Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 30

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Luis Abelly · Translator: Martín Abaitua, C.M.. · Year of first publication: 1664.

Fundación de un hospicio para los niños abandonados


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Los pintores, cuando quieren representar la caridad bajo una forma sensible, la pintan ordinariamente con varios pechos y con niños en los brazos y sobre el regazo. Si se quisiera crear un emblema de la caridad del Sr. Vicente, habría que  servirse de esa misma representación, que vendría también muy a propósito para el asunto que vamos a tratar en este capítulo. Veremos a este Santo Varón como padre nutricio de gran número de pobres niños abandonados, a los que (podemos decir) él les dio y conservó la vida, procurándoles, en lugar de las madres indignas, que los habían expuesto y abandonado inhumanamente, tantas madres caritativas suscitadas por él, como son las Damas virtuosas, que se encargan de su alimentación y demás necesidades. Veamos cómo y cuándo empezó esta iniciativa verdaderamente cristiana

La ciudad de París posee una extensión excesiva, y el número de sus habitantes es casi innumerable. Se dan en ella muchos desórdenes en la vida de las personas particulares, que no es posible remediar, sin que se causen siempre otros desarreglos; entre éstos uno de los más perniciosos es la exposición y el abandono de los niños recién nacidos, y con frecuencia no sólo está expuesta a peligros su vida, sino hasta su salvación. Las madres desnaturalizadas u otras que practican semejante inhumanidad con esas criaturas inocentes no se preocupan en absoluto de bautizarlos ni de ponerlos en estado de salvación

Dicen que no pasa ningún año, sin que se recojan al menos trescientos o cuatrocientos expósitos, tanto en la ciudad como en los arrabales; y según las órdenes de la Policía, pertenece a la Oficina de los Comisarios del Châtelet recoger los niños así expuestos, y promover los procesos verbales del lugar y del estado en que han sido hallados

Antes los solían llevar a una casa llamada la Couche en la calle Saint-Landry, donde los recibía cierta viuda, que vivía allí con una o dos criadas: era la encargada de cuidar de la alimentación de los niños. Como la casa no era suficientemente capaz para tantos como eran, ni podía sostener nodrizas para amamantarlos, ni tampoco para dar de comer y educar a los destetados por carecer de rentas suficientes, la mayor parte de los niños morían de inanición. Las criadas, para librarse de la molestia de sus gritos, hasta les hacían tomar drogas, adormeciéndolos y causando a muchos la muerte. Los que se libraban de aquel peligro eran o entregados a quienes los vinieran a buscar, o vendidos a un precio tan bajo, que hubo algunos por quienes sólo se pagaron veinte «sueldos»; los compraban así, a veces para hacerles mamar a mujeres enfermas cuya leche corrompida las hacía morir. Otras veces, dando satisfacción a los malos instintos de algunas personas, intercambiaban niños en las familias, y de ahí se seguían desórdenes insospechados. Y sabemos también que los han comprado (causa horror el pensarlo) para utilizarlos en operaciones mágicas y diabólicas, de forma que parecía que los pobres inocentes estaban, todos ellos, condenados a muerte o a algo peor: no hubo uno que pudiera escapar de semejante desgracia, porque no se había interesado nadie en conservarlos. Y lo que todavía es más de lamentar, muchos morían sin bautismo; según confesión de la viuda, ella no había bautizado nunca a nadie, ni hacía que los bautizaran.

Desorden tan espantoso en una ciudad tan rica, tan civilizada y tan cristiana como París conmovió, cuando se enteró, el corazón del Sr. Vicente. Pero no sabía cómo remediarlo. Por eso habló con algunas de las Damas de la Caridad, y les sugirió que fueran de vez en cuando por aquella casa, no tanto para descubrir el mal, ya suficientemente conocido, sino para ver, si era posible, alguna forma de poner remedio a aquella situación. Cuando las Damas fueron a la Couche, quedaron vivamente impresionadas con un sentimiento de compasión tan grande por los pobres inocentes, más dignos de lástima que los que mandó matar Herodes. Y al no poderse encargar de todos ellos, se les ocurrió que podrían hacerse cargo de algunos para salvarles la vida. Al principio decidieron alimentar a doce; y para honrar a la Providencia Divina, como no conocían los designios de Dios sobre aquellas criaturas, las sortearon. Las pusieron en una casa de alquiler cerca de la Puerta de Saint-Victor el año 1638 bajo el cuidado de la Señorita Le Gras y de algunas Jóvenes de la Caridad enviadas por el Sr. Vicente. Al comienzo trataron de mantenerlos con leche de cabra o de vaca, y más adelante les proporcionaron nodrizas. Las virtuosas Damas fueron sacando de vez en cuando a otros a tenor de su fervor y de los medios disponibles, y siempre mediante sorteo, como los primeros. Se sentían muy apremiadas por los impulsos de la caridad y de la compasión que sentían por los que quedaban en pleno abandono, hasta querer hacerse cargo de todos, y responsabilizarse de su alimentación y educación. Pero como aquella carga y esta empresa eran superiores a sus fuerzas, la imposibilidad de su realización las obligó a frenar los buenos sentimientos de su corazón, y no pasaron a los hechos

Finalmente, después de haber orado mucho a Dios y hablado entre ellas sobre ese asunto, convocaron una asamblea general al comienzo del año 1640. En ella el Sr. Vicente les propuso con palabras animadas por su celo la importancia y la necesidad de aquella buena obra y el gran servicio que se podría tributar a Dios, practicando admirablemente una virtud que le es tan agradable

Tomaron la resolución generosa de encargarse de la comida y de la educación de los pequeños. Para no comprometerse más de lo que podían en semejante empresa, siguiendo el consejo del sabio director, empezaron la tarea sólo como prueba, sin intención de obligarse, puesto que en aquel momento únicamente había mil doscientas o mil cuatrocientas libras de renta anual segura. Aunque, más adelante, el Rey les asignó doce mil libras como limosna sobre las cinco grandes granjas, por haber acudido el Sr. Vicente con ese fin a la piedad de la Reina Madre. Como todos los años los gastos ascendían a cerca de cuarenta mil libras, las Damas se encontraban en más de una ocasión con muchas dificultades para sostener carga tan pesada, y con miedo a sucumbir bajo el peso de semejante obligación. El Sr. Vicente se vio en la necesidad de convocar otra asamblea general hacia el año 1648, y en ella sometió a deliberación si debía cesar en su actuación la Compañía (de Damas), o bien continuar encargándose de la alimentación de los niños, pero dejándoles en libertad para renunciar a la obra, porque la única obligación que las ataba a tan buena obra era solamente la caridad. Les propuso las razones que podían disuadirlas o persuadirlas. Les hizo ver que hasta entonces, gracias a sus caritativos desvelos, habían conservado vivos hasta quinientos o seiscientos niños, que hubieran muerto sin su asistencia; de ellos algunos estaban aprendiendo algún oficio, y otros estaban en situación de aprenderlos (algún día); que, gracias a ellas, todas aquellas pobres criaturas, al aprender a hablar, habían aprendido también a conocer y a servir a Dios; que por el comienzo podrían deducir cuál sería en el futuro el fruto de su caridad. Y después, levantando la voz, terminó con estas palabras:

«Bien, Señoras, la compasión y la caridad les han hecho adoptar a estas criaturas como hijos suyos; ustedes han sido sus madres según la gracia desde que las abandonaron sus madres según la naturaleza. Vean ahora si los quieren también abandonar. Dejen ahora de ser sus madres según la gracia para convertirse en sus jueces; su vida y su muerte están en manos de ustedes. Voy a recoger ahora sus votos y sus opiniones; va siendo hora de que pronuncien su sentencia y de que todos sepamos si quieren tener misericordia con ellos. Si siguen ustedes ofreciéndoles sus caritativos cuidados, vivirán; por el contrario, si los abandonan, morirán y perecerán sin remedio; la experiencia no nos permite dudar de ello».

Después de que el Sr. Vicente hubo pronunciado esas palabras con un tono de voz que daba bastante a conocer cuál era su ánimo, las Damas quedaron tan fuertemente conmovidas, que todas unánimemente resolvieron sostener al precio que fuera aquella obra caritativa; y a tal fin deliberaron sobre los medios de mantenerla.

Inmediatamente después de dicha resolución obtuvieron del Rey los edificios del Castillo de Bicêtre. En él se han alojado durante algún tiempo los niños después de destetados. Pero por ser allí el aire demasiado sutil para las criaturas y por otros problemas que se presentaron, las Damas se vieron obligadas a volverlos a París, y a tomar en alquiler una gran casa en el barrio de San Lázaro. Allí siguen todavía hoy alimentados y educados por diez o doce Hijas de la Caridad. En ese hospicio se da de comer a varias nodrizas encargadas de amamantar a los niños recién ingresados, en espera de que otras nodrizas del campo vengan a hacerse cargo de ellos. Les pagan al mes el sueldo convenido. Cuando los niños son destetados, los devuelven al hospicio; y allí los cuidan unas buenas Hijas de la Caridad, y al enseñarles a hablar, también les enseñan a rezar a Dios, a conocerlo bien, a amarlo y a servirlo. Y cuando se hacen un poco mayores, los ocupan en hacer algún trabajito para evitar la ociosidad, con la esperanza de que la Providencia de Dios presente alguna ocasión para ponerlos en disposición de mantenerse con su trabajo y habilidad

Esos han sido los frutos de esta santa obra; aún hoy, después de veinticinco años, sigue en pie con gran bendición, gracias a la sabia dirección del Sr. Vicente ya los cuidados y favores de las virtuosas Damas. Su caridad ha sido tan provechosa y favorable a los niños, que son más felices en el abandono en que han sido puestos, que si hubiesen sido alimentados y educados por sus padres, que, presumiblemente, son muy pobres y muy viciosos. Parece que Dios ha querido verificar por inspiración de la gracia el primer principio de la caritativa empresa, expresado en otro tiempo por un Profeta: «Que si hay madres tan desnaturalizadas, que se olvidan y abandonan a sus propios hijos, su Providencia paternal cuidará de ellos, suscitándoles y dándoles otras madres mucho mejores, que les tendrán cariño y que procurarán suplir con abundancia la carencia de las otras».

 

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