la conferencia que tuvo San Vicente con las Hermanas el 16 de marzo de 1965:

Conviene recordar que este artículo (de las Reglas) dice que lo hagáis (el catecismo) entre vosotras; pero no quiere esto decir que no lo podáis hacer en otra parte si se creyera necesario. Señorita, ¿es así como se hace?

—Sí, padre; hay una Hermana, una oficiala o alguna de las antiguas, que instruye a las demás bien por el catecismo o bien haciendo rezar el Padre­nuestro por peticiones y el Credo por artículos. Otras veces se habla sobre el sermón cuando se le ha oído.

—Me parece muy bien, señorita. Y como ha sido conveniente hacerlo de ese modo convendrá seguir así y que tengáis algunas Hermanas nombra­das para tener el catecismo, preguntando una y contestando otra. Y las de­más que estén presentes es menester que lo escuchen con mucha modes­tia y respeto. La que preside escucha las respuestas y les explica lo que no sea bastante inteligible y lo que no se comprenda. Y si se cometiese alguna falta tiene que advertir a la Superiora. Mis queridas Hermanas, éste es el mejor medio para instruiros vosotras mismas, y si os servís bien de él se­réis capaces de tener el catecismo con los pobres» (IX, 1149).

Conclusión

Este no es un trabajo acabado. Queda por decir algo profundamente importan­te: la idea y la vivencia que Luisa tenía de la salvación a la que pretende orien­tarse la catequesis, la idea de fe y de relación de Dios con el hombre; el lugar de la persona de Jesucristo, etc. Muchas cosas o matices en estos temas se nos descubrirían como caducos, pero quizá llegáramos a encontrarnos con una Luisa sorprendentemente actual. ¿No merecerá la pena continuar el diálogo con esta riquísima personalidad?

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