Damas de la Caridad (Vidas ejemplares)

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de CaridadesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Herrera, C.M. · Año publicación original: 1999 · Fuente: Justicia y Caridad 1999.
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asdMargarita de Silly

Era Condesa de Joigny, señora de Folleville y esposa de Felipe Manuel de Gondi, marqués de las Islas de Oro, barón de Montmirail, Dampierre y Villepreux, y general de, las Galeras o de la escuadra de Francia. De piedad angélica y cora­zón de oro, la Condesa se olvidaba a veces de la mansedumbre; mas, al darse cuenta, se arrodillaba ante sus criados y les pedía perdón del trato áspero que les había dado. Sus tres hijos los confió a la educa­ción de San Vicente de Paúl. Y ella misma no tardó en ponerse bajo su dirección. Su principal defecto eran los escrúpulos, pero San Vi­cente se los quitó sacándola de su ensimismamiento y dedicándola a correr por campos y aldeas sembrando limosnas entre sus vasallos más menesterosos a quienes visitaba en sus enfermedades, y presidiendo cofradías campesinas o dotándolas con derechos de portazgos o con generosidades de sus manos siempre abiertas. Ella ofreció a San Vi­cente todas sus tierras para que experimentara entre sus 8.000 vasa­llos sus dos primeras obras: las Misiones y las Cofradías de la Cari­dad. Al efecto dio al Santo, primero, 16.000 libras y luego, 45.000, para que con otros compañeros, recorrieran todas sus tierras cada cin­co años, dando misiones gratuitas y predicando la necesidad y práctica de la confesión general. Tal fue el origen de la Congregación (k. la Misión, o de los PP. Paúles.

La Señora de Gondi iba delante de ellos allanándoles el terreno con sus limosnas, con sus consejos y visitas a los enfermos, con sus esfuerzos en arreglar los procesos y desterrar las enemistades. Después de la misión, al inscribirse las señoras en las Cofradías, ella era la primera en dar su nombre y su limosna. Así en Villepreux, Hillevi Ile, Pallart, Serevillers, Montmirail, etc. Algunas de estas Cofradías eran presididas por ella, y desde Montmirail vigilaba las demás. Margarita de Silly, después de haber visto nacer la Con­gregación de la Misión el 17 de abril de 1625, se fue al cielo el 23 de junio del mismo año a seguir amando allí a Dios y a sus pobres, sobre quienes siguió derramando sus beneficios a través de las Mi­siones y de las Cofradías que ella, tan espléndidamente, dotara.

Genoveva Fayet, viuda de Gousault

Al perder a su marido, que era Señor de Souvigny y Presidente de la Sala de Cuentas de París, buscó en las obras de Caridad un derivativo a los tristes pensamientos que ensombrecieron su espíritu a partir de 1631 en que tuvo el dolor de perderlo. El tiempo que le dejaba libre la educación de sus cinco hijos, se lo llevaban las visitas a los pobres, a los enfermos, a los presos, a los hospitales, el catecismo a los ni­ños o la inspección de las Caridades, dejando en todas partes el per­fume de sus virtudes y la alegría de su simpatía atrayente y graciosa. Ella fue la promotora y el alma de la asociación de Damas del Ho­tel Dieu y de la obra de los Niños Expósitos, según veremos en ul­teriores capítulos, y de tal suerte se enamoró del naciente Instituto de las Hijas de la Caridad, que no sólo lo protegió y propagó, sino que trató de vivir según sus reglas. San Vicente la llamaba «gran sierva de Dios» y «una gran santa». En abril de 1633 hizo un via­je a Angers, como adelantada de las Hijas de la Caridad. El relato que de él hizo es edificante y encantador. Todos los días oían mi­sa, ella y su comitiva, rezaban el In viam pacis al subir a la carro­za, hacían la meditación, rezaban el ángelus y se confiaban unas a otras los pensamientos que habían tenido en la meditación, cosa a que las tenía San Vicente acostumbradas, a estilo de las repeticio­nes de oración de las I lijas de la Caridad. Luego se entretenían en alegres conversaciones. Durante media hora escuchaban la lectura espiritual que en el Peregrino de Loreto les hacía su intendente Grandmon, y cantaban las letanías del Nombre de Jesús repitiendo las invocaciones que entonaban sus dos hijas. Al pasar por los pue­blos y aldeas saludaban a su ángel custodio, visitaban la iglesia y el hospital, si lo había, y enseñaban la doctrina a los niños y con ellos a los mayores. Cuando su reloj daba las horas, rezaban el Ave María y se ponían en la presencia de Dios y le pedían que se cum­pliera en todo su Voluntad. La comitiva salió de París al rayar el alba. En Angerville encontró muchos pobres, niños y otras personas mayores que no sabían hacer la señal de la Cruz. En Artenay ex­plicó el catecismo en la iglesia a todo el que quiso oírla, que fue­ron muchos. Al filo del mediodía de un jueves la vemos llegar a Orleans, comulgar en los Jesuitas y huir al poco rato de la hospe­dería hugonote donde había caído inadvertidamente, para refugiar­se en el pueblecillo de Clery. El primer domingo del mes comulgó en los Mínimos de Amboise, el lunes lo hizo en Tours y por la no­che pudo dormir en Angers. La piedad, el celo y la alegría fueron las notas salientes del viaje. «Nuestras recreaciones duraban tanto como nuestras oraciones —escribe la viajera—; a veces jugábamos a no decir ni sí ni no, y el que lo decía pagaba un Ave al que sor­prendía el fallo. Cantábamos el Aleluya y otros himnos, con tal ale­gría que uno de mis granjeros que montaba a caballo, estaba como embobado… A veces reíamos hasta saltársenos las lágrimas. A es­te precio, Padre mío, es demasiado fácil servir a Dios».

En Angers fue recibida como un gran personaje; magistrados, alta nobleza, clases populares, todos querían verla y hablar con ella. A duras penas logró escaparse hacia el Hotel Dieu, que encontró en orden, servidos los enfermos por una piadosa mujer que había hecho voto de servir a los pobres de por vida. Y «pensando que Jesucristo dijo en el Evangelio: «He estado preso», fue por dos ve­ces a visitar a los encarcelados, repartiéndoles estampas, rosarios, consejos y la libertad a algunos de ellos. Estas cosas corrieron por la ciudad como pólvora, pero vistas con cristales de aumento, se­gún apunta la protagonista, «lo cual —agrega— es bastante desa­gradable». El domingo asistió a vísperas y estuvo dos horas ante el Santísimo Sacramento, que debió de comunicarle gracias ex­traordinarias, según se deja ver a través de esta confidencia que hace al Santo: «A pesar de mi extrema infidelidad, Dios me ha regalado aquí y en Saumur con tales gracias que no me es posi­ble expresar, lo cual es para arrebatarme de amor hacia Él. Arrodillada delante del Sagrario, escribe: «Me vino al pensamiento có­mo podría explicar el catecismo ante las señoritas de acá, que me imaginé tenían gran necesidad, y resolví llevarme a los pobres a unas haciendas de las afueras donde pregunté a los niños, que en­contré bastante bien instruidos, gracias a un sacerdote que por allí había». Pero, además había unas cien personas ante las cuales ha­bló de doctrina con tanta gracia, que la señora del Consejero Le­febre, de vuelta a Angers, le confesó estar ignorante de lo que ha­bía oído y que en ello había tenido gran contento, y agregó: «¡Qué bien se ve que amáis extraordinariamente a los pobres y qué a gusto se siente vuestro corazón en medio de ellos! ¡Cuando les ha­blabais parecíais dos veces más hermosa!» «Hasta este buen sa­cerdote me dijo que se tendría por dichoso si pudiera terminar sus días en el servicio de mi casa, sin más paga ni recompensa que el poder oír las palabras que salían de mi boca». Desde entonces mu­chas de aquellas señoras y señoritas acudían a su casa para hacer la meditación. Una de ellas comentó un día: «Si estuviera usted aquí un año, convertiría a toda la ciudad». La Dama sonrió: «Tres cosas les gustan aquí —escribe ésta—: que no hago la reformada, que río a mis anchas y que voy a mi parroquia». Su humildad se alarmó ante tantas alabanzas y se creyó en el deber de escribir: «Pida a Dios, Padre mío, que rebaje mi orgullo por el medio que fuere de su agrado. Estoy pronta a perderlo y abandonarlo todo, prefiriendo la humildad a todos los bienes y consuelos, a ejemplo del Salvador, que abandonó el seno del Padre para venir a practi­carla en la pobreza y en el aniquilamiento».

Insistieron en retratarla; pero su humildad protestó. «Es la cos­tumbre de todas las señoras de aquí, por modestas que sean», ex­plicaron. El pintor está allí; entre otros personajes había sacado el retrato del Delfín. Ella insistió en su negativa. Luego tuvo es­crúpulos en haber sido tan terca y anotó en su relación: «Me arre­pentí de mi negativa, pues la humildad de no querer parecer tan vana que me dejara retratar, se me antoja falsa y me parece hu­biera sido de mayor perfección el haber condescendido con sus deseos». Y concluye con ingenuidad:

«Últimamente condescendí en jugar durante una hora al tric­trac —chaquete— y me resolví a obedecerle en todo lo que no fue­ra pecado, es decir, hasta que no tuviera su respuesta, pues haré siempre lo que usted ordene».

Pero dejemos aquí la semblanza de la señora Gousault, pues otras émulas en virtud y en generosidad están llamando a la puerta.

Isabel du Fay

Su piedad corría pareja con su fortuna, que puso al servicio de los pobres a través de San Vi­cente, en cuya órbita la vemos desde 1626 colaborando con San­ta Luisa para proveer al Santo de dinero y ropas para los pobres de las Caridades rurales. Más tarde la vemos ocupando puestos de primera fila entre las Damas del Hotel Dieu, hasta 1634, en que entregó su bella alma a Dios. San Vicente hizo su semblanza an­te sus misioneros: «Hemos visto a la piadosa señorita Du Fay, la hermana del señor De Vincy, a causa de una desgracia natural, pues tenía un muslo dos o tres veces más grueso que el otro, unir­se a Dios hasta el punto que no sé si he visto alguna vez un alma tan unida a Dios como ella. Acostumbraba a llamar bendito a su muslo, pues le había apartado de las compañías y hasta del ma­trimonio, donde acaso se hubiera perdido».

Y cuando comparaba el tiempo que hubiera perdido en los bai­les y otras diversiones mundanas y las obras de caridad llevadas a cabo, exclamaba desbordante de alegría: «Bendita pierna y con­fusión amable que tanto bien me habéis proporcionado»

María Lumaqgue de Pollalion

Era Dama de Honor de la Princesa de Orleáns. Muerto su marido, al lujo palaciego pre­firió militar en el ejército de la Caridad, bajo las órdenes de San Vi­cente de Paúl, «sin cuyo consejo —escribe su biógrafo Collin— no emprendía cosa alguna». Sentía especial predilección por las jóve­nes entregadas al vicio y emprendió una heroica batalla para res­catarlas. Cuando se trataba de salvar un alma, nada la detenía. En­traba en las casas de prostitución, aguantaba injurias y malos tratos. Se disfrazaba cuando era menester para lograr más fácil acceso, y salía triunfante con su presa arrancada al vicio. Así hasta CUARENTA Y DOS a las que buscó casa y refugio en el hospital de la Piedad. Para recoger y educar a las jóvenes deseosas de sustraerse a los pe­ligros. Fundó en 1630 en Fontenay de las Rosas la Congregación de las Hijas de la Providencia, cuyas constituciones fueron redactadas de acuerdo con San Vicente de Paúl, que fue el primer superior y principal sostén del Instituto, aun después de la muerte de la Fun­dadora, que murió con fama de santidad el 4 de septiembre de 1652.

María de Landes de Lamoignon

Era «una de las mu­jeres más santas» que había conocido San Francisco de Sales. Los pobres aprendieron muy bien el camino de su casa, porque allí encontraban víveres, vestidos y medicinas que ella misma les re­partía con la sonrisa en los labios, y los presos la vieron descen­der como un ángel a los antros sombríos donde ellos expiaban sus culpas. Y enseñando con su ejemplo y persuasión el camino a otros muchos personajes: señoras, sacerdotes, magistrados y se­ñores… con los que, orientada por San Vicente de Paúl, fundó una asociación en favor de los presos, a los que visitaban, conso­laban y socorrían y agenciaban la libertad de los detenidos por deudas. Cada año el Rey hacía un donativo importante, y el ar­zobispo de París pagaba el Domingo de Ramos el rescate de un preso que le presentaba la asociación. Fue la tercera presidenta de las Damas del Hotel Dieu desde 1643 a 1652, año en que «abra­sada de amor a Dios y al prójimo», como dice Abelly, se fue a re­cibir la recompensa de los misericordiosos.

La señorita de Lamoignon

Heredó las virtudes de su madre y cayó desde muy joven bajo la órbita vicenciana. Se levantaba con las primeras luces del alba y, hecha la meditación y oída la misa, salía a recorrer los inmundos tugurios de los po­bres, llevándoles caldos confortadores y remedios para sus lla­gas; barría, limpiaba, vestía a los niños… y nunca se despedía de ellos sin iluminar sus almas con la luz de la doctrina católi­ca que les explicaba y con los consejos con que trataba de me­jorar sus costumbres. Con frecuencia, al volver a casa, caía ren­dida de fatiga y cansancio. A las reprensiones que le hacían llamándola a la moderación, respondía prometiendo enmendar­se, promesa que olvidaba en la primera ocasión que una miseria reclamaba su ayuda. «Va tan de prisa —escribe San Vicente— que nadie puede seguirla». Organizó en su casa tres almacenes: uno de vestidos, muebles y objetos útiles a los pobres; otro de co­mestibles, como trigo, vino, aceite… y el tercero de objetos de venta: cuadros, encajes tapices, bordados, despachos de mar­quetería, adornos, cintas, etcétera… «Un rastro», en fin, como llamaba su hermano Guillermo a aquel singular comercio. Se hizo mendiga por los pobres con tal abnegación y fortuna, que du­rante cuatro años lograba para ellos alrededor de mil duros pis­tolas semanales. De sus asaltos no se libraba ni el Rey. «Sois aca­so la única —le decía éste— a la que nunca niego nada, porque acaso sois la única que nunca pedís para Vos». Un día le compró por 50.000 escudos, un magnífico aderezo que para los pobres le ha­bía regalado Ana María Martinozzi. Cuatro veces al año recibía de Luis XIV cuantiosos donativos, generosidad que imitaban la Reina Madre, los príncipes de Conte y otros magnates. Así la se­ñora de Bullión puso un día en sus manos la cantidad de 80.000 escudos para el hospital general. Ni se limitaba su caridad a ha­cer bien a los pobres. Le molestaba la crítica y los libros que cul­tivaban la sátira porque ponían en solfa a numerosos persona­jes. Boileau se atrajo sus reproches a causa de sus sátiras. «Pero, al menos, señora —replicó el literato—, ¿me permitirá que haga una sátira contra el Gran Turco, ese terrible infiel y enemigo mortal de nuestra Religión?»

«No, señor, no; es una cabeza coronada y es menester respetar siempre a los soberanos».

«¿Y contra el diablo? De seguro que me permitirá hablar mal del diablo, que tanto mal hace».

«El diablo, señor, ya está bastante castigado, sin necesidad de que nosotros nos mezclemos en este asunto; y si quiere no topar con él, trate de no hablar mal de nadie».

Cuando Dios se la llevó en 1678 tenía setenta y ocho años y dejó por heredera de su caridad a María Bonneau de Miramión, que la sucedió en la tarea de administrar las limosnas de Luis XIV.

La señora de Miramion

Había entrado bajo la esfera vicenciana hacia 1646. Para esta fecha era ya madre viuda y te­nía dieciséis años de edad. Desde entonces, orientada por San Vi­cente, escogió a los pobres por «sus amos y señores». En 1649, a raíz de unos ejercicios hechos en la Casa Madre de las I lijas de la Caridad, hizo voto de castidad. Por la mañana visitaba a los pobres de la parroquia de San Nicolás de Chardonet, a cuya Cofra­día pertenecía. Los enfermos del Hotel Dieu y los presos se lle­vaban sus horas vespertinas y recibían además de vestidos y ali­mentos sus palabras llenas de consuelo y alegría, «en lo cual —comentaba ella— no tengo gran mérito, pues que al instante re­cibo la paga». Aludía al gozo que experimentaba en tales tareas. Para ellos vendió, por valor de 24.000 libras, un magnífico collar de perlas. Las almas de los pobres le interesaban aún más que sus cuerpos. Promovió misiones en las aldeas, y las niñas y mujeres de los alrededores parisinos recibieron la luz y el calor de sus ca­tecismos domingueros. Su celo llegó hasta los países «en donde la luz empieza», como diría Boileau. Corrió con los gastos de la Consagración episcopal de Monseñor Lamberto de la Motte, al que con otros dos obispos y veinte sacerdotes que le habían de acom­pañar a las Misiones extranjeras del Extremo Oriente, alojó en su casa durante dieciocho meses. Ni paró aquí su generosidad para con las Misiones; puede decirse que fue la principal sostenedora de la naciente Compañía de Misiones extranjeras, a la par de otras ilustres damas empujadas a tal Obra por el celo universalista y ca­tólico de San Vicente de Paúl.

Ayunaba todos los viernes a pan y agua, dormía sobre dos ta­blas delgadas atadas con bramante; un día por semana llevaba ce­ñida al cuerpo una pesada cadena de cuatro dedos de ancha… El año de 1651 lo pasó en absoluta soledad, tratando con Dios, y de tan largos ejercicios espirituales salió rejuvenecida en la piedad y desbordante en el celo por la salvación de las almas.

Fundó, en San Nicolás de los Campos, la casa de la Santa In­fancia para la educación de niñas huérfanas, un Refugio en el ba­rrio de San Antonio para la formación espiritual de las jóvenes que tenían que encarcelar los magistrados, que más tarde dio ori­gen a la Casa de Santa Pelagia, y la Comunidad de la Sagrada Familia para la educación de las niñas pobres, que más tarde fu­sionó con las Hijas de Santa Genoveva, de las que fue Superio­ra y sostén por muchos años. El Padre Jolly, C. M., tercer Su­perior General de la Congregación de la Misión, recogió su último suspiro en 1696.

La duquesa de Aiguillon

Fue otra de las grandes dis­cípulas de San Vicente de Paúl. De primera fila. Era sobrina del Cardenal Richelieu que, al decir de un contemporáneo, «la educó con tales mimos y lujo que no le permitiría poner el pie en el sue­lo, temeroso de que el barro la tocara». Su poder y su riqueza co­rrían parejos, pero su caridad los superó y los puso al servicio de la causa de Dios y de los pobres. París vio con asombro cómo la sobrina del Cardenal, dejando a un lado su carroza dorada, tirada por cuatro rápidos corceles, se iba por las calles y encrucijadas en busca de los tugurios y covachas donde la enfermedad y el ham­bre se daban su terrible cita. «Sin que la espantara el espectáculo de la agonía, veíasela junto a la cabecera de los moribundos, ha­blándoles de Dios, cortando la blasfemia ya a flor de labios, abrien­do su alma a la esperanza y ayudándoles a merecer, con una muer­te santa, una vida mejor».

Sus riquezas se volcaron sobre los galeotes de París y Marse­lla, mejorándoles el hospital; sobre los esclavos de Berbería, so­bre las regiones devastadas por el hambre y la guerra, sobre las Hijas del Santísimo Sacramento, de la Providencia, de la Miseri­cordia, de la Cruz, las Religiosas de la Preciosa Sangre, el Car­melo de París, las Misiones del Canadá, los Sulpicianos, las Mi­siones Extranjeras y la Congregación de la Misión, sobre todo en sus casas de la Rosa, Marsella y Roma. Se ha escrito, y con ra­zón, que en su tiempo no hay obra de celo o caridad en la que no haya dejado su huella. Nadie como ella valoraba la vida de San Vicente de Paúl esforzándose en prolongarla, obligándole a usar la carroza que ella le regaló, enviándole medicinas y moderando su actividad agotadora.

El Hermano Choller exhibió en el proceso de beatificación una carta de la duquesa a los Misioneros, reveladora del aprecio en que ella y las damas tenían al venerable anciano. Al enterarse de que había salido a fines de mayo de 1653 a misionar la aldea de Sev­rail, escribe: «Es algo que excede a mi capacidad admirativa el que el señor Portaíl y los demás señores de San Lázaro sufran que el señor Vicente vaya a trabajar al campo, a causa del calor que ha­ce, de la edad en que está y de tan larga permanencia al aire y al sol. Me parece que su vida es demasiado preciosa y útil a la Iglesia y a la Compañía para que se le permita prodigarla de esa ma­nera. Me permitirán que les ruegue que impidan el obrar así, y que me perdonen si les digo que están obligados en conciencia a irle a buscar, y que se murmura violentamente contra los que tan po­co cuidado tienen de él. Se dice que no conocen el tesoro que Dios les ha dado ni la pérdida que su muerte les supondría. Yo me ten­go por tan servidora suya y de la Compañía por él fundada, que no puedo menos de darles este aviso».

A la par de la DUQUESA DE AIGUILLON iban la SEÑORI­TA VIOLE, «la gran tesorera de todas las obras de las Damas»; las SEÑORAS DE VILLENEUVE y DE TRAVERSAY, sucesi­vamente puestas por San Vicente al frente de las Hijas de la Cruz; CARLOTA DE LIGNY DE HERSE «el ángel de los pobres» du­rante los desórdenes de la Fronda; María DE MEAUPAN DE FOUQUET, madre del célebre hacendista Fouquet, de dos obis­pos y de cinco religiosas de la Visitación, Superiora de las Hijas de la Propagación de la Fe y abnegada sirvienta de los pobres enfermos, para los que hizo una Colección de recetas escogidas, experimentadas y aprobadas contra muchas enfermedades muy comunes, así internas como externas, inveteradas y difíciles de curar, obra que tuvo el éxito de numerosas ediciones. De Mag­dalena FARRI, señora del Canciller Seguier, escribió el poeta Boucheteau que «vivía más entre los desgraciados y en la casa de los que el heno y la paja cubre, que entre la vana pompa del palacio de Louvre».

Luisa de Beon

Recibió del joven Conde de Briene, su ma­rido, en calidad de regalo de bodas, las obras completas del P. Granada. De ella ha escrito el P. Senault que era la «intérprete de todos los miserables, la intendente de todas las buenas obras y la abogada de todos los sacerdotes y religiosos».

LA SEÑORA PRINCESA llama San Vicente en sus cartas y conferencias a Carlota Margarita de Montmorency, esposa de Enrique Condé, primer príncipe de la sangre, y madre del gran Condé, del príncipe de Contí y de la famosa duquesa de Longueville. Pero su caridad la hizo más ilustre que la sangre. «Una vez —decía el Santo en su conferencia del 25 de agosto de 1655 a las Hija de la Caridad— yo mismo vi a la señora princesa, sí, a la señora princesa, ir a veinticinco o treinta ca­sas a visitar, consolar y curar a los pobres, y todo ello a pie. Cuando volvió estaba… (no sé cómo decirlo) sus vestiduras llenas de barro hasta las rodillas. ¡Oh Salvador! ¡Oh Salva­dor! ¡Oh Salvador! Es para admirar cómo estas buenas seño­ras trabajan y sudan en el servicio de los pobres. Así lo hacía también San Luis».

Y en la conferencia del 9 de diciembre de 1651 el Santo agre­ga el pintoresco detalle que en una de esas casas «subió hasta ochenta escalones» en busca de algún enfermo alojado en alguna buhardilla. Cuando la Princesa de Condé terminó su carrera cari­tativa en 1654, empezaba la suya la

Duquesa de Nemours

Que supo mantenerse al margen de todos los odios y rencores de los frondistas, en que destacaban algunos miembros de su familia, y guardó los tesoros de su cora­zón y de su fortuna para los pobres.

María Luisa de Gonzaga

Hija de Carlos de Gonzaga, Duque de Nevers y de Mantua, es una de las figuras más sim­páticas de las discípulas de San Vicente. Lo mismo desde la Cor­te de Ana de Austria, en donde irradiaban los encantos de su piedad y de su hermosura, que desde la de Polonia, no se olvi­dó descender hasta los pobres y volcar sus tesoros en el reme­dio de las miserias. «La Historia —la escribía un día San Vicen­te— nos habla de una princesa que hilaba cada año el lino que hacía falta para vestir su cuerpo; pero yo no recuerdo haber le­ído que la piedad de alguna haya llevado, como ha llevado a Vuestra Majestad, a emplear el trabajo de sus manos en el ser­vicio de los pobres». La que siendo Duquesa de Mantua había sido Dama de la Caridad en París, siendo Reina de Polonia las fundó y protegió en su reino.

María de Hautefort

Cierra esta brillante teoría de Damas de la Caridad, no como únicas, sino como capitanas. Era tan in­fluyente en la Corte, que tanto Richelieu como Mazarino trata­ron de indisponerla con la Reina Madre. «Yo le aseguro, señora, que si hubiera servido a Dios con el apasionamiento y fidelidad con que toda mi vida he servido a Vuestra Majestad, a estas ho­ras sería yo una gran santa», aclaró María de Hautefort a Ana de Austria. Los pobres ganaron lo que perdió la Corte. El amor a los pobres «llegó a ser, al decir de Víctor Cousin, como el alma y la pasión de su vida». Digna discípula de San Vicente de Paúl, de su vivacidad y ardor natural sólo retuvo el fuego sublime de la cari­dad cristiana. Los que sufrían encontraban en ella un auxilio se­guro. Atendía con especial solicitud a los jóvenes y mujeres en peligro, ayudándoles con una bondad que nunca se agotaba. Su ca­sa, modesta y apartada, se convertía en asilo de los oprimidos y desgraciados, y en vez de los soberbios títulos con que se había regalado y que había aprendido a despreciar, llegó con agrado a sus oídos el bello nombre que le dieron de «Madre de los Pobres». Cuando murió en 1691 les dejó herederos de 200.000 libras, lo que hace bueno el elogio de un poeta que cantó de ella que: «los po­bres más que ella disfrutaron sus riquezas». Este verso podría gra­barse como epitafio en la tumba de todas estas grandes señoras que en la escuela de San Vicente de Paúl enjugaron tantas lágri­mas, y aliviaron tantas miserias. Y tras ellas otras doscientas más que formaron en la gran asociación de Damas de la Caridad del Hotel-Dieu y de los Niños Expósitos y que más tarde, conducidas por San Vicente de Paúl, dieron la gran batalla contra la «miseria nacional» creada por las dos Frondas y por las guerras contra la Casa de Austria.

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