La llegada de las Hijas de la Caridad al continente Americano (I)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la Caridad3 Comments

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Autor: Renée Lelandais · Fuente: Ecos de la Compañía 1993.
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Cuando San Vicente nació en 1581, no habían transcurrido todavía cien años desde que Cristóbal Colón había abordado aquel continente, que no sabía todavía que iba a llamarse «América».

¿Pensó San Vicente en enviar Misioneros a aquel vasto continente? Encontramos una alusión a ello en una carta suya del 3 de mayo de 1652, dirigida a Lamberto aux Couteaux:

«el proyecto de América (se trata aquí de Canadá) no ha resultado por lo que a nosotros se refiere. No es que no se haga el embarco, sino que el que nos había pedido sacerdotes no ha vuelto a hablarnos de ello, quizá por la dificultad que yo mismo puse al principio de no poder dárselos si no era con la aprobación y las facultades de la Sagrada Congregación de Propaganda; en eso no había pensado él, y me pareció que los sacerdotes que llevan allá, marchan sin ello. Yo creo que es conveniente… enviar nuestros sacerdotes para la conversión de los infieles, pero esto hay que  entenderlo cuando tienen una misión legítima… ›

Sin embargo, poco antes del 25 de abril de 1652, San Vicente escribe a la Superiora de las religiosas de la Misericordia del Hospital de Quebec:

«… en efecto miro esa obra (las misiones en Canadá) como una de las más grandes que se han llevado a cabo desde hace mil quinientos años…»

¿Cuándo y cómo fueron llegando las Hijas de la Caridad al continente americano. Las circunstancias de su llegada a uno u otro país son muy diversas. Es lo que quisiera presentarles en estas líneas.

 

I. A México (1844)

A principios del siglo XIX existían en las ciudades de este país establecimientos de beneficencia, asilos… para necesitados. Se sostenían por la caridad, con frecuencia muy generosa, de los habitantes. Pero lo que faltaba era un buen sistema de administración, de tal forma que llegó a darse el vicio con la consiguiente paralización de tan fecundas instituciones. Como instrumentos de una regeneración que se había hecho necesaria, se llamó a las Hijas de la Caridad.

La persona que Dios escogió para poner en marcha esta fundación fue la Condesa María Ana Gómez de la Cortina, a la que se unieron otras dos señoras y dos caballeros.

Sus gestiones obtuvieron con facilidad la autorización del gobierno. Y en 1843, una ley autorizaba a los Sacerdotes de la Misión y a las Hijas de la Caridad para que se establecieran en México y les aseguraban, además, ayuda y protección. La petición de las Hermanas había sido dirigida al P. Roca, c.m., Director de las Hijas de la Caridad de España. El P. Roca obtuvo, a su vez, autorización del Superior General para responder afirmativamente a dicha petición, y el 31 de agosto un Real Decreto autorizaba a las Hermanas a salir de la Península para dirigirse a México.

La pequeña expedición se componía de diez Hijas de la Caridad, españolas, bajo la dirección de Sor Inza y de dos Sacerdotes de la Misión como directores de las Hermanas. El 8 de septiembre de 1844, se embarcaron en Cádiz y el 4 de noviembre siguiente desembarcaron en Veracruz. Después de cuatro días de descanso, el grupo se dirigió a Puebla. A cuatro leguas de esta ciudad, el obispo con numerosos ciudadanos salieron a su encuentro para recibirles. El 15 de noviembre, llegaron por fin a México, la capital. Apenas llevaban un mes en el país, cuando estalló una revolución. Se llamó a las Hermanas para que cuidaran de los heridos del partido del gobierno, y ellas aceptaron con la condición de poder cuidar indistintamente a los heridos de los dos partidos, cosa que les fue concedida. La revuelta duró poco y casi no tuvieron tiempo de ejercitar su celo. Pero su actitud les ganó la simpatía de todos.

Desde los primeros años de estancia en México, se presentaron jóvenes mexicanas solicitando su ingreso en la Compañía. El Seminario se abrió en 1855. Desgraciadamente, tras haberse hecho con el poder un partido calificado de antirreligioso, las Hermanas fueron expulsadas en enero de 1875. En total, cuatrocientas diez que atendían a unos dieciséis mil pobres, en cuarenta y tres casas, salieron del país. Algunas de ellas se dirigieron a la Casa Madre de París y, después de un breve tiempo, fueron destinadas a España, Italia, Argelia, Oriente, sin excluir China. Otras quedaron en Francia. Otras, por último, se diseminaron por los diversos países de América: Guatemala, El Salvador, Panamá, Nicaragua, Ecuador, Perú y Chile. También alguna fue a California. A México, las Hijas de la Caridad pudieron regresar en 1945.

 

II.- A Cuba (1847)

Desde 1492, esta Isla pertenecía a España. En 1660 y en 1762, los ingleses se apoderaron de ella y la saquearon. Fue devuelta a España en 1763. En 1847, algunas Hermanas españolas marcharon a Cuba para hacerse cargo de la «Casa de Maternidad y Beneficencia», siendo durante varios años la única en que hubo Hermanas.

En 1862 estalló una revuelta de Criollos y Negros, dando lugar a luchas que duraron varios años. Esta fue la ocasión de que, en 1894, las autoridades de la Isla pidieran Hermanas a España para atender a los heridos. En julio de 1895, llegaron veinte Hermanas. Pero la necesidad hizo que se pidieran más, y en 1897, se enviaron sesenta, en dos grupos.

En 1898, se declara en la Isla la guerra entre Estados Unidos y España. Por aquel entonces, una Hermana escribía a la Superiora General, Madre Lamartinie: «Tres plagas han caído sobre nosotras: la guerra, la peste, el hambre… Con excepción de  dos Hermanas, todas las demás han estado enfermas. En cuanto a los pobres, ¡son notables los que mueren cada día».

En septiembre de aquel mismo año —después de la victoria obtenida por los Estados Unidos—, las Hermanas de Santiago de Cuba salieron de la Isla y regresaron España. Seis Hermanas murieron en el camino o recién llegadas. En algunos Hospitales, los Estadounidenses sustituyeron a las Hermanas por Señoras protestantes­, De todas formas, quedaron en la Isla doscientas diecinueve Hermanas. A pesar de las casas que tuvieron que dejar, en 1906 conservaban todavía dieciséis en las que guían trabajando.

 

III.- Al Brasil (1849-1904-1935)

Estas tres diferentes fechas corresponden al hecho de que las Hijas de la Caridad llegaron a Brasil, en diversas épocas, procedentes de otros tantos países europeos respondiendo a la llamada de emigrantes de esos países establecidos en diversas regiones de Brasil, muy distantes unas de otras. Desde entonces, hace ya mucho tiempo que esos tres grupos quedaron unificados.

En 1810, los Sacerdotes de la Misión, expulsados de Portugal, marcharon establecerse en Brasil. En 1848, uno de ellos, que había sido nombrado obispo Mariana, ciudad del centro de Brasil, expresó el deseo de tener en su diócesis Hijas de la Caridad. El 23 de noviembre de 1848, el sacerdote brasileño a quien el obispo había encomendado el asunto, salía de París con doce Hijas de la Caridad, seis Misioneros y tres Hermanos. El grupo se embarcó en El Havre en un barco que salió del puerto el 28 de noviembre.

El 8 de febrero de 1849, la pequeña expedición llegaba a la bahía de Río de Janeiro, después de setenta días de viaje. A causa de las lluvias, la marcha hacia Mariana hubo de retrasarse hasta el mes siguiente. Las Hermanas aprovecharon la espera para empezar a aprender el portugués.

El 11 de marzo de 1849, Hermanas y Misioneros se embarcaron para el puerto de !a Estrella, en donde, al día siguiente, se formó la caravana que había de llevarlos hasta Mariana. Dicha caravana se componía de veintiséis viajeros a caballo y una treintena de mulos de carga.

Animosamente y sin perder la alegría aquella caravana se adentró entre las montañas. El viaje conllevaba peligros. Por todas partes, había que escalar rocas escarpadas, y bajar después las correspondientes cuestas, vados difíciles de atravesar, precipicios bordeando el sendero tortuoso, que había que ir sorteando durante horas. Después de veintitrés días de semejante viaje, la caravana arribó a su destino: Mariana.

La casa que se había destinado para las Hermanas era muy pobre, porque el obispo no poseía nada: todo lo que llegaba a sus manos iba a parar a los pobres. La comida era frugal, pero la Providencia no dejaba de velar por los suyos. Así ocurrió un día, a las 11 y media, empezaron las Hermanas a preguntarse, sin que les faltaran motivos para ello, qué iban a comer, pues no tenían nada en absoluto. No obstante, hicieron como de ordinario el examen particular y se fueron al refectorio, donde se pusieron a reír ante los platos vacíos, desesperadamente vacíos. Iban ya a marcharse, cuando llamaron a la puerta. Era un negro que llevaba sobre la cabeza una bandeja bien provista. La depositó en silencio, y se marchó. Más tarde supieron que se habla equivocado de dirección, pero por supuesto era demasiado tarde para deshacer el error y restituir. En Mariana, las Hermanas empezaron por hacer la visita a los pobres, ya pie, ya a caballo, y después abrieron clases para los niños pobres.

En n agosto de 1852, treinta Hijas de la Caridad llegaban a Río de Janeiro para hacerse cargo del gran hospital de la ciudad. Al año siguiente, siete de ellas morían víctimas de la fiebre amarilla. Ya en 1849, empezaron a entrar en la Compañía algunas jóvenes de aquella región.

En 1798, en el Estado de Paraná, al sur del país, había empezado una coloniza­ción eslava. A principios del siglo XX, unos cien mil Polacos formaban una colonia compacta, que había conservado su lengua y sus costumbres. Este grupo humano quiso tener para su atención espiritual a Sacerdotes de la Misión Polacos, y los pidieron a Polonia. Poco tiempo después, en 1904, llegaban también Hijas de la Caridad de la Provincia de Chelmno para ocuparse de los pobres, de los enfermos y de los niños de la Colonia.

En 1934, algunas Hijas de la Caridad austriacas se dirigieron, con un grupo de doscientos cincuenta colonos tiroleses, a integrarse en un grupo de la misma nacionalidad, que anteriormente se había establecido en el Estado de Paraná, en el Brasil meridional. Tres días les costó, en tren —sin duda no demasiado rápido— llegar a buen destino y poder ocuparse de los niños y enfermos de la colonia austriaca.

 

IV.- A los Estados Unidos (1850)

Los comienzos de la Comunidad en los Estados Unidos se deben a la Sra. SETON, mujer admirable, nacida en 1774, en el seno de una familia episcopaliana. Casada y viuda a los veintinueve años, con cinco hijos, fue a residir a Baltimore y se convirtió al catolicismo. Bajo la dirección de Monseñor Dubourg, resolvió consagrarse a Dios. Y con esta finalidad, fundó en 1809, en Emmitsburgo, la Comunidad de Hermanas de la Caridad, de la que fue elegida superiora.

El Señor Cooper, rico armador, convertido hacía 1805, fue el instrumento del que se valió la Providencia para el establecimiento de las primeras Hermanas norteamericanas. El 31 de julio de 1809, Madre Seton y sus Hermanas tomaron posesión de su Humilde casa.

La intención de la fundadora, desde un primer momento, fue la de asimilar completamente el nuevo Instituto al de las Hijas de la Caridad, de Francia. De acuerdo con Monseñor Dubourg, rogó a Monseñor Flagot, obispo de Kentucky, que se dirigía, en 1810, a Francia, que intentase algunas gestiones a tal efecto con loe Superiores de París. Estos últimos se interesaron profundamente por la nueva Comunidad, hasta el punto de nombrar a tres Hermanas: Sor Bizeray, Sor Voisin y Sor Chauvin, para ir a formar según el espíritu y las costumbres de la Comunidad, a las Hermanas norteamericanas. Se hallaban ya en Burdeos a punto de embarcarse, cuando se les notificó le prohibición, por parte del gobierno, de salir de Francia. Monseñor Piaget se vio pues obligado a marchar sin ellas, llevándose tan sólo un ejemplar de las Reglas.

Madre Seton murió en 1821. En el transcurso de los años, se intentó repetidamente reanudar las negociaciones con Francia, pero, por diversos motivos, no se llegó a ningún resultado, Y por la fuerza de las circunstancias, las Hermanas de la Caridad quedaron bajo la dirección y dependencia de los Sulpicianos de Baltimore. Este estado de cosas ofrecía, sin embargo, muchos inconvenientes.

En 1848, Monseñor Deluol, sulpiciano, era el Superior de las Hermanas, y en dicha fecha, estableció contactos con Monseñor Chance, amigo suyo, y con Monseñor Eccleston, arzobispo de Baltimore. Monseñor Chance se disponía a salir de viaje para Europa, y el Señor Deluol, de acuerdo con el arzobispo, le entregó una petición para el Superior General de la Congregación de la Misión. Después de muchas comunicaciones, sobre todo por carta, el Señor Maller, c.m., que trabajaba en Missouri, se puso en contacto con las Hermanas y viajó a Francia para entrevistarse con el Padre Etienne. Apenas desembarcó, el Padre Maller se vio interpelado por un sacerdote anciano que le preguntó si en los Estados Unidos había una Comunidad de Hijas de la Caridad, añadiendo que él confesaba a Hijas de la Caridad y que una de ellas habla tenido una visión en la que San Vicente le había dicho que tenía Hijas fuera de Francia que deseaban unirse con la Comunidad primera. Cuando el Padre Maller comunicó el hecho al Padre Etienne, la reacción de este fue: «Pues si San Vicente ha dicho que yo también digo que sí». El Padre Maller fue nombrado Director de las Hermanas de Provincia de los Estados Unidos.

En marzo de 1850, todas las Hermanas hicieron por primera vez los votos de las Hijas de la Caridad. Después de esto, cuatro de ellas fueron nombradas para ir a París y formarse directamente en el estilo de la Comunidad. Durante algunos meses, permanecieron en la Casa Madre, una en el economato, otra en el seminario, otra en el oficio de hábitos y otra en secretaría.

En la primavera de 1851, Sor Etienne Hall, nombrada Visitadora, fue también a París con otra compañera. Entre tanto, el Padre Etienne había enviado, el 1° de Enero de 1850, una circular a todas las Hermanas de la nueva Provincia, que terminaba diciendo: «Las tendré siempre presente ante Dios y me complaceré en colocarlas todos los días bajo su poderosa protección».

 

V – A Chile (1854)

Las Hijas de la Caridad fueron llamadas a este país por el Arzobispo de Santiago y el Presidente de la República. Treinta Hermanas salieron de Burdeos el 18 de noviembre de 1853. Después de la travesía del Océano Atlántico y de contornear la Tierra de Fuego, llegaron a Valparaíso el 14 de marzo de 1854, tras un viaje bastante accidentado. De Valparaíso marcharon hacia la capital, Santiago.

En la catedral se les hizo un recibimiento magnífico. En el templo les esperaba con impaciencia una verdadera multitud. Durante las semanas siguientes, doce Hermanas fueron destinadas al Hospital de hombres, seis al de mujeres, otras seis con los Niños Expósitos. En cuanto a las seis restantes, quedaron encargadas de organizar otras actividades en la Casa Provincial, entre ellas un internado para niñas y jóvenes.

 

VI – A Perú (1858)

Una joven peruana, la Señorita Carassa, que había leído la vida de San Vicente, se determinó a pedir a su padre la autorización para ser Hija de la Caridad. «Sí, a condición de que no salgas de Perú», fue la respuesta que recibió. -¡Pues que por eso no quede!. La Señorita está segura de lo que quiere. Y se dirige a la Sociedad de Beneficencia para gestionar una fundación en Lima. Consigue, a continuación la conformidad del Presidente del Estado Peruano y la del Arzobispo. Queda, sin embargo, un obstáculo a vencer: la falta de fondos. Por lo que se dedica a pedir y no tarda mucho en reunir la cantidad necesaria para dar comienzo a un primer estable­cimiento y para el viaje de las Hermanas.

El 19 de septiembre de 1857, cuarenta y cinco Hijas de la Caridad se embarcan en Burdeos, acompañadas por cuatro Sacerdotes de la Misión. Iban con el encargo de ocuparse del servicio de tres Hospitales y de la Casa de Misericordia.

Llegaron a Perú el 2 de febrero de 1858 y, antes de ir a tomar posesión de sus diferentes puestos de trabajo, dejaron instalada la Casa Provincial.

En el Hospital de Santa Ana, la primera noche fue «de campeonato». Forzoso fue olvidar que aquellas horas estaban dedicadas al silencio y al sueño, porque toda una invasión de ratas, habituadas a ser únicas dueñas del terreno, les disputaban a las recién llegadas, que no disponían más que de un somier en el suelo, el amplio espacio del que hasta entonces habían disfrutado, y saltaban de una Hermana a otra, con una agilidad y destreza increíbles. Cada una se vio en la necesidad de armarse de un palo para echar a aquellos dueños incómodos. Pero la cosa ¡no fue tan fácil!

Durante los primeros años de su presencia en Perú, se fue encargando a las Hermanas de orfanatos y hospitales. En la mayoría de estos establecimientos, sobre todo al principio, tuvieron que pasar por muchas dificultades, pues no se trataba de obras nuevas, sino de situaciones que había que reformar.

 

VII. A Argentina (1859)

Como los demás del Continente, este país pertenecía a España. En 1810, entró en el movimiento de insurrección y proclamó su independencia en 1818. Pero no pudo conseguir cierta tranquilidad hasta 1853.

El 2 de febrero de 1858, a petición del presidente de la municipalidad de Buenos Aires, el Padre Etienne firmaba un contrato establecido entre los Superiores Gene­rales de las Congregaciones y el Encargado de Negocios del Estado argentino. En virtud de dicho contrato, el 21 de julio de 1859, dos Sacerdotes de la Misión y doce Hijas de la Caridad se embarcan en El Havre y llegaban a Buenos Aires el 13 de septiembre siguiente. Las Hijas de la Caridad iban a hacerse cargo de la dirección del hospital de hombres. En dicho hospital, no había orden, ni autoridad, ni organización. Se las recibió bastante mal por el conjunto de secciones del mismo y por el personal.

Esta situación duró hasta que estalló la guerra civil y las Hermanas se hicieron cargo de las ambulancias en donde cuidaron a los heridos de ambos bandos, acto de abnegación que les atrajo las simpatías de todos.

En los años sucesivos continuaron al cuidado de los heridos de la guerra civil —1865-1867– y de los afectados por el cólera. Varias Hermanas sucumbieron víctimas de esta epidemia. Entre 1860 y 1870, se abrió un Seminario en La Plata.

En 1890, la especulación desencadenó en Argentina, que cuenta con inmensas riquezas naturales, una crisis financiera de la que tardó muchos años en reponerse y a costa de grandes esfuerzos. Por otra parte, en aquel final del siglo XIX, otro de los males que afectaban al país era la indiferencia religiosa por parte del pueblo. Esto explica que el clero, en su mayor parte, procediera de otros lugares: de España, Italia, Francia…

 

 

 

En 1869, el General Mosquera, presidente de la República, pidió Hijas de la Caridad al Padre Etienne. Este puso como condición para dejar marchar a las Hermanas que fueran acompañadas por Sacerdotes de la Misión. El Presidente no aceptó esta condición y las Hermanas no marcharon. Al no poder conseguir Hijas de la Caridad, el Presidente se dirigió a otra Comunidad cuyo nombre incluía el de Hermanas de la Caridad.

Los Sacerdotes de la Misión llegaron, por fin, a Colombia en 1870, y las Hermanas pudieron ir en 1882, pero, entonces, tuvieron que adoptar el nombre de «Vicentinas».

En 1885, se produjo un cambio de presidente al frente del país, con lo que mejoraron las relaciones con las Hijas de la Caridad, que pudieron extenderse por diferentes regiones, entre otras en la ocupada por los Indios Paeces.

 

XVIII – A Bolivia (1883)

A lo largo del siglo XIX, e decir, de 1809 a 1882, Bolivia —conocida también por «Alto Perú»— estuvo en continuas guerras, ya contra las naciones vecinas: Argentina y Chile, ya contra diferentes facciones rivales del mismo país.

Las Hermanas llegaron a La Paz el 11 de junio de 1883, procedentes de Chile. Se las recibió con gran solemnidad: repique de campanas, gente ataviada con indumentaria de fiesta, flores arrojadas desde los balcones… Durante tres días, fueron huéspedes de honor en varias casas.

Por fin, al día siguiente se las llevó a su vivienda: una casa, antiguo convento en que habían residido otras religiosas. Entonces, una vez allí, tuvieron que gustar las espinas de las flores con que antes habían sido obsequiadas. En general, puertas y ventanas brillaban por su ausencia. Varias habitaciones con el piso hundido impedían circular libremente por el resto de la casa. Tuvieron que improvisar las primeras instalaciones. A pesar de todo, apenas transcurrido un mes desde su llegada, tenían ya quince niñas huérfanas.

En 1904, se hicieron cargo del hospital de San Juan de Dios, en Puno, y abrieron, en esta ciudad, clases externas. Al orfanato de La Paz se añadió una Cuna y una residencia de ancianos.

 

XIX – A Honduras (1931)

Honduras, Estado de América Central, se halla situado entre Guatemala y Nicaragua. Hasta 1821, estuvo incorporado a Guatemala. Después, quedó vincula­do a las Provincias unidas de América Central, de 1824 a 1838, formando una Confederación con el Salvador y Nicaragua de 1842 a 1844. Fueron frecuentes las luchas con los paÍses vecinos por reivindicaciones territoriales.

Este país, que posee los bananales más importantes de América Central, tuvo que padecer fuertemente la influencia de la «United Fruit Company». Ocupado por los «marines» de 1911 a 1933, cayó en una dictadura (1933-1949).

Fue en 1931, durante el período de ocupación por los «marines», cuando las Hermanas llegaron al Hospital de Tegucigalpa, la capital, situada a mil cuatrocientos metros de altitud. Las acogió el Ministro del Interior, en representación del Presidente. Después de algunas dificultades en los comienzos, debidas a las calumnias de cierta pesonalidad, todo se apaciguó y, en 1932, pudieron abrir otro Hospital en San Pedro Sula, al Noroeste del país. Durante la guerra civil (1933) que se saldó con la dictadura, las Hermanas permanecieron serenas, entregadas al cumplimiento de su deber.

 

XX – A Canada (1948)

En la Provincia de Quebec, zona francófona, el obispo de Sherbrooke, Monseñor Desranleau, pidió y obtuvo Hijas de la Caridad para encargarse de una obra de adopción, que empezó el 27 de marzo de 1948. Ya en 1841, se había cursado una primera petición, que no obtuvo resultados, al entonces Superior General, Padre Etienne.

El 2 de octubre de 1948, otras tres Hermanas salían de la Casa Madre para hacerse cargo del Hospital San Lucas, en el Centro minero de Ambestos, situado igualmente en la Provincia de Quebecz.

 

XX – A Venezuela (1950)

Situada en el extremo norte de América del Sur, Venezuela se vio asaltada por tremendas guerras civiles, combinadas con dictaduras más o menos eficaces, situación que con el impulso de la producción petrolífera, llena casi por completo los años 1546 a 1964.

En 1930, Monseñor Dubuc, Obispo de Barquisimeto, se alojó durante un viaje en el Seminario de San Juan, Puerto Rico, y quedó maravillado por la formación que en el mismo se daba a los Seminaristas. Esto le movió a pedir Sacerdotes de la Misión para su Seminario.

Para hacerse cargo del Seminario Venezolano, se envió al P. Gaude, c.m., de Puerto Rico quien, en 1934, fue nombrado Visitador.

Su amor a los Pobres le impulso a emprender numerosas gestiones para conseguir el establecimiento de las Hijas de la Caridad en Venezuela. Allí se encuentran desde 1950, procedentes, sobre todo, de Colombia».

 

XXII – A Santo Domingo (1952)

Al final del siglo XIX, en 1892, se hicieron tentativas, que no tuvieron resultado, para introducir, en Santo Domingo a las Hijas de la Caridad, procedentes de Puerto Rico.

Sólo pudieron hacerlo en 1952, llegadas, efectivamente, de Puerto Rico. En 1965, Santo Domingo pasó a ser Vice-Provincia de San Sebastián (España), y en 1967 quedó erigida en Provincia autónoma. El Seminario empezó en 1970.

 

XXIII – A Haití (1973)

Haití forma parte del Archipiélago de las Antillas Mayores, en el que comparte con la República Dominicana, la Isla La Española o Hispaniola. La lengua oficial es el francés, pero lo más corrientemente hablado por el pueblo es el criollo.

La situación sociopolítica del país es muy problemática y esto pone trabas a un verdadero desarrollo, a todos los niveles y bajo todos los aspectos.

Las Hijas de la Caridad llegaron a Haití en 1973, para dar respuesta a las llamadas urgentes de los Pobres. Fue a través de la Provincia de Puerto Rico como la Compañía se hizo allí presente.

Múltiples son las llamadas y múltiples también tratan de ser las formas de servicio que realizan las Hermanas: cuidados a los enfermos, niños abandonados, promo­ción de adultos, enseñanza, formación religiosa, asistencia a las necesidades más elementales, acompañar o seguir a las personas en momentos difíciles.

3 Comments on “La llegada de las Hijas de la Caridad al continente Americano (I)”

  1. Buenos días.- Luego de leer cuidadosamente todo el relato relativo a la llegada de las Hermanas de la Caridad de San Vicente a los diferentes países americanos no he podido encontrar la instalación de esa Congregación en el Uruguay.- Les solicito tengan la amabilidad de proporcionarme referencias a tal acontecimiento ya que en el Uruguay cumplieron una muy importante labor en la Villa de La Unión de Montevideo.-
    Agradezco desde ya la respuesta.-
    Cordial saludo.-
    Bendiciones !

    Lic. Carlos Poggi Bacalario

  2. Buenos días,
    Hoy por la mañana en TV2 he visto un reportaje sobre las Hijas de la Caridad y su labor socioeducativa sanitaria que llevan a cabo en diferentes países.
    He visto que en algún país de Latinoamérica (no recuerdo en qué país) necesitan personal de la Psicología para atender a niñas.
    Soy Doctora en Psicología, profesora titular de la Universidad del País Vasco y en la actualidad jubilada.
    Le agradecería me pudiera facilitar algún contacto al respecto porque que gustaría poder colaborar en caso de que pueda ser de utilidad para esa congregación.
    Muchas gracias por toda su atención.
    Dra. María Teresa Erro

  3. Puro fallo, pensé que había información de Panamá…sencillamente 0 estrellas…bye.
    Att: Isabel.

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