Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 25

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Ejercicios de Ordenandos para ayudar a los que quieran recibir los Santos Ordenes


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La advertencia de san Pablo al obispo san Timoteo diciéndole que no impusiera fácilmente las manos para conferir el sacramento del Orden es importantísima, no sólo para los obispos para no hacerse partícipes, como dice el mismo Apóstol, de los pecados del prójimo, sino también para toda la Iglesia, que de ordinario recibe el mayor daño, como dice un santo Padre, de sus propios ministros. Hasta se puede decir con verdad que las persecuciones de los tiranos no han causado tanto daño a la salud de las almas, como la vida escandalosa y el comportamiento pernicioso de los malos sacerdotes

Ese suele ser el motivo de una de las mayores penas de los buenos obispos, deseosos de desempeñar dignamente su cargo. Por un lado se ven obligados a proveer sus iglesias de sacerdotes y otros ministros sagrados, y por otro se ven muy coaccionados cuando tratan de elegirlos. Es casi imposible que, dado el gran número de los que se presentan y que se ven obligados a recibir para proporcionarlos a la gran extensión de sus diócesis y a la multitud numerosa de pueblos que llenar las parroquias, no se hallen muchos bastante mal dotados de las cualidades y virtudes requeridas para tan santo ministerio. Y por mucha diligencia que puedan poner en el examen de la aptitud de los que se presentan y en la investigación de su vida y sus costumbres, no pueden conocer todos los detalles y a menudo se equivocan. El difundo Don Agustín Potier, obispo de Beauvais, su memoria es bendita, por su celo, su vigilancia pastoral y otras virtudes conocía perfectamente ese mal, y con frecuencia trató de hallar el oportuno remedio

Por eso, viendo con qué abundancia Dios había comunicado su espíritu al Sr. Vicente para proveer a las necesidades espirituales de su pueblo por medio de las misiones (extendidas, ya por entonces, por la mayor parte de las parroquias de su diócesis) y por las Cofradías de la Caridad, también organizadas por él, pensó que el Sr. Vicente no tendría menos luces ni menos gracia para ayudarle a mejorar su clero. Como apreciaba mucho su virtud y tenía particular confianza en su caridad, frecuentemente le abría el corazón y le declaraba las dificultades que sufría a este respecto. Lo llamaba a menudo a Beauvais, o también, iba a visitarlo a París para pensar en los medios y remedios más convenientes y más eficaces. Un día, entre otros, el buen prelado preguntó al Sr. Vicente qué se podría hacer para poner algún remedio a los desarreglos de su clero y reformarlo. El sabio y experimentado misionero le respondió, que era casi imposible reformar y enderezar a los malos sacerdotes ya inveterados en sus vicios, y a los párrocos de vida desordenada que se habían desorientado en su conducta. Pero que, para trabajar con esperanza de fruto en la reforma del clero, era necesario ir a la raíz del mal para aplicar allí el remedio y que como no se podía, sino con mucha dificultad, convertir y cambiar a los sacerdotes ya mayores, era preciso esforzarse en formar buenos en el futuro. En primer lugar habría que tomar la resolución de no admitir a los órdenes, sino a los que tuvieran la ciencia requerida y demás señales de verdadera vocación. En segundo lugar, habría que trabajar en los que quisiera admitir para hacerlos capaces de sus obligaciones, y obligarles a obtener el espíritu eclesiástico: con ellos se podría después ir dotando a las parroquias

Al Sr. de Beauvais le gustó mucho la sugerencia, y un día, yendo de viaje y llevando consigo al Sr. Vicente en su carroza, el mes de julio del año 1628, quedó el buen prelado por algún tiempo con los ojos cerrados, sin hablar, meditando alguna cosa en su mente. Y los que lo acompañaban se quedaron callados, pensando que dormitaba. Abrió los ojos el Sr. Obispo y les dijo que no estaba dormido, sino que acababa de pensar en cuál sería el medio más breve y más seguro para educar y preparar a los aspirantes a los Santos Ordenes; y que le había parecido que sería hacerles venir a su casa y alojarlos en ella varios días. Durante ellos se les haría practicar algunos actos convenientes para informarles de las cosas que debían saber y de las virtudes que debían practicar. Entonces el Sr. Vicente, que ya por entonces le había sugerido la necesidad de la preparación, aprobó totalmente el dicho proyecto, y elevando la voz le dijo: «¡Monseñor! Ese pensamiento es de Dios: he ahí un excelente medio para reformar poco a poco el clero de su diócesis». Y con eso le alentó cada vez más a comenzar tan santa tarea. El virtuoso prelado se resolvió entonces a ponerla en ejecución, y al separarse del Sr. Vicente, le dijo que iba a poner todo en ejecución con ese fin, rogándole que pensara en las materias propias para los que se iban a presentar a los Ordenes, y que pusiera por escrito la distribución del día que debía observarse durante el retiro. También le convidó a volver a Beauvais quince o veinte días antes de la próxima ordenación (iba a ser en el mes de septiembre inmediato). El Sr. Vicente hizo lo que le había mandado el Prelado: «Estaba más seguro ­como él decía­ de que Dios le pedía aquel servicio por haberlo sabido de la boca de un obispo, que si se lo hubiera revelado un ángel». Cuando llegó a Beauvais el Sr. Obispo, después de examinados los ordenandos, dio comienzo a los Ejercicios. Y las charlas, según el proyecto, fueron continuadas hasta el día de la ordenación por el Sr. Vicente y por los Sres. Messier y Duchesne, doctores de la facultad de París con el mismo orden que se ha seguido posteriormente, y que aún hoy sigue. Concretamente, el Sr. Vicente explicó el Decálogo a los ordenandos; y lo hizo de una formatan clara y, en conjunto, tan emotiva y tan eficaz, que los oyentes quisieron hacer con él la confesión general; y hasta el mismo Sr. Duchesne, doctor, que también daba algunas charlas, quedó tan conmovido que quiso hacer confesión general de toda su vida con el Sr. Vicente. Los ordenandos quedaron todos muy edificados por ello

Pasado algún tiempo, el Sr. Obispo de Beauvais vino a París, y habló con el difunto Sr. Arzobispo de los grandes frutos que los Ejercicios habían empezado a produci ren su diócesis; le hizo ver su importancia, su utilidad y hasta su necesidad, de forma que el buen prelado mandó que, al comenzar el año 1631, todos los que estuvieran admitidos para recibir los Ordenes en su diócesis estaban obligados a retirarse a la casa de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión durante diez días antes de cada ordenación, para que fueran informados por ellos de las disposiciones requeridas y ayudados a obtenerlas de Dios. El Sr. Vicente, obedeciendo aquella disposición, comenzó desde la siguiente cuaresma a recibir a los ordenandos en el Colegio de Bons-Enfants, pues todavía no disponía de la casa de San Lázaro. E hizo que practicaran los Ejercicios durante el tiempo prescrito por la misma disposición. Hasta el día de hoy siempre se ha observado ese ordenamiento. Desde esta primera casa de la Congregación de la Misión, esta santa práctica de retirarse a Ejercicios los ordenandos durante algunos días se ha comunicado y extendido, por el celo del Sr. Vicente, a varias diócesis de Francia y de Italia, e incluso hasta Roma, con un fruto y una bendición más fáciles de reconocer por los efectos, que explicar con palabras

Nos reservamos hablar más concreto en el Libro Segundo sobre el orden que se observa en los Ejercicios, los frutos que producen, y las razones principales que dan a conocer su importancia y su necesidad para el bien de la Iglesia.

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