SOBRE LA FINALIDAD DE LA CONGREGACION DE LA MlSION
(Reglas comunes, cap. 1, art. 1)
La santificación personal, la instrucción de los pobres, la formación del clero. Enumeración de otras obras que entran secundariamente en la finalidad de la Misión. Dirección de las hijas de la caridad, apostolado en los hospitales, etcétera… Refutación de las objeciones.
Hermanos míos, vamos a hablar esta tarde de la forma acostumbrada, que es en plan de conferencia, en la que cada uno dirá lo que piensa sobre el tema que se propone. Hemos creído que era conveniente hablar de la explicación de las reglas de la compañía; y como yo soy un miserable que no las observo como es debido, tengo miedo de no comprender bien toda la importancia de esta observancia, y por consiguiente de no poder decir nada que sea para la gloria de Dios y que explique el espíritu de la regla para darla a conocer. Sin embargo, vamos a hacer un intento para ver si habrá que continuar, yo mismo o algún otro, y de la forma con que lo vamos a empezar.
Vamos a leer primero las reglas para hablar luego de ellas.
Mandó acercar la lámpara y abrió el libro.
Esta es la primera regla, dijo, por la que la razón quiere que empecemos; la voy a leer en francés, por nuestros hermanos que no saben latín.
«La sagrada escritura nos enseña que nuestro señor Jesucristo, habiendo sido enviado al mundo para salvar al género humano, empezó primero a obrar y luego a enseñar. Llevó a cabo lo primero, practicando perfectamente toda clase de virtudes, y lo segundo evangelizando a los pobres y dando a sus apóstoles y discípulos la ciencia necesaria para dirigir a los pueblos. Y puesto que la humilde congregación de la Misión desea imitar, mediante la divina gracia al mismo Jesucristo, nuestro Señor, según sus posibilidades, tanto en lo que se refiere a sus virtudes como a sus ocupaciones por la salvación de las almas, e., conveniente que se sirva de medios semejantes para cumplir dignamente este piadoso intento. Por eso, su finalidad consiste: 1.° en trabajar en su propia perfección, haciendo todo lo posible por practicar las virtudes que este soberano Maestro se ha dignado enseñarnos de palabra y de obra; 2.° en predicar el evangelio a los pobres, especialmente a los del campo; 3.° en ayudar a los eclesiásticos a adquirir la ciencia y las virtudes necesarias a su estado».
Estas son, hermanos míos, las primeras palabras de nuestras reglas, que nos hacen ver el plan de Dios sobre la compañía y cómo, desde toda la eternidad, tuvo la idea del espíritu y de los servicios de la misma compañía. Pues bien, la regla que se contiene en estas palabras que acabamos de escuchar, si es que se la puede llamar regla, dice al final de este artículo que nuestra pequeña congregación tiene que utilizar los mismos medios que nuestro Señor practicó para responder a su vocación, que son: 1.° trabajar en su propia perfección; 2.° evangelizar a los pobres, especialmente a los del campo; y, en tercer lugar servir a los eclesiásticos. Esta es la regla; y en esto se ha hecho como en los concilios en los que, antes de determinar el canon, los cardenales y los prelados enseñan la doctrina y ponen de relieve, no sólo la materia con la que van a componer dicho canon, sino también la razón que tienen para hacerlo. La parte primera de nuestra regla dice que nuestro Señor, al venir a este mundo para salvar a los hombres, empezó por obrar y luego se puso a enseñar. Lo primero lo hizo practicando todas las virtudes; todas las acciones que llevó a cabo eran otras tantas virtudes dignas de un Dios que se había hecho hombre para ser el ejemplo de los demás hombres; y practicó lo segundo instruyendo al pobre pueblo en las verdades divinas y dándoles a los apóstoles la ciencia necesaria para la salvación del mundo, para dirigir a los pueblos y hacerlos felices.
El propósito de la compañía es imitar a nuestro Señor, en la medida en que pueden hacerlo unas personas pobres y ruines. ¿Qué quiere decir esto? Que se ha propuesto conformarse con él en su comportamiento, en sus acciones, en sus tareas y en sus fines. ¿Cómo puede una persona representar a otra, si no tiene los mismos rasgos, las mismas líneas, proporciones, modales y forma de mirar? Es imposible. Por tanto, si nos hemos propuesto hacernos semejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazones este deseo y esta santa afición, es menester procurar conformar nuestros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas. El no es solamente el Deus virtutum, sino que ha venido a practicar todas las virtudes; y como sus acciones y no acciones eran otras tantas virtudes, nosotros hemos de conformarnos con ellas procurando ser hombres de virtud, no sólo en nuestro interior, sino obrando externamente por virtud, de modo que todo lo que hagamos y no hagamos se acomode a este principio. Así es como hay que entender las palabras primeras de nuestra regla.
Ha sido conveniente, hermanos míos, empezar estas reglas diciendo la finalidad a la que tiende la compañía, en qué y cómo podrá servir a Dios; así es como lo han hecho también san Agustín, san Benito y todos los que han fundado alguna compañía: dicen de antemano qué es lo que tienen que hacer y empiezan por la definición del instituto. Por eso ha sido oportuno que nosotros pusiéramos al comienzo de nuestras reglas la meta o el blanco al que apuntamos. Si nos preguntasen: «¿Por qué está usted en la Misión?», habría que reconocer que es Dios el que la ha hecho, para que trabajáramos en ella: primero, en nuestra perfección; segundo, en la salvación de los pobres; y tercero, en el servicio a los sacerdotes; y decir: «Estoy aquí para eso». Padres y hermanos míos, ¿qué os parece esta finalidad? ¿Podía nuestro Señor darnos una vocación más santa y santificante, más conforme con su bondad infinita y más adecuada a su providencia en la preocupación que él tiene por llevar a los hombres a su salvación? Nuestra finalidad, por consiguiente, es la de trabajar en nuestra perfección, evangelizar a los pobres y enseñar la ciencia y las virtudes propias a los eclesiásticos.
En cuanto a lo primero, estamos todos invitados a ello por el evangelio, donde los sacerdotes y todos los cristianos tienen una regla de perfección, no ya de una perfección cualquiera, sino de una semejante a la del Padre eterno. ¡Qué mandato tan maravilloso el del Hijo de Dios! «Sed perfectos, nos dice, como vuestro Padre celestial es perfecto». Esto apunta muy alto. ¿Quién podrá llegar hasta allá? ¡Ser perfectos como el Padre eterno! Sin embargo, ésa es la medida. Pero, como no todos los cristianos se esfuerzan en ello, Dios, por cierta providencia que los hombres deben admirar, al ver esta negligencia de la mayoría, suscita a algunos para que se entreguen a su divina Majestad y procuren, con su gracia, perfeccionarse ellos mismos y perfeccionar a los demás. ¿Para qué es esta perfección? Para hacernos agradables a los ojos de Dios, para tener la gracia justificante y para tenerla constantemente. Esa gracia es la que hace que nuestras palabras, nuestros pensamientos y nuestras obras sean agradables a Dios; incluso lo que dejemos de hacer, le es también agradable. ¡Qué felicidad! ¡Oh! ¡Qué felicidad la de un misionero que pone todo su empeño en hacerse agradable a Dios, en procurar quitar de sí todos los obstáculos para adquirir lo que le falta! Ese esfuerzo nos hace agradables a Dios. Pues bien, padres, esto supone que trabajar por la adquisición de las virtudes es trabajar por hacerse agradable a Dios. Por eso hay que esforzarse en ello continuamente, recibir gracia para ello; hay que caminar siempre hacia adelante, plus ultra! Y si por la mañana estamos a seis grados, que a mediodía estemos a siete, haciendo que nuestras acciones sean tan perfectas como es posible. ¿Qué es lo que hace un sacerdote o un hermano que, por la mañana, se eleva a Dios para ofrecerle todo lo que hará durante la jornada, unido a las acciones e intenciones de nuestro Señor, renunciando a la vanidad, a la complacencia y a todo propio interés? Hace un acto de perfección que lo hace más agradable a Dios que la tarde anterior. ¿Qué es lo que hace aquel que, durante la oración, observa sus malas inclinaciones, busca los medios para combatirlas, se mueve al arrepentimiento de sus pecados, se aficiona a las humillaciones, al sufrimiento y al celo? Hace un acto de perfección, que lo hace más agradable a Dios que lo que fue ayer. Si esto es así, hermanos míos, nos hacemos tanto más agradables a Dios cuanto más perfectamente practicamos las virtudes. A eso es a lo que nos lleva nuestra regla. Démosle gracias a Dios por esta suerte tan dichosa. ¡Oh, Salvador! ¡Oh, hermanos míos! ¡cuán felices somos al encontrarnos en el camino de la perfección! Salvador, danos la gracia de caminar directamente y sin descanso hacia ella.
En una palabra, ¿dónde está nuestra perfección? Está en hacer bien todas nuestras acciones: 1.° como hombres racionales, tratando bien con el prójimo y siendo justos con él; 2. como cristianos, practicando las virtudes de que nos ha dado ejemplo nuestro Señor; y finalmente, como misioneros, realizando bien las obras que él hizo y con su mismo espíritu, en la medida que lo permita nuestra debilidad, que tan bien conoce Dios. A eso es a lo que hay que tender. Según esto, hermanos míos, un misionero que sólo pensase en la ciencia, en predicar bien, en decir maravillas en una provincia, en mover a todo un pueblo a la compunción y a todos los demás bienes que se llevan a cabo en las misiones, o mejor dicho, por la gracia de Dios: ese hombre, que descuida su oración y los demás ejercicios de su regla, ¿es misionero? No, falta a lo principal, que es su propia perfección. Es muy justo que las personas llamadas a un estado de la importancia que es el de servir a Dios de la manera con que nosotros lo hacemos, y que han recibido de su bondad la gracia de responder a esta llamada, se hagan agradables a sus ojos y hagan una especial profesión de complacerle. ¿No tiene que agradar la mujer a su esposo, de forma que no haya en ella nada que le pueda desagradar?
Además, nosotros somos los mediadores para reconciliar a los hombres con Dios. Pues bien, para conseguirlo, lo primero que hemos de hacer es procurar dar gusto a Dios, lo mismo que, cuando se quiere tratar un negocio con un grande, con un príncipe o con el rey, se escoge a una persona que le sea agradable, que pueda ser escuchada y que no tenga en ella nada que pueda ser un obstáculo para la gracia que se solicita.
Así pues, hermanos míos, conviene que trabajemos incesantemente por la perfección y por hacer bien nuestras acciones, para que sean agradables a Dios y de esta forma podamos ser dignos de ayudar a los demás. Según esto, el superior en una misión que descuida las prácticas espirituales y el buen orden, que deja que todo vaya según la fantasía de cada uno y no se ocupa ante todo de su perfección, falta al primer punto de su regla, que quiere que se perfeccione él mismo. Esta es una de las resoluciones que hemos de tomar: entregarnos a Dios para cumplir nuestra principal obligación, que es hacer bien nuestras acciones ordinarias en las circunstancias que puedan hacerlas agradables a Dios; ahí es donde está nuestra perfección. De lo contrario, quid prodest homini si mundum universum lucretur, animae vero suae detrimentum patiatur? ¿De qué nos servirá haber hecho maravillas por los demás, si hemos dejado abandonada nuestra alma? Nuestro Señor se retiraba a hacer oración, separándose del pueblo, y quería que los apóstoles se retirasen aparte, lo mismo que él, después de haber hecho las cosas de fuera, para no omitir sus ejercicios espirituales; y su perfección estuvo en hacer bien los unos y los otros.
Lo segundo que la regla indica que hemos de hacer, es instruir a los pueblos del campo; hemos sido llamados a eso. Sí, nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos a los pobres: es lo que él hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros. Tenemos muchos motivos para humillarnos en este punto, al ver que el Padre eterno nos destina a lo mismo que destinó a su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que indicó esto como señal de que era el Hijo de Dios y de que había venido el mesías que el pueblo esperaba, Tenemos, pues, contraída una grave obligación con su bondad infinita, por habernos asociado a él en esta tarea divina y por habernos escogido entre tantos y tantos otros, más dignos de este honor y más capaces de responder a él que nosotros.
Pero, padre, no somos nosotros los únicos que instruimos a los pobres; ¿no es eso lo que hacen los párrocos? ¿Qué otra cosa hacen los predicadores, tanto en las ciudades como en el campo? ¿Qué es lo que hacen en adviento y cuaresma? Predican a los pobres y predican mejor que nosotros.
Es verdad, pero no hay en la Iglesia de Dios una compañía que tenga como lote propio a los pobres y que se entregue por completo a los pobres para no predicar nunca en las grandes ciudades; y de esto es de lo que hacen profesión los misioneros; lo especial suyo es dedicarse, como Jesucristo, a los pobres. Por tanto, nuestra vocación es una continuación de la suya o, al menos, puede relacionarse con ella en sus circunstancias. ¡Qué felicidad, hermanos míos! ¡Y también cuánta obligación de aficionarnos a ella!
Por tanto, un gran motivo que tenemos es la grandeza de la cosa: dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres. ¡Qué grande es esto! Y el que hayamos sido llamados para ser compañeros y para participar en.los planes del Hijo de Dios, es algo que supera nuestro entendimiento. ¡Qué! ¡Hacernos…, no me atrevo a decirlo…. sí: evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios! Y a nosotros se nos dedica a ello como instrumentos por los que el Hijo de Dios sigue haciendo desde el cielo lo que hizo en la tierra. ¡Qué gran motivo para alabar a Dios, hermanos míos, y agradecerle incesantemente esta gracia!
Otro motivo que tenemos para dedicarnos a ello por completo, es la necesidad. Ya sabéis muy bien cuánta es, conocéis la ignorancia del pobre pueblo, una ignorancia casi increíble, y ya sabéis que no hay salvación para las personas que ignoran las verdades cristianas necesarias, pues según el parecer de san Agustín, de santo Tomás y de otros autores, una persona que no sabe lo que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ni la Encarnación ni los demás misterios, no puede salvarse. Efectivamente, ¿cómo puede creer, esperar y amar un alma que no conoce a Dios ni sabe lo que Dios ha hecho por su amor? ¿Y cómo podrá salvarse sin fe, sin esperanza y sin amor? Pues bien, Dios, viendo esta necesidad y las calamidades que, por culpa de los tiempos, ocurren por negligencia de los pastores y por el nacimiento de las herejías, que han causado un grave daño a la Iglesia, ha querido, por su gran misericordia, poner remedio a esto por medio de los misioneros, enviándolos para poner a esas pobres gentes en disposición de salvarse.
Hay otros autores que encuentran esta opinión demasiado dura, aunque esté basada en aquellas palabras de nuestro Señor: Haec est vita aeterna, ut cognoscant te solum Deum verum et quem misisti Jesum Christum la vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo; de aquí se puede deducir que los que no conozcan la unidad de Dios, ni la Trinidad, ni a Jesucristo, no tendrán la vida eterna.
Pues bien, dicen algunos que es imposible salvarse sin este conocimiento, mientras que otros dicen lo contrario. En esta duda,-¿no vale más seguir la opinión más segura? In dubiis tutior pars est tenenda. Además, ¿hay algo más digno en el mundo que instruir a los ignorantes en estas verdades, como necesarias para la salvación? ¿No os parece que ha sido una bondad de Dios poner remedio a esta necesidad? ¡Oh Salvador! ¡Señor mío y Dios mío! Tú has suscitado una compañía para esto; la has enviado a los pobres y quieres que ella te dé a conocer a ellos como único Dios verdadero, y a Jesucristo como enviado tuyo al mundo, para que, por este medio, alcancen la vida eterna. Esto tiene que hacernos preferir esta tarea a todas las ocupaciones y cargos de la tierra y que nos consideremos los más felices del mundo. ¡Dios mío! ¡Quién pudiera comprenderlo!
Además hay otro motivo para asistir a los pueblos: es en relación con los que no hacen buenas confesiones y que se callan adrede algunos pecados mortales; porque esas gentes no reciben la absolución y, al morir en ese estado, se condenan para siempre. ¡Y cuántos encontramos que se callan por vergüenza! No dejan de ir a confesarse y a comulgar; pero de esas buenas acciones ellos hacen otros tantos sacrilegios.
Conozco a uno que tenía un pecado horrible, del que nunca había tenido la fuerza de confesarse. Sucedió que, durante una enfermedad en la que estaba a punto de morir, se confesó con su párroco sin decirle ese pecado tan grave, a pesar de que sabía que, al no decirlo, cometía un sacrilegio y se condenaría si moría de esa manera; sin embargo, no quiso decirlo. Habiendo recuperado la salud, se celebró una misión cerca del sitio donde estaba y vino a confesarse y nos dijo todo lo que acabo de deciros.
Si esto es así, fijaos cuántos motivos tenemos para alabar a Dios por habernos enviado como un remedio para esta desdicha y cómo tienen que inflamarse nuestros corazones en el amor al trabajo en la asistencia al pobre pueblo, entregándonos conscientemente a esta tarea, ya que su necesidad es extrema y Dios lo está esperando de nosotros.
Así pues, actúan en contra de la regla los que no quieren ir a una misión o los que, por haber tenido que sufrir algo en ella, no quieren volver, o que, por gustarles más el trabajo en los seminarios eclesiásticos, no quieren salir de allí, o que sintiendo gusto en otra ocupación no quieren dejarla para ir a misionar, a pesar de ser un trabajo tan necesario. Ciertamente, es cosa digna de un misionero tener y conservar este deseo de ir de misiones, de fomentar este empeño de asistir al pobre pueblo de la forma con que le asistiría nuestro Señor, si estuviese todavía en la tierra, y finalmente de dirigir su intención para vivir y morir en este santo ejercicio. Esto es lo que hay que hacer; no tienen por qué asustarnos las dificultades; es una obra de Dios, que merece que superemos todas las repugnancias y resistamos a las tentaciones. Es lo que les pasa a todos los que quieren seguir a nuestro Señor; ¿no estuvo también nuestro Señor sujeto a ellas?. El las superó y seguramente nos concederá a nosotros esa gracia, si queremos combatir lo mismo que él. Una cosa que nos ayudará mucho en esto es que seamos indiferentes ante las tareas.
El tercer fin de nuestro humilde instituto es instruir a los eclesiásticos, no solamente en las ciencias, para que las sepan, sino en las virtudes para que las practiquen. ¿De qué sirve enseñarles las unas sin las otras? Nada o casi nada. Necesitan capacidad y una buena vida; sin ésta, aquella es inútil y peligrosa. Tenemos que llevarlos igualmente a las dos; eso es lo que Dios pide de nosotros. Al principio, no pensábamos ni mucho menos en servir a los eclesiásticos; sólo pensábamos en nosotros y en los pobres. ¿Cómo empezó el Hijo de Dios? Se ocultaba, parecía que pensaba sólo en sí mismo, oraba a Dios y sólo hacía acciones particulares; no aparentaba nada más, hasta que empezó a anunciar el evangelio de los pobres; luego, con el tiempo, eligió a los apóstoles, se esforzó en instruirlos, amonestarlos y formarlos, y finalmente los animó de su espíritu, no sólo para ellos, sino para todos los pueblos de la tierra; les enseñó además todas las máximas para hacer sacerdotes, para administrar los sacramentos y cumplir con su ministerio. Sería demasiado largo entrar en detalles. Del mismo modo, al comienzo, la compañía sólo se ocupaba de sí misma y de los pobres; durante ciertas estaciones, se retiraba a sus casas particulares; durante otras, iba a enseñar a los pobres del campo. Dios permitió que en nosotros sólo se viera esto; pero, cuando llegó la plenitud de los tiempos, nos llamó para que contribuyéramos a formar buenos sacerdotes, a dar buenos pastores a las parroquias y a enseñarles lo que tienen que saber y practicar. ¡Qué tarea tan importante! ¡qué sublime! ¡cuán por encima de nosotros! ¿Quién había pensado jamás en los ejercicios de los ordenandos y en los seminarios? Nunca se nos hubiera ocurrido esta empresa si Dios no nos hubiera demostrado que era su voluntad emplearnos en ella. Dios es, por tanto, el que ha llevado a la compañía a estos oficios sin elección por nuestra parte, pidiendo de nosotros esta dedicación, que ha de ser una dedicación seria, humilde, devota, constante y en correspondencia con la excelencia de la obra.
Esto es, poco más o menos, lo que yo tenía que decirles en la explicación de esta regla. Veamos ahora las dificultades con que nos podemos tropezar. En primer lugar, se le hubiera podido preguntar al Hijo de Dios: «¿Para qué has venido? Para evangelizar a los pobres. Eso es lo que el Padre te ordenó; entonces, ¿para qué haces sacerdotes? ¿por qué les das el poder de consagrar, el de atar y desatar, etcétera?». Puede decirse que venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio. Ya sabéis que antiguamente Dios rechazó a los sacerdotes manchados, que habían profanado las cosas santas; sintió horror de sus sacrificios y dijo que suscitaría otros que, desde el levante hasta el poniente y desde el mediodía hasta el septentrión, harían resonar sus voces y.sus palabras: In omnem terram exivit sonus eorum. ¿Por medio de quién cumplió estas promesas? Por su Hijo, nuestro señor, que ordenó sacerdotes, los instruyó y los formó y les dio poder para ordenar a otros: Sicut misit me Pater, et ego mitto vos. Y esto para hacer, por medio de ellos, lo que él mismo había hecho durante su vida, para salvar a todas las naciones por medio de las instrucciones y de la administración de los sacramentos.
Podría decirse en la compañía: «Padre, yo estoy en el mundo para evangelizar a los pobres, y quiere usted que trabaje en los seminarios; quiero dedicarme a lo que he venido a hacer, que son las misiones en el campo, y no encerrarme en una ciudad para servir a los eclesiásticos». Sería un engaño, y un gran engaño, no querer dedicarse a hacer buenos sacerdotes, tanto más cuanto que no hay nada mayor que un sacerdote, a quien él le da todo poder sobre su cuerpo natural y su cuerpo místico, el poder de perdonar los pecados, etcétera. ¡Dios mío! ¡Qué poder! ¡Qué dignidad! Esta consideración nos obliga, por consiguiente, a servir a ese estado tan santo y tan elevado.
He aquí otra consideración: la necesidad que tiene la Iglesia de buenos sacerdotes, que reparen tarta ignorancia y tantos vicios de los que está cubierta la tierra, y que libren a la pobre Iglesia de este lamentable estado, por el que las almas buenas deberían llorar lágrimas de sangre.
Puede ser que todos los desórdenes que vemos en el mundo tengan que atribuírseles a los sacerdotes. Esto podrá escandalizar a algunos, pero el tema requiere que indique, por la grandeza del mal, la importancia del remedio. Se han tenido varias conferencias sobre esta cuestión, que ya se ha tratado a fondo, para descubrir las fuentes de tanta desgracia; pero el resultado ha sido que la Iglesia no tiene peores enemigos que los sacerdotes. De ellos es de donde han nacido las herejías: testigos son esos dos heresiarcas Lutero y Calvino, que eran sacerdotes; por los sacerdotes es como se han impuesto los herejes, reinan los vicios y la ignorancia ha establecido su trono entre el pobre pueblo; y esto por culpa de sus propios desórdenes y por no haberse opuesto con todas sus fuerzas, como tenían obligación, a esos tres torrentes que han inundado la tierra.
¡Qué sacrificio hacéis a Dios, hermanos míos, trabajando en su reforma, de manera que vivan según la alteza y la dignidad de su condición y pueda la Iglesia levantarse, por este medio, del oprobio y de la desolación en que se encuentra!
Padre, pase que hagamos esto; más, ¿por qué hemos de atender a las hijas de la caridad? ¿No ha venido el Hijo de Dios a evangelizar a los pobres, a hacer sacerdotes, etcétera? Sí. ¿No quiso que fueran en su compañía algunas mujeres?. Sí. ¿No las ha dirigido a la perfección y al servicio de los pobres? Sí. Pues si nuestro Señor, que hizo todas las cosas para nuestra instrucción, así lo quiso, ¿creéis que no haremos bien en seguirle? ¿Es acaso contrario a su proceder cuidarse de esas mujeres para la asistencia de los pobres enfermos? ¿No tuvieron también los apóstoles mujeres a su cuidado? Ya sabéis que desde entonces hubo diaconisas, que hicieron maravillas en la Iglesia de Dios, que tenían por oficio colocar en su sitio a las mujeres y enseñarles las ceremonias en las asambleas, y de esta manera Dios se veía igualmente servido por el uno y por el otro sexo; ¿y creeremos nosotros que no es asunto de la Misión hacer que nuestro Señor sea servido y honrado por los dos? ¿No somos imitadores de ese divino Maestro, que parece que no venía a este mundo más que por los pobres y que, sin embargo, dirigió a un grupo de mujeres? Ved, hermanos míos, qué gran bendición de Dios es que nos encontremos en el mismo estado en que se encontró el Hijo del Padre eterno, dirigiendo como él a unas mujeres que sirven a Dios y al público de la mejor manera que esas pobres mujeres son capaces de hacer.
Pero ¿para qué, me dirá alguno, encargarse de un hospital? Ahí están esos pobres del Nombre de Jesús que nos trastornan: hay que ir a decirles misa, a instruirles, a administrarles los sacramentos y a ocuparnos de todas sus cosas; ¿y por qué hemos de ir hasta la frontera a distribuirles limosnas, exponiéndonos a muchos peligros y apartándonos de nuestras funciones? Padres, ¿es posible criticar estas buenas obras sin ser un impío? Si los sacerdotes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue también éste el oficio de nuestro Señor y de muchos grandes santos, que no sólo recomendaron el cuidado de los pobres, sino que los consolaron, animaron y cuidaron ellos mismos? ¿No son los pobres los miembros afligidos de nuestro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me cuidasteis». Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo representan en la tierra, por su cargo y por su carácter, como son los sacerdotes. Y he oído decir que lo que ayudaba a los obispos a hacerse santos era la limosna.
Pero, padre, me dirá alguno, ¿está en nuestra regla que recibamos a los locos en San Lázaro y a esas almas tan rebeldes que parecen pequeños demonios? Le diría a ése que nuestro Señor quiso verse rodeado de lunáticos, endemoniados, locos, tentados y posesos; se los llevaban de todas partes para que los librase y los curase, y él procuraba poner remedio. ¿Por qué vamos a condenar esto entre nosotros, cuando intentamos imitar a nuestro Señor en una cosa, que él indicó que le agradaba tanto? Si recibió a los locos y a los endemoniados, ¿por qué no los vamos a recibir nosotros? No vamos a buscarlos, sino que nos los traen; ¿qué sabemos nosotros si su providencia, que así lo ordena, no quiere servirse de nosotros para remediar la enfermedad de esas pobres gentes! si él los amó tanto que quiso pasar también él por loco y parecer como si estuviera furioso y delirante, para santificar en su sagrada persona ese estado? Et tenuerunt eum, dicentes quoniam in furorem versus est. ¡Oh Salvador mío y Dios mío! ¡Concédenos la gracia de mirar estas cosas con los mismos ojos con que tú las miras!
¿Y por qué encargarnos de los niños expósitos? ¿Es que no tenemos ya bastantes quehaceres? Hermanos míos, acordémonos de lo que dijo nuestro Señor a sus discípulos: «Dejad que los niños vengan a mí»; guardémonos mucho de impedir que vengan a nosotros; si no, seríamos contrarios a él. ¿Qué amistad no demostró él por los niños, hasta tomarlos en brazos y bendecirlos con su mano? ¿No fueron ellos la ocasión para que nos diera una regla para nuestra salvación, mandándonos que nos hiciéramos semejantes a ellos, si queríamos entrar en el reino de los cielos? Cuidar de los niños es, en cierto modo, hacerse niño; y cuidar de los niños expósitos es ocupar el lugar de sus padres, o mejor aún, el de Dios, que dijo que, si la madre llegara a olvidarse de su hijo, él no lo olvidaría. Si nuestro Señor viviese aún entre los hombres y viese a los niños abandonados por su padre y por su madre, como estos, ¿creéis acaso, padres y hermanos míos, que los abandonaría? Detenerse a pensar en esto sería cometer una injuria contra su bondad infinita, y seríamos infieles a su gracia, que nos ha escogido para la dirección de ese asilo, si quisiéramos librarnos de las molestias que nos causa.
Os hablo de todas estas objeciones, hermanos míos, antes de que se presenten, porque pudiera ser que algún día se presentasen. Yo no puedo ya durar mucho; pronto tendré que irme; mi edad, mis achaques y las abominaciones de mi vida no permiten que Dios me siga tolerando por mucho tiempo en la tierra. Podría suceder que, después de mi muerte, algunos espíritus de contradicción y comodones dijesen: «¿Para qué molestarse en cuidar de esos hospitales? ¿Cómo poder atender a esas personas arruinadas por la guerra y para qué ir a buscarlas en sus casas? ¿Por qué cargarse de tantos asuntos y de tantos pobres? ¿Por qué dirigir a las mujeres que atienden a los enfermos y por qué perder el tiempo con los locos?». Habrá algunos que criticarán esas obras, no lo dudéis; otros dirán que es demasiado ambicioso enviar misioneros a países lejanos, a las Indias, a Berbería. Pero, Dios y Señor mío, ¿no enviaste tú a santo Tomás a las Indias y a los demás apóstoles por toda la tierra? ¿No quisiste que se encargaran del cuidado y dirección de todos los pueblos en general y de muchas personas y familias en particular? No importa; nuestra vocación es: Evangelizare pauperibus.
Deseamos dar misiones aquí; ya hay bastante que hacer, sin ;r más lejos; deseo ocuparme en esto; ¡que no me hablen de los niños expósitos, ni de los ancianos del Nombre de Jesús ni de esos presos! Algún día vendrán esos espíritus mal nacidos que se pondrán a criticar todos los bienes que Dios nos ha hecho abrazar y sostener con tan gran bendición; no lo dudéis. Advierto de ello a la compañía, para que mire siempre las cosas tal como son, como obras de Dios, que Dios nos ha confiado, sin que nosotros nos hayamos metido en ninguna de ellas ni hayamos contribuido por nuestra parte en lo más mínimo a encargarnos de ellas. El nos las ha dado, o aquellos en quienes reside el poder, o la pura necesidad, que son los caminos por los que Dios nos ha comprometido en estos designios. Por eso todo el mundo piensa que esta compañía es de Dios, porque se ve que acude a las necesidades más apremiantes y más abandonadas.
A pesar de todo esto, no faltará quien vea mal estas cosas; os advierto de ello, hermanos míos, antes de abandonaros, con el mismo espíritu con que Moisés advertía a los hijos de Israel, según se dice en el Deuteronomio. Yo me voy, no me veréis; sé que algunos de vosotros se levantarán para seducir a los demás; harán lo que os prohíbo y dejarán de hacer lo que os recomiendo de parte de Dios. No os dejéis sorprender, porque, si obráis como ellos, caerán sobre vosotros males que os destruirán; por el contrario, si observáis las obras del Señor sin recortarlas en nada, seréis bendecidos con toda clase de bendiciones. Post discessionem meam, decía san Pablo, venient lupi rapaces. Después que yo me vaya, vendrán lobos rapaces, y de entre vosotros surgirán falsos hermanos que os anunciarán cosas perversas y os enseñarán lo contrario de lo que os he dicho; pero no los escuchéis, son falsos profetas. Llegará incluso a haber, hermanos míos, esqueletos de misioneros que intentarán insinuar falsas máximas para arruinar, si pudieran, estos fundamentos de la compañía; a ésos es a los que hay que resistir.
No sé si sería demasiado decir lo que dijo san Benito antes de morir. Había entonces, en las casas que había fundado, algunos religiosos descontentos que decían: «¿Para qué esto y aquello?», murmurando de las normas y condenando algunas prácticas santamente establecidas; llegó esto al conocimiento del santo abad, que empezó a temer que se derrumbase todo después de su muerte. ¿Qué es lo que hizo? Se trata de una orden en la que no hay superior general; cada casa es autónoma de las demás y no recibe visita ni corrección de ninguna otra; pues bien, san Benito conjuró a los obispos vecinos para que, cuando viesen algún desorden en ellas, pusieran remedio con reprimendas y mediante suspensión, para reprimir a los monjes rebeldes y díscolos; y pide incluso a los nobles de los alrededores que acudan contra ellos por la fuerza y las armas para mantenerlos en su deber. No quiero yo decir todo esto, sino únicamente que si alguno llegara a proponer más tarde en la compañía que se quitase esta práctica, se abandonase este hospital, se retirase a los que trabajan en Berbería, se quedasen aquí, no fuesen allá, se dejase esta tarea y no se acudiese a las necesidades de lejos, que dijeseis con energía a esos falsos hermanos: «Señores, dejadnos con las leyes de nuestros padres, en la situación en que estamos; Dios nos ha puesto aquí y quiere que permanezcamos aquí». Manteneos firmes.
Pero la compañía, dirán algunos, se encuentra trabada con esa ocupación. ¡Ay! Si en su infancia ha sostenido este peso y ha llevado tantos otros, ¿por qué no va a poder llevarlos cuando sea más fuerte? «Dejadnos, habrá que decirles, dejadnos en la situación en que estaba nuestro Señor en la tierra; estamos haciendo lo que él hizo; no nos impidáis que le imitemos». Amonestadlos, hermanos míos, amonestadlos y no les escuchéis.
¿Y quiénes serán los que intenten disuadirnos de estos bienes que hemos comenzado? Serán espíritus libertinos, libertinos, libertinos, que sólo piensan en divertirse y, con tal que haya de comer, no se preocupan de nada más. ¿Quiénes más? Serán… Más vale que no lo diga. Serán gentes comodonas (y decía esto cruzando los brazos, imitando a los perezosos), personas que no viven más que en un pequeño círculo, que limitan su visión y sus proyectos a una pequeña circunferencia en la que se encierran como en un punto, sin querer salir de allí; y si les enseñan algo fuera de ella y se acercan para verla, enseguida se vuelven a su centro, lo mismo que los caracoles a su concha.
Nota que, al decir esto, hacía ciertos gestos con las manos y con la cabeza, con cierta inflexión de la voz un poco despreciativa, de manera que con esos movimientos expresaba mejor que con sus palabras lo que quería decir.
Y recogiéndose luego, se dijo a sí mismo:
¡Miserable de ti, que eres un viejo parecido a todos esos! Las cosas pequeñas te parecen grandes y las dificultades te encogen. Sí, padres; hasta el levantarme por la mañana me parece insoportable y las menores molestias me parecen insuperables. Serán espíritus raquíticos, gentes como yo, las que quieran separar a la compañía de sus prácticas y ocupaciones. Entreguémonos a Dios, hermanos, para que nos conceda la gracia de mantenernos firmes. Tengamos firmeza, hermanos míos, tengamos firmeza, por amor de Dios; él será fiel a sus promesas y no nos abandonará jamás, mientras le estemos sometidos para el cumplimento de sus designios. Mantengámonos firmes en el círculo de nuestra vocación; esforcémonos en tener vida interior, en concebir grandes y santos ideales por el servicio de Dios; hagamos el bien que se nos presente de la manera que hemos dicho. No digo que haya que llegar hasta lo infinito y abrazarlo todo indiferentemente, pero sí todo lo que Dios nos dé a conocer que pide de nosotros. Nosotros somos para él y no para nosotros; si aumenta nuestro trabajo, él también aumentará nuestras fuerzas. ¡Oh Salvador! ¡Qué felicidad! ¡Oh Salvador! Si hubiera varios paraísos, ¿a quién se los darías sino a un misionero que se haya mantenido con reverencia en todas las obras que le has encomendado y que no ha rebajado las obligaciones de su estado? Esto es lo que esperamos, hermanos míos, y lo que le pediremos a su divina Majestad; y todos, en este momento, le daremos gracias infinitas por habernos llamado y escogido para unas funciones tan santas y santificadas por el mismo nuestro Señor, que fue el primero en practicarlas. ¡Oh! ¡Cuántas gracias tenemos motivos para esperar, si las practicamos con su mismo espíritu, por la gloria de su Padre y por la salvación de las almas! Amén.







