Los éxitos, colmados de bendiciones, que Dios daba a las actuaciones caritativas del Sr. Vicente agrandaban cada vez más la opinión que se tenía de su virtud
Los que lo conocían lo miraban como a un hombre lleno del espíritu de Dios. El Sr.General de las Galeras y su Señora lo apreciaban cada vez más, aprecio cuyas muestras se manifestaron en diferentes ocasiones. Todo ello era un suplicio para su humildad empeñada sólo en rebajarse y en mantenerse en la abyección, de forma que cuando no vio otro remedio, resolvió, siguiendo el ejemplo de grandes santos, huir para evitar el peligroso escollo de la vanagloria, que tantas veces ha causado triste naufragio a las almas más virtuosas, cuando iban viento en popa y se prometían realizar una feliz travesía
Moisés, como señala san Ambrosio, huyó de la corte del faraón por miedo de que el buen trato que recibía no manchase su alma, y para que el poder y la autoridad que le habían dado, no le creasen una atadura que lo mantuviese sujeto: huyó, no por falta de decisión o de valor, sino para dar con el sendero seguro de la inocencia, y para ponerse en el camino de la virtud y asegurarse en la piedad»
Aunque la casa del Sr. General era una de las mejor regladas de la corte, y el Sr. Vicente no veía cosa contraria a la verdadera piedad, sin embargo el honor y los testimonios de afecto que recibía, y el aprecio que se hacía de su virtud le molestaban mucho. Temía que el gran crédito adquirido ante las personas de esta ilustre familia no fuese una trampa que le retuviera y le impidiese adelantar en la perfección de su estado. Por eso, cerrando los ojos a todos los sentimientos naturales y a todos los intereses del siglo, resolvió marcharse de aquella casa para entregarse con mayor perfección a Dios
Había, además de ésta, otra razón que le movía a retirarse. La Señora Generala había recibido grandes y notables favores de él para consuelo de su alma, muy turbada por los escrúpulos y las penas interiores con las que Dios la probaba para así unir la corona de la paciencia a la de la caridad. Dicha Señora había concebido hacia el Sr. Vicente un aprecio y una confianza exagerados, que hicieron nacer en ella un gran temor a perderlo y a que no pudiera hallar otro parecido, dotado de luz y de gracia como él, para mantener en paz su conciencia, endulzar las penas de su espíritu y conducirla por las vías seguras de la verdadera y sólida virtud. Ese temor se acentuó de tal manera, que con dificultad toleraba su ausencia. Y cuando los asuntos del Sr. Vicente le imponían algún viaje, se inquietaba por miedo a que el calor o algún otro percance le causara alguna enfermedad o molestia. Ciertamente no dejaba de ser una imperfección en semejante Señora, por otra parte, muy virtuosa. En cuanto el Sr. Vicente se dio cuenta de eso, trató de ponerle un remedio. A este fin, la obligó a confesarse de vez en cuando con un P. Recoleto muy experto en la dirección de las almas, y de quien, eso pensaba el Sr. Vicente, quedaría contenta. Y habiéndole hecho afirmar que, efectivamente, la había consolado mucho, se sirvió de esa experiencia para convencerla de que Dios la guiaría felizmente por otro que no fuera él, si la Señora ponía su total confianza en la infinita Bondad de Dios
Mas todo eso no bastó para eliminar la impresión de la necesidad que ella pensaba tener de que un hombre como Vicente, muy caritativo y prudente, permaneciera junto a ella, para acudir donde él en sus necesidades, y particularmente cuando iban al campo; porque, como poseía muchas tierras, se veía obligada a visitarlas con frecuencia y a pasar en ellas parte del año. Y, claro, allí no podría decidirse a descubrir sus dificultades a un sacerdote de aldea. El Sr. Vicente, cuando la vio con semejante disposición, y no pudiendo sufrir que ninguna persona tuviera apego a su forma especial de dirigir, y, además, como estaba molesto al ver el aprecio que le tenían a un desgraciado, según creía y decía de sí mismo, temiendo que tal exceso de confianza fuera un impedimento para el verdadero bien de aquella alma tan virtuosa, que buscaba pura y simplemente a Dios, y que, en lugar de ayudarla, le sirviera de obstáculo para su progreso en el camino de la perfección, resolvió marcharse
Había entrado en aquella casa por persuasión del R. P. de Bérulle; por eso trató de hablar con él, y le rogó que aceptase de buen grado su salida; pero no le dio ninguna otra razón, sino que se sentía interiormente movido por Dios para ir a alguna provincia lejana y así consagrarse a la enseñanza y al servicio de la pobre gente del campo. El R. P. de Bérulle no se opuso a ello, cuando reconoció en el Sr Vicente un espíritu que iba tan por lo derecho a Dios y que estaba tan iluminado por su gracia. Creyó, pues, que no le podía aconsejar una cosa mejor que la que el Sr Vicente le proponía
Salió de la casa de Gondi en el mes de julio del año 1617 con pretexto de hacer un corto viaje; aunque se dio cuenta de que se juzgaría de varias maneras su modo de proceder por retirarse de aquella manera, y que incluso le acusarían de ingratitud después de tanto honor y tan buen trato como había recibido en aquella casa. Indudablemente debió sentirlo mucho, porque tenía un corazón siempre dispuesto al agradecimiento. Sin embargo, pasó por encima de todas esas consideraciones para ser fiel a Dios, y para procurar (hasta por un medio que parecía muy sorprendente) el mayor bien espiritual de la virtuosa alma cuya dirección le había sido confiada, mostrándole con su propio desinterés, que sólo había que apegarse a Dios
El R. P. de Bérulle, al ver al Sr. Vicente decidido a marcharse sin haber concretado previamente el lugar adonde debía retirarse, le propuso que fuera a trabajar en algún pueblo de Bresse, lugar en que había gran escasez de Obreros Evangélicos, y le señaló en concreto la parroquia de Châtillon-les-Dombes; allí podría su celo recoger abundante cosecha. El Sr. Vicente, haciendo caso del consejo, marchó a la aldea de Châtillon, y en cuanto llegó, uno de sus primeros actos fue reunir en una especie de comunidad a cinco o seis sacerdotes que allí encontró, para dedicarse por ese medio de un modo más perfecto al servicio de Dios y de la Iglesia. Accedieron los sacerdotes a las palabras persuasivas del Sr. Vicente y se han mantenido largo tiempo en esa unión con gran edificación de toda la parroquia. Después se dedicó con su gran celo habitual a la instrucción del pueblo y a la conversión de los pecadores con catequesis y exhortaciones públicas y privadas, realizadas con grandísimo fruto. No se olvidó de los enfermos y de los pobres, visitándolos y procurándoles toda clase de consuelos y ayudas, y se dedicó (como diremos más adelante), con gran bendición, a la conversión de algunos herejes
Por entonces nada se sabía de todo esto en la casa del Sr. General de las Galeras, porque el Sr. Vicente había comunicado sus proyectos en París sólo a una o dos personas de confianza. Algún tiempo después de su llegada a Châtillon, pensó que estaba obligado a comunicárselo al Sr. General, por entonces en Provenza. Le escribió, pues, una carta; en ella le suplicaba que aceptase de buen grado su marcha, porque no tenía decía bastante gracia y capacidad para la educación de sus Señores hijos. Añadía que no había dicho nada a la Señora, ni a nadie de la casa su intención de no volver. Esta noticia tan inesperada afligió en gran manera al buen Señor, que inmediatamente informó a la Señora, esposa suya, y le declaró la pena recibida por medio de una carta que le escribió. He aquí sus mismos términos:
«Estoy desesperado por una carta que me ha escrito el Sr. Vicente, y que os envío para ver si es que no hay algún remedio para la desgracia que tendríamos de perderle. Estoy muy extrañado, porque no os haya dicho nada de su resolución, y porque no hayáis tenido el mínimo aviso. Os ruego que uséis de todos los medios para que no lo perdamos, porque, aunque el motivo que aduce sea verdadero, yo no lo aceptaría, pues nada hay más importante que mi salvación y la de mis hijos. A ellos les podrá ayudar mucho algún día, y, en cuanto a las resoluciones que deseo poder tomar más que nunca, y de las que os he hablado con frecuencia, todavía no le he contestado, y esperaré antes vuestras noticias. Mirad si será adecuada la mediación de mi hermana de Ragny, que vive no lejos de él, pero pienso que no habrá nada más eficaz que el Sr. de Bérulle. Decidle que, aunque el Sr. Vicente no domine el método de enseñar a la juventud, podrá tener a su disposición un hombre; pero que, de todas formas, deseo apasionadamente que vuelva a mi casa: en ella vivirá como él quiera, y yo algún día seré un hombre de bien, si ese hombre está conmigo»
Esta carta es del mes de mayo de 1617, y en el día de la Exaltación de la Cruz la recibió la Señora. Por ella supo el lugar y la disposición de ánimo del Sr. Vicente. Fue para ella verdaderamente una cruz muy penosa y una espada de dolor que le traspasó tan profundamente el alma, que, en cuanto supo la noticia, no cesó de llorar, y no podía ni comer ni dormir. Ahí van algunos de los pensamientos que manifestó a una persona de su confianza, desahogando en ella su corazón:
«Nunca hubiera pensado dice que el Sr. Vicente, que se había manifestado tan extremadamente caritativo para con mi alma, me abandonara de ese modo. Pero loado sea Dios; no lo acuso de nada. Al contrario, creo que no ha hecho nada, sino por especial providencia de Dios y movido por su santo amor. De verdad, su alejamiento me resulta extraño. Confieso no entender nada. Ya conoce la necesidad que tengo de su dirección y las cosas que necesito comunicarle, las penas espirituales y corporales que he sufrido privada de su ayuda, el bien que deseo hacer en mis aldeas imposible de emprender sin su consejo. Total, que vea a mi alma en un estado muy digno de compasión. Vea usted con qué amargura me ha escrito el Seño rGeneral. Mis hijos están peor cada día; el bien que el Sr. Vicente hacía en mi casa y a siete u ocho mil personas de mis tierras no se hará ya más. ¿Es que esas almas no han sido redimidas por la sangre preciosa de Nuestro Señor, como las de Bresse? ¿Es que no le son tan queridas? Verdaderamente, no sé cómo piensa el Sr. Vicente; pero me parece que esto es bastante importante como para hacer yo lo que pueda, y así volverlo a tener entre nosotros. Sólo busca la gloria de Dios, y yo no lo deseo contra su santa voluntad; pero le suplico con todo el corazón que me lo vuelva a dar. Se lo ruego a su Santa Madre, y se lo rogaría aún con más ahínco, si mi interés particular no se mezclara con el del Sr. General, de mis hijos, de mi familia y de mis súbditos»
He aquí cuáles eran los pensamientos de esta virtuosa Señora, quien deseando usar de los medios más eficaces para conseguir lo que pretendía, rogó mucho a Dios e hizo que le rogaran con ese mismo fin todas las buenas personas que conocía. Encomendó también este asunto a las oraciones de las principales Comunidades religiosas de París; fue a visitar, varias veces, llorosa al R. P. de Bérulle; le abrió su corazón, y le declaró la gran pena y aflicción en que se hallaba. Sus lágrimas y sus razones apremiantes dieron a conocer al gran Siervo de Dios la necesidad que tenía de la presencia y del consejo del Sr. Vicente, de forma que, respondiendo a la pregunta que le había hecho, le dijo el R. P. de Bérulle que, en conciencia, podía hacer todo lo posible para obligar al Sr. Vicente a volver a su casa; porque veía que en medio de sus mayores angustias, conservaba siempre en su corazón una resignación absoluta ante el beneplácito de Dios, no queriendo, por lo que fuera, ir de ninguna manera contra sus determinaciones. Y para consolarla aún más, le hizo confiar en que acudiría al Sr. Vicente para persuadirle a que volviera. Con eso quedó su alma muy consolada, y le hizo decir poco más tarde que el Sr. de Bérulle era el hombre que más la había consolado en el mundo. Con todo, la Señora no podía quitar de su mente el temor de perder al Sr. Vicente, «porque decía no es hombre que haga las cosas a medias: ha previsto todo lo que yo podría decir o hacer, y luego se ha decidido a marchar». Pero eso no impidió que la Señora usara de todos los medios, que podía, para invitar y obligar al Sr. Vicente a volver. Le escribió acerca del caso varias cartas, que enseñaba previamente al R. P. de Bérulle; le envió la del General, y le rogó que sopesara mucho el gran deseo que sentía de su vuelta, con las condiciones que le pluguieran. Y quejándosele en una de sus cartas le dice estas palabras, que dan a conocer aún más las disposiciones de su espíritu en lo tocante al caso:
«Razón tenía yo le dice en temer perder su asistencia como ya se lo he demostrado tantas veces, ya que la he perdido. La angustia en que estoy metida me resulta insoportable sin una gracia muy extraordinaria de Dios, que no la merezco. Si esto sólo fuera por cierto tiempo, no tendría tanta pena; pero cuando considero todas las ocasiones en que necesitaré ser asistida, por dirección o por consejo, sea en la muerte sea en la vida, mi dolor vuelve a empezar. Juzgue, pues, si mi alma y mi cuerpo podrán soportar durante mucho tiempo esta pena. Estoy en situación de no buscar, ni recibir ayuda de otros, porque usted sabe bien que no tengo libertad para las necesidades de mi alma con mucha gente. El Sr. de Bérulle me ha prometido escribirle, y pido a Dios y a la Santísima Virgen que lo devuelvan a nuestra casa para la salvación de toda nuestra familia y de muchas otras, con quienes podrá ejercer su caridad. Le suplico una vez más, practíquela con nosotros, por el amor que tiene usted a Nuestro Señor, a cuya disposición me vuelvo a poner en esta circunstancia, pero con gran temor de no poder perseverar. Si después de todo esto se me niega, cargaré a su cuenta ante Dios todo lo que me suceda y todo el bien que dejaré de hacer por verme privada de su ayuda. Usted me pondrá en ocasión de estar muy a menudo sin recibir los sacramentos por los grandes sufrimientos que paso y las pocas personas que son capaces de ayudarme. Ya ve usted que el Sr. General tiene el mismo deseo que yo, que sólo Dios le da por su misericordia. No resista al bien que usted puede hacer ayudando a su salvación, porque él está para ayudar algún día a la de muchos otros. Sé que es peligroso dejar en peligro mi vida, que no sirve más que para ofender a Dios; pero a mi alma hay que asistirla en el momento de morir. Recuerde la angustia en que me vio en mi última enfermedad en un pueblo. Estoy como para ponerme peor que entonces; y sólo ese miedo me causaría tanto daño, que no sé si no me haría morir sin tener mi buena disposición anterior»
Antes de ir más adelante, hemos de reflexionar un poco acerca de la actuación admirable de Dios en las almas a las que quiere elevar a un grado excelente de virtud, en cuanto que dispone de tal manera los diferentes sucesos y circunstancias de su vida, que todo contribuye a su adelanto en el camino de la perfección. Lo que hace aparecer más la sabiduría y el poder de Dios es, que a menudo se sirve de medios que parecen totalmente opuestos al efecto que desea conseguir. El Sr. Vicente había sido dado por Dios a la Señora Generala para servirle de guía fiel en la peregrinación de esta vida. El gran progreso que ella hacía en el camino de la virtud y la ardiente caridad, que iba día a día encendiéndose cada vez más en su corazón y produciendo al exterior tan maravillosos efectos eran una señal certísima de la bendición que Dios concedía a la dirección de su sabio director. Por su parte, el Sr. Vicente hallaba todos los días nuevas ocasiones de dar a conocer su celo, y de extender el Reino de Jesucristo. Sin embargo, Dios había asociado a esas dos grandes almas para prestarle servicios tan grandes, y santificarse cada vez más en las obras piadosas y caritativas. Pues bien, es ese mismo Dios quien los separa y los aleja a uno de la otra, y quien se sirve, a pesar de todo, de esa separación, que parecía tancontraria a la continuación de todos los bienes comenzados, e incluso tan perjudiciales para esta virtuosa Señora; El se sirve, ya lo he dicho, para disponerlos a recibir mayores gracias y a practicar virtudes más excelentes, y para hacerlos instrumentos más dignos de su todopoderosa misericordia, con el fin de cooperar de forma más fructífera y más llena de bendición a la salvación de un grandísimo número de almas, como se verá más adelante en este libro
Dios quería que su fiel sierva hiciera en estas circunstancias varios actos de resignación heroica; que le ofreciera en sacrificio a su Isaac, su apoyo, su consejo, su consuelo, en fin, su ayuda, que le parecía más necesaria, no sólo para la perfección, sino también para su salvación. Y recíprocamente quería que el Sr. Vicente tuviera ocasión de hacer varios actos heroicos de desprendimiento perfecto de las personas que debían serle más queridas en Dios, y con quienes el mismo Dios lo había comprometido y como atado con lazos de purísima y sincera caridad. Indudablemente se vio obligado a realizar un gran esfuerzo, cuando resolvió separarse, y cuando tomó aquella resolución sin decir nada a nadie. Pero también estuvo obligado apracticar otra no menor, cuando recibió la carta, para no darse a las razones, a las reconvenciones, a los ruegos y a las insistencias muy acuciantes de que estaba llena. La pena y la angustia en que veía a aquella alma tan querida en Dios, la gran necesidad que tenía ella de su asistencia, los términos que usaba para suplicarle que no la rechazase, el recuerdo de tantos testimonios de aprecio, de respeto, debenevolencia recibidos hubieran sido capaces de sorprender a una persona menos perspicaz y de quebrantar un corazón menos unido a Dios que el de Vicente de Paúl. Como se había entregado perfectamente a Nuestro Señor, y no quería obrar sino en total dependencia de su voluntad, en cuanto leyó la carta, lo primero que hizo fue levantar su alma a Dios, renovar a su Divina Majestad las protestas de una fidelidad inviolable, hacer un sacrificio de todos sus sentimientos y respetos humanos, pedir su luz y su gracia para conocer y seguir lo que fuera más agradable, y después de haber considerado todo en su presencia, no viendo claro que Dios le pedía que cambiase de resolución y que volviera al lugar de donde había salido, escribió la respuesta a la Señora Generala. En ella le manifestó todo lo que pensaba de más apropiado para aliviar su dolor y para llevarla cada vez más a conformarse con las disposiciones de la Divina Voluntad
Como le habían asegurado a la virtuosa Señora que podía en conciencia usar de todos los medios posibles para la vuelta del Sr. Vicente, esa carta no impidió que ella usara de todos los recursos de que disponía para doblegar el ánimo del Sr. Vicente: procuró que varias personas de toda condición le escribieran para obligarle a volver. Así, hallamos cartas de los Señores hijos suyos, del Sr. Cardenal de Retz, cuñado suyo, por entonces obispo de París, y de otros parientes próximos, de los principales oficiales de su casa, de varios doctores y religiosos, y de gran número de personas de condición y de piedad, que rogaban y urgían al Sr. Vicente que volviera. También le escribió el R. P. de Bérulle, tal como se lo había prometido a la Sra. Generala, pero con un estilo digno de su gran prudencia y de su eminente piedad: porque se contentó con exponer la magnitud de la pena que embargaba a la virtuosa Señora y del peligro que la amenazaba, y del enorme deseo que el Sr. General tenía de su vuelta, sin añadir nada más sobre lo que tenía que hacer en aquella circunstancia. Dejó a su discreción y a su caridad considerar si la voluntad de Dios le había sido suficientemente manifestada, y que tomara la determinación que juzgara más conforme con la divina voluntad, pues le creía capaz de discernir por sí mismo los planes de Dios sobre su persona y de seguirlos sin otro consejo ni persuasión
Finalmente, como todas esas reconvenciones tan apremiantes no quebrantaban en absoluto el ánimo del Sr. Vicente, le enviaron, en el mes de octubre del mismo año 1617, a uno de sus más íntimos amigos, al Sr. Dufresne, secretario del Sr. General. Fue a verlo a Châtillon, y usó de tan fuertes razones, que puso en duda al Sr. Vicente de si Dios quería servirse de él por más tiempo en aquella tierra; y le indicó que no debía tomar una determinación ni decisión por sí mismo en asunto de tanta importancia, sino que, para conocer mejor lo que Dios quería que hiciese era necesario que, a imitación del gran Apóstol san Pablo, acudiera a Ananías, es decir, que se asesora se de alguna persona prudente y virtuosa. A este fin, le persuadió que fuera con él a Lyon. Allí acudió al R. P.Bence, superior del Oratorio, quien, luego de haber considerado la cuestión, le aconsejó volviera a París, y le dijo que allí podría, con los buenos consejos de los que le conocían desde hacía mucho, discernir con más luces y seguridad cuál era la voluntad de Dios
Luego que recibió este consejo, escribió al Sr. General, por entonces en Marsella,y le hizo saber que esperaba en cuestión de dos meses realizar un viaje a París. Allí vería lo que Dios le ordenaba. Escribió también lo mismo a París por medio del Sr. Dufresne sin comprometerse a nada; y un poco más adelante, estando en Châtillon, recibió del Sr. General la respuesta siguiente el 15 de octubre del mismo año:
«Recibí hace dos días la que me ha escrito desde Lyon; por ella veo su determinación de hacer un corto viaje a París a fines de noviembre. Me he alegrado muchísimo, esperando verle por entonces, y que concederá a mis oraciones y a los consejos de todos sus amigos el bien que yo le deseo. No le diré más cosas, porque usted ha visto la carta que escribí a mi esposa. Solamente le ruego que considere que parece que Dios quiere que por su medio el padre y los hijos sean buenas personas», etc
El Sr. Vicente partió de Châtillon dejando en los que abandonaba un grandísimo sentimiento por verse privados tan pronto de las ayudas que recibían de su caridad, y llegó a París el 23 de diciembre. Después de haber hablado con el R. P. de Bérulle y con algunas personas muy experimentadas, por fin, siguiendo sus consejos fue a casa del Sr. General de las Galeras la víspera de Navidad con tan gran contento de toda la familia y, en particular, de la Señora, que le recibió como a un ángel del cielo que Dios le enviaba para guiarla por los caminos seguros de la salvación y la perfección. Y para que ella no se inquietase más por temor a que la abandonara por segunda vez, le hizo prometer que la asistiría hasta la muerte, como así lo hizo, y así lo quiso Dios, para comenzar la Congregación de la Misión por medio de esta santa Señora, tal como se verá en este libro







