“Hombres apostólicos”: Ser sacerdote a partir de la experiencia de Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Corpus Juan Delgado, C.M. · Año publicación original: 2010 · Fuente: Vincentiana, Enero-Marzo 2010.
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Invitados por la Iglesia a profundizar en el ministerio sacerdotal durante este año, podemos acercarnos una vez más1 a la forma de comprender y vivir el sacerdocio en Vicente de Paúl. No llegó a escribir Vicente de Paúl ningún programa de vida sacerdotal, pero su experiencia, su ministerio tal como lo entendió y vivió, pueden ayudarnos a formular algunos rasgos de la identidad sacerdotal, inspira-dores para hoy.

I. Ser sacerdote en tiempos de Vicente de Paúl

El Nuevo Testamento atestigua una gran diversidad de ministerios y formas de ejercerlos al servicio de la comunidad. Pero sólo en el siglo III aparece el término «sacerdote», que se dedica en un primer momento a los obispos y más tarde también a los presbíteros.2

La época patrística ofrecerá una rica comprensión del ministerio presbiteral, en un amplio abanico de dimensiones diversamente acen­tuadas según regiones:3 ministerio destinado a anunciar eficazmente las maravillas de Dios y comunicar los misterios de la salvación.

El paso a la Edad Media vendrá marcado por la progresiva reducción del ministerio presbiteral a la actividad litúrgico-ritual, a lo sacramental y canónico, en detrimento de su misión evan­gelizadora.4 Es significativo que la primera declaración del magiste­rio eclesiástico en relación con el ministerio sacerdotal (en el Conci­lio IV de Letrán del año 1215) se centre en esta única dimensión: «Tan sólo el sacerdote legítimamente ordenado, según el poder de las llaves de la iglesia, está capacitado para realizar el sacramento de la eucaristía».5

La reflexión sobre la Iglesia en los últimos decenios de la Baja Edad Media y al comienzo de la época moderna va a acentuar, cada vez más, los aspectos institucionales, frente al movimiento espiri­tual antijerárquico6 y frente al movimiento comunitario que piensa en la Iglesia como «comunidad de los fieles «.7 Esta tendencia se acen­tuará todavía más ante los planteamientos de la reforma protestante. En efecto,

«El protestantismo discutía y negaba toda mediación eclesiás­tica: magisterio, sacerdocio, sacramentos, autoridad de la tradi­ción y papel de la Iglesia como maestra en materia de fe, poder de los prelados, dignidad de los obispos, primacía del papa… No quedaba nada de la institución. Por el contrario, proponía una noción de Iglesia-santa, como asamblea de fieles, donde la realidad eclesial se manifiesta en dos cosas cuya unión orgá­nica era desconocida: por una parte, una comunión de santos (los verdaderos fieles, los predestinados), lo cual era la verda­dera iglesia, pero no visible; por otra, una organización visible, completamente humana, que no era en realidad Iglesia «.8

El Concilio de Trento (1545-1563), planteado como respuesta de la Iglesia a la reforma protestante, se propuso definir la existencia del sacerdocio ministerial y de la jerarquía eclesiástica en sus diversos grados:9

  • En el Nuevo Testamento existe un sacerdocio visible y dotado de especiales poderes espirituales en orden a la consagración que tiene lugar en la celebración de la eucaristía y en orden también al perdón de los pecados en el sacramento de la penitencia.
  • Este sacerdocio es comunicado en el sacramento del orden; un efecto del sacramento es el signo indeleble (carácter).
  • Con el sacramento del orden está esencialmente vinculada la estructura jerárquica del ministerio eclesial, fundada en el man­dato y envío de Cristo (y que, por tanto, no puede proceder de abajo).10

Consciente de la objetividad de muchas de las acusaciones de los reformadores y de los movimientos espirituales sobre las irregulari­dades en la vida de los clérigos, el Concilio de Trento propondrá tam­bién medios para la adecuada formación de los sacerdotes y para la renovación de sus costumbres.

Los decretos del Concilio de Trento serán aceptados como Ley en Francia muy tardíamente11 y, en consecuencia, las medidas discipli­nares y pastorales ofrecidas por el Concilio para la renovación de la vida eclesiástica sólo comenzarán a dar frutos avanzado ya el siglo XVII. Por lo que respecta, sin embargo, a la comprensión del ministerio presbiteral, podríamos resumir así los planteamientos comúnmente aceptados en la teología católica del siglo XVII:

  • El ministerio presbiteral es de institución divina.
  • Sin negar el sacerdocio común de los fieles, se considera supe­rior el sacerdocio ministerial.
  • Ser sacerdote comporta unos especiales «poderes».
  • La misión del sacerdote está fundamentalmente en relación con «lo sagrado», lo ritual-sacramental, sobre todo, con el sacrificio de la Misa.
  • Como ocurre entre los ángeles, en la jerarquía de la Iglesia se da una gradación perfectamente establecida por la que se asciende de un grado a otro.12

II. Vicente de Paúl, sacerdote

1. El camino hacia el sacerdocio

Los primeros biógrafos de San Vicente de Paúl habían presentado su vida como un camino ascendente de santidad. A partir de mediados del siglo XX, sin embargo, los estudios sobre San Vicente de Paúl han puesto de relieve que en su vida se produjo, más bien, una ruptura, una verdadera «conversión»,13 destacando el hecho de que durante algunos años Vicente de Paúl pensaba en el sacerdocio como un medio de promoción para sí mismo y para su familia, soñaba obtener beneficios de su vida sacerdotal y escalar honores en la Iglesia. Así lo confirman algunas de las expresiones del propio Vicente, quien escribirá a su madre en 1610: «… la estancia que aún me queda en esta ciudad [París] para recuperar la ocasión de ascenso (que me han arrebatado mis desastres), me resulta penosa por impe-dirme marchar a devolverle los servicios que le debo; pero espero de la gracia de Dios que Él bendecirá mis trabajos y me concederá pronto el medio de obtener un honesto retiro, para emplear el resto de mis días junto a usted… que se imagine [refiriéndose a uno de los hermanos de Vicente] que el presente infortunio puede presuponer una suerte en el porvenir».14

En esta lógica del sacerdocio como camino de promoción se puede comprender igualmente el hecho de que Vicente de Paúl se haya hecho ordenar presbítero cuando contaba poco más de veinte años de edad, el 23 de septiembre de 1600, de manos del anciano obispo de Périgueux, Francois Bourdeilles. ¿Habrá que descubrir en este dato mala voluntad de parte de Vicente, que habría llegado a engañar a un obispo casi ciego para que le ordenara? Me parece que no se puede exagerar en esta dirección. Ciertamente Vicente de Paúl se ha ordenado con veinte años de edad, cuatro años antes de lo que prescribían los decretos del Concilio de Trento, ¡pero el Concilio de Trento comenzó a ser recibido en Francia a partir de 1615! Ciertamente Vicente de Paúl fue ordenado en la capilla de la finca de verano del anciano obispo de Perigeux, ¡pero disponía de las Dimisorias de su Diócesis desde hacía un año!15 Exagerando los datos podrá resultar más llamativa su conversión, pero me pa­rece más justo afirmar sencillamente que la ordenación de Vicente de Paúl entra dentro de las prácticas al uso en aquel tiempo: es verdad, el sacerdocio es un modo de progreso y así lo entiende Vicente de Paúl y su familia, pero no quiere ser sacerdote de cual­quier modo y por eso realiza estudios universitarios y procede con seriedad y buenas prácticas, aunque dentro de los límites propios de su tiempo.

Es verdad que el ya convertido Vicente de Paúl, releyendo su pro­pia historia, llegará a afirmar: «En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que era (ser sacerdote) cuando tuve la temeridad de entrar en este estado, como lo supe más tarde, hubiera preferido quedarme a labrar la tierra antes que comprometerme en un estado tan tremendo».16

Pero estas palabras son ya las del misionero que se ha comprome­tido en la reforma del clero siguiendo las orientaciones del Concilio de Trento.

2. Vicente de Paúl va descubriendo qué es ser sacerdote

¿Qué ha ocurrido en Vicente de Paúl para hablar ahora de «teme­ridad» cuando unos años antes soñaba con «obtener un honesto retiro para emplear el resto de los días» al lado de sus parientes?

Vicente ha descubierto que ser sacerdote es «la condición más sublime que hay en la tierra, pues es la misma que Nuestro Señor quiso aceptar y practicar».17 Y se refiere a su experiencia: «Efectivamente, a medida que me voy haciendo más viejo, más me confirmo en estos sentimientos». El Señor le ha ido guiando, a través de buenos ecle­siásticos (como Pedro de Bérulle o André Duval) y, sobre todo, a tra­vés de los acontecimientos, para hacerle descubrir no sólo la gran dignidad del sacerdote sino muy especialmente su verdadera iden­tidad sacerdotal.

Ha sido un largo proceso conducido por el Señor. Y Vicente de Paúl ha ido descubriendo qué es ser sacerdote en las distintas experiencias en las que la Providencia le ha ido implicando y de las que, atento siempre, ha sabido escuchar la interpelación.18

2.1. Clichy

Ordenado sacerdote en septiembre de 1600, no será hasta 1612, al ser nombrado párroco de Clichy, cuando Vicente de Paúl descu­bra el gozo del trabajo pastoral directo y saboree por primera vez el ministerio: «… me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: ‘¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por tener un pueblo tan bueno!’. Y añadía: ‘Creo que el papa no es tan feliz como un párroco en medio de un pue­blo que tiene un corazón tan bueno’».19

En Clichy descubrimos al sacerdote Vicente de Paúl entusiasma­do con la celebración litúrgica bien preparada y con el canto par­ticipado.20

Clichy le brinda además la oportunidad de ensayar el potencial evangelizador de una pequeña comunidad de aspirantes eclesiásticos animados por el espíritu del Señor.21

2.2. La fe a prueba

Poco después, la entrada en 1613 como preceptor en la familia de los Gondi le ofrece la oportunidad de entablar relaciones con los grandes de la sociedad. ¿Será el comienzo del «honesto retiro»?

Es por entonces cuando Vicente de Paúl siente vacilar su fe. Pero el Señor le ayuda a descubrir que ser sacerdote es ser trabajador (así lo confiesa en tercera persona años después): «Y como no predi­caba ni catequizaba, se vio asaltado, en medio de la sociedad en que vivía, por una fuerte tentación contra la fe. Esto nos enseña, de pasada, qué peligroso es vivir en la ociosidad, tanto de cuerpo como de espíritu: pues, lo mismo que una tierra, por muy buena que sea, si se la deja durante algún tiempo sin cultivar, enseguida produce cardos y abro­jos, también nuestra alma, al estar largo tiempo en el descanso y la ociosidad, experimenta algunas pasiones y tentaciones que la incitan al mal».22

2.3. Gannes-Folléville

1617 es un año decisivo en la vida de Vicente de Paúl.23 La expe­riencia de Gannes-Folléville le hace descubrir el abandono espiri­tual de la pobre gente del campo. «Mientras que él ha buscado y hallado una cómoda y buena situación junto a los grandes, los pobres del campo viven y mueren sin ni siquiera un sacerdote para evange­lizarlos o asistirlos».24 Vicente de Paúl siente que Dios le llama a vivir su sacerdocio llevando el Evangelio al pobre pueblo del campo.

En aquella primera experiencia misionera, Vicente de Paúl se encuentra, no sólo con la miseria espiritual del pueblo, sino ade­más con la ignorancia en la que vivía la mayor parte del clero y su falta de preparación para el ejercicio del ministerio sacerdotal.

En Gannes-Folléville, Vicente de Paúl descubre que los campesi­nos se encuentran espiritualmente desatendidos y que los principales responsables de esta situación son los sacerdotes, mal formados y con poco entusiasmo evangelizador. Escucha la interpelación del Señor: ¿no habrá sacerdotes que quieran ocuparse de la evangeliza­ción de los pobres del campo? Y percibe que la misión, con la con­fesión general y las catequesis al pueblo, puede configurar el rostro de sacerdotes nuevos para la necesaria evangelización de los pobres.

2.4. Chátillon-les-Dombes

Pocos meses después, Vicente de Paúl pidió al Padre Bérulle salir de París para ir a trabajar entre la pobre gente del campo. La Pro­videncia le envió a una pequeña parroquia distante quinientos kiló­metros de la capital. Vicente llega a Chátillon-les-Dombes entre los meses de marzo o abril del mismo año 1617.25 Es en Châtillon donde Vicente descubre que el ministerio sacerdotal entre el pueblo pobre no se limita a la evangelización y a la celebración de los sacramentos, sino que ha de complementarse con el alivio de sus miserias corporales mediante la caridad organizada.26

En Châtillon Vicente de Paúl sigue escuchando la interpelación del Señor: el sacerdote, evangelizador de los pobres, no puede permanecer impasible ante sus urgentes necesidades y ha de poner en juego sus mejores energías para organizar los socorros materiales. Los laicos, que son generosos, bien animados por la Caridad, serán eficaces e insustituibles agentes de evangelización.

2.5. Montmirail-Marchais

Al final del mismo año 1617 Vicente de Paúl volverá a París y seguirá actuando como director espiritual de la señora de Gondi, sin ser ya preceptor de los niños. A partir de este momento, su misión está centrada en misionar a los campesinos de las tierras de los Gondi y establecer cofradías de la caridad al estilo de la fundada en Châtillon. Misiones rurales y cofradías para atender a los enfermos pobres, a domicilio, van a ser, los ejes de su ministerio sacerdotal.

Entre los años 1618 y 1625 extenderá su actividad por los pueblos y entre los galeotes, al ser nombrado capellán general de las galeras.27

Lo ocurrido en Monstmirail-Marchais confirma sus descubrimientos. Mientras predicaba en Montmirail, la señora de Gondi le envía tres hugonotes para que les anime a abrazar de nuevo la fe católica. Pocos días después, dos de ellos pidieron hacer la abjuración, pero el tercero cada día le presentaba nuevas objeciones: no podía creer que la Iglesia católica estuviese guiada por el Espíritu Santo, estando tan descuidados los pobres.28 Sólo cuando, tiempo después, aquel hombre pudo comprobar con qué cuidado y dedicación los misioneros instruían en la fe a los más pobres, acudió a San Vicente para confesarle: «Ahora es cuando he visto que el Espíritu Santo guía a la Iglesia romana, ya que se preocupa de la instrucción y la salvación de estos pobres aldeanos. Estoy dispuesto a entrar en ella, cuando quiera usted recibirme«.29

Que esta experiencia quedó grabada en la mente de San Vicente parece deducirse de lo que repetía a los sacerdotes de su compañía: «¡Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres!».30

Después de los significativos acontecimientos de Folléville y Châti­llon, la experiencia vivida en Montmirail-Marchais viene a confir­mar que los pobres están abandonados y que la Iglesia será de Dios en la medida en que vuelva a los pobres. Los sacerdotes están llama­dos a ser expresión concreta de la Iglesia y su voz eficaz cerca de los pobres.

2.6. Sacerdotes y misioneros para los pobres

El Señor le ha ayudado a San Vicente, revelándosele en los acon­tecimientos, en qué consiste ser sacerdote. A sus cuarenta años de edad, San Vicente ve ahora claro que la Iglesia que Dios quiere ha de preocuparse principalmente de los pobres que están abandonados. Y hace falta que los obreros, sus ministros, los sacerdotes, estén pre­parados para atender el campo donde la mies es abundante.

Si hasta el año 1625 Vicente de Paúl se había entregado a la labor misionera y caritativa a título personal, ayudado sólo por compañe­ros de ocasión, que se asociaban con él para objetivos concretos y determinados, ahora va a contar con «unos cuantos eclesiásticos reunidos y asociados para trabajar en la catequesis y la predicación al estilo de las misiones y para preparar la confesión general del pobre pueblo del campo».31

III. Ser sacerdote según san Vicente de Paúl

Hemos recordado al comienzo de este trabajo que Vicente de Paúl no nos ha dejado escrito ningún manual para la vida sacerdotal y que únicamente a partir de su experiencia, de su sacerdocio tal como lo entendió y vivió, podemos identificar qué es ser sacerdote según San Vicente de Paúl.

Antes que él y junto a él, en un amplio movimiento de renovación desencadenado en la Iglesia en los años que preceden y siguen a la celebración del Concilio de Trento, van surgiendo diversas propues­tas de santidad sacerdotal, nuevamente puestas de relieve en oca­sión de este Año Sacerdotal 2009-2010.32

Cada una de estas propuestas acentúa alguna o algunas de las dimensiones del ministerio y ofrece un proyecto de vida sacerdotal consecuente.33 Vicente de Paúl llegó a conocer algunas de estas pro­puestas. Me atrevo ahora a formular, en unas pocas afirmaciones, la que podríamos llamar propuesta vicenciana: ser sacerdote según San Vicente de Paúl.

1. Sólo puede ser sacerdote quien ha sido llamado por Dios a esta vocación

Del sacerdote pendiente de beneficios al sacerdote servidor del pueblo y servidor de los pobres en seguimiento de Jesucristo: la gran transformación operada en el sacerdote Vicente de Paúl ha sido magistralmente sintetizada por M. Ibáñez Burgos: de ser un buscador de beneficios, Vicente de Paúl llegó a convertirse en el realizador incansable de la voluntad de Dios.34

Su experiencia personal como sacerdote es determinante para des­cubrir qué significa ser sacerdote según Vicente de Paúl. Sólo pue­de ser sacerdote quien ha sido llamado por Dios, quien ha recibido este don que es la vocación al ministerio. No puede pretenderse lle­gar a ser sacerdote por ninguna otra motivación o interés; se equivo­can en esta forma de vida «las personas que se atreven a entrar en ella sin haber sido llamados»35

Es esta misma experiencia personal la que le lleva a exclamar: «… si no fuera ya sacerdote, no lo sería jamás. Es lo que le digo con frecuencia a los que pretenden el sacerdocio y lo que he dicho más de cien veces predicando a los pueblos del campo».36 No se trata, evidentemente, de un lamento producido por una equivocación, sino del reconocimiento e insistencia en el único motivo válido para llegar a ser sacerdote. «Son desgraciados aquellos que entran en el sacerdocio por la ventana de su propia elección y no por la puerta de una vocación legítima. Sin embargo, es grande el número de aquellos, ya que miran el estado eclesiástico como una condición tranquila, en la que buscan más bien el descanso que el trabajo; de ahí es de donde vienen esos grandes desastres que vemos en la iglesia, ya que se atribuye a los sacerdotes la ignorancia, los pecados y las herejías que la están desolando».37

Es el descubrimiento cargado de la densidad vital de su experiencia y el punto de partida de su nueva forma de entender el ministerio y de su trabajo por la renovación de la vida de los sacerdotes. No es el sacerdote para sí o para sus intereses, sino para todos, servidor de todos, como Jesucristo: «Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas. Por tanto, nuestra vocación consiste en ir… por toda la tierra… en abrasar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra… Es cierto que yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo».38

2. La santidad necesaria en la vida del sacerdote, como Jesucristo Sacerdote

San Vicente de Paúl no duda en referirse al sacerdocio como a «la más sublime condición que hay en la tierra, pues es la misma que Nuestro Señor quiso aceptar y practicar».39 Contempla en los sacerdotes «personas que tienen el poder de hacer que el pan se convierta en Cuerpo del Hijo de Dios, que por su ministerio entráis en la gracia de Dios, que de un enemigo de Dios hacen un amigo de Dios, que Dios les da autoridad sobre los pecadores y que tienen el poder de arrancar un alma de entre las manos del diablo para devolvérsela a Dios».40

Con expresiones llenas de admiración y reconocimiento, invita San Vicente a tener «un alto aprecio de los sacerdotes, cuyo carácter es una participación del sacerdocio eterno del Hijo de Dios, que les ha dado el poder de sacrificar su propio cuerpo y de darlo en alimento, para que los que coman de él vivan eternamente».41

La grandeza de la vocación del sacerdote, de la que se deriva la exigencia de una vida santa, arranca del hecho de la participación del sacerdocio de Jesucristo. «El carácter de los sacerdotes es una participación del sacerdocio del Hijo de Dios, que les ha dado el poder de sacrificar su propio cuerpo y de darlo en alimento, para que los que coman de él vivan eternamente. Es un carácter enteramente divino e incomparable, un poder sobre el cuerpo de Jesucristo que admiran los ángeles, y la facultad de perdonar los pecados de los hombres, que es para ellos un gran motivo de admiración y de gratitud. ¿Hay alguna cosa más grande y digna de admiración? ¡Ay, padres, qué gran cosa es un buen sacerdote!».42

Desde estas convicciones trabajará Vicente de Paúl por la forma­ción y la santidad de los sacerdotes. Y pedirá para sí mismo y para los demás sacerdotes la participación en el espíritu del sacerdocio de Jesucristo. «¡Señor, danos este espíritu de tu sacerdocio, que tenían los apóstoles y los primeros sacerdotes que les sucedieron! ¡Danos el verdadero espíritu de este sagrado carácter que pusiste en unos pobres pescadores, en unos trabajadores y hombres sencillos de aquel tiempo, a los que, por tu gracia, comunicaste este grande y divino espíritu! Porque, Señor, nosotros no somos más que unos pobres hombres, tra­bajadores y aldeanos, sin proporción alguna con esa misión tan santa, tan eminente y celestial».43

3. La vida del sacerdote, como la de Cristo: «Religión hacia el Padre, caridad con el prójimo»

Partícipes del sacerdocio de Cristo, los sacerdotes prolongan la Misión de Cristo. Vicente de Paúl no duda en llamar a los sacerdotes «instrumentos de Dios para salvar a otros muchos»;44 «continuadores de la misión de Cristo, instrumentos por quienes el Hijo de Dios con­tinúa haciendo desde el cielo lo que Él hizo en la tierra».45 Vicente de Paúl subraya en el sacerdote el rasgo de continuador, a través de los tiempos, de la misión histórica de Jesucristo para la salvación de los hombres, sobre todo de los pobres.

L. Mezzadri ha puesto de relieve las diferencias entre la visión vicenciana del sacerdote y la visión de Bérulle: «Bérulle había fun­dado una Compañía para rendir homenaje perpetuamente al sobe­rano sacerdocio de Jesucristo. En cambio, Vicente de Paúl en su Congregación ha querido más bien rendir homenaje a las necesida­des de Jesucristo contemplado místicamente en el pobre; y por eso ha dejado la consigna: debemos correr a las necesidades espirituales del prójimo como se corre a pagar el fuego. En Bérulle, el sacerdote renuncia a sí mismo, se anonada para adherirse a Cristo y así reali­zar una más perfecta glorificación del Padre. Para Vicente de Paúl, anonadamiento y adhesión culminan en el servicio a las almas. El sacerdote pertenece a los pobres en la misma medida en que per­tenece a Cristo. El encuentro con los pobres resulta memoria de Jesús, contemporaneidad con Jesús, fidelidad a Jesús».46

La expresión «instrumento», utilizada por San Vicente para refe­rirse a los sacerdotes, no puede considerarse en sentido material, mecánico, sino como un dinamismo que tiene su origen en Jesu­cristo: «Dios ha enviado a los sacerdotes como envió a su Hijo eterno para la salvación de las almas».47

Al tiempo que anima a un misionero en su trabajo de formación de sacerdotes, San Vicente resume la misión de Jesucristo en refe­rencia al Padre y al servicio a los hermanos. Instrumentos de Jesu­cristo y continuadores de su Misión, los sacerdotes son llamados «al ministerio más alto que existe en la tierra, por el que tienen que ejercer las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres».48

Para poder prolongar la Misión de Jesucristo, para poder ser vivos instrumentos de Jesucristo, es preciso que los sacerdotes vivan como Jesucristo. «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo».49

4. Como Jesucristo, los sacerdotes al servicio de la Palabra de Dios, de la evangelización. Sacerdocio misionero

Hombres apostólicos: así hemos titulado este estudio sobre el sacerdote a partir de la experiencia de Vicente de Paúl. Lo que la Iglesia necesita son hombres apostólicos, misioneros, afirma San Vicente sin titubear.

Al contemplar la situación que vive la Iglesia en Europa, o al recibir noticias de los misioneros que han partido hacia Madagascar, Vicente de Paúl insiste en la necesidad que la Iglesia tiene de disponer de misioneros, de hombres que continúen la misión de Jesucristo, de verdaderos apóstoles. «¡Ay!, la Iglesia tiene bastantes personas solitarias, gracias a Dios, y demasiadas inútiles, y otras muchas más que la desgarran. Lo que necesita es tener hombres evangélicos, que se esfuercen en purgarla, en iluminarla y en unirla a su divino esposo; y es lo que usted hace, por su divina bondad… para ir a anunciar a Jesucristo al pobre pueblo y a trabajar por la formación de los sacerdotes. Trabajemos en ello, padre, con todas nuestras fuerzas, confiando en que nuestro Señor, que nos ha llamado a su manera de vivir, nos hará partícipes de su espíritu y finalmente de su gloria».50

Recuerda emocionado los trabajos apostólicos de los misioneros en Berbería o en Madagascar: «Nuestro misionero de Berbería y los que están en Madagascar, ¿qué no han emprendido? ¿qué no han ejecutado? ¿qué es lo que no han hecho? ¿qué es lo que no han sufrido?… En Madagascar, los misioneros predican, confiesan, catequizan continuamente desde las cuatro de la mañana hasta las diez, y luego desde las dos de la tarde hasta la noche; el resto del tiempo lo dedican al oficio y a visitar a los enfermos. ¡Esos sí que son obreros! ¡Esos sí que son buenos misioneros! ¡Quiera la bondad de Dios darnos el espíritu, que los anima y un corazón grande, ancho, inmenso!».51

Porque Vicente de Paúl está convencido de que «son bienaventurados aquellos que pueden cooperar en la extensión de la Iglesia por otros lugares».52 Y también de que hemos sido llamados «no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra».53

En su argumentación, recurre a la autoridad del Señor Duval para subrayar la importancia de que los sacerdotes sean incansables obreros, trabajadores hombres apostólicos. «El padre Duval, un gran doctor de la iglesia, decía que un eclesiástico tiene que tener más faena de la que pueda realizar; pues, cuando la vagancia y la ociosidad se apoderan de un eclesiástico, todos los vicios se echan encima de él: tentaciones de impureza y otras muchas… ¡Oh, Salvador! ¡Mi buen Sal­vador! ¡Quiera tu divina bondad librar a la Misión de este espíritu de ociosidad, de búsqueda de la comodidad, y darle un celo ardiente de tu gloria, que la haga abrazarlo todo con alegría, sin rechazar nunca la ocasión de servirte!».54

5. Como Jesucristo, los sacerdotes al servicio de los pobres, para socorrer sus necesidades. Sacerdocio servidor de los pobres

Para San Vicente de Paúl, el seguimiento de Jesucristo comporta el servicio, la atención a los pobres. Esta dimensión del seguimiento de Jesucristo no puede ser ajena al ministerio de los sacerdotes. «Si los sacerdotes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue también éste el oficio de nuestro Señor y de muchos grandes santos, que no sólo recomendaron el cuidado de los pobres, sino que los consolaron, ani­maron y cuidaron ellos mismos? ¿No son los pobres los miembros afli­gidos de nuestro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdo­tes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evange­lizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás».55

En la Iglesia, la Congregación de la Misión, compuesta de sacer­dotes y laicos, tiene como Misión la evangelización de los pobres: los pobres constituyen su porción propia, su dicha. «… Cuánto apre­cian Dios y la Iglesia, inspirada y guiada por el Espíritu Santo, la cari­dad que se practica con los pobres. Hermanos míos, ¡qué felicidad la nuestra de encontrarnos en una compañía que hace profesión de soco­rrer las necesidades del prójimo! Caridad en la casa, caridad en el campo por medio de las misiones, caridad con los pobres, y puedo decir que, por la gracia de Dios, no se ha presentado hasta ahora ninguna ocasión de socorrer a los pobres en sus necesidades, que no la haya aprovechado la compañía».56

La evangelización de los pobres no consiste únicamente en la pro­clamación de las grandes verdades de la fe, sino que, como en el caso de Jesús, implica la realización de los signos anunciados por los profetas para reconocer al Mesías de Dios: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los pobres son evange­lizados..57 «Puede decirse que venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio».58

San Vicente de Paúl, no sólo descubrió que su ministerio sacerdo­tal debía estar al servicio de los pobres, sino que implicó en el mismo servicio a cuantos se fueron uniendo a su propuesta misionera. «No hay en la Iglesia de Dios una compañía que tenga como lote propio a los pobres y que se entregue por completo a los pobres para no pre­dicar nunca en las grandes ciudades; y de esto es de lo que hacen pro­fesión los misioneros; lo especial suyo es dedicarse, como Jesucristo, a los pobres. Por tanto nuestra vocación es una continuación de la suya o, al menos, puede relacionarse con ella en sus circunstancias. ¡Qué felicidad, hermanos míos! ¡Y también cuánta obligación de afi­cionarnos a ella!».59

La perfección a la que está llamado todo cristiano, la santidad que debe caracterizar la vida del sacerdote no consiste sino en la caridad, que se hace entrega y servicio de los pobres, en segui­miento de Jesucristo. «¡Qué felicidad para usted poder trabajar en lo que Él mismo hizo! Él vino a evangelizar a los pobres y esa es también su tarea y su ocupación. Si nuestra perfección se encuentra en la cari­dad, como es lógico, no hay mayor caridad que la de entregarse a sí mismo por salvar a las almas y por consumirse lo mismo que Jesu­cristo por ellas. Y a eso es a lo que ha sido usted llamado».60

Utilizando nuevamente el término «instrumento», con el que define la vida del sacerdote, asegura San Vicente: «Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas».61

6. Atentos a los acontecimientos, lugar de revelación de Dios

Ha sido tan importante para San Vicente la atención a los acon­tecimientos, particularmente los acontecimientos que tenían que ver con la suerte de los pobres, para la comprensión de su propio minis­terio sacerdotal, que no podemos descuidar este rasgo al tratar de diseñar la identidad del sacerdote desde la experiencia vicenciana.

Los acontecimientos son «lugar teológico» vicenciano.62 A través de ellos, el Señor ha ido conduciendo a Vicente de Paúl para que se convierta en el sacerdote misionero dedicado a hacer la Voluntad de Dios y, como Jesucristo, evangelizador de los pobres.

San Vicente de Paúl insiste en la importancia de estar atentos a los acontecimientos y subraya el verbo ver. Escribe al Papa a pro­pósito de los sufrimientos ocasionados por las guerras: «Es poca cosa oír y leer estas cosas; sería menester verlas y comprobarlas con los pro­pios ojos».63 Y al Hermano responsable de la distribución de ayudas: «Habría que verlos en sus casas, para conocer de cerca a los más nece­sitados y a los que no lo son tanto».64

Atento a las llamadas de Dios en los acontecimientos de la vida de los pobres, el sacerdote Vicente de Paúl fue comprendiendo su minis­terio y formando para el ministerio.

7. La participación de los laicos en el ministerio de los apóstoles

La experiencia vivida por Vicente de Paúl en Châtillon, como hemos recordado más arriba, le ayudó a descubrir la importancia de los laicos, y concretamente de las mujeres, en la Iglesia.65 Con la fun­dación de las Cofradías, la colaboración de Luisa de Marillac y de otras mujeres, el establecimiento de las Hijas de la Caridad y el apoyo de las Damas, aquella primera experiencia de participación de los laicos se hizo la forma ordinaria de entender y vivir el ministerio sacerdotal de Vicente de Paúl y de sus seguidores.

Vicente de Paúl se refiere a las mujeres que había al lado de Jesu­cristo y que desempeñaban un ministerio apostólico: «Entre los que se mantuvieron firmes en seguir a nuestro Señor había tanto mujeres como hombres, que le siguieron hasta la cruz. Ellas no eran apóstoles, pero formaban un estado cuyo oficio consistía en contribuir al minis­terio de los apóstoles, atender a sus necesidades y a las de los fieles necesitados».66

Vale la pena destacar que Vicente de Paúl no duda en utilizar, para aludir a la participación de las mujeres en las actividades del grupo de Jesús, una terminología tradicionalmente reservada al ministerio sacerdotal: «Contribuir al ministerio de los apóstoles».

En un texto, paralelo al utilizado en las descripciones del ministerio de los sacerdotes, explica Vicente de Paúl el ministerio de las mujeres: «Al asistir a los pobres, ustedes asisten a Dios mismo en ellos, y a Él dan el servicio que hacen por ellos. Hacen ver y sentir la bondad de Dios a través de la suya, y así harán que le den gloria. Cooperan a la salvación de esas pobres almas junto con Jesucristo. Edifican a toda la Iglesia. Ustedes se edifican mutuamente y se encaminan a una unión más íntima con Dios. Borran sus pecados. Van adquiriendo méritos para que Dios les conceda una buena muerte. Estarán en posición de poder tener la cabeza levantada delante de Dios en el día del juicio: ‘Venid, benditos de mi Padre…’».67

El eclesiástico que era Vicente de Paúl recuerda lo que enseña la teología del tiempo pero sale al paso de las posibles objeciones con verdadero ingenio: «Entrarán en la práctica de la Iglesia primitiva, que consiste en cuidar corporalmente a los pobres, y también espiritualmente como aquellas diaconisas de la antigüedad les asistían. Al hacer lo cual, tendrán una especie de dispensa de aquella prohibición que les hizo san Pablo en la primera carta a los Corintios: Las mujeres cállense en la Iglesia, pues no se les permite hablar. Y en la primera carta a Timoteo: A la mujer no le permito enseñar».68

Sin la activa participación de los laicos no se podría entender ni explicar el ministerio sacerdotal de Vicente de Paúl. Misión fundamental del sacerdote misionero y servidor es la promoción de los laicos como protagonistas del ministerio apostólico. La Eucaristía, centro de la vida de los sacerdotes, es igualmente centro de la vida de los laicos: «No es solamente el sacerdote el que ofrece el Santo Sacrificio, sino todos los que asisten a él».69

IV. Ser sacerdote como Vicente de Paúl, hoy

Formular una propuesta sistemática sobre el sentido de la vida y ministerio del sacerdote hoy a partir de la experiencia de San Vicente de Paúl desborda los límites de este trabajo. Pero será oportuno abrir dos pistas de reflexión para el intercambio y el estudio en nuestras comunidades y, particularmente, en nuestros Seminarios.

1. La nueva comprensión eclesial del ministerio sacerdotal

El gran cambio de perspectiva en la comprensión del ministerio sacerdotal ha venido marcado por el Concilio Vaticano II y ha que­dado reflejado en el magisterio de la Iglesia de los años siguientes, así como en la reflexión teológica de nuestro tiempo.70

Esta nueva comprensión no ha consistido únicamente en la relec­tura de las afirmaciones del Concilio de Trento, encuadrándolas en la tradición de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha abierto perspec­tivas verdaderamente nuevas. El sacerdocio ministerial es presen­tado en relación con el sacerdocio común de todos los fieles71 y como servicio dentro de la Iglesia y para el mundo.72 «Con esta concepción del ministerio eclesial ha dado el concilio un paso decisivo. El sacer­dote ya no aparece en primera línea como ‘el hombre de los sacra­mentos’. Entendida su múltiple labor ministerial desde el punto de vista del envío de Cristo, como su centro y origen, y de la plenitud del ministerio eclesial, vuelve a adquirir el sacerdote una auténtica par­ticipación en la realización de la obra salvífica apostólica, pastoral y caritativa en todas sus dimensiones (PO 6, 8, 17). Los presbíteros entran así de nuevo en estrecho contacto con el ministerio apostólico para continuar la obra de los apóstoles y adquieren de nuevo parti­cipación en el gobierno de la Iglesia. Sus poderes no tienen tan sólo un sentido ‘jurisdiccional’, sino que están arraigados en la profundi­dad cristológica otorgada a su ministerio mediante la recepción del sacramento del orden».73

Uno de los frutos de la nueva comprensión del ministerio sacer­dotal es su recuperación eclesiológica y una más adecuada rela­ción con los laicos y con el mundo. El sacerdote ordenado es miembro de la comunidad eclesial y participa de la Misión de la Igle­sia de un modo propio, pero no exclusivo. «Los presbíteros se encuentran en relación positiva y animadora con los laicos, ya que su figura y su misión en la Iglesia no sustituye sino que más bien pro­mueve el sacerdocio bautismal de todo el Pueblo de Dios, conducién­dolo a su plena realización eclesial. Están al servicio de su fe, de su esperanza y de su caridad. Reconocen y defienden, como hermanos y amigos, su dignidad de hijos de Dios y les ayudan a ejercitar en ple­nitud su misión específica en el ámbito de la misión de la Iglesia»…74 «Además, precisamente porque dentro de la Iglesia es el hombre de la comunión, el presbítero debe ser, en su relación con todos los hom­bres, el hombre de la misión y del diálogo. Enraizado profundamente en la verdad y en la caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de anunciar a todos su salvación, está llamado a establecer con todos los hombres relaciones de fraternidad, de servicio, de bús­queda común de la verdad, de promoción de la justicia y la paz».75

Fruto de esta nueva comprensión es también la acentuación del sentido misionero del ministerio sacerdotal. «Desde el momento en que la Iglesia está constituida no para buscarse a sí misma, sino para buscar a los hombres en Cristo y transmitirles la salvación de Dios, el sacerdocio de la Iglesia es en su esencia misionero. Lo que Cristo fue un día para los hombres, lo que es hoy y lo que seguirá siendo siempre, eso mismo debe ser el sacerdote enviado a la Iglesia y al mundo entero en servicio del Señor».76

Fruto de esa nueva comprensión es, igualmente, la concreción en su misión ministerial de la llamada a la santidad, dirigida a todos los bautizados. «Los sacerdotes alcanzan la santidad siguiendo un camino propio y específico, que consiste en el ejercicio honrado e incansable de su ministerio en el Espíritu de Cristo».77

2. Los desafíos al ministerio sacerdotal vicenciano hoy

El Concilio Vaticano II abrió nuevas perspectivas para la com­prensión del ministerio sacerdotal. Como suele ocurrir con las decla­raciones del magisterio de la Iglesia, las diversas sensibilidades teológicas y pastorales privilegian aquellos aspectos que puedan apo­yar sus propuestas específicas. ¿Podría ocurrir que una determinada manera de comprender el ministerio sacerdotal predominante en un lugar o tiempo concretos oscureciera la rica experiencia vicenciana de ser sacerdote y de vivir el ministerio sacerdotal misionero?

Vivimos hoy tiempos de búsquedas más que de seguridades. ¿Será indiferente comprender y vivir el ministerio sacerdotal desde claves teológicas y espirituales que se distancian de la espiritualidad vicenciana?

La realidad pastoral de las áreas geográficas en que estamos pre­sentes reclama nuestra implicación en nuevas formas de apostolado. ¿Acertamos a ofrecer nuestro ministerio como ministerio misionero?

La participación de los laicos y el sentido comunitario del minis­terio son dos aspectos característicos de nuestra Misión desde el tiempo de San Vicente de Paúl. ¿Son también rasgos distintivos de nuestra forma de comprender y vivir el ministerio ordenado?

El cansancio pastoral ante la escasez de respuestas y «el eclipse de Dios» en la vida del sacerdote, ¿están incidiendo también en el ministerio sacerdotal vicenciano?

La enumeración de los desafíos puede, sin duda, alargarse. Son la invitación a volver a la experiencia de Vicente de Paúl y a sus descu­brimientos sobre el ser y vivir el ministerio sacerdotal.

Conclusión

San Vicente de Paúl entendió que ser sacerdote es vivir en segui­miento de Jesucristo y prolongar su Misión de servicio a los pobres. Estoy convencido de que la Iglesia y los pobres siguen necesitando, hoy como ayer, «hombres apostólicos».

  1. Cf. BENEDICTO XVI, Carta del 16 de junio de 2009 para la convocación de un Año sacerdotal con ocasión del 150 Aniversario del dies natalis del Santo Cura de Ars. Entre otros estudios sobre el sacerdocio tal como lo comprendió y vivió San Vicente de Paúl, podemos citar: C. BRAGA, Renovación de las formas de servicio al clero, «Anales» (1983), 170-181; B. KOCH – CH. SENS – J.B. ROUANET, El rostro del sacerdote según San Vicente de Paúl, Salamanca, Ceme, 2004; L. MEZZADRI, Jesus-Christe, figure du prêtre missionnaire dans l’œuvre de Monsieur Vincent, «Vincentiana» (1986), 323; L. MEZZADRI, La espiritualidad sacerdotal, «Anales » (1983), 627; L. NUOVO, Sacerdocio. Diccionario de Espiritualidad Vicenciana, Salamanca, Ceme, 1995, 550; J.M. ROMÁN, La formación del clero en la tradición vicenciana, «Anales» (1983), 182-200; L.G. COLUCCIA, La vocazione sacerdotale di San Vincenzo de Paoli, «Vincen-tiana» (1982), 38-43; A. TAMAYO, El sacerdote según San Vicente de Paúl, «Vincentiana» (1987), 725-744; J.B. ROUANET – V. LANDERAS, Vicente de Paúl, sacerdote instrumento de Jesucristo, «Anales» (1978), 265-336; J.M. ROMÁN, El camino sacerdotal de San Vicente de Paúl, «Vincentiana» (2000), 207-217; R. FACÉLINA, Vocación y misión del sacerdote según San Vicente de Paúl, «Vincentiana» (2000), 218-237, A. QUEVEDO, San Vicente, sacerdote de la caridad al servicio de los pobres, «Vincentiana» (2000), 238-248; R. MALONEY, El sacerdocio vicenciano, sacerdocio misionero, «Vincentiana» (2000), 509- 522. Cf. Bibliografía en «Vincentiana» (2009), 439-440.
  2. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, El ministerio sacerdotal, Salamanca, Sígueme, 1972.
  3. Así, por ejemplo, en Alejandría se acentúa de un modo especial el minis­terio de la palabra; el sacerdote aparece primariamente como maestro y misionero. En Antioquía, en cambio, descansa el acento más bien en el ofre­cimiento del sacrificio. Las comunidades judeocristianas y la Iglesia romana, en fin, subrayan como tarea primaria el gobierno de la comunidad. En todos estos casos se trata, sin embargo, de acentos más o menos fuertes, no de ‘imá­genes del sacerdote’ de carácter absoluto y exclusivo. Junto a esto aparece desde un principio (cf. 1 Tim 6,2.18; Tit 2,14; 3,18) como una de las obliga­ciones primordiales del sacerdote la ayuda y el amparo de los necesitados y de los advenedizos, de los que se encuentran solos. Fiel a esta exigencia hallare­mos al sacerdote a través de la historia como servidor callado y continua­mente entregado, cumpliendo una labor diaconal-crítica ante la sociedad según las exigencias concretas de cada época de la historia y de su correspon­diente situación social y en la medida de las posibilidades del ministerio eclesial. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, o.c., 72.
  4. En un mundo definitivamente cristianizado se pierde en gran parte el impulso misionero y se concentra preferentemente la atención pastoral en las comunidades ya existentes, cuya vida se trata de hacer prosperar ante todo mediante el servicio ‘cultual’… En líneas generales, se oscurece notablemente la perspectiva misionera del ‘ministerio de la palabra’ como elemento interno del sacerdocio, mientras que pasa a primer plano la ‘administración’ de los sacramentos entendida en sentido estricto. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, o.c., 74.
  5. DS 802. Se trata de las primeras declaraciones explícitas del magisterio sobre el sacerdocio.
  6. El movimiento antijerárquico es una reacción, de tipo espiritual, provo­cada por la misma situación en la que está viviendo la Iglesia, muchas veces «demasiado secularizada, convertida en un poder más de este mundo «.
  7. Un tercer factor que influirá en la orientación que irá tomando la reflexión sobre la Iglesia hacia una insistencia en sus aspectos institucionales viene representado por la discusión que se extiende a lo largo de varios siglos y que pone en tensión la monarquía pontificia y la Iglesia como conjunto de fieles con el rey. Estos planteamientos irán desembocando en las diferentes formas de galicanismo, que pretenden subordinar la autoridad del papa a la del rey o jefe de estado.
  8. Yves M.J. CONGAR, Jalones para una teología del laicado, Barcelona, Estela, 1961, 61. Para el estudio de este apartado, cf. G. ALBERIGO, L’Ecclesio­logia del Concilio di Trento, «Rivista della Chiesa in Italia», 18 (1964), 227- 242; A. ANTÓN, El misterio de la Iglesia. Evolución histórica de las ideas eclesio­lógicas, Madrid, Editorial Católica, 1986, t. 1 y 2, BAC maior, n. 26 y 30; J.J. HERNÁNDEZ ALONSO, La nueva creación. Teología de la Iglesia del Señor, Salamanca, Sígueme, 1976.
  9. Cf. Doctrina de Sacramento Ordinis, sesión 23, de 15 de julio de 1563. DS 1764 s.
  10. Por reacción contra la postura protestante que restringía el sacerdocio al universal de todos los fieles y, por consiguiente, negaba la existencia de un sacerdocio jerárquico en la Iglesia, Trento insistió indudablemente en las estructuras jerárquicas de la Iglesia, dándoles un claro predominio sobre los aspectos comunitarios de la misma. «Con la prioridad atribuida a esta con­cepción jerárquica de la Iglesia se consolida la separación entre los fieles y la jerarquía, desplazando tan unilateralmente el centro de gravedad hacia el polo de la jerarquía, que por varias centurias logró ésta imponer una hegemonía cada día más absorbente de las funciones de los jerarcas sobre los laicos en la eclesiología de la Contrarreforma». A. ANTÓN, o.c., t. 1, p. 753.
  11. Cf. P. BLET, Le clergé de France et la Monarchie. Etude sur les Assemblées Générales du Clergé de 1615 á 1666, Rome, 1959, 2 voll.; R. TAVENEAUX, Le catholicisme dans la France classique: 1610-1715, Paris, 1980, 2 voll.
  12. Influencia de la clasificación de los ángeles propia del Pseudo-Dionisio, que se aplica a la jerarquía eclesiástica.
  13. Cf. L. ABELLY, Vida del venerable siervo de Dios, Vicente de Paúl, fundador y primer superior general de la Congregación de la Misión, Ceme, Salamanca, 1994; P. COSTE, El gran santo del gran siglo, el señor Vicente, Ceme, Salamanca, 1990, 3 voll.; A. DODIN, San Vicente de Paúl y la caridad, Ceme, Salamanca, 1977; J.M. ROMÁN, San Vicente de Paúl I. Biografía. Ed. Católica, Madrid, 1981; J. CORERA, La noche oscura del Señor Vicente, en «Diez estudios vicencianos «, Ceme, Salamanca, 1983, 13-40; L. MEZZADRI, La conversión de San Vicente, «Anales » (1978), 9-1 5.
  14. SVP I, 90. Citamos los textos de San Vicente de Paúl según la edición española, indicando tomo y página. SAN VICENTE DE PAÚL, Obras Completas, 12 voll., Ed. Sígueme-Ceme, Salamanca, 1972-1982.
  15. Cf. J. DEFOS DU RAU, La ordenación de San Vicente, «Anales» (1982), 437-446; E. DIEBOLD, La primera Misa de San Vicente (1600), «Anales» (1982), 324-326.
  16. SVP V, 540.
  17. SVP V, 540.
  18. Cf. J. MORIN, Histoire d’un regard sur le pauvre, «Vincentiana » (1981), 160-190; AA.VV., La experiencia espiritual del señor Vicente y la nuestra (estudios para la Asamblea general de la CM 1980), «Anales» (1977), 247-286; J. DELARUE, Vicente de Paúl, la fe que dio sentido a su vida, Salamanca, Ceme, 1976.
  19. SVP IX, 580.
  20. Cf. J.M. MUNETA, San Vicente de Paúl, animador del culto, Salamanca, Ceme, 1974.
  21. Pertenecía a aquel grupo el joven Antonio Portail, que será compañero y colaborador de San Vicente.
  22. SVP XI, 726.
  23. Cf. J.M. ROMÁN, El año 1617 en la biografía de San Vicente de Paúl, «Vincentiana (1984), 443-456; M. SAGASTAGOITIA, Vicente de Paúl y la Misión, Salamanca, Ceme, 2006.
  24. J. MORIN, o.c., 387. La experiencia de Folleville en SVP XI, 698-699. Cf. SVP IX, 72; SVP XI, 326-327.
  25. Cf. SVP X, 52-58.
  26. Cf. SVP IX, 202; 232-233.
  27. Cf. L. ABELLY, o.c., 77.
  28. SVP XI, 727.
  29. SVP XI, 729.
  30. El acontecimiento de Marchais queda reflejado en las biografías de Vicente de Paúl, basándose todas en el testimonio primero de L. ABELLY, o.c.,73-75; P. Coste lo ha recogido en SVP XI, 727-730.
  31. SVP X, 242-243. El 24 de abril de 1626, la Congregación de la Misión era aprobada por el Arzobispo de París. En 1627 san Vicente suplica por primera vez al papa Urbano VIII la aprobación de la Misión. Será el 12 de enero del año 1633, cuando el papa Urbano VIII con la Bula «Salvatoris Nostri», apruebe oficialmente la Congregación de la Misión.
  32. Todas las comunidades están publicando estudios sobre la aportación de sus Fundadores a la santidad sacerdotal. Así lo he podido comprobar en los primeros días de enero visitando algunas librerías religiosas en Roma.
  33. Antes que Vicente de Paúl, encontramos propuestas serias de santidad sacerdotal en los diversos grupos de «clérigos regulares», como los Teatinos (1524), los Barnabitas (1530) o los Camilos (1582), que cultivan una forma de vida apostólica, viviendo en fraternidad con miras al apostolado. San Ignacio de Loyola (muerto en 1556) o San Felipe Neri (muerto en 1595) dieron tam­bién origen a nuevas formas de vida sacerdotal: prontitud para servir a la Iglesia y equipamiento intelectual en la comunidad ignaciana; vida virtuosa y sencillez afable en la comunidad del Oratorio de San Felipe Neri. Y, mucho más cercanos a Vicente de Paúl, Pedro de Bérulle y las comunidades (Orato­rios) de Olier, Bourdoise, Eudes, etc…
  34. Cf. J.M. IBÁÑEZ BURGOS, Vicente de Paúl. Realismo y encarnación, Sígueme, Salamanca, 1982, 36.
  35. SVP V, 541.
  36. SVP VII, 396.
  37. SVP VII, 396.
  38. SVP XI, 553.
  39. SVP V, 540.
  40. SVP IX, 286.
  41. SVP XI, 403.
  42. SVP XI, 702.
  43. SVP XI, 204.
  44. SVP V, 538; SVP VI, 63.
  45. SVP XI, 387.
  46. L. MEZZADRI, Jesus-Christe, figure du prêtre missionnaire dans l’œuvre de Monsieur Vincent, cit., 332.
  47. SVP VIII, 33.
  48. SVP VI, 370.
  49. SVP I, 320.
  50. SVP III, 181.
  51. SVP XI, 122.
  52. SVP III, 37.
  53. SVP XI, 553.
  54. SVP XI, 121.
  55. SVP XI, 393.
  56. SVP XI, 255-256.
  57. Son los signos que distinguen la Misión de Jesús. Cf. Lucas 4,18 ss.
  58. SVP XI, 391.
  59. SVP XI, 387-388.
  60. SVP VII, 293.
  61. SVP XI, 553.
  62. Cf. AA.VV., La experiencia espiritual del señor Vicente y la nuestra, cit., 162-163.
  63. SVP IV, 427.
  64. SVP VI, 348.
  65. Cf. A. DODIN, San Vicente de Paúl y la mujer en la vida de la Iglesia, en Lecciones sobre vicencianismo, Salamanca, Ceme, 1978, 161 ss.
  66. SVP X, 957.
  67. SVP X, 924.
  68. SVP X, 902.
  69. SVP IX, 25.
  70. Recientes estudios, así como una completa Bibliografía: AA.VV., Diccio­nario del Sacerdocio, Madrid, Editorial Católica, 2005 (preparado por Profeso­res de la Facultad de Teología de Burgos para la Biblioteca de Autores Cristianos). Cf. D. COZZENS, La faz cambiante del sacerdocio, Santander, Sal Terrae, 2004; J.M. URIARTE, Seguidores y testigos, San Sebastián, Idatz, 2003; J.M. URIARTE, Ministerio presbiteral y espiritualidad, San Sebastián, Idatz, 1999.
  71. LG 10; PO 2.
  72. LG 28; PO 2, 5.
  73. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, El ministerio sacerdotal, cit., 86.
  74. PDV, 17.
  75. PDV, 18.
  76. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, El ministerio sacerdotal, o.c., 88.
  77. PO 13; cf. LG 41.

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