La Misión según san Vicente, el misionero

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Morin, C.M. · Año publicación original: 2013 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

imagenes-vicenteLas palabras “misión y misionero” son ciertamente las que mejor definen a san Vicente, las que mejor unifican su personalidad y su espiritualidad.

Cuando estudiamos a san Vicente, su vida, sus actividades o sus obras, se corre el riesgo de ser sorprendido o desbordado, por el lado imponente y voluminoso del personaje y de lo que hizo, tanto como por su extrema variedad. ¡Podríamos decir que san Vicente, es un mundo! intentemos explorar este mundo…

  • 14 tomos de textos para estudiar (al menos 13 y medio), que contienen más de 3 000 cartas, 120 conferencias a las Hijas de la Caridad, 224 a los sacerdotes de la Misión, formando un conjunto unas veces clásico otras veces original, unas veces prudente otras audaz, unas veces didáctico y otras espontáneo.
  • Sus ministerios y experiencias pastorales han sido fuertes y diversas : capellán en la Corte, Párroco de Clichy, tal vez aspirante al Oratorio, preceptor, Párroco de Châtillon, misionero, fundador, superior, miembro del Consejo de conciencia (una especie de ministro), etc.
  • Sus actividades y fundaciones no han sido menos múltiples: misiones, cofradías, Hijas de la Caridad, Niños expósitos, hospitales, Ordenandos, ayudas a las victimas de las guerras y epidemias, Visitación, etc.
  • Sus maestros proceden de todos los horizontes espirituales : Bérulle, Francisco de Sales, Rodríguez, Vicente Ferrier, Benito de Canfield, Duval… lo que representan espiritualidades variadas: Oratoriano, Salesiano, Jesuita, Dominico, Capuchino, sacerdote secular…

Sí, san Vicente es un mundo, con una enorme variedad de experiencias, de influencias, de maestros, de actividades, de fundaciones, de relaciones (desde el Rey y los grandes, hasta los más humildes). Y, sin embargo, da impresión de gran unidad e incluso de una perfecta continuidad, incluso durante su período de maduración de 1595 a 1609; nos preguntamos si no sería preciso hablar de una implacable lógica. Lo que ocurre es que posee una llave, un poco como en estos edificios modernos de mil puertas, que pueden abrirse con una única llave maestra.

La llave es la misión:

  • llave de toda su experiencia personal,
  • llave de todo su progreso,
  • llave de su espiritualidad,
  • llave de todas sus fundaciones y actividades,
  • llave de su correspondencia y de sus conferencias.

Nuestra búsqueda sobre san Vicente constará de dos partes:

  • La Misión según san Vicente, que estudiaremos más bien en forma de síntesis
  • El misionero según san Vicente, que lo descubriremos más de forma descriptiva.

I – La misión: «Evangelizare pauperibus misit me»

Todos los santos y grandes espirituales, en la Iglesia, de hecho, no han sido más que hombres o mujeres evangélicos, apoyando su santidad, su vida y sus fundaciones en una única base: el Evangelio.

Sin embargo, en la Iglesia, no hay nada tan variado como los carismas, las espiritualidades, la santidad: del rey san Luis a santa María Goretti, de san Francisco de Asís a san Ignacio, de la gran Teresa de Jesús a la pequeña de Lisieux, etc. ¿Por qué? Debido a la personalidad de cada uno interviniendo en la búsqueda personal de la santidad: cada uno ha abordado el evangelio a su manera, con sus ojos, su experiencia, sus antecedentes; cada uno ha entrado en el Evangelio por su puerta.

¿La puerta de san Vicente? Fue el relato de Lucas (IV 16-22) que cuenta cómo Jesús inaugura su vida pública en Nazaret. Era un sábado, Jesús iba a la sinagoga y durante el oficio, se levantó para hacer la lectura: “Se le presenta el libro del profeta Isaías y desenrollando el libro, encontró el pasaje en el que está escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres…” Y el texto añade: «Y enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura’…».

Vemos pues la puerta vicenciana del Evangelio: Cristo afirma que ha venido para anunciar la Buena Noticia a los pobres. Sin embargo, san Vicente lo observó muchas veces: los pobres de su tiempo no son evangelizados, están abandonados por la Iglesia, por los sacerdotes, por la sociedad. El anciano de Gannes casi muere con su pecado; los pobres de Châtillon casi mueren en su soledad. Y tantos otros en el Reino y en el mundo. La misión de Jesucristo se ha interrumpido. Es necesario que la Iglesia del siglo XVII retome la misión de Jesucristo, es decir que se dirija a los pobres y ante todo a ellos. Este es el claro y sencillo razonamiento de Vicente de Paúl, sobre todo a partir de 1617, un razonamiento que dominará todo su pensamiento y animará toda su vida.

Para comprender bien la misión según san Vicente, hay que volver a coger y a profundizar cada término de la frase clave tomada de Isaías y que Jesucristo hace suya: Me ha enviado a evangelizar a los pobres

Esta frase contiene los cuatro elementos esenciales de la Misión según san Vicente:

  • el envío (nivel eclesial)
  • a ejemplo de Jesucristo (nivel místico)
  • a los pobres (nivel sociológico)
  • para evangelizarles (nivel pastoral).

I – El envío

Para san Vicente, el envío del misionero era la condición o la etapa más importante. El hecho de ser misionero no depende del medio en el que el misionero trabajaba. Ni tampoco de los métodos pastorales que pueden ser diferentes de una estructura a otra. Tampoco depende de un lugar ocupado en la jerarquía o en el pueblo de Dios. Para san Vicente, la misión no es un método ni una actividad pastoral: es en primer lugar y sobre todo un envío, un envío por Dios que le significa, un envío autentificado por la Iglesia. Es sencillamente el sentido etimológico y primero de la palabra: “misión” que viene del latín “missus” que significa “enviado”. Es la primera palabra de la expresión de Isaias: misit me

Esta primera condición para que haya Misión no es, en san Vicente, un punto de doctrina, es la exigencia de una experiencia personal fundamental.

Hasta 1617 ha conducido su vida: va a Roma, a Paris, a Clichy, a casa de los Gondi, a Châtillon… prácticamente porque lo ha pedido y querido. Tiene entonces la libre iniciativa de sus opciones, de sus gestiones y de sus compromisos.

En 1617, sobre todo el 25 de enero y el 20 de agosto, en Gannes y en Châtillon, tiene la impresión de estar implicado en acontecimientos imprevistos cuyo sentido se le escapa, acontecimientos que “alguien” ha puesto en su camino y que se han impuesto a él. Y estos son los acontecimientos que han decidido su vida. Luego, todo se ha ido encadenando como si ya no fuese él quien condujese su vida, sino Otro. El nunca había pensado en la Misión, ni en las Cofradías ni en las Damas, ni en las Hijas de la Caridad. No había pensado tampoco en los galeotes, ni en los hospitales, ni en los niños expósitos, ni en las ayudas nacionales. Evidentemente, tampoco había pensado en Argel ni en Madagascar. En 1617, Vicente de Paúl se convierte en misionero porque se siente impulsado y enviado por Dios.

Cada vez que el Señor Vicente hablará de los orígenes de la Misión o el de las Hijas de la Caridad así como de sus obras y actividades, siempre será la misma constatación y el mismo refrán: “Yo no había pensado en ello”. A menudo se presenta esta reflexión como un buen ejemplo de humildad. Lo que, en estas circunstancias, ha resultado mucho más importante que la humildad, ha sido su fe.

La fe no consiste principalmente en creer en un cierto número de dogmas y de verdades. La fe, es para nosotros, encontrar a Dios un día de nuestra vida y darle el timón y la conducción de esta vida.

Cada vez que Vicente de Paúl ha declarado que no intervenía en las realizaciones de su vida afirmaba al mismo tiempo que desde 1617, era Dios quien conducía su barca mientras que hasta entonces había intentado conducirla solo. A partir de 1617, se ha sentido y reconoció enviado de Dios:

« ¡Ay, padres y hermanos míos! Nunca había pensado nadie antes en ello, no se sabía lo que eran las misiones; tampoco yo pensaba en eso ni sabía lo que eran; y en esto es donde se reconoce que se trata de una obra de Dios: pues donde no tienen parte alguna los hombres, Dios es el que obra, y esto viene inmediatamente de él; y luego él se sirve de los hombres para ejecutar sus obras….» (SV XI-3 94).

Y aún: “Os he dicho muchas veces, hijas mías, que tenéis que estar muy seguras de que es Dios el que os ha fundado, porque os puedo decir delante de él que yo nunca había pensado en ello, y que tampoco creo que lo pensase la señorita Le Gras”

San Vicente cuenta entonces el acontecimiento de Châtillon les Dombes y añade: «Pues bien, ya veis, hijas mías, cómo no es obra de los hombres y cómo es evidentemente obra de Dios; porque ¿fueron los hombres los que hicieron enfermar a aquellas personas?, ¿fueron los hombres los que pusieron fuego en el corazón de tantas personas que se dirigieron allá en gran número para ir a socorrerlos? ¿Fueron los hombres los que pusieron en los corazones el deseo de prestarles una continua asistencia, no solamente a aquellos sino a los que viniesen después? No, hijas mías, no fue obra de los hombres, está claro que Dios actuaba allí con su poder, porque los hombres no podían hacerlo. No, los hombres no podían hacer nada de esto…” (SV IX-1, 232-233).

Estas son las razones que san Vicente avanza para afirmar el carácter misionero, tanto de los sacerdotes de la Misión como de las Hijas de la Caridad: los hombres no participan en nada; pues es Dios quien ha intervenido y ha actuado. Es El quien ha enviado a san Vicente y quien nos envía hoy.

Este mandato de Dios que envía, debe ser autentificado y expresado públicamente por la Iglesia. El Señor Vicente constantemente insiste sobre este punto, tanto para las Cofradías como para los Misioneros o las Hijas de la Caridad.

Las Cofradías eran instituciones parroquiales y el lugar importante del Párroco fue afirmado y subrayado en cada uno de los reglamentos: en particular, le correspondía al Párroco (o a su vicario) presidir las asambleas mensuales, vigilar la gestión, presidir las elecciones y era el obispo o su representante quien firmaba y certificaba los reglamentos (Coste XIII, 430-433).

En lo que se refiere a las Misiones, el Señor Vicente solicita escrupulosamente el envío por el obispo; iba así en contra del modo de actuar de la mayoría de los Institutos y fundadores. En 1635, escribía al obispo de Béziers:

Primero, nosotros estamos por entero bajo la obediencia de nuestros señores los prelados para ir a todos los lugares de sus diócesis adonde quieran enviarnos a predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga la confesión general…en una palabra, somos como los criados del amo del Evangelio con nuestros señores los prelados, que cuando nos digan: íd, estamos obligados a ir; venid, estamos obligados a venir; haced esto, y estamos obligados a hacerlo…» (SV I, 341).

El 14 de julio 1639 escribe a Juana de Chantal: “Que vivimos en el espíritu de los servidores del Evangelio en relación con nuestros señores los obispos, que cuando nos dicen: Id allá, allá vamos; Venid acá, venimos; Haced esto, y lo hacemos; y esto por lo que se refiere a las funciones indicadas” (SV I, 550).

El 4 de enero 1647, escribe al Padre Blatiron, sacerdote de la Misión en Roma: « Puede decirle al señor cardenal que los señores prelados son nuestros dueños en todas las ocupaciones exteriores y que estamos obligados a obedecerles como obedecían a su amo los servidores del evangelio…” (SV III, 132).

La misma preocupación para las Hijas de la Caridad: a ejemplo de las Cofradías, ellas son también parroquiales, “hijas de parroquia”.

El 7 de febrero 1660, el Señor Vicente escribe a Jacques de la Fosse: “Que las hijas de la Caridad no son religiosas, sino hermanas que van y vienen como seglares; son personas de las parroquias bajo la dirección de los párrocos donde están establecidas…” (SV VIII, 226)

En una conferencia sobre la obediencia, el 2 de diciembre de1657, una Hermana pregunta: “Padre, ¿quiere usted decir que hay que obedecer al párroco de la parroquia en la que sirvo a los pobres? – Sí, hija mía, como a Dios, en todo lo que se refiere a los pobres” (SV IX-2, 959).

Y un poco más adelante, en la misma conferencia: » Dice así el artículo 22: «Cuando fueren enviadas a alguna parroquia para permanecer en ella y servir a los pobres enfermos, irán a recibir de rodillas la bendición del señor párroco». Hijas mías, ¿lo hacéis así? La señorita Le Gras le respondió que no dejaba de hacerse la primera vez que se iba a atender a los pobres en una parroquia; pero que, como cambian tan frecuentemente las hermanas, las que van luego no eran tan exactas en hacerlo así. Algunas hermanas respondieron poco más o menos lo mismo. Hijas mías, siguió el padre Vicente, cumplid lo ordenado y respetadles mucho. Cuando os digan: «Hermana, hay un enfermo en tal sitio, que hay que visitar», decidles: «Señor, voy a verlo” (SV IX-2, 962).

Observemos también una breve carta del Señor Vicente a Luisa de Marillac, en abril de 1630 : «… y puesto que debemos, en cuanto nos sea posible, consolar las penas de los demás, creo que haría usted un acto agradable a Dios si visitara al señor párroco [de Villepreux], le presentara sus excusas por haber hablado a las hermanas de la Caridad y a las jóvenes sin su permiso, que usted quería hacer en Villepreux sencillamente lo mismo que había hecho en Saint-Cloud y otros lugares, y que esto le recordará su deber en el futuro, y que, si a él no le parece bien, no seguirá adelante.” (SV I, 143).

Se podrían multiplicar las citas y referencias; todas probarían que, para el Señor Vicente, la relación con el obispo, con el párroco y por ellos con la Iglesia, le parecían esenciales para quien quería ser misionero. Dios ha enviado a Jesucristo, Jesucristo ha enviado a sus apóstoles y a la Iglesia; y es la Iglesia la que nos envía. Para ser misionero, hay que situarse en esta cadena de continuidad apostólica. Sino, cualquiera que sean nuestra generosidad y nuestro grado de inserción entre los hombres, no participaríamos a la misión de Jesucristo y de la Iglesia, no seriamos misioneros. En definitiva, para san Vicente, el Misionero es, en primer lugar, un enviado.

II – Hay que seguir e imitar a Jesucristo

El envío de Dios a la misión es esencial. Ahora el primer enviado, el enviado por excelencia, es Jesucristo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha enviado…» (Lucas IV, 18).

Vicente de Paúl, a través de los acontecimientos, se sentía enviado a los pobres; por otra parte decía que Jesucristo, antes que él, había sido enviado a los pobres como el Misionero por excelencia. Desde entonces, pensaba que el misionero sería el que seguiría e imitaría a Jesucristo. También, el mismo Vicente de Paúl, los sacerdotes de la Misión, las Hijas de la Caridad y todo el laicado movilizado por san Vicente han sido y son misioneros, porque enviados por Dios, continúan la misión de Jesucristo:

“Sí, nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos a los pobres: es lo que él hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros. Tenemos muchos motivos para humillarnos en este punto, al ver que el Padre eterno nos destina a lo mismo que destinó a su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que indicó esto como señal de que era el Hijo de Dios y de que había venido el Mesías que el pueblo esperaba. Tenemos, pues, contraída una grave obligación con su bondad infinita, por habernos asociado a él en esta tarea divina y por habernos escogido entre tantos y tantos otros, más dignos de este honor y más capaces de responder a él que nosotros.” (SV XI-3, 386)

Si las Hijas de la Caridad supiesen los designios de Dios sobre ellas y cómo quiere que lo glorifiquen, juzgarían dichosa su vocación y por encima de la de las religiosas. No es que tenga que considerarse por encima de ellas; pero la verdad es que no conozco ninguna Compañía religiosa más útil a la iglesia que las Hijas de la Caridad, si se penetran bien de su espíritu en el servicio que pueden hacer al prójimo, a no ser las hermanas del Hospital Mayor y las de la plaza Real, que son Hijas de la Caridad y religiosas al mismo tiempo, ya que se dedican al servicio de los enfermos, aunque con la diferencia de que les sirven en sus propias casas y no asisten más que a los que les llevan, mientras que vosotras vais a buscar al enfermo en su casa y asistís a todos los que morirían sin vuestra ayuda, porque no se atreven a pedirla. En esto obráis como obraba nuestro Señor. El no tenía una casa donde acogerlos; iba de ciudad en ciudad, de aldea en aldea y curaba a todos los que encontraba. Bien, hermanas mías, ¿no os demuestra esto la grandeza de vuestra vocación? ¿Habéis pensado bien en ello alguna vez? ¡Hacer lo que Dios mismo hizo en la tierra!« (SV IX-1, 526).

Ya lo ven, y otras mil referencias podrían confirmarlo, el Señor Vicente se situaba en la línea de Jesucristo el Misionero, este Jesús que hoy continúa evangelizando a los pobres por nosotros. Desde entonces, todo resulta muy sencillo para nosotros, los misioneros. Puesto que tenemos la misma vocación que Jesucristo y que, a su ejemplo, somos misioneros, tenemos que imitarle. La imitación de Jesucristo es el medio privilegiado de la misión.

Y esta imitación de Jesucristo según san Vicente, no es la de Tomás de Kempis (que sin embargo se leía durante las comidas en San Lázaro), ni la de Berulle, maestro de santidad. Era la imitación del misionero Jesucristo, imitación que consistía en seguirle, paso a paso, para estar seguro de llegar a los pobres de buen modo, encontrarles como los encontró Jesucristo, evangelizarles y servirles como Jesucristo los evangelizó y sirvió.

Como todo el resto en la espiritualidad de san Vicente, la imitación de Jesucristo estaba orientada y finalizada: era una imitación de Jesucristo para el servicio de los pobres, no dando prioridad a la mirada de perfección personal. No consiste en copiar un modelo para “ir al cielo”, sino en hacer como Jesucristo para “ir a los pobres” y servirles corporal y espiritualmente como lo hizo el mismo Cristo:

“Además, cuando se trate de hacer alguna buena obra, dígale al Hijo de Dios: «Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión? ¿Cómo instruirías a este pueblo? ¿Cómo consolarías a este enfermo de espíritu o de cuerpo?”. (SV XI-3, 240).

«…De modo que, en ocasiones, nos preguntábamos a nosotros mismos:’ ¿Cómo ha juzgado tal y tal cosa Nuestro Señor? ¿Cómo se ha portado en tal o tal encuentro? ¿Qué ha dicho y que ha hecho sobre estos asuntos?’ y así ajustábamos toda nuestra conducta según sus máximas y sus ejemplos. Tomemos pues esta resolución, Señores, y vayamos seguros por este camino real, en que Jesucristo será nuestro guía y nuestro conductor… Bendigamos al Señor, hermanos míos, y procuremos pensar y juzgar como él y hacer lo que ha recomendado con sus palabras y sus ejemplos…» (Coste XI, 52-53).

En la conferencia del 6 de diciembre de 1658 sobre la finalidad de la Congregación de la Misión, el Señor Vicente decía a sus cohermanos:

«El propósito de la Compañía es imitar a nuestro Señor, en la medida en que pueden hacerlo unas personas pobres y ruines. ¿Qué quiere decir esto? Que se ha propuesto conformarse con él en su comportamiento, en sus acciones, en sus tareas y en sus fines. ¿Cómo puede una persona representar a otra, si no tiene los mismos rasgos, las mismas líneas, proporciones, modales y forma de mirar? Es imposible. Por tanto, si nos hemos propuesto hacernos semejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazones este deseo y esta santa afición, es menester procurar conformar nuestros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas» (SV XI-3, 383).

El Señor Vicente escribía a Sor Anne Hardemont el 24 de noviembre de 1658:

«… Hermana, ¡qué consolada se sentirá usted en la hora de la muerte por haber consumido su vida por el mismo motivo por el que Nuestro Señor dio la suya! ¡Por la caridad, por Dios, por los pobres! Si conociera usted su felicidad, hermana, se sentiría realmente llena de gozo; pues, haciendo lo que usted hace, cumple la ley y los profetas, que nos mandan amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos. ¿Y qué mayor acto de amor se puede hacer que entregarse a sí mismo por completo, de estado y de oficio, por la salvación y el alivio de los afligidos? En eso está toda nuestra perfección” (SV VII, 326).

El 8 de noviembre de 1659, el señor Vicente decía lo mismo en términos parecidos a Sor Nicole Haran y a sus compañeras:

«Hermanas mías ¡qué bueno es vivir solamente para hacer la caridad! Es practicar todas las virtudes juntamente y hacerse una misma cosa en Jesucristo, cooperando con él en la salud y en el consuelo de los pobres. Si conociese su felicidad tal como es delante de Dios, sin duda el trabajo, las contradicciones, los dolores, las amarguras, y la misma muerte le perecerían dulces y deseables, como son efectivamente para quien quiere hacerse digno de los bienes eternos de la otra vida « (SV VIII, 149).

Todo eso se resume en algunas expresiones fuertes: «Jesucristo es la regla de la Misión» (conferencia del 21 de febrero de 1659, SV XI-3, 429)… El Señor Vicente escribía el 30 de enero 1656 a Nicolas Etienne, clérigo de la Misión, que acababa de ceder todos sus bienes a la Congregación:

« Le agradezco con todo cariño, mi querido hermano, ese amor cordial y efectivo que tiene usted a su pobre madre, como un hijo bien nacido, que no deja de amar a quien lo ha engendrado, aunque sea fea y pobre. ¡Quiera Dios concederle a esta compañía la gracia de saber elevarle a usted, con su ejemplo y con sus prácticas, hasta un amor muy alto a Nuestro Señor Jesucristo, que es nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo! (SV V 509-510).

Continuar con Jesucristo, imitar a Jesucristo, seguir a Jesucristo… quien no ha asimilado esto no puede comprender nada de la misión según san Vicente, ni al misionero según san Vicente. Antes de juzgarse y de medirse por sus métodos, por su grado de inserción, por sus condiciones materiales de vida y de ministerio, el misionero se juzga por la calidad de su relación a Jesucristo y por la fidelidad de su imitación de Jesucristo del que es el continuador.

Por esta razón san Vicente insistió tanto sobre la oración que crea y mantiene el contacto por una parte con Jesucristo, y por otra, con nuestra vida, nuestra caridad y nuestros compromisos.

Sería interesante desarrollar la concepción vicenciana de la oración; pero, sería demasiado largo. Pero que al menos les diga que a propósito lo evoco aquí mejor que en una conferencia sobre la espiritualidad. Es que, para el Señor Vicente, la oración era una actividad propiamente misionera, que formaba parte, no de los ejercicios de piedad, sino de la vida misionera y del compromiso misionero. Para Vicente de Paúl, la oración era una verdadera revisión de vida, el momento en que se restablecía consciente y lucidamente el contacto entre Jesucristo y la vida misionera:

«Pues bien. ¿Qué os parece, hijas mías, esta manera de oración? ¿No os sentís edificadas por la perseverancia de este buen magistrado, que podría excusarse con la cantidad de sus quehaceres, pero que no lo hace, por el deseo que tiene de ser fiel a la práctica de sus resoluciones? Podéis hacer vuestra oración de esta manera, que es la mejor; porque no hay que hacerla para tener pensamientos elevados; para tener éxtasis y raptos, que son más dañosos que útiles, sino solamente para haceros perfectas y verdaderamente buenas hijas de la Caridad. Vuestras resoluciones, por tanto, tienen que ser de esta manera: «Yo iré a servir a los pobres; procuraré hacerlo de una forma sencillamente alegre para consolarles y edificarles; les hablaré como a mis señores. Hay algunos que me hablan raras veces; lo sufriré. Tengo la costumbre de contristar a mi hermana en tal o tal ocasión; me abstendré de ello. Ella me está fastidiando a veces en esta cosa; la soportaré. Esa dama me huye; esa otra me injuria; procuraré no salir de mi habitación y demostraré el respeto y el honor al que estoy obligada. Cuando estoy con esa persona, casi siempre recibo algún daño para mi perfección; en cuanto sea posible evitaré la ocasión». Así es, según creo, hijas mías, cómo tenéis que hacer vuestras oraciones. ¿No os parece este método útil y fácil? Tal fue el parecer de todas las hermanas y nuestro muy honorable padre añadió: – Pues bien, mis queridas hermanas, practicadlo de esta forma, por favor”. (SV IX-1, 47).

Esta es una oración misionera que forma parte de la vida: intentar prever y considerar las ocupaciones de la jornada, los encuentros o las dificultades y tratar de verlas como Jesucristo las vería para vivirlas como El lo haría. Esta es la oración de un Misionero o de una Hija de la Caridad: no un tiempo de evasión o de éxtasis, sino una lectura de vida, un proyecto de vida y de jornada según y con Jesucristo. Para san Vicente, lo que contaba en la oración, era la resolución. Este no era el modo de entrar en la oración ni la manera de estar; era más bien el modo cómo se salía de ella para ir a los pobres:

“Amemos a Dios, decía el Señor Vicente en una conferencia, Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente”.

“Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo: «Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto». Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos: es en la acción concreta que reside nuestro verdadero trabajo. Y esto es tan cierto que el santo apóstol nos declara que solamente nuestras obras son las que nos acompañan a la otra vida” (SV XI,-4 733).

III – Ir a los pobres

El tercer elemento esencial de la misión es una condición que podríamos decir: sociológica. Quien quiera ser misionero según san Vicente, deber serlo para los pobres y más exactamente ir a los pobres.

Teológicamente, la misión no es evidentemente imitada ni reservada a los pobres. En el evangelio de Marcos, leemos (16, 15): «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. La misión es el anuncio de salvación para todos. Participar en este anuncio, en cualquier medio de vida que sea, es trabajar por la misión, es ser misionero.

Hemos seguido el recorrido de Vicente de Paúl y su manera de entrar en el evangelio por la puerta de Lucas (IV, 18). Movido por el abandono del pobre de su tiempo tanto por parte de la sociedad como por la de la Iglesia, Vicente toma la palabra de Jesucristo, toma al pie de la letra la declaración de Isaías:

En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. y si se le pregunta a nuestro Señor: «¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra?» «A asistir a los pobres» « ¿A algo más»? «A asistir a los pobres»” (SV XI-3, 32-33).

Y he aquí, según san Vicente, Jesucristo en la tierra no hizo otra cosa que asistir a los pobres. Sin duda es esta una exégesis un poco corta, pero revela el secreto del dinamismo extraordinario de un santo que busca centrar bien su esfuerzo. Para Vicente de Paúl, todo está centrado en la evangelización de los pobres. Para él, era misionero aquel que al ser enviado o enviada continuando la misión de Jesucristo, iba a los pobres. Y precisó bien y con frecuencia, que se trataba de los verdaderamente pobres, económica y materialmente pobres. Para san Vicente, no importa quien pudiera ser misionero: hombre o mujer, sacerdote o laico, y podía serlo en cualquier lugar y en todas las situaciones, con la única condición de hacer de la salvación de los verdaderamente pobres “su finalidad”, como lo había hecho Jesucristo.

Ni para sus hijos, ni para sus hijas, san Vicente nunca consideró otro medio sociológico para la realización de su vocación misionera. Tanto para ellos como para ellas, alejarse de los Pobres sería contradecir y renegar irremediablemente el carácter misionero de su vocación. Una misión que no es para los pobres no es una misión para los hijos de san Vicente. Por el contrario, toda misión, cualquiera que sea, donde quiera que sea, desde el momento que es para los pobres, es también para ellos. No importa que se trate de un hospital o una escuelita, del campo o de las ciudades, de niños expósito o de refugiados, de franceses o de malgaches… desde el momento que se trate de verdaderamente pobres y que los Misioneros y las Hijas de la Caridad son enviados a ellos, a ejemplo de Jesucristo, son ciertamente misioneros como lo entendía su Padre fundador.

Nos encontramos así con temas que nos son familiares a fuerza de descubrirlos en san Vicente. Para él, el carácter y la calidad de misionero no están ligados a un medio de vida ni a una categoría, ni a una región, ni a una u otra especialización o método pastoral; sin embargo, esta cualidad y este carácter están reservados a los que dan su vida por los pobres, por los verdaderamente pobres, cualquiera que sean y donde quiera que estén.

En resumen: para ser misionero según san Vicente, es necesario:

  • ser enviado por Dios y por la Iglesia,
  • a ejemplo de Jesucristo, modelo del misionero,
  • a los pobres y solo a ellos.

IV – Para evangelizarlos

En 1617, san Vicente encontró primeramente el desamparo espiritual y moral del pobre, viéndolo como un abandonado por la Iglesia. Y es este, el problema de la “salvación de las pobres gentes del campo”, el que primero se plantea marcándole profundamente. Después de haber enviado a Roma a Francisco du Coudrai, encargado de obtener la aprobación de la Congregación de la Misión, le escribe en 1631:

« Es preciso que haga entender que el pobre pueblo se condena, por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse. Si Su Santidad supiese esta necesidad, no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para poner orden en ello; y que ha sido el conocimiento que de esto se ha tenido lo que ha hecho erigir la compañía para poner remedio de alguna manera a ello; porque, para hacerlo, hay que vivir en congregación…» (SV I, 176-177).

Para san Vicente esto fue una obsesión: en primer lugar la salvación de las pobres gentes. Más tarde Gannes y Châtillon le confrontarán a la miseria física y material, pero el objetivo principal permanece constantemente la salvación obtenida gracias a la evangelización de los pobres. Para los sacerdotes de la Misión, esto no suponía ninguna dificultad; tampoco planteó mayor problema para las Hijas de la Caridad. Para san Vicente, una Hija de la Caridad que no evangelizase no sería misionera; una Hija de la Caridad cuya primera preocupación no fuera la salvación de los pobres no sería misionera.

Conocen numerosos textos en los que el Señor Vicente recuerda esta primera verdad: «El amor de las Hijas de la Caridad no es solamente tierno; es efectivo, porque sirven efectivamente a los pobres, corporal y espiritualmente. Estáis obligadas a enseñarles a vivir bien; lo repito, hermanas mías, a vivir bien, es lo que os distingue de otras muchas religiosas que están solamente para el cuerpo y no les dicen a los enfermos ninguna palabra buena; hay muchas así. Pero ¡Dios mío!, no hablemos de esas; bien, ¡Salvador mío!, la Hija de la Caridad no tiene que tener solamente cuidado de la asistencia corporal de los pobres enfermos; a diferencia de muchas otras tiene que instruir a los pobres. Esto es lo que tenéis sobre las religiosas del Hospital Mayor y las de la Plaza Real; y también que vais a buscarlos a sus casas, lo cual no se ha hecho nunca hasta ahora, puesto que las otras se contentan con recibir a los que Dios les envía. Por consiguiente tenéis que llevar a los pobres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual…» (SV IX-1, 535).

Luego, está muy claro: una Hija de la Caridad es misionera en la medida que, contrariamente a las religiosas del Hotel Dieu y de la plaza Real, evangeliza a los pobres. ¿Cómo? Ciertamente, mediante las buenas palabras… y el Señor Vicente sugiere maneras de hacer, algunas no viables hoy, porque el siglo XVII era un tiempo de cristiandad: mediante palabras benditas, pero sobre todo por el ejemplo, la bondad, el respeto y el afecto que traslucen en el servicio y dan a los pobres una idea de la bondad y del Amor que Dios les tiene: « Hacer esto, dice san Vicente, es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; « (SV XI-3, 393).

Esta evangelización con el sudor de la frente, y con la fuerza del brazo que socorre, con la mano que « debe hacer todo lo posible por conformarse con el corazón. » (SV XI-4, 770), san Vicente le da un lugar muy importante tanto para los sacerdotes de la Misión como para las Hijas de la Caridad. Evangelizar, es anunciar la buena noticia a los pobres. Esta buena noticia, es que Dios les quiere y quiere salvarles. Hacer una cama, limpiar una llaga, dar de comer a un enfermo con dulzura, respeto y amor, es una manera, la más perfecta quizás, de hablar a un pobre del amor de Dios y de anunciarle la buena noticia: «Hacer esto, es evangelizar».

Estos son los componentes esenciales del estado misionero, cuatro requeridas para ser misionero según el espíritu de san Vicente:

  • ser enviado…
  • a ejemplo de Jesucristo…
  • a los pobres…
  • para anunciarles la buena noticia.

Una condición eclesial, una condición mística, una condición sociológica, una condición pastoral: son estos cuatro niveles los que regularmente es necesario preguntarse, nosotros y nuestras Comunidades, para resituarnos verdaderamente respecto a la Misión.

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