a) A la búsqueda de un tema
Durante el tiempo que permanezca en el oficio que actualmente se me ha confiado, sé que tengo que ofrecer a las Hermanas algún tema de reflexión que les ayude en su preparación inmediata a la renovación anual de los votos, en la solemnidad de la Anunciación del Señor.
Las Hijas de la Caridad reciben frecuentes temas de reflexión y orientaciones de los dos Superiores Generales (cartas, conferencias y, en relación más directa con la renovación anual, la circular de la Madre General).
Como cada año me encontraré ante la misma situación, desde ahora me he fijado unos criterios a los que atenerme también en el futuro respecto a los temas que vaya a ofrecer:
Será un tema amplio, no tanto en lo que se refiere a la extensión cuanto al asunto del que trate y al modo de enfocarlo.
Tendré en cuenta los temas que han tratado los superiores Generales y el P. Lloret en los últimos años para no repetirlos yo de nuevo, al menos durante un tiempo prudencial.
Serán, en algún sentido, temas relacionados con lo que significa e implica la renovación anual de los votos en la Compañía.
Teniendo en cuenta estos criterios comencé a releer las Constituciones a la búsqueda de un tema en el que se diesen esos tres presupuestos. Y lo encontré nada más comenzar la lectura.
Efectivamente, en unas palabras de San Vicente que reproduce el texto introductorio a la Constitución 1.1 se cumplen esos criterios establecidos. Ellas me han inspirado el tema de reflexión. Dicen así:
«Cuando os entregasteis a Dios para servir a los pobres… recibisteis este nombre (Hijas de la Caridad) que el mismo Dios os dio. Debéis, pues, vivir en conformidad con el nombre que lleváis, ya que es Dios quien dio ese nombre a la Compañía» (C. E. n° 1963)
b) Razones para la elección;
El día 23 de septiembre último, el P. General expresó a todas las Visitadoras y Responsables regionales reunidas en la Casa Madre sus «Esperanzas con relación a la Compañía de las Hijas de la Caridad». La que enumeró en octavo lugar dice así: «Pongo mi esperanza en que cada Hija de la Caridad va a dar prioridad a estas palabras de San Vicente «la Hija de la Caridad es Hija de Dios». Nunca olviden este nombre». (Ecos de la Compañía, noviembre 1994, pág 339).
Estas palabras del P. General me parecen un eco de las que San Vicente dirigía frecuentemente a las Hermanas comentándoles el significado y las exigencias derivadas del nombre de «Hijas de la Caridad».
El hecho de que el P. General enumere antes otras siete razones no significa que esta octava sea menos importante. En la breve explicación que hace de ella, aparece más bien como la síntesis y culminación de todas las anteriores. No repetir un tema ya tratado por otros pero sí apuntar en la misma dirección es otra razón que me ha movido a elegir el que les ofrezco. Guarda cierta relación con algún aspecto de la virtud de la Caridad, tal como el P. General se lo expuso a las Hermanas el 1 de enero.
Finalmente, me he decidido por este tema movido por las palabras que San Vicente pronunció inmediatamente antes de las que reproduce la introducción a la Const. 1.1. Fueron estas: «Hijas mías, todas vosotras habéis sido escritas en el libro de la caridad cuando os entregasteis a Dios para servir a los pobres, especialmente el día que hicisteis los votos; recibisteis este nombre que os ha dado el mismo Dios» (C.E. n° 1963). Según estas palabras, hay cierta relación entre la renovación anual de los votos y el nombre que lleváis. Más adelante deduciremos algunas consecuencias de esa relación.
c) Finalidad de esta conferencia
Nos proponemos colaborar a que las Hermanas tomen conciencia de que la renovación anual de los votos lleva una fuerte exigencia y un nuevo impulso para vivir durante todo el año lo que significa el nombre de Hijas de la Caridad. Es decir, que renuevan los votos para seguir viviendo con dinamismo creciente en la caridad y para la caridad con Dios, con los pobres y entre las Hermanas.
Así lo expresa San Vicente en la conferencia del 4 de marzo de 1658 cuando explicó a las Hermanas aquellas palabras de las Reglas comunes que dicen: «Se acordarán con frecuencia del nombre de Hijas de la Caridad que llevan y procurarán hacerse dignas de él por el santo amor que siempre tendrán a Dios y al prójimo. Sobre todo vivirán en gran unión con sus Hermanas». (C.E. n° 1939)
La Constitución 1.3 habla del empeño con que las Hermanas de hoy desean beber en sus fuentes las inspiraciones e intuiciones de los Fundadores. He aquí una de esas intuiciones que también deberán asumir y responder a ella con fidelidad renovada: llevar el nombre de Hijas de la Caridad conlleva sentirse cimentadas, urgidas y dinamizadas por la caridad. No sólo es su nombre, es su razón de ser. La renovación anual de los votos debería ser también la expresión de un ahondamiento y crecimiento progresivo en lo que constituye la vida y la misión de la Compañía. O lo que es lo mismo: tratar de vivir con coherencia lo que su nombre significa.
II – EL NOMBRE
Cuando San Vicente argumentaba a las primeras Hermanas para convencerlas de la necesidad de amar a Dios, a los pobres y entre ellas mismas, frecuentemente apoyaba su razonamiento en el nombre de «Hijas de la Caridad».121
El Fundador tomaba el nombre en sentido bíblico. En la Biblia el nombre es como una breve definición; más aún, es parte de la realidad designada con ese nombre. Los nombres de Adán, Eva, Abrahám, Moisés, Jesús, Pedro… significan lo que son o, al menos, designan un rasgo importante de su persona o misión. Conocer el nombre de alguien equivale, pues, a conocer lo que es esa persona. Cuando Dios confía una nueva misión a alguien, le cambia el nombre, imponiéndole uno nuevo que exprese mejor la nueva realidad. A Simón, Jesús le llamó Pedro porque le destinaba a ser piedra fundamental de la Iglesia.
En la Biblia el nombre lo pone Dios, pues El conoce en profundidad lo que es la persona y, por lo tanto, sólo El sabe el nombre más adecuado que le conviene: «…le pondrás por nombre Jesús» (Lc. 1,31); «… tú eres Pedro» (Jn. 1, 42); «…ya no te llamarán Abrám sino Abrahám» (Gn. 17,6).
A las Hijas de la Caridad Dios les ha puesto ese nombre «…pues la voz del pueblo es la voz de Dios» (C.E. n° 1964): «Es Dios el que ha dado ese nombre a la Compañía… Ha sido el pueblo el que, al ver lo que hacéis… os ha dado ese nombre» (C.E. n° 1963).
Para exhortar a las Hermanas a vivir la caridad en todas sus expresiones, es decir, a amar a Dios, a amar a los pobres y a amarse entre ellas, San Vicente acude al nombre que llevan, pues no solo deben vivir de acuerdo con lo que ese nombre significa sino que tienen que hacerse dignas del nombre de Hijas de la Caridad con el que Dios y el pueblo las identifican. «Debéis vivir conforme al nombre que Dios os ha dado», «procurad haceros dignas del nombre que lleváis» (C.E. n° 1940).
Toda nueva reflexión que hagan las Hermanas sobre el nombre de «Hijas de la Caridad» deberá ayudarles a profundizar en lo que significa, y, al mismo tiempo, a recibir un impulso para vivir en coherencia con ese nombre. En un primer significado, «Hijas de la Caridad» significa engendradas y alimentadas por la caridad hasta llegar a la plenitud del ser perfecto que es Cristo. San Vicente decía algo mucho más profundo y exigente: «Hijas de la Caridad equivale a decir Hijas de Dios».
III – HIJAS DE LA CARIDAD: HIJAS DEL BUEN DIOS
‹‹Dios es amor», dice San Juan con la definición más breve a la vez que más cercana a lo que es el Dios que nos ha revelado Jesucristo. (1Jn. 4, 8). Hemos sido creados a su imagen y semejanza. El fondo de nuestro ser es amor. Nuestro destino es amar para reflejar lo que es Dios, cuya imagen somos. Esa es la grandiosa vocación de todo ser humano, de todo cristiano, también de esas «buenas cristianas» que son las Hijas de la Caridad.
Las Hijas de la Caridad son herederas de una espiritualidad – la de los Fundadores – que se cimenta en la caridad. Son igualmente continuadoras, entre los pobres, de la misión de Cristo que vino al mundo para revelarnos el infinito amor que nos tiene el Padre. Tanto su espiritualidad como su misión están reclamando de ellas una profunda experiencia personal de Dios Padre, del Dios Amor. ¿Como revelarán a los Pobres lo que es Dios sin haberlo experimentado antes ellas?
Sólo si tratamos con un Dios Amor, sólo si ese Dios nos contagia, nos moldea y transforma el corazón a imagen del suyo, podremos reflejar lo que El es. Experimentar a Dios como amor, es vivir la relación paternidad-filiación, sentirse hijos amados por El, criaturas de las que El cuida con solicitud, pequeños, pecadores a quienes El acepta, anima y perdona. Y a su vez, una tal experiencia suscita en nosotros amor, confianza y agradecimiento ante Dios, y humildad, fraternidad, igualdad, justicia, servicio y perdón hacia los hermanos.
En las conferencias de San Vicente a las Hermanas encontramos textos bellísimos en este sentido: «La caridad no es otra cosa sino Dios porque Dios es caridad y, el que dice Hijas de la Caridad dice Hijas de Dios» (CE n° 864). «Sois Hijas de la Caridad y, por consiguiente, siendo Hijas de la Caridad sois Hijas de Dios» (C. E. n° 719). «El que está en la caridad está en Dios y Dios en él» (C.E. n° 100).
Esta experiencia de Dios como Padre no es sólo un sentimiento gratificante sentido allá en lo hondo de nuestro ser. Es un amor en acción como el de Jesús: amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos. Afortunadamente somos herederos de Vicente de Paúl, el santo que más claramente ha vivido y enseñado la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo, según la enseñanza de Jesús151, tan bien comprendida y transmitida por el discípulo amado.
Según San Vicente, la caridad es un don del cielo que hay que pedir al Padre como Cristo lo pidió a sus discípulos.m La caridad es un fruto del Espíritu Santo y éste ha sido derramado en nuestros corazones. Hay que invocarle insistentemente: «ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Porque nuestro amor no es sino respuesta al amor que el Padre nos ha tenido previamente, chispa del fuego que El ha encendido en nosotros.
Cada vez que una Hija de la Caridad profundiza y vive la experiencia de Dios como Amor y Padre, está conectando no sólo con la enseñanza y experiencia central y original de Jesús, sino también con lo más nuclear de su identidad de Hija de la Caridad, puesto que este nombre equivale a Hija de Dios y Dios es Caridad.
IV – EL MANDAMIENTO NUEVO
La afirmación de que el amor es la síntesis de todo lo que Jesús enseñó con obras y palabras está claramente probada en distintos pasajes del Evangelio y en las cartas apostólicas. A la pregunta del fariseo sobre cuál es el mandamiento más importante de la Ley, Jesús responde confirmando lo escrito por el Levítico: que amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas, y al prójimo como a uno mismo, es la síntesis de todo lo que prescriben la Ley de Moisés y los Profetas.
Jesús recoge esta enseñanza, pero la supera. El no ha venido a suprimir la Ley sino a llevarla a plenitud. Hay un largo discurso en el Evangelio de Mateo en el que Jesús, partiendo de lo que decía la tradición judía, añade la novedad y la radicalidad de sus propias enseñanzas. Es el pasaje en el que se repite insistentemente: «oísteis que se dijo a vuestros antepasados… pero Yo os digo» (Mt. 5, 21-48). Y todo lo que Jesús añade de nuevo es en línea de exigencia de amor: amor radical y universal – incluso a los enemigos – como el de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos; perdón – hasta setenta veces siete- y reconciliación con el hermano -antes de presentar las ofrendas a Dios-; curar al enfermo y ayudar al caído- aunque haya que quebrantar el sábado –
Las palabras que Jesús pronunció en la última cena con los apóstoles pueden considerarse como su testamento, como lo más importante que tenía que dejarnos. ‹,Os doy un mandato nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado. Si os amáis mutuamente el mundo verá que sois discípulos míos». (Jn. 13, 34-35).
San Juan, en el capítulo 13 de su evangelio, presenta la vida de Jesús como un servicio por amor. Había venido al mundo para amar, y en esa última cena hace el gesto supremo: dar la vida. Entonces nos enseñó algo fundamental y concreto: que el amor es servicio a los hermanos. Tal es el significado del lavatorio de los pies, tal es el culto que Dios quiere. Las parábolas del buen samaritano y del juicio final vienen a confirmar lo mismo.
Los discípulos de Jesús comprendieron perfectamente esta inseparabilidad entre el amor a Dios y el amor al prójimo como distintivo de los que quisieran seguir al Maestro. El amor a Dios se verifica en las obras de amor al hermano, pues la fe se vive en la caridad, virtud ésta que perdura más allá de la fe y la esperanza. Tal es el pensamiento repetido frecuentemente en las cartas de Pablo, Santiago y Juan.
San Vicente nos alertó repetidamente contra el peligro de un amor a Dios sólo intimista. Ante determinadas corrientes de espiritualidad de su época (del «puro amor», del «consumirse en Dios»…), el santo de la caridad nos urge a los Misioneros y a las Hermanas a pasar del «amor afectivo» al «amor efectivo» que requiere el sudor de la frente y el esfuerzo de los brazos. Para los vicencianos, no debiera tener sentido preguntarse si es más importante el amor a Dios que el amor al prójimo, y menos presentándolo como alternativa. El amor a Dios fructifica en el amor al hermano.
La definición de lo que es la Hija de la Caridad —»una buena cristiana que, fiel al bautismo, se entrega totalmente a Dios para servir a Cristo en los pobres»— está expresando, por una parte, esa inseparabilidad entre el amor a Dios y al prójimo, y por otra, que Dios es el único Absoluto por el que vale la pena descentrarse de uno mismo para poner como centro de nuestra vida a El y a los otros. El «amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas» lo concreta la Hija de la Caridad en la «entrega total de su vida a Dios», «consagrándose por entero a El»; «y al prójimo como a ti mismo» lo concreta en la única profesión que ella hace: «servir a los pobres».
Toda esta reflexión sobre el mandamiento de Jesús pretende ayudar a la Hijas de la Caridad, una vez más, a que profundicen en la caridad como razón de ser de su vocación, como lo es también de todo cristiano. Pero con la peculiaridad para ellas de ser su modo específico de seguir a Cristo por vocación y misión en la Iglesia. Una Hija de la Caridad debería sintonizar verazmente con aquel estribillo del canto a la caridad de San Pablo (cf. 1 Co. 13) «si no tengo caridad, nada soy»; y también, con una sensibilidad especial, aplicarse a sí misma la intuición de San Juan de la Cruz «seré examinada del amor». Repitámoslo una vez más: para la Compañía, vivir en y por la caridad es cuestión de coherencia y veracidad con el nombre que llevan sus miembros.
V – VIVIR LA FE EN LA CARIDAD
Cuando Jesús pronunció las dos pequeñas parábolas sobre el grano de trigo enterrado y el perder la vida para encontrarla (cf. Jn. 12, 23-26) se estaba refiriendo, sin duda, a su propia muerte, sepultura y resurrección. Pero hablaba también de su vida de entrega y servicio a los demás que el Padre iba a glorificar; así se desprende del sentido global de ese pasaje joánico.
La vocación de la Hija de la Caridad podemos contemplarla también a la luz de estas dos breves parábolas. Dice San Vicente: «El espíritu de la Compañía es un espíritu de caridad que les obliga a consumirse en el servicio al prójimo» (C.E. n° 1788), «¡Qué felicidad… consumir su vida en la misma causa por la que Cristo entregó la suya: por la caridad, por Dios, por los pobres!» (Sígueme, VII, 326).
El camino a través del cual la Compañía desea santificarse y aspirar a la perfección es el de la Caridad, es decir, desviviéndose, consumiendo la vida por Dios en el servicio de los pobres, en el ejercicio continuo de la caridad. Y viviendo así, sabe que esa es la manera de encontrar el verdadero sentido evangélico a la vida. Una vida orientada de esa manera no se pierde, no puede fracasar. Genera vida nueva como el grano de trigo enterrado genera la espiga. Lo garantiza Cristo, un amor entregado que brota resucitado.
Darse a Dios desviviéndose en el servicio a los pobres, esa es la vocación y misión de la Compañía, su modo peculiar de seguir a Cristo y de prolongar su misión. Para San Vicente «el espíritu de Nuestro Señor es un espíritu de caridad perfecta» (Sígueme XI/3, 411). «El espíritu de la Compañía consiste en amar a Dios, en amar a los pobres, en el amor mutuo». (C.E. n° 977).
Según el pasaje evangélico de Juan 12, 24-25 hay dos modos bien diversos de orientar la vida: desde el egoísmo -«buscarse así mismo», «guardar su vida»-, o desde la caridad -«perder la vida por el evangelio»-. Según sea la opción será el resultado. Las Hijas de la Caridad optan por la segunda: saben que «perdiendo la vida», consumiéndola por Dios en el servicio al pobre, participan del proyecto de vida de Jesús. Y su vida, como la de El, es una bienaventuranza, una aventura que termina bien: encontrando la Vida.
VI- ESTADO DE CARIDAD
«Consumirse por Dios, no tener ni bienes ni fuerzas sino para consumirlas por Dios es lo que Cristo hizo, que se consumió por amor a su Padre» (Sígueme X, 222). Y añade San Vicente que, a semejanza de ese Cristo, el espíritu de las Hijas de la Caridad «es un espíritu de caridad que les obliga a consumirse (por Dios) en el servicio al prójimo» (C.E. n° 1788).
En la historia de la Iglesia, y más concretamente en la historia de la vida religiosa, se ha considerado a ésta como un «estado de perfección», es decir, un modo estable de vivir tendiente todo él a conseguir la perfección cristiana. A ese estado de perfección de la vida religiosa se entraba mediante la profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.
San Vicente y Santa Luisa lucharon para conseguir que las Hijas de la Caridad no fuesen religiosas, pero sin rebajar un ápice la exigencia evangélica. Las Hijas de la Caridad tienen que tener tanta o más virtud que si fuesen religiosas. Los fundadores no las introdujeron en ese estado de perfección al que se pertenecía por la profesión de los consejos evangélicos, pero desearon que aspiraran y consiguieran la mayor santidad posible imitando a Jesucristo que tenía un «espíritu de caridad perfecta» (Sígueme XI/3, 411). Las Hijas de la Caridad «hacen profesión de servir a los pobres» (C. E. n° 1514) y «de dar la vida por el servicio al prójimo por amor a Dios Vosotras dais toda vuestra vida por Dios». (C.E. n° 758, 2270). Ese es su estado de perfección, su modo evangélico de aspirar a la santidad. «Estado de caridad», lo llamaba San Vicente (Sígueme XI/4, 564; VII, 326).
El Fundador conoció lo duro del trabajo diario de las primeras Hermanas; algunas enfermaban, e incluso morían a causa de él. Reconociendo esta dura realidad, el santo no dudó en llamarlas «mártires de la candado pues «el que da su vida por Dios es tenido como un mártir; y la verdad es que vuestras vidas han quedado abreviadas por el trabajo que tenéis, y por tanto sois mártires» (C.E. n° 759).
«Mártir» en su significado original significa «testigo» de Cristo. Desde el siglo II se aplicó a los que daban testimonio de la fe derramando su sangre. En la sociedad tolerante, pluralista y respetuosa de la libertad religiosa en que vivimos en general, probablemente no habrá mártires. Mirándolo socialmente es un avance, sin duda. Pero ¿significará que tampoco habrá testigos?. Ello equivaldría al final del cristianismo. Mártir en el sentido de fidelidad a toda prueba, de radicalidad en el modo de seguimiento a Cristo, es algo consustancial al cristianismo. Perder la vida por Cristo y por el evangelio es encontrarla. Quizá hoy «perder la vida» no equivalga a que nos la quiten violentamente; pero frecuentemente, en bastantes ambientes equivaldrá a relegación, desprecio, minusvaloración… ahí se necesita el coraje de los mártires para seguir siendo testigos. Ahí el mundo necesita anunciadores del mensaje de Jesús que es de amor y servicio. San Vicente también llamó a las primeras Hermanas «apóstoles de la caridad» (C.E. n° 1360).
Y según la conferencia que dio a las Hermanas el 4 de marzo de 1658, el nombre de Hijas de la Caridad incluye y reclama tres exigencias:
«En primer lugar que améis a Dios por encima de todas las cosas… pues esa es una señal de una verdadera Hija la Candado. (C.E. n° 1941). «La segunda señal que hace a la Hija de la Caridad es el amor al prójimo, servir a los pobres… puesto que se ha entregado a Dios para eso» (C. E. n° 1942). La tercera se refiere al amor de unas a otras, sobre lo que San Vicente se explaya largamente enumerando los obstáculos, pero resaltando también cuanto agrada a Dios la reconciliación mutua cuando ha habido ofensas entre Hermanas.Y sigue diciendo: «Son estas tres señales las que dan a conocer una verdadera Hija de la Caridad y que pueden servir de medios para convertirse en tales: la primera, amar a Dios sobre todas las cosas; la segunda, amar al prójimo; y la tercera, amaros a vosotras como verdaderas Hermanas por amor de
Dios, de forma que parezca que sois miembros de una misma cabeza e hijas de un mismo Padre, sin amar más que lo que El ama y por amor a El». (C.E. n° 1946).
VII – CONCLUSION
Como conclusión hacemos una breve síntesis de todo lo dicho en esta primera conferencia preparatoria de la renovación anual de vuestros votos.
Hemos partido de las exigencias que conlleva, en línea de caridad, el nombre que lleváis. También en la necesidad de profundizar en la experiencia de Dios como Padre – Amor.
Hemos hecho una «relectura» del carisma propio de la Compañía a la luz de algunos pasajes evangélicos: «amarás a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas» expresado en el «don total a Dios»; «amarás al prójimo como a ti mismo» expresado en el «servicio a los pobres». Perder la vida por el evangelio, desvivirse en el servicio a los pobres como modo de encontrar la vida. Centralidad, a la vez que inseparabilidad, del amor a Dios y a los hermanos en el mensaje de Jesús.
La Compañía, según la intuición e intención de los Fundadores, intenta imitar el espíritu de caridad de Cristo. Es su razón de ser, la trama de su vida, el «estado de caridad» al que Dios la ha llamado. Eso significa el nombre de Hijas de la Caridad.
En la renovación anual de los votos se celebra lo acontecido en el tramo recorrido y se dinamiza el próximo tramo a recorrer. El P. Lloret ha escrito más de una vez que renuevan los votos porque son Hijas de la Caridad y para serlo más cada día. Las palabras de San Vicente a las primeras Hermanas les han recordado lo que significa y exige el nombre que llevan: amar cada día más a Dios, a los pobres, entre ustedes, porque no basta con llevar el nombre sino que hay que vivir lo que ese nombre significa.
San Vicente las sigue interpelando hoy: «¿Llevo yo dignamente ese bendito nombre? ¿Tengo las señales de las verdaderas Hijas de la Caridad?». (C. E. n° 1984). «Ha sido Dios el que os ha dado este nombre. Por eso conservadlo con cuidado; procurad tener siempre el vestido de la caridad, cuyas señales son el amor de Dios, el del prójimo y el de las Hermanas… Pidámosle la gracia de emplearlo bien, a fin de conservar esa vestidura interior. El amor de Dios es la parte más alta; la caridad del prójimo y el amor a los pobres es la parte central; y la parte de abajo es la caridad entre vosotras. ¿Qué hermosa vestidura!» (C.E. nº 1964).
Según San Vicente, la renovación anual de los votos tiene mucho que ver con vuestro crecimiento en la caridad. O lo que es lo mismo: es una nueva exigencia para ser cada día más lo que vuestro nombre significa.







