Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 22

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Los Sacerdotes de la Congregación de la Misión se instalan en San Lázaro, de París


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Esta mística Jerusalén iba así edificándose poco a poco, como una ciudad nueva, y las piedras vivas que debían formar su estructura se recogían y se colocaban cada vez más por la práctica de las virtudes convenientes. Ciertamente, el poco espacio y los pocos ingresos del Colegio de Bons-Enfants sólo podían proporcionar alojamiento y recursos para pocas personas. Pero Dios quiso proveer de forma que va a sorprender al Lector y le hará admirar los designios de su infinita Sabiduría. Mientras esos bueno s Sacerdotes Misioneros dedicaban sus pensamientos y sus desvelos a conseguir solamente el engrandecimiento del Reino de Jesucristo y ganarle almas, la Providencia Divina preparaba los medios que quería emplear para instalarlos en la casa de San Lázaro de París

Se trata de un señorío eclesiástico, con «justicia alta, media y baja». Además de los numerosos alojamientos y de la gran extensión del terreno que tenía cercado, podían encontrar en él todos los recursos razonables para asentarse y multiplicarse. Pues bien, lo que más claramente demuestra que esta fundación es obra especial de la mano de Dios es que se hizo contra todas las apariencias humanas, y que los medios, gracias a los cuales se consiguió, sólo pueden, según el razonamiento humano, servir para impedirlo y poner obstáculos en el camino. El mejor modo de saber eso es el testimonio que nos dejó el Sr. Vicente mientras vivía, y que ha sido confirmado después de su muerte por quien fue el principal intermediario, y cuyas virtudes, así como su cualidad de doctor de la Sorbona y párroco de una parroquia de la ciudad de París merecen una fe especial. Fue el difunto Sr. de Lestocq, doctor de la Facultad de la Sorbona y párroco de San Lorenzo de París, quien, no contento con haberlo declarado de viva voz, quiso además dar testimonio escrito por su puño y letra, de la forma siguiente, que nos hace ver cuán admirable ha sido la protección de Dios sobre la Congregación de la Misión, y cuán puro y desinteresado el espíritu de quien la Providencia quiso servirse para realizar la fundación

Relato escrito y firmado de puño y letra por el difundo Sr. de Lestocq, doctor de la Sorbona y párroco de San Lorenzo, y que nos cuenta lo que pasó cuando los sacerdotes de la Misión se instalaron en la casa de San Lázaro de París

«Don Adriano Le Bon, religioso de la Orden de Canónigos Regulares de san Agustín y prior de San Lázaro, tuvo algunas dificultades el año 1630 con sus religiosos, lo que le hizo pensar en permutar dicho priorato por otro beneficio. Fueron varios los que le urgieron a ello, ofreciéndole abadías y otros beneficios con rentas; pero, habiendo comunicado este proyecto a algunos amigos, le disuadieron diciéndole que se podrían remediar las diferencias que habían surgido con sus religiosos mediante una conferencia que podría tener con ellos en presencia de cuatro doctores. Así lo aceptó, estando de acuerdo en ello sus religiosos»

«La reunión se celebró en casa de un doctor muy distinguido en méritos y santidad. El P. Prior alegó sus quejas y oyó a continuación la respuesta del subprior, que hablaba en nombre de los religiosos; después, se ordenó que se trazara una fórmula de vida y un reglamento, que habría de seguirse en el futuro. Habiéndolo ejecutado así, el P. Prior no dejó de perseverar en sus deseos de dejar el priorato. Y habiendo oído hablar de unos buenos sacerdotes que se dedicaban a dar misiones bajo la dirección del Sr. Vicente, al que no conocía, pensó que, si los establecía en su priorato podría participar de los grandes frutos que producían en la Iglesia. Preguntó dónde residían y cuando supo el lugar, me rogó, como a vecino y buen amigo, que le acompañase. Lo hice de buena gana, indicándole que era lo mejor que podía hacer, y que ese pensamiento venía seguramente del cielo, que había suscitado a esos buenos sacerdotes para el bien del campo, muy necesitado de ellos, tanto para la instrucción que de ellos recibirían los aldeanos, como para la declaración de sus pecados en el tribunal de la confesión, en el que abrían libre y enteramente sus conciencias y descubrirían lo que no se habían atrevido a confesar a los confesores del lugar, bien porque no les preguntaron sobre ello, bien por su vergüenza en manifestarlo; que yo podía decírselo y asegurárselo por haber estado con ellos y haberlo experimentado; que, por lo demás, él podría ver y reconocer a un hombre de Dios en el director de su Compañía, aludiendo al Sr. Vicente, como él mismo lo vería»

«Así pues, nos reunimos en el colegio de Bons-Enfants, junto a la Puerta de Saint-Victor, y el P. Prior habló con el Sr. Vicente, manifestándole el motivo que le había traído. Y era que le habían hablado muy bien de su Congregación y de los caritativos trabajos a los que se dedicaba en favor de la pobre gente campesina; que se sentiría feliz de poder contribuir en algo; que tenía la casa de San Lázaro y que se la cedería de buena gana para un ejercicio tan digno»

«Esta oferta tan ventajosa le impresionó mucho a aquel humilde Siervo de Dios, produciéndole el mismo efecto que un relámpago imprevisto que deslumbra a un hombre y lo deja aturdido. Dándose cuenta de ello el buen Prior le dijo: ¡Pero, Señor, si está usted temblando! Es verdad ­le respondió­; y me asusta la proposición y me parece que está muy por encima de lo que yo me atrevería a pensar. Somos unos pobres sacerdotes que vivimos sencillamente, sin más designio que servir a la pobre gente del campo. Agradecemos mucho su buena voluntad y le damos nuestras más humildes gracias. En una palabra demostró que no tenía ninguna apetencia por aceptar aquel ofrecimiento, y se retrajo hasta el punto de quitarnos todas las esperanzas de volver a verlo por este motivo. Sin embargo, el amable y cariñoso recibimiento que nos hizo el Sr. Vicente impresionó tanto el corazón del Sr. Le Bon, que no pudo cambiar sus propósitos, y le dijo que le daba seis meses para pensar en ello»

«Transcurrido aquel tiempo, me volvió a rogar que le acompañara para ir otra vez donde el Sr. Vicente, y volvió a hacerle la misma propuesta, y le conjuró a que aceptase su priorato, ya que Dios le inspiraba cada vez más que lo pusiera en sus manos. Yo insistí también por mi parte, y le pedí al Sr. Vicente que no desaprovechara tan buena ocasión. Todo aquello no cambió su ánimo ni sus sentimientos. Siguió diciendo con firmeza que no eran más que un número muy reducido; que apenas acababan de nacer, que no quería que se hablara de él; que aquello haría demasiado ruido; que no le gustaba brillar y, en fin, que no merecía aquel favor del Sr. Prior. Entonces el Sr. Le Bon, oyendo que tocaba a comer, dijo que deseaba comer con él y con su comunidad; como así lo hizo, y yo también con él. La modestia de aquellos Sacerdotes, la buena lectura y todo el orden que se observaba agradó tanto al Sr. Le Bon que concibió una veneración y un amor tan grande hacia ellos que no cesó de insistirme en que intercediera ante el Sr. Vicente. Así lo hice por más de veinte veces en el espacio de seis meses, hasta el punto de que fiado en mi amistad con él le dije en varias ocasiones que estaba resistiendo al Espíritu Santo, y que tendría que responder ante Dios de aquella negativa, ya que por aquel medio podría establecerse y formarse un cuerpo y una Congregación perfecta en todas sus circunstancias»

«No me es posible decir la insistencia que se empleó. No tuvo tanta paciencia Jacob para obtener a Raquel ni insistió tanto para obtener la bendición del ángel, como el Sr. Prior y yo para obtener el sí del Sr. Vicente, al que urgíamos para que nos concediera su aceptación. Gritamos más fuertemente ante él que la cananea ante los apóstoles. Finalmente, el Sr. Prior llegó a decirle al cabo de un año: Pero, Señor, ¿qué clase de individuo es usted? Si no quiere oír hablar de este asunto, dígame al menos con quién se aconseja, en quién tiene usted confianza, qué amigo tiene usted en París a quien podamos dirigirnos para tratarlo? Pues tengo el consentimiento de todos mis religiosos, y no me falta más que el de usted. No hay nadie que desee el bien de ustedes que no le aconseje recibir lo que le presento»

«Entonces el Sr. Vicente le indicó a Andrés Duval, doctor de la Sorbona, que era un santo varón, y que había escrito la vida de varios santos. Haremos ­nos dijo­ todo lo que él nos aconseje»

«En efecto, fue a verlo el Sr. Prior, trataron juntos el proyecto, quedaron de acuerdo en las condiciones, y a continuación se firmó el acuerdo el 7 de enero de 1632 entre el Sr. Prior y los religiosos de San Lázaro por una parte,  y el Sr. Vicente y los Sacerdotes de su Congregación por otra. De esta forma, el Sr. Vicente cedió finalmente a las importunas súplicas que hicimos, yo entre otros, que puedo decir muy bien que en aquella ocasión Raucae factae sunt fauces meae. Hubiera llevado de buena gana a mis espaldas a aquel Padre de misioneros para transportarlo a San Lázaro y obligarle a aceptar; pero él no se fijaba en lo exterior ni en las ventajas del sitio y de todas sus dependencias, ya que ni siquiera quiso ir a verlo durante todo aquel tiempo. De forma que no fue su buena situación lo que le atrajo, sino solamente la voluntad de Dios y el bien espiritual que allí se podía conseguir»

«Habiéndolo aceptado entonces únicamente por este motivo, después de todas las resistencias que pueden imaginarse, fue allá el día siguiente, 8 de enero de 1632, y se hizo todo con gran amabilidad y contento de toda la casa. Esto hace ver que digitus Dei hic est, que es ésta la tierra de promisión a donde fue llevado Abraham, esto es, el Sr. Vicente, verdadero Abraham, gran Siervo de Dios, cuyos hijos están destinados a llenar la tierra de bendiciones, y su familia perdurará por los siglos»

El Sr. párroco de San Lorenzo envió este relato al Sucesor del difunto Sr. Vicente en el cargo de Superior General de la Congregación de la Misión, y lo acompañó con la siguiente carta del 30 de octubre de 1660:

«Señor: El deseo que ha manifestado usted de saber lo que sucedió cuando el Sr. Vicente y su Congregación entraron en San Lázaro, junto con el respeto que debo a su memoria, me han movido a dirigirle el breve relato que le envío. Señor: no he dicho ni la centésima parte. No puedo acordarme de todas las piadosas conversaciones que el Sr. Prior de San Lázaro y yo hemos oído de boca del difunto Sr. Vicente en las visitas que le hicimos más de treinta veces, a lo largo de un año, durante el cual hemos tenido que superar mil dificultades para moverlo y disponerlo a aceptar San Lázaro. Muchos hubieran quedado encantados ante tal oferta, y él la rechazó. Así es como se asientan las cosas buenas: Moisés no quería ir a Egipto, ni Jeremías acudir ante el pueblo, pero a pesar de sus excusas Dios los elige y quiere que vayan. Es una vocación verdaderamente divina y milagrosa; en ella la naturaleza no tiene parte. El papel no puede expresar la marcha de este asunto; es Dios su autor y consumador. Yo sólo lo he garabateado y emborronado. Quien quiera perfilarla, tendrá que rehacerla y suplir mi silencio. Le ruego que crea que he venerado hasta el extremo la memoria del difunto Sr. Vicente, y que aprecio como un favor el haber sido conocido y querido por él»

Ahí tenemos un testimonio muy auténtico, y que contiene muchos detalles interesantísimos, que el piadoso lector sabrá bien pesar con las pesas del santuario, y reconocer cuál era por aquel tiempo el grado de virtud y de perfección, al que Jesucristo había elevado al Sr. Vicente; cuánto se había desprendido su corazón de todos los propios intereses y de todos los respetos humanos; cuán puramente veía a Dios en todas sus empresas, no queriendo sólo escuchar las propuestas que parecían serle más ventajosas, sin consultar y reconocer antes cuál era la voluntad de Dios y lo que le era más agradable, no deseando otra ventaja ni otro éxito que el que fuera para su mayor gloria

Pero hay una circunstancia que no debemos omitir, que nos hará ver mejor no sólo el perfecto desprendimiento que tenía el gran Siervo de Dios de toda clase de bienes y ventajas temporales, sino también la exactitud y fidelidad que mantenía inviolable, y que quería que la guardaran los suyos hasta en los menores detalles que pudieran contribuir al buen orden de su Congregación y a la mayor perfección del servicio que se proponía rendir a Dios

Los principales artículos del contrato estaban ya redactados; quedaba uno que no parecía de mayor entidad, pero que el Sr. Vicente consideró muy importante: Era que el Sr. Prior deseaba que sus religiosos compartiesen el dormitorio con los misioneros, pensando que eso no causaría ningún daño a unos y serviría de mucho para los otros: era decir a sus religiosos que podrían sacar mucho provecho del buen ejemplo y de todos los actos de virtud y de regularidad que pudieran ver en la persona del Sr. Vicente y los suyos. Mas el prudente Superior no quiso consentir nunca en ello por los inconvenientes que preveía habían de suceder, y que hubiesen condicionado el buen orden ya establecido entre los misioneros. A este efecto, rogó al Sr. Párroco de San Lorenzo que informara al Sr. Prior,

«que los Sacerdotes de la Misión guardaban silencio desde las oraciones de la noche hasta la mañana siguiente, después de comer. A continuación disponían de una hora de conversación; después de ella observaban el mismo silencio hasta la noche, después de la cena, en que tenían otra hora de conversación; y que inmediatamente empezaban el silencio, durante el cual sólo se hablaba de cosas necesarias, y eso en voz baja. Que estaba persuadido de que, si se quitaba eso de una Comunidad, introducía el desorden y la confusión, cosa que había hecho decir a un santo personaje, que, cuando se veía a una Comunidad observar exactamente el silencio, podía decirse con toda seguridad que también observaba con exactitud el resto de la regularidad. Y, por el contrario, en las que no se observaba el silencio, era casi imposible que las demás Reglas fueran observadas»

«Pues bien, como tenía razones para temer que los Señores Religiosos no quisieran someterse y obligarse a aquella observancia tan estricta; que, si no la guardaban, sería un impedimento que arruinaría por entero aquella práctica de los misioneros»

Esto es lo que el Sr. Vicente rogó al Sr. de Lestocq que informara al Sr. Prior, y se ha encontrado en una de sus cartas escritas de su puño y letra. Sugirió de inmediato una propuesta para el alojamiento de los religiosos fuera del dormitorio, y para finalizar, declaró abiertamente su resolución con estas palabras dignas de notarse:

«Preferiría ­dijo­ permanecer en nuestra pobreza, que desviarnos del plan de Dios sobre nosotros»

Y se mantuvo tan firme en dicha resolución que hubo que tachar el artículo del contrato, porque, de otro modo, no habría aceptado los demás y hubiera preferido verse privado de todas las grandes ventajas temporales que pudieran sobrevenirle, que consentir en algo que pudiera causar el menor obstáculo al bien espiritual de su Congregación. Lo que le mantenía aún más firme y más inflexible en aquel punto era el aprecio y el amor a la soledad y al recogimiento interior. Pensaba que los misioneros debían amarlos tanto más cuanto más necesitaban precaverse de la disipación del espíritu a que los exponían sus ocupaciones. A propósito de lo cual llegó a decir: «que los verdaderos misioneros debían ser cartujos en casa y apóstoles fuera»

Formalizado el contrato, y hecha entrega por el Sr. Le Bon del Priorato, de la casa y de las dependencias de San Lázaro, para que fueran unidos a la Congregación de la Misión, el Sr. Arzobispo de París hizo la unión, por ser un beneficio de su colación, por Letras de fines de diciembre de 1631. Y N. S. P. el Papa Urbano VIII la confirmó con bulas del 15 de marzo de 1635, y ha sido confirmada de nuevo el 18 de abril de 1655.

Los Señores Preboste de Mercaderes y Regidores municipales de París consintieron de igual modo en la instalación de los Misioneros en la casa de San Lázaro. Y el Rey hizo despachar en favor de la instalación de los misioneros nuevas Letras Patentes. Cuando fueron presentadas al Parlamento para ser registradas, una comunidad religiosa muy célebre se opuso a ellas, pretendiendo que la casa le pertenecía. Pero la oposición quedó allanada por un decreto contradictorio y solemne, y las Letras reales registradas el 17 de septiembre de 1632. A este propósito, no debemos omitir que mientras los abogados litigaban la causa, el Sr. Vicente estuvo en la Santa Capilla del Palacio en oración, manteniéndose ante Dios en completa indiferencia por lo que podía pasar. Por ese tiempo escribió a cierta persona muy virtuosa, en quien tenía plena confianza:

«Ya sabe usted ­le dijo­ que los Religiosos de N. N. nos impugnan San Lázaro. Le costaría a usted creer los actos de sumisión que les he prestado a tenor del Evangelio. Por más que en verdad no tengan razón por lo que me ha asegurado el Sr. Duval, y por lo que me dicen todas las personas que saben de qué se trata. Sucederá lo que plazca a Nuestro Señor, que conoce en verdad que su bondad me ha hecho más indiferente en esta coyuntura que en ninguna otra: ayúdeme a darle gracias, por favor»

Hay todavía otra cosa muy digna de ser destacada en el asunto del pleito. Nos hace ver el maravilloso desprendimiento del gran Siervo de Dios. Al tomar posesión de la casa de San Lázaro, se vio obligado a encargarse de tres o cuatro pobres dementes confiados por sus padres al cuidado del Sr. Prior Le Bon. Imposible decir con qué caridad les hacía servir el Sr. Vicente, y hasta los servía él mismo en persona, y con tanto más agrado se dedicaba a aquel menester, cuanto que la naturaleza encuentra en eso menos satisfacción. Aquellas personas no eran capaces de agradecer el favor que se les prestaba, y de ordinario estaban sucias, eran molestas y, a veces, hasta peligrosas. Precisamente entonces, se vio el Sr. Vicente en riesgo de ser desposeído de la casa de San Lázaro por aquella Comunidad religiosa opositora, rica en crédito y amigos. Y para prepararse, según su buena costumbre, para la solución que pluguiera a Dios dar al proceso, un día se puso a considerar (lo declaró él mismo a personas de confianza), qué podría causarle alguna contrariedad, si tuviera que dejar su nueva vivienda, tan cómoda y ventajosa para su Congregación. Y entre todas las comodidades y ventajas de una Casa Señorial, situada a la entrada de París, como la de San Lázaro, no halló otra cosa que más pena le pudiera dar, que la de abandonar a los pobres locos, cuyo servicio, o mejor, el servicio que prestaba a Jesucristo en sus personas, le llegaba más al corazón que todo lo demás del Señorío y de todas las posesiones, pues las miraba con entera indiferencia. ¡Verdaderamente el corazón de este santo sacerdote tenía sentimientos bien diferentes de los del mundo, y sus pensamientos eran mucho más elevados que los pensamientos habituales de los hombres! Consideraba una locura apegarse a los bienes y a las comodidades de la tierra, y sabiduría servir a los dementes. Apreciaba aquel servicio prestado por amor a Jesucristo como un gran tesoro que temía perder; y no le causaba pena ser despojado de una rica posesión que empezaba a gozar, y que podía serle tan cómoda para la subsistencia y el robustecimiento de su nueva Congregación. ¡Qué gran razón tuvo el Apóstol cuando dijo, que Dios se complacía en perder y confundir toda la sabiduría del mundo! Y que para hacerse sabio según Dios, a veces hay que comportarse como un loco ante los hombres. Los que han conocido al Sr. Vicente pueden atestiguar que poseía una mente tan aguda e iluminada como no se podía esperar en una persona de su condición. No había en él mezcla alguna de ligereza ni de fervor indiscreto en su conducta. Se apoyaba no sobre el simple razonamiento humano, sino sobre las máximas y verdades del Evangelio, que había puesto por fundamento, y que llevaba grabadas en su corazón, y siempre las tenía presentes en su mente. Según ese principio se conformaba en todo a la doctrina y a los ejemplos de Jesucristo; y, a su imitación, evitaba en cuanto le era posible todo lo que olía, aunque fuera poco, a vanagloria, o a ostentación y, por el contrario, abrazaba con mucho afecto la humillación, la abyección, el desprecio, la negación de sí mismo y otras prácticas parecidas para hacerse tanto más conforme al que, siendo Dios por naturaleza, quiso rebajarse por nosotros hasta el punto de hacerse no solamente hombre, sino el oprobio de los hombres y abyección del pueblo

El Sr. Vicente, después de haber sido pacífico poseedor de la casa de San Lázaro, quiso en ese espíritu mantener siempre, aunque sin ninguna obligación, la misma práctica de humildad y de caridad, recibiendo en aquella casa a los pobres locos que todo el mundo rechaza y de los que nadie quiere encargarse, considerándolos como miembros débiles de Jesucristo, y, en condición de tales, prestándoles todo el servicio y toda la asistencia corporal y espiritual de que son capaces.

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