Vida del Señor Vicente de Paúl: Capítulo 2

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1988.
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(1609)

sanvibibliaCuando Vicente llega a la ciudad de Paris a comienzos de 1609, para hacer de ella su residencia definitiva para el resto de su vida, aunque al llegar no lo sabe ni lo proyecta, tiene casi 29 años. Un año después el mismo definía en carta a su madre su vida de los últimos días anteriores como llena de desastres e infortunios. Y de futilidad, podía haber añadido. Desde su ordenación nueve años antes este joven sacerdote no había hecho otra cosa útil que conseguir un pobre título de bachiller en teología. Todo lo demás habían sido proyectos temerarios, desorientación, energía juvenil desbocada, sueños frustrados. Llegado a París se encuentra sin dinero, sin trabajo, sin mecenas, solo. Mas de un año estuvo buscando de que vivir, algo, lo que fuera, «para recuperar la ocasión de ascenso que me han arrebatado mis desastres», escribe a su madre; espera que Dios bendecirá sus trabajos y le concederá «pronto el medio de obtener un honrado retiro, para pasar el resto de mis días junto a usted». El mundo ha resultado ser mucho más hostil y menos acogedor de lo que imaginaba cuando dejó su tierra el adolescente am­bicioso y soñador. Ahora, a las puertas de la edad adulta, no sueña más que en un viaje de regreso a la seguridad cálida y acogedora del útero materno. Se acabaron para siempre los sueños locos.

Sin embargo su viaje a Paris fue motivado por un hecho que pudo haber sido la ocasi6n de ascenso en que venia soñando desde hacía tantos años. Al salir de Roma, lo normal y lo legal para este mozo sacerdote hubiera sido reintegrarse a Dax, su diócesis de origen, y tratar de encontrar allí un beneficio eclesiástico como medio de vida. Su ida a Paris, donde no conocía a nadie, tiene que tener alguna explicación misteriosa. Los antiguos biógrafos hablaron de una misión secreta de la que fue portador ante Enrique IV, por encargo del embajador o embajadores del rey ante el Vaticano. Los biógrafos modernos no aceptan fácilmente este hecho por diversas razones criticas, pero ninguno de ellos da otra posible razón que explique esa extraña decisión de un viaje a París para una estancia que Vicente pensaba iba a ser temporal. A falta de otros motivos convincentes, la razón dada por los antiguos biógrafos nos seguirá pareciendo buena. Es cierto que al narrarla cometen algún error de bulto. Atribuyen, por ejemplo, el origen de la embajada a un cardenal embajador que había muerto en realidad unos años antes. Pero puede muy bien haber un error de nombres que no afecte para nada a la realidad del hecho. Por los demás ¿Cómo o para que podía inventarse nadie un hecho tan extraño sin tener ninguna base? De todos modos tampoco merece la pena perder tiempo en la narración de este oscuro incidente. La embajada ante el rey Enrique IV pudo haber sido ocasión de alguna largueza por parte de este hacia el joven clérigo, pero no lo fue evidentemente pues nuestro hombre seguía, como vimos, pobre, triste, sin beneficio y sin trabajo un ano después de su venida de Roma.

Encima de todo ello se le acusó por ese mismo tiempo de ladrón. Esto le vino de un juez paisano suyo, con el que Vicente compartía vivienda alquilada, a quien faltó una bolsa de dinero. Al desaparecer la bolsa, que el juez guardaba en un armario, Vicente estaba enfermo en cama, solo en la casa, según creía el juez, por lo que la acusación era, desde su punto de vista, totalmente justa y apropiada. Fue una acusación pública en toda regla, oficial y leída desde el púlpito, y pro­clamada por el mismo juez ante los pocos amigos que Vicente había conseguido en París, entre los que se contaba Pedro Berulle. No había sido Vicente el ladrón sin embargo, sino un empleado de la botica cercana que, estando el juez ausente, había traído algunos remedios al enfermo. Pero esto no se supo hasta tiempo después por confesión del mismo empleado al ser atrapado in fraganti en otra sustracción de lo ajeno. Ni que decir tiene que el honrado juez, conocido el hecho, se apresuró a dar toda clase de excusas al señor Vicente. Por su parte, este, cuando fue acusado de robo en público, sorprendentemente no dijo nada en su descargo. «Dios sabe la verdad», fue todo lo que se le oyó decir. ¿Qué había pasado por el corazón y la cabeza de este joven sacerdote, que cuatro años antes había vendido un caballo alquilado y había hecho encarcelar por deudas a un pobre bribón? ¿De dónde le viene esta repentina mansedumbre, este renunciar a una defensa justa, este apelar a Dios con el riesgo de que Dios se calle y el quede tachado de ladrón para siempre? El hecho le dolió evidentemente en lo más profundo del alma, pues lo narró con un tono claramente afectado aún por la emoción nada menos que 47 años después de que sucediera. Oigámosle en directo, merece la pena, cómo le dolía aún a los 76 años a aquel temperamento siempre vehemente lo que le había sucedido a los 29. «¿Te justificarías tú? Ahí tienes una cosa de la que se te acusa, pero es falsa. No, tengo que sufrirlo con paciencia, dijo —lo cuenta en tercera persona—, elevándose a Dios».

Es un poco avanzado en su vida, ya esta por los treinta años, pero mas vale tarde que nunca. Hacia los 30 años el señor Vicente de Paúl está aprendiendo, en la frustración y en el fracaso, a elevarse a Dios. No hay el menor rastro de que lo hiciera en los tiempos soñadores del optimismo y de los grandes proyectos. En­tonces el emprendedor Vicente parecía bastarse a si mismo No es que le sobrara Dios, o le estorbara Dios, o aún menos que no creyera en Dios; pero no parece haber contado mucho con Él. Es más: si de joven cuenta con Él es con la esperanza de que Dios se ponga de su parte y a su servicio. «Espero de la gracia de Dios —escribe a su madre— que bendecirá mis trabajos y me concederá pronto el remedio de conseguir un retiro honrado…». O sea, que espera que Dios le ayude a hacer lo que él ha planificado por su cuenta y riesgo, sin preocuparse por saber de antemano si es eso lo que Dios quiere o no. Espera que Dios quiera y bendiga lo que él, Vicente, quiere. La frase de la carta a su madre tiene una resonancia engañosamente piadosa. Pero la aparente piedad de Vicente at escribir la carta es lo opuesto a la verdadera piedad: la actitud del creyente sincero que le hace elevarse a Dios para ver que es lo que Dios quiere y esforzarse por llevarlo a cabo. Esta Ileg6 a ser la actitud fundamental que convirtió al señor Vicente de Paúl en san Vicente de Paúl. Esto no ha llegado todavía cuando se le acusa en público de ladrón, pero hay indicios de que el joven sacerdote señor Vicente de Paúl parece estar ya en el buen camino.

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No hay nada como un buen guía para encontrar el buen camino. Aún más si el camino es complicado. Por fortuna, o más bien por providencia, nuestro joven sacerdote desorientado encontró al poco de llegar a París el hombre adecuado para orientarle por los complicados caminos del espíritu. Pedro de Berulle llegó mas tarde a ser cardenal, teólogo famoso, personaje publico. Cuando se conocieron Berulle tenía 35 altos, cinco más que nuestro hombre. A esa edad era ya un hombre de cierto prestigio, reconocido por un grupo de sacerdotes selectos que creyeron encontrar en él el director perfecto para que los orientara por los caminos de la vida sacerdotal. Berulle fue ordenado sacerdote un alto antes de que lo fuera Vicente de Paúl, a la edad de 24 años, como lo exigía Trento, no a los 20 como su dirigido. Había recibido una excelente educación humanista, filosófica y teológica a manos de los jesuitas y en la Sorbona, y desde muy joven se movió en los mejores círculos de vida espiritual que se podían encontrar en Paris. El cartujo Beaucousin, que fue su director, Benito de Canfeld, madame Acarie, de la que era pariente. Por contacto con ellos su espiritualidad juvenil estuvo fuertemente marcada por lo que se ha venido a calificar como «escuela abstracta», con sus raíces remotas en los grandes místicos alemanes del siglo XIV. Pero sus lecturas de la biblia y de los santos padres le llevaron a una visión de la fe centrada en el misterio de la encarnación. El centro de la sensibilidad espiritual del Berulle adulto es el Verbo encarnado, Jesús. Por la asimilación interior de los «estados» de Jesús en su vida terrena el hombre tiene acceso a la vida trinitaria. La escuela abstracta le había orientado fuertemente hacia una especie de búsqueda directa de la divinidad, búsqueda en la que la figura de Jesucristo no tenía importancia especial, y así se podía y debía dejar de lado en los estadios mas elevados de la experiencia religiosa. Berulle mismo compara el cambio de su perspectiva juvenil a su «cristocentrismo» posterior con la revolución de la visión copernicana en astronomía: Jesús es el centro alrededor del cual debe girar todo en la vida de fe, como los planetas alrededor del sol.

Berulle fue uno de los primeros hombres en el siglo XVII francés en preocuparse y trabajar por la reforma del clero en la línea de lo descrito por el concilio de Trento. Sus esfuerzos en este terreno, desarrollados sobre todo en el Oratorio de Jesús que el fundó a imitación del de san Felipe Neri en Italia, y a través de él en el trabajo de los seminarios, se basaban en una alta y profunda visión teológica del sacerdote como hombre revestido de los estados de Jesús, que obra en su nombre y en su Lugar para dar gloria a Dios, santidad a si mismo y a los hombres. Esto hace que Berulle, aunque tenía en alta consideración el estado religioso, piense que el estado sacerdotal es en sí mismo mas perfecto. Sus sacerdotes del Oratorio no harán votos, pues su carácter sacerdotal lleva ya en si mismo una mayor exigencia de santidad personal que la de cualquier profesión religiosa. En 1611, al poco tiempo de conocerse nuestros dos hombres, Berulle fundó con un pequeño grupo de sacerdotes la primera comunidad del Oratorio, con la que Vicente vivió algún tiempo, aunque sin intención de unirse a ella.

(1610)

Entre febrero de 1640, fecha de la carta a su madre que hemos citado arriba, y mayo del mismo año, en que se convirtió por contrato firmado en abad comen­datario de una abadía cisterciense, Vicente encontró un pequeño oficio que le proveyó de medios, aunque escasos, suficientes para no morirse de hambre. Un poco antes de convertirse en abad Vicente había entrado como limosnero y capellán en el palacio de Margarita de Valois. No era un cargo tan importante como suena a la primera, pues había otros varios sacerdotes con el mismo título en el mismo palacio. Ni era tampoco importante el trabajo, decir una misa diaria en la capilla del palacio y repartir algunas limosnas en nombre de la reina. Pero le proveía de un medio de vida, aunque fuera modesto, y, lo que es más interesante, le daba por fin fácil ingreso a un lugar de alta sociedad, de alta cultura y de alta riqueza. Fácil ingreso a un lugar más brillante de lo que pudiera haber soñado el adolescente que dejó su casa de Pouy para comenzar la gran peregrinación hacia las alturas.

Solo que el palacio de la reina Margarita y todo lo que representaba como símbolo de grandeza buscada y apetecida resulto ser una tremenda decepción. En cuanto pudo se escapó de él, no para irse a otro palacio más atrayente sino a una pequeña aldea cercana a Paris. En el palacio de Margarita de Valois, Vicente experimentó de primera mano la banalidad y la fealdad moral de lo que el mundo tiene, y el mismo había tenido hasta entonces, por grandeza humana. La decepción comenzaba con la misma Margarita, que a los 57 años de edad no conservaba ya nada de su antigua belleza seductora y pecadora. Era ahora fea, llena de verrugas, gorda hasta el punto de que tenía que pasar de lado a través de algunas de las puertas de su palacio; nada atractiva ya para caballeros, se hacia acompañar de inocentes pajes. Devota, a la vez. Oía dos o tres misas diarias, y exigía con firmeza que se rezara y cantara con propiedad y sin descanso el oficio litúrgico en la iglesia que había construido junto a su palacio. Y también amante de la cultura: en su palacio se reunían, para sesiones galantes y refinadas, poetas, escritores, místicos, teólogos. Había sido reina, es decir esposa de rey, pero este, Enrique IV, la repudio, aunque no la dejó en la calle. Lejos de eso, le construyó el palacio en el que era ahora Vicente capellán. A lo que con generosidad le había dado su ex-marido ella añadió por su cuenta y por simple rapiña las tierras hasta el borde mismo de la orilla del Sena, en la que luego se construyó un muelle de embarque que aún lleva el nombre del hecho que le dio origen: Malaquais, mal adquirido.

A Margarita la casaron con Enrique IV tan contra su voluntad que en la ceremonia de la boda le tuvieron que arrancar el «sí, quiero» no de palabra sino por un gesto forzado por su hermano Enrique III que le hizo doblar el cuello para que expresara una apariencia de consentimiento. De manera que cuando Enrique IV se cansó de ella no hubo problema alguno para conseguir una declaración de nulidad. Enrique, por su parte, volvió a casarse, esta vez con Maria de Médicis, sobrina de un banquero italiano a quien Enrique debía mucho dinero. A Maria de Médicis, gruesa y carnosa ya a los 20 años como la pintó Rubens, le colgaron inmediatamente en la corte de Francia el mote de «la banquera gorda». No le gustaban a Enrique las gordas, ni de tantos años. Se sabe el nombre de al menos cincuenta y cinco de sus amantes; a la edad de 56 años se enamoró como un loco de una adolescente de quince, Charlotte de Montmorency, casada con el príncipe de Condé, quien se la llevó a toda prisa a Bruselas para alejarla de las manos de quien sus contemporáneos bautizaron como el Verde Galán.

El mismo día y a la misma hora en que Vicente se convertía en abad, un puñal acabó con la vida de Enrique IV. Un día antes, este había hecho coronar a su legítima esposa Maria de Médicis como regente. Margarita, la ex-reina y patrona de Vicente, no tuvo el menor empacho en llevar el borde del manto de la regente en la ceremonia de coronación. Aunque ella misma era estéril, o tal vez porque lo fue, tuvo siempre un gran cariño por todos los hijos del rey, fuera quien fuera la madre, y en particular con los habidos de Maria de Médicis, a quien Margarita llamaba cariñosamente y sin resentimiento alguno «mi pariente italiana». Quien heredó el trono fue el mayor de los hijos de la Médicis, de nueve años a la muerte de su padre, a quien sucedió con el nombre de Luis XIII. Luis y Vicente se encontrarán cara a cara años después en circunstancias que narraremos en detalle, pero por los años en que estarnos ni se conocían, ni siquiera se habían visto.

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El convertirse en abad no se debió a una nueva vocación repentina surgida a los 30 altos, ni tampoco a un deseo de una vida más retirada de lo que había sido la suya hasta entonces, sino al simple deseo de tener derecho a percibir unas ciertas rentas de los bienes de la abadía cisterciense de San Leonardo de Chaume, rentas que se añadirían como ayuda muy oportuna a los modestos emolumentos del limosnero capellán. Sin duda que el señor Vicente se las prometía muy felices cuando recibió de manos del arzobispo de Aix «los títulos y documentos relativos a los derechos y a la renta temporal de dicha abadía» a cambio de una renta anual de 1.200 libras que Vicente debía pagar al arzobispo. Pero la abadía resulto ser una ruina y una fuente de procesos y litigios «contra diversos detentadores y usurpadores de los dominios de dicha abadía». De manera que unos altos después, cansado sin duda de pelear y no cobrar, el señor Vicente pasó sus derechos sobre la abadía a otro sacerdote, sin exigirle a cambio ningún tipo de pago o renta. Le transfiere los derechos sobre la abadía, dice, «por el gran afecto que el donante (Vicente) tiene al donatario, y por las muestras de amistad que ha recibido de el». El donatario en este caso es Francisco de Lanson que no vuelve a aparecer para nada en los mas de 40 años que quedan de vida al señor Vicente. Tal vez la donación fue el final de la amistad. A un verdadero amigo no se le hacen regalos de ese tipo.

Al de la abadía se le fueron añadiendo otros beneficios, de manera que Vicente tuvo, a la vez, los títulos con derecho a rentas de abad, canónigo y párroco de dos parroquias diferentes. Parecería que los viejos ideales y las antiguas ambiciones de su juventud iban teniendo satisfacción cumplida. Esto duró hasta 1616. En 1617 adquirió una parroquia mas, pero esta pobre y lejana, y no para extraer rentas sino para trabajar en ella como sacerdote. En 1617, a sus 37 años, el señor Vicente sigue siendo ciertamente el señor Vicente que fue ordenado en 1600, pero ya parece otra persona. Pero esto estaba por venir.

(1612)

En realidad comenzó a dar la impresión de que era otra persona cuando dejó, solo dos años después de entrar en él, el palacio de la reina Margarita, hastiado sin duda por tanta falsa grandeza y tanta fealdad moral, y aburrido por la falta de actividad. De un doctor teólogo amigo suyo nos cuenta el mismo Vicente años después que cayó en una horrorosa tentación contra la fe por haberse dedicado a la dulce ociosidad del palacio como teólogo ornamental. No era Vicente persona como para servir de ornamento a nadie ni a nada, ni antes ni después de convertirse a los caminos de la santidad. De manera que, o porque se lo pidió a Berulle, o porque se lo insinuó éste, Vicente dejó el palacio de la reina para ejercer de párroco de Clichy, pequeña aldea cercana a París en aquel entonces, y hoy un sector plenamente integrado dentro de la ciudad.

Era la primera vez, nótese, que Vicente llegaba a ejercer lo que hoy se calificaría como cargo pastoral. Era mayo de 1612, Vicente tenía 32 años, y hacía ya doce que se había ordenado sacerdote sin haber ejercido como tal en ningún sentido serio. Poco más de un ano estuvo en Clichy, pero la experiencia le marco a fuego para toda la vida. Cuarenta años después aún recordaba esa primera experiencia sacerdotal con un dulce regusto. El pueblo era bueno, el pueblo era obediente a su cura, se confesaban cuando el se lo insinuaba, cantaban los salmos sin fallar una nota, mientras que el, «pobre párroco —se decía a si mismo—, tú que eres su padre espiritual ignoras todo esto». Efectivamente, ignoraba todo eso. En cues­tiones de trabajo pastoral Vicente era a los 32 años un total ignorante. Las gentes sencillas y cristianas de Clichy le dieron una lección soberana sobre lo que supone una vida de fe. Para Vicente la experiencia fue decisiva, y le hizo ver y sentir algo que ni había sospechado antes ni después de ordenarse: que una verdadera vida de fe llena el alma y la satisface infinitamente más que los deseos y ambiciones de rentas, ascensos y seguridades. Se sintió en Clichy ante este descubrimiento más feliz que el papa, y más que su propio obispo, y así se lo hizo saber en una visita pastoral que este hizo a la aldea. En cuanto a Dios, le decía: «Dios mío, que feliz soy por tener un pueblo tan bueno».

(1613)

La felicidad le duró poco, y el que así fuera hay que atribuírselo, vista la trayectoria posterior de su vida, al mismo Dios. Pero la responsabilidad inmediata la tuvo una vez más Berulle, que en esta ocasión se mostró desconcertante en su decisión. Pues sacó de su parroquia a un joven sacerdote que por fin había encontrado el camino de su sacerdocio para meterlo en otro palacio de gente noble con el fin de que diera escuela a un niño de once años y a otro de tres. Es esto serial de que Berulle empezaba a tener en alta estima a su dirigido, pues de otra manera no lo hubiera recomendado como preceptor de los hijos de una de las familias más nobles de Francia, el matrimonio de Felipe Manuel de Gondy y Margarita de Silly. Eran los dos aproximadamente de la misma edad que Vicente; se habían casado muy jóvenes, y por curiosa coincidencia en el mismo año en que Vicente recibió la ordenación sacerdotal.

He aquí pues a nuestro héroe en otro palacio. Pero tampoco éste le debió de gustar mucho; ni el trabajo, o el poco trabajo, que le daba la instrucción de los niños. Consta que en los primeros meses de estancia en el palacio de los Gondy, Vicente fue presa de una especie de malhumor permanente y desagradable, que le hacía encerrarse durante horas en su habitación. Fueron sin duda meses de crisis, oca­sionados tal vez en parte por el recuerdo y la añoranza de la experiencia reciente de Clichy, la primera experiencia genuina de vida sacerdotal que Vicente ha tenido justamente el tiempo de gustar, y que Berulle con su autoridad ha cortado de raíz, tal vez sin darse cuenta de lo que hacia, dejando al señor Vicente con el dolor de un primer amor frustrado.

Vicente fue con todo ensanchando su radio de actividad sacerdotal a cosas que no estaban en el programa al entrar en casa de los Gondy. Comenzó con los propios criados de la casa, a los que impartía instrucción religiosa con regularidad; por otro lado, los viajes de los señores le ofrecían ocasión de predicar y confesar en los lugares sobre los que los Gondy ejercían señorío. Esta experiencia fue fun­damental para la historia posterior de Vicente, pues en estos viajes descubrió algunas cosas que iban a resultar decisivas para el resto de su vida: la existencia del mundo campesino, que el había intentado olvidar desde que salió de el hacia los 15 años; el lamentable abandono religioso y social del mundo rural, incluso del mundo rural de las tierras de un matrimonio altamente cristiano como era el de los Gondy; sobre todo, su propia capacidad para moverse como sacerdote con soltura en ese mundo, y la satisfacción sicológica consiguiente. Este mundo era mas rural que Clichy, tan rural como sus propias raíces vitales; además respondía perfectamente a un aspecto de su personalidad que había estado en la penumbra desde su llegada a Paris: este mundo rural de los Gondy ofrecía las condiciones perfectas para satisfacer su instinto andarín de movilidad, instinto dado sin duda por Dios, que en años anteriores el había malgastado y mal orientado por la visión egoísta de su sacerdocio.

La persona que mas iba a influir en la trayectoria de su vida posterior tampoco entraba en el programa de trabajo que le llevó a la casa de los Gondy. Se trataba de la señora del palacio, Margarita también de nombre como la ex-reina, pero mundos aparte de esta en todos los aspectos. Mujer bella, de carácter sensible, muy delicada de conciencia hasta llegar al borde mismo del escrúpulo, profun­damente religiosa, esposa muy fiel y madre muy cristiana, que no tuvo sin embargo demasiado éxito en la educación de sus hijos, padecía la tentación permanente de la inseguridad. Femenina hasta la exageración, no se creía capaz de vivir con independencia una vida espiritual sin apoyarse obsesivamente en un director es­piritual. Berulle lo fue durante algún tiempo y de alguna manera. Esta mujer exquisita y de capacidad sutil de percepción supo ver a través del mutismo taciturno y el mal humor del preceptor de sus hijos al hombre ideal que podía darle a ella una orientación segura en las complicaciones enmarañadas de su vida interior. Se lo pidió expresamente un año después de su entrada en el palacio, y Vicente, a quien nunca gusto ser director de conciencia, y que de todos modos no lo había sido aún, se negó a ello, probablemente con la excusa de falta de experiencia y de capacidad. Pero intervino Berulle a petición de la señora, y Vicente tuvo que plegarse a las órdenes de quien le había introducido cuatro o cinco años antes a él mismo por los caminos de la vida espiritual.

Margarita de Silly fue sin saberlo la primera de las varias mujeres que influyeron poderosamente en la historia de nuestro hombre. Ella fue, como vamos a ver, el instrumento de Dios para revelar al señor Vicente cual era el verdadero camino de su vida sacerdotal, y en ese aspecto se podría decir que fue la mujer de influencia decisiva en su vida. Pero aún hay otra más importante, a quien Vicente conoció un poco antes de que muriera Margarita en 1625, y que vino a coger el relevo de influencia femenina en la vida de nuestro hombre. También esta otra comenzó su relación con el señor Vicente como frágil dirigida, nerviosa, dependiente y escru­pulosa; también parecía ser incapaz, como sucede con frecuencia a mujeres in­teligentes y muy capaces, de sostenerse a si misma en los complicados caminos del espíritu y necesitar como el aire la ayuda varonil del director. Pero cuando ésta también murió su director reconoció en público que era una santa de cuerpo entero. Se llamaba Luisa de Marillac, y lo que no dijo el señor Vicente, pero pudo haber dicho, es que así como a Margarita de Silly debía él el haber encontrado el verdadero camino de su vida, a Luisa de Marillac debía al menos la mitad de su propia alma.

(1617)

El dar clases a los niños y el estar siempre a mano para tratar de aclarar los problemas de conciencia de la señora hizo que el señor Vicente tuviera que acom­pañar a la familia fuera de Paris en sus numerosos viajes por sus tierras serio riales. En uno de estos viajes sucedi6 el hecho que fue causa y ocasión del viraje decisivo que sufrió la vida del señor Vicente un poco antes de cumplir los 37 años. Había dedicado los diez primeros años de su vida sacerdotal a perseguir el pequeño ideal de un sacerdocio bien retribuido y tranquilo que le asegurara un buen pasar y los medios para ayudar a su familia. Los diversos planes y sueños perseguidos con este fin, algunos de ellos ambiciosos y descabellados, se habían hecho trizas uno a uno. Los ideales y los planes de la juventud le han resultado o imposibles de alcanzar o banales cuando por fin los alcanzó. El primer gran gozo de su vida, lo que de verdad podría llenar su alma grande y ambiciosa, lo había encontrado donde menos lo esperaba: de párroco en una aldea en las afueras de Paris.

De manera que cuando sucedió lo que vamos a narrar Vicente creyó oír en el fondo de su alma el eco lejano y profundo, hasta entonces apagado por su propia agitación, de la voz misma de Dios que le indicaba con claridad, por fin, su camino. No fue Vicente infiel a la llamada. No solo respondió a ella de inmediato, sino que fue fiel a la llamada hasta la muerte. No va a haber ya retrocesos ni indecisiones ni medias tintas en la respuesta. El día en que Vicente oyó la gran voz de Dios en el fondo de su alma se puso en marcha, como Abrahan, sin saber a donde iba, más bien sin saber a donde le llevaba la voz. Ese día, se puede decir ahora con toda precisión, comenzó la verdadera vida de san Vicente de Paúl. Hasta entonces no había vivido más que una vida de tanteos medio ciegos. Vicente de Paul comienza a vivir de verdad a plena Luz su vida Libre y liberada de hijo de Dios cuando se escapa del palacio de los Gondy para ir a sepultar el resto de su vida en otra aldea, esta vez remota y lejana, llamada Chatillon.

Las cosas sucedieron así en un pequeño lugar del señorío de los Gondy. El nombre del lugar era Gannes, de donde llegó recado al cercano castillo de Folleville, donde estaba a la sazón la familia de Gondy, para que el señor Vicente fuera a confesar a un anciano moribundo. Después de la confesión el anciano empezó a proclamar a los cuatro vientos, delante también de la señora, que la confesión general hecha al señor Vicente había sido la última gran misericordia de Dios a un gran pecador como el. Tenía fama de bueno y honrado entre los vecinos, pero el se creyó obligado a gritar a todo el mundo que de no ser por esa última confesión se hubiera sin duda condenado eternamente. Desde hacia arios venia ocultando graves pecados solo conocidos por el mismo, lo que había convertido su larga vida, tenida por los demás como una vida edificante, en una vida sacrílega.

Es fácil imaginar el susto que se llevaría al oír esto un alma sensible como la de Margarita. Si era tal el estado de uno de sus súbditos tenido por modelo de vida honrada, ¿Cuál sería la situación de los demás? Los Gondy, en la época de descomposición del feudalismo que les tocó vivir, representaban un tipo de señorío feudal en proceso de desaparición en el siglo XVII, el tipo clásico medieval fundado en una convicción cristiana que entendía la autoridad feudal y sus privilegios sociales y económicos como fundamentos de una obligación de responsabilidad social y religiosa. En esta visión cristiana tradicional el señor feudal es señor ante todo para velar por el bien de sus súbditos, o como decía el mismo señor Vicente en un sermón predicado en presencia del señor de Gondy y a sugerencia de este: «Dios ha puesto a los señores no solo para que cobren los censos y las rentas de sus súbditos, sino para administrarles justicia, mantener la religión y procurar que amen, sirvan y honren a Dios». Esa era la idea tradicional, idea que los Gondy suscribían también en la práctica. Pero la realidad mas común entre los nobles del tiempo era mas bien la que denunciaba ante los Estados Generales de 1614 en palabras violentas Robert Miron: «Se obliga a los campesinos a producir el alimento de su Majestad, del clero, de la nobleza y del tercer estado. Vuestra vida, señores nobles, se gasta en juegos de aventura, en la abundancia y en el despilfarro, en violencias públicas y privadas. El antiguo brillo de vuestro estado esta apagado».

No eran muchos ya los nobles de aquellos tiempos que verían con agrado su situación social definida en los términos del señor Vicente. Pero si la veían así los señores de Gondy. Por eso la revelación del campesino anciano, un hecho que para Vicente o cualquier sacerdote en cualquier época no revestiría aspectos ex­cesivamente llamativos, fue para la señora una verdadera y muy desagradable revelación. Sus súbditos eran no solo deficientes en su conocimiento de Dios; a juzgar por el caso del anciano era fácil presumir que se encontraban buena parte de ellos en peligro inmediato de condenación eterna. Los mismos sacerdotes que ejercían el ministerio en sus tierras daban tales muestras de ignorancia que ella había descubierto tiempo atrás que muchos de ellos no sabían ni la formula de la absolución. Entre confesiones sacrílegas y absoluciones nulas, Margarita de Silly se creó rápidamente una imagen de la población sometida a su autoridad como colocada al borde del abismo.

Ella se sentía responsable; ella era responsable. Ella tenía que buscar el remedio a aquella lamentable situación espiritual de sus súbditos. Como remedio de urgencia animó al señor Vicente a que subiera al púlpito y predicara a los habitantes de Folleville sobre la necesidad de hacer una buena confesión general. Lo hizo el señor Vicente el 25 de enero de 1617 en Folleville, y en las aldeas cercanas los días sucesivos, con un éxito tal que hubo que solicitar la ayuda de otros confesores para atender a las muchedumbres que venían a poner sus conciencias en paz con Dios.

Aquí debió de tener lugar la revelación, la voz profunda, que cambio el rumbo de la vida de nuestro hombre. ¡Qué hacía él en París, ciudad llena de frailes y de curas; que hacía perdiendo el tiempo en enseñar a dos niños que no querían aprender; intentando hacer algo para lo que no tenía cualidades, como escribió al señor de Gondy para pedir excusas por haber abandonado el palacio sin dar ex­plicaciones, casi clandestinamente? Su palabra había sido eficaz, muy eficaz, por contraste, para aquellas mentes campesinas, para aquellas almas pecadoras de buena voluntad. ¿No era ese su verdadero mundo? ¿No sentía en el fondo del alma la voz de Dios que le llamaba a invertir la gracia de su sacerdocio entre los campesinos y a dejarse para siempre de sueños de grandeza y de comodidad? Por otro lado ¿era justo, no era incluso peligroso para el mismo, que su alma sacerdotal se estuviera convirtiendo en propiedad casi exclusiva de una señora aristocrática de su misma edad, quien mostraba además un apego y dependencia a todas luces excesivos y no del todo espirituales?

A los pocos días de los sucesos de Folleville Vicente de Paúl abandonaba la casa de los Gondy sin despedirse de nadie con la intención de sepultar para siempre su vida sacerdotal en una remota aldea a más de 500 kilómetros de París. La aldea se llamaba Chatillon-les-Dombes.

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