Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 24, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Gobierno en los asuntos temporales de las casas de la Congregación

Hemos visto en alguno de los Capítulos anteriores qué grande era la confianza del Sr. Vicente en la Providencia de Dios, en lo tocante a los bienes externos necesarios para la subsistencia de las casas de su Congregación; y cómo tenía seguro, que si los suyos observaban fielmente sus Reglas, y desempeñaban fielmente todos los deberes de su Instituto, la Divina Providencia no permitiría jamás que les fuera a faltar las comodidades requeridas para la vida, fundándose en la promesa que el Hijo de Dios hizo cuando dijo: Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo de más, que necesitéis se os dará por añadidura.Eso no impedía que él velase por conservar y administrar, con toda la economía que le era posible, los bienes temporales de su Compañía: tanto porque Dios, al ordenar que los hombres ganaran su vida con el sudor de su frente, ha establecido, al mismo tiempo, la necesidad del concurso de las causas segundas para cooperar con El en la producción y la preparación de las cosas que necesitan; como porque corresponde a los Padres de familia alimentar a sus hijos; a los generales de los ejércitos suministrar armas y víveres a los soldados, y a los Jefes de las Compañías influir en el espíritu y en la vida de sus miembros. Según esto, el Sr. Vicente estaba obligado a proveer a la subsistencia de los suyos. Trabajaba, pues, en eso puramente porque Dios lo quería, y porque el bien de las almas lo exigía así. Por eso, él hizo las dos cosas. La primera, hacer valer los pocos bienes que poseían, y la segunda, administrar bien la pequeña renta.

En primer lugar, para hacer valer los bienes de la Compañía y conservarlos, no solamente instituyó Procuradores para ello otras personas inteligentes para ayudarle bajo su dirección, sino que de tal modo era bajo su dirección, que no hacían nada sin su consejo: él les señalaba lo que tenían que hacer y, a menudo, lo que debían decir, y después, hacía que rindieran cuentas. Habitualmente les pedía cuentas al anochecer de lo que habían llevado a cabo durante el día, y les daba las órdenes para el día siguiente; y para que nada quedara descuidado, les decía frecuentemente, que, después de empezar un negocio, había que seguir con él hasta terminarlo. Cualquiera que fuera el cuidado, que hubieran tomado de los negocios quienes estaban señalados para ello, no podía sufrir que hicieran nada, ni dentro, ni fuera sin hablar con él sobre dicho asunto, por poco importante que fuera, y si eran demasiado propensos a obrar por sí mismos, los deponía. Y lo mismo a los Superiores de las otras casas de su Congregación que realizaban cosas extraordinarias, como construir, demoler y derribar, sin contar con él y sin haber recibido su aprobación y consentimiento; porque, de otro modo, —decía él—, si cada uno hace lo que quiere, se destruiría la dependencia instaurada de Dios, y sólo se verían cambios y desórdenes en las casas.

Ponía en explotación algunas fincas de la Comunidad de San Lázaro con las manos de los Hermanos de su Compañía, y podía decir con el Apóstol, que los Misioneros trabajan con sus manos en la publicación del Evangelio. Con los Hermanos empleaba también a criados para las labores de las fincas, para tratar de conseguir la provisión de trigo; alimentaba en ellas rebaños y animales domésticos para ayudar a los demás gastos de la casa de San Lázaro, que, como eran muy grandes, requerían el uso de todos los recursos posibles para hacerles frente. Procuraba enterarse de las menores cosas, así como de las más grandes, y veía de cuando en cuando las cuentas de la pequeña relación del corral de San Lázaro. Vigilaba todo, llevaba cuenta de todo, y cuidaba de todo, también de los árboles y de los rendimientos de las huertas, para que nada se perdiera o se malgastara por falta de previsión o manejo inadecuado; en una palabra, estaba persuadido de que no había nada que fuera indigno de su preocupación.

Aunque mantuvo que todas las misiones se dieran gratuitamente, y se haya introducido entre los suyos la costumbre de no recibir ningún regalo ni retribuciones de personas evangelizadas por ellos, a pesar de eso, para adaptar su conducta a la de Nuestro Señor, que recibía limosnas, de ordinario no rechazaba las que le llegaban fuera del tiempo de las misiones, con tal de que tales dádivas se hicieran por caridad y no como salario o recompensa. He aquí lo que escribió un día a uno de sus Sacerdotes sobre esta materia: «No hay dificultad en recibir la caridad del Señor N. Y si ya la ha rechazado usted, preséntele sus excusas; no tenemos derecho a rechazar lo que él nos da por amor».

En segundo lugar, para administrar bien la pequeña renta, compraba las provisiones de víveres y de telas no sólo en los tiempos más adecuados, sino también en los sitios más propios; hecho eso, recomendaba a los que tenían esas cosas a su cargo, que no dejaran perder nada; estaba alerta para que la frugalidad se observara en todas las cosas y, para que cada cual se contentara con las ropas y la comida que le daban, aunque pobres. En los años malos, cuando los víveres estaban muy caros, se fijaba si había algo que quitar a las porciones habituales de vino o de carne, a fin de que cada uno sintiera un poco la incomodidad pública, y que el gasto no fuera tan grande.

Una vez que la helada había estropeado los trigos y las viñas, pronunció un hermoso discurso para animar a los suyos a compartir la aflicción pública, y terminó con estas palabras: «Hemos de gemir bajo la carga de los pobres y sufrir con los que sufren; si no, no somos discípulos de Jesucristo. ¿Qué vamos a hacer? Los habitantes de una ciudad asediada miran de vez en cuando los víveres de que disponen. ¿Cuánto trigo tenemos? Tanto. ¿Cuántas bocas? Tantas. Y según eso, tasan el pan que debe tener cada uno, y dicen: ¿Con dos libras por día podemos llegar hasta tal fecha? Y cuando ven que el asedio puede durar más, y que los víveres van disminuyendo, se limitan a una libra de pan, a diez onzas, a seis o a cuatro onzas para resistir más tiempo e impedir ser conquistados por el hambre. Y en el mar, ¿qué es lo que hacen cuando un barco ha sido arrojado por la tempestad, y detenido mucho tiempo en algún rincón? Cuentan las galletas, toman nota del agua que queda, y, si hay poco para poder llegar adonde desean ir, disminuyen la ración; y cuanto más tardan, más la racionan. Pues bien, si los gobernadores de las ciudades y los capitanes de los barcos obran de ese modo, y si la prudencia misma requiere que obren con esa preocupación, ya que de otra forma podrían perecer, ¿por qué no vamos a hacer nosotros lo mismo? ¿Acaso los demás burgueses no recortan también su presupuesto, y las mejores casas no miden también su vino, al ver que este año no se podrá vendimiar, y quizá resulte difícil encontrar vino el año que viene? Ayer mismo, algunas personas de la ciudad, de buena posición, que vinieron a verme, me decían que en la mayor parte de las casas tendrían que privar totalmente de vino a sus sirvientes; les dirán: Buscadlo vosotros; aquí no hay vino más que para el dueño».

«Todo esto, Hermanos míos, nos ha hecho pensar en lo que teníamos que hacer; ayer reuní a los Sacerdotes antiguos de la Compañía para pedirles su parecer. Hemos creído conveniente reducir el vino a un cuartillo por comida, por este año. Esto le disgustará a algunos, que creen necesitar un poco más; pero como están acostumbrados a someterse a las órdenes de la Providencia y a superar sus apetitos, sabrán aceptar este contratiempo, lo mismo que hacen, cuando se trata de otra clase de mortificación, que no se quejan. Quizás algunos se quejen por estar apegados a sus propias satisfacciones: espíritus carnales, hombres sensuales e inclinados a sus placeres, que no quieren perder ninguno y que murmuran de todo lo que no les sale a gusto. ¡Oh Salvador, líbranos de este espíritu de sensualidad!».

Evitaba el Sr. Vicente toda clase de gastos superfluos; adquiría de lo necesario lo menos que podía; no escatimaba nada para la caridad, como ya lo hemos dicho en otra parte; daba todo para Dios y para la salvación de las almas; pero a la carne, a la sensualidad, a los placeres y las comodidades, lo menos que podía; nada de construcciones que no fueran absolutamente necesarias, nada de adornos ni pinturas; tampoco de ornamentos, de mueblaje, ni de arreglos, que no fueran de extrema necesidad.

Y aunque él solía estar a menudo obligado a hacer y a cambiar muchas cosas que parecían útiles, y hasta convenientes, siempre se mantenía firme para no emprender tales gastos, y daba como razón que Dios, como no estaba obligado a dar más que lo necesario, no debía empeñarse en lo superfluo.

Un Superior de una de sus casas le apremiaba a que le consintiera construir un pabellón y que la casa de San Lázaro contribuyera a ello, ya que no disponía de recursos para edificarlo; y le indicaba que, de no disponer de él, dejaban de hacer mucho bien, y que los particulares, al no poder vivir allí, estaban hastiados y desordenados.

Veamos la prudente carta que le envió: «Usted me habla de empezar su pabellón. ¡Oh Jesús! Señor: No hay que pensar en eso. Es una gran misericordia que Nuestro Señor ha hecho a la Compañía darle esa casa tal como está, a la espera de que plazca a su Divina Bondad enviarnos ayuda. En cuanto a los inconvenientes que usted me alega, ya que no podemos obrar de esta forma, nosotros no seremos la causa de ellos, y, además, esta conducta, me parece que tiene alguna relación con la conducta de Dios con su pueblo, ya que permitió durante varios siglos un gran desorden y la perdición de infinidad de almas para poner un orden enteramente divino, y salvarlos a todos con la venida, la vida, la pasión y la muerte de su Hijo, a quién envió, cuando vio a su pueblo más dispuesto a recibirlo, después de tantas reconvenciones, profecías y anhelos realizados para eso. Si es que no tengo razón, cargo con la culpa, y si usted me ofrece una mejor, se la aceptaré con mucho gusto».

El Sr. Vicente solía evitar una manera de gastar en la que caen los Superiores demasiado condescendientes: Por principio, a los hombres les gusta naturalmente el cambio; suele ocurrir que se cansan de un lugar, y con el pretexto de que el aire, o el trabajo, o las personas con quienes están nos les van, se imaginan que estarán mejor en otro sitio; o bien, los Superiores particulares, cuando no están contentos con alguno, desean librarse de él y tener otro a su gusto. Para eso, si se les hiciera caso, habría que estar cambiando gente, y, a veces, hacerles hacer largos viajes, y enviar a otros a costa de grandes gastos; y eso por falta de mortificación y de aguante. Hay pocas casas donde no se den esas situaciones. Pero el Sr. Vicente no podía concederles esas idas y venidas: les rogaba que esperasen por el momento, les animaba con la paciencia, se excusaba con la dificultad de ocupar sus puestos, y les decía que, con el tiempo, ya se vería; esperaba que, entre tanto, ellos perderían las ganas de cambiar. No es que él no haya hecho cambiar de vez en cuando a algunos, pero esto se debía a otros motivos importantes, y no por favorecer la inconstancia de ellos y sus propias satisfacciones, contra las cuales ha manifestado una firmeza extraordinaria en esas ocasiones. He aquí la respuesta que dio a uno de sus Sacerdotes, que le pedía cambiar de casa. Bastará como ejemplo de muchas otras que ha escrito en parecidas circunstancias: «Como Dios ha querido —dice— concederme el conocimiento de la Congregación, y particularmente el estado y las necesidades de cada casa y de las disposiciones de los individuos, no veo que, de momento, pueda usted ser útil en otra parte. En nombre de Dios, señor, quédese en su puesto y esté seguro que no le faltarán las bendiciones de Dios. Una de las alegrías más sensibles que tengo es verle donde está usted, y espero que algún día muy grande nos veremos en el cielo».

No trataba únicamente de ahorrar todo lo posible, evitando cuidadosamente los gastos menos útiles para poder satisfacer las cosas necesarias, y hacer servir las necesarias sólo para los asuntos de Dios, con un gobierno muy santo. Sino que ese mismo gobierno le ha hecho también administrar su tiempo, que le era muy precioso, en un número tan grande de obras y de negocios diferentes de los que estaba encargado en lo temporal y en lo espiritual, tanto de su Congregación, como de otras Compañías que él dirigía. Por eso, no quería perder ni un solo momento. En primer lugar, estaba casi incesantemente ocupado en rezar, en hablar, en escribir, en recibir o en dar consejos, y en ir y venir, en resolver y ejecutar las cosas resueltas. En segundo lugar, una parte de la noche se la tomaba a costa de su sueño para dedicarla al gobierno; porque, además de que se acostaba una o dos horas más tarde que los demás por hablar con unos, y entregarse a la lectura de las cartas, y a otras cosas; por la noche, pensaba en los asuntos de su cargo; y se podía decir bien de él, que era un Pastor vigilante de su rebaño. En tercer lugar, los otros Sacerdotes de su Congregación disponían de unas dos horas de recreo cada día; es decir, una hora, más o menos, después de cada comida; y el Sr. Vicente dedicaba esas horas a la atención de su cargo. En cuarto lugar, a pesar de que él les daba la oportunidad a los que le hablaban, especialmente a los externos, para decirle todo y retirarse satisfechos, con todo, no hablaba con ellos de cosas inútiles, cambiaba las charlas, evitaba las digresiones, hasta en las reuniones piadosas, en las que solía encontrarse a causa de los pobres, o por otros proyectos caritativos. Decía a menudo: Volvamos al tema, concluyamos, veamos lo que falta. Señor,o Señora, ¿le parece bien que terminemos?, etc. En quinto lugar, hacía pocas visitas, si es que no se veía obligado por alguna necesidad de asuntos, de agradecimiento, o de caridad.

He aquí brevemente la idea de su gobierno, descrita en el discurso siguiente, que ha sido recogido, como digno de nota, por el mismo al que se lo hizo, y que se puso a redactarlo, por eso mismo, en cuanto salió de estar con él.

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