El culto a María y la experiencia de Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana, Virgen María0 Comments

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Autor: Andrés Dodin · Año publicación original: 1975 · Fuente: Ecos de la casa madre, 1975.
Tiempo de lectura estimado: 22 minutos

“El modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica es la Virgen María, Reina de los Apóstoles, la cual, mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador; y ahora, asunta a los cielos”, “cuida con amor materno de los hermanos de su Hijo que peregrinan todavía y se ven en peligros y angustias hasta que lleguen a la patria feliz”, (Constitución “Lumen Gen­tium”, cap. VIII, n.° 62.) Hónrenla todos con suma devoción y encomienden su vida apostólica a la solicitud materna de María.”Esta misión primordial de María, Madre de Dios y de los hombres, tan apremiantemente recordada en el Concilio Ecuménico Vaticano II (decreto “Apostolado de los Laicos”, cap. I, n.° 4), no puede dejar indiferentes a los miembros de una ‘Compañía que, desde su origen, se ha colocado bajo la protección de Nuestra Señora.” ¡Ciertamente, es de la familia! podían pensar los espirituales del gran siglo XVII al ver pasar a Vicente de Paúl; ¡pero es un pariente pobre! ” Situados a tres siglos de distancia, estamos prestos a proseguir en tono mayor esta antífona modelada como un lamento. Es un hecho: en el mo­mento en que la vida religiosa francesa se afirmaba con un sorprendente florecer de la devoción a la Virgen María, el P. Vicente caminaba sin que pa­reciese prestar atención especial a la primavera que todo el mundo cele­braba .En las 8.000 páginas de textos que nos recuerda una décima parte de su obra epistolar y oratoria, apenas podemos encontrar 80 pasajes rela­tivos a la Virgen María. Pequeño botín para los historiadores de la espiritua­lidad. ¿Desalentadora recolección para los especialistas en Mariología? Vicente de Paúl no habla de la Virgen más que de pasada, en términos clásicos y con tono moderado.

Su primer biógrafo, Luis Abelly, hombre muy devoto y notorio abogado de la Virgen, hasta el punto de hacerse notar por sus intemperancias ma­rianas, había movilizado todos sus esfuerzos para mostrar que S. Vicente era un fiel muy devoto de la Santísima Virgen. Después de reunir cui­dadosamente todas las “notas” que el secretario de S. Vicente, el Her­mano Robineau, le había proporcionado, no consigue más que el retrato de un cristiano fervoroso que no llega a retener nuestra atención.

“San Vicente, nos dice, ayunaba la víspera de las fiestas de la Virgen, en el oficio de las solemnidades, utilizaba las antífonas de la Santísima Vir­gen, para orar en las asambleas, rezaba el Angelus de rodillas, visitaba y hacía visitar las iglesias de la Madre de Dios, y ponía las cofradías bajo su pro­tección.”

¿Consistiría la originalidad de San Vicente en no ser original en un mo­mento en que muchos de sus contemporáneos lo eran, al parecer, sin es­fuerzo?

Esta constatación hace surgir múltiples preguntas que agitan e inquietan la conciencia de un historiador de la vida religiosa. ¿Cuál ha sido la naturaleza y la calidad de la influencia ejercida por una espiritualidad tan empobrecida y “desmarializada”? ¿Existe un lazo entre la piedad vicenciana y la piedad mariana suscitada por las apariciones de la calle del Bac, en 1830, estimulada periódicamente por el ejercicio de la “novena”?

A estas preguntas concretas, cuya importancia no se esconde a nadie, sólo se pueden dar respuestas válidas con una condición: tomar de nuevo en las manos, valientemente, todo el “dosier” de la causa, leerlo y examinarlo con los ojos y el alma de Vicente de Paúl.

La devoción mariana en tiempos de Vicente de Paúl

Aunque es evidente conviene repetir para facilitar una serena compren­sión, que las ideas y los dogmas no se transmiten por el árido camino de las puras ideas. Su caminar y su influencia dependen fundamentalmente del ropaje de imágenes con que se las envuelve y de la afectividad que las anima.

Al alborear el siglo XVII, es evidente que la mayor parte de las mani­festaciones del culto mariano católico están marcadas más o menos por un “sentimiento de reacción”, por un deseo de afirmación frente a los juicios poco benévolos que, los seguidores de la “religión reformada” habían emi­tido sobre la Virgen María y su culto. Desconocer esta secreta animosidad y olvidar este legítimo deseo de justificación, nos impediría captar los resortes a veces muy poderosos de ciertas devociones marianas.

Destaquemos, pues, cuatro notas que caracterizan la originalidad de la vida mariana de ese gran siglo.

Devoción mariana, gubernamental y nacional. Disposiciones de Luis XIII

En los momentos en los que Richelieu reforzaba imperiosamente la uni­dad del reino de Luis XIII, y en el transcurso de aquel “terrible año” que vio a los imperiales estrellarse hasta Pontoise, el primer ministro sugirió al rey que hiciera un voto para obtener la protección de la Virgen María.

En París se ruega a Dios, en todos los conventos, escribía él, para conseguir el triunfo de las armas de su Majestad. Pensamos que si, a su Majes­tad, le pareciera bien hacer un voto a la Santísima Virgen antes de que los ejércitos entraran en batalla, sería muy a propósito. No se pretende que sea un voto difícil de cumplir. Las devociones que se hacen ahora en Nuestra Señora de París son muy grandes; si le parece a su Majestad, podría ofrecer una hermosa lámpara y hacer que la mantengan encendida perpetuamente, ésto será suficiente, y yo me encargo de todo lo necesario a este respecto. Intensificar la devoción de la Santísima Virgen sólo puede producir buenos efectos.

El proyecto se fue retrasando y sólo a principios del año 1638, Luis XIII anunció su confirmación, por unas cartas patentes con fecha de 10 de febrero. Tras hacer alusión a numerosas gracias recibidas en el transcurso de su reinado, el rey afirmaba:

“Por esta razón, hemos declarado y declaramos que, tomando a la San­tísima y Gloriosa Virgen María por protectora especial de nuestro Reino, le consagramos de manera particular nuestra persona, nuestro Estado, nuestra corona y nuestros súbditos, suplicándole que nos inspire una conducta tan santa y defienda con tanta solicitud el reino contra el ataque de todos los enemigos, que, ya sufra el azote de la guerra, o ya goce de las dulzuras de la paz —que pedimos a Dios de todo corazón— el reino no se aparte del camino de la gracia que conduce a la gloria.”

“Y a fin de que la posteridad no pueda dejar de cumplir nuestro deseo referente a ésto, haremos construir nuevamente, como monumento y signo inmortal de la consagración presente, el gran altar de la catedral de París, con una imagen de la Virgen que tendrá entre sus brazos a su Hijo bajado de la Cruz; a los pies del Hijo y de la Madre estaremos representados como ofreciéndoles la corona y el cetro.”

La piedad de Ana de Austria

La reina Ana de Austria, menos comprometida en los negocios del Estado, era muy amiga de peregrinaciones que, a veces, efectuaba… por un interme­diario. Había movilizado al Hermano Fiacre Antheaume, a quien nombró lugarteniente y, podríamos decir, vicario general en devoción mariana. Ya, el 7 de febrero de 1638, Luis XIII había pedido al Hermano Fiacre que hicie­ra una peregrinación a Notre-Dame de Gráce. En 1644, Ana de Austria hizo llamar al Hermano Fiacre y lo envió a Notre-Dame de Gráce a llevar un cuadro que representa al joven delfín, Luis Dieudonné, ofreciendo a la Virgen su corona y su cetro. En 1647, lo llama de nuevo y le pide que vaya en pere­grinación a Chartres para obtener la curación del joven rey (noviembre 1647). No había transcurrido un mes, cuando la reina regente, delega una vez más en su vicario y le pide que vaya a Chartres a rogar por la paz. Nueva demanda en 1649 y más tarde en 1658, efectuando una doble peregrinación a Chartres y a Loreto. Entre tanto, la reina regente ,en la Iglesia de los Agustinos, había erigido la cofradía de Nuestra Señora de los Siete Dolores, el 24 de mayo de 1657.

Por tanto, durante más de un cuarto de siglo, las consagraciones públicas y las peregrinaciones pedidas o patrocinadas por la familia real, manifestaron púbicamente la confianza que los poderosos de este mundo tenían en la Virgen María.

El desarrollo teológico

La actividad de los teólogos no descansa; es menos espectacular, pero más duradera. Van armonizando las líneas fundamentales de la Mariología. Si bien los mejores servidores de María, como San Bernardo, habían va­cilado en reconocer la Inmaculada Concepción, la Asunción, la Mediación universal, son numerosos los teólogos que, en el transcurso del si­glo xvi, contribuirán al progreso y a la formulación de los futuros dog­mas. Los Padres del Concilio de Trento, al tratar del pecado original, habían reservado expresamente la cuestión de la Concepción de la Virgen María.

Entonces es cuando los teólogos no se contentan con afirmar de paso esta opinión teológica, y elaboraron un sistema coherente de explicación, inten­tando conciliar la universalidad de la Redención con la preservación de Nuestra Señora, gracias a un estudio profundo de la noción de “deuda” del pecado original en la Virgen María. Índice de progreso muy claro en los espíritus es la aceptación formal de la fiesta de la Inmaculada Concepción por la Iglesia romana, y Luis XIII incluso llega a solicitar que sea fiesta obligatoria para toda la Iglesia universal. Numerosas universidades tomaron posición también en favor de la Inmacu­lada Concepción, fundadores y reformadores de Ordenes de fines del siglo XVI y principios del XVII explicitaron particularmente sus afirmaciones. Tales como Santo Tomás de Villanueva (muerto en 1555), San Carlos Borromeo (muerto en 1584) y San Francisco de Sales (muerto en 1622). Este último llega a fundar en Annecy una cofradía de la Inmaculada Concepción y sus bellas páginas del “Tratado de Amor de Dios” extenderán esta creencia en todos los espíritus cultivados. Isambert y el buen señor Duval afirman, por su parte, que si la doctrina no es de fe, debe, sin embargo, ser admitida por todos.

La literatura espiritual

Pero, lo que llama más la atención y atestigua una movilización general de la sensibilidad, es la propagación de las cofradías de la Virgen y del Rosario, por una parte, y, por otra, la sorprendente literatura religiosa cen­trada en la Virgen María. Maracci Hipolyte, en su “Biblioteca Mariana”, aparecida en Roma en 1648, no menciona menos de unos 3.600 autores y 6.000 obras impresas o manuscritas sobre la Virgen María. Su “Polyanthea Mariana” (1.a edición en 1683; 2.” en 1694), añade, en su última edición de 1727, un millar de autores que no se habían mencionado en la “Biblioteca Mariana”. En esta enorme producción no todo es de la misma calidad y según las observaciones pertinentes de Charles Flachaire, hay que distinguir dos corrientes que parecen oponerse, pero que mutuamente se completan.

  • Por una parte, una escuela que podríamos llamar teológica. Su centro de inspiración radica en el Oratorio del Padre de Berulle, cuenta con autores de primera categoría que son los formadores de la generación del gran siglo: el P. Gibieuf, J. J. Olier, San Juan Eudes, este último destacadísimo por el culto particular al Corazón Inmaculada de María. Esta corriente de piedad especulativa sitúa a la Virgen como la prolongación de Jesús. “Ve a María en Jesús, y busca a Jesús en María”. Incluso el P. Olier, iniciando una teoría de la mediación mariana, enseña que Jesús permanece en María no sólo para santificarla, sino también para santificar por ella a los demás miembros del Cuerpo místico. La oración “Oh Jesús, que vives en María”, tan querida a la piedad de Olier, resume las doctrinas berullianas que tienden a trans­formar al cristiano en Cristo.
  • La otra corriente, más antigua, puede atribuirse a San Bernardo. Su aire es más popular, su tonalidad afectiva mucho más intensa. Está alimen­tada principalmente por las obras de un grupo importante de Padres jesuitas y un pequeño número de PP. Capuchinos. Con el fin de hacer la piedad más accesible a todos, estos autores no dudan en simplificar y en “detallar” la devoción. Digamos incluso que el lector católico del siglo xx se encuentra un poco a disgusto después de leer las obras de los PP. Barry, Binet, Ponré.

La promoción religiosa de la mujer

Pero un hecho humano fija la atención sobre la vida y prerrogativas de la Virgen María: es la importancia creciente que tomó la mujer en la socie­dad en la mitad del siglo XVI. La mujer cristiana, seglar o religiosa, está consiguiendo sus cartas credenciales de forma regular en la organización visible de la Iglesia. Alcanza una importancia de primer orden en la reforma católica y en las nuevas fundaciones. Mencionemos a Santa Teresa de Avila, Acarie, Sainte Beuve, Juana de Chantal, Luisa de Marillac, Angélica Arnaul, María Rousseau, etc.

Además, el extraordinario desarrollo de los Institutos femeninos nos per­mite valorar la amplitud del terreno conquistado. En 1668, las Carmelitas llegadas a Francia el 15 de octubre de 1604, abren su 63 monasterio. Las Ursulinas contaban con 350 casas y 9.000 religiosas. La conciencia cristiana se veía así invitada a descubrir un tipo nuevo de mujer cristiana y a espiri­tualizar las relaciones entre Adán y Eva, iluminándolas en Cristo, nuevo Adán, y en María, nueva Eva.

Culto y devoción mariana de Vicente de Paúl

Sus primeras experiencias sacerdotales nos proporcionan dos indicaciones que nos deben llevar a no fiarnos de las apariencias.

El 23 de agosto de 1617, cuando San Vicente erige la cofradía de la Cari­dad de Chatillon-les-Dombes, escribe de su puño y letra el borrador de regla­mento, indicando claramente:

“Ya que a la Madre de Dios se la toma por patrona de las cosas impor­tantes, no dejará de ir todo bien si las Damas de dicha Cofradía toman a la Santísima Virgen por patrona y protectora de la obra y le suplican muy humildemente que cuide de ella de un modo especial, para que redunde en gloria de su Divino Hijo.”

Algún tiempo después, en el mes de noviembre, indica la manera de asistir y de alimentar a los enfermos. La sierva de los Pobres, “hará que los enfer­mos se laven las manos” y “dirá el Benedicite. Luego invitará al enfermo, con mucha caridad, a que coma, por amor a Jesús y a su Santa Madre”.

Sin duda, San Vicente, va también de peregrinación y aconseja a sus hijas esos desplazamientos religiosos, que considera unas veces como exploracio­nes de la voluntad divina y otras como signos externos de un salir de sí mismos a fin de ponerse de nuevo bajo la bondad y la omnipotencia de Dios.

Devoción y sensibilidad en Vicente de Paúl

Sin embargo, su devoción mariana no se agota en fundamentos estériles. Arraigándose en lo más profundo de su alma, orienta sus fuerzas espirituales, da un brillo particular a su sensibilidad religiosa, garantizando a su vitalidad una virtud singular de renovación. Este hombre, que no aspira más que a consumirse trabajando por el servicio de los pobres, se siente misteriosa­mente atraído por el silencio y la modestia de la Santísima Virgen.

“La Santísima Virgen tenía tan gran modestia y pudor que, aunque la saludaba un ángel para ser Madre de Dios, sin embargo, su modestia fue tan grande que se turbó, sin mirarlo.”

A las Siervas de los Pobres, San Vicente no ofrece otro modelo que el de la Santísima Virgen, con su piedad, su paz y su entrega silenciosa.

“La Santísima Virgen salía por las necesidades de su familia y para aliviar y consolar a su prójimo; pero era siempre en la presencia de Dios, y fuera de eso, permanecía siempre tranquila en su casa, conversando espiritual­mente con Dios y con los ángeles” (18-8-1647).

Ese silencio, lo sabe muy bien, es mucho más elocuente que toda palabra. María es “la que habla por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar”. Dios no necesita nuestras palabras. Sin necesidad de hablar El nos comprende muy bien; ve todos los resortes de nuestro corazón, y conoce todos nuestros sentimientos hasta los más insignificantes.

Santa Juana de Chantal, en el transcurso de su oración, detallaba minu­ciosamente la cara de la Virgen; contemplaba “sus ojos puros”, “su boca abierta para alabar a Dios”. Vicente de Paúl se vuelve también hacia el rostro de María, pero la contempla como imagen mediadora. Por ella puede captar en las personas todo lo que no se ve, todo lo qu Dios contempla también, todo lo que un amor sobrenatural discierne y puede maternalmente hacer florecer. Y, por tres veces, San Vicente menciona que, en la visible imagen del señor y de la señora de Gondi, contemplaba la invisible imagen de Jesús y de María.

San Vicente rechaza las pequeñas recetas y las prácticas fáciles

Con aires inocentes y maniobras industriosas, el arsenal de la devoción puede rápidamente enmascarar e incluso ahogar el espíritu y la vida del alma. Tan fácilmente los pequeños medios pueden convertirse en un fin. Es curioso ver al apóstol ,y publicista del “pequeño método”, al infatigable redactor de “pequeños reglamentos” proclamar el carácter relativo de los métodos de oración y para persuadir de ello a sus auditores y auditoras, insistir en sus diversidades. A fin de cuentas no duda en elogiar una oración de simple presencia y sin método alguno.

Luisa de Marillac se propone honrar a Nuestro Señor por medio de 33 actos en honor de la santa Humanidad del Hijo de Dios. Confía a San Vicente su deseo de utilizar “una práctica” respecto a la Virgen María. Y su director de conciencia le responde:

“En cuanto a los 33 actos en honor de la Humanidad santa del Hijo de Dios y los otros de que me habláis, no os acongojéis cuando faltéis a ellos. Dios es amor y quiere que se vaya a Él por amor. No os creáis obligada a todos esos buenos propósitos… La práctica hacia la Virgen María me com­place, con tal que procedáis en ella con suavidad.”

Henos aquí, seguros de nuevo: las obras de Paul de Barry, “El Paraíso abierto a Philagio por cien devociones a la Madre de Dios”, “Las santas intenciones de Philagio” no son sus libros de cabecera. Sin decir palabra, piensa como Blas Pascal: “Cada una de esas devociones, ¿basta para abrir el cielo? …El P. Barry responde a esto, pero ¿quién responderá al P. Ba­rry…?”

Estamos aquí en las fronteras de la superstición, y de la ilusión. Vicente de Paúl se preocupa por ello:

“Conoceréis que en tal o cual cosa existe superstición, cuando hay que hacerlo tantas veces, en tal y tal tiempo, que hay que decir estas palabras exactas, mezclar ciertas yerbas las unas con las otras, hacer las cosas en presencia de tales o cuales personas de tal edad, o de tal calidad. Concluya­mos que todo esto es ilusión.”

Rehusar la exteriorización

Conviene velar sobre esta suerte de desviaciones que hacen olvidar a Dios. Nada más fácil que contentarse con imaginaciones y sentimientos grandes. No llegar hasta los actos que autentifican el amor de Dios es desviarse peli­grosamente.

Desde muy pronto, Vicente de Paúl desconfía de las manifestaciones de­masiado llamativas de la religión popular. Se sabe que quiso evitar las “fies­tas profanas que rodean la celebración de las primeras Misas”.

Desde 1635, pide a sus Misioneros “huir la pompa y el aparato extraor­dinario en las procesiones y en las comuniones de la juventud”.

“Todo eso no es más que humo, declara San Vicente, que piensa que lo sensible se encuentra por todas partes y no solamente en la búsqueda de la estima del mundo, de las riquezas y placeres, sino también en las devo­ciones, en las acciones más santas, en los libros, en las imágenes; en una palabra, se introduce en todo…”

Lo espectacular y lo teatral “le ponían malo”. Muchos maestros del si­glo xvii multiplicaban los exorcismos. Con gran disgusto por su parte dio su consentimiento para que el P. Charpentier hiciese a Mlle. d’Atri “algunos exorcismos secretos”.

En el púlpito hay que predicar, pero no desafiar, y menos aún argumentar o batallar:

“Ha sido preciso que Nuestro Señor haya prevenido con su amor a los que El quería que creyesen en El. Hagamos lo que hagamos no se creerá jamás en nosotros si no damos testimonio de amor y de compasión a los que queramos que crean en nosotros… Si obráis de esta suerte, Dios bendecirá vuestros trabajos… si no, no haréis más que ruido y fanfarria, y muy poco fruto.”

“Nada de fanfarrias, nada de bordar las cosas.”

Fuentes de una verdadera devoción Mariana

Estas precauciones generales y constantes permiten a Vicente de Paúl mantener apaciblemente su mirada sobre lo que juzga esencial en la vida y misterios de la Virgen María. Ellas también nos permiten comprobar que su devoción a la Santísima Virgen no es algo accesorio y sobreañadido al culto de la Santísima Trinidad y al Verbo encarnado, sino que es una dis­posición fundamental de su ser.

Forma parte de su piedad más íntima y armoniza y vivifica su experiencia por completo.

Tres privilegios, tres misterios de María son objeto de su meditación constantemente:

  • la Inmaculada Concepción,
  • la Anunciación,
  • la Visitación.

Es muy revelador que estos tres misterios llegaran a ser como el tram­polín, la letra y el espíritu de las tres actitudes fundamentales que caracte­rizan su marcha hacia una vida de unión con Dios.

La Inmaculada Concepción y las exigencias divinas

La Bula de erección de la Congregación de la Misión (Bula “Salvatoris nostri”, con fecha 12 de enero de 1633) declaraba que

“los miembros de la Congregación de la Misión debían honrar especial­mente a la augusta Trinidad, el misterio de la Encarnación, y venerar a la bienaventurada Virgen María”.

San Vicente, recordando estas obligaciones y este compromiso, en el capí­tulo X de la Regla de los Misioneros, indicaba la manera concreta de ser fiel a las indicaciones de la Santa Sede:

  • Primeramente, hacer todos los días, y con devoción particular, algún obsequio en honor de la Madre de Dios y nuestra.
  • En segundo lugar, imitar lo más posible sus virtudes, particularmente su humildad y castidad.
  • Tercer lugar, exhortar vivamente a los demás, todas las veces que podamos, a fin de que la honren y sirvan como ella se merece.

Presenta después los misterios de la Santísima Trinidad, Encarnación, Eucaristía, como sacramento y sacrificio, y el texto que concierne a la Virgen María, como ejemplo de humildad y castidad; y también alude a las dispo­siciones esenciales que permiten aceptar y recibir a Dios en sí.

  • humildad,
  • castidad.

Para Vicente de Paúl, la humildad no consiste sólo en palabras y actos; es más bien una actitud de todo el ser que se presenta ante Dios, reconocién­dose miserable y pecador, y que trata de vaciarse de sí para llenarse de Dios. Vicente de Paúl distingue en la Inmaculada Concepción un privilegio que expresa clara e infaliblemente eso que Dios pide a una criatura de “despren­dimiento” y de “pureza”, de “humildad y castidad”, para que pueda recibirle y unirse a Él. Dios ha hablado con actos; basta ver y leer con los ojos de la fe.

“Dios previno, pues, que era preciso que su Hijo tomase carne humana por medio de una mujer digna de recibirle, mujer ilustre por sus gracias, vacía de pecado, llena de piedad, alejada de los malos afectos. Puso ante sus ojos a todas las mujeres que debían ser y no encontró a otra digna de tal obra sino a la muy pura y muy inmaculada Virgen María. Por eso dispuso desde toda la eternidad disponerle este alojamiento, adornarlo con los más raros y más dignos bienes que pueda tener una criatura, a fin de que fuese templo digno de la divinidad, un palacio digno de su Hijo”.

Y Vicente de Paúl saca inmediatamente la conclusión moral que se refiere al tema de su sermón: la comunión sacramental exige una preparación que debe inspirarse en la preparación que Dios efectuó en la Virgen que debía recibir a su Hijo:

“Si la previsión eterna lanzó su mirada tan lejos para descubir el recep táculo de su Hijo, y, una vez descubierto lo adornó con todas las gracias que pueden embellecer a una criatura, como lo declaró por medio del ángel al que envió como embajador, ¡con cuánta más razón debemos prever el día y la disposición que se requiere para recibirle! Por otra parte, ¡cuán cuida­dosamente debemos adornar nuestra alma con las virtudes requeridas por este gran misterio y que la devoción nos pueda proporcionar!

A propósito de la comunión sacramental que es la recepción fundamental, indicada por excelencia, San Vicente dice a las Hijas de la Caridad:

“Recurrid a la Santísima Virgen, pidiéndole que os obtenga de su Hijo la gracia de participar de su humildad, que le hizo llamarse esclava del Señor, cuando fue elegida para ser madre suya. ¿Qué es lo que movió a Dios a fijarse en la Virgen? Nos lo dice ella misma: “Fue la humildad” (S. V. 14 de julio de 1658).

Después, prosigue en forma de oración:

“Santísima Virgen, que dijiste a todo el mundo en tu cántico que la humil­dad es precisamente la causa de tu gloria, obtén para estas jóvenes que sean como Dios les pide, adórnalas de tus virtudes. Tú eres madre y virgen al mismo tiempo. Ellas son también vírgenes. Ruega entonces a tu Hijo, por las entrañas de tu vientre, en dónde El estuvo alojado nueve meses, que nos conceda esta gracia” (julio 1658).

La Virgen-Madre está perfectamente acordada con Jesús porque participa de su espíritu que es amor al Padre, estima, reverencia y humildad.

La Anunciación y Unión con Dios

El segundo misterio, la Anunciación, va a permitir que se manifieste un segundo aspecto de la vida religiosa. La humildad prepara y sostiene la ofrenda a Dios.

Esa ofrenda supone un perfecto conocimiento y un exacto agradecimiento hacia Dios. Dios, por mediación del Angel Gabriel, nos lo recuerda, y sería una lástima no retener la enseñanza que Dios nos da con la palabra y el ejemplo.

“Hay que reconocer la esencia y existencia de Dios y tener algún conoci­miento de sus perfecciones antes de ofrecerle algún sacrificio; ésto es natural, porque, ¿a quién ofrecéis vuestros presentes?; a los grandes, a los príncipes y a los reyes; a esos es a quienes rendís vuestro homenaje. Tan cierto es ésto que Dios observó este mismo orden en la encarnación. Cuando el Angel fué a saludar a la Santísima Virgen, empezó por reconocer que estaba llena de las gracias del cielo: Ave, gratia plena: Señora, estás llena y colmada de los favores de Dios; Ave, gratia plena. Así lo reconoce y la alaba como llena de gracia. ¿Y qué hace luego? Aquel hermoso regalo de la segunda persona de la Santísima Trinidad; el Espíritu Santo, reuniendo la sangre más pura de la Santísima Virgen, formó con ella un cuerpo, luego creó Dios un alma para informar aquel cuerpo y a continuación el Verbo se unió a aquel alma y a aquel cuerpo por una unión admirable, y de esta forma el Espíritu Santo realizó el misterio inefable de la encarnación. La alabanza precedió al sacri­ficio” (26 septiembre 1659, a los misioneros).

Sólo los humildes y los pobres conocen a Dios. La verdadera religión se conserva entre los pobres. Los pobres son del orden de Cristo humilde y pobre.

La humildad es la generadora del verdadero conocimiento de Dios y es también generadora del amor verdadero y del don de sí. Para convencerse basta mirar al Hijo de Dios:

“¿Cómo era su amor? ¡Oh, qué amor! ¡Oh, Salvador mío! ¡Qué amor no habéis tenido a vuestro Padre! Hijo por naturaleza, el Verbo, igual a su Padre, no tenía por qué ofrecerse a El; pero Cristo, el Dios-hombre se ofreció para cumplir la voluntad del Padre.”

Cristo y la Virgen, ofreciéndose a Dios Padre, revelan ambos el movimien­to de la verdadera vida y muestran el itinerario a quienes deben continuar la misión de Jesús. Por eso, Vicente de Paúl, ya no podrá realizar directa­mente una actividad, ni dedicarse al prójimo, sin intermediario. El itinerario pasa por Dios y hemos de darnos a Dios para que El nos entregue al prójimo. Invariable en su intención, flexible y variable en sus expresiones, este dis­cípulo de Pedro de Berulle no pierde de vista ese pasar por Dios, y controla escrupulosamente todas sus etapas:

Primero hay que mirar el interés y la gloria de Dios, y después, el interés de la Compañía.

En primer lugar, busquemos el Reino de Dios y su justicia, “como declaró el Hijo de Dios que no buscó su gloria, sino la de su Padre”. Todo lo que hizo y dijo, fue para glorificarle, reservándose únicamente para El la indigencia, el sufrimiento y la ignominia.

Es necesario santificar las ocupaciones buscando a Dios en ellas, y trabajar por encontrarlo en las mismas, antes que por verlas terminadas.

A Cristo, “Regla de la Misión”, le pide humildemente: “Oh, mi buen Jesús, enséñadme a hacerlo, y haced que lo haga.” Seguidamente, dirigiéndose a sus oyentes, les repite incansablemente: “Démonos a Dios para hacer su obra”.

La Visitación y el don de Dios a los hombres

La Visitación, tercera etapa, ¿es también la última fase del movimiento del alma que se une a la acción de Dios? Su apelativo más común es Servicio.

Sabemos que Vicente de Paúl fue el primero en establecer deliberada y definitivamente “una Compañía” de almas consagradas al servicio de los Pobres a domicilio. “Dios ha permitido, decía, que unas pobres jóvenes hayan reemplazado a las Damas.” En adelante, las Hijas de la Caridad serán las Visitandinas de los Pobres, las Visitandinas del mundo.

Esta empresa, un poco espectacular, en realidad, no es más que una de las consecuencias de la concepción de la Caridad sobrenatural que él realiza y proclama. El amor en su plenitud une a Dios y al prójimo, el sacrificio y la oración, el servicio y la contemplación. Tal vez se piense que es una paradoja verbal, un ideal más que una realidad. Ciertamente, no, porque no se trata de una soldadura artificial de principios, efectuada geométricamente por necesidad de una causa. Ni es cuestión tampoco de una prudente alter­nancia o de una dosificación minuciosa de ocupaciones. La unidad rige el principio y el fin.

San Vicente cree profundamente y “ve” que Dios está realmente presente en los Pobres, es decir, en todo hombre que no rehusa hospitalizar en él a Cristo pobre y agonizante. Cree también, e imperturbablemente, que el amor del Padre, expresándose en la misión del Hijo, no es solamente de ayer, sino del hoy de Dios, de siempre. Como consecuencia, a través de los humanos incapaces y pecadores, en los que es difícil reconocer a Cristo, él entrevé a Dios que, sin cansarse, llama a sus hijos, se ingenia para ponerse a su nivel se consume por unirse a ellos. ¿Se equivoca San Vicente? Después de todo, él no es más que una Visitación, la de Dios.

Perspectivas e ideas generales

Este análisis esquemático, que ha reducido la devoción mariana de Vicente de Paúl a la humildad, ofrenda y servicio, no puede pretender dar mil respuesta a las cuestiones enunciadas, preliminares, de nuestro tema: ¿Cuál ha sido, durante tres siglos de tradición vicenciana, la influencia de su experiencia religiosa? Entre esa experiencia religiosa y la piedad mariana llamad de la “Medalla Milagrosa”, ¿existe continuidad o discontinuidad, progresión homogénea o incremento paralelo?

Por lo menos puede garantizar algunos elementos explicativos, y recordar las orientaciones originales.

Experiencia religiosa de San Vicente y tradición vicenciana

En la medida en que los discípulos de Vicente de Paúl fueron atentos a su experiencia, fieles a sus enseñanzas e inspirados por la prudencia, inten­taron, más o menos perfectamente, cumplir un cierto ideal.

Se trataba, en primer lugar, de mantener la unión con Cristo y con su Madre, es decir, de no excluir jamás a su Madre para salvaguardar la tras­cendencia del Hijo, y de no olvidar jamás a Cristo, alejándose de El, para celebrar mejor a la Virgen.

Después, era conveniente mantener y fortificar la vida de piedad alimen­tándola principalmente con las verdades de fe, en especial la de la Inmacu­lada Concepción, la Anunciación y la Visitación. Por eso, instintivamente, eran inducidos a rechazar las aportaciones inciertas de la imaginación o los impulsos incontrolados del corazón.

Finalmente, lo que importaba era asociar la devoción mariana a una vida activa y caritativa, dando a toda la acción su inspiración religiosa por una refe­rencia de espíritu, oración y ofrenda a la Virgen María.

Piedad vicenciana y piedad de la “Medalla Milagrosa”

Una discontinuidad histórica, una naturaleza diferente y una diversidad de estilo, separan, en el primer momento, la piedad vicenciana de la eflores­cencia mariana como resultado de las apariciones de la Virgen a Santa Cata­lina Labouré.

Pero, la aproximación de esos dos “extremos” es, por todos conceptos, fructuosa y vitalizadora.

La piedad mariana de la Medalla, en lugar de alejarse de la devoción vicenciana, la esclarece de modo admirable. Revela una riqueza permanente y fundamental. Después, permite comprender y conservar las diversas rami­ficaciones de la devoción y vida mariana.

En Vicente de Paúl, su piedad mariana, permite “releer” de manera cons­tante el mensaje de Santa Catalina Labouré. Le da un sentido más profundo y le garantiza su verdad religiosa y sus mejores posibilidades futuras. Y ésto, de tres maneras:

  • Primero, uniendo más íntimamente el Mensaje de la Medalla Mila­grosa a la vida de la Virgen María y a la de su mensajera que permanecerá silenciosa, orante y humilde sierva de los pobres.
  • Después, en segundo lugar, llamando la atención más intensamente sobre la presentación dogmática inscrita en el reverso de la Medalla. Para ver bien, decía Vicente de Paúl, hay que dar “la vuelta a la Medalla”. Santa Catalina Labouré decía también: “La cruz y la M dicen bastante”, y, de hecho, es, la unión entre Cristo y su Madre, la gracia y los intermediarios que están allí, humilde y definitivamente grabados.
  • Finalmente, en tercer lugar, recordando que la medalla es un “cate­cismo condensado”, el catecismo de los pequeños, de los humildes y de los pobres, puesto entre sus manos para guardar riquezas imperecederas y siem­pre amenazadas: la gracia y la Cruz, la Encarnación y la Redención.

Vicente de Paúl, un pariente pobre. Sin ninguna duda. Ha hecho todo lo posible por serlo, y es rico únicamente de aquello que oculta. Desde hace tres siglos, enriquece sólo a sus herederos legítimos, quienes, ellos también, ocultos bajo dos especies subsisten con dos condiciones de vida:

  • la de los ricos que, como la Virgen, se consideran pobres;
  • la de los pobres que están ávidos de las riquezas de Dios.

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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