Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 32

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Luis Abelly · Translator: Martín Abaitua, C.M.. · Year of first publication: 1664.

Servicios prestados por el Sr. Vicente al difunto Sr. Comendador de Sillery y a la Orden de San Juan de Jerusalén, comúnmente llamados Caballeros de Malta


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El difunto Sr. Noel Brulart de Sillery, Comendador del Temple de Troyes, de la Orden de San Juan de Jerusalén, después de haber participado en diversas embajadas en Italia, en España y en otras Provincias extranjeras, y haber intervenido en importantes negocios al servicio del Rey, desempeñados siempre con honor y con entera satisfacción de Su Majestad, se sintió especialmente movido por Dios, para que se entregara más perfectamente a El y, separándose de la corte y de todos los impedimentos del siglo, se dedicara con mayor atención a los negocios concernientes al servicio de Dios y a la santificación y perfección de su alma. Había conocido al Sr. Vicente y concebido un alto aprecio de su virtud desde el tiempo en que estaba metido en el gran mundo. Eso le movió a comunicarle su propósito y a rogarle que le asesorara para ponerlo en ejecución: presentó por su parte tan buenas disposiciones, y manifestó tan gran docilidad en seguirle y hasta en adelantarse alguna vez a los saludables consejos del sabio director, que en poco tiempo se vieron cambios notabilísimos en su persona y en toda su conducta.

Y, en primer lugar, cuando reconoció la vanidad del lujo y el enorme derroche de riqueza del mundo, abandonó el palacio parisino de Sillery con todas las suntuosas y magníficas habitaciones, de las que se había servido para sostener honoríficamente, como creía que debía hacerlo, los grandes cargos desempeñados por él. Despidió a la mayor parte de su servidumbre, recompensando a sus servidores en proporción al servicio prestado. Vendió los muebles más ricos y preciosos y distribuyó grandes y notables cantidades de dinero en obras de caridad. Después, sintió la inspiración de consagrarse todavía más enteramente a Dios en el santo Orden del Sacerdocio. Aconsejado por el Sr. Vicente, se preparó al gran sacramento con los actos de piedad más convenientes; y recibido el Sacerdocio, empezó a llevar una vida digna de la santidad de ese carácter, practicando toda clase de virtudes. Y con el fin de afirmarse aún más en el Sacerdocio, quiso unirse más estrechamente al Sr. Vicente en el nuevo estado, y tomó una nueva resolución de seguir enteramente sus consejos y actuar en todo según su dirección. He aquí cómo le habla en una de sus cartas:

«Reverendo Sr. y muy querido Padre: No dudo que conociendo, como conoce, el corazón de su indigno hijo, haya querido llenarle, con su tan amable y tan cordial carta, de tantos consuelos de su exhuberante bondad, que en materia de cordialidad no cede a nadie, ahora le obliga a rendir las armas y a reconocerle por su maestro y superior, cosa que él acepta de buen grado en eso y en todo. Y verdaderamente, sería muy rudo y agreste para no derretirse todo en amor a una caridad tan amorosamente ejercida por un Padre tan digno y bondadoso con un hijo que sólo sirve para causarle preocupaciones. Pero no hay remedio. Yo recibo humildemente y con gusto la confusión debida a tantas faltas y debilidades como sufre por mí, después de haberle pedido perdón por ello con toda reverencia y sumisión. Le aseguro, mi queridísimo Padre, que con toda conciencia siento ganas de enmendarme, con la gracia de Nuestro Señor. Sí, ciertamente, mi único Padre, estoy cierto de que jamás me he sentido tan tocado por esa mirada como lo estoy en este momento. ¡Oh si pudiéramos y llegásemos a trabajar eficazmente en una buena enmienda de tantas miserias de las que sabe su reverencia que estoy lleno y rodeado por todas partes, estoy seguro de que recibirá entonces consuelos indecibles! Y aunque este bien no llegue tan pronto ni en el grado en el que su piedad desea, yo le conjuro, mi buen Padre, per viscera misericordiae Dei nostri in quibus visitavit nos oriens ex alto, que no se canse su bondad y no abandone jamás a este pobre hijo; bien sabe que quedaría bajo una mala dirección, si quedase bajo la propia»

Esa es una parte de la carta; en ella es difícil decir qué cosa sea más admirable de ver, o tal humildad y sencillez en un personaje que había pasado la mayor parte de su vida metido en las intrigas de la Corte y en el manejo de los más importantes asuntos del reino; o bien, un comportamiento tan prudente y tan lleno de unción, como el del Sr. Vicente, que produjo con la gracia de Dios tan grandes efectos, y ganó tal crédito ante el alma de ese Señor

Después de un cambio de estado y de vida tan considerable, el Sr. Comendador de Sillery, movido por el celo que iba creciéndole cada día, tuvo la ocurrencia de atender a las necesidades espirituales de los Religiosos y de los Párrocos de su Orden, dependientes del Gran Priorato del Temple: y recibida la comisión del Sr. Gran Maestre de Malta para visitarlos, se puso en comunicación con el Sr. Vicente, y concertó con él la forma de realizar útilmente las visitas. Ambos convinieron en que se diesen misiones en las parroquias al mismo tiempo que se pasaba la visita, tanto para reformar a los pueblos como para dar a los Religiosos y a los Párrocos encargados de su cuidado los consejos y remedios más propios y convenientes para las necesidades de las parroquias. Se llevó todo a la práctica con feliz resultado. Cuando lo supo el Sr. Gran Maestre de Malta, se alegró tanto, que escribió la siguiente carta al Sr. Vicente en señal de agradecimiento:

«Señor: Me han comunicado que el venerable baile de Sillery ha escogido a usted para que le ayude a visitar las iglesias y parroquias dependientes del Gran Priorato, en las cuales ya había usted empezado a emplear sus cuidados y fatigas para la instrucción de los que tenían una extrema necesidad de ella: eso me convida a darle por medio de estas líneas las más expresivas gracias, y a pedirle que continúe su labor, ya que no tiene otro objeto que el avance de la gloria de Dios y el honor y fama de esta Orden. Suplico con todo mi corazón a la bondad de Dios, que recompense su celo y caridad con sus gracias y bendiciones. Y me conceda la facultad de testimoniarle lo agradecido que estoy. Suyo etc.»

«El Gran Maestre Láscaris de Malta, septiembre 1637»

El S. Comendador pensó que no era bastante con limpiar los arroyos, si no se purificaba el manantial; por eso, no se contentó con hacer bien las visitas. Quiso además que se formaran buenos Eclesiásticos en la casa del Temple de París, y que se eligieran a tal efecto personas reconocidas como llamadas por Dios, para servirle en aquella religión, con el fin de que los que tomaran el hábito, recibieran también el verdadero espíritu, y se pudiera sacar de ellos individuos aptos para desempeñar dignamente los curatos, y renovar así poco a poco toda la faz de la Gran Orden. Pero aquel buen propósito no logró todo el efecto esperado, por más que  rogaron al Sr. Vicente que se dedicara a ello, y que para eso residiera durante algún tiempo en el Temple. Porque, como no iba a tener libertad para actuar a su estilo, no pudo acceder tal como hubiera deseado. He aquí lo que escribió sobre este asunto a una persona de confianza:

«Me urgen ­dice­ por la precipitación del asunto del Temple; temo que no tenga el éxito tal como yo lo deseo. Lo digo y lo vuelvo a decir, pero no me hacen caso. La humildad me obliga a dar largas, y la razón me inclina a temer. In nomine Domini. No he visto cosa más común, que el mal éxito en los asuntos precipitados»

Sabemos por otra carta del Sr. Gran Maestre de Malta, que el Sr. Vicente le había escrito varias en favor del Sr. Comendador de Sillery, y para recomendarle sus piadosas intenciones. Y, en efecto, el Sr. Comendador logró autorización de su Orden para disponer de sus grandes riquezas, y las empleó todas en obras piadosas muy considerables. Entre ellas no debemos omitir aquí que este virtuoso Señor en agradecimiento a los favores que debía al Sr. Vicente, y, más aún, por consideración a los grandes servicios que su Congregación le hacía y podía en el futuro prestar a toda la Iglesia, donó una considerable suma tanto para la fundación de una casa y de un Seminario en la ciudad de Annecy, diócesis de Ginebra, como para ayudar a la fundación de la de Troyes, y al mantenimiento de la de San Lázaro de París, que viene a ser la madre de las demás, y que tiene obligaciones inmortales para su caridad. Dios le recompensó también por medio de las grandes gracias que le hizo, no solamente en vida, sino de modo particular en su muerte, santa y preciosa ante los ojos de su Divina Majestad. El Sr.Vicente le administró en la última hora todos los servicios y toda la ayuda que pudo, y dio acerca de él este favorable testimonio: que no había visto nunca morir a nadie que estuviera tan lleno de Dios, como lo estaba este virtuoso y caritativo Señor en su último momento.

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