La catequesis según Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana1 Comment

CRÉDITOS
Autor: André Dodin, C.M. · Año publicación original: 1981 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

«Hay personas, decía Vicente de Paúl, el 28 de marzo de 1659, (Conf. ed. 1960, p. 606) que de una forma risueña y agradable contentan a todo el mundo, porque Dios les ha otorgado ese don de una acogida cordial, suave, amable, con la que parece están ofreciéndote el corazón y pidiéndote el tuyo.»

Si no me falla demasiado la vista, me parece que estoy contemplando ahora eso mismo que, por lo demás, me disponía a pedirles al tener que hablarles de un tema que, según expresión de Bossuet, compromete a toda la religión y que, además, ayuda a caracterizar nuestras funciones y nues­tra misión en la Iglesia de hoy. Me estoy refiriendo a la forma en la que somos los transmisores de la palabra de Dios a los pequeños, a los pobres, a los preferidos de Jesús. Gracias por su delicadeza fraternal.

Un hecho significativo

Aquel martes, 22 de marzo de 1658, reinaba en el Priorato de San Lázaro en París una singular efervescencia, casi podríamos llamarla «ebullición». Y no faltaban motivos para ello, van ustedes a verlo: Su Excelencia el Nuncio Apostólico, Monseñor Nicolás Ubaldini, Arzobispo de Atenas, en funciones en París desde el 25 de junio de 1643, iba a acudir al Priorato para administrar el bautismo a un joven malgache de 20 años. Aquel cate­cúmeno original había sido instruido por el mismo Vicente de Paúl, quien, a pesar de sus 67 años y sus múltiples ocupaciones, había catequizado cui­dadosa y diplomáticamente a aquel hijo de Madagascar.

A partir de ese espectáculo iluminado e iluminador, podemos hacernos cargo, con calma y utilidad, de la prestigiosa herencia que Vicente de Paúl pone a nuestra disposición, no sólo desde hace tres siglos, sino con plena actualidad hoy y siempre.

El «ojo del amo» que vamos a echarle comprenderá la observación de tres terrenos muy diferentes, pero unidos entre sí por caminos y órganos de transmisión misteriosos y llenos de vitalidad.

1.º Las razones predominantes y prioritarias que existen para que con­centremos todas nuestras fuerzas en la catequesis, que es a la vez, no lo olvidemos, transmisión de lo que se nos ha dado y educación de todo el hombre para que la semilla pueda subsistir, hacerse cons­ciente, conseguir su máximo crecimiento.

2.° Los caracteres generales que sitúan a San Vicente y sus orientaciones en una tradición que es:

  • Eclesial por su origen.
  • Teológica por su estructura.
  • Popular por su estilo y sus destinatarios.
  • De donde procede su contenido fundamental, digamos el núcleo germinal o, para servirnos del lenguaje vicenciano, «el blanco» a partir del cual y en torno al cual todos los elementos toman su sentido y su fuerza. «Todo autor, decía Pascal, tiene un sentido en el que o convergen y concuerdan todos los pasajes contrarios, o no tiene sentido alguno» (Lafuma, 257, B, 684).

3.º El método particular empleado para conseguir que guste la ense­ñanza, se desee, se comprenda y se asimile. Dicho método tendrá en cuenta a la vez las disposiciones del catequista que no es un saltimbanqui ni un címbalo que resuena, y el estado de aquellos a quienes Dios da gracia para escuchar y probablemente vivir la doc­trina de la fe.

En la enseñanza vicenciana, todos estos terrenos convergen porque no existe diferencia ni ruptura entre la doctrina, la práctica y la pedagogía. Expresándolo en términos de H. Bergson, diremos: «Obra como hombre de pensamiento y piensa como hombre de acción». Más exactamente todavía, debido a su prodigioso poder de asimilación de lo esencial, llega a realizar un ideal señalado por André Malraux: «Transforma la experiencia en exis­tencia». Aquí podría yo apuntar, velando el fondo con una sonrisa, que Vi­cente no se parecía en modo alguno a cierto obispo, renombrado pro­fesor de catequesis, que me confesaba: «Nunca he sido catequista perso­nalmente, pero parece ser que lo que aconsejo e implanto como método da buen resultado». Estaba tan seguro de sí y tan pronto a cambiar de tema distrayéndose del mismo, que no pudo observar el triste escepticismo que se dibujaba en mi mirada.

I.— Razones predominantes para concentrar nuestros esfuerzos en la catequesis

De estas razones, me limitaré a señalarles cuatro, cuatro que se nos pueden escapar con demasiada facilidad.

1.° La conjunción cultural profana y religiosa

No cabe la menor duda de que fue a fines del siglo xv, hacia 1440, cuando Johannes Genfleish, conocido por Gutenberg, que nació en Maguncia entre 1394 y 1398, fue a establecerse en Estrasburgo y, en 1440, tuvo la idea de descomponer la tipografía separando los caracteres. Ya en 1448, asociado a J. Fust, imprimió la célebre Biblia llamada de las 42 líneas. Esto lo saben todos los colegiales, pero lo que ignoran, y es una lástima, es que el descubrimiento de Gutenberg no hubiera servido de nada sin otros dos hechos que permitieron su explotación.

  • El soporte (materia necesaria) ligero y económico

El libro impreso en pergamino o en vitela era patrimonio exclusivo de una institución, de un rico hacendado, de un monasterio. Consecuencia in­mediata: la lectura la hacía una persona interpuesta, las demás habían de escuchar pasivamente.

Recordemos de paso el costo de aquellos libros preciosos, tan caros ordi­nariamente como los manuscritos. La biblia de Gutenberg habría requerido 117 pieles de cordero, que actualmente valen cada una 170 ó 180 francos (2 millones de francos antiguos). Un evangeliario requería 5 pieles de cor­dero, es decir, unos 800 francos. Para los 30 ejemplares de la biblia de Gu­tenberg eran necesarias 5.000 pieles…

Felizmente, desde el siglo mi Europa había heredado otro material para el libro, más liviano, menos caro. Ese material benéfico procedía de China y permitió una difusión de la industria impresora a un ritmo tal que, en 1480, había 100 ciudades con imprenta, y, en 1500, eran 256 las que la tenían.

  • La alfabetización

Pero, ¿de qué sirven los libros por bien impresos que estén, aun con excelente y económico soporte, si no existen lectores más que en número reducido? A principios del siglo XVII, en Francia, de veinte millones de franceses sólo uno o dos millones, saben leer así como firmar en los re­gistros de matrimonio. Ha de emprenderse un enorme esfuerzo de alfabe­tización, y ustedes saben de cierta pastora de Suresnes que aprendía a leer acudiendo a los transeúntes que parecían saber hacerlo: se llamaba Mar­garita Naseau y hay que colocarla a la cabeza de esa larga procesión de Hijas de la Caridad que, desde hace tres siglos y medio, siembran a todos los vientos el grano incorruptible de la palabra eterna de Dios.

¿Quién hubiera podido preverlo? Ese fenómeno complejo: imprenta, soporte económico, alfabetización, al abrir los ojos del espíritu tanto como los del cuerpo, va a dar nacimiento a un monstruo peligroso: la opinión pública. Tan pronto como la alfabetización alcance la cifra del 30 al 40 por 100 de la población, aparecerá el fenómeno revolucionario. Puede verse en Inglaterra en 1648, en Francia, en 1780 y hasta en Rusia hacia 1917.

¿Qué obras se difundirán las primeras?: los escritos de los filósofos de la Antigüedad, que reclaman estudiantes y maestros; los libros religiosos, la Biblia, los catecismos. Anotemos, por de pronto, que la prensa no existirá prácticamente hasta el siglo XVII, pero que tendrá que llegar el XIX para adquirir sus títulos de nobleza, proclamar su vocación educadora y conseguir alguna confianza en el terreno de la información. Nos hallamos todavía muy lejos de que aquello de: «es cierto, lo dice el periódico» tenga tanta fuerza como: «es cierto, lo dice la Biblia, o el Evangelio».

2.º La competencia hecha por los protestantes

Si inmovilizamos nuestra mirada en el campo religioso, podremos comprobar en seguida que la difusión del libro, el abaratamiento de su costo y el aumento del número de lectores van a llevar consigo una erosión lenta pero irreversible de la estructura y de la autoridad eclesial: para saber lo que hay que creer, los mandamientos que hay que guardar, la forma de dirigirse a Dios, va a surgir, grande e irresistible, la tentación de no moverse de casa para ir a preguntar al cura y de consultar sencillamente la Escritura o los libros que cualquiera puede hacer imprimir. Prueba de ello es que la inquietud por cumplir su misión educadora y protectora hace que, ya desde 1571, la Iglesia establezca la Congregación del Índice, que en 1917, pasará a depender del Santo Oficio y, finalmente quedará suprimida en 1966.

Desde los orígenes del cristianismo, no habían faltado las herejías e incluso Pablo había reconocido su utilidad (1 Cor. 11, 19). Pero este fenó­meno, que con frecuencia no salía de los límites de una región, tenía un carácter flotante, episódico, efímero. Desde Montano (130) a los Valdenses o los baptistas, esas herejías estaban desprovistas de un centro de cris­talización. Iban unidas a un profeta o a su descendencia y carecían de «credo», de formulario positivo de fe o creencia. La herejía y aun el cisma no habrían de tomar rostro y consistencia particular hasta el siglo XVI,

Pues bien, gracias a la imprenta y a la opinión pública, las divergencias y desviaciones religiosas iban a obtener una cohesión, hasta una organi­zación doctrinal, llegando a cristalizar en fórmulas lapidarias. Los Credos negativos o positivos, constituirían los vínculos de las nuevas iglesias. Ese carácter nuevo se destaca lo mismo en el anglicanismo que en el lutera­nismo o el calvinismo y llega, como por contagio inevitable, a desembocar en el «Catecismo Católico del Concilio de Trento».

De esta condensación en un «catecismo», nace en seguida una nueva pedagogía de la doctrina; se efectúa un cambio de registro. Mientras la transmisión había sido hasta entonces oral, partía de la célula familiar y se veía conservada y protegida por la institución feudal o parroquial en adelante, cada vez más, la enseñanza de la doctrina iba a tomar el camino de la escritura y a esforzarse por llegar hasta la conciencia indi vidual.

El cambio pedagógico, que afecta tanto a la enseñanza profana como a la enseñanza religiosa, no deja de tener sus riesgos, pero también su riqueza. Al hallarse más expuesta, la fe se hará también más personal; podrá penetrar hasta las profundidades del ser humano, iluminando más fácil mente zonas que hasta ahora le habían estado vedadas. La tentación se instalará, grande y permanente. ¿Cómo hacer la religión más profunda más interior, más personal sin que, a la vez, se convierta en más individual más humana, menos trascendente? El peligro, digamos incluso el abismo habrá de aparecer pronto, a fines del siglo XVI. La «Concordancia», de Molina (Lisboa, 1588) orientará hacia una religión humanizada, explicable reducida a ser un simple complemento de la felicidad humana. Pero no hemos llegado todavía a ese momento.

Lo que vamos a comprobar en primer lugar, es una modificación de la pedagogía religiosa. Dos autores, dos maestros, Rabelais, Montaigne, pre­sentaban dos formas de instituir y de forjar al hombre, al hombre simple­mente y al hombre religioso. El primero, Francisco Rabelais, apoya una pedagogía capaz de conseguir «cabezas bien llenas»; el segundo, Miguel de Montaigne, preconizaba una formación, o mejor, «una institución» de los niños mediante el ejercicio controlado del pensamiento, que habría de tener como resultado «cabezas bien hechas».

Sin dejar de apreciar, y con razón, las ventajas de cada uno de estos métodos, un precursor y un profeta, el director espiritual de la humanidad occidental, Desiderio Erasmo de Rotterdam presenta en sus «Adagios» y en sus «Coloquios» una fórmula de síntesis.

Vicente de Paúl considera esta fórmula muy concreta, como el resumen de una experiencia. Sabe que es necesario, simultáneamente, captar la atención, conmover, servirse de una expresión gráfica, llena de imágenes, ensartar en el discurso comparaciones familiares. Así es como, poco a poco, las inteligencias llegan a percibir algo del «misterio de Dios» y a entregarse amorosamente a la acción de la gracia todopoderosa, única que puede transformar al hombre desde las profundidades de su alma. Su enseñanza comprende una alternancia de preguntas y respuestas. Esos rudimentos, que ya encontramos en 1493 bajo una forma llena de imágenes en el «grand kalendrier et compost des bergiers… gran calendario de los pastores, con su astrología», los apoya en un mínimo de memoria. Durante las Misiones y cuando se presente la ocasión, repartirá millones de octavillas tituladas «Ejercicios del cristiano». Sin esas fórmulas fundamentales, el catequis­ta sería un distribuidor de palabras vacías, que el viento del diablo se llevaría presto.

Hasta el final de su vida, el Señor Vicente no utilizará otro método. Era un método que le tranquilizaba porque, sencillamente, lo copiaba de la sabiduría eterna.

«Tendremos especial devoción, decía, en resolver las cosas humanas por medio de las divinas, aunque la naturaleza se oponga a ello y lo con­tradiga.»

«Otras veces le he dicho que nuestro Señor bendice los discursos que se hacen en un tono común y familiar, porque él mismo enseñó y predicó de esa suerte, y siendo además esta forma de hablar natural, es mucho más fácil que la otra que es forzada, gusta más al pueblo y éste saca de ella más provecho… haciendo así el catecismo, parece que se honra más la manera de que Nuestro Señor Jesucristo se sirvió para instruir y con­vertir al mundo» (Coste, VII, 378-79).

«Vea de qué manera tan clara e inteligible habla, sirviéndose de com­paraciones familiares: un labrador, un viñador (Mt. XIII, XXI, 40), de un campo, de una viña (Mt. XIII, 31, 38, 44; Lc. XII, 16-28; Jn. XV, 1,5), de un grano de mostaza (Mt. XIII, 31), comenta el Señor Vicente a Antonio Durand: así es como tiene usted que hablar si quiere que le entienda el pueblo a quien anuncia usted la palabra de Dios» (S. V., E. p. 311, 1656).

Después de unos treinta años de reacción sentimental contra la cultura de la memoria, a la que debía sustituir una pedagogía «aligerada» y no directiva, el deterioro que se ha podido comprobar tanto en la enseñanza profana como en la religiosa, ha provocado un saludable retorno a los catecismos clásicos: el del Concilio de Trento, el de San Pío X, el de Pablo VI. Hasta un breve catecismo redactado con toda sencillez por Juan Guitton en 1978 ha conocido tal éxito que su primera edición se agotó en algunas semanas. Los hechos dispensan de todo comentario y pueden esclarecer y poner en guardia a los pedagogos religiosos.

Pero otro acontecimiento más espectacular no sólo inquietaba sino an­gustiaba el alma de Vicente de Paúl: era la progresión constante y aparen­temente irreversible de la reforma herética.

«Le confieso, decía a Juan Dehorgny Superior en Roma, en 1646, que tengo gran afecto y devoción, según me parece, a la propagación de la Iglesia en los países infieles, por el temor que me asalta de que Dios la des­truya poco a poco aquí en los nuestros y que de aquí a cien años no quede nada de ella, a causa de nuestras costumbres depravadas, de esas nuevas opiniones que cunden cada vez más y del estado de las cosas» (Luis Abelly: La vida del venerable siervo de Dios, París, 1664, p. 196).

Tal desconcierto en la economía de la Redención, él lo unía más o menos estrechamente con el recuerdo de Clemente VIII. Este santo Papa, del que los mismos herejes hacían el elogio, «habiendo recibido un día a dos Embajadores de unos Príncipes de Oriente, donde empezaba a pro­pagarse la fe, y queriendo dar por ello gracias a Dios en presencia do aque­llos, ofreció por sus intenciones el Santo Sacrificio de la Misa. Estando en el altar, en el «Memento», lo vieron llorar, gemir, sollozar, lo que les sorprendió mucho, de modo que, una vez terminada la Misa, se tomaron la libertad de preguntarle qué es lo que había excitado sus lágrimas y gemidos en un acto que sólo consuelo y alegría debía proporcionarle. Sencillamente les contestó que, en efecto, había empezado la Misa con gran satisfacción y contento a la vista de los progresos de la religión católica; pero que ese contento presto se había convertido en tristeza y amargura a la vista del deterioro y pérdidas que todos los días sufría la Iglesia por parte de los herejes, de tal suerte que había razones para creer que Dios quisiera tras­ladarla a otros lugares.

«Señores y hermanos míos, también nosotros debemos concebir tales sentimientos y temer que el Reino de Dios se nos arrebate. Es una des­gracia deplorable la que tenemos ante nuestros ojos: seis reinos perdidos para la Iglesia, como son: Suecia, Dinamarca, Noruega, Inglaterra, Escocia, Irlanda y, además de ellas, Holanda y una gran parte de las Alemanias con varias de esas ciudades Hanseáticas. ¡Oh Salvador! ¡qué pérdida! Y tras esto, estamos en vísperas de ver el gran reino de Polonia perdido también, si Dios en su misericordia no lo remedia» (L. Abelly, La Vida…, p. 1664, L. II, p. 196).

Estas palabras fueron dirigidas a los Misioneros en 1656 (Cf. Conferencias —Entretiens— ed. 1960, p. 315-320, pero mucho antes de 1638, el Sr. Vi­cente había oído hablar al abad de Saint Cyran, Juan Duvergier de Hauranne, «uno de los mayores hombres de bien que jamás haya yo visto (Cf. S. V. XIII, 86-93), quien le confió temores semejantes.

«Decía eso, según creo, a consecuencia de algún discurso o razonamiento sobre los juicios de Dios y la corrupción de las costumbres. Primero, tal proposición me causó dolor, pero después pensé que lo decía en el sentido en que se me refirió cómo el Papa Clemente VIII lloraba viendo cómo la Iglesia se propagaba a las Indias, pero le parecía que acá se estaba destru­yendo» (S. V. XIII, 90-91).

Prever un desplazamiento eventual de la Iglesia y proteger la fe comu­nicando concretamente los elementos fundamentales de la Iglesia Católica, tal perspectiva y tal proyecto se traducen por dos hechos:

1.° Pone la Congregación de la Misión a disposición de la Congregación de «Propaganda Fide» fundada en 1622 y gobernada a la sazón por Mons. Ingoli. Es decir: «Abrir el corazón a las dimensiones del mundo futuro».

2.° Se sirve del mismo método conquistador que utiliza la herejía, para organizar la reconquista católica, como ya había hecho unos años antes Francisco de Sales.

Los que sufren la mordedura de un áspid, cogen el mismo áspid y lo aplastan sobre la herida, sirviéndose para curar del mismo animal que intentaba darles la muerte. Los Salmos XIII y CXXXIX, 3 denuncian el proceso lento y maléfico del veneno del áspid (Cf. el comentario que hace Francisco de Sales en la Introducción a la vida devota, Ed. Annecy, III, 240). Vicente, más experimental y un tanto familiarizado con la medicina, recuerda que el mal puede ser tratado con el mal. Más adelante, hará notar que el veneno de la víbora es excelente (S. V., X, 24-8-1654… y otras).

3.° Las verdades necesarias para la salvación

1. Define la Palabra de Dios y la predicación haciendo referencia a la salvación. El Sr. Vicente distingue con «los autores» tres categorías de predicación:

  • La predicación a los ya instruidos, para que pongan en práctica el evangelio;
  • La predicación a los instruidos a medias, que necesitan mayor ins­trucción y aliento;
  • el catecismo que enseña a los niños y a los mayores, a los fieles y a los infieles, las «cosas de la fe».

2. La ignorancia de las verdades de la fe es causa de condenación, cuando se han tenido medios para instruirse.

Posteriormente, el Sr. Vicente concretará su pensamiento de dos maneras:

  • las verdades necesarias, con necesidad de medio, son los misterios de la Encarnación y de la Santísima Trinidad (cf. S. V., 1, 115, 121, 250, 21 julio 1634);
  • Los elegidos son pocos (S. V., XIII, 813; I, 115, 121, 164, 252, 344, 376, 432; III, 117; X, 612-613; Conferencias —nueva edic. franc., p. 404, 542; VI, 2-3; VII, 462).

3. La fe viva e ilustrada requiere más que la asistencia a misa, a vís­peras y la práctica de la confesión… Esos actos no excusan de la ignoran­cia de las verdades de la fe. ¿Qué puede esperarse de una práctica ignorante que no sabe lo que está haciendo?

4. La naturaleza de la fe. La fe es algo más que una creencia o una conquista. No depende del mérito personal; no es mera consecuencia de una doctrina que se conoce o el resultado de una tradición familiar. Es un don de Dios. Para acogerlo, hay que estar atento y limpiar el alma de basuras, es decir, de los vicios y del pecado.

5. El contenido del catecismo (S. V., XIII, 25-30. Documento autógrafo. Archivos de la Congregación de la Misión, original).

El pequeño libro que el Sr. Vicente muestra a su auditorio, ya en 1616, comprende cinco partes:

  • El fin del hombre.
  • Dios y el misterio de la Santísima Trinidad.
  • Los mandamientos de Dios y de la Iglesia.
  • Los sacramentos.
  • Los ejercicios del cristiano, es decir, los actos religiosos y oracio­nes en que se traduce la vida cristiana durante la jornada.

4.° La invariable continuidad

Por otra parte, es de suma importancia para que las ovejas no se ex­travíen hacia pastos emponzoñados, la continuidad invariable de la en­señanza. El espíritu humano se ve constante y fuertemente amenazado por la enfermedad del cambio. La inconstancia, la incoherencia, la vaguedad al exponer la doctrina, no sólo confunden la inteligencia, sino que la in­clinan a dejarse arrastrar por todos los vientos mudables que ya Pablo había denunciado (Ef., 4, 14).

Hoy se cuentan en el mundo más de 3.000 sectas que se consideran como bíblicas. Pero por lo que se refiere a la época de Vicente, hacía más de 30 años que él podía descubrir las incertidumbres, las dudas que dejaban en las mentes las sutilezas y la fraseología pendenciera y difusa. Fue mucho lo que pudo ver desde 1610. Recordaba al doctor tentado contra la fe (Conf. p. 896-898; cf. Abelly, La vida del venerable siervo de Dios…); él mismo se había visto, durante 3 ó 4 años, presa de dudas espantosas (Cf. Abelly, La vida…, París, 1664, t. III, p. 116-19); había tratado de cerca a los Iluminados de Picardía y a profetas vagabundos, como el tal Labadie, primero jesuita después vicario general de Amiens, luego protestante, finalmente fundado’ de sectas (Juan Labadie, Bourg-en-Guyenne, 13 febrero 1610-1669; Middelbourg). Algunos sacerdotes de la Misión fueron víctimas de la propia imaginación, errando por el camino de las dudas acerca de los misterios fundamentales (cf. S. V., I II, 78, sobre las dudas de F. Du Coudray, ib. I I I, 96). Otros se hunden en las arenas movedizas de las sutilezas acerca de la gra­cia victoriosa y vengadora (cf. S. V. XIII, 167, y Abelly, La vida… II, 438). Al tener que moverse en semejante clima, no era difícil olvidar lo esencial: la Encarnación, la Creación, la Redención dolorosa, la inhabitación de la Trinidad en el alma.

Con Robert Mandrou, podemos creer que en esos comienzos del siglo XVII nos encontrarnos ante dos teologías: una rural, muy recargada, drogada podría decirse, de creencias y supersticiones; otra urbana, filosó­fica, vaticinadora y apaciblemente bizantina (París, Plon, 1968).

¿Qué remedio hallar para ese mal sutil e invasor? Vicente de Paúl nos arma contra esa guerra sorda y permanente, secretamente promovida por el espíritu maligno, y nos propone para ello tres reglas psicológicas y peda­gógicas.

  1. Huir de las novedades. Siempre temió verse arrastrado, sin darse cuenta, por alguna herejía (Conf. edic. 1960, p. 902; Abelly, La vida… II, 409).
  2. Atenerse a una enseñanza institucionalmente garantizada: la de los concilios, la de los teólogos seguros, de magisterio reconocido: Du­val, Binsfeld, Becan…
  3. Servirse de los propios autores, invariablemente, y desconfiar de las glosas o apuntes individuales; que pueden parecer amenos, pero que con frecuencia engañan.

II.- Características generales y maestros seguidos

Para poner en marcha la estrategia que hemos visto en el artículo anterior (Ecos, enero, p. 8), para mantenerla en evolución dinámica, nos damos cuenta de que San Vicente, ya con el fin de justificar su metodología, ya con el de ajustarla continuamente, se refiere de manera habitual a cuatro maestros:

  • Jacques Gastaud,
  • Adrien Bourdoise,
  • César de Bus y los Doctrinarios,
  • San Francisco de Sales.

Con la mirada puesta en estos cuatro maestros, San Vicente ve, estima, ad­mira, imita y ama al que es Maestro de la Misión: Cristo Jesús (Cr. 21 feb. 1659, Conf.).

1. Jacques Gastaud

Bien pudiéramos haberlo ignorado, pues San Vicente nunca lo designa por su nombre. De él sin embargo ha recibido su primera orientación catequéti­ca. Este buen maestro, nacido en Niort, Doctor en Teología, trabajó en la re- cristianización de las cinco parroquias de La Rochelle que le fueron encomen­dadas. Entra después en el Oratorio del P. Bérulle; funda la casa de Toulouse y muere en Niort, el 6 de julio de 1628.

Es probable que San Vicente lo encontrara en su toma de posesión de la abadía de San Leonardo de Chaume (12-28 octubre 1610) y que llegó hasta pedirle un préstamo de 350 libras (Cr. S. V., XIII, 19).

Lo que de este sacerdote nos dice San Vicente, en la conferencia del 25 de mayo de 1659 (Conf. ed. 1960, p. 674) no precisa comentarios.

«Conocí un buen párroco cerca de La Rochelle. Como éste oyera que en Toulouse los Padres de la Doctrina Cristiana predicaban con sencillez para que se les comprendiera bien, concibió un gran deseo de oírlos. Hasta enton­ces, en efecto, sólo había oído sermones fastuosos y le daba pena ver que aquello era inútil para el pueblo. Pidió a su prelado permiso para u a co­nocer aquella novedad tan conforme con los usos de los operarios de la Igle­sia primitiva. Las gentes, decía este párroco, no entienden lo que se les pre­dica. No pueden captar los puntos de doctrina, los pensamientos sutiles, las flores de retórica que abundan en los sermones. Lo que sí está a su alcance es algún ejemplo bueno, una moralidad clara, bien explicada y adaptada a su entender… Este buen hombre veía los abusos e intentaba remediarlos. Yo lo conocí, y el Sr. Portail también y puede recordar lo que les digo. Murió como un santo. Una vez obtenido el permiso del obispo, salió de su parroquia y fue a conocer a aquellos hombres apostólicos que predicaban con tanta sencillez: los más incultos podían comprenderles y recordar sus instrucciones. Así es como ha de proceder la Misión».

2. Adrien Bourdoise

El segundo maestro en catequesis de San Vicente es Adrien Bourdoise (1584-1655). Lo característico en Bourdoise no es solamente su aspecto mal­humorado y bonachón: es su ademán popular, su afectación no disimulada, su exterior tosco y desgreñado, y a la vez una ternura que trata cuidadosa­mente de camuflar. Este hombre del pueblo, no a la moda de Mauricio Thorez, nos parece más cercano, entre nuestros contemporáneos, del abate Pierre que del genio organizador y prestigioso que fue Mons. Rodhain, quien después de 30 años sigue estando presente en mi espíritu, como un amigo fiel, en la invisible y transparente luz de Dios. Bourdoise, como Mateo Feydeau, pá­rroco de San Merri, multiplicaba las catequesis para niños y adultos. En su parroquia y alrededores (San Nicolás del Chardonnet) difundía fascículos o folletos con profusión. Tales libritos, de 30 a 40 páginas, tamaño reducido, atraían más y tenían más éxito que todas las hojas publicadas oficialmente por la prensa. También el Sr. Vicente habrá de utilizar el procedimiento de hojitas o folletos, llegando a distribuirlos por millones (Cf. Abelly, La Vida…, T. II, 257, y S. V., III, 4).

En aquella época, la prensa oficial, El Mercurio o La Gaceta, hablaban pú­blicamente de lo que no interesaba al pueblo, de lo que ocurría fuera de las fronteras. Lo que interesa a la gente sencilla —entre la que pueden encon­trarse también grandes personajes como Richelieu, Luis XIII, el Canciller Seguier y Mazarino— era la vida cotidiana de París, los sucesos, la historia inmediata, tan movediza como los gatos y los ratones.

Los autores de las «Mazarinadas», al igual que hombres de la dimensión de Pascal, Bourdoise, Vicente de Paúl, lo saben, y el Párroco de San Nicolás de Chardonnet sigue multiplicando los folletos instructivos, los «Reglamen­tos», las «máximas cristianas y eclesiásticas» (8 ediciones en 8 años), el «Re­glamento y contenido de la catequesis».

Notémoslo: Vicente de Paúl no es sólo vecino de Bourdoise (la casa de «Bons Enfants» está a 150 metros de la Parroquia de San Nicolás), sino que comparte sus mismas preocupaciones, emplea sus mismos métodos y se pro­pone el mismo objetivo: instruir a los pobres y educar al clero.

3. César de Bus y los Doctrinarios

Hemos descubierto marginalmente la existencia de otro grupo edificante y comprometido en la educación de la fe: los doctrinarios fundados por César de Bus. Vicente de Paúl pudo muy bien cruzarse en Avignon con aquel hombre que inauguraba por entonces, con la fundación de una nueva congrega­ción, una empresa catequística de primera importancia. El Catecismo con preguntas y respuestas constituía el arma fundamental en el arsenal apos­tólico destinado a la reconquista de la fe. Es lo que ha demostrado con todo rigor la obra evocadora y monumental de Juan de Viguerie.

Hablando de estos doctrinarios, concretamente de los de Toulouse, San Vicente no duda en proponerlos como los perfectos modelos que deben imi­tar los Sacerdotes de la Misión (Conf. ed. 1960, p. 674).

4. Francisco de Sales (1585-1622)

¡Cómo no reconocerlo cual un invisible siempre presente! Francisco de Sales es maestro y sobre todo inspirador de una actitud espiritual que caracteri­zará toda la empresa vicenciana. Ya por su enseñanza sobre la predicación, ya por su estilo impregnado de suavidad, ya por los resultados alcanzados, ya por la tradición de las «Salesas», Francisco de Sales será, durante más de cincuenta años, el «Bienaventurado Padre» que Vicente encontrará siempre asentado en la memoria de su corazón, esa memoria que confiere ayuda y aliento para vivir.

III.— La metodología

Resultaría oportuno, parecería indicado, hablar aquí del «pequeño méto­do». Lo malo es que este «pequeño método» es extremadamente amplio en sus aplicaciones y complicado en sus articulaciones.

Instruir en las verdades de la fe, no es tarea fácil: es trabajo de ángeles y requiere más suavidad que la que tenemos los hombres. Bien lo sabía el Sr. Vicente. Así, tuvo que habérselas con la obstinación de sus interlocutores, por ejemplo en Marchais, en 1621 (cf. Abelly, I, 55-57), donde se encontró con unas aldeanas empeñadas en declarar que había tres dioses, y que tiraban a Vicente del roquete para que no continuara dando explicaciones en sentido contrario (Cf. Conf., 22 de agosto de 1659, pp. 725-26).

Si no queremos contentarnos con palabras sino observar meticulosamente el método vicenciano, tenemos que distinguir en nuestro análisis:

  1. La formación del catequista.
  2. La actividad del catequista.

1.- La formación del catequista

Como es preciso saber lo que se ha de enseñar, Vicente de Paúl empie­za por aconsejar —como él mismo hace— referirse a autores y obras de reconocidas valía: al catecismo del Concilio de Trento, al de San Pedro Ca­nisio, a Binsfeld y Becan y, para los más estudiosos, a las obras de Santo Tomás, de Pedro Lombardo, de San Bernardo y algunos Santos Padres entre los cuales destacan San Agustín y San Juan Crisóstomo.

Lo importante es que el alimento se asimile, como los pájaros alimen­tan a sus crías tomando primero la comida en sus picos. No hay que dar excesivo alimento porque el espíritu es lento (Cf. Conf. pp. 91-93), y el pro­ceder correcto debe inspirarse en la conducta de los ángeles (Cf. E. S., VII, 621; I, 361; III, 361; VIII, 197).

La distribución de lo útil, la asimilación de lo recibido, no dependen de la intuición o de la habilidad humanas sino de la gracia de Dios. Las verda­des de la fe no pueden suministrarse corno una mercancía de ultramarinos, ni se pueden empachar las mentes con nociones no asimilables, como un ga­nadero ceba al ganado. La doctrina debe comunicarse con la intencionalidad de la fe, en docilidad y fidelidad al designio de Dios y a la gracia divina. Sólo de esta manera puede presentarse la doctrina, porque en definitiva es Dios quien la presenta e ilumina interiormente.

2. Actividad del catequista

¿En qué consiste la acción del catequista? ¿Qué plan ha de seguir en su acción?

Basta con fijarse en la forma como el Sr. Vicente enseña el catecismo para percatarse de que su actividad, si no totalmente por lo menos en parte, se caracteriza de manera muy clara por cuatro consignas.

1.° La antropología cristiana

A lo largo de su exposición doctrinal, San Vicente conserva siempre una visión bíblica del ser humano: es un recipiente que puede vaciarse y llenarse (cf. Hec. IX, 15; Tes. IV, 4; II Cor. IV, 7; II, Tim. II, 20).

Se apoya en las indicaciones que le ofrece el Antiguo Testamento (Sal. XXX, 13; Sab. XV, 7; Ec. XXI, 17). Durante toda su vida perma­nece fiel a esta visión del cuerpo humano al que San Bernardo califi­caba tan duramente como «semilla de podredumbre, receptáculo de basura, comida de gusanos» (Cf. S. V., XIII, 36).

2.° Buscar lo que Dios depositó en ese ser humano

Al Sr. Nacquart que se disponía a marchar a Madagascar, Vicente de Paúl escribe: «Hay que empezar… intentando hacerles reconocer las huellas que Dios ha dejado en ellos, esas huellas que la naturaleza co­rrompida, por tanto tiempo habituada al mal, ha ido borrando» (S. V. III, 281, 22-3-1648).

3.° Utilizar imágenes sencillas como hacía Nuestro Señor.

«Dense a Dios para eso, para poder hablar con el espíritu de humil­dad de Jesucristo, reconociendo que la doctrina que exponen no es de ustedes, ni nacida de su inteligencia, sino del Evangelio. Imiten sobre todo la sencillez de las palabras y comparaciones que Nuestro Señor usaba cuando hablaba al pueblo, como nos lo enseña la Sagrada Escri­tura. ¡Cuántas maravillas pudo haberles enseñado! ¡Cuántos secretos pudo haberles revelado sobre la divinidad y sus admirables perfeccio­ne, El, que era la sabiduría eterna del Padre! Y sin embargo ya ven de qué manera tan inteligible habla, de qué comparaciones tan familiares se sirve: un labrador, un viñador (Mt. XIII, XXXI, 10), mi campo, una vid (Mt. XIII, 31-38; Lc. XII, 16-28; Jn. XV, 1-5), un grano de mostaza (Mt. XIII, 21). Así tienen ustedes que hablar si quieren que el pueblo entienda, ese pueblo a quien anuncian la Palabra de Dios» (Conf. 1656, p. 311).

Y en la práctica, vemos cómo el Sr. Vicente utiliza por igual las observaciones y las imágenes tomadas del mundo mineral, vegetal, ani­mal y humano. Llega hasta servirse, para facilitar la meditación y dis­ciplinar la imaginación, de las creaciones de los profesionales de la ima­ginería (Cf. S. V. Conf. 20-8-1655, p. 222).

4.° El estilo y modo de actuar divino: la suavidad

La actividad catequética oculta un misterio, encierra un singular secreto. El catequista sabe muy bien, si sigue siendo cristiano, que no le es posible «comunicar la fe», lograr que se crea en Dios, que se preste asentimiento al Dios viviente de la Revelación. El catequista es un mero servidor. Como tal, su oficio y su tarea son de suyo penosos e ingratos, de evidente oscuridad. Lo único que puede pretender es llegar a preparar lo íntimo de las almas, disponer en ellas un espacio para dar hospitalidad, acogida, a la Trinidad Santa que mora en el cristiano.

Al tomar conciencia de ese trabajo, sin gloria y sin brillo, ¿cómo no ha de sentir el catequista una primera actitud de rechazo, de hastío, hasta de negación? En efecto, su tarea empieza por su propia persona. Debe ajustarse al proceder de Dios tal corno lo revelan las Sagradas Escrituras. Sólo pagando el precio de esa imitación evocadora pero de escasa brillantez, evocación a la que, por lo demás, se siente secretamente invitado, impelido y para la que recibe ayuda, es corno podrá contribuir discretamente a ese trabajo de pre­paración de sus oyentes.

Sabe, porque la Escritura se lo ha revelado, cuál es la constancia, la infi­nita paciencia pedagógica de Dios, sabe que su Maestro actúa y actuará siem­pre invariablemente. Avanza, según la expresión de San Gregorio Nacianceno, de comienzos en comienzos, por medio de comienzos que no tienen fin. Rea­lizada dentro del sector más impenetrable; esa actividad «recreadora», que se modela a imagen del Hijo de Dios, se prosigue en un clima de paz y de sua­vidad que los teólogos, siguiendo a San Pablo, han llamado clima de los «fru­tos del Espíritu».

Entonces, humildemente, dócilmente, con escrupulosidad que puede lle­gar hasta el martirio interior, sabe que empezando por preparar en sí mismo la morada y el reino del Espíritu de Dios, condiciona sobrenaturalmente a aquéllos a quienes se dirige, permite —y ahí radica toda su ambición— al que en él y a través de él lo puede todo, le permite realizar lo imposible: la divinización de un ser. Esta divina verdad del alcance de su acción no puede comprarse sino al precio de una doloroso y desgarradora humildad.

«Nuestro Señor Jesucristo, declara el Señor Vicente, es la suavidad eterna de los hombres y de los ángeles, y por esa misma virtud hemos de caminar hacia Él, conduciendo a los demás» (S. V. IV, 63; Abelly, II, 183).

De este modo, durante su vida mortal, San Vicente de Paúl revelaba el secreto y el fondo sobrenatural de su catequesis. Inspirándome en G. Ber­nanos y en su «Diálogo de Carmelitas», quisiera yo añadir a aquella de­claración: «No hay más que ten amanecer, Señor Caballero, y es el de be Resurrección».

…No hay más que una catequesis, y es la que tiene por autor y por fin a Cristo Jesús.

Es lo que San Vicente revelaba a los que amaba y le amaban. Ahora que vive en Cristo glorioso, podemos estar seguros de que ayer, como hoy y sobre todo mañana, no dejará de repetírnoslo.

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