Espiritualidad vicenciana: Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1995.

La infancia campesina (1580-1600).- Los años de peregrinación y aprendizaje. La conversión 11600-16171.- La ma­durez creadora. Las fundaciones 11617-16331.- Veinte años de realizaciones 11633-16531: Empresas apostólicas. Empresas ca­ritativas. Empresas eclesiales.- La lúcida ancianidad (1653-1660). Ranquines, caserío de Pouy (actualmente Saint-Vincent-de-Paul, Landes), 5 de abril de 1580 (ó 24 de abril de 1581) - Paris, 27 de septiembre de 1660, figura central de este diccionario. De él arranca todo lo que directa o indirectamente lla­mamos vicenciano.


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La infancia campesina (1580-1600)

Son poco conocidos los primeros años de la biografía de Vicente, empezando por el de su na­cimiento, que los antiguos biógrafos fecharon unánimemente en el martes de Pascua de 1576. Pierre Coste demostró que no pudo ser ése el año de su nacimiento y propuso el de 1581. Profun­dizando en los argumentos del mismo Coste, hoy día se cree más probable la fecha del 5 de abril de 1580, martes de Pascua. No se duda en cam­bio de que el nacimiento se produjo en la aldea de Pouy, junto a Dax, en las Landas francesas, por más que en fechas todavía no lejanas cierta tra­dición española sostuviera la tesis de su naci­miento en Tamarite de Litera, en la provincia es­pañola de Huesca. Tercero de los seis hijos de una modesta familia campesina formada por Juan (o Guillermo) de Paúl y Bertranda de Moras, Vicen­te se aplicó en los primeros años a ayudar en los trabajos agrícolas y en la guarda del pequeño re­baño familiar. De esta época datan las primeras anécdotas, más o menos legendarias. Según ellas, Vicente habría sido un niño caritativo y piadoso, que gustaba de encomendarse a la Santísima Vir­gen ante una imagen suya colocada en el hueco de un roble y al que enternecía ya la miseria de los pobres. Este último rasgo le habría impulsa­do a repartir puñados de harina a los mendigos e incluso, en cierta ocasión, a entregar a uno de ellos sus pequeños ahorros personales. Gracias a los sacrificios familiares (su padre vendió al efecto un par de bueyes) y a la ayuda del juez de Pouy, Sr. de Comet, Vicente pudo iniciar estudios de en­señanza media en el colegio de los Franciscanos de Dax. Se dedicó a ellos durante dos años (1595- 1597), al mismo tiempo que ejercía funciones de preceptor con los hijos menores de su protector.

A esta época pertenece otra anécdota menos edificante que las de la infancia y que conocemos por el propio Vicente: la vergüenza que sentía cuando su padre le visitaba en el colegio «porque iba mal vestido y cojeaba un poco». Estimulado por su propia familia, Vicente emprendió el úni­co camino abierto entonces para la promoción social de las clases humildes: la carrera eclesiás­tica, que recorrió rápidamente: el 20 de diciem­bre de 1596 recibía en Bidache las órdenes me­nores; el 19 de septiembre y el 19 de diciembre de 1598, respectivamente, el subdiaconado y el diaconado en Tarbes y, en fin, el 23 de septiem­bre de 1600, en Cháteau-l’Evéque, de manos del obispo de Périgueux, Francisco de Bourdeilles, el sacerdocio. La última fecha plantea el problema de la irregularidad de la ordenación sacerdotal de Vicente, quien en el momento de su ordenación no tenía más que veinte años, es decir cuatro menos de los exigidos por el Concilio de Trento, si bien éste no estaba aún promulgado en Fran­cia y no lo sería hasta 1614. En todo caso, el da­to prueba por una parte, que Vicente estaba en­tonces lejos de ser el fervoroso reformador que sería más adelante y por otra, que su ordenación sacerdotal, más que a una vocación divina ínti­mamente sentida, obedecía a una ambición hu­mana -demasiado humana- de abrirse camino en la vida.

Los años de peregrinación y aprendizaje. La con­versión (1600-1617)

Esa misma ambición siguió moviéndole en sus años juveniles. Hizo sólidos estudios ecle­siásticos en las Universidades de Toulouse y Za­ragoza. En esta última su estancia fue breve, in­terrumpida acaso por el fallecimiento de su padre, ocurrido en 1598. Apenas ordenado, aspiró a su primer beneficio eclesiástico, la parroquia de Thil, en su diócesis natal de Dax. No habiéndolo ob­tenido, realizó una peregrinación a Roma (1600) y al regreso reanudó los estudios en Toulouse hasta alcanzar en 1604 el título de Bachiller en Te­ología. Para sufragar los estudios se ayudó ins­talando un pensionado para colegiales que fue bastante concurrido. Aquí se produce en la vida de Vicente una aventura imprevista, que él mis­mo contó en dos cartas al Sr. de Comet. En ellas Vicente explica que una anciana de Castres le de­jó en herencia una suma que a ella le debía otro individuo. Vicente se aprestó a cobrar el legado. A este fin emprendió viaje a Castres, donde se encontró con la sorpresa de que el deudor, suje­to poco recomendable, había huido a Marsella. Hasta allá se fue Vicente, consiguiendo al fin que se le hiciera efectiva la suma. Pero al regresar por mar vía Marsella-Narbona, el barco en que viaja­ba fue apresado por piratas berberiscos y Vicente, con el resto del pasaje y la tripulación fue lle­vado a Túnez, donde fue vendido como esclavo. Durante dos años permaneció allí (1605-1607), pasando sucesivamente por cuatro amos distin­tos. Habiendo convertido al último de ellos, un re­negado de Niza, Vicente huyó con él para llegar primero a Aguas Muertas y luego a Aviñón. Mo­dernos críticos de historia han puesto ésta en du­da fundándose en algunas inexactitudes del re­lato, en el silencio posterior de Vicente sobre el asunto y en su deseo de recuperar y destruir las dos cartas cuando se enteró de que no habían de­saparecido. Los hechos relatados por las cartas son, desde luego, posibles y nadie ha demostra­do que su autor mintiera. Parece, pues, que, has­ta que nuevas evidencias demuestren lo contra­rio, hay que creer a Vicente. Por lo demás, toda la narración del cautiverio es, en su conjunto, una prueba más de que los ideales humanos de Vi­cente en esta época distaban mucho del ideal tri­dentino. Siguieron distando todavía bastante tiem­po. De Avignon, Vicente se trasladó a Roma en el séquito del Vice-legado Pedro de Montorio (1607-1608), que le había cobrado simpatía y le había prometido su valimiento para la obtención de algún buen beneficio o, como Vicente decía, «un honrado retiro». Pero, burlado en sus espe­ranzas, Vicente hubo de regresar a Francia, lo que hizo a finales de 1608, instalándose en París pa­ra continuar su búsqueda de empleo. Lo consiguió al cabo de dos años (1610) al ser nombrado pri­mero capellán en el palacio de la reina Margarita de Valois y poco después abad comendatario de San Leonardo de Chaumes. Pero la abadía, lejos de beneficiarle económicamente, resultó un avis­pero de pleitos. Vicente renunció a ella en 1616. En París, Vicente entró en contacto con los cír­culos piadosos que pululaban entonces en la ca­pital de Francia. Acaso le llevaron hacia ellos dos desgraciados episodios de que fue protagonista en estos primeros años de su estancia en París. Primero se vio acusado injustamente de robo por su compañero de pensión, un paisano suyo que ostentaba el cargo de juez de Sore. Vicente se sin­tió impotente y desasistido. Poco después se vio acometido de una violenta tentación contra la fe, que le impedía incluso recitar el Credo. Cuando arreciaba la tentación, se limitaba a llevarse la mano al pecho, donde, bajo la sotana, tenía co­sido el símbolo de la fe. Empezó entonces a fre­cuentar el hospital de la Caridad y asistir allí a los enfermos Por ese camino le llegó la liberación. Un día hizo «la firme e irrevocable resolución de en­tregarse de por vida, por amor de Jesucristo, al servicio de los pobres». Apenas formulado este voto la tentación se disipó y jamás volvió a asal­tarle. El episodio fue decisivo para la transforma­ción espiritual de Vicente, para su conversión, que se vio luego favorecida y confirmada por otra serie de sucesos. Conoció por entonces a Pedro de Bérulle, el futuro Cardenal y, durante algún tiempo, se hospedó en el Oratorio recién funda­do por éste (11-11-1611). A Bérulle debió Vicen­te su nombramiento como párroco de Clichy (1612) en sustitución de Francisco Codoing, que hubo de dejar la parroquia al ingresar en el Ora­torio. En Clichy Vicente desplegó un celo verda­deramente apostólico. Además de reparar y embellecer la iglesia y catequizar a los fieles, fun­dando para ellos la cofradía del Rosario, se preo­cupó de formar un grupito de aspirantes al sa­cerdocio, entre los que figuraba Antonio Portail, joven clérigo entonces, que sería ya su compa­ñero inseparable durante toda la vida. Pero en septiembre de 1613, también gracias a Bérulle, Vicente entraba en la casa de los poderosos se­ñores Felipe Manuel de Gondi y Margarita de Silly en calidad de preceptor de los hijos del noble ma­trimonio. Como tal, no sólo se ocupaba de la edu­cación de los niños sino que instruía religiosa­mente a la servidumbre y a los vasallos de las di­versas posesiones de la familia y se convertía en insustituible director espiritual de la señora de la casa. Fueron estas ocupaciones las que le reve­laron su verdadera misión y el modo concreto de realizarla. La confesión de un campesino mo­ribundo en la aldea de Gannes y el sermón que, como consecuencia de ella, predicó a los habi­tantes de Folleville el 25 de enero de 1617 ex­hortándoles a hacer confesión general, le descu­brieron la miseria espiritual del pobre pueblo cam­pesino. Concibió por ello el designio de entre­garse exclusivamente a su evangelización. Con tal propósito dejó secretamente la casa de los Gon­di para trasladarse a la lejana parroquia de Châtillon-les-Dombes (Châtillon-sur-Chalaronne), en la diócesis de Lyon, cuyo nombramiento obtuvo también con la ayuda de Bérulle. En Châtillon, donde se entregó con ardor y éxito a corregir las costumbres, reavivar el fervor de los católicos, atraer a los protestantes y reformar a un clero re­lajado e indolente, tuvo la segunda gran experien­cia de su vida, complemento de la de Folleville. Un domingo de aquel verano de 1617, probablemente el 20 de agosto, cuando se disponía a celebrar la Misa, le avisaron de la extrema situación de una familia de las afueras de la población. Dedicó la homilía a exhortar a los fieles a socorrer a aque­llos desgraciados. Su sorpresa fue grande cuan­do, al encaminarse él a visitarlos después de la Misa, se encontró con una muchedumbre que iba o venía de hacer lo mismo. Concibió enton­ces la idea de fundar una asociación de señoras comprometidas a servir personalmente a los po­bres de la población. La cofradía quedó erigida oficialmente en la capilla del hospital el 8 de di­ciembre de aquel mismo año. «El pobre pueblo se muere de hambre y se condena», fue la con­clusión que dedujo Vicente de una y otra expe­riencia. Esa idea se convertiría en adelante en eje de su vida y ella le dictaría sus grandes realiza­ciones: la Misión y la Caridad. Entre tanto, los se­ñores de Gondi, angustiados por la ausencia de su capellán, recurrieron a todos los medios para hacerle volver a Paris, lo que al fin consiguieron. Pero el Vicente que regresó a París el 23 de di­ciembre de 1617 era otro hombre, consciente ahora de su vocación y su misión.

La madurez creadora. Las fundaciones (1617-1633)

A los treinta y siete años, Vicente había des­cubierto su vocación definitiva y se hallaba en po­sesión de las líneas doctrinales que iban a inspi­rarle. A su formación en la escuela de Bérulle y de San Francisco de Sales, a quien conoció y tra­tó en 1618, completada con la lectura de otros au­tores espirituales entre los que hay que destacar al capuchino inglés Benito de Canfield, Vicente de­bía una visión cristocéntrica que hacía del Verbo encarnado el eje de la vida espiritual. Sus expe­riencias personales le hicieron corregir la óptica de sus maestros en sentido menos especulativo. Para él el Cristo a quien debe referirse toda la vi­da es el evangelizador de los pobres. Los pobres revelan a Cristo y a ellos, a ejemplo de Cristo, de­be primariamente dirigirse la evangelización, que, para ser completa, debe ser realizada con la pa­labra y con las obras, es decir, con la predica­ción y la acción caritativa. Vicente se convirtió así en el místico de la acción, una acción guiada e iluminada por la fe, alimentada por la oración y los sacramentos, liberada de todo apego a los bienes mundanos y totalmente orientada a la imi­tación de Cristo. Acción que procura no adelan­tarse nunca a la voluntad de Dios, sino esperar siempre, para actuar, el signo de la Divina Provi­dencia y que se traduce en obras el amor: «Ame­mos a Dios, hermanos míos; amemos a Dios, pe­ro que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestro rostro».

De esas convicciones nacieron sucesivamente las grandes creaciones vicencianas, primero a tí­tulo personal y luego a título colectivo. Desde su regreso a la casa de los Gondi empezó a misio­nar los dominios de sus protectores, ayudado por el joven Portail y otros compañeros ocasionales. El 8 de febrero de 1619 fue nombrado capellán general de las galeras, cargo que le puso en con­tacto con uno de los sectores más desgraciados de la sociedad francesa, los galeotes, a quienes predicó una misión en Burdeos en 1623. Pronto sintió la necesidad de asociar de modo estable a los sacerdotes deseosos de consagrarse a la evan­gelización del campo. Fue así como surgió, me­diante un contrato entre Vicente y los señores de Gondi firmado el 17 de abril de 1625 la Congre­gación de la Misión, cuyo capital fundacional fueron 45. 000 libras entregadas por los nobles patrocinadores. Un año más tarde, el 24 de abril de 1626, obtuvo la aprobación canónica del Arzobispo de París. La naciente institución se es­tableció primeramente en el Colegio de Bons Enfants (Vicente, que entre tanto se había licen­ciado en Derecho por la Sorbona, era rector del mismo desde el 1 de marzo de 1624) y, a partir de 1632, en el priorato de San Lázaro. Vicente se preocupó en seguida de obtener la aprobación de la Santa Sede. Tras laboriosas gestiones, obs­taculizadas en parte por Bérulle, que acaso veía en la obra de su antiguo discípulo una compe­tencia peligrosa para su Oratorio, la consiguió me-chante la Bula «Salvatoris Nostri» de Urbano VIII (12 de enero de 1633). En los primeros años, la naciente Congregación se dedicó exclusivamente a la predicación de Misiones, pero muy pronto la Providencia le deparó otro campo de aposto­lado: la reforma del clero. En 1628, el obispo de Beauvais, Agustín Potier, habló a Vicente de la ne­cesidad de instruir bien pastoral y espiritualmen­te a los jóvenes que se disponían a recibir las sa­gradas órdenes. «Ese pensamiento viene de Dios, Monseñor» exclamó Vicente y aceptó con entu­siasmo el encargo de dirigir la próxima ordenación sacerdotal. Así empezaron los Ejercicios a orde­nandos, que Vicente organizó a manera de cursillo intensivo de formación espiritual y minis­terial en los principales deberes y oficios del sa­cerdote. La obra se extendió pronto a otras diócesis y, en particular, a la de París. De ella nacería pocos años después, en 1633, . otra acti­vidad vicenciana para la reforma del clero: las Conferencias de los Martes, asociación de ecle­siásticos que se comprometían a reunirse una vez a la semana para dedicarse a meditar sobre los deberes sacerdotales y estudiar algunos pun­tos de moral o liturgia.

Entre tanto, Vicente no descuidaba el otro as­pecto de su vocación, la preocupación por las ne­cesidades materiales de los pobres. La cofradía fundada en Châtillon se había difundido por una gran parte de Francia. Vicente y sus compañeros la fundaban en todas las localidades donde predi­caban la misión, como se lo ordenaba formalmente la Bula Salvatoris Nostri. Muchas parroquias de París la habían establecido. Pero entonces surgió un problema imprevisto. Bastantes de las nobles señoras que integraban las caridades parisinas se resistían a ejercer personalmente los humildes ofi­cios exigidos por la asociación, sobre todo el de llevar la comida a los pobres y cuidar a los enfer­mos en sus domicilios. Vicente concibió enton­ces un nuevo proyecto: crear una comunidad de chicas que se dedicaran en exclusiva a esos que­haceres. Su estrecha asociación con una de las Damas de la Caridad, Luisa de Marillac, noble viu­da del Sr. Antonio Le Gres que se había puesto bajo su dirección espiritual desde 1624 y el en­cuentro casual con una buena muchacha de Suresnes, Margarita Naseau, que deseaba precisa­mente ejercer esa caritativa actividad, le dieron los medios para realizarlo. Puso a la joven y a otras que poco a poco se le fueron juntando, bajo la di­rección de la señorita Le Gres. Con ellas formó el 29 de noviembre de 1633 la cofradía o com­pañía de las Hijas de la Caridad, que tuvieron co­mo primera casa madre el domicilio de la Srta. Le Gras. En 1633, Vicente había puesto en pie todas las instituciones mediante las cuales iba a llevar a cabo, en su larga y fecunda vida, sus grandes realizaciones.

Veinte años de realizaciones (1633-1653). Em­presas apostólicas

Bajo la dirección de Vicente, la Congregación de la Misión dio cima a una vasta empresa de re-cristianización -reevangelización, diríamos hoy- de la sociedad francesa. La actividad principal fueron las misiones. Éstas eran jornadas intensivas de predicación y otros ejercicios piadosos destinados a reavivar la fe y regenerar las costumbres de las parroquias en que se predicaban. Conforme al ideal tridentino, en ellas ocupaba un lugar prefe­rente la confesión general, que liberaba al fiel del peso de una vida pecaminosa. Pero la preparación para la confesión iba precedida de una intensa la­bor catequética, en que se reinculcaban a los fie­les las verdades esenciales de la doctrina cristia­na. Todo se hacía con sencillez suma, conforme a un método ideado por el propio Vicente y que él en su humildad denominaba el pequeño mé­todo. Éste exigía, de un parte, un lenguaje sen­cillo, adaptado a la comprensión popular, y, de otra, un esquema claro y eficaz que llevaba al audito­rio a la reflexión sobre los motivos, exigencias y medios de los preceptos que se predicaban. En una Iglesia invadida por la retórica barroca y cla­sicista, el pequeño método supuso una verdade­ra revolución. Que sepamos, sólo desde las dos casas de París, Bons Enfants y San Lázaro, se predicaron 840 misiones entre 1625 y 1660. En muchas de ellas tomó parte Vicente perso­nalmente, Sabemos, por ejemplo que, todavía en 1653, a sus setenta y dos años de edad, predicó las de Rueil y Sévran. Las misiones se revelaron de una eficacia asombrosa. Se convertían herejes, se restituían bienes mal adquiridos, se extirpaba la blasfemia y la borrachera, se regularizaban ma­trimonios, se apaciguaban odios inveterados, se restablecía la práctica sacramental. Es decir, cum­plían con su objetivo fundamental que, según Vi­cente era «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el Reino de Dios y que ese reino es para los po­bres». Complemento de las misiones fue la obra de los ejercicios espirituales que Vicente esta­bleció en la casa de San Lázaro. Concurrían a ella toda clase de personas, que, gratuitamente, re­cibían durante diez días un intenso entrenamien­to espiritual. Sin ser original -Vicente partía de la conocida y experimentada fórmula ignaciana- la práctica resultaba novedosa por su aplicación a nuevas situaciones y a un nuevo tipo de ejerci­tantes. Tuvieron un éxito enorme. Se calcula que por término medio, cada año acudían a San Lá­zaro unas 700 personas, hasta el punto de que el propio Vicente comparaba el viejo priorato con el arca de Noé «donde toda clase de animales, gran­des y pequeños, eran bien recibidos».

La evangelización directa del pobre pueblo no hizo a Vicente descuidar esa otra dimensión de su vocación que era la reforma del clero. Es más, para él, una y otra estaban íntimamente unidas pues era inútil reformar al pueblo si se le confia­ba luego a pastores ineptos. «Hacer efectivo el evangelio», según una fórmula que Vicente gus­taba de repetir, era formar buenos sacerdotes. Pa­ra ello, Vicente explotó a fondo las posibilidades de las obras descubiertas en su anterior etapa: -los ejercicios a Ordenandos y las Conferencias de los Martes. Los primeros, establecidos práctica­mente en todas las casas de la Congregación, fueron poco a poco dando origen a verdaderos se­minarios inspirados más o menos de cerca en el modelo tridentino. Convencido de que diez u once días eran poco tiempo para dar a los candi­datos la formación que necesitaban y contando con la colaboración de algunos obispos, empezó a extender, primero a dos meses, luego a seis, el período de preparación para las órdenes. Más tarde duplicó el tiempo al hacer obligatoria una es­tancia antes de recibir el diaconado y otra antes del sacerdocio. Por fin se fijó en dos años la épo­ca total de preparación. Lo esencial del Semina­rio vicenciano era la formación espiritual de los futuros sacerdotes y su entrenamiento en las fun­ciones sacerdotales: celebración de la Eucaris­tía y administración de los sacramentos, sobre todo de la confesión. El primer seminario de es­tas características fue el de Annecy, fundado en 1642. También la primera casa parisina de la Con­gregación de la Misión, la de Bons Enfants, se transformó en Seminario. Vicente no era el úni­co en dedicarse a esta obra. Otros operarios apos­tólicos como Juan Jacobo Olier en San Sulpicio, Adrián Bourdoise en San Nicolás de Chardonnet, los Oratorianos dirigidos por Carlos de Condren en San Magloire o San Juan Eudes en su Breta­ña natal aplicaban al mismo problema soluciones más o menos originales. En el fondo se trataba de implantar la reforma propugnada por Trento, que tanto había tardado en introducirse en Fran­cia y que ahora se hacía por fin realidad gracias en gran parte a los esfuerzos de Vicente. «Nues­tras pequeñas ocupaciones… -decía él- han origi­nado la emulación de todos… no solamente en el asunto de las misiones, sino también en el de los seminarios» y un historiador profano, Henry Kamen, considera que, de hecho, la aportación más decisiva de Vicente a la reforma de la Igle­sia francesa fue su contribución a la formación del clero.

Las Conferencias de los Martes eran el com­plemento natural de los seminarios. Jóvenes ecle­siásticos deseosos de vivir a fondo su vocación se congregaban en ellas para recibir de Vicente orientación y aliento en sus propósitos. Las Con­ferencias se difundieron rápidamente y pronto hubo asociaciones semejantes en muchas dió­cesis francesas. En todas ellas reunían a los hom­bres más distinguidos y eminentes. El más pres­tigioso de ellos, Bossuet, declaró que «Vicente era el alma de la piadosa asamblea». Llegaron a ser una moda. Moda que Vicente utilizó no sólo para la formación espiritual de los congregantes sino también para realización de empresas apos­tólicas, tales como la asistencia espiritual al Hos­pital de París -el Hótel-Dieu-, la capellanía del Hos­pital General, o la predicación de misiones en la Corte, en ciertos barrios parisienses y en otras po­pulosas ciudades, donde la Congregación de la Mi­sión tenía vedada la entrada por su exclusiva de­dicación a los pobres del campo.

La acción apostólica de Vicente tuvo su pro­yección también más allá de las fronteras fran­cesas. En 1641 estableció una fundación en Ro­ma, donde tenía un delegado desde varios arios antes. Las fundaciones en Italia se incrementa­ron luego con las de Génova (1645) y Turín (1654). Todas ellas se dedicaron a los mismos ministe­rios que desarrollaba la casa madre de San Láza­ro, es decir, fundamentalmente, misiones y ejercicios a ordenandos, que, en Roma, fueron de­clarados obligatorios para todos los ordenandos de la diócesis por disposición de Alejandro VII. En 1645 envió misioneros a Irlanda, donde sostu­vieron la fe de los perseguidos católicos irlande­ses y donde la Congregación de la Misión tuvo su protomártir en la persona del joven Tadeo Lee. Más tarde pasaron de Irlanda a Escocia y las Is­las Hébridas con el mismo cometido. En 1651 fue el turno de Polonia, a donde los misioneros fueron reclamados por la reina del país que era una ilustre dama francesa, Luisa Gonzaga, que en su época parisiense había pertenecido a la Aso­ciación de las Damas de la Caridad.

Escenario privilegiado de la acción pastoral de Vicente fueron los territorios berberiscos del Norte de África, Argel y Túnez, a donde Vicente envió misioneros para que auxiliaran espiritual y materialmente a los cautivos cristianos allí con­centrados por los piratas. Con el fin de facilitar su labor, Vicente consintió que uno de sus misio­neros fuera nombrado Vicario Apostólico y, al mis­mo tiempo, desempeñara las funciones de Cón­sul de Francia. En esa doble calidad, al tiempo que trabajaban por mantener viva la fe de los encar­ celados, les procuraban todo género de ayuda material: protestaban contra los malos tratos e in­justicias, tramitaban rescates, actuaban como es­tafeta y oficina de giro entre los cautivos y sus familiares… En estos ministerios se distinguie­ron los hermanos Le Vacher, Felipe y Juan, quie­nes, con celo y denuedo incansables -«trabajan día y noche», comentaba Vicente- cosecharon es­pléndidos frutos de santidad entre los esclavos. Entre ellos destaca el joven mallorquín Pedro Bor­guny, quien, habiendo renegado de la fe, se con­virtió después por la predicación de los misione­ros, comunicó su decisión al Pachá y fue por ello condenado a morir en la hoguera, donde, en fra­se de Vicente «entregó a manos de Dios su al­ma pura como el oro limpio en el crisol». Si la misión de Argel y Túnez no podía considerarse es­trictamente como misión ad gentes, ya que no se proponía la conversión de los musulmanes, en cambio Vicente se hizo cargo de proveer de personal a un territorio plenamente misional en Madagascar. Esta isla constituía una colonia fran­cesa encomendada a la Compañía de Indias. Vi­cente, deseoso de poseer como propia una par­cela de territorio misionero, asumió en nombre de su congregación la responsabilidad plena de la evangelización de la isla. En 1648 envió a ella la primera expedición de misioneros, a la que si­guieron otras cinco, de las que sólo tres llegaron a su destino. Vicente no se desanimó ni por las dificultades de los viajes ni por la hostilidad de los propios colonos franceses ni por la implacable mortandad que fue aniquilando uno tras otro a to­dos los misioneros. «Sólo he quedado yo para darle la noticia», le escribía en 1656 uno de ellos, Santos Bourdaise, al darle cuenta de las sucesi­vas muertes de los componentes de la tercera ex­pedición. A pesar de esa sangría constante, Vi­cente no se desanimó. «Alabado sea Dios por la vida y por la muerte», fue su reacción. Ningún obs­táculo, ninguna pérdida fueron capaces de des­viar su voluntad de servir a la Iglesia en la misión ad gentes. Misión para la que ofrecía a sus hom­bres orientaciones metodológicas nuevas. Fruto de ellas fue la publicación del primer libro impre­so en lengua malgache y que no es otra cosa que la traducción del catecismo de la doctrina cristia­na compuesto y usado por Vicente en las misio­nes de Francia.

Veinte años de realizaciones (1633-1653). Em­presas caritativas

La distinción entre empresas apostólicas y empresas caritativas en la vida de Vicente de Paúl es puramente metodológica. Para Vicente, caridad era todo. También las misiones y los seminarios. Pero una gran parte de su actividad estuvo dedicada directamente a obras de caridad corporal. A ellas nos referimos al hablar de sus empresas caritativas.

En ellas ocuparon lugar prioritario las carida­des parroquiales o cofradías de caridad deriva­das de la fundada en Châtillon en 1617. Vicente y sus misioneros las propagaron por toda Francia hasta formar una verdadera red de asistencia so­cial. Su finalidad primitiva era asistir a los pobres enfermos de cada lugar o parroquia. Pronto am­pliaron su horizonte a toda clase de necesitados. Vicente las dotó de un reglamento meticuloso, a la vez detallista y ambicioso. Hubo caridades de señoras y caridades mixtas, compuestas indis­tintamente por hombres y mujeres. Como una asociación especializada, Vicente creó en París otra asociación, la de las Damas del Hótel Dieu, integrada por señoras de la alta sociedad, que, además de atender a los internos de aquel cen­tro hospitalario, actuaron como apoyo logístico para las más variadas empresas caritativas em­prendidas por Vicente.

Ya dijimos que, para compensar las inevitables limitaciones de las caridades, Vicente fundó en 1633, con la valiosa ayuda de Luisa de Marillac, las Hijas de la Caridad. Estas se configuraron des­de el principio como una verdadera comunidad, pero rechazando decididamente el ser conside­radas religiosas. Era una precaución de todo pun­to necesaria, ya que en el lenguaje canónico de la época, religiosa equivalía a clausura y ésta hu­biera hecho imposible la labor de las Hermanas. Las Hijas de la Caridad fueron, al principio, me­ras auxiliares de las cofradías de Caridad. Después de un breve período de formación llamado «Se­minario» para evitar el término religioso de novi­ciado, las Hermanas eran enviadas de dos en dos a las parroquias donde funcionaban las caridades y allí, viviendo en una habitación de alquiler, se ocupaban en llevar la comida a los pobres de la vecindad, proporcionarles cuidados sanitarios y limpiar sus viviendas. Con frecuencia, una de ellas se ocupaba en enseñar las primeras letras a las niñas pobres del barrio.

Poco a poco, la institución fue tomando a su cargo otras obras. A partir de 1639 se estable­cieron en hospitales como el de Angers, funda­do en esa fecha y al que Vicente destinó doce Her­manas. La primera expedición fue acompañada personalmente por Luisa de Marillac. Angers fue seguido por otros muchos en diversas ciudades francesas.

Una de las más dolorosas plagas de la socie­dad francesa del siglo XVII eran los niños expó­sitos. Sólo en París, cientos de criaturas eran abandonadas cada año en las calles, preferente­mente a las puertas de las iglesias. Vicente en­tró en contacto con el problema, agudizado por las pésimas condiciones en que funcionaba la ca­sa-cuna de la ciudad. Decidió afrontar la situa­ción. Para ello requirió la ayuda económica de las

Damas y contó con la incondicional colaboración de las Hijas de la Caridad. Se empezó en 1638 por un modesto ensayo con doce niños elegidos por sorteo. En 1640 «se tomó la decisión de recibir a todos los niños expósitos». Para hacerlo se ne­cesitaban cantidades cada vez mayores y locales cada vez más amplios. Vicente acudió a todas las puertas y, poco a poco, fue allegando los recur­sos necesarios. Pero las necesidades económi­cas eran sólo una parte de las preocupaciones de Vicente. Había que dotar a la obra y las abnega­das operarias que en ella trabajaban de una mís­tica. Vicente dedicó a ello una parte importante de sus exhortaciones a misioneros, Damas e Hi­jas de la Caridad. Algunos de los párrafos más elo­cuentes de su oratoria se encuentran precisa­mente en esas alocuciones. A las Damas, que, a la vista de los gastos siempre crecientes que exi­gía la obra, se sentían tentadas de abandonarla les dijo un día: «La vida y la muerte de estos pe­queños están en sus manos. Dejen por un mo­mento de ser sus madres y eríjanse en sus jue­ces. Ha llegado la hora de pronunciar sentencia. Sepamos si tienen ustedes misericordia». Ante las Hijas de la Caridad, Vicente ponderaba la gran­deza espiritual de la misión que se les confiaba: cuidando de esos niños -les decía- «os pareceréis en cierto modo a la Santísima Virgen, ya que se­réis madres y vírgenes a la vez». Y cuando tam­bién los misioneros se mostraron cansados del esfuerzo que suponía secundar a Damas y Her­manas en la atención a los expósitos, Vicente re­animó su generosidad recordándoles que «si nues­tro bondadoso Salvador dijo a sus discípulos: ‘De­jad que los niños se acerquen a mí’, ¿podemos nosotros rechazarlos y abandonarlos cuando vie­nen a nosotros, sin abandonarle a Él?». A los ojos de muchos admiradores de Vicente de Paúl, su amor a los expósitos ha llegado a ser el símbolo mismo de la caridad vicenciana. Fue también la obra que más admiraron los filósofos agnósticos o deístas de los siglos XVIII Y XIX, que por ello le contaron entre los grandes bienhechores de la humanidad. La iconografía devota siguió la co­rriente, lo que explica el favor que ha gozado la imagen del santo que le representa con un niñi­to en brazos y otros dos mayorcitos agarrados a su sotana. Pero, por meritoria que fuera, no fue ésa la única obra de Vicente.

Otro sector social especialmente marginado y necesitado de ayuda era el constituido por los galeotes, es decir, los delincuentes condenados a galeras. En todas las naciones europeas se apli­caba esta pena, que proveía a la marina de gue­rra de mano de obra gratuita. Sus condiciones eran singularmente penosas. «Yo he visto a esos pobres hombres tratados como bestias», decla­ró una vez Vicente, quien había entrado muy tem­pranamente en contacto con esta lacra. En 1619 había sido nombrado capellán real de las Galeras por mediación del señor de Gondi, que era Ge­neral de las mismas. Una de sus primeras activi­dades fue organizar una misión en las galeras an­cladas en el puerto de Burdeos en 1623. Más adelante empezó a preocuparse de los forzados que, encarcelados en París, esperaban su trasla­do a los barcos. El legado de un piadoso caballe­ro le permitió crear una comunidad de Hijas de la Caridad destinada a asistirlos. Su cometido era ha­cerles la comida, lavarles la ropa, proveerlos de lo necesario para el traslado a Marsella, cuidar a los enfermos, limpiar los calabozos. Los actos de caridad que en estos menesteres ejercitaron fue­ron con frecuencia heroicos. Llegados a Marse­lla y embarcados en la flota, los prisioneros de­pendían directamente de Vicente como capellán real. Le correspondía dar las directrices genera­les para la atención espiritual y el nombramiento de los capellanes particulares. Con este fin fun­dó en Marsella una casa de la Congregación de la Misión, en cuyo superior delegó sus funcio­nes, pero siguiendo muy de cerca la actividad por medio de una frecuentísima correspondencia. La comunidad estaba obligada a misionar todas las galeras cada cinco años, lo que se cumplía rigu­rosamente con abundantes frutos de conversio­nes a veces espectaculares y ejercía al mismo tiempo funciones de estafeta para la correspon­dencia y el envío de dinero a los prisioneros. En el aspecto material, Vicente no paró hasta con­seguir, en colaboración con el obispo de Marse­lla y un miembro de la Compañía del Ssmo. Sa­cramento, el caballero De la Coste, la fundación de un hospital para los enfermos. Fue una mejo­ra inmensa. Los que ingresaban en el centro pro­cedentes de las galeras, «creían pasar del infier­no al paraíso». Una leyenda antigua pretendía que, en una ocasión, Vicente había hecho liberar a un galeote sustituyéndole él mismo en el ban­co de la galera donde estaba siendo azotado por el cómitre. Si no es histórico, el relato acierta en el espíritu con que Vicente desplegó su celo en favor de aquellos desgraciados. Personalmente y a través de sus misioneros y sus Hijas de la Ca­ridad se puso incondicionalmente al servicio de los condenados, persuadido de que «la caridad con esos pobres forzados es un mérito incomparable delante de Dios».

El rostro más habitual y visible de la pobreza eran los mendigos. Éstos eran muy numerosos. Especialmente en las grandes ciudades consti­tuían una verdadera plaga, producto de la inade­cuada estructura social, del belicismo guberna­mental y de coyunturas económicas adversas. Pululaban por las calles y caminos en grupos que con frecuencia se convertían en bandas de malhechores. Vicente, aunque atento a buscar remedios más radicales, practicó también la li­mosna y con generosidad desmedida. Hizo de San Lázaro el más espléndido centro de benefi­ cencia de París. Además de las limosnas ocasio­nales, que eran innumerables, diariamente se re­partía comida a los pobres del barrio y tres veces por semana, pan y sopa a todos los mendigos que llamaban a la puerta. Cada trimestre se invertían en este menester más de mil kilos de trigo. La casa llegó a endeudarse considerablemente. A Vicente no le importaba. A las críticas de sus pro­pios compañeros de comunidad contestó con una frase que le define: «los pobres… son mi peso y mi dolor». Para alivio más permanente de tantos necesitados hizo levantar un pequeño asilo, lla­mado del Nombre de Jesús, para trabajadores impedidos y ancianos. Las Hijas de la Caridad se encargaban de la atención material y los misio­neros de la dirección espiritual.

Para hacerse idea de la amplitud del esfuer­zo caritativo de Vicente, a las obras fundadas y dirigidas por él hay que sumar otra multitud de ini­ciativas a las que facilitó ayuda, dirección espi­ritual, asesoramiento jurídico, limosna o gestiones administrativas. Puede decirse que no hubo em­presa de caridad del tiempo en que no intervi­niera Vicente de una u otra manera. Tales fueron, por ejemplo, el hospital o asilo de las «petites maisons» para matrimonios desprovistos de recursos, tiñosos, locos y otros enfermos, el or­fanato de Cahors, el movimiento en favor de los emigrados irlandeses, las jóvenes en peligro re­cogidas por las Hijas de la Providencia, las huér­fanas de la Srta. L’Estang, las arrepentidas de Santa Magdalena, las pequeñas escolares de las Hijas de la Cruz y, sobre todo, los afectados por la desolación producida por las inacabables gue­rras de la época.

La guerra o, mejor, las guerras, forman parte del horizonte nacional e internacional en que se desarrolló la vida entera de Vicente. Desde el es­tallido de la guerra de los treinta años en 1618 has­ta la paz de los Pirineos de 1659, Francia -y con ella una buena parte de Europa- vivió en perma­nente estado de guerra. Pero hay que destacar dos períodos principales: 1636-1639, con ocasión de la ocupación de Lorena por las tropas impe­riales, y 1650-1664, por el estallido de la Fronda y la prolongación del conflicto franco-español, que tuvo su principal escenario en las regiones nor­teñas de Francia de Champaña y Picardía. Eran guerras crueles, en que no se respetaban los de­rechos más elementales. La población civil, ade­más de las privaciones propias que imponía la situación bélica, tenía que sufrir el pillaje de los soldados de uno y otro bando, que rivalizaban en crueldad hacia los campesinos en su ansia de bo­tín o, simplemente, de víveres, ya que las tropas tenían que vivir sobre el terreno. El hambre se aba­tía sobre las regiones afectadas con caracteres apocalípticos y a ella se sumaba la peste, que diezmaba las poblaciones. La acción de Vicente abarcó todos los aspectos. Montó oficinas para la asistencia a los desplazados y la recaudación de fondos, organizó el envío de víveres, ropa y he­rramientas a las zonas devastadas. Repartió dinero entre los expoliados. Creó equipos de enterra­dores que limpiaran de cadáveres los campos de batalla. Envió Hijas de la Caridad a los hospitales de campaña. Puso en marcha un servicio de información para dar a conocer a la opinión pública y, sobre todo, a las clases pudientes, los estra­gos de la situación. Ejerció su influencia personal para obtener de los gobernantes medidas que devolvieran la paz a la martirizada nación. Todo ello le valió que varias de las poblaciones asisti­das le proclamaran «Padre de la Patria».

Veinte años de realizaciones (1633-1653). Em­presas eclesiales

La notoriedad adquirida por Vicente gracias a sus múltiples empresas apostólicas y caritativas dieron a su figura dimensiones nacionales. Las al­tas esferas del poder político y eclesial se inte­resaron por el ya prestigioso sacerdote y se ase­guraron su colaboración. El Cardenal Richelieu empezó a consultarle en 1638 sobre los candi­datos al episcopado. La reina Ana de Austria le llamó en 1643 junto al lecho de su esposo ago­nizante, Luis XIII, para que le ayudase a bien mo­rir y, al inaugurar su regencia, lo tomó por confe­sor y lo hizo miembro del Consejo de Conciencia, organismo asesor del soberano en los asuntos eclesiásticos y, especialmente, en el nombra­miento de obispos. Figuraba en él junto a Maza­rino y, según decía el mismo Cardenal, con más influencia que él en los nombramientos. Huma­namente, en esos momentos alcanzó Vicente la plenitud de su carrera. La alcanzó también en su vocación de reformador de la Iglesia de Francia, hasta el punto de que un autor contemporáneo dice de él que el Rey había puesto la Iglesia en sus manos. Una pléyade de nuevos obispos, aba­des, canónigos, beneficiados, párrocos y vicarios empezó a ocupar los puestos claves de la ma­quinaria eclesial, llevando a todas partes el espí­ritu de reforma. Tanto más cuanto muchos de los recién nombrados continuaban manteniendo con Vicente relaciones estrechas y consultándo­le sobre los problemas que encontraban en el de­sempeño de sus oficios. Igualmente notable fue su influencia en la reforma de las órdenes reli­giosas, en la represión de los escándalos públi­cos -blasfemia, duelos, libros perniciosos- y en la oposición al progreso de la herejía.

En asuntos estrictamente políticos, Vicente no intervino. Su acción en ese terreno se limitó a propiciar soluciones pacificadoras de los con­flictos. Así, en 1640, se postró delante de Ri­chelieu para pedirle que diese la paz a Francia y en 1649, ante el problema de la Fronda, le sugi­ rió a Mazarino que, cual otro Jonás, se arrojase al mar, es decir, dimitiese, para calmar la tem­pestad, consejo que, naturalmente, el poderoso cardenal se guardó bien de seguir y que le valió a Vicente su declarada hostilidad.

En cambio, en la lucha contra el Jansenismo, Vicente desempeñó un papel de primer plano. El Jansenismo debe su nombre a un sacerdote fla­menco, Cornelio Janssen o «Jansenio», futuro obispo de Ipres. Durante sus estudios en la Sor-bona de París, Jansenio trabó amistad con Jean Duvergier de Hauranne, descendiente de una im­portante familia de Bayona, que ha pasado a la his­toria con el sobrenombre de Abad de Saint Cyran. Saint Cyran y Jansenio convivieron durante siete años en el dominio familiar del primero, intensa­mente dedicados al estudio de la Sagrada Escri­tura y los Santos Padres. El resultado de sus cavilaciones fue una nueva teoría sobre las rela­ciones entre la naturaleza y la gracia bastante próxima a las tesis calvinistas y que tenía como consecuencia un extremado rigorismo moral y desmesuradas exigencias para la recepción de la eucaristía y la concesión de la absolución sacra­mental a los pecadores. Los discípulos de Saint Cyran llevarían estas consecuencias hasta el últi­mo extremo, lo que daría lugar a ruidosas contro­versias sobre la comunión frecuente. Vicente ha­bía sido también amigo de Saint Cyran. Durante algún tiempo compartieron incluso el alojamiento y llegaron a hacer bolsa común. Pero Vicente no siguió a su amigo cuando éste emprendió un ca­mino equivocado. Le separaban de él ideas bási­cas y el concepto mismo de Iglesia. Vicente, evangelizador de los pobres, no podía estar de acuerdo con la práctica jansenista seguida por Saint Cyran y su partido de exigir la contrición y el cumplimiento de la penitencia antes de conce­der la absolución sacramental. Un inicio de ruptura se produjo en una tormentosa entrevista celebra­da en 1637, al intentar Vicente avisar a su antiguo amigo de los rumores que corrían sobre él de sos­tener opiniones y prácticas opuestas a la doctrina de la Iglesia. Saint Cyran acabó tachando a Vi­cente de ignorante y diciéndole que se maravilla­ba de que su Congregación le aguantase como su­perior. Ello no obstante, Vicente se mantuvo por entonces fiel a la vieja amistad y cuando Richelieu hizo detener a Saint Cyran encerrándole en el cas­tillo de Vicennes y emprendió su procesamiento. Vicente, citado como testigo, eludió toda palabra de condena, recurrió a evasivas cuando se le in­terrogó sobre puntos concretos y trató de inter­pretar en sentido ortodoxo las afirmaciones más sospechosas atribuidas a Saint Cyran. El proceso no llegó a su conclusión por la muerte de Riche­lieu en 1642 y la subsiguiente excarcelación de Saint Cyran decretada por Mazarino a su acceso al poder. También Saint Cyran falleció poco des­pués {1643) y entonces se abrió una nueva fase de la controversia. La publicación en 1640 del Au­gustinus, la obra capital de Jansenio, y la activa campaña que los discípulos de Saint Cyran, lide­rados por el famoso Antonio Arnauld emprendie­ron para propagar ideas suyas como la de las dos cabezas de la Iglesia e imponer sus prácticas dis­ciplinares, en particular su rechazo de la comunión frecuente señalaron el comienzo de las hostilida­des. Vicente, libre de las trabas que hasta enton­ces le habían puesto consideraciones de amistad personal, tomó sin vacilaciones, como miembro del Consejo de conciencia y como particular, el parti­do contrario. En el terreno práctico, que era el suyo, fue el líder indiscutible del movimiento an­tijansenista y el promotor infatigable de la apela­ción a Roma y de la condenación por ésta del libro y las ideas de Jansenio. Escribió cartas acla­ratorias, recabó firmas de obispos y otras perso­nalidades para solicitar la intervención romana, financió y orientó a la delegación que con este ob­jeto se trasladó a la ciudad eterna. Algunas de las más importantes reuniones destinadas a planear la estrategia de la lucha antijansenista se celebra­ron en su casa de San Lázaro y bajo su presiden­cia. Fue entonces cuando, en contraste con sus reticencias en el proceso de 1639, declaró: «el señor de Saint Cyran… ni siquiera creía en los Con­cilios». Cuando el 9 de junio de 1653 se promul­gó al fin la condenación de Jansenio, Vicente re­cibió y comunicó la noticia con alborozo y grandes sentimientos de gratitud al Señor por haber libra­do a su Iglesia de tan perniciosa herejía. La lucha antijansenista es, en cierto sentido, la culminación de la vocación vicenciana. El triunfo del Jansenis­mo hubiera dejado sin sentido todo el esfuerzo vi­cenciano por acercar la religión a los pobres y for­mar un clero bien entrenado en la administración de los sacramentos. La reforma de la Iglesia fran­cesa, tan animosamente emprendida por un gru­pito de hombres de buena voluntad entre los que sobresalía Vicente, hubiera entrado en un callejón sin salida o se habría reducido a un tardío remedo de la reforma protestante. Y no olvidemos que, pa­ra colocar a Vicente de Paúl, en el papel histórico que le corresponde, hay que ver en él, por enci­ma de cualquier otra consideración, un reformador de la Iglesia. Reducirlo a un mero filántropo, pre­ocupado solamente de la suerte material de los me­nos favorecidos es empequeñecerle.

La lúcida ancianidad (1653-1660)

En 1653, a los setenta y tres años de edad, Vicente había coronado felizmente sus principales empresas. Se internaba en una ancianidad peno­sa en lo fisiológico, pero lúcida y laboriosa. Aun­que cesado por Mazarino en el Consejo de conciencia, continuó ocupándose de mejorar a la Iglesia y, sobre todo de ultimar los detalles de la institucionalización de sus fundaciones. En 1655 consiguió del Papa Alejandro VII la aprobación de los votos de la Congregación de la Misión y en 1658 distribuyó a sus misioneros, impresas, las Reglas Comunes de la Compañía que luego les explicó punto por punto en las conferencias o plá­ticas que semanalmente dirigía a la comunidad y que constituyen su verdadero testamento espiri­tual. Lo mismo hizo con las Hijas de la Caridad. Se negó en cambio a hacerse cargo del Hospital Ge­neral creado por el gobierno para encerrar a los mendigos. Vicente era enemigo de las medidas de fuerza: «la coacción puede ser un obstáculo a los planes de Dios». Su propósito no había sido nun­ca suprimir artificialmente la mendicidad y menos aún, ocultarla sin remediarla. Entre las satisfac­ciones recibidas en sus últimos años figuran la gran misión de Metz, predicada por los sacerdo­tes de las Conferencias de los Martes con el ase­soramiento de sus misioneros y la de ver cómo el Papa hacía obligatorios en Roma los ejercicios a ordenandos predicados en la casa de la Con­gregación de la Misión de Monte Citorio. Las dos obras capitales de Vicente, la misión y la reforma del clero recibían así el más alto de los refrendas.

Pero los años avanzaban irremediablemente y la salud de Vicente se resentía. Diversas enfer­medades la habían minado a lo largo de su vida. Joven aún, una grave dolencia contraída en casa de los Gondi le había dejado como secuela inter­mitentes hinchazones de las piernas que en oca­siones le impedían andar. Hacia 1620 empezó a padecer una fiebre periódica -mi fiebrecilla, la lla­maba él- que le asaltaba a intervalos irregulares y era posiblemente alguna especie de paludismo. Particularmente graves fueron los ataques que padeció en 1644 y 1649, hasta el punto de que se temió seriamente por su vida, Su última enfer­medad puede decirse que comenzó en 1656, con fiebres altísimas e inflamación de la parte inferior de las piernas, hasta la rodilla. Para colmo de ma­les, a primeros de 1658 padeció un accidente al romperse una ballesta de su carroza, que volcó. Vicente recibió una fuerte contusión en la cabe­za. Poco después se le declaró un absceso en un ojo, que le producía atroces sufrimientos. A los dolores físicos se sumaron los padecimientos mo­rales. En el curso del último año de su vida vio de­saparecer uno tras otro a sus más íntimos cola­boradores: Alano de Solminihac, el celoso obispo de Cahors, compañero de armas en la lucha con­tra el Jansenismo y en otras muchas empresas; Antonio Portail, su primer discípulo y compañero de misión; Luisa de Marillac, la cofundadora de las Hijas de la Caridad; el abad de Chandenier, infati­gable valedor de Vicente mediante su conexiones con las altas esferas de la nobleza y de la Iglesia… Vicente lo sufrió todo sin una sola queja. Su es­tado se agravó aún más en los primeros meses de 1660. Ya no le fue posible salir de su habitación ni siquiera para celebrar la santa misa. La muerte sobrevino el 27 de septiembre de ese año, a las cinco menos cuarto de la mañana, sentado en un sillón junto a la chimenea y rodeado de sus hijos espirituales que, solícitamente, se turnaban para cuidarle y sugerirle piadosas jaculatorias. An­tes de morir bendijo, a petición de los presentes, todas y cada una de sus obras. Su última palabra antes de morir fue el nombre de Jesús. Un testi­go ocular dice que «permaneció bello y más ma­jestuoso de ver que nunca». Había sido la suya una existencia plenamente realizada que, sin embar­go, estaba destinada a producir después de su muerte, sus mejores frutos. De Vicente de Paúl, en efecto, beatificado el 21 de agosto de 1729 y canonizado el 16 de junio de 1737, arranca la po­derosa corriente de espiritualidad conocida como vicencianismo cuyos herederos son, ante todo, los miembros de la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, la comunidad más numerosa de la Iglesia, las asociaciones seglares fundadas por él o bajo su inspiración, como las Voluntarias de la Caridad y las Conferencias de San Vicente de Paúl, pero que pertenece a la Iglesia entera, que por Vicente de Paúl, descubrió una nueva dimen­sión del Evangelio.

Bibliografía

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