La Mansedumbre (cf. XI, 752)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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Lo que entendemos por mansedumbre

Moderación razonable de la ira

1) El sustantivo mansedumbre y el adjetivo manso no son muy usados actual­mente. Conviene, por tanto, tener presente otros términos con el matiz que añaden al significado nuclear de la mansedumbre. Tales términos son afabilidad, apaci­bilidad, dulzura, suavidad, benignidad y los correspondientes adjetivos. Otros sinónimos de manso son los términos reposado, quieto, sosegado, tranquilo, dócil, obediente, manejable, moderado, delicado en el trato, fino en los modales. Para san Vicente, los términos mansedumbre, cordialidad y clemencia coinciden fun­damentalmente en el significado.

2) Etimológicamente, mansedumbre viene de «mansuetudo» y manso de «mansus», forma del latín vulgar de «mansuetus». Tiene un significado de com­portamiento acostumbrado, familiar, doméstico. Conceptualmente, la mansedum­bre se entiende como la fuerza, la virtud, que permite a la persona moderar razo­nablemente su ira e indignación. Razonablemente, porque nuestro Señor se dejó llevar de la «santa indignación» cuando echó por tierra las mesas de los nego­ciantes en el templo (Jn 2, 14) y cuando no tuvo reparos en insultar a los escribas y fariseos, por ejemplo, cuando les llamó raza de víboras (Mt 3, 7), sepulcros blan­queados (Mt 23, 27), hipócritas (Mt 7, 5), generación perversa (Mt 12, 39), etc. La razonable indignación puede ser con frecuencia sana y saludable, desahogo lícito de la sobrecarga psicológica o un acto de celo por la gloria de Dios, por la justicia o por el bien del prójimo.

La mansedumbre en el Antiguo Testamento

No vociferará ni alzará el tono… Caña quebrada no partirá… (Is 42, 2-3).

3) En el Antiguo Testamento, se describe con frecuencia a Dios airado contra las infidelidades de su pueblo. Dios se manifiesta airado, como el único que se puede encolerizar, porque sólo es el justo juez. Isaías expone de una manera muy viva la ira de Dios (cf. Is 30, 27-33). Por otra parte, aparece la paciencia y la bon­dad de Dios que, a pesar de todo, sigue amando a su pueblo y no le retira lo que le prometió. Dios expresa la mansedumbre por su bondad. El salmista nos invita a cantar la bondad de Dios (cf.Sal 31, 20; 86, 5). Las palabras de Dios son dulces Sal 119, 103).

4) Dios se muestra apasionado en una doble dirección: por la ira y la mise­ricordia, prevaleciendo en el tiempo la misericordia y dejando la ira para el final. Prevalece Dios el amor, la pasión por el bien del hombre. Dios reprime su ira, es tardo para la ira (cf. Sal 103, 8).

5) En el Antiguo Testamento, se encuentran hombres de gran carácter, que ciertos momentos se encolerizaron. Un ejemplo es Moisés que arrojó las Tablas de la Ley cuando vio la idolatría de su pueblo (cf. Ex 32, 19-21). No obstante estos arrebatos de ira e indignación por el cambiante comportamiento de su pue­blo, es considerado como el hombre paciente y manso (cf. Num 12, 3). Otros personajes pueden ser contemplados, según las circunstancias, sacudidos por la ira o movidos por la mansedumbre. Otros, en cambio, son vistos sólo desde la mansedumbre y la paz. Tal es el caso de Salomón, cuyo nombre significa rey pacífico.

6) Los Profetas ven al Siervo de Dios como el cordero que es llevado al matadero y no bala, como el que no casca la caña medio rota, ni apaga el pábilo que se está extinguiendo (cf. Is 52). El profeta Zacarías ve al Mesías como pacífico, manso, montado sobre un borrico, que es símbolo de la tranquilidad, doci­lidad y mansedumbre, (cf. Zac 9, 9).

7) Lo brevemente expuesto nos lleva a la conclusión de que en el Antiguo Testamento no se condena la ira cuando está justificada por la gloria de Dios o el bien del hombre. No obstante lo dicho, en conjunto, la actitud de Dios y de los mejores hombres del Antiguo Testamento tienden a la mansedumbre, a que prevalezcan la paz y la bondad.

La mansedumbre en el Nuevo Testamento

Aprended de mi que soy manso… (Mt 11, 29)

8) En el Evangelio, vemos a Jesús que mandó ser manso y se propuso a sí mismo como ejemplo de mansedumbre: Aprended de mí que soy manso y humil­de de corazón (Mt 11, 29). Jesús proclamó bienaventurados a los mansos (cf. Mt 5, 4). Jesús no aceptó la sugerencia de la venganza inspirada por dos de sus dis­cípulos cuando los samaritanos no los quisieron recibir (cf. Le 9, 54). Jesús dio ejemplos extraordinarios de mansedumbre en todo el proceso de su pasión, ante las intervenciones de Pilotos, Herodes y las crueldades de los soldados. Se cum­plió la profecía de Isaías que vio a Jesús como el cordero que es llevado al mata­dero sin que hiciera gesto alguno de dureza y rebelión (cf. Hech 8, 32).

9) También, Jesús mostró indignación ante hechos que no podía aceptar porque ofendían al Padre o al hombre indefenso. Jesús increpó con fuerza al demonio (cf. Mc 1, 25). Jesús aguantó con dificultad la mala intención y la astu­cia de algunas personas (cf. Jn 8, 44). Se enfadó contra los fariseos (cf. Mt 12, 34), contra los que matan a los profetas (cf. Mt 23, 33) y contra los hipócritas (cf. Mt 15, 7). Maldijo la higuera estéril (cf. Mc 11, 21) y a las ciudades rebeldes (cf. Mt 11, 20).

10) La venida de Jesús ha sido la causa de que prevalezca la bondad de Dios (cf. Tit 3, 4). Jesús nos liberó de la ira de Dios (cf. lTs. 3, 7) y ha dado lugar a la misericordia, a la paz, a la mansedumbre.

11) San Pablo, dotado de fuerte carácter, proclive a la ira, enseñó que la mansedumbre es uno de los frutos del Espíritu Santo (cf. Gal 5, 23), la consideró como una característica de Jesús y de sus seguidores (cf. 2Cor 10, 1; Gal 6, 1; Col 3, 12; Ef 4, 2). También, los que guían al pueblo de Dios deben ser mansos (cf. 1Tim 6, 11; 2Tim 2, 25). El cristiano, según san Pedro, debe ser manso, aun en medio de la persecución (cf. 1 Pe 3, 16).

12) En el Nuevo Testamento, es claro que la tendencia es que prevalezca la mansedumbre y la bondad, hasta el punto de que todo arrebato rayano a la ira, no se ve como el mejor y más perfecto. Prevalece la doctrina de Jesús: Si te dan en una mejilla, presenta la otra y si te quitan el manto dale la capa y si te obligan a caminar una milla, vete con él, dos (Mt 7, 38).

La mansedumbre según los teólogos

Entre la contestación y la mansedumbre

13) Para los teólogos tradicionales, la mansedumbre es una virtud relacio­nada con la templanza. Estos teólogos la definen como la virtud que modera razo­nablemente la ira, para que ésta no degenere en iracundia. Dichos teólogos señalan la iracundia o ira irracional como el vicio fundamental. Distinguen distintos gra­dos: el «violento»: el que se llena de ira rápidamente y por poca cosa; el «amargado», que guarda la ira para vengarse oportunamente y el «obstinado» que, no obstante conocer la irracionalidad de su ira, se mantiene en ella para consumar su venganza.

14) El ámbito que conceden los moralistas tradicionales a la mansedumbre es más bien estrecho. Se reduce a las relaciones de la misma persona, propo­niendo la mansedumbre interior, que se traduce en vivir en paz con uno mismo, y mansedumbre con los otros, a fin de que las relaciones sean pacíficas, suaves o buenas formas. Por esto, la mansedumbre tiene relación con la educación.

15) Los teólogos actuales, aunque no tratan de la mansedumbre detenidamente, asumen los contenidos de la virtud de la mansedumbre cuando estudian temas tan  importantes como el de la violencia. En relación con la violencia, el Nuevo Testamento presenta la tensión entre la contestación y la mansedumbre. La síntesis se encuentra en la categoría cristiana del amor al prójimo, amor que impulsa al perdón y a la mansedumbre, a la caridad del mismo enemigo y opresor­, pero al mismo tiempo, urge la lucha contra la opresión de los inocentes y de los débiles.

16) El espíritu del cristianismo es opuesto, a la vez, al espíritu de violencia fundado en el deseo de venganza, en el odio contra la persona del enemigo, en el rencor, en el desprecio de la persona a la que se hace violencia y al espíritu de conformismo con las injusticias sociales e históricas. Si hay una violencia antievangé­lica, hay también una cobardía antievangélica, que no tiene que ver con la mansedumbre a la que nos exhortan los escritos del Nuevo Testamento.

17) Es evidente que la violencia, en cualquiera de sus formas, no facilita las relaciones interpersonales o comunitarias. No es posible tratar teológicamente la virtud de la mansedumbre sin tener en cuenta, por una parte, la hipersensibilidad que, según sociólogos y psicólogos, ha aumentado en la psicología del hombre actual. El hombre actual es menos capaz de aguantar lo que considera malo, es más sensible a sus derechos y, sobre todo, al ambiente de violencia que impera en casi todo el mundo. Si la violencia es hoy uno de los serios problemas que tiene planteada la humanidad, la mansedumbre, no importa el término que se use, es o debe ser una de las virtudes más importantes en la actualidad.

18) A lo expuesto, podemos añadir las enseñanzas del magisterio de la Iglesia. Siempre se ha expresado en favor de unas relaciones interpersonales fundamentadas en la caridad, equiparables por el contexto a la mansedumbre.

Pablo VI y Juan Pablo II se han mostrado contrarios a toda violencia: Debe­mos decir que la violencia no es evangélica. Juan Pablo II continúa en la misma línea, no sólo cuando se refiere a la violencia en grado sumo, como es la del terrorismo o cuando se desatan los instintos más brutales del hombre, sino cuando se disfraza de acción pastoral, pensada para defender los derechos de los pobres. En el recurso sistemático a la violencia, presentada como vía necesaria para la liberación, hay que denunciar una ilusión destructora que abre camino a nuevas servidumbres». La violencia engendra violencia y el débil es siempre la víctima que más sufre.

19) Por lo dicho, es claro que la virtud de la mansedumbre, sin haber dejado el ámbito de las relaciones interpersonales inmediatas, ha recobrado import­ancia por el ambiente social a causa de la violencia y otras tensiones originadas por la política, la economía, por ideologías totalitarias y el terrorismo. De hecho, la violencia sacude fuertemente a grandes sectores de la sociedad: grupos políticos, sindicatos, asociaciones, e incluso, a algunos agentes de pastoral. La misma ley de la competencia, justa y lícita por una parte, puede degenerar en violencia con­culcadora de los derechos de la persona.

20) La mansedumbre cristiana está llamada a animar humana y evangélicamente expresiones culturales, o que se dicen culturales, v.g. filmes, vídeos, obras de literatura, etc. La mansedumbre es, pues, una fuerza contra la llamada cultura le la violencia. Empieza por serenar el espíritu de la misma persona, para expres­arlo después mansamente en las relaciones de la persona, dentro del vasto mundo que la rodea.

Aprecio de la mansedumbre por san Vicente

Esta virtud hace que seamos dueños de nuestra pasión (Abelly, pág. 676)

21) Luis de Abelly describe a san Vicente como bilioso, propenso a la cólera, al enfado, hombre seco, malhumorado. La Asociación española de grafosicología, después de haber estudiado a san Vicente desde el punto de vista grafológico, llegó a la siguiente conclusión: san Vicente era de carácter susceptible (no olvidemos su elevado nivel de sensibilidad) le resultaba difícil sustraerse a las explosiones de genio, así como a actuaciones de carácter impetuoso, aunque intentase controlarlas a medida de lo posible. Ello le podía llevar hacia un estado de malestar interno, así como a ligeras depresiones de las que era capaz de salir, gracias, sobre todo, a su notable energía y capacidad de acción. Es decir, su carácter no le ayudaba a ser manso.

22) Cuenta también Abelly que la señora de Gondi se dio cuenta del mal humor que con frecuencia manifestaba san Vicente. La señora temía que la causa fuera el no estar contento en su casa. La razón era su mal carácter. San Vicente, ya metido a fundador, había rogado a Dios que le quitara aquel humor seco y desagradable y que le diera un espíritu manso y benigno. Gracias a Dios, su esfuerzo para superar este defecto tuvo buen resultado y pudo vencer los «hervores y humor negro de su naturaleza».

Las razones para ser mansos y modelos de mansedumbre

¡Cuánto fruto daría en tu Iglesia…! (XI, 478)

23) A san Vicente, le impresionó la mansedumbre de Jesús. En Jesús, no sólo ve un ejemplo, sino un mandato: Aprended de mí… si, sólo fuese un san Pablo o un san Pedro… pero, hermanos míos, es un Dios hecho hombre, que ha venido a la tierra para mostrarnos que estamos hechos para ser agradables a nuestro Padre, es el maestro de los maestros el que nos enseña. ¡Oh Salvador! ¡Qué ros­tro! ¡Qué mansedumbre! ¡qué cordialidad les demostrabas a todos para atraer­los!…¡Quién tuviera ese aspecto tan amoroso y esa benignidad tan encantadora! ¡Cuánto fruto daría en tu Iglesia! (XI, 474-478). Igualmente, le impresionó la man­sedumbre de san Francisco de Sales, doctor de la mansedumbre, en quien vio una imagen de la mansedumbre de Jesucristo. San Vicente decía, según cuenta Abelly, que san Francisco había sido el hombre más manso y más afable que había cono­cido; y que la primera vez que lo vio, reconoció en seguida en su aspecto, en la serenidad de su rostro, en su manera de conversar y de hablar, una imagen muy clara de la mansedumbre de nuestro Señor Jesucristo, que le había ganado el corazón (XI, 755).

24) La experiencia le hizo ver la necesidad de la virtud de la mansedum­bre. Como más de una vez hemos dicho, en san Vicente todo estaba dirigido a potenciar la misión y, como paso previo, todo estaba en función de la comunidad misionera. Hay que tener, pues, muy presente un triple aspecto de la mansedum­bre: el apostólico, el de la convivencia y el de gobierno.

1º. Para el trato con los pobres

Hazte afable en la asamblea de los pobres (XI, 757)

25) San Vicente aconsejaba ser afables con los pobres, porque de lo con­trario no se atreven a acercarse al misionero: Cuando se les trata con afabilidad y cordialidad, conciben otros sentimientos de nosotros y están mejor dispuestos a aprovecharse del bien que les queremos hacer. Pues bien, como Dios nos ha destinado a su servicio, hemos de hacerlo de la forma que les sea más prove­chosa y, por consiguiente, tratarlos con mucha afabilidad, recibiendo el conse­jo del Sabio como dirigido a cada uno de nosotros: «Hazte afable en la asam­blea de los pobres» (XI, 757). La mansedumbre es necesaria en las misiones: Alabo a Dios porque el final de la misión haya sido más de su agrado que al comienzo, y le ruego que le conceda la gracia de mantenerse en el espíritu de mansedumbre y humildad que nuestro Señor le ha dado. La amargura no sirve nunca más que para amargar más las cosas. San Vicente Ferrer dice que no es posible obtener provecho de la predicación si no se predica con entrañas de misericordia (I, 528).

26) Con frecuencia, san Vicente insiste en la mansedumbre, cuando se pre­dica a la pobre gente del campo: Puedo deciros que nunca he visto ni he sabido que se haya convertido ningún hereje por la fuerza de la disputa, ni por la sutile­za de los argumentos, sino por la mansedumbre (XI, 753). Igualmente, la manse­dumbre es necesaria para evangelizar a los esclavos, los galeotes y los enfermos (cf. I, 366; IV, 54; 498).

2º. Para la convivencia

Al conversar, evitaremos con mucho cuidado toda terquedad… hemos de evitar… el mostrarnos molestos y ofendidos contra nadie, o herir a nadie de palabra o de hecho, o de cualquier otra manera (RC VIII, 9).

27) La vida en común, si no está animada de la mansedumbre, es inso­portable. Es evidente lo difícil que es convivir con los que se irritan y los «duros». La condescendencia puede ser una expresión de la mansedumbre. San Vicente dice lo siguiente sobre la condescendencia: En una comunidad, es menester que todos los que la componen y que son como sus miembros sean condescendien­tes unos o con otros. Con esta disposición, los sabios tienen que condescender con la debilidad de los ignorantes, en las cosas en que no hay error ni pecado. Los prudentes y sabios deben condescender con los humildes y sencillos. Y con esta misma condescendencia, no sólo hemos de aprobar los pareceres de los demás en las cosas buenas e indiferentes, sino incluso preferirlos a los nuestros, creyendo que los demás tienen luces y cualidades naturales o sobrenaturales mayores y más excelentes que nosotros. Pero hemos de evitar mucho condescen­der con los otros en las cosas malas, pues esto no sería virtud, sino un defecto, que provendría o del libertinaje de espíritu, o de nuestra cobardía y pusilanimidad (XI, 758).

28) La mansedumbre templa el carácter, evita los cambios bruscos y tempe­ramentales que desconciertan, no sólo a uno mismo, sino a los demás. Para san Vicente, los que se dejan llevar de la cólera son como los ríos desbordados, como las riadas, que se secan nada más pasar la tormenta, pero los mansos son como los ríos que discurren tranquilos, sin secarse nunca (cf. XI, 752).

3º. La mansedumbre, cualidad del buen gobernante

La mansedumbre consiste en tener mucha afabilidad, cordialidad y sereni­dad de rostro con las personas que se nos acerquen, de forma que sientan consuelo de estar con nosotros (XI, 477).

29) La práctica de la mansedumbre, como elemento del buen gobierno, es patente en la enseñanza vicenciana. Baste recordar lo que escribió al P. Portail en 1635. Parece ser que al P. Portail no le sobraba mucha mansedumbre en el gobierno y en la convivencia con otro compañero. Pido a nuestro Señor que le siga concediendo el espíritu de la santa mansedumbre y también de la condes­cendencia en todo lo que no sea malo y contrario a nuestros pequeños reglamen­tos, pues para esto, sería una crueldad ser manso; pero, para poner remedio a 9sto mismo, es preciso tener el espíritu de suavidad (I, 342).

30) Dando un salto en el tiempo, en carta dirigida al P. Nicolás Etienne, que pedía a san Vicente le quitara el oficio de Superior, san Vicente no se le con­cedió y le dijo: Sobre lo que me dice que le descargue del cuidado de la Com­pañía, le ruego que no piense en ello, sino que se quede oculto bajo las cenizas de esa humildad en el espíritu de nuestro Señor, que será él mismo su dirección en este cargo, su fuerza en su debilidad, su ciencia en sus dudas y su virtud en sus necesidades. Por su lado, padre, entréguese a él para no ser duro con nadie, para tratar a todos con mansedumbre y respeto, para usar siempre palabras amables y nunca frases duras e injuriosas, que no haya nada tan capaz de ganar los corazones como esa manera de obrar dulce, suave y humilde (VIII, 161-162).

31) La virtud de la mansedumbre no quita la fortaleza que, frecuentemen­te, necesitan las personas de gobierno para superar dificultades considerables en el trato con ciertas personas, cuando éstas han perdido el norte de la obediencia y de la responsabilidad, o con personas afectadas de ciertas anormali­dades espirituales o psicológicas. La mansedumbre da en estos casos a la fortaleza, el color y tono humano y cristiano del respeto a la persona, de la suavidad en las palabras y es, además, una buena expresión del amor que a tales perso­nas se les profesa.

32) En este sentido, es interesante la experiencia que san Vicente tuvo refe­rente a la mansedumbre como cualidad del Superior. Lo cuenta Abelly: Indicó muchas veces que él no había utilizado «más que tres veces en su vida, palabras duras para reprender y corregir a los demás, por creer que tenía cierta razón…, pero que luego se había arrepentido, porque no había conseguido nada con ello, mientras que… había conseguido siempre por la mansedumbre todo lo que había querido» (XI, 754).

La mansedumbre, sus principales actos y frutos

Reprimir y apagar los brotes del vicio contrario (XI, 751).

33) Santo Tomás de Aquino reconoce en los que gozan de carácter mode­rado la facilidad de ser mansos. El don de la naturaleza abre el camino a la gra­cia. San Vicente no niega esta doctrina, sin embargo, dice que hay caracteres moderados, pero no se puede decir que tengan la virtud de la mansedumbre. La virtud es algo conseguido por el esfuerzo. Vemos a veces, personas que pa­recen estar dotadas de una gran mansedumbre, pero que no es más que un efec­to de su carácter moderado, pero no tienen la mansedumbre cristiana que con­siste en reprimir y apagar los brotes del vicio contrario (XI, 751). San Vicente no tuvo reparos en referirse a dos personas. De una, no dijo quién era, la otra era él mismo: Seguro que no conocéis a dos personas tan duras y avinagradas como él y como yo. Sin embargo, vemos cómo ese hombre se vence hasta el punto de que hay que decir que no es ya lo que era. ¿A qué se debe? A la virtud de la mansedumbre, en la que él se esfuerza, mientras yo… sigo tan seco como un espi­no (XI, 751-752).

34) La mansedumbre consiste, pues, en dos actos: en reprimir los movi­mientos contrarios y en tener afabilidad, cordialidad. Hay personas que tienen el don de ser cordiales, acogedoras, dulces, amables y que dan la impresión de ofrecer el corazón y pediros el vuestro, y si tienen que enfadarse, lo hacen mesu­radamente.

35) La mansedumbre modera y templa el carácter, evita los cambios brus­cos. El manso es constante y apacible. No hay personas más constantes y más firmes que los mansos y apacibles. Al contrario, los irascibles son inconstantes porque obran por arranques e impulsos (cf. XI, 752).

36) La mansedumbre causa la paz y crea las mejores condiciones para el discernimiento. Después de manifestar su entusiasmo por la mansedumbre de Jesús, ¡Qué rostro! ¡Qué mansedumbre, qué cordialidad les demostrabas a todos para atraerlos!, sacó esta conclusión: Creo que sólo a las almas que tienen mansedumbre se les concede poder discernir las cosas, pues, como la cólera es una pasión que ciega la razón, la virtud contraria tiene que ser la que da el discernimiento. ¡Amable Salvador nuestro! Concédenos esa mansedumbre (XI, 478).

37) La importancia que tiene, moral y espiritualmente hablando, el discer­nimiento, el elegir libremente, nos permite ver la importancia de la paz interior y exterior como condiciones para un buen discernimiento. Si no hay paz interior, tranquilidad y serenidad, la opción siempre es sospechosa y moralmente im­perfecta.

Vicios contrarios a la mansedumbre

Los actos hechos en estado de agitación… nunca pueden ser perfectos (Abelly, pág. 668).

38) Enumero sólo aquellos vicios opuestos a la mansedumbre que, según San Vicente, aparecen más frecuentemente o tienen más influjo en la vida del misionero, sea por lo que se refiere a la vida comunitaria o a la actividad apos­tólica. Por supuesto, que la enumeración no es exclusiva, solamente ejemplar o ilustrativa. Los vicios en este sentido son: la ira desordenada, la indignación, la perturbación de la mente por el enfado, las riñas, el rencor y, en general, toda los actos de violencia de palabra y de hecho.

Medios para practicar la mansedumbre

Sólo la mansedumbre y la afabilidad abren los corazones (cf. XI, 752).

39) San Vicente dio unos consejos sobre la práctica de la mansedumbre:

  1. Prever las ocasiones, imaginarse los motivos capaces de provocar en nosotros la ira y hacer de antemano, en nuestro espíritu, los actos de mansedumbre que hay que practicar en todas las ocasiones. En otros términos, el primer medio para practicar la mansedumbre es la com­prensión de su valor, mediante la meditación.
  2. Detestar el vicio de la cólera como desagradable a Dios, sin incomo­darnos por vernos sujetos a ella. El rechazo del vicio tiene que apoyar­se principalmente en motivos espirituales y teológicos. Esta motivación hará que nuestro rechazo de la cólera sea manso y tranquilo.
  3. Dejar de actuar cuando estemos airados, resistir la pasión, no perder el control porque es como perder la razón. La experiencia dice que se razona mal cuando la ira se ha apoderado del que habla.
  4. En los momentos de ira, procurar no manifestar el enfado en el rostro, es decir, dominar todo nuestro comportamiento, los gestos, pero, sobre todo, dominar la lengua mientras dure la agitación de corazón. Basta, dice san Vicente, una palabra mansa para convertir a un empedernido. Basta una palabra dura para desolar a un alma y causarle una gran amargura (cf. XI, 753-754).

40) Por mi parte, añado que el trato sereno es uno de los mejores signos del mutuo respeto y de la buena marcha de las comunidades. Es igualmente un signo de comunidad de hombres educados, consagrados de verdad a Dios nues­tro Señor con un programa serio de vida. Lo cual no quita la vida, sanamente alegre.

La mansedumbre en el magisterio de la Congregación

41) No ha existido un magisterio especial fuera del normal, al tratar de las relaciones fraternas y de la labor apostólica, a la luz de lo que disponen las Reglas Comunes, repitiendo las enseñanzas de san Vicente, sin mayor extensión ni pro­fundidad. Las Constituciones actuales sólo hacen mención de la mansedumbre en el contexto general de las virtudes características del misionero. En el art. 24 de las Constituciones, se trata de dichas virtudes como los dinamismos de la vida comunitaria. Todas las virtudes tienen interés en este quehacer constructivo de la comunidad, pero es evidente que la mansedumbre entre en juego por sus propios valores y porque la comunidad se hace mediante relaciones llenas de contenido humano, cristiano y vicenciano. Deben ser expresiones de personas que se esti­man, se quieren y se ayudan. Toda actitud dura, de rechazo, de desprecio, queda superada precisamente por la práctica de la mansedumbre.

Actualidad de la doctrina y práctica de la mansedumbre vicenciana

42) ¿Es actual la mansedumbre? Ésta es la gran pregunta. Los contenidos de la mansedumbre, sea una u otra la expresión que se use, ¿son actuales? Con­trolar la ira siempre es algo positivo. Por una parte, se encauza la fuerza del tem­peramento para emprender obras que requieren coraje y, por otra parte, se evita la violencia en todas sus formas. La ira mal controlada puede dar lugar a abrigar sentimientos nada sanos para la persona, como son el resentimiento o la toma de actitudes irracionales, como pueden ser el cinismo y el sarcasmo.

43) La mansedumbre inspira un trato suave, agradable, educado, y fun­damenta la tolerancia, valor este muy importante para la convivencia en una sociedad plural en la que el respeto a la persona y a su libertad debe ser una ley indiscutible.

44) La conclusión es, pues, que nadie puede poner en duda el valor de la doctrina y práctica vicenciana sobre la mansedumbre. En la doctrina y práctica vicencianas de la mansedumbre tampoco hay conflicto con la justicia. Otra cosa es la importancia social y comunitaria de esta faceta, dada la sensibilidad social de entonces, sobre los derechos de las personas, y dada la sensibilidad actual en las relaciones interpersonales más directas.

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