Eucaristía, caridad y justicia social

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Gilson Cezar de Camargo, C.M. · Traductor: Graciela Ríos, AIC. · Año publicación original: 2005 · Fuente: Vincentiana, Enero-Febrero 2005.
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A manera de introducción

Pienso en las palabras de Henri Bremond en su obra conocida como «Historia literaria del sentimiento religioso» (III, 245), cuando dijo en 1938 que «San Vicente de Paúl permanece aún escondido debajo de su abrigo». Afirmaba: «Ocho gruesos volúmenes, ricos de doc­trina, desbordantes de humor, donde no encontré una única línea banal, cosa única en una colección de ese género. Actualmente el grande público aún las ignora. Extraña manera de honrar su funda­dor». Tal indignación encontró eco en los corazones de muchos hijos de Vicente de Paúl. En nuestros días, ya disponemos de valiosos escritos, biografías y documentales que nos permiten tener acceso al «gran santo del gran siglo».

Sin embargo, el desafío permanece presente, pues escribir sobre Vicente de Paúl, no es un emprendimiento tan complicado, teniendo en cuenta que ya tenemos a nuestra disposición, una considerable y abundante cantidad de hechos nacidos de la pluma ágil y astuta del campesino de Pouy. El grande desafío que permanece es el de alterar o simplificar, mutilando las ideas y el raciocinio de Vicente de Paúl, con los pensamientos de nuestro tiempo y del ambiente teológico de la reflexión contemporánea. Con esta manera de proceder, estaremos adulterando todo la riqueza y complejidad del punto de comprensión de este hombre, que vivió, sintió, pensó y actuó inserido en la com­plejidad del siglo XVII, en un país denominado Francia.

Para explicitar mejor lo que acabo de afirmar, vale la pena refe­rirme a un artículo, por cierto muy interesante, de la revista francesa «Messages du Secours Catholique» («Mensajes del Socorro Cató­lico»; no. 366 -Diciembre de 1984), intitulada: «Señor Vicente: un corazón para nuestro siglo». Al inicio de éste artículo, realizado en forma de entrevista, encontramos: «San Vicente de Paúl, Señor Vi­cente. Su vida está en todas las memorias. Y los pobres, hoy, son su actualidad. Messages quiso encontrar en éste que dio un corazón al ‘gran siglo’ y que Bossuet dirá ‘cuando reunidos a su alrededor nosotros lo escuchábamos, y no había nadie que no supiese que la palabra del apóstol se cumplían en él: si alguien habla, que sus palabras sean como palabras de Dios’ «. Aún en la nota, la revista así se refiere: Esta entre­vista en la primera persona puede ser realizada gracias a la brillante erudición del P. André Dodin, historiógrafo de San Vicente de Paúl.

Me gustaría referirme a la primera pregunta hecha por la revista, elaborada en la primera persona del singular, dirigida a la persona de Vicente de Paúl y contestada por él, por la erudición y conocimiento del P. André Dodin. La pregunta se formula así:

Messages: ¿Muchas imágenes fuertes circulan sobre su per­sona? ¿Usted es el hombre que nosotros conocemos hoy?

Vicente de Paúl (P. André Dodin): «Se necesitaría seguramente relativizar muchas cosas. Todo no soy yo. Pero después de tres siglos y medio, cada institución, en cada período no cesaron y no cesan de traer para el mundo el San Vicente de Paúl que ellos sueñan o que tienen necesidad y que yo no fui».

Pienso que aquí reside un peligro, cuando escribimos o damos conferencias sobre Vicente de Paúl, realmente transmitimos su pen­samiento o proyectamos aquello que soñamos de él y que nos gusta­ría que él hubiera afirmado, pero que en la realidad no afirmó, teniendo en cuenta que está situado en el siglo XVII, alejado de nues­tra realidad por lo menos tres siglos y medio.

1. Oportunidad para profundizar mis conocimientos al respecto de Vicente de Paúl

Joven, sacerdote lazarista, dejaba mi país en busca de un título académico, teniendo en vista mi ascendencia francesa del lado ma­terno, mi opción fue el Instituto Católico de Paris, el curso escogido fue Maestría en Teología (con especialización en Liturgia y Teología de los Sacramentos). Con duración de dos años (1982-1984), el refe­rido curso estaba bajo la dirección del conceptuado y conocido litur­gista dominicano, uno de los peritos de la Comisión Conciliar de la Liturgia en el Concilio Vaticano II, el P. Pierre-Marie Gy.

Cuando llegó el momento de presentar mi proyecto de investiga­ción al director del curso, Pe. Gy, mi intención era desarrollarla desde el ambiente teológico que predominaba en aquel momento en Brasil, la Teología de la Liberación. Evidentemente que en este momento no tenía conocimiento que el P. Gy, había sido grande amigo y que había compartido alegrías y tristezas, sufrimientos y esperanzas con el P. Annibal Bugnini, en la comisión preparatoria y posteriormente en el recorrer del Concilio, del cual resulto, la Cons­titución Apostólica Sacrosanctum Concilium.

Con toda calma y tranquilidad, propia de los grandes sabios, el P. Gy me argumentó diciendo: después de terminar el curso acadé­mico y con tu regreso al Brasil, tendrás todo el tiempo disponible para desarrollar y profundizar la cuestión de la liturgia relacionada con la Teología de la Liberación; me sugirió en ese momento, que como yo era lazarista, y para honrar el grande liturgista, Annibal Bugnini de la Congregación de la Misión, debía hacer mi investiga­ción desde el pensamiento de nuestro fundador San Vicente de Paúl, incluso me sugirió el asunto a ser investigado: «Vicente de Paúl, su doctrina y visión del Sacramento de la Eucaristía». Aún más, como sabía que residía en la Casa Madre de los lazaristas en Paris (Calle de Sèvres, 95), donde residía otro grande amigo suyo y cohermano mío de Congregación, P. André Dodin, el P. Gy sugirió que buscase el auxilio de todo la sabiduría y conocimientos del P. Dodin.

Regresé bastante contento para la Casa Madre, donde estaba hospedado, sabía que el desafío sería bastante grande, tanto en las exigencias académicas del Instituto Católico, como por la dimensión del asunto a mí propuesto; pero con grande esperanza, por la valiosa colaboración del P. André Dodin. En la primera oportunidad que tuve lo busqué, le presenté la sugerencia que me fue propuesta por el P. Gy, y le pregunte si él estaría dispuesto a ayudarme en tal ini­ciativa.

La respuesta del P. Dodin fue afirmativa. Me dice que estaría dis­puesto a ayudarme, colocando algunas condiciones: que nunca toma­se la iniciativa de buscarlo, él mismo me llamaría por el interfono de la casa en sus momentos libres y de inspiración. Que nunca lo inte­rrumpiese con preguntas en el momento en que estuviera hablando, y que simplemente tomase anotaciones. Siempre procuré cumplir a la línea éstas dos condiciones. Fueron muchas las ocasiones que

P. Dodin me llamó, fueron muchas hojas impresas, acompañadas por una avalancha de conocimientos del P. Dodin, sobre el pensamiento y doctrina de nuestro fundador San Vicente de Paúl, esto me permi­tió elaborar el proyecto de investigación. También como estaba en Francia, el Instituto Católico me exigió que escribiese en francés, «Saint Vincent de Paul, doctrine y Vision du sacrement de lEucaristie» («San Vicente de Paúl, doctrina y visión del sacramento de la Eucaris­tía»), para obtener el título académico de «Maestría en Teología» (especialización en Liturgia y Teología de los Sacramentos).

Cuando me llegó la honrosa invitación de la Revista Vicentiana, para escribir sobre: «Eucaristía, Caridad y Justicia Social, a la luz de la doctrina de S. Vicente de Paúl», me recordé de mi trabajo de investigación, todo en francés, pues nunca la traduje para mi idioma materno, entonces tomé la decisión de basarme en él para cumplir la tarea confiada, estando consciente de mis limitaciones, las cuales me gustaría enumerarlas: No soy escritor, por el contrario, soy bastante limitado a éste respecto. Soy un pastor de la periferia de la ciudad de Curitiba, donde vivo. Siempre estuve muy envuelto con clases de liturgia en diversos cursos de teología para la formación del clero y una infinidad de cursos para la formación de los laicos, lo cual me da una gran alegría y enorme realización como sacerdote Lazarista. Soy latinoamericano brasileño, mi modo de enfocar y desarrollar éste artículo esta profundamente influenciado por la cultura que me envuelve. Así, escribo este artículo, con un poco de celos en los demás cohermanos escritos de San Vicente de Paúl, que tienen una infinidad de fuentes a su disposición. Nosotros aquí, distantes del viejo mundo y de Francia, donde vivió nuestro querido Padre, nos contentamos viviendo con los pobres, que fueron el sujeto de preocu­pación, de dónde brotó la doctrina y teología de Vicente de Paúl: «Los pobres son nuestros Maestros y Señores».

2. Situando el asunto propuesto en la perspectiva de Vicente de Paúl

Si preguntásemos a Vicente de Paúl sobre su pensamiento teoló­gico, al respeto de la «Eucaristía, Caridad y Justicia Social», pienso que para él sería bastante difícil poder respondernos, teniendo en cuenta que, la eucaristía referida a la Caridadyala Justicia social, son conceptos que están unidos a nuestro tiempo, a nuestra realidad teológica de hoy.

Así pues, para poder desarrollar la línea de pensamiento, al res­peto del sujeto que me fue propuesto, tendré que pedir las debidas licencias a la Real Academia de la Lengua, para que podamos crear algunos verbos y sustantivos que nos ayudarán a una mejor com­prensión de nuestro trabajo. El primer verbo que quiero crear es Temporalizar: localizar a San Vicente en su tiempo, con su modo de pensar, de actuar, envuelto con los problemas teológicos y eclesiológi­cos, propios de la Iglesia de Francia en el siglo XVII. El otro verbo necesario que tenemos que crear, es el verbo Contemporalizar: trans­ferir, interpretar, aplicar la doctrina y el pensamiento teológico de Vicente de Paúl para el tiempo presente, en el cual nosotros estamos situados, siglo XXI. Partiendo de nuestro horizonte de comprensión teo­lógica, enriquecida por las enseñanzas actuales del Magisterio de la Iglesia (Concilio Vaticano II y para nosotros de América Latina, los documentos de Medellín, Puebla y Santo Domingo), así como, por el pensamiento teológico y su actual ambiente eclesiológico.

Temporalizando Vicente de Paúl, podemos vislumbrar el prag­matismo de su pensamiento teológico y espiritual. No nos dejó nin­gún libro donde pudiésemos encontrar su pensamiento sistematizado por él mismo. No olvidemos que era hijo de agricultores del sur de Francia. Hombre simple y familiar, no conoció éxtasis ni milagros extraordinarios. Así afirmaba: «La perfección no consiste en el éxtasis, sino en hacer bien la voluntad de Dios». Todo su pensamiento y modo de actuar nace de su capacidad de mantener los ojos abiertos a la realidad de su tiempo. No escribió grandes obras. Lo que tenemos a nuestra disposición son sus cartas y conferencias, siempre situadas concretamente, en la realidad de los problemas y conflictos de su tiempo, en vistas a mantener sus hijos (los misioneros) y sus hijas (Hijas de la Caridad) a permanecer fieles a la sana doctrinayala Iglesia: «Siempre he tenido miedo de verme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, sin darme cuanta de ello. Sí, durante toda mi vida, he tenido miedo a esto».1

Lo que creía y defendía firmemente Vicente de Paúl, nosotros lo descubrimos de manera directa y concreta en los hechos cotidianos de su vida. Una vida que transbordó fortaleza y vigor, que se expresa de manera espontánea, a partir de las circunstancias. Son los hechos de la vida, de la realidad, la razón de su conversión y de sus inicia­tivas. El moribundo de Gannes, seguido del Sermón de la Misión, día 25 de enero de 1617 en Folleville, conducen a Vicente a observar la realidad de su tiempo y constatar el desafío: «El pueblo del campo estaba abandonado y sufriendo el mal de la ignorancia y de la miseria». En Châtillon-lees-Dombes, observa y constata que la generosidad de los parroquianos habia sido abundante para aquella familia necesi­tada, «¿pero qué quedará para los días siguientes y los meses qué vendrán?». «Es una grande caridad, afirma Vicente, pero está mal organizada».

Folleville y Châtillon-lees-Dombes: para nosotros que somos seguidores de Vicente de Paúl, estos lugares no pueden interesarnos sólo por que forman parte de la geografía de un magnifico país lla­mado Francia, y si, por que son lugares carismáticos, lugares emble­máticos de dos grandes experiencias de nuestro fundador: la miseria espiritual y la miseria material del pueblo del campo. A esa miseria, responderán sus dos obras magnas: misión y caridad, como una única realidad, pues la Misión incluye la Caridad y la Caridad incluye la Misión, como también, sería única la experiencia que daría origen a los emprendimientos de Vicente de Paúl: su coraje de abrir los ojos para la realidad de su tiempo, haber descubierto un pueblo sufrido, humillado, explotado, prisioneros de la avidez de los grandes y pode­rosos, animales de carga de una sociedad basada en el privilegio, en la gloria, en el lujo y brillo intelectual del gran siglo.

Vicente de Paúl parte de la experiencia, de los hechos de la vida, de la realidad para la acción, así como Jesús comenzó haciendo y después enseñó. Vicente no tiene «ideas» de Cristo, él Vive Cristo. Esta vivencia será siempre desde los hechos de la vida, los dos epi­sodios de Folleville y de Châtillon, le revelaron las dos caras de la pobreza, la falta de Dios y falta de pan, que corresponde a los dos lados del rostro de su Cristo: Misionero «Evangelizare pauperibus misit me» y servidor de los pobres «Caritas Christi urget nos».

Además de éstos dos episodios ya mencionados, Vicente busca, por un lado, en las Escrituras, de manera especial en la lectura del apóstol Pablo, por otro lado en San Francisco de Sales, en su «Tra­tado del Amor de Dios» la inspiración y seguridad para sus conviccio­nes. Se siente encantado al encontrar la voluntad de Dios, que lo lleva a no permanecer inactivo. Este descubrimiento de la voluntad y del amor de Dios, serán fuentes de un sorprendente dinamismo que estará siempre presente en toda su vida e influenciará su pensa­miento teológico.

Constantemente recomienda a sus hijos e hijas, la disponibilidad a la Divina Providencia. No fueron los hombres que primero amaron a Dios, fue Dios que primero los amó. Hacer bien la voluntad de Dios, «dejar Dios por Dios», esta máxima tan querida por San Vicente, nos lleva a pensar que en su espíritu no hay solamente un camino para llegar a Dios y para crecer en su amor. «Hijas mías, sabed que, cuando dejéis la oración y la santa Misa, por el servicio a los pobres, no perderéis nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas».2 La oración ciertamente es importante, y nadie puede dispensarla; pero que nadie se conforme sólo con la ora­ción. «Mis queridas hermanas, haced siempre lo que podáis, a fin de que siendo la oración vuestra primera ocupación, vuestro espíritu se llene de Dios para todo el resto de la jornada. Es verdad que hay que preferir, en caso de necesidad, el servicio a los enfermos; pero, tenéis cuidado, encontraréis tiempo para todo».3

Es evidente para Vicente, que esta voluntad de Dios es siempre una voluntad de amor. La adhesión a la voluntad Divina, se traduce en actos y no se queda apenas en intención. Nuestro Señor, es el único modelo, pues se refería continuamente a su Padre y hacía todo para agradarle. El misterio de la Encarnación es visto por Vicente, dentro de este seguimiento que cumple la voluntad del Padre. Al con­templar ese misterio de amor, de un Dios que se hizo hombre, Vicente aprende a amar Dios y amar los hombres, en un mismo y único movimiento.

Jesucristo es Salvador. Para Vicente está es la afirmación esen­cial. Cumpliendo la orden encomendada por su Padre, Jesús se entrega libremente a la muerte de cruz. Él que tiene la libertad y la alegría del Reino de Dios, quiso ser la víctima del mal existente en el mundo. Por amor a nosotros, Jesús recorre, en sentido inverso, el camino del pecado. La pasión será el supremo testimonio del amor de Cristo para con el Padre y para la humanidad. Consecuentemente, para Vicente, el objetivo de nuestra vida es honrar a Nuestro Señor en la vida terrena. Unidos a Cristo, fuente de nuestra salvación, tene­mos en Él, el modelo de nuestra salvación. Vicente consideraba la imitación de Nuestro Señor, como fundamental para toda ascensión espiritual: «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo».4

En su tiempo, la Iglesia se debatía en una crisis difícil; la refor­ma había movido con el cristianismo occidental. El Concilio de Trento intenta remediar los excesos y los errores cometidos, de tal modo que Vicente es un hombre «pos-conciliar», de los que más tra­bajó, para que el concilio pasase para la realidad de la Iglesia de Francia. Pasar de una Iglesia mundana para una Iglesia de los pobres, para restablecer el verdadero sentido de una vida cristiana accesible a los más humildes. En este sentido es que situamos su afir­mación: «La Iglesia tiene bastantes personas solitarias… y demasiadas inútiles, y otras muchas más que la desgarran. Lo que se necesita es tener hombres evangélicos, que se esfuercen en purgarla, en iluminarla y en unirla a su divino esposo».5

Vicente lucha incesantemente para promover la renovación de un sacerdocio y de un episcopado verdaderamente apostólico, así lo expresa: «Es demasiado cierto que la depravación del estado eclesiás­tico es la causa principal de la ruina de la Iglesia de Dios… Sí, son los sacerdotes; nosotros somos la causa de esa desolación que arruina a la Iglesia, de esa deplorable retroceso que había sufrido en muchos lu­gares».6 Pero también, por otro lado afirma: «¡Ay, padres, qué cosa es un buen sacerdote! ¿Qué no puede hacer un buen eclesiástico? ¿Que conversiones puede hacer un buen eclesiástico? ¿Qué conversiones no puede procurar… De los sacerdotes depende la felicidad del cristia­nismo, ya que los buenos feligreses, cuando ven a un buen eclesiástico, a un pastor caritativo, lo veneran y oyen su voz, procurando imitarle».7

Con esta voluntad renovadora, inventa una nueva forma de vida religiosa, acogiendo a las sencillas hijas del campo que están dispo­nibles a socorrer las múltiples necesidades de los desheredados, tan numerosos en las ciudades como entre el pobre pueblo del campo. Así les propone a sus Hijas: «Vuestro monasterio es la casa de los enfermos y aquella en que reside vuestra superiora; vuestra celda es vuestro cuarto de alquiler… tenéis como capilla la iglesia parroquial… Vuestro claustro son las calles de la ciudad… Vuestro claustro es la obediencia… Por reja tenéis el temor de Dios. Y por velo, lleváis la santa modestia».8

Su horizonte de comprensión, es el de una Iglesia que continúa el misterio del Cristo, que debe revelar y prolongar el Amor fiel y misericordioso de Jesucristo. Debe ser pobre y de los pobres. Segu­ramente, esta Iglesia no debe despreciar a nadie, su predilección debe ir en dirección de los pobres. Para Vicente, Jesús está presente en los pobres, para él, esto es una certeza. El misterio del prójimo en Cristo, se realiza en el gesto de devoción y de ayuda expresada a los pobres. La Caridad, por lo tanto, es compartir, es una participación del mismo amor de Dios: «¡Hermana, que consolada se sentirá usted a la hora de la muerte de haber consumido su vida por el mismo motivo por el que Nuestro Señor Jesucristo dio la suya! ¡Por la caridad, por Dios, por lo pobres!».9

Para Vicente, la caridad cristiana es eficaz. Ella procura la volun­tad del Señor, lo que supone la fe y que culmina en la obediencia de esta voluntad, él mismo afirma: «De los religiosos se dice que están en estado de perfección; nosotros no somos religiosos, pero podemos decir que estamos en estado de caridad, ya que continuamente ocupados en la práctica real del amor o en disposición de ello».10 La prueba del amor es la manifestación de la acción. Dios nos amó dándonos a su Hijo. Nosotros podemos amarlo sólo correspondiendo al don de su amor por la aceptación de su voluntad, en la obediencia de un amor vivo. Manifestación del amor a Dios, el amor al prójimo es al mismo tiempo, una comunión al amor de Dios, pues su fuente es el don mismo de Dios.

La salvación viene por la fe en la Palabra y por la participación en los Sacramentos. Vicente de Paúl da grande importancia a la vida sacramental de las Hijas de la Caridad, de modo especial a los sacra­mentos de la Penitencia y Eucaristía. Según él, nuestra fe establece un contacto con el Cristo glorificado, y los sacramentos llevan a un encuentro real, bajo el telón de señal. Para reencontrar Jesús, es necesario un acto de fe viva en Él, acto de fe que se prolonga en acto de adoración, de amor y de ofrenda.

Pero, si queremos comprender bien el pensamiento del señor Vicente sobre los sacramentos, de modo especial la Eucaristía, no podemos olvidar que en su horizonte de comprensión, el pobre apa­rece primeramente, como una forma de «sacramento» del encuentro con Dios. Para el señor Vicente, el Señor se revela también bajo la señal del pobre, del prójimo ignorante, así lo afirma: «No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el es espíritu de personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son éstos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre».11

En este amplio horizonte de comprensión teológica, podemos situar su pensamiento sobre la Eucaristía. Vicente ve la Eucaristía como sacramento a la luz del Verbo hecho carne, que vino para dar vida a los hombres. Ese Verbo hecho Carne, continúa presente entre nosotros, en la Eucaristía, como alimento que fortalece la Caridad. Así, lo recomienda a los laicos, a las Hijas de la Caridad y mismo a los jóvenes, «para ayudarlos a vivir cristianamente». Situado en ésta comprensión del misterio de la fe, bien fundado en los hechos de la realidad, que nos permite comprender y no dejarse abalar por la nefasta influencia del jansenismo.

3. Vicente de Paúl y la querella de la «comunión frecuente»

Tenemos un año de referencia para todo la polémica que envol­verá nuestro fundador, Vicente de Paúl, se trata del año 1642. En esta fecha, un pequeño grupo parecía poco dispuesto a juntarse a los par­tidarios de la comunión frecuente (motivada especialmente por los jesuitas). Este grupo, formado de religiosas cistercienses y algunos nobles, retirados a la soledad del monasterio de Port-royal-des-Champs, para vivir mejor su entrega a Dios. Son, de modo especial los discípulos de Jean du Vergier de Hauranne, Abad de Saint Cyran.

A seguir, aparecerá en escena Antonio Arnauld, que en septiem­bre de 1642, algunos días después de su ordenación sacerdotal, se encamina para la clausura del monasterio. Vendrá a hacer su retiro de ordenación en Bons-Enfants, sin embargo, no queda totalmente satisfecho y por fin, se refugiará en Port-Royal-des-Champs, afín de compartir la vida de silencio. En este ambiente es que redactara sus tesis jansenistas y el famoso tratado de la «Frecuente Comunión».

Éste tratado de Arnauld, nace en oposición a un pequeño libreto del Padre Sesmaisons, jesuita, que en compañía de los padres Bauni y Ravardeau, se demostraba, por la tradición de la Iglesia, la legiti­midad de la comunión semanal, que no exigía sino la devoción actual y la ausencia de pecado mortal. En este opúsculo, se leía: «Cuanto más despojado esta de la gracia, más insistentemente se debe aproxi­marse a Jesucristo en la Eucaristía». Tal afirmación no estaba de acuerdo con la teología de Saint-Cyran. Así, para defender lo que se consideraba como Verdad, en algunos meses, Arnauld, redacta su obra intitulada: «La Frecuente Comunión». Su tesis se puede formular de la siguiente manera: la comunión es recompensa por la virtud más de que alimento. Una vida exenta de pecado, santificada por la virtud y por los ejercicios de penitencia puede solamente prepararla. Su tesis había sido aprobada por veinte doctores de la Sorbona y dieci­séis obispos (A. DODIN, autour du problème de «La Frequente Comu­nión», 378).

Estamos en el año 1644. En San Lazare-lès-Paris. Evidentemente que el señor Vicente debe estar muy bien informado de todos estos acontecimientos en torno de la Eucaristía, pues acaba de entrar en el «Consejo de Conciencia». Ésta en relación con los poderosos de la Corte, con los jesuitas y un gran numero de obispos. Está muy bien enterado sobre Port-Royal, pues es amigo de Saint-Cyran. Sin em­bargo, encima de la amistad, está la verdad y un temor de caer en la herejía, que fue siempre una constante en la vida de Vicente.

Así, sabemos que, desde 1645, Vicente tendrá una actitud de hos­tilidad con relación a Port-Royal que lo traduce en una carta para Mons. Abra de Raconis, en la cual lo aconseja para no nombrar el Sr. Joby (declaradamente discípulo de la nueva doctrina) su Vicario General.12 En este mismo año, uno de los teólogos de Notrê Dame, Habert, violentamente opuesto a la doctrina de Arnauld y al Janse­nismo, es nombrado obispo de Vabres. La indicación viene del Con­sejo de Conciencia, donde Vicente es el todo poderoso.

Hasta entonces toda esta disputa no había alcanzado el corazón de Vicente de Paúl. Eran preocupaciones exteriores a su Pequeña Compañía, podríamos decir: preocupaciones ad extra. Es en 1648 que estas discusiones van alcanzar el ad intra de la Pequeña Compañía, cuando Vicente recibe una carta del Señor Dehorgny, tomando la defensa de los jansenistas. Conforme el viejo adagio popular: «Hay males que vienen para bien», uno de los nuestros, justamente un hombre de todo la confianza de Vicente, se deja influenciar por la nueva doctrina. Es de esta manera que podemos hoy, tener acceso a las ideas y posiciones de Vicente de Paúl, en relación al Jansenismo, bien como, a su visión doctrinal de Sacramento de la Eucaristía.

Dehorgny, uno de los pioneros y más brillantes de la Compañía. Primeramente fue superior en Bons Enfants, uno de los puestos de confianza de Vicente. Enseguida, lo envía para Roma, para ejercer la función de superior. Es en Roma que Dehorgny se deja influenciar por la nueva doctrina. Con relación a Jean Dehorgny tan compla­ciente con la nueva doctrina, Vicente presenta argumentos decisivos.

Él está de acuerdo que existen abusos en la administración tan admirable de la Eucaristía, pero que eso no justifica que se llegue a caer en otro abuso de sentido contrario. Muestra que el título del libro del señor Arnauld no es, sino un engaño, pues el objetivo visado y los resultados logrados son deplorables. No se ve más la frecuencia a los sacramentos como se veía antes, ni menos en la Pascua. Varios párrocos de Paris se lamentan de que, hay menos comuniones que los años anteriores… No se ve más nadie aproximarse a comulgar en los primeros domingos del mes y en las fiestas, son muy pocos, y estos son religiosos motivados por los jesuitas… Vicente trabaja con grande facilidad y rapidez, presentando textos del Concilio de Trento. La carta termina con una exhortación de paz y moderación: que se respeten las prácticas de San Lázaro y que no se preocupar mucho con las opiniones nuevas.

El 17 de Agosto del mismo año, Vicente recibe una segunda carta del Sr. Dehorgny, que reprueba Vicente por no haber comprendido el libro del Sr. Arnauld.

Inmediatamente contesta la carta al Sr. Dehorgny, de esta vez, con una argumentación más precisa y sólida, con pruebas irrefuta­bles de los textos y hechos presentados. Vicente no niega su preocu­pación con la liberalidad de la frecuente comunión sin criterios, y así, concuerda que, el libro de Arnauld puede hacer mucho bien, pero que no se puede dejar engañar, porque así como a algunas personas les ayudó a encontrar provecho, hay por los menos 10.000 que él las obscureció y las retiró completamente de la comunión. Vicente no acepta de modo alguno la manera como San Carlos Borromeo es interpretado para justificar la nueva doctrina.

Es injusto que se mutile a San Carlos de haber ordenado la peni­tencia pública y el alejamiento de la comunión. Su orientación era de no permitirla a los pecadores escandalosos, en lo que San Vicente está totalmente de acuerdo y el Concilio de Trento también. Pero, San Carlos, lejos de oponerse a la frecuente comunión, no cesa de promoverla. Vicente conoce muy bien el pensamiento de San Carlos, así como el de los jansenistas. Lamenta que se compare las directriz de Port-Royal a las reglas de San Ignacio. Éste no alejaba de la comu­nión, interrumpía únicamente por ocho o diez días a los grandes pecadores, al paso que, el Sr. Arnauld, retira por cinco o seis meses a la buena religiosa que vive en una gran pureza.

El Sr. Arnauld es totalmente opuesto a la comunión, él alaba a los que se alejan de ella hasta el día de su muerte… que esas comu­niones frecuentes no hacen otra cosa sino ultrajar y avergonzar a Nuestro Señor Jesucristo, al colocar tan terribles condiciones para aproximarse a la Eucaristía es moralmente imposible comulgar. Afirma Vicente: «Le confieso con franqueza que, si hiciera del libro del Sr. Arnauld tanto caso como usted hace, no sólo renunciaría para siempre a la santa Misa y a la comunión por espíritu de humildad, sino que hasta le tendría horror de este sacramento, ya que él lo presenta, respecto a los que comulgan con las disposiciones ordinarias que aprueba la Iglesia, como una trampa de Satanás y como un veneno que emponzoña a las almas y trata de quienes se acercan a él en esa situa­ción nada menos que de perros, de puercos y de anticristos».13

Podemos afirmar que gracias a las inclinaciones jansenistas, cla­ramente expresas por el Sr. Dehorgny, tenemos estas magníficas car­tas que nos muestran el sentimiento, el pensamiento íntimo de San Vicente sobre la apología de su tiempo. Ellas nos ayudan a tener un horizonte más amplio de comprensión sobre la Eucaristía. Gracias a estas cartas, conocemos mejor el pensamiento de Vicente de Paúl. Podemos sentir su independencia con relación a su medioyalas riñas de su ambiente, así como su firmeza y postura, con una lucidez de pensamiento, que nos permite afirmar que, Vicente de Paúl posee una clara e excelente visión doctrinal de la Eucaristía.

4. La doctrina de Vicente de Paúl sobre la Eucaristía

Evidentemente, no podemos proyectar nuestro pensamiento actual sobre la Eucaristía, pretendiendo que Vicente de Paúl afirme cosas que realmente no estaban presentes en su pensamiento. Vi­cente es influenciado por el pensamiento teológico de su tiempo, de modo especial por Bérulle y los reformadores, llevándolo a compartir con ellos una concepción poco noble de la ñaturaleza humana. Sin embargo, para contrabalancear su pesimismo de la ñaturaleza huma­na, un factor positivo fue en relación a el respeto temeroso, al alegre abandonoyala serena confianza en la Divina Providencia. Su visión de Dios le viene de San Pablo, es un pensamiento lleno de grandeza, en que él se esfuerza para transmitir a sus hijos e hijas.

Así afirma él: «Este conocimiento que tenemos de Dios está muy encima de todos nuestros conocimientos y de todo entendimiento creado, no nos debe bastar para hacerle apreciar infinitamente, para anonadarnos en su presencia, y para hacernos hablar de su Majestad Suprema con un gran sentimiento de reverencia y sumisión».14 No olvi­demos que al inicio de su misión, el señor Vicente no tenía sino una sola predicación, que adaptaba de mil maneras: «El temor de Dios».15

Vicente tiene evidentemente este horizonte de comprensión pesi­mista de la «pequeña naturaleza». Y esta concepción lo influenciará en su doctrina sobre la Eucaristía, qué obviamente no lo llevará al radicalismo de los jansenistas. Un rápido recorrido sobre las dis­posiciones requeridas para la Comunión en Vicente de Paúl, nos convencerá fácilmente. A pesar de las reglas estrictamente impuestas a las Hijas de la Caridad, él se esfuerza para moderarles el deseo de la comunión.

Así pues, que no se empeñe mucho, que no se preocupe el direc­tor para obtener de él un permiso de frecuencia. Esta insistencia, según Vicente, sería seguramente, oriunda del orgullo escondido, que envicia nuestras acciones. Se hay exitación en comulgar, afirma Vicente, es mejor abstenerse. Su preocupación es la frecuencia de las comuniones indignas y sacrílegas. Esto si manifiesta constantemente en sus conferencias. Le viene a la mente bajo la figura de Judás, que se hacía hipócrita, seguía su Maestro pero al revés de conformarse a las palabras de Nuestro Señor, como hacían los Apóstoles, realizaba acciones inspiradas por Satanás. Según las palabras del P. Dodin, esta «preocupación» era casi una «obsesión» en Vicente de Paúl.

Para la comunión frecuente, el estado de gracia era rigurosa­mente exigido, más Vicente exige también una buena confesión, mejor dicho, la fecha de la fundación de la Congregación de la Misión, estipulada por el propio Vicente el 25 de Enero de 1617, brota de su predicación sobre la «importancia de la confesión general». Él ve en este purificación preliminar, como un excelente medio de bien comulgar, y así lo afirma: «Ved, hijas mías, no basta, para comul­gar muchas veces, no tener ningún afecto al pecado mortal, sino que además es preciso deshacerse de todo afecto desordenado, porque todo afecto desordenado es vicioso. Pues bien, amar ardientemente a una hermana y apegarse a ella, es un afecto desordenado; preferir estar en un lugar más que en otro, o en un cargo más que en otro, es un afecto desordenado, y hay que romper con él para hacerse digna de comulgar muchas veces».16 En suma, transformase en un espejo límpido que nos permite reflexionar con Dios, asemejarnos a Jesús e identificar­nos con Él.

Encima de todo, el deseo de Cristo eucarístico es para Vicente, como el anhelo sorprendente de lo divino unirse a las criaturas por medio de este sacramento misterioso que instituyo. Para correspon­der a ese deseo de Jesús, la mejor respuesta será nutrir el alma del mismo deseo de unión, caminando al encuentro de las intenciones del propio Cristo. Al conformarnos en Cristo por nuestros sentimien­tos y nuestras oraciones, nosotros nos colocamos en las mejores dis­posiciones necesarias para comprenderlo y unirnos a él, nosotros damos, por así decir, el primer paso en dirección a Él.

Esas disposiciones preparatorias para la unión con Dios exigirán, una ascesis continua de mortificación, desprendimiento, fuga de los impulso contrarios a las reglas. La Eucaristía no será para las Hijas de la Caridad, el sacramento de la unión con Dios, por el contrario, cuando ellas estén en la disposición de darse totalmente a Cristo en el momento de la comunión. Entonces, cuando Cristo penetra en el alma, Él consagra, por así decir, éste estado. Él se une íntimamente a la criatura y le da su paz.

Y afirma Vicente: «Hijas mías, estad seguras de que una Hija de la Caridad que ha comulgado bien, hará bien todo lo demás. Su corazón es el tabernáculo de Dios; sí, el tabernáculo de Dios. La Hija de la Cari­dad que tiene que serlo siempre, tiene que estar siempre en Dios y Dios en ella, y de esta forma no hará nunca una cosa que no esté bien».

Continúa diciendo: «Si Elías, con su doble espíritu, hacía tanta maravillas, ¿qué no hará que no sea agradable a Dios en sí, que está plena de Dios? No hará ya ciertamente sus acciones, sino que hará las acciones de Jesucristo; tendrá en sus contradicciones la paciencia de Jesucristo; tendrá la obediencia de Jesucristo. En una palabra, hijas mías, todas sus acciones no serán ya acciones de una mera criatura, serán las acciones de Jesucristo».

Y concluye: «Hermanas mías, la Hija de la Caridad que ha comul­gado bien no hará nada que no sea agradable a Dios; porque hará las acciones del mismo Dios. El Padre eterno ve a su Hijo en esa persona; ve todas las acciones de esa persona como acciones de su Hijo. ¡Qué gracias, hijas mías! Este segura de que Dios la ve, de que Dios la con­sidera, de que Dios la ama! Así pues, cuando veáis a una Hija de la Caridad servir a los pobres con amor, con mansedumbre, con desvelo, podéis decir sin reparo alguno: ‘Esta hermana ha comulgado bien’ «.17

5. A manera de conclusión

Eucaristía, caridad y justicia social, a luz del pensamiento de San Vicente de Paúl, es posible, si nos situamos en la complejidad de su pensar y sentir al respeto del ser humano, de Jesucristo y de la Iglesia. Existe en el pensamiento de Vicente de Paúl una unidad pro­funda del amor al próximo y del amor a Dios. Él nos invita por pala­bras y acciones, a no ver las personas y los acontecimientos tal y como ellos se presentan, como la luz de la razón nos lo muestra. Es necesito ver las cosas como cosas de Dios, pues de otro modo, noso­tros nos podríamos engañar y actuar de una manera que Él no quiere. Es preciso primeramente mirar a Dios, darse a Dios, para que Él nos utilice en la aventura de la Salvación del genero humano.

Vicente de Paúl ve el orden de las realidades concretas, de las mediaciones queridas por Dios. Según la veía ordinaria, Dios quiere salvar los hombres por los hombres y, Nuestro Señor se hizo hombre para salvar a todos. Somos nos hombres, por los hombres y con los hombres que es necesario buscar a Dios, su Reino, para unirnos a Dios por Jesucristo. La condición es que nos vaciemos de nosotros mismos para que Dios pueda llenarnos: «Tres hacen más que diez cuando Nuestro Señor echa una mano».18 Y aún: «Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio a los pobres emprendido con alegría, con entu­siasmo, con constancia y amor».19

Su pensamiento cristológico está asociado a Cristo en la Trini­dad, pero un Cristo «donado» a su Padre y en eterno ofrecimiento a los hombres. Un Cristo en estado de misión, dulce y humilde. Un Cristo que se hace oblación a los hombres en el Misterio de la Encar­nación. El Cristo de Vicente, es «modelo» a quien nosotros debemos asemejarnos, amar y servir, pues es un Cristo que se concretiza en los pobres.

Y así lo afirma en la conferencia de 13 de diciembre de 1658: «Hay que revestirse del espíritu de Jesucristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh Padre! ¡Que negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que, para perfeccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la compañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo».20

Su pensamiento al respecto de la Iglesia es claro: los pobres son los verdaderos hijos y predilectos de la Iglesia. Como latinoameri­cano, puedo afirmar que, en la concepción de Vicente de Paúl, él se adelanta a los enseñamientos del Documento de Puebla, sobre la opción preferencial por los pobres. Es necesario ir al encuentro de los que son preferidos del rey de los pobres. El objetivo de la misión del Hijo de Dios: «Evangelizare pauperibus misit me» (Lc. IV, 18). Es para ellos que Jesucristo vino, Él mismo pobre y salvador de los pobres.

En la concepción de San Vicente, la vocación del misionero es la más bella. Según su visión, es feliz el misionero que se ve como ministro de los pobres. Esto lo obliga no solamente a asistirlos cuando ellos se presentan, y si, adelantarse a ellos, como un servidor que debe anticiparse a su Maestro. Y así lo afirma: «No puede haber caridad si no va acompañada de justicia».21

Podemos traer a nuestro tiempo este pensamiento de Vicente de Paúl y aplicarlo perfectamente a la enseñanza actual del Magisterio de la Iglesia sobre la Eucaristía. La Constitución pastoral Sacrosanc­tum Concilium, al iniciar el capítulo II sobre «El Sacrosanto Misterio de la Eucaristía», N. 47 afirma: «Nuestro Señor, en la última Cena, la noche en que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la Cruz y confiar a su Esposa, la Iglesia, el vín­culo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo el alma se llena de gracia y nos da una prenda de la gloria venidera».

La expresión vínculo de la caridad, usada por el Concilio Vati­cano II, nos presenta la Eucaristía, como el sacramento soporte de la esencia de la vida cristiana, que es el amor. El amor entrega total, el amor que es la esencia misma de Dios: «Dios caritas est». Este Amor-Caridad, que el Apóstol apunta como el más alto de los dones (I Cor. 13). Este amor cristiano que es portador de dos realidades indisolubles: a) es la fuente y origen de la comunión fraterna entre los que participan de un mismo pan, creando a «koinonia», la parti­ción de los bienes, la solidaridad de «un solo corazón y una solo alma», b) Este amor-koinonia, despierta en el cristiano el compro­miso de vida cristiana, de manera muy especial por el servicio, pero un servicio preferencial a los pobres, el cuidado para con los que son víctimas de las injusticias y de los sistemas políticos injustos y per­versos. A esta lucha la llamamos justicia social.

Veamos las palabras de Su Santidad Juan Pablo II, en su última encíclica Ecclesia de Eucaristía: «Muchos son los problemas que obs­curecen el horizonte de nuestro tiempo. Basta pensar cuán urgente es trabajar por la paz, colocar premisas sólidas sobre justicia y solidaridad entre los pueblos, defender la vida humana desde la concepción hasta su término natural. Y también que decir de las mil contradicciones del mundo globalizado, donde parece que los más débiles, los más peque­ños y los más pobres poco pueden esperar? Es en este mundo que tiene que brillar la esperanza cristiana! Fue para esto que el Señor quiso dejar entre nosotros la Eucaristía, insertando en su presencia de sacri­ficio y de alimento la promesa de una humanidad renovada por su amor».22

Salvaguardando las distancias de los siglos que nos separan de Vicente de Paúl, a la luz del Magisterio y de la teología de nuestros días, que nos presentan la caridad y la justicia social emanadas del sacramento de la Eucaristía, no podemos tener dudas en afirmar, que en el horizonte de su comprensión doctrinal y del más profundo corazón de nuestro Padre y fundador, la Eucaristía es la fuente inagotable de la verdadera caridad y de la justicia social, pues así afirma: «Una Hija de la Caridad que comulga bien hace todo lo restante bien. Su corazón es un tabernáculo de Dios, si, el tabernáculo de Dios. La Hija de la Caridad debe siempre serlo, ella debe estar siempre en Dios y Dios en ella, y de esta manera ella no hará jamás nada sino el bien».23

  1. SV XI, 37 / ES XI, 739.
  2. SV IX,5/ESIX, 25.
  3. SV IX, 35 / ES IX, 33-34.
  4. SV I, 295 / ES I, 320.
  5. XV III, 202 / ES III, 181.
  6. SV XI, 308-309 / ES XI, 204-205.
  7. SV XI,7/ESXI, 72.
  8. Cf. SV X, 661 / ES IX; 1179.
  9. SV VII, 382 / ES VII, 326.
  10. SV XII, 275 / ES XI, 564.
  11. SV XI, 32 / ES XI, 725.
  12. Cf. SV III, 63 / ES III, 586.
  13. SV III, 370 / ES III, 339.
  14. SV XI, 48; ABELLY, Vida del Venerable Siervo de Dios Vicente de Paúl, CEME, Salamanca 1994, capítulo VIII, p. 597.
  15. Cf. SV XII,8/ESXI, 327.
  16. SV IX, 340-341; SAN VICENTE DE PAÚL, Conferencias espirituales a las Hijas de la Caridad, CEME, Salamanca 1983, p. 258.
  17. SV IX, 331-333; SAN VICENTE DE PAÚL, op. cit., pp. 252-253.
  18. SV IV, 116 / ES IV, 117.
  19. SV IX, 593 / ES IX, 534.
  20. SV XII, 107-108 / ES XI, 410.
  21. SV II, 54 / ES II, 48.
  22. JUAN PABLO II, Carta encíclica Ecclesia de Eucaristía, 20.
  23. SV IX, 333; SAN VICENTE DE PAÚL, Conferencias espirituales a las Hijas de la Caridad, CEME, Salamanca 1983, p. 252.

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