«La tierra entera está desolada decía tiempos atrás un Profeta, porque no hay nadie, que se recoja interiormente, y se dedique a pensar y meditar en su corazón». Se derraman al exterior, y dejan que sus pensamientos vayan tras toda clase de objetos sensibles, sin entrar nunca dentro de sí. Se piensa rarísimamente en Dios: no es objeto de consideración el fin por el que Dios nos ha dado el ser y la vida, con los medios para llegar a El. De ahí proviene la ceguera de espíritu, el desarreglo del corazón, y, finalmente, la pérdida de la salvación de la mayor parte de los que se condenan.
Los más grandes santos han hablado frecuentemente contra este desorden, han exhortado a los fieles a entrar dentro de sí mismos con la práctica de la meditación. En estos últimos tiempos, san Carlos Borromeo, san Ignacio, el bienaventurado Francisco de Sales y otros santos personajes han introducido el uso de los Ejercicios espirituales para llevar las almas a un ejercicio de recogimiento tan necesario. Pero aunque haya producido grandísimos frutos, al carecer de lugares adecuados y de otras ayudas y comodidades exteriores para la práctica de los Ejercicios, han sido pocas las personas, sobre todo las laicas, que se han aprovechado de ellos. Esta consideración movió al Sr. Vicente a tener abierta la puerta de su casa, y, más aún, la de su corazón, para recibir a los que querían tener esta devoción, e incluso, para convidar a las personas que tuvieran necesidad de ella a venir a pasar unos días en los actos del Santo Retiro. Parecía que este fiel Siervo decía más con el corazón que con la boca, a imitación de su Divino Maestro: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados con el fardo de vuestros pecados y de vuestros vicios, que yo os aliviaré»
Desde que el Sr. Vicente comenzó esta tarea caritativa en el Colegio de Bons-Enfants, siempre la han continuado en todas las casas de la Misión, y, particularmente, en las de París y Roma. En ellas los Sacerdotes de su Congregación (que también realizan todos los años los actos del Retiro, a ejemplo de su Padre y Fundador, quien nunca faltaba a ellos por muchos asuntos que lo abrumasen) reciben con los brazos abiertos y con una caridad cordial a los externos que se presentan, de la condición que sean: ricos o pobres, eclesiásticos y laicos, Doctores e ignorantes, nobles y artesanos, amos y criados. Y al hacerles compartir la propia mesa, les prestan toda clase de ayudas y servicios para el bien de sus almas, ya sea preparándolos a hacer una buena confesión general para convertirse perfectamente a Dios; ya sea dándoles luz y consejo para redactar un orden o un reglamento de vida según su condición; o también, para elegir un estado, y conocer los designios de Dios sobre ellos. En la casa de san Lázaro se han visto muchas veces, en un mismo refectorio, Señores que llevaban palaciegos, artesanos, ermitaños y lacayos, que hacían al mismo tiempo su Retiro, con varios Eclesiásticos. Y por eso, el Sr. Vicente decía a veces con cierto gracejo que sabía usar según tiempo y lugares, «que la casa de San Lázaro era como el Arca de Noé: en ella eran recibidos y alojados toda clase de animales grandes y pequeños»
Veremos más al detalle en el Segundo Libro los grandes frutos y los efectos admirables que los Retiros produjeron en diversas ocasiones. Por ellos sentía el Sr. Vicente sentimientos muy particulares de agradecimiento para con Dios, dándole gracias, y viéndose muy obligado a su Bondad, porque se dignaba servirse de él y de los suyos para operar todos los efectos de su misericordia y de su gracia. Por esa misma consideración, siempre tuvo muchísimo interés en conservar en la Compañía la práctica de los Retiros: los llamaba regalo del cielo, aunque fueran en realidad una carga muy grande, y que, además de las molestias que él y los suyos recibían, le obligaban a realizar un gasto muy notable, dando de comer gratuitamente a la mayor parte de los numerosos ejercitantes, que pasaban todos los años por San Lázaro y por las otras casas de la Misión, sin que hubiera ninguna fundación, ni rentas para sostenerlos. Pero este gran Siervo de Dios no reparaba nada en gastos cuando se trataba de procurar la salvación de las almas que habían resultado tan caras a Jesucristo. Le parecía, según afirma el Espíritu Santo en los Salmos que, aún cuando hubiera empleado todas las existencias de su casa para tales obras de caridad, no había hecho nada al precio de lo que creía que esa virtud divina lo obligaba a hacer
Parecía que aún no estaba plenamente satisfecho de que hombres de toda clase y condición encontraran en las casas de la Compañía ayudas tan propias para su santificación y para su salvación. Su caridad, que nunca decía «basta», procuró también que las mujeres y muchachas tuvieran alguna que otra vez una ayuda semejante para el bien espiritual de sus almas en la casa de las Hijas de la Caridad. Allí la Señorita Le Gras las recibía con los brazos abiertos, y les prestaba todos los servicios que podía, con un corazón incansable para ejercer el bien
He aquí el extracto de una carta que le escribió el Sr. Vicente a propósito de este asunto:
«La Señora Presidenta Goussault y la Señorita Lamy van a su casa de usted a practicar un pequeño Retiro. Le ruego que las atienda: déles la distribución del tiempo que le he entregado; señáleles los temas de oración; escúcheles la relación de sus buenos pensamientos en presencia una de la otra, y procure que haya lectura durante la comida; al terminar ésta, podrán distraerse de forma alegre y modesta. La conversación podrá versar sobre las cosas que les han ocurrido en su soledad, o las hayan leído en las historias santas. Y si hace buen tiempo, después de comer podrán pasear un poco. Fuera de esos dos tiempos guardarán silencio. Estaría bien que escribieran los pensamientos más importantes que hayan tenido en la oración, y que preparen la confesión general para el miércoles. La lectura espiritual podrá hacerse en la Imitación de Jesucristo de Tomás de Kempis, deteniéndose un poco a meditar al final de cada período, como también en alguna cosa de Granada relacionada con la meditación. También podrán leer algunos capítulos de los Evangelios. Y estaría bien que el día de la Confesión General usted les hiciera la oración a base del Memorial de Granada para excitarlas a contrición. Por lo demás, vigile para que no se concentren demasiado intensamente en esos actos. Ruego a Nuestro Señor que le dé su Espíritu para eso»
Cierta señora había realizado el Retiro en la casa de las Hijas de la Caridad en otra ocasión, y, al terminar, le había dado por escrito a la Señorita Le Gras sus pensamientos y resoluciones para que los enviara al Sr. Vicente; y así lo hizo. El sabio y experimentado director, después de leerlos, le escribió en estos términos:
«Le devuelvo las resoluciones de la señora N. Son buenas, pero me parecerían mejores, si bajase un poco a los detalles. Será bueno ejercitar en eso a las ejercitantes de la casa de usted. Lo demás es sólo producto del espíritu, que, en cuanto ha hallado alguna facilidad, y hasta alguna dulcedumbre en la consideración de una virtud, se halaga con el pensamiento de ser muy virtuoso; pero para llegar a serlo conviene hacer buenas resoluciones prácticas sobre los actos particulares de las virtudes, y después ser fiel en cumplirlas. Sin eso, con frecuencia todo queda en imaginaciones».







