Los ríos grandes fluyen siempre, a lo largo de su curso hacia el océano, aumentando e incrementando su caudal con la aportación de los ríos y arroyos que van recibiendo en su cauce. Igualmente, la caridad del Sr. Vicente, encaminándose siempre cada vez con mayor perfección hacia Dios, iba creciendo continuamente tanto exterior como interiormente, no tanto por recibir ayuda de otros, cuanto comunicándose y extendiéndose cada vez más hacia el exterior según las ocasiones que la Providencia Divina le iba deparando
Hemos visto en algunos capítulos anteriores el celo del Sr. Vicente y la preocupación que tuvo para reavivar el primitivo espíritu eclesiástico del clero. Precisamente para eso se esforzó en promover los Ejercicios de Ordenandos, las Conferencias y los Retiros de Eclesiásticos. Pero como todos esos medios, aunque muy excelentes y muy aptos, aún no producían todo el fruto deseado por su caridad, pensó que sería necesario poner el remedio en el mismo manantial de la clericatura, es decir, preparar y disponer con mucha antelación a los niños que dieran muestras de poseer alguna inclinación y vocación para ese estado, con la creación de Seminarios según los moldes del santo Concilio de Trento
Por eso, después que fueron a vivir a la casa de San Lázaro, hacia el año 1636, destinó el Colegio de Bons-Enfants para seminario. En él formarían a los jóvenes clérigos en las Letras y Buenas Costumbres, para hacerlos capaces y dignos del estado al que aspiraban. Pero, cuando reconoció que los frutos de los seminarios de los jóvenes clérigos resultaban un poco tardíos a causa del tiempo tan largo como transcurría antes de que tuvieran la edad y las disposiciones para recibir los Santos Ordenes; y más, cuando vio la gran necesidad que la Iglesia tenía de que se formaran buenos sacerdotes, su celo le hizo desear que Dios quisiera remediara quella necesidad, con la creación de seminarios para los que habían recibido los Sagrados Ordenes, o estuvieran con deseo de recibirlos, a fin de que asimilasen el espíritu eclesiástico y se formaran en las funciones de su estado. Mas su humildad no le permitía meterse por sí mismo en tan santa empresa. La Divina Providencia, por su parte, lo había dado a conocer al Sr. Cardenal de Richelieu, quien daba muestras de contento, cuando, en alguna ocasión lo veía y hasta llegó a consultarle alguna vez acerca de los medios para promover la gloria de Dios entre el clero, hasta el punto de darle una oportunidad para manifestar al buen Señor sus ideas sobre aquella cuestión. Le dijo que, después de los ejercicios de Ordenandos y las Conferencias espirituales de los Eclesiásticos, que ya se practicaban en varios sitios, le parecía que sólo faltaba la creación de Seminarios en las diócesis, no tanto para los jóvenes clérigos, que producían frutos muy tardíos, cuanto para quienes habían entrado ya, o tenían intención de entrar pronto en los Santos Ordenes, con el fin de ejercitarse durante un año o dos en la virtud, en la oración, en el servicio divino, en las ceremonias, en el canto, en la administración de sacramentos, en la catequesis, en la predicación y en otras funciones eclesiásticas, como también para aprender Casos de Conciencia, y las otras partes más necesarias de la Teología. En una palabra, para hacerlos capaces no sólo de trabajar en su perfección personal, sino también en la dirección de las almas por las vías de la justicia y de la salvación. Porque, por carecer de esas cualidades había muy pocos sacerdotes dotados de las cualidades necesarias para servir y edificar la Iglesia. Y, por el contrario, había muchos viciosos, ignorantes y escandalosos, verdadera piedra de escándalo para el pueblo.
El Sr. Cardenal, después de escucharlo con satisfacción, le manifestó que le agradaba mucho la sugerencia, y le animó eficazmente a que emprendiera él mismo un seminario como aquél. Y como ayuda para comenzarlo, le mandó mil escudos que se emplearon en el sostenimiento de los primeros Eclesiásticos a los que el Sr. Vicente recibió en el Colegio de BonsEnfants en el mes de febrero del año 1642. Los hizo mantener e instruir durante dos años para hacerlos capaces de todo lo perteneciente a su condición. Más adelante se presentaron varios más, dispuestos a pagar la pensión, para ser a su vez formados en la piedad y en la ciencia. Así es como empezó el Seminario de BonsEnfants bajo la sabia dirección del Sr. Vicente, con el permiso y la aprobación del difunto Arzobispo de París. Este buen prelado ya había permitido a los sacerdotes de la Comunidad de san Nicolás du Chardonnet abrir otro (seminario); Dios vertió sobre él muchas bendiciones por medio de los cuidados de dichos Señores, y, en particular, por el celo incomparable del Sr. Bourdoise, a quien Nuestro Señor había infundido el espíritu clerical en abundancia desde su juventud y un celo ardiente para comunicarlo a otros.
Unos años después de la creación del nuevo Seminario en el Colegio de Bons-Enfants,el número de los seminaristas había crecido mucho, y el alojamiento resultaba demasiado pequeño y falto de comodidades para tan gran número de personas. El Sr. Vicente sacó de allí a los seminaristas que estudiaban Humanidades y los trasladó a una casa situada en una esquina del cercado de San Lázaro fuera de los arrabales, y lo llamó Seminario de san Carlos. Allí los sacerdotes de su Congregación han continuado siempre desde entonces, y continúan todavía enseñando Humanidades y educando en la virtud a los niños que dan muestras de tener alguna inclinación para abrazar el estado eclesiástico
Desde entonces los Prelados del reino, después de considerar la necesidad que había de fundar unos seminarios parecidos para las personas eclesiásticas, los han erigido en la mayor parte de las diócesis; y algunos de ellos han confiado la dirección a los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, como en Cahors, Saintes, Saint-Malo, Tréguier, Agen, Montauban, Agde, Troyes, Amiens, Noyon y en otros sitios, no sólo de Francia, mas también de Italia y de otras Provincias extranjeras. En todo esto se ha hecho notar, que, como el fruto de las misiones dadas por el Sr. Vicente y los de su Congregación ha impulsado a otros virtuosos Eclesiásticos a consagrarse a dar misiones, así también, después de que él se ha dedicado a la obra de los Seminarios, y que la experiencia le ha hecho ver con más claridad su necesidad, utilidad y facilidad, los han fundado en varias diócesis del reino. Y han contribuido mucho al bien del clero de Francia, que, por la misericordia de Dios, ha empezado a recuperar su antiguo esplendor, que parecía haber quedado algo velado en los pasados siglos.







