Estado de la Congregación (1986)

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CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1987 · Fuente: Vincentiana.
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Reflexión del P. General

El P. General no ofreció una relación sobre el estado de la Con­gregación según el modelo seguido en las anteriores Asambleas. Ofreció «su reflexión», «su meditación» sobre el estado de la Con­gregación hoy, guiado por la oración tradicional en la Compañía, «Expectatio Israel». Es un texto que para ser «gustado» hay que leerlo atentamente y meditarlo. Se escribió pensando, no sólo en los miembros de la Asamblea, sino en toda la Congregación como una fuente de reflexión. El P. General omitió dar estadísticas y se contentó con remitir a los estudios y relaciones de los Consejeros Generales y Oficiales de la Curia.

Presento un resumen de la Reflexión y repito que, para «gus­tarla», hay que leerla atentamente y meditarla. Es mucho lo que sugiere y muchos los interrogantes que espontáneamente surgen.

Llamada a la santidad

En la Introducción, el P. General nos recuerda la celebración próxima de los 250 años de la canonización de San Vicente. Apro­vecha la ocasión para hacer una llamada a la santidad y para poner de relieve que el espíritu de la Congregación es una participación del Espíritu de Cristo. Evoca los fines de las Asambleas a tenor de los art. 135 y 137,1 de las Constituciones, para valorar, desde esta perspectiva, la gracia que supone la celebración de la Asam­blea.

Signos de esperanza

Bajo el subtítulo de «¡Oh Esperanza de Israel!», el P. General enumera algunos de los signos de esperanza que él ve hoy en la Con­gregación: mayor acercamiento a los pobres; deseo de ahondar en el vida y escritos de S. Vicente; un nuevo sentido de misión, unido a la importancia de vivir comunitariamente; la preocupación por la formación de los candidatos; la fidelidad a la vocación por aquellos que viven en situacio­nes políticas difíciles; la misma Asamblea puede ser un signo de esperanza, si se hace más consciente de la unidad a la luz del UNUM CORPUS …

La vitalidad de la Compañía

Menciona lo bueno y lo malo que ve en la Congregación, viña del Señor, pero se pregunta: ¿qué criterios son los que debemos usar para medir lo bueno y lo malo? La vitalidad de la Compañía está en su compromiso de seguir a Cristo evangelizador de los pobres, en la práctica de las cinco virtudes. Sin embargo, la Con­gregación siempre debe estar dispuesta a oir lo que el Señor dijo a la Iglesia de Efeso: «…has dejado el amor primero».

La Compañía crece en unos lugares, mientras que en otros sufre los efectos de la poda. Estadísticas elaboradas por el P. Bay­lach nos dan la prueba.

El valor de las visitas

No hay duda que el Señor visita su viña: «visita…vineam istam». Las visitas del Superior General y de los Consejeros Gene­rales permiten reconocer las «visitas» del Señor.

La idea que nos ha guiado al hacer las visitas ha sido princi­palmente pastoral. En el Consejo General hemos visto que pudi­mos hacer más de lo que hicimos. El Superior General reconoció algunas limitaciones que sobre las visitas se habían dejado sentir. Pidió a los asambleístas sugerencias para hacer mejor las futuras visitas. En todos existe el convencimiento de que las visitas son uno de los medios para alcanzar el ideal de la unidad: UNUM CORPUS…

¿ Un sencillo Instituto de estudios vicencianos?

La aprobación de las Constituciones ha sido un hecho impor­tante en la historia reciente de la Congregación. Para conocer la historia de la aprobación, el P. General remitió al trabajo del P. Flores. Ahora, la tarea es cómo conocer y asimilar el contenido de los textos constitucionales, cómo estudiarlo y cómo practicarlo. La revisión de las Normas Provinciales ha sido un medio para ello y otro los estudios programos por SIEV.

Una cuestión importante planteó el P. General: «¿,…será posi­ble montar un pequeño Instituto que ofrezca un curso de espiri­tualidad vicenciana?

Las misiones

La frase: «messis quidem multa» dio pie para tratar de las misiones «ad Gentes». Remitió al informe del Consejero General encargado de este campo y, al mismo tiempo, planteó algunos problemas: la promoción vocacional, la formación de los candida­tos, la inculturación, etc.

Las misiones «ad Populum» también tuvieron aquí su lugar para hablar de ellas. Se mencionó la reunión de Bogotá en 1983. El fruto mayor, según el P. General, ha sido la nueva concien­cia que sobre las misiones populares se ha creado; la importancia que las misiones pueden tener cuando tantos movimientos sectarios pululan en el mundo y por la imagen que la Congregación puede ofrecer de sí misma a la juventud.

La formación del clero y de los laicos

El Superior General da a conocer las llamadas que a la Curia General habían llegado pidiendo ayuda para la formación del clero. Como casos más inmediatos citó el de Nicaragua y el de Mons. Zevaco, C.M., Obispo de Fort Dauphin en Madagascar.

Para conocer la situación de los Movimientos vicencianos lai­cales remitió a la relación del Consejero encargado de este campo. El P. General creyó oportuno formular las siguientes pregun­tas: ¿Se hace lo bastante para promover estos Movimientos vicen­cianos laicales? ¿Avanzan hacia la juventud o más bien se apartan de ella? ¿Por qué se asumen fácilmente movimientos que surgen en la Iglesia y cuesta tanto revitalizar los propios?

Comunión y subsidiariedad

La cuestión de la unidad la plantea el S. General cuando comenta la frase «domus tua haec». Y lo hace a la luz de la «Com­munio o Koinonia», nociones claves en el reciente Sínodo extraor­dinario. Sin duda, el lema: UNUM CORPUS, UNUS SPIRITUS IN CHRISTO, va en esa dirección, hacia la «communio», «cerce­nando el individualismo y cultivando más el trascenderse a sí mismo y superar las propias preferencias».

A nivel de estructuras se pregunta sobre el sentido de la subsi­diariedad y sus relaciones con la unidad de la Compañía y con el oficio del Superior General, «centro de unidad y coordinación de las Provincias», según se establece en el art. 102 de las Constitu­ciones.

El Sínodo ha pedido un estudio sobre el sentido y la aplicación del principio de subsidiariedad en la Iglesia. Tal principio viene del campo de la sociología, se asumió como criterio en la redac­ción del nuevo Código y para resolver algunas cuestiones eclesia­les actuales. Posteriormente han surgido algunas dificultades y de ahí la petición de profundizar doctrinal y prácticamente en el con­tenido de este principio.

Irradiación espiritual vicenciana

El acondicionamiento de la Capilla en donde reposan los res­tos de San Vicente en Paris, dio también oportunidad al P. Gene­ral para poner de manifiesto la colaboración de las Provincias en el aspecto material, pero también para manifestar el deseo de que la Capilla se convierta en un foco de irradiación espiritual vicen­ciana.

La «estabilidad» en la Congregación

«Non sit in ea lapis…» Fue el momento en el que el P. General aborda el problema de salidas. Citó el trabajo del P. Flores, basado en las estadísticas del P. Baylach. El título del artículo del P. Flo­res es: «El voto de estabilidad en la Congregación de la Misión». La finalidad del trabajo no es otra que poder reflexionar sobre el hecho de los abandonos de la Compañía. Dicho trabajo estuvo a disposición de los asambleístas, pero no ha sido publicado.

El P. Sheldon, Procurador General de la Congregación, dio un informe sobre la situación de los Padres que han pedido ser exone­rados de las obligaciones sacerdotales.

El hecho de las salidas interpela a todos. La pregunta funda­mental es a qué son debidas: ¿a la formación recibida? ¿al no haber acertado en ofrecerles el apostolado adecuado? ¿al no haberles ayu­dado oportunamente en sus dificultades, como mandan las Cons­tituciones?.

La formación

La formación es una de los temas que más nos deben preocu­par. Bajo el epígrafe: «Quos autem vocasti…» el P. General explica cómo se formuló la Ratio formationis para el Seminario Interno, según los deseos de la Asamblea General de 1980. Las Provincias han sido invitadas a concretarla a la luz de las propias circunstan­cias. La información que sobre este segundo paso existe en la Curia es más bien escasa. El problema de la formación quedó igualmente planteada en relación con el fenómeno de los muchos «admissi», pero de los menos «incorporati».

Atención especial mereció en la Reflexión del P. General la for­mación continuada o permanente. El Documento conclusivo de la Asamblea recoge en la nota 16 unos de los párrafos más interesan­tes sobre lo que significa la formación continuada o permanente.

Alude el P. General a la dificultad de cumplir otro deseo de la Asamblea General de 1980: la publicación de un libro de oracio­nes. Citó la obra de los PP. A. Orcajo y M.P. Flores.

Los Hermanos

La Asamblea General de 1980 pidió que hubiera una represen­tación de los Hermanos en las Asamblea Generales. Se ha cumplido con este deseo, pero el P. General ha ido un poco más lejos. En su Reflexión, llama la atención sobre la situación de los Hermanos en la Congregación que consta de «ecclesiasticis et laicis», según se lee en las Reglas Comunes 1,2. ¿Se aprecia la vocación del Her­mano? ¿Qué se hace por la promoción de las vocaciones de los Her­manos? También estuvó a disposición de los asambleístas otro tra­bajo del P. Flores sobre los Hermanos.

Misión y contemplación

Al final de la Reflexión: «Sanctifica eos in veritate…», el P. Gene­ral volvió a insistir sobre la santidad y sobre las relaciones entre la misión y la contemplación. No puede existir dicotomía alguna entre misión y contemplación. La misión se apoya en la contem­plación. Esta se enriquece de la misión. El art. 42 de las Constitu­ciones dice: «Por la íntima unión entre oración y el apostolado, el misionero se hace contemplativo en la acción y apóstol en la ora­ción».

El «Amén» y la unión de corazones

El «Amén» es considerado por el P. General como una oración que mira al pasado y al futuro: «Somos siervos inútiles que hici­mos lo que fue nuestro deber». Somos siervos fieles porque quere­mos aceptar los que el Espíritu nos dicte.

El deseo de San Vicente de que los corazones de los misione­ros se mantengan unidos, como bellamente lo escribe en una carta al P. Blatirón, fue el punto final de esta hermosa y sugerente Reflexión del P. General sobre el estado de la Congregación.

La elaboración del Documento por la Asamblea

Organizada la Asamblea, tarea no fácil según enseña la expe­riencia, las Comisiones empezaron a trabajar.

Las cuestiones, relacionadas con el Documento, fueron:

1a. Bases de trabajo:

La decisión final fue tomar como base del trabajo de la Asam­blea el Documentum Laboris, la Reflexión del Superior General y las experiencias y saberes de los asambleístas.

2a. Meta de la Asamblea:

Una de las dificultades mayores fue aclarar qué es lo que se esperaba de esta Asamblea. Hubo una moción que, aunque se retiró posteriormente, hizo ver el problema y la confusión que sobre este punto reinaba. El autor de la moción confesó encontrarse como «un pez en medio del océano». La moción pedía que la Asamblea elabo­rase un plan pastoral para los seis próximos años.

La discusión de la moción se inició sobre los contenidos del plan. Algunos creyeron que era suficiente el Proyecto presentado por la CP. Otros sostenían que la moción era una cuestión nueva que debería ser estudiada más atentamente.

La Comisión Central debió explicar cuál era su pensamiento sobre la moción y vino a decir, mediante el Moderador de turno, que la meta de la Asamblea era la propuesta por la CP (y la moción), es decir, elaborar un Proyecto pastoral para los seis próximos años.

La cuestión no quedó resuelta hasta que la Comisión Central no concretó cómo iba a ser ese Proyecto. Este fue delineado así:

Introducción; tres apartados: evangelización de los pobres; comunidad para la misión; formación para la misión.

El contenido de cada uno de estos apartados sería: situación; principios de acción; líneas de acción.

Conclusión, con disposiciones concretas para la asimilación y evaluación del Proyecto.

El plan «Proyecto» fue aprobado por 109 votos en favor, 8 en contra y 7 abstenciones.

3º. Fases de estudio de cada parte:

  • exposición de las experiencias positivas y negativas;
  • elaboración del primer Documento sobre cada uno de los temas, aunque no siempre se fue fiel al orden establecido;
  • debate en el aula después de la exposición de cada tema. Tam­poco se fue siempre fiel a este paso. Según el Directorio había derecho a poner las mociones que se creyeran oportunas;
  • aprobación por parte de la Asamblea de los Documentos pre­sentados por las Comisiones. Todo este material pasaría a la Comi­sión de Redacción.

A mi juicio se pecó por exceso, es decir, por abundancia de material. La Comisión de Redacción se lamentó de no haber podido atender a tanto material como se la entregó.

La Comisión de Redacción

Estuvo compuesta por cuatro miembros: uno fue nombrado por la Comisión Central y los otros tres por las Comisiones respectivas: evangelización, comunidad y formación.

La Comisión para las cuestiones jurídicas no entró a formar parte. Dada lo peculiar de su cometido, ella misma trazó su camino con consentimiento de la Comisión Central y de la Asamblea.

Fue el mismo P. General quien, por diversas razones, decidió que el texto «oficial» fuera en español. Todos los componentes de la Comisión de Redacción sabían esta lengua, pero eran de nacio­nalidad diversa. Este detalle dificultó la redacción.

La Comisión de Redacción tuvo grandes dificultades en el cum­plimiento de su cometido. Por una parte, el poco tiempo de que dis­puso. Por otra, el inmenso material que tenía que estudiar. Presentó el primer Documento el 14 de julio, en la sesión XXVI. El Presi­dente de la Comisión expuso los criterios que habían seguido:

  • fidelidad a los textos recibidos;
  • flexibilidad en la redacción del texto;
  • brevedad;
  • rapidez;
  • claridad, elegancia e inspiración.

Cada miembro de la Comisión de Redacción presentó la parte que le correspondía, aclarando lo que la Comisión había aceptado y rechazado y las razones de su comportamiento. Se daba lugar para poner las oportunas mociones, si alguno de los asambleístas lo deseaba.

Las exposiciones no fueron convincentes. Los mismos miem­bros de la Comisión declararon que no tuvieron ni tiempo, ni tran­quilidad para estudiar todo el material.

Esta es la razón por la que algunos intentaron poner una moción para purificar más el texto. No se llegó a poner tal moción. Los interesados hablaron antes con la Comisión Central. Esta pre­firió estudiar el intento. La decisión que tomó fue que el P. Gene­ral y su Consejo se encargarían de buscar las personas adecuadas para dar la última mano a la redacción definitiva. Hecha esta labor, se enviaría cuanto antes el texto definitivo a los Visitadores.

Discurso de Juan Pablo II

En el Documento conclusivo de la Asamblea hay tres citas del saludo que Juan Pablo II tuvo a bien dirigir a los asambleístas, el 30 de junio de 1986. La alocución del Papa, muy acorde con los temas de la Asamblea, sirvió para algo más que tomar de ella unas citas.

Es justo resaltar que, esta vez, la conexión entre la Curia de la Congregación y la Curia Romana funcionó. El Papa, o el que le hiciera el discurso, estaba enterado de lo que ocupaba a los asam­bleístas.

Juan Pablo II dejó constancia de su sorpresa al ver la «volun­tad unánime de avanzar juntos en las tres direcciones: evangeliza­ción de los pobres, comunidad para la misión y formación para la misión».

Evangelización de los pobres

El Papa se congratuló al ver a la Congregación sintonizada con el espíritu del Fundador, quien escribió: «Somos los sacerdotes de los pobres». Citó el Papa otra frase de San Vicente, calificada por el mismo Papa, de conmovedora: «A los pobres hay que ir como se va a apagar un fuego».

Aseguró que la Congregación estaba en la línea de la Gaudium et Spes y advirtió tener cuidado para no quedar desfasados. Las formas de pobreza han cambiado mucho desde el siglo XVII, pero no han desaparecido. Han aparecido, en cambio, otras nuevas. San Vicente «removería cielo y tierra para ir en ayuda de los pobres de hoy para evangelizarlos».

La consigna es clara: «Más que nunca, con audacia, humildad y competencia, buscad las causas de la pobreza y estimulad solu­ciones a corto y a largo plazo, soluciones concretas, flexibles, efica­ces. Si actuáis así, cooperaréis a la credibilidad del Evangelio y de la Iglesia…».

Comunidad para la misión

Confiesa el Papa que también le ha llamado la atención la volun­tad de relanzar la vida comunitaria. San Vicente no fue amigo ni de egoísmos ni de particularismos, asegura Juan Pablo II. El sen­tido comunitario de san Vicente se inspiró en el misterio de la San­tísima Trinidad. El Papa se hace esta pregunta: «¿Qué diría hoy San Vicente si viera que surgen comunidades, signos claros de una nece­sidad de vida comunitaria en una sociedad anónima y fría?»

Aconseja hacer bien los Proyectos comunitarios y que los misio­neros: «reserven un tiempo cada semana o cada quince días para pro­fundizar en el misterio de la oración, para impregnarse de los escritos del Fundador, para revisar las actividades y la mar­cha de la vida fraterna».

Sobre la corresponsabilidad advierte que se entienda bien. No desea el Papa que la responsabilidad de los Superiores se reduzca exclusivamente a subscribir lo que diga la mayoría, aunque todos tienen que ayudarle a que mantenga la comunidad dentro de la fide­lidad vicenciana.

Las Comunidades de la Congregación debieran ser, así lo desea Juan Pablo II, testigos de la sencillez, de la alegría, de la pobreza, de la comprensión de los problemas actuales y del fervor apostó­lico. Estimuló a que haya intercambios entre las Casas y las Pro­vincias para ayudarse mutuamente.

Formación para la misión

Juan Pablo II invita a la Congregación a que trabaje en este campo de la formación. Según el Papa, San Vicente mantendría hoy «contra viento y marea» la intimidad con Dios y el sentido de Dios. Daría gran resonancia a los textos conciliares que señalan como raíz de la unidad entre vida y ministerio sacerdotal la unión con Cristo y su caridad pastoral.

San Vicente habría insistido en lo que establece el Decreto sobre la formación de los sacerdotes; sobre las misiones popula­res; sobre la adaptación del lenguaje y de los métodos. Por eso, el Papa apoya sin reserva alguna el plan para potenciar la formación de los miembros de la Congregación, Padres y Hermanos, en todos los aspectos, con la única condición de que sea una formación adap­tada a la misión y a las exigencias del mundo de hoy.

La preocupación de la Asamblea por la formación de los for­madores también fue compartida por Juan Pablo II. Sugirió que los jóvenes candidatos a misioneros se inserten temporalmente en un buen equipo sacerdotal, con el fin de alcanzar una mayor madu­rez y fortalecerse en la vocación.

El Centro de estudios vicencianos

En la información que se envió a la Curia Romana se hacía men­ción de este asunto. El Papa mostró su conformidad con esta idea y dijo: «Este Centro puede contribuir a la renovación de la unidad», según reza el lema de esta XXXVII Asamblea General.

Exhortación final

La exhortación final merece copiarse literalmente:

«Queridos hijos de San Vicente: La Iglesia de este tiempo espera mucho de vosotros. ¡Ella no quedará defraudada! Con esta esperanza invoco sobre la Congregación de la Misión, sus responsables y todos sus miembros, las más abundantes ben­diciones divinas y la protección maternal de María Inmaculada, nuestra Señora de la Medalla Milagrosa»

Para algunos, el Proyecto pastoral deseado quedaba delineado en el discurso del Papa. A los veteranos de otras Asambleas les recordó aquella frase de Pablo VI, dicha a los asambleístas de 1974: «Sois la esperanza de los pobres»

Clausura de la Asamblea

Para el P. General, el discurso de clausura es como un «post­scriptum» que viene después de millares de palabras pronuncia­das durante la Asamblea. Si el «postscriptum » es la última pala­bra, en este caso no lo es. Evoca el P. General un pensamiento de San Juan de la Cruz: Para Dios la última es su Hijo «que es su Pala­bra y no tiene otra más que hablar». Para San Vicente la última palabra es también Cristo, «Regla de la Misión».

Finalidad del Documento

Después de la sabrosa introducción, el P. General se pregunta: ¿A dónde nos llevará el Documento que hemos escrito? La respuesta la da él mismo: A los pobres, sin duda, pero ¿sólo a los pobres? No, responde, sino también a Jesucristo, principio y fin de todo.

La misión significa «ida y vuelta»

El término misión ha sido una palabra clave en esta Asamblea, como lo fue en la experiencia de Jesús. No nos basta vivir con res­ponsabilidad la dedicación a los pobres, es necesario también per­cibir el sentido de «misión». La misión es, como para Jesucristo, ida y vuelta:

Se trata de ir a predicar a los pobres y de sentirse enviado por Dios; reconocer que de El partimos.

La Comunidad es para la misión, pero se crea a partir de la misión.

La formación es para la misión, pero orientada por las exi­gencias de la misión.

Como la misión de Cristo fue obediencia al Padre, así tam­bién nuestra misión debe ser obediencia a la voz del Señor que nos habla por la Iglesia y por aquellos «en cuyas manos han sido puestas nuestras almas».

La misión y la evangelización tendrán profundidad si estamos unidos a Cristo en la oración, el único modo de no confundir evan­gelización con actividad.

El compromiso de los asambleístas

Toca ahora a los asambleístas esclarecer y explicar el conte­nido del Documento conclusivo de esta Asamblea. Pero teniendo en cuenta que una Asamblea es mucho más que un Documento.

En nuestros corazones han quedado escritas muchas más cosas, sin olvidar que la «gentileza y la humildad» en escucharnos mutua­mente han sido una de las características de esta Asamblea. No importa que no hayamos escrito el mejor de los documentos. Tam­poco Dios creó el mejor de los mundos.

Con lo que parece poco se puede hacer mucho

Al referirse al estudio del Documento, el P. General aprovechó la ocasión para formular unas cuantas e interesantes preguntas:

  • ¿Qué sería de la Congregación si cada uno de sus miembros alimentara su ministerio celibatario con la dedicación de una hora diaria a la oración mental?
  • ¿Qué sería de la Congregación si todos sus miembros die­ran cabida en su corazón siquiera a un pobre más con el cual compartir el pan de la palabra de Dios?
  • ¿Qué sería de la Congregación si cada uno de sus miembros encontrase a Jesucristo más a menudo y más regularmente en el Sacramento de la Reconciliación?
  • ¿Qué sería de la Congregación si cada uno de sus miembros tratase de sumergirse más profundamente en la fuente y remontarse más hacia la cima de la evangelización, la Euca­ristía?
  • ¿Qué sería de la Congregación si cada uno de sus miembros decidiera aumentar un diez por ciento el tiempo que dedica a estar con la Comunidad?
  • ¿Qué sería de la Congregación si cada uno de sus miembros fijase más profundamente su mirada en aquella a quien Pablo VI saludó como la «estrella de la evangelización»?

Después de una larga lista de personas a quienes el P. General agradece su colaboración al éxito de la Asamblea, termina con unas palabras de San Vicente, dirigidas al P. Planchamp, en julio de 1657. Le ruega siga trabajando para unirse más a Cristo y a su Superior, a fin de que viva en una gran dependencia de Dios y de las perso­nas que le representan. Este es el medio de encontrar y aumentar la paz y de hacerse instrumento útil en manos del omnipotente Dios.

Las homilías

El ambiente de la homilía es propicio para templar los espíri­tus. La palabra de Dios, siempre fecunda, se reviste de una nueva encarnación en la palabra del P. General con el estilo que le es pro­pio.

Tres fueron las homilías que pronunció durante el curso de la Asamblea: la de la Misa de apertura, el día 18 de junio; la de la Misa previa a la elección del Superior General y la del 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, en la Misa de clausura de la Asamblea.

En la primera hizo una llamada para que nos revistamos del espíritu de Cristo como el profeta Eliseo se revistió y heredó el espí­ritu de Elías.

Insistió en el sentido profético de la Congregación, idea que recoge el Documento de la Asamblea.

Terminó con una oración de San Vicente en la que pide al Señor conceda el espíritu a la Compañía a fin de que sea cada vez más agradable a sus ojos, para que cada uno de sus miembros se llene de celo y pueda decir lo que dijo San Pablo: «Vivo yo, mas no soy yo, es Cristo quien vive en mí».

En la celebración eucarística previa a la elección del Superior General la idea central es ver las cosas según las ve Dios, juzgarlas según los criterios del Espíritu y según la mente de Cristo.

El profeta Amós, que tanto luchó por la justicia en favor de los pobres, censuró también la abundancia y el bienestar. El P. General quería que se pensase como Superior General en «una per­sona que ‘impulsada por el Espíritu’ nos incomodase en nuestro bie­hestar social para ser auténticos profetas y hablar con la voz de los pobres y oprimidos».

La tercera homilía fue la de despedida. El Documento ya estaba hecho y aprobado en su contenido, aunque no definitivamente redactado. El Superior General tuvo la buena ocurrencia de consi­derar los temas tratados a la luz de María. La pregunta fue:

¿Qué tiene que decirnos la Madre de Dios sobre los temas que hemos discutido?

Ella fue en busca de los pobres cuando visitó a su prima Isabel.

Es significativo que, fuera del momento de la Anunciación, siempre se la ve acompañada, en comunidad, en la que, sin duda, experimentó las limitaciones humanas. En la comuni­dad de Nazaret vivió el Salvador.

* En el Cenáculo esperó el acontecimiento de Pentecostés, en unión con los Apóstoles, en espera del Espíritu Santo, el que debía «formarles» como heraldos del Reino.

* ¿Qué significado tendrían para María, Madre de Dios, las palabras: UNUM CORPUS, UNUS SPIRITUS IN CHRISTO? Por espacio de nueve meses aquellos cuerpos, el de la Madre y el del Hijo, existieron en la más íntima unión.

Después de la Resurrección, María pudo apercibirse de lo que significaría formar un solo CUERPO CON CRISTO y, de la misma manera, aumentaría la comprensión del UNUS SPI­RITUS. Para María, «UN CUERPO y UN ESPIRITU EN CRISTO» fue adquiriendo nuevos significados al correr de su vida, a medida que veía cómo crecía el Cuerpo Místico de su Hijo.»

El Superior General no pudo menos de recordar las ternezas de María para con la Compañía.

El P. Alméras, primer sucesor de San Vicente, consagró la Compañía a la Virgen.

Las apariciones de 1830 han supuesto un hito mariano para la Congregación de importancia singular. Era justo agradecer a María tantas bendiciones como ha derramado sobre la Congrega­ción de la Misión.

La homilía terminaba con la oración del P. Alméras a la Virgen:

«Implorad, benévola, de vuestro Hijo Jesucristo, para todos nosotros una gran caridad y una mutua unión, exactitud en la observancia de las Reglas y, finalmente, perseverancia en nuestra vocación, de suerte que habiendo servido en ella a vuestro Hijo, siguiéndole e imitándole fielmente, podamos ala­barle por toda la eternidad. Amén.

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