Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 24

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Manera de gobernar el Sr. Vicente

Aunque el gobierno del Sr. Vicente aparece bastante en todo lo que ha sido relatado acerca de su Vida y de sus Virtudes, y se puede reconocer por las cosas que se han dicho cómo este Siervo prudente y fiel se ha portado recta y santamente en todas sus actuaciones, sin embargo, como eso se ha difundido generalmente a lo largo de esta obra, hemos pensado que, para una mayor edificación y satisfacción del lector cristiano, era conveniente recoger en un Capítulo único, lo que se ha juzgado más digno de destacarse sobre esta cuestión.

Y en primer lugar, si se considera cuál ha sido el fin que el Sr. Vicente se propuso, ya por lo que toca a otros, o a sí mismo, no fue otro que la mayor gloria de Dios y el cumplimiento de su santísima Voluntad. Ese era el único blanco al que el buen Siervo de Dios ha apuntado en todos sus proyectos y en todas sus empresas; era ahí adonde se dirigían todos sus pensamientos, todos sus deseos y todas sus intenciones; y, finalmente, ahí era adonde se esforzaba en llevar a los demás con sus avisos, consejos exhortaciones y con todas las ayudas espirituales y temporales, que les proporcionaba; no pretendía en todo y por todo, sino que el nombre de Dios fuera santificado, su Reino aumentado, y su Voluntad realizada en la tierra como en el cielo: es ahí adonde su espíritu miraba, y adonde su corazón aspiraba incesantemente.

Ahora bien, para llegar a ese fin el medio principal y el más universal empleado por él, ha sido el de conformar su conducta a la de Nuestro Señor Jesucristo, habiendo juzgado muy sabiamente que él no podía andar ni guiar a los demás por un camino más recto ni más seguro, que por el que el Verbo y la Sabiduría del mismo Dios le había trazado con sus ejemplos y con sus palabras; a tal efecto, los tenía siempre presentes en su espíritu para moldearse y formarse en todo lo que decía y hacía sobre ese Original de toda virtud y santidad. Tenía su Santo Evangelio grabado en su corazón, y lo llevaba en la mano como una luz hermosa para guiarse, de manera que podía decir con el Profeta: Tu palabra, Dios mío, es como una clara an torcha para iluminar mis pasos, y para hacerme conocer el camino que debo seguir para ir a Ti.

Caminando, pues, a la luz de esta divina claridad, se ha propuesto, ante todo, trabajar con la ayuda de la gracia para su propia salvación y para su propia perfección, imitando las virtudes de su Divino Maestro. Había aprendido de su Evangelio, que no valdría de nada al hombre ganar todo el mundo, si perdía su alma; y que la Regla más justa y más segura del amor que debemos a nuestro prójimo, es el verdadero amor que estamos obligados a tenernos a nosotros mismos.

Después de los primeros cuidados que miraban por su salud y por su perfección, ha creído que no podía hacer nada mejor que conformarse a su Divino Salvador, entregándose enteramente a procurar la salvación y la santificación de las almas que El había redimido al precio de su sangre y de su muerte. Por eso, no escatimó ni tiempo, ni fatigas, ni su vida, que ha consumido en las diversas actividades de caridad (de ellas hemos hablado ampliamente en las tres partes de esta obra), pues ha actuado con conducta tan perfecta y tan santa, que ha parecido que venía de Dios, y que el Espíritu Santo era su autor y director: esto se conocerá todavía mejor con la consideración de las excelentes cualidades y propiedades de esta conducta. Porque, en primer lugar, ha estado siempre acompañada de una humildad muy grande, que era como la primera y la más fiel consejera del Sr. Vicente, quien, a pesar de que tuviera un espíritu capaz y muy despejado, con todo, desconfiaba siempre de sus propios pensamientos; y por eso acudía a Dios en toda clase de asuntos para pedirle luz y ayuda. Después de eso buscaba también y recibía muy gustosamente el consejo de otros, incluso de sus inferiores, y exhortaba con frecuencia a los suyos a que actuaran así en los asuntos.

He aquí lo que le escribió un día sobre esta materia al Superior de una de las casas de su Congregación: «Tan lejos está de ser malo —le dice— recibir consejos de otros, que, por el contrario, es conveniente e incluso necesario hacerlo cuando la cosa de la que se trata es de importancia, o cuando solos no la podemos resolver bien. Por lo que toca a los asuntos temporales, se suele buscar el consejo de algunos abogados o de otras personas externas, que sean inteligentes; y en cuanto a las cosas que corresponden al interior de la casa, se consulta con los Oficiales destinados para eso, y también con algunos otros de la Comunidad, cuando se juzga conveniente. En cuanto a mí, yo consulto a menudo incluso a nuestros Hermanos, y acepto sus consejos en las cosas correspondientes a sus oficios; y cuando esto se hace con las precauciones debidas, la autoridad de Dios, que reside en los Superiores no recibe ningún deterioro; más bien al contrario, el buen orden que se sigue de ello la hace más digna de amor y de respeto. Le ruego que obre así, y que recuerde, que cuando se trata de cambios o de asuntos extraordinarios, se los proponga al Superior General».

Y en otra ocasión, al aconsejar a otro Superior que use del mismo estilo: «Vivan entre ustedes —le dice— cordial y sencillamente, de forma que viéndoles a todos juntos, no se pueda saber quién es el que tiene la condición de Superior. No resuelva nada por poco importante que sea, sin oír sus consejos, y, sobre todo, de su Asistente. En cuanto a mí, reúno a los míos cuando hay que resolver alguna dificultad en la forma de actuar referente a las cosas espirituales o eclesiásticas. Y cuando se trata de asuntos temporales, me aconsejo también con los encargados de ellos. Pregunto también el parecer a los Hermanos en lo tocante al cuidado de la casa y a sus oficios, por el conocimiento que tienen de ellos. Eso ayuda mucho al Superior a tomar una decisión. Por eso le ruego que se sirva de ese medio para obtener éxito en su cargo».

Después de haberse aconsejado y decidido de esa manera lo que había que hacer, se mantenía firme y constante en la ejecución, y no escuchaba más los pensamientos contrarios que le podían venir a la mente.

«Después de haber encomendado algún asunto a Dios —decía un día a algunos de los suyos sobre este tema— y habernos aconsejado, debemos atenernos firmemente a lo que se ha decidido, rechazando como tentación todo lo que nos pudiera venir en contra, con la confianza de que Dios no lo considerará desagradable y que no nos censurará, pudiendo decirle como legítima excusa: Señor, yo te he encomendado el asunto, y me he asesorado, que es todo lo que puedo hacer para conocer Tu Voluntad. El ejemplo del Papa Clemente VIII viene muy bien para este caso. Le habían propuesto un asunto de mucha importancia, que interesaba a todo un Reino. Le habían enviado donde él varios mensajeros, y había pasado un año sin que los hubiera querido oír, aunque le hubieran podido avisar de ello. Pues bien, encomendó la cosa a Dios, y trataba la cuestión con los que tenía mayor confianza y consideraba más capaces y más inteligentes: al fin, después de varias consultas, tomó una resolución ventajosa para la Iglesia. Y con todo, después de eso, tuvo un sueño, en el cual le parecía que Nuestro Señor se le presentaba con una cara severa, censurándole lo que había hecho, y amenazándole con castigarlo. Al despertarse, asustado por tal visión, manifestó el sueño al cardenal Toledo, el cual, después de considerarlo todo ante Dios, le dijo que no debía sufrir ninguna pena por ello; que aquello sólo era una ilusión del demonio, y que no había ninguna razón para temer, pues había encomendado el asunto a Dios, y se había aconsejado, que era todo lo que podía hacer. Y aquel buen Papa, tranquilizado por aquel consejo, no sintió más preocupación alguna por aquella cuestión».

Aunque el Sr. Vicente se sirvió de este modo de las luces y de los consejos de los demás, no se creía por eso dispensado de usar por su parte toda la atención y la vigilancia posible para apartar el mal, y procurar el bien de los que estaban bajo su dirección. Siempre tenía el ojo avizor para conocer lo que sucedía entre los suyos, y para mandar, disponer y proveer a todo lo que podía exigirse a sus cuidados. Pero actuaba en esto con una muy grande prudencia y circunspección, que era otra propiedad de su conducta, y en la que sobresalió notablemente. Todos los que lo han conocido han podido notar cuán prudente y considerado era en todo lo que decía y hacía, principalmente cuando se trataba de la dirección y conducta de otros, o cuando se veía obligado a dar su parecer sobre algún asunto: porque era muy reservado y circunspecto en sus palabras, pues no decidía de ordinario de forma absoluta las cosas por sí mismo, sino proponiendo sencillamente sus ideas, como sometiéndolas en cierto modo al juicio de los que le pedían consejo.»Me parece—decía— que podría enfocar este asunto de esta manera. Quizás haríamos bien en obrar de este modo. Si les parece bien servirse de este medio, hay razones para creer que Dios lo bendecirá»; y otros términos parecidos de los que se servía habitualmente para proponer sus ideas, evitando las palabras demasiado fuertes y las maneras de expresarse que podían manifestar un espíritu de suficiencia, o la presunción de estar acertado en los consejos. Nunca decía absolutamente: Le aconsejo que haga tal y tal cosa. Y muy raramente: Este es mi consejo o mi opinión, sino sencilla y humildemente: Este es mi pensamiento, o bien, Esto es lo que me parece. Sin embargo, cuando adelantaba alguna propuesta, o algún consejo, cuya resolución estaba expresamente contenida en las máximas del Santo Evangelio, en ese caso no dudaba, sino que se atenía absolutamente a ese Oráculo de la Verdad.

Tenía por norma que había que temer que un consejo dado en el acto, no fuera más bien del propio espíritu particular, que del Espíritu de Dios; y creía que había que consultar siempre antes de hablar o de responder, salvo en ciertas ocasiones, cuando no se puede retrasar dar el parecer sobre algún asunto urgente y cuando hay que responder inmediatamente a los que preguntan. El Sr. Vicente a veces ha actuado de esa forma, aunque rara vez en cosa de importancia; pero fuera de que nunca lo hacía sin elevar su espíritu a Dios y pedirle interiormente luz y asistencia, habitualmente no ofrecía ninguna solución, que no la apoyara en algún pasaje de la Sagrada Escritura, o en algún hecho del Hijo de Dios relacionado con el tema consultado.

Necesitaba elegir una persona adecuada y capaz para ejercer el Consulado de Túnez en Berbería y puso los ojos en el Sr. Husson, abogado del Parlamento de París, que vivía entonces en MontmirailenBrie y reunía para dicho cargo todas las buenas cualidades deseables. Le propuso la idea que tenía por medio de una carta; en ella le expuso ampliamente los pros y los contras, sin persuadirle de otra manera, dejándole plena libertad para decidirse.

«Para conocer lo que Dios quería de mí —dice el abogado— fui a verme con el Sr. Vicente. Mi mayor dificultad nacía del miedo que tenía de marcharme de Montmirail demasiado a la ligera, o de mantenerme aquí demasiado obstinadamente. Y para evitar lo uno y lo otro de esos peligros, era necesario estar cierto de lo que Dios me pedía. Había, pues, acudido al Sr. Vicente para decidirme. El, por su parte, deseaba mucho que yo me aconsejara de uno distinto que él. Pero, como yo insistiera en que sólo quería aconsejarme de él, mire, finalmente, de qué manera me habló el día de Pascua de 1653″: «He ofrecido a Nuestro Señor —me dijo— al celebrar la Santa Misa, las penas, los gemidos y las lágrimas de usted, y a mí mismo, después de la Consagración: me eché a los pies de Nuestro Señor, rogándole que me iluminara. Hecho esto, he considerado atentamente lo que hubiera querido haberle aconsejado hacer en la hora de mi muerte; y me ha parecido que si hubiera tenido que morir en aquel mismo instante, yo hubiera quedado consolado por haberle dicho que fuera a Túnez por los bienes que usted puede lograr, y hubiera experimentado, por el contrario, un gran pesar, si le hubiera disuadido. Eso es sinceramente lo que pienso. Usted, con todo, puede ir, o no ir»

«Confieso —prosigue el mismo abogado— que ese procedimiento tan desinteresado me hizo ver claramente que Dios me hablaba por su boca. Y él se manifestó tan poco apegado a su propio parecer y al consejo que me había dado, que la cosa se puso de nuevo en deliberación; y él no asistió a la resolución que me aconsejaron, sino porque le supliqué con mucha insistencia».

No quería destinar por sí mismo a los Misioneros que destinaba a países lejanos: no escogía sino a los que habían sentido antes inspiración de Dios y disposición interior para esas misiones extraordinarias, y que además habían pedido varias veces marchar allí, pensando prudentemente que un hombre llamado por Dios logra más fruto que muchos otros que no tienen una vocación pura.

A esta prudencia y circunspección que usaba en su gobierno, unía la fuerza y la entereza para mantener la exactitud y la regularidad. A propósito de esto decía, que las personas encargadas de otros debían mantenerse firmes en la observancia y, sobre todo, en preocuparse seriamente en no ser causa de relajación por falta de entereza o de regularidad; y que, entre todo lo que puede hacer venir a menos a las Comunidades de su buen estado, no había nada que fuera más peligroso, que cuando están gobernadas por Superiores u otros Oficiales demasiados blandos, y que desean dar gusto a todos y hacerse querer.

Añadía que «como los malos resultados de una guerra se atribuyen ordinariamente al General del Ejército, así los defectos de una Compañía provenían ordinariamente de las faltas del Superior; y que, por el contrario, el buen estado de los miembros dependía de la buena dirección del Jefe. Que había visto una Comunidad de las más regulares que había en la Iglesia, venir a menos en cuatro años por el descuido y la cobardía de un Superior. De ahí concluía con estas palabras:»Si pues todo el bien de una Comunidad depende de los Superiores, ciertamente se debe pedir mucho a Dios por ellos por estar encargados, y por tener que dar cuenta de todos los que están bajo su responsabilidad».

Algunas personas de diferentes disposiciones de las que unas eran menos observantes y otras muy exactas y virtuosas, vivían en una misma casa. El Sr. Vicente escribió al Superior, que se quejaba de todos, la carta siguiente: «Siento mucho lo de usted, y no sin razón, por la conducta del Sacerdote y del Hermano, de los que usted me escribe. ¡Dios les conceda la gracia de abrirles los ojos para ver el peligro en que están de seguir así los movimientos de la naturaleza rebelde, que nunca está de acuerdo con el Espíritu de Jesucristo! ¡Oh! ¡Qué difícil es —dice la Escritura— que los que después de haber sido iluminados, caen, se levanten! Ciertamente, tienen muchos motivos para temer que se puedan perder por desgracia, si abandonan el camino donde Dios los ha puesto; porque ¿cómo cumplirán su deber en el mundo, si no lo cumplen en la situación, en que están? Aquí están ayudados con tantas gracias de Dios, y con socorros espirituales y temporales, de los que no podrán disponer fuera de su vocación Sin embargo, no hay por qué extrañarse de ver así a unos espíritus vacilantes y que se salen. Lo mismo acontece en las más santas Compañías; y Dios lo permite para dar a conocer a los hombres la miseria del hombre, y para dar motivos de temer a los más firmes y más decididos. También es para probar a los buenos y para hacer practicar a los unos y a los otros varias virtudes. Usted me escribe con ocasión de esas dos personas inobservantes y descontentas, que la virtud de los señores N. y N. es un poco pesada para los otros, y yo lo creo; pero es para los que observan menos regularidad y vigilancia por su propio progreso y el de sus Hermanos. Sí, señor, el celo y la observancia de aquéllos molestan a los que no los tienen, porque el fervor de aquéllos condena la flojedad de éstos. Le confieso que la virtud tiene dos vicios a ambos lados, el defecto y el exceso: pero el exceso es de alabar, si lo comparamos con el defecto, y debe ser más tolerado. Esos dos buenos Misioneros elevan su virtud hasta un grado al que los otros no pueden alcanzar; éstos se imaginan que hay exceso, y delante de Dios no lo hay. Encuentran criticable su modo de obrar, porque ellos no tienen el valor de imitarlos. Dios nos conceda la gracia de encontrar en Nuestro Señor todo lo bueno que hay en lo que no es malo».

Escribió también a uno de sus Sacerdotes que estaba dando misiones, en estos términos: «Usted, señor, se encargará de la dirección de los que están en su Compañía, y le ruego a Nuestro Señor, que les haga participar de su espíritu y de su dirección. Emprendan, pues, esta Santa Obra con ese espíritu: honren la prudencia, la previsión, la mansedumbre y la observancia de Nuestro Señor. Usted hará mucho, si hace observar el Reglamento como conviene, porque eso es lo que atrae la bendición de Dios sobre todo lo demás. Comience, pues, con la puntualidad en las horas de levantarse y de acostarse, en la oración, en el Oficio divino, en los demás actos. ¡Ah señor! ¡La costumbre de esas cosas, una vez formada, es un rico tesoro, y, lo contrario lleva inconvenientes tras de sí! ¿Por qué, pues, no se va a esforzar usted en cumplir con los deberes para con Dios, puesto que vemos que las personas del mundo observan en su mayor parte tan exactamente el orden que se han propuesto en sus negocios? Rara vez se ve a los funcionarios de la Justicia faltar al levantarse, al ir a Palacio y al volver a las horas habituales; tampoco a los comerciantes, abrir y cerrar sus tiendas: solamente nosotros eclesiásticos, que somos tan amantes de nuestras comodidades, andamos sólo según el movimiento de nuestras inclinaciones».

El Sr. Vicente no sólo recomendaba la exacta observancia del Reglamento en las casas de la Congregación y en las Misiones, donde trabajaban los suyos; también quería que guardaran el Reglamento, en cuanto era posible, en los viajes que emprendían.

La mayor parte de sus Sacerdotes pueden informar adecuadamente de todo esto. Solamente referiremos aquí lo que uno de ellos ha declarado sobre esta materia por escrito en estos términos: «El Sr. Vicente me ordenó marchar con otro Sacerdote de la Compañía a una Provincia lejana. El día antes de salir por la tarde, nos tuvo a los dos bastante rato en su habitación, indicándonos lo que teníamos que hacer durante el viaje, que iba a ser de once a doce días, junto con el correo de Toulouse, que llevaba consigo a otras muchas personas de diversa condición».

«Entre otras cosas nos recomendó especialmente cuatro: la primera, que no dejáramos nunca de hacer la oración mental, incluso a caballo, si no teníamos tiempo para hacerla en otra ocasión; la segunda, que celebráramos todos los días la Santa Misa, si era posible; la tercera, que mortificásemos la vista por el campo, pero, sobre todo, por las ciudades, y también la boca con la sobriedad en las comidas entre las personas del mundo; y la cuarta, que tuviéramos el catecismo con los sirvientes y las criadas de las posadas y, sobre todo, con los pobres».

Aunque su gobierno fue exacto hasta en los menores detalles, y se mostró firme para mantener esa observancia, sin embargo, acompañaba esa entereza con una gran mansedumbre y suavidad, imitando en eso la forma de actuar del mismo Dios, el cual, como dice el Sabio, alcanza fuertemente sus fines, y dispone suave mente todas las cosas para llegar a aquellos. El Superior de una casa de la Congregación ha dado sobre esto el testimonio siguiente en estos términos: «El Sr. Vicente era muy riguroso consigo mismo y muy estricto; pero lleno de mansedumbre y de caridad con los demás, a quienes trataba de contentar en todo lo que podía razonablemente. Le pedí un día permiso para salir a la ciudad, y me lo negó, aunque con pena, y me dijo (aunque yo no tenía por qué pedir ninguna explicación, pues solamente su voluntad era ley para mí) que era, porque habían salido varios, y yo podía ser útil a la casa. Sin embargo, como pensó que me había molestado, porque yo le había manifestado cierta insistencia, el día siguiente mandó buscarme, y me pidió que fuera a la ciudad, adonde yo quisiera, porque tenía por costumbre usar siempre palabras muy amables, pues no solía emplear palabras de mandato, ni otras parecidas que hicieran aparecer su poder y su autoridad; sino que usaba ruego, y decía: Le ruego, Señor o Hermano, que haga esto o aquello», etc

Tenía la costumbre de hacer acudir a su habitación, la tarde anterior a la salida, a los que mandaba a misionar, o de viaje; y allí les hablaba como un verdadero Padre; y a la vuelta, los recibía con los brazos abiertos con un afecto cordial. Uno de ellos ha dicho lo siguiente, y todos los demás podían decir lo mismo:  «No puedo admirar suficientemente la caridad y bondad de ese gran corazón. Cuando marchaba de viaje o cuando volvía, me hallaba como embalsamado por sus abrazos, y por la cordial acogida que me hacía. Sus palabras totalmente llenas de una especie de unción espiritual eran tan suaves y, a pesar de eso, tan eficaces, que lograba que hiciera todo lo que él quería sin coacción alguna».

Cuando se veía obligado a negar alguna cosa, quería que se dieran cuenta, sin que se viera obligado a declararlo claramente, de su miedo a causar pena. Alguno de los suyos una vez trató de urgirle a que le consintiera una cosa que le proponía, y que a él no le parecía oportuna, y le respondió en estos términos: Le ruego que me lo recuerde en otra ocasión

Escribiendo a otro que sentía la marcha de uno que trabajaba con él: «No me cabe duda —le dice— de que la separación de ese querido compañero y de ese fiel amigo le resultará muy dolorosa, pero acuérdese, señor, de que Nuestro Señor se separó de su propia Madre y de que sus Discípulos, a los que el Espíritu Santo había unido tan estrechamente, se separaron unos de otros para ir a servir a su Divino Maestro».

Un Superior se le quejaba de las dificultades que hallaba en su cargo y de la dificultad que tenía en contentar a los de dentro y a los de fuera. Le escribió en esto términos: «Siento las penas que usted sufre, pero no se debe extrañar de las dificultades, y, aún menos, dejarse desanimar; pues se las encuentra por todas partes. Basta con que dos hombres vivan juntos, para que se presten a ello; y aún cuando usted viviera solo, estaría molesto con usted mismo y hallaría en usted con qué ejercitar su paciencia. ¡Tan cierto es que nuestra desgraciada vida está llena de cruces! Alabado sea Dios por el buen uso que hace usted de las suyas, estoy persuadido de ello. Estoy demasiado enterado de la sabiduría y de la mansedumbre de su espíritu, como para dudar que le falten en esas ocasiones enojosas. Si usted no logra contentar a todo el mundo, por eso no tiene por qué afligirse; pues Nuestro Señor tampoco lo hizo. ¿Cuántos hubo, y cuántos hay todavía, que han encontrado qué censurar de sus palabras y de sus actos?».

Tenía la costumbre de adivinar las disposiciones de los suyos para los trabajos difíciles, y para los sitios lejanos adonde pensaba destinarlos para el servicio de Dios.

«Le escribo —le dice a uno de sus Sacerdotes— para conocer cómo está su salud, y qué inspiración le dará Dios ante la propuesta que le voy a hacer. Nos llaman a N. para una fundación, y con la intención de destinar a cuatro o cinco Misioneros. He puesto los ojos en usted para que sea el Superior. Por eso, señor, sólo le falta dirigirse a Dios para escuchar lo que El le diga sobre este asunto. Y le ruego que me escriba cuanto antes su disposición, tanto del cuerpo como del alma, para esta santa empresa. Suplico a Nuestro Señor, que nos haga a todos la gracia de responder siempre y en todos los sitios, a su adorable Voluntad».

Actuaba casi del mismo modo con los que estaban presentes, pero siempre de modo diferente según la disposición y el natural de cada uno; y ordinariamente los acogía de manera muy alegre y muy cordial. Ahí va un ejemplo. Queriendo un día destinar a uno de sus Misioneros a Roma, le preguntó si estaba dispuesto para hacer un viaje largo para el servicio de Dios, sin decirle a qué lugar. El interesado le respondió que estaba dispuesto. Pero es fuera del Reino, —añadió el Sr. Vicente. —No me importa, respondió el otro. —Mire, que hay que atravesar el mar, le añadió. —Me da lo mismo ir por tierra que por mar, respondió el Misionero. —Pero hay mil doscientos cuartos de legua de distancia, añadió una vez más el Sr. Vicente sonriendo, preparándole así alegremente a hacer aquel viaje. Y hacía lo mismo de ordinario con todos los suyos, aunque con otros términos, para prepararlos más suavemente a hacer las cosas que Dios les pedía para su servicio.

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