Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 22

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Entereza para mantener el bien y oponerse al mal, y paciencia para soportar las aflicciones y las penas

El gran Apóstol San Pablo dio a conocer bien cómo era su valor y su fuerza para mantenerse constante y fiel en el amor de su Divino Maestro, cuando arrostró todo lo que había de terrible y de temible en la naturaleza: ¿Quién nos separará —dice— de la caridad de Jesucristo? ¿Será la tribulación, o la an gustia, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la persecu ción, o la espada? Porque es propio de esta virtud despreciar todo lo que más temen los hombres. Y como dijo San Ambrosio: «Fortitudo contemptrix est timendorum, etc. Fortitudo inexpiabili praelio adversus vitia omnia decertat; invicta ad labores, intrepida ad pericula, dura adversus illecebras, rigidior adversus voluptates» Amb. lib. I, offic., c. 35Es la fuerza que emprende una guerra irreconciliable contra todos los vicios; que se hace invencible a los trabajos; semantiene sin temor en medio de los peligros, rechaza los placeres y se mantiene firme contra todos los atractivos del mundo.

Vicente de Paúl siempre anduvo sobre las huellas de ese gran Apóstol, de quien, como tenía en gran honor llevar su nombre, se hizo también un perfecto imitador de sus virtudes, y particularmente de ésta, en la que siempre ha descollado. Los que lo han conocido saben que, ni las promesas, ni las amenazas, ni las esperanzas, ni los terrores, ni las calumnias pudieron jamás quebrantar su firmeza en el bien. Ciertamente tenía un singular respeto a todas las personas elevadas en autoridad por encima de él: tenía una deferencia muy grande a sus ideas, se sometía a todos sus deseos, cuando lo podía hacer sin herir la conciencia; pero, cuando se trataba de los intereses del servicio o de la gloria de Dios y se trataba de desviarle de lo que Dios quería de él, o de llevarle a lo que Dios no quería, no había ninguna consideración ni persuasión que le pudiera hacer vacilar.

«¿Qué constancia o fortaleza de espíritu no ha demostrado —así habla un eclesiástico muy virtuoso en un testimonio que ha dejado escrito— cuando ha tenido que recibir afrentas e injurias antes que consentir en la menor cosa que fuera contra la justicia o contra la rectitud? Y durante el tiempo en que ha estado empleado en los Consejos de Conciencia, ¿con qué entereza se ha opuesto a los planes de los más poderosos, cuando pretendían obtener bienes de la Iglesia y Beneficios por medios que no consideraba legítimos, o para personas que no juzgaba capaces?».

Un Magistrado de los más notables de una Corte Soberana se encontró con él en la calle, y quiso persuadirle que hiciera algo por sus intereses particulares que no consideraba justos ante Dios. Por eso, le presentó excusas lo más honradamente que le fue posible y no pudo jamás ser doblegado, por muchas instancias que le hiciera el Magistrado. Por lo cual, éste se indignó mucho, se dejó llevar de la cólera, y le trató muy mal de palabra. El Sr. Vicente sufrió todo con gran tranquilidad, sin conmoverse lo más mínimo, ni decirle más que: Señor, usted trata, así lo creo, de de sempeñar dignamente su cargo, y yo debo tratar de hacer lo mismo con el mío.

A una Señora de gran condición, que solicitaba la concesión de un Beneficio que pretendía obtener del Rey para uno de sus hijos, el Sr. Vicente, que sabía que aquello no se podía realizar según justicia, le rogó que le excusara de que no pudiera hacer lo que ella deseaba. Ante aquello, la Señora, dejándose llevar de la pasión, le dijo que podría obtener bien aquellas autorizaciones por otro camino; que le estaba haciendo demasiado honor dirigiéndose a él para aquella cuestión; y que él no sabía aún de qué modo había que tratar a las Señoras de cualidad. El Sr. Vicente no quiso replicar. Se mantuvo en silencio, sufriendo muy a gusto aquellas afrentas injuriosas antes que consentir en algo que fuera contra su deber.

Hizo lo mismo con otra Señora de condición parecida, que deseaba comprometerle en un asunto que él no consideraba justo, diciéndole con su modestia habitual: Señora, nuestras Reglas y mi conciencia no me permiten obedecerle en esto. Por eso, le suplico muy humildemente que me excuse. Pero la Señora, no pudiendo digerir la negativa, ni contener el movimiento de su pasión, le espetó varias injurias; él las sufrió con la paciencia y tranquilidad acostumbradas.

El Sr. Vicente ha manifestado la misma firmeza y entereza en no permitir a las Señoras seglares la entrada en los monasterios de las Religiosas, de las que era el Superior, cuando no veía una causa legítima para concederles la autorización. Llegó a negarla a unas Princesas que se la habían rogado insistentemente, y que, al no haberlo podido doblegar en dicho punto, quedaron muy descontentas, tratándolo como un hombre mal educado y grosero, y mostrándole en diversas ocasiones su indignación. Y conservaron su resentimiento contra él hasta su muerte, sin que nada le hubiera hecho plegarse a los deseos de ellas, pues no los veía justos.

Pero si en esas ocasiones y otras parecidas, que han sido muy frecuentes, el Sr. Vicente se mantuvo victorioso frente todos los vanos respetos del mundo, que quebrantan, a veces, la entereza más firme, se puede decir que él, en cierto modo, llegó a superarse a sí mismo en lo que vamos a contar. Lo hemos hecho notar en uno de los Capítulos anteriores.

Este Santo Varón tenía un corazón muy inclinado a la gratitud y al agradecimiento, y que conservaba muy cariñosamente el recuerdo de las obligaciones que debía a sus Bienhechores, de forma que casi no podía negarles nada. Entre ésos, el Sr. Le Bon, Prior de San Lázaro ocupaba uno de los primeros puestos, y el Sr. Vicente, que se consideraba de una manera muy especial su obligado, tenía para con él ternuras y muestras de respeto inconcebibles. A pesar de eso, veamos una ocasión en la que se vio obligado a negarle una cosa que el Prior le pedía con insistencia. Una Abadesa, de nacimiento muy ilustre, fue encerrada por unas faltas muy escandalosas por orden de la Reina entonces Regente y por los consejos del Sr. Vicente. El Sr. Prior de San Lázaro, que tenía unas obligaciones particulares para con la Abadesa, intervino a ruegos de ella, para que le procurara su liberación. El Prior trató de usar todo su poder, que era poco menos que omnímodo sobre el espíritu del Sr. Vicente en todo lo que no fuera contra el servicio de Dios. Por eso, le rogó y urgió con muchísima insistencia, que hiciera poner en libertad a dicha Abadesa, porque a él le resultaba muy fácil. Pero el Sr. Vicente le respondió claramente que no lo podía hacer sin faltar a su conciencia, y, por consiguiente, que le suplicaba muy humildemente que lo excusara. Ante aquello, el buen Prior quedó muy impresionado, y le dijo: «¿Es así como me trata usted después de haber puesto mi casa en sus manos? ¿Es así como usted agradece el bien que le he hecho para acomodarle a usted y a toda su Compañía? —Es cierto —le replicó el Sr. Vicente— que usted nos ha colmado de honores y de bienes, y que nosotros tenemos las mismas obligaciones que los Hijos tienen con su Padre; pero tenga a bien, Señor, quedarse con todo, ya que, según su parecer, nosotros no lo merecemos».

Ante aquellas palabras el buen Prior se calló y se retiró con muestras de estar muy disgustado; pero unos pocos días más adelante, estando ya mejor informado de los excesos escandalosos de aquella Señora y reconociendo la justicia de la forma de proceder del Sr. Vicente, le fue a ver, y poniéndose de rodillas delante de él, que, a su vez, también se puso de rodillas, le presentó excusas por lo que le había dicho y le rogó que no disminuyera nada de la penitencia de la Abadesa por consideración a él, pues había reconocido que aquello se hacía por su bien, y que no había tenido razón al solicitar que la pusieran en libertad. Ese fue el fruto de la entereza del Sr. Vicente, y cómo Dios justificó su conducta en esa ocasión

No repetiremos aquí lo que hemos indicado en otros sitios que toca a la entereza y constancia mostrada por el Sr. Vicente para sostener las Santas Obras que había comenzado, no obstante las dificultades casi insuperables que aparecían y que hacían perder el ánimo a las personas que habían manifestado más celo en emprenderlas. Hemos visto cómo sostuvo la empresa de la educación de los Niños Abandonados, cuando las Damas de la Caridad de París estaban casi resueltas a abandonarla por miedo a sucumbir bajo la carga de los gastos, que parecían exceder con mucho sus fuerzas. Y cómo logró triunfar felizmente, después de hablarles en una reunión de forma tan eficaz y tan llena del Espíritu de Dios, que les levantó el ánimo, y les hizo esperar contra la misma esperanza, mostrándose dispuestas a continuar aquella buena obra a cualquier precio, tal como lo han venido haciendo desde entonces.

Y si este fiel Siervo de Dios ha demostrado tal fortaleza y constancia en sostener el bien y en oponerse al mal, no ha demostrado menos paciencia, cuando Dios quiso probarlo con las aflicciones y con las cruces que El le ha enviado a menudo como testimonios seguros de su amor. Era la virtud de la paciencia la que en medio de las más tumultuosas tempestades, de las violentas tormentas que se formaron en su tiempo, conservaba en el fondo de su corazón una calma y una tranquilidad que no podía ser turbada por ningún accidente, por muy triste y funesto que fuera. Era también esa misma virtud la que hacía que fuera dueño de su alma, amo de sus sentimientos en el momento de las penas, contradicciones y persecuciones más rudas que le pudieran suceder, sin que saliera jamás de su boca ninguna palabra que hiciera parecer impaciencia o emoción de su espíritu.

Yendo de viaje a Bretaña un domingo por la tarde, se vio obligado a alojarse en una venta muy pobre de una aldea, donde, en cuanto cerró los ojos para descansar por estar cansado del camino, entró una cuadrilla de campesinos que se pusieron a armar la juerga durante toda la noche en un sitio cercano a su habitación, y hasta entraron en ella algunos promoviendo un alboroto. A pesar de eso, no se quejó, al contrario, a la mañana siguiente dio muestras de satisfacción y de agradecimiento a su huésped, aunque había sentido mucha incomodidad en su casa, como si hubiera recibido el mejor trato del mundo, y, además de eso, le regaló muchos y hermosos «Agnus Dei», que se los habían dado hacía mucho tiempo. El misionero que le acompañaba en aquel viaje, y a quien se los había entregado para que los guardase, quedó admirado, tanto más cuanto que no le había visto darlos a nadie en los otros sitios donde había sido recibido con toda suerte de atenciones, y eso que en ellos se había encontrado con jóvenes educados y criados muy atentos, a los que catequizó lo mismo que a aquella pobre gente. Eso le hizo pensar y con razón, que el Sr. Vicente actuaba de aquel modo, porque eran muy pobres, y porque le habían hecho ejercitar la paciencia.

En otra ocasión fue citado ante un Consejero del Gran Salón del Parlamento de París para reconocer jurídicamente unas escrituras a requerimiento de un particular, que había entablado malévolamente pleito contra la Comunidad de San Lázaro. Este hombre, de natural violento, se irritó excesivamente sin ningún respeto ante el magistrado y al lugar en que estaba, y profirió injurias y calumnias tremendas contra el honor y la fama del Sr. Vicente, pero éste no dejó traslucir ninguna emoción, mostrando más bien que sentía compasión por la falta que aquel individuo había cometido en presencia del Juez. Y como su Procurador, que estaba presente, quería pedir la palabra para exigir una reparación del honor, el Sr. Vicente se lo impidió, y excusó tanto cuanto pudo el acto de aquel individuo. Y ha sido ese mismo Procurador quien ha rendido homenaje a semejante paciencia, que le pareció extraordinaria, porque apenas se veían hechos semejantes. Mas los que han vivido cerca del Sr. Vicente han señalado que esos actos de paciencia eran muy habituales en él, y le han visto actuar así en varias ocasiones y soportar los baldones, las injurias y las afrentas con una gran paz y humildad.

No era solamente en las grandes ocasiones, en las que su espíritu estaba ordinariamente más presente a sí mismo, cuando el Sr. Vicente daba muestras de su gran paciencia, sino que también en las frecuentes circunstancias de las importunidades, prisas, preguntas indiscretas, contestaciones mal digeridas y faltas ordinarias cometidas sin consideración alguna, tanto por los inferiores, como por otros, no se le vio dar la menor muestra de impaciencia, ni tampoco proferir una sola palabra más alta que otra; al contrario, era precisamente en esas ocasiones cuando él se portaba y hablaba con más mansedumbre y tranquilidad.

Cuando ocurrían pérdidas en los bienes temporales de su Congregación, aunque fueron, a veces, muy notables, las sufría no sólo con paciencia, sino también con alegría. Como un día le dijeran que lo que era más de lamentar en una pérdida considerable sucedida a su Comunidad de San Lázaro era que aquello daría ocasión a muchos para concebir algún menosprecio de su Compañía y quizás de hablar mal de él, respondió que eso era bueno, que por ese medio los de su Congregación dispondrían de una ocasión más ventajosa para practicar la virtud.

Mas no hay por qué admirarse de que no se dejara llevar por la tristeza en todas esas ocasiones deplorables, ya que también él manifestaba a veces que se extrañaba porque Dios, así le parecía a él, no probaba bastante a su Compañía con tribulaciones.

«Desde hace algún tiempo —dijo un día sobre este tema— venía pensando, y con mucha frecuencia, que la Compañía no tenía nada que sufrir; que todo le iba bien; que gozaba de cierta prosperidad, o mejor dicho, que Dios la bendecía de mil maneras, sin tener que sufrir ningún obstáculo ni contrariedad. Empezaba a desconfiar de esta bonanza, sabiendo que es propio de Dios probar a quienes le sirven, y castigar a los que ama. Quem enim diligit Dominus castigat. Me acordaba de lo que se refiere de San Ambrosio que, yendo de viaje, entró en una casa cuyo dueño le dijo que no sabía lo que era la aflicción. Entonces aquel Santo Prelado, iluminado por la luz celestial, juzgó que aquella casa, tratada con tanto mimo, estaba cerca de su ruina. Salgamos de aquí, —dijo—; la cólera de Dios va a caer sobre esta casa. Y en efecto, apenas salió, cayó un rayo que la derribó y arrastró en su ruina a todos los que estaban dentro».

«Por otro lado, veía a varias Compañías agitadas de vez en cuando, especialmente a una de las mayores y más santas que hay en la Iglesia, y que, a veces, se encuentra en grave consternación, y actualmente está sufriendo una horrible persecución. Y me decía: Así es como Dios trata a los Santos, y como nos trataría a no sotros, si fuéramos de una virtud robusta, pero, como conoce nuestra debilidad, nos alimenta y nutre de leche, como a los niños, y hace que todo nos salga bien, casi sin que nos tengamos que preocupar de nada. Así, pues, tenía razón para temer, con esas consideraciones, que no le agradábamos a Dios, ni éramos dignos de sufrir nada por su amor, ya que El apartaba de nosotros las tribulaciones y los golpes con que suele probar a sus servidores. Habíamos tenido algunos naufragios en los barcos que se dirigían a Madagascar, pero Dios nos ha librado; en 1649, los soldados nos causaron daños por valor de 42.000 libras, según evaluación, pero no se trató de una pérdida particular, ya que todo el mundo se resintió de las calamidades públicas: el mal fue común, y nosotros fuimos tratados del mismo modo que los demás. Pero, ¡bendito sea Dios!, Hermanos míos, porque ahora ha querido su Providencia adorable despojarnos de una tierra, que nos acaban de quitar. Se trata de una pérdida considerable para la Compañía, pero que muy considerable. Hagamos nuestros los sentimientos de Job cuando decía: «Dios me dio estos bienes, El me los quitó. ¡Bendito sea su Santo Nombre!» No miremos esta privación como si procediera de un juicio humano, sino digamos que es Dios el que nos ha juzgado, y humillémonos bajo la mano que nos castiga, como David, cuando decía: Obmutui, et non aperui os meum, quoniam Tu fecisti. Me he callado, Señor, porque Tú has sido el que lo has hecho. Adoremos su justicia, y creamos que nos ha hecho un favor al tratarnos de este modo: lo has he cho para nuestro bien. Bene omnia fecit, refiere San Marcos: lo ha hecho todo bien».

Así era, con estos sentimientos tan perfectos y elevados, como el Sr. Vicente sobrellevaba con una paciencia heroica, no sólo la pérdida de los bienes, sino también la de las personas que le eran más queridas, y cuya separación había de serle pero que muy de sentir. Con esa disposición es como perdió a uno de los más antiguos Sacerdotes Misioneros, en quien tenía una confianza muy particular, y que consideraba como una de las principales columnas de su Congregación; y, al mismo tiempo, viéndose en peligro de perder a otro, que estaba en las últimas, escribió estas palabras a una persona de su confianza: «Por la gracia de Dios, tengo mi corazón en paz, al ver que es ésa la voluntad de Dios: es cierto que me viene algunas veces algún temor de que mis pecados sean la causa de ello; pero reconociendo en eso mismo el beneplácito de Dios, lo acepto muy gustosamente».

Uno de sus Sacerdotes le declaró cierto día las dificultades que experimentaba en la dirección de una casa de la Compañía: «¡Ay señor! ¿Le gustaría a usted estar sin sufrir? ¿No sería preferible tener un demonio en el cuerpo que estar sin ninguna cruz? Sí, porque en ese estado el demonio no haría daño al alma, mientras que si no se tiene nada que sufrir, ni el alma, ni el cuerpo pueden conformarse con Jesucristo que sufre, siendo así que esta conformidad es la señal de nuestra predestinación. Por tanto, no se extrañe de esas penas, ya que el Hijo de Dios las escogió para nuestra salvación».

Dijo a uno que sufría por la justicia: «¿No ha quedado consolado su corazón al ver que ha sido encontrado digno ante Dios de sufrir al servirle? Ciertamente, usted le debe por eso un agradecimiento particular, y está obligado a pedirle la gracia de hacer buen uso de ello».

Habiéndose enterado una vez que un virtuosa abadesa encontraba grandes dificultades y contrariedades para poner el orden que deseaba establecer en su abadía, el Sr. Vicente aconsejó a un buen eclesiástico que hiciera lo que pudiera para animarla en su empresa, y que le dijera: que los sufrimientos, cuando se busca un bien, atraen las gracias necesarias para conseguirlo.

El demonio provocó un día una tormenta contra algunos Misioneros para impedir el fruto de una Misión en la que estaban trabajando. El Sr. Vicente escribió al Superior en estos términos: «¡Bendito sea Dios por las dificultades que quiere que hallen ustedes! En esta ocasión hay que honrar bien las que el Hijo de Dios experimentó en la tierra ¡Ah señor! Ciertamente eran mucho más grandes por la aversión que Le tenían a El y a su doctrina, pues le prohibían la entrada en unos lugares y finalmente le quitaron la vida. El preparaba a sus Discípulos para ocasiones de ese estilo, cuando les dijo que se burlarían de ellos; que los escarnecerían, que los maltratarían; que los padres se pondrían contra los hijos, y que los hijos perseguirían a sus padres. Aprovechemos, pues, señor, esas ocasiones, y suframos, como los Apóstoles, a ejemplo de su Jefe, Nuestro Señor. Si nos portamos de esa manera, esté seguro de que los mismos medios por los que el demonio ha querido combatirle, le servirán a usted para derrotarlo; que usted alegrará todo el cielo y las almas buenas de la tierra que lo verán, o que lo oirán; que los mismos con quien usted tiene que ver le bendecirán y le reconocerán como cooperador de su salvación. Mas ¿qué? Hoc genus demoniorum non ejicitur nisi in oratione et patientia. La santa modestia y el recogimiento interior, que se practica en la Compañía también le podrán servir a usted; y estará bien informar, de dónde puede provenir la aversión que ese pueblo muestra a sus Misioneros, con el fin de abstenerse de lo que puede haberla causado, y también de hacer lo contrario, si es conveniente; y cuando se informen, les ruego que me den su parecer».

Escribiendo en otra ocasión a uno que se quejaba de alguna persona, le dijo estas palabras: «Estoy seguro de que esa persona de que me habla le ha dado motivos de preocupación, y siento mucho que haya salido con ésas. Sin embargo, no debe mirar su conducta como algo que venga de él, sino más bien como una prueba con la que Dios quiere probar su paciencia; y esa virtud será tanto más virtud en usted, que naturalmente es muy vivo frente a las injurias, cuanto menos motivos le haya dado para la ofensa que ha recibido. Así pues, demuestre que es usted un verdadero hijo de Jesucristo, y que no ha meditado inútilmente tantas veces en sus sufrimientos, sino que ha aprendido a vencerse, sufriendo las cosas que más suelen sublevar el corazón».

«En fin, señor —dice a otro— hay que ir hacia Dios per infamiam et bonam famam, ya que es un favor de la divina Bondad el que permita que caigamos en el desprecio y la antipatía de la gente. Estoy seguro de que habrá recibido usted con paciencia esa confusión que sufrimos por lo que ha pasado. Si la gloria del mundo no es más que humo, lo contrario será un bien sólido, si lo tomamos como debe tomarse. Espero que de esta humillación se siga un gran bien para nosotros. ¡Dios le conceda esta gracia y quiera enviarnos todas las que puedan ayudarnos a merecer ser más agradables a sus ojos!».

Lo que asentaba tan fuertemente al Sr. Vicente en esta virtud de la paciencia, era la firme fe que tenía de estas dos verdades: Una, que los males causantes de las penas no nos sobrevienen sino por voluntad de Dios, según lo que dijo un Profeta: Non est malum in civitate, quod non fecerit Dominus. La otra, que Dios no permitirá nunca que seamos afligidos o tentados por encima de nuestras fuerzas, sino que El nos ayudará con su gracia, para sacar provecho y ventaja, como el Santo Apóstol nos lo afirma con estas palabras: Fidelis Deus est, qui non patietur vos tentari supra id quod potestis, sed faciet etiam cum tentatione proventum, ut possitis sustinere.

«Estando bien persuadido de esas verdades, decía que el estado de pena y de aflicción no es un estado malo de suyo; Dios nos pone en él para ejercitarnos en la virtud de la paciencia y para enseñarnos la compasión con los demás. El mismo quiso probar este estado, para que tuviéramos un Pontífice capaz de compadecer nuestras miserias y animarnos con su ejemplo a la práctica de esta virtud».

Añadía que «una de las señales más ciertas de que Dios tiene grandes planes sobre una persona es cuando le envía desolación tras desolación y pena tras pena; el verdadero tiempo para reconocer el proyecto espiritual de un alma es el de la tentación y de la tribulación, ya que como uno se porta en esas pruebas, se portará también luego de ordinario. En un sólo día de tentación podemos adquirir más méritos que en muchos otros de tranquilidad». Decía también que «el agua corrompida, que se hace cenagosa e infecta, representa a un alma que está siempre en reposo, y que, al contrario, las almas ejercitadas por la tentación son como los ríos que fluyen entre guijarros y roquedales: sus aguas son más hermosas y más gratas».

La plenitud que tenía de esta virtud le daba una gracia particular para comunicarla a los demás, y para llevarlos al buen uso de los sufrimientos. He aquí en qué términos escribió un día a un alma apenada para consolarla y animarla: «Compadezco sus penas —le dice— que son largas y variadas: es una cruz extensa, que abraza su espíritu y su cuerpo; pero ella la eleva por encima de la tierra, y eso es lo que me consuela. Debe usted también consolarse mucho al verse tratada como Nuestro Señor ha sido tratado, y honrada con las mismas señales con las que El nos ha mostrado su amor. Sus sufrimientos eran internos y externos, y los internos fueron continuos, y, sin comparación, más grandes que los otros. Mas, ¿por qué piensa usted que El la ejercita de esa manera? Es por el mismo fin que quiso también sufrir El, a saber, para purificarla de sus pecados, y honrarla con sus virtudes, a fin de que el Nombre de su Padre sea santificado en usted. Manténgase, pues, en paz, y tenga una perfecta confianza en su bondad. No se detenga en el sentimiento contrario; desconfíe de sus propios sentimientos, y crea más bien en lo que yo le digo y en el conocimiento que tengo de usted, antes que todo lo que usted pueda pensar y sentir. Tiene usted motivos para alegrarse en Dios, y para esperar todo de El por Nuestro Señor, que habita en usted; y después de la recomendación que El le hace de renunciarse a sí misma, no veo nada por lo que tenga usted que temer, ni siquiera el pecado, que es el único mal que debemos temer; porque en el estado de Religión, que usted ha abrazado, usted hace penitencia del pasado; y en cuanto al futuro, usted tiene un gran horror a todo lo que pudiera desagradar a Dios».

 

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