Vicente de Paúl: un hombre de Dios y un amigo de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: José María Ibáñez Burgos, C.M. · Año publicación original: 1982.
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san vicente de paul

El largo caminar de Vicente de Paúl (1581-1660) en la exis­tencia visible de este mundo nos consuela y nos fortifica, al mis­mo tiempo que nos interroga y nos intranquiliza. Su actividad nos desconcierta, especialmente desde 1643, sus iniciativas nos desasosiegan, su vitalidad y su energía nos condenan, sus ingenio­sidades nos sorprenden, su «prudencia» nos esclarece, su sentido de Dios, de Cristo y del hombre nos iluminan y nos fuerzan a una reflexión benéfica. Para Vicente de Paúl el hombre es aquello que el movimiento de Dios le hace ser: uno termina por cono­cerse en la mirada del «Otro» y en las miradas de los «otros», especialmente en la mirada de los pobres.

Contemporáneo de Luis XIII y de Richelieu, de Ana de Austria y de Mazarino, Vicente de Paúl vivió intensamente las tensiones de su época. Como todo personaje histórico depende del mundo que le rodea, de ese mundo que lleva al mismo tiempo su marca: «El ha cambiado casi totalmente el rostro de la igle­sia». Pero ayer como hoy, hoy como ayer, no se puede transfor­mar el rostro de la Iglesia, renovar en profundidad sus actitudes y sus opciones sin una experiencia profunda de Dios, sin una experiencia genuina del hombre. Aprovechando lo que se ha ve­nido a llamar, no sin razón, los signos de los tiempos —más exacto sería decir los tiempos como signos— este hombre de Dios y este amigo de los pobres realizó sus «obras admirables». Lo interesante para el hombre no es encontrarse en una situa­ción, sino su manera de abordarla. Vicente de Paúl vio más rápi­damente y más profundamente que sus contemporáneos. Fue su arte y también su gracia particular. La miseria de los hombres y las exigencias de Dios impusieron el ritmo a su corazón y movi­lizaron la prodigiosa intensidad de su existencia.

En medio de una sociedad cruel, a veces despiadada, con frecuencia dura, constantemente represiva, Vicente de Paúl fue la sonrisa de la bondad sencilla y familiar, alianza inolvidable de agradecimiento y de generosidad, de humildad y de magnanimi­dad. Sin embargo, y es necesario señalarlo para evitar equívocos, todas las simpatías que le fueron otorgadas, no fueron suficientes para impedir la cólera de los impacientes1 y la oposición de los descontentos.2 Oposición y cólera desaparecidas, Vicente de Paúl ha llegado a ser el amigo de todos los que sufren el egoísmo y la crueldad de otros hombres.

Su muerte, acaecida el 27 de septiembre de 1660 a las 4,45 de la mañana en el priorato de Saint-Lazare de París, hizo gemir a muchas personas. Esta muerte abría también la era de las purificaciones y de las idealizaciones: historia y leyenda tratan desde entonces de apoderarse de esta existencia y de prolongarla en el fondo de las conciencias. Continuando su táctica, aprendida del cardenal de Bérulle, él «propone» sin imponer en esta pro­longación de su existencia. Después de haber sugerido todos los medios para comunicarse y darse a los demás, sigue utilizando su flexibilidad y su capacidad de adaptación en quienes quieren renovar su acción y continuar su pensamiento. Organizador y re­formador, juez y profeta, continúa su obra al lado de todos los que sufren a causa de una ausencia de Dios o de una carencia de vida y en compañía de todos los que se unen para impedir enterrar a los seres todavía vivos.

El personaje Vicente de Paúl, gran hombre, un poco desarrai­gado de su contexto socio-económico-político-religioso, comenzó a finales del siglo XVII. Colocado por Perrault entre los hombres ilustres (1696), canonizado por Clemente XII (16 de junio de 1737) como modelo espiritual y patrón sobrenatural, enrolado con los santos del culto revolucionario y proclamado «patón de los fundadores» por Voltaire, de quien escribe al mismo tiempo que «ha merecido la apoteosis tanto de filósofos como de cris­tianos», el buen padre Vicente aparece más atractivo que nunca. Impresores de estampas, grabadores y escultores rivalizan apasio­nadamente en el siglo XIX para representarnos una imagen de Vicente orquestada en el lirismo coloreado del romanticismo reli­gioso. Más poeta que historiador, Capefigue (1827) quiere «emo­cionar» a sus lectores contando las salidas nocturnas de este «re­cogedor» de expósitos por las calles enlutadas y sucias del París de la época.

Desde entonces, el matiz muy humano de la «compasión» vicenciana, es decir, la calidad humana que lleva al hombre, cris­tiano o no, a compartir la situación desdichada de otros hombres, so pena de «no tener humanidad, ser peor que las bestias, ser cristiano en pintura», se desarrolla en la popularidad particular­mente sentimental de los que sufren, de los sencillos que no tie­nen necesidad de preocuparse de una ideología cristiana o no, marxista o no, liberal o no, para vivir.

En 1947, Vicente de Paúl —el señor Vicente de la historia—entra en los estudios del cine. Mauricio Cloche le hace invadir la pantalla acompañado de sus tropas legendarias: los expósitos, los galeotes, los refugiados de la guerra, los mendigos. Juan Anouilh le otorga un lenguaje incisivo, pero no despiadado, duro, pero no cruel, enérgico, pero no descarnado, autoritario, pero no exento de emoción y, a veces, melodiado en un tono conmovido de inefable ternura. Digamos un lenguaje suficientemente cono­cido y desconocido al mismo tiempo para los lectores asiduos de la obra vicenciana. Pedro Fresnay le presta una mirada penetrante, de fuego, reflejo de una fuerza interior irresistible, acompaña­da, a veces, de una ternura incomparable y de una emoción irre­primible, unos gestos cautivadores e hirientes.

Cuando en 1947 Mauricio Cloche presentó al «señor Vicente» durante 112 minutos en la gran pantalla ante la mirada atenta y sorprendida de millones de espectadores, los arqueólogos y ar­chivistas de la historia se levantaron en actitud acusadora utili­zando un tono guerrero, un aire procesivo y una desconfianza y sutileza inquisidoras. Gritaron fuerte y formularon clara y abier­tamente la acusación de infidelidad al Vicente de Paúl de la his­toria, al santo de la caridad.

Feliz y desgraciadamente, al mismo tiempo, este género de historiadores tenían su parte de razón en sus acusaciones proce­sivas. No comprendieron, sin embargo, el sentido del lenguaje cinematográfico, ni supieron interpretar el simbolismo de la ima­gen fílmica ni intentaron seguir el movimiento del objetivo de la cámara. Olvidaron, desdichadamente, los contornos flotantes de la realidad histórica, la idea, la imagen, la representación emo­tiva e incluso la leyenda que en la imaginación individual o colectiva transporta, en definitiva, al personaje histórico, Vicente de Paúl. Digamos que olvidaron la «leyenda del corazón».

Más allá de la historia —del dato controlado— entremezclán­dose con ella y prolongándola, esta leyenda enriquece al persona­je. En definitiva ¿no es el personaje histórico, Vicente de Paúl, reducido a una dimensión individual —o colectiva— y transpor­tadora, quien secretamente interviene, susurra la última palabra y desencadena el primer paso en la decisión para adherirse a él, para permitirle entrar en lo más profundo de la conciencia humana, para guardarle y salvaguardarle en lo más íntimo de uno mismo? ¿Acaso pretendieron otra cosa Mauricio Cloche, Juan Anouilh, Pedro Frenay? Desde su mundo interior, fascinados por la rique­za desbordante de la vitalidad de Vicente de Paúl, quisieron reavi­var y valorar ante la inmensa muchedumbre de espectadores, recién salidos de la guerra mundial de 1945: la energía de un hombre de iglesia que responde a las necesidades de su tiempo; el genio organizador de un hombre que con «tenacidad» y «pa­ciencia» hace cobrar conciencia a la sociedad de su tiempo de la solidaridad humana; la inmensa apertura de espíritu de un hom­bre que con flexibilidad inquebrantable transforma los prejuicios socio-religiosos de la parte más noble, de la parte más represiva de una sociedad cerrada en sí misma.

Es necesario recordar, y así lo han hecho quienes han escrito sobre él en el siglo XX, que este «filántropo revolucionario» sabía orar. Es necesario decir también que este santo de la caridad escribió, habló, misionó. Es injusto no afirmar que Vicente comu­nicaba su vitalidad y su fuego interior por la palabra. Antonio Redier ha señalado con exactitud que las grandes obras vicencia­nas han nacido de un «discurso ardoroso». El sermón de Folle­ville (25 de enero de 1617) llevará a Vicente de Paúl a fundar la Congregación de la Misión (1625); a organizar las misiones, los ejercicios para ordenandos (1628); la asociación de sacerdotes de la «Conferencia de los martes» (1633); los seminarios (1641) para poner en práctica los decretos del concilio de Trento, la reforma del clero y del episcopado. El sermón de Chátillon-les-Dombes (20 de agosto de 1617) le conducirá a fundar las Damas de la Caridad (1617) y la Compañía de las Hijas de la Caridad (1633); a organizar la obra tan necesaria y urgente de los niños expósitos (1638); a lanzar una campaña de ayuda y orientar la acción cari­tativa en las provincias saqueadas y devastadas por la guerra (1639-1656). Olvidar a los maestros espirituales que le orienta­ron, guiaron, sería aislarle de la atmósfera en la que vivió y des­conocer las condiciones favorables, utilizadas por Vicente de Paúl, en la creación de sus obras esenciales.

Señalemos un peligro constante y atenazador, introducido can­dorosamente como bella tentación, para quien busca la originali­dad de la vida, de la acción y de la espiritualidad de Vicente de Paúl: pasearse en la galería de las imágenes y no querer entrar en su experiencia humano-cristiano y en su evolución doctrinal. Semejante peligro haría correr el riesgo de olvidar lo que él juzgaba ser lo mejor de él mismo: el origen y el término de la estrategia dinámica de su acción, es decir, el espíritu de su espíritu.

Confesémoslo clara y abiertamente: no es fácil abordar a Vi­cente de Paúl. Las 8000 páginas de su obra desaniman corrien­temente a sus cofrades, a sus devotos más fervorosos que lúcidos, contradicen o derriban rápidamente a los intuitivos precipitados, desasosiegan o cansan fácilmente a los imaginativos idealistas, desarman o desalientan pronto a los estudiosos impacientes. Pero es menester señalar, que no es suficiente estudiar a Vicente de Paúl a través de sus conferencias a los misioneros y a las Hijas de la Caridad; de los esquemas de sus discursos a las Damas de la Caridad; de su correspondencia voluminosa; de los «docu­mentos jurídicos»;3 es necesario conocer el gran sentido que tenía de las realidades económicas y también su genio e ingenio financieros. No se puede olvidar que fue miembro del «Consejo de Conciencia» durante la regencia de Ana de Austria, que inspi­ró a los políticos y negoció con Mazarino, el hombre más astuto de su época.4 Todo ello nos impide separar a Vicente de Paúl del mundo vivo de su tiempo con sus intrigas político-religiosas, sus rebeliones populares, sus guerras, su hambre, sus fiebres, sus desgarraduras y también con los rasgos de su rostro humano. Imposible estudiarle al margen de las coordenadas socio-culturales de su época. Imposible también hacerlo al margen de la circuns­tancia socio-religiosa en la que su existencia tiene lugar. Su vida y su pensamiento son un forcejeo constante por asimilar una rea­lidad que le viene dada y por responder, desde su receptividad abierta y acogedora del entorno, a los problemas que la misma historia le depara. Se olvida con frecuencia que es uno de los hombres mejor informados de su tiempo. No es posibile descubrir el sentido de la historia, hacer una lectura de «la escritura de la historia», interpretar el acontecimiento Vicente de Paúl, sin co­nocer la arqueología de la historia.5 Todo lo demás no sería más que proyectar los fantasmas inconsistentes de quien construye un «discurso» vacío de sentido y de objeto.

El estudio desde hace tres lustros de la vida, obra y doctrina vicencianas nos llevan a declarar, una vez más, que, cuando se aborda a Vicente de Paúl, sería mejor buscar a un hombre que encontrar a un autor. Sin embargo, cuando se le frecuenta, se descubre que la precisión intelectual no está ausente de él,6 aun cuando utilice preferentemente el registro de la sensibilidad y de la emoción, «el arte de ser elocuente». Su secretario particular nos declara tranquila e ingenuamente: «Se dice que Vicente de Paúl no dice más que cosas comunes. Sin embargo, añade él, cuando habla de algunos temas, su expresión y su exigencia están muy por encima de lo común».7 Hoy sabemos que lenguaje y práctica, además de ser signos de un espíritu, de una experiencia interior, son la mejor traducción de lo cotidiano. Quien utiliza este lenguaje y requiere semejante exigencia, es un hombre que vive y experimenta a través de todo su ser. Un místico de la acción revela lo más profundo de su existencia a través de sus consignas, de su estrategia dinámica. Consignas y estrategia pue­den ayudarnos a interpretar el dinamismo de su vida y a través de este dinamismo llegar a descubrir la significación de sus pala­bras. Olvidarlo, sería desconocer que Vicente de Paúl pertenece a la categoría de hombres cuya vida y pensamiento se gestan y se desarrollan en inter-acción recíproca. El dato de lo vivido, la circunstancia que lo ocasiona, la experiencia que engendra y prolonga se convierten en fuente fecunda de reflexión y ésta de comportamiento práctico. Por ello la vida de Vicente de Paúl se constituye en pauta hermenéutica de su pensamiento y su doctri­na, es la formulación de su fe y de su experiencia.

Si las dificultades se interfieren y se sobreponen cuando se intenta abordar a Vicente de Paúl, nada nos permite apoderarnos de su experiencia espiritual, ni aprehender el ritmo de su evolu­ción, mucho menos aún concentrar su doctrina en unas cuantas frases asépticas y estereotipadas o genialmente labradas y magis­tralmente doradas. Vicente se sustrae a todo género de compli­cidad de quien quisiera inducirle a hablar complacidamente de la trayectoria de su experiencia humano-cristiana y esquiva a todo extranjero que quisiera invadirle para forzarle a declarar sus abismos interiores. No obstante esta resistencia, un análisis mi­nucioso y atento de su vida y de la génesis de su pensamiento verifican que toda su existencia está atravesada por una preocupa­ción fundamental: descubrir cada día más claramente y unirse cada día más íntimamente a la voluntad de Dios continuando la misión de Cristo.

Para descubrir los rasgos característicos de su fisonomía, debemos buscarle a través de las llamadas particulares que Dios le dirigía, sin olvidar contemplarle bajo el prisma vivificante de la doctrina paulina del «revestimiento de Cristo», regla de su vida y de su acción. Al ser portadoras de vocación y de misión, estas llamadas se imponen a Vicente de Paúl, al mismo tiempo modelan su espíritu y orientan su acción en este mundo:

  • La creación salvadora, que invita al hombre a colaborar en la creación continua.
  • La redención liberadora, que moviliza todo el ser del hom­bre para hacerle entrar en el movimiento de Cristo pobre, evan­gelizador de los pobres.
  • La providencia ordenadora, que hace al hombre estar aten­to, abierto para descubrir en los acontecimientos los signos más indiscutibles de la voluntad de Dios, al mismo tiempo que pro­clama la alteridad absoluta de esta voluntad con relación a ellos.

El carácter particular de estas llamadas nos ayuda a analizar la experiencia espiritual y el pensamiento doctrinal de Vicente de Paúl. Al mismo tiempo nos permite descubrir el rasgo caracte­rístico que diferencia, singulariza su fisonomía espiritual, el gozne sobre el que gira toda la construcción coherente y original de su espiritualidad: la realización de la voluntad de Dios, que resume toda la vida espiritual y establece al hombre en unión con Dios. La originalidad de Vicente de Paúl, en relación a sus maestros y a los espirituales de su época, se encuentra en que para él esta voluntad de Dios es una voluntad de servicio al hombre y se realiza, como lo hizo Jesucristo, en la misión amorosa de evan­gelizar a los pobres.

  1. Una prueba de este género de reacción contra Vicente se encuentra en L. Abelly, 1, III, 176 (citamos de acuerdo con la siguiente metodología: tras el autor, figura en cursiva el número de referencia de la bibliografía general que se encuentra en las páginas 303 s.; a continuación, la página o páginas citadas).
  2. Algunos autores de las «Mazarinades» hacen correr la sospecha de que el «señor Vicente» había bendecido el matrimonio, realizado en secre­to, entre Ana de Austria y el cardenal ministro Mazarino. «Todo París lo comenta y murmura de ello». El hermano Robineau, uno de sus secre­tarios, le informa de este rumor persistente. Vicente le responde: «eso es falso como el diablo». L. Robineau, Remarques sur les actions et parotes du teu monsieur Vincent, man., 10, 107). La misma afirmación de que ese rumor «es falso», se encuentra en la carta que Vicente escribe a Luisa de Marillac, el 5 de septiembre de 1648, cf. S. V. III, 360.
  3. Algunos autores de las «Mazarinades» hacen correr la sospecha de que el «señor Vicente» había bendecido el matrimonio, realizado en secre­to, entre Ana de Austria y el cardenal ministro Mazarino. «Todo París lo comenta y murmura de ello». El hermano Robineau, uno de sus secre­tarios, le informa de este rumor persistente. Vicente le responde: «eso es falso como el diablo». L. Robineau, Remarques sur les actions et parotes du teu monsieur Vincent, man., 10, 107). La misma afirmación de que ese rumor «es falso», se encuentra en la carta que Vicente escribe a Luisa de Marillac, el 5 de septiembre de 1648, cf. S. V. III, 360.
  4. «El punto fuerte del cardenal Mazarino era, sin duda, componer, dar a entender, hacer esperar; prometer maravillas y retirar la promesa. He ahí un genio muy propio para servirse de las ilusiones que la autoridad real posee abundantemente en sus manos para establecer negociaciones…»: J. F. P. de Gondi, cardenal de Retz, 127, 241.
  5. «El punto fuerte del cardenal Mazarino era, sin duda, componer, dar a entender, hacer esperar; prometer maravillas y retirar la promesa. He ahí un genio muy propio para servirse de las ilusiones que la autoridad real posee abundantemente en sus manos para establecer negociaciones…»: J. F. P. de Gondi, cardenal de Retz, 127, 241.
  6. Vicente de Paúl no es un teorizador perfecto que sistematiza su doctrina, pero tampoco es un espiritual que se desinteresa de toda síntesis. Su doctrina espiritual se articula, de hecho, en torno a una idea maestra: la voluntad de Dios, que Jesucristo realiza a través de la evangelización de los pobres. Al mismo tiempo determina un estado de vida en la iglesia: el «estado de caridad», y una función en el «cuerpo místico»: la función misionera que se ejerce en una vida apostólica; reclama una mentalidad: el amor que realiza «la confianza en Dios y la desconfianza en sí mismo». Esta doctrina se apoya en una experiencia que no sólo la comprueba y la verifica, sino también la dinamiza y le da su tonalidad.
    P. Deffrennes señaló con precisión en 1932: «Si nos atenemos a la letra de sus enseñanzas, podríamos encontrar que los <temas comunes’, en los que se mantiene, no siempre están tratados de manera coherente; más bien están abordados al azar y sin gran visión de conjunto. Pero cuando se va más al fondo, hasta el pensamiento amamantador de este espíritu sólido, le vemos abordar la santidad (la suya y la de sus discípulos) en dependencia de dos principios dominantes: una doctrina y una práctica concebidas muy nítidamente, elegidas muy conscientemente, aplicadas cons­tantemente: la doctrina del espíritu de Dios, la práctica de la voluntad de Dios» (P. Deffrennes, 53, 63-64). Y, más adelante, escribe: «En la espiri­tualidad de san Vicente de Paúl no es coherencia lo que falta»: Ibid., 182.
  7. S. V. XII, 447, 448.

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