(15.01.45)
Mis queridas hermanas, estamos reunidos para tratar, según la santa costumbre de esta Compañía, de las virtudes de nuestras hermanas difuntas. Hijas mías, ¡qué bueno es tratar de las buenas acciones de los difuntos! Es lo que desea el Espíritu Santo. Por eso, mis queridas hermanas, os servirá de consuelo referir lo que hayáis observado en esa buena hermana, lo mismo que ya habéis hecho con las otras.
Pues bien, mis queridas hermanas, empecemos. Todas habéis hecho la oración, como de ordinario, sobre los tres puntos propuestos. Diga usted, hermana, ¿qué ha observado en nuestra buena hermana?
– Señor, tenía en su corazón tanta caridad, que la hacia muy asidua en visitar a los pobres. Los visitaba después de comer, cuando no tenía nada que hacer, y cuidaba especialmente de instruirlos y les hablaba siempre con gran mansedumbre.
– Hijas mías, ése es el deber de una buena Hija de la Caridad: ofrecer todos sus cuidados a los pobres, para que no solamente sus cuerpos reciban la ayuda que les debéis, sino que también sus almas obtengan el bien que, con la gracia de Dios, reciben por vuestro medio.
¿Y usted, hermana?
– Recuerdo de nuestra buena hermana, que tenía una gran modestia y que siempre caminaba en la presencia de Dios. Consolaba de buen grado a las hermanas que veía entristecidas; las animaba con una mansedumbre tan grande que sus penas quedaban aliviadas. Sentía también mucho gusto en hablar de Dios, especialmente con los pobres.
– Buena observación, hermanas mías: caminaba siempre en la presencia de Dios. ¡Qué virtud, hijas mías! ¡Caminar siempre en la presencia de Dios, qué medio tan estupendo para perfeccionarse! ¡Qué ayuda tan poderosa para servir bien a los pobres!
Díganos, hermana, los pensamientos que Dios le ha comunicado.
– Padre, debemos hablar de las virtudes de nuestra hermana difunta para agradar a Dios, que nos ha prometido estar en medio de nosotros, si nos reunimos en su nombre (1). Tenemos que hacerlo también, porque lo que se dice sirve de estímulo para hacernos mejores y para perseverar en la vocación.
Entre las virtudes que practicaba, la primera que se me ocurre es la presencia de Dios. Cuando me encontraba cargada, al volver de la ciudad, me decía: «Animo, hermana, trabajemos por Dios». Y cuando descansaba: «Mi querida hermana, ¡qué bueno es Dios!». Cuando tenía algunos sentimientos de alegría, la veía inmediatamente entrar dentro de sí misma, y de su corazón se escapaban estas palabras: «Mi querida hermana, pida a Dios para mi el desprecio de mi misma».
También he observado que hablaba poco; que tenía una gran modestia y una gran mansedumbre.
He tomado la resolución de acostumbrarme a la práctica de la presencia de Dios y de ordenar mis pasiones para aniquilar los primeros movimientos de mi impaciencia.
– ¡Bendito sea Dios, hermanas mías, por las gracias que ha dado a esa buena hermana! Continuad.
¿Y usted, hermana, qué ha pensado?
– Padre, hablamos de las virtudes de nuestras hermanas difuntas para glorificar a Dios por las gracias que su bondad les ha hecho y para animarnos a perseverar en nuestra vocación.
Las principales virtudes que he observado en ella, durante el poco tiempo que tuve la dicha de verla, son una gran modestia y recato y una gran exactitud en el reglamento de la Casa. Estimaba la obediencia, parecía tener el espíritu unido a Dios, no aspiraba más que a cumplir su santísima voluntad y servía a los pobres con gran afecto, mansedumbre y caridad. Tenía una gran indiferencia ante todo lo que pudiera sucederle. Creo que amaba mucho la pobreza, de forma que no tenía nada suyo.
Un día me contó cómo había entrado en la Compañía. Fue a consecuencia de una fuerte inspiración y para responder al impulso que sentía en sus oraciones. Vino a presentarse, con el espíritu lleno de sumisión a Dios: «Tanto si me reciben como si me rechazan, creeré que se trata de la voluntad de Dios, y estaré contenta de cualquier cosa que hagan conmigo». Y a pesar de que las buenas religiosas con las que estaba se opusieron sus proyectos, no desistió nunca y perseveró en su demanda.
– ¡Qué virtudes, hermanas mías! Verdaderamente teníamos un gran tesoro en esa hermana. ¡Cuántas gracias! Hijas mías, verdaderamente habéis perdido mucho con esa hermana; y quiera Dios que no hayan sido los pecados de este miserable los que hayan causado su muerte. Ved, hijas mías, hay que considerarla en el cielo como un modelo que tenéis que imitar. Tenedle devoción. Ella ve vuestras lágrimas; sí, hijas mías, ella ve los afectos de vuestros corazones, y tiene caridad para con vosotras, mucho más todavía que la que atestiguó mientras estaba en este mundo.
Diga usted, hermana.
– Sobre el primer punto, he pensado que era razonable hablar de las virtudes de nuestras hermanas para dar gloria a Dios y para ver los defectos que me impiden adquirir las virtudes que ellas han practicado.
Cuando estaba con las carmelitas, ella no podía sufrir que se dijese el bien que hacía; si se hablaba de él, lloraba; al menos yo la vi llorar una vez y creo que era por su gran humildad, al no poder sufrir las alabanzas.
Otra hermana:
– Me parece, padre, que tenemos que hablar de nuestras hermanas difuntas porque el conocimiento de sus virtudes y del celo de su perfección anima a toda la compañía a que haga lo mismo. He observado en la difunta una gran humildad. Deseaba que la superiora fuese advertida de todas sus faltas. Cuando estábamos juntas en San Nicolás, ella demostraba un gran amor a Dios, un gran deseo de su perfección y un gran cuidado de la salvación de las almas de los pobres, a los que asistía y servía con mucho cariño. Era indiferente a todo, y sumisa al cambio de lugares, adorando en todo la dirección de la divina Providencia. Tenía gran mansedumbre en su conversación, mucha sobriedad en la comida, y ningún apego a los bienes de la tierra.
– Ved, hijas mías, ésa es la señal de una sólida perfección; sed exactas en la obediencia, tanto si los superiores están ausentes como si están presentes. ¡Qué gran virtud es la del desapego a los lugares! Hay que ser así para ser verdadera Hija de la Caridad; de lo contrario, se faltaría con frecuencia.
¿Y usted, hermana, qué ha pensado?
– Señor, tenemos que hablar de las virtudes de nuestras hermanas difuntas para servirnos de sus ejemplos imitándolos. He observado en nuestra hermana Juana mucha mansedumbre y humildad. Tenía mucho cuidado de animar a las personas que se dirigían a ella. He sentido grandes deseos de imitar su celo en el servicio de los pobres y de hacer todo lo que se me mande.
– ¡Bendito sea Dios, hermana mía!; ¡Que él le conceda esta gracia!
La mayor parte de las hermanas repitieron estas dos razones, que es bueno hablar de las virtudes de las hermanas difuntas para glorificar a Dios por las gracias que les ha hecho, y para animarnos a imitarlas. Por eso, ya no las repetiré más.
– ¿Y usted, hermana?
– La principal virtud que he observado en ella es una verdadera humildad. En cierta ocasión me dijo: «No sé cómo quieren servirse de mi; no puedo hacer nada bueno. Me ha pasado esto mismo durante toda mi vida». En su enfermedad le pedí una palabra de edificación; ella me respondió: «¿A quién se dirige usted?» Esto fue dos días antes de su muerte. Mi resolución ha sido, con la ayuda de Dios, imitar su humildad, como la virtud que más necesito.
– Mis queridas hermanas, aquellas palabras: «No sirvo para hacer nada bueno». Teníamos en aquella hermana un gran modelo de virtudes. Demos muchas gracias a Dios y pidámosle que nos dé las virtudes que le vimos practicar.
Díganos también sus pensamientos, hermana.
– Señor, yo observé en la enfermedad de nuestra buena hermana que tenía mucha paciencia y resignación con la voluntad de Dios. Decía que no tenía en la hora de la muerte más pesar que el de no haber servido bien a los pobres, y que si le devolvía la vida y la salud, les serviría mejor que nunca. Mi resolución ha sido la de practicar lo que ella nos recomendó el día antes de morirse. Después de un desmayo, se esforzó en hablar y, mirándonos a todas, nos dijo que fuéramos muy felices por haber sido llamadas al servicio de los pobres, y que había que servirles mejor que lo que ella había hecho.
– Hijas mías, esa buena hermana sabía estimar como se debe su propia vocación. Tengo el corazón lleno de consuelo al oír esas virtudes.
Continúe usted, la hermana que sigue.
– Yo observé en nuestra hermana difunta que su conversación era siempre buena, y ordinariamente sobre la vida de los santos, y que también, cuando veía a nuestras hermanas con alguna aflicción en el espíritu, tenía mucho cuidado de consolarlas; y cuando se le daban las gracias, decía que no se le debía nada a ella, sino a Dios. Me decía muchas veces que importaba mucho dar buen ejemplo a las demás. Sentía un gran desprecio de sí misma y elevaba con frecuencia su espíritu a Dios. He tomado la resolución de imitarla en esta práctica de la presencia de Dios.
– ¿Y usted, hermana?
– Yo no sé nada de la vida de nuestra hermana, pues no he tenido la dicha de verla más que en su enfermedad. Lo que he observado en ese poco tiempo me da motivos para creer que fue virtuosa durante toda su vida, ya que estaba muy resignada con la voluntad de Dios en sus sufrimientos y no dejaba de hacer actos de amor a Dios interiormente. Demostraba muchas veces que no deseaba más que unirse con su querido Esposo. Deseo habituarme a hacer muchas veces estos actos para llegar adonde creo que ella llegó.
Tuvo una grave enfermedad en Nanteuil, un año antes de morir. Dijo a la hermana que le había sido enviada desde París, que había sentido no haber servido a los pobres con el amor y el despego necesarios a una Hija de la Caridad, y le manifestó su pena por no haber sido humilde. Nos hacía muchas veces vislumbrar que su espíritu estaba en la presencia de Dios.
Un día le dijo con gran afecto: «Mi querida hermana, ame mucho nuestra vocación, sirva a los pobres con mucha humildad». Mi resolución ha sido la de trabajar por adquirir estas virtudes, y especialmente la fidelidad a las santas inspiraciones que quiera darme Dios, su despego y su indiferencia.
Otra hermana dijo:
– Padre, yo he observado su constancia en querer hacerse Hija de la Caridad. Aunque varias personas de gran virtud se oponían a sus planes, ella decía siempre que quería morir en el servicio de los pobres. Resistió con ánimo a todos los que le prometían recomendarla, con ventaja para su vida, a las religiosas de las que había sido tornera, quienes le propusieron recibirla en su monasterio, y a la señora princesa (3) que le ofreció escoger ella misma el convento y la Orden que quisiese. Hemos sabido esto de una de las torneras del mismo convento. Tanto la urgieron que siguió durante algún tiempo. Pero sentía continua tristeza, la oración se le hacía difícil, sus enfermedades se agravaron. De esta manera se dio cuenta de que Dios la quería para el servicio de los pobres, y continuó su camino. Aunque el diablo se sirvió de las recomendaciones del mundo para contrariar sus planes, fue recibida entre las Hijas de la Caridad. Vivió entre nosotras, como hemos dicho, en la práctica de sus reglas.
– Hijas mías, ¡cuántas gracias y cuánta fuerza en una hija pobre y sencilla! Estoy lleno de admiración ante tantas virtudes.
Continúe, hermana.
– Un día, cuando le acompañaba por la ciudad, me dijo: «Hermana, procure aprovechar los buenos ejemplos y enseñanzas que se nos dan en la Casa. Esto tiene que servirnos de mucho cuando estemos lejos de ella». Más tarde pensé que quería decirme, no sólo que las recordase, sino también que las pusiera en práctica.
Otra hermana dijo:
– Padre, he observado que tenía tanto miedo a la presunción que muchas veces durante su enfermedad, cuando se le quería consolar diciéndole que sus sufrimientos le servirían de purgatorio, ella demostraba que no le agradaba este consuelo. Tenía mucha unión con las hermanas y deseaba ver esta unión en todas. Un día, como se notase en algunas cierta indiferencia, nos dijo: «Hermanas mías, hay que amarse mucho, y entonces estaréis todas de acuerdo». Tenía gran amor a la obediencia, y para practicarla mejor hubiese deseado estar siempre en la Casa. Cuando su último viaje a Nanteuil, nos dijo: «Hermanas mías, tengo mucho miedo de volver a hacer de nuevo mi propia voluntad. Rezad para que no suceda así, por favor». Respetaba mucho a los pobres; eso nos hacía ver que veía a Dios en ellos.
Otra hermana dijo:
– Padre mío, durante los dieciocho meses que viví con ella, no he observado ninguna imperfección.
– Hermanas mías, ¡qué admirable es esto! ¡bendito sea Dios! «Durante dieciocho meses, no se pudo observar ninguna imperfección en una hermana»! no he oído nunca que se dijese de nadie eso mismo. Realmente, hijas mías, tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios, que nos ha dado este ejemplo de virtud. Tened cuidado, hijas mías; decidme, por favor, decidme todas ingenuamente, qué defecto habéis observado en ella.
Y el padre Vicente aguardó, dejándoles a todas el tiempo suficiente para reflexionar. Una hermana tomó finalmente la palabra:
– Lo que podría ser virtud en otra, dijo, es la única cosa de la que se le podría acusar; el excesivo deseo que sentía de servir a Dios y de ocuparse en la oración.
– ¡Oh! ¿no es hermoso todo esto? ¿Quién ha oído jamás decir algo semejante de un alma santa? Hablábamos, hace algún tiempo, de una hermana que era muy estimada y que había tenido grandes perfecciones; pero se advirtió que Dios la había probado por medio de algunas pequeñas caídas y con algunas pasiones todavía sin mortificar. Pero de nuestra buena hermana no se ha observado nada de esto. ¡Oh, Dios! ¡qué admirable! Tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios, que ha dado a la Compañía este tesoro; os diré, hermanas mías, que no me acuerdo haber tratado nunca con ella sin sentirme edificado.
Otra hermana:
– Padre mío, se compadecía mucho de los pobres. Cuando no podía asistirles corporalmente, los consolaba, lloraba con ellos, les animaba a sufrir su pobreza y sus enfermedades y les enseñaba a utilizarlas bien. Incluso en su enfermedad, les hablaba con tanto fervor que parecía como si ella misma padeciese del mismo mal. Nos parecía que todo lo que hacía y decía era siempre en Dios y por Dios. Esto me ha hecho pensar que, para ser verdaderas Hijas de la Caridad, tenemos que estar totalmente despegadas del mundo para estar más unidas con Dios. Tenía mucha prudencia en su hablar, una gran sumisión y condescendencia con el prójimo. Aunque la cosa le resultase molesta, cedía con gran mansedumbre cuando podía hacerlo sin ofender a Dios. Cuando alguno le hablaba en contra de su agrado, no se molestaba, sino que le ponía buena cara, interpretaba bien todas las cosas y buscaba ocasiones para humillarse. No demostraba ningún sentimiento de pena cuando los médicos le declaraban que no podría curar.
Otra hermana dijo que la conversación que tenemos sobre nuestras hermanas difuntas manifiesta la bondad de la divina Providencia que, por medio de sus planes ocultos, tiene medios tan poderosos para hacer cosas tan admirables en unas criaturas tan malas como somos nosotras, y nos confunde mostrándonos nuestra negligencia en tomar los medios para hacernos virtuosas como nuestras buenas hermanas.
Ella practicó muchas veces la humildad conmigo. Cuando creía que yo sentía algún disgusto, se echaba a mis pies. Y como yo no pudiese hablarle por la vergüenza y confusión que sentía, estaba en aquella postura hasta que le demostraba que ya no tenía ninguna pena. No se acostó nunca con alguna antipatía en el corazón, ni siquiera con la sospecha de que alguien estuviese quejoso de ella. Vino muchas veces a postrarse a los pies de mi cama para pedirme perdón con mucha humildad; me decía luego que no había que acostarse nunca, si se había tenido alguna diferencia con el prójimo y no se había reconciliado con él.
Tenía también mucha caridad con el prójimo, pero especialmente con los pobres, cualquiera que fuese su condición. No ahorraba ningún esfuerzo en servirles, en todo lo que ella podía y juzgaba necesario, tanto para su alma, como para su cuerpo. Toda su preocupación consistía en procurar darles algún alivio, y en encontrar algunos remedios para sus males. Les servía con mucho cariño.
A algunos enfermos incurables los ha curado milagrosamente de sus heridas y diversas llagas. Sin embargo, ella no tenía ninguna experiencia, porque muchas veces no sabía por dónde comenzar, ni qué es lo que tenía que poner; pero entonces se dirigía a Dios y decía luego: «¡qué buen amo es nuestro Señor!».
No tenía miedo de los malos olores que venían de los enfermos. En Nanteuil había una pobre mujer totalmente escrofulosa y abandonada de todos por el hedor de su mal. Su misma madre no podía ya ganarse la vida a causa de la aprensión que tenían contra su hija. Nuestra hermana veló por sus necesidades con gran interés. Iba dos veces al día a curar y limpiar las llagas de la enferma, a pesar de sus propias indisposiciones. Aquel mal olor la molestaba mucho y aumentaba sus debilidades. Cuando me expuso aquella situación y me pidió que la reemplazase, me dijo que era por su poco ánimo y que, como ella no podía hacer grandes servicios a Dios, era preciso por lo menos ejercitarse en las pequeñas ocasiones en el servicio a los pobres vergonzantes. Muchas veces, antes de salir el sol, cuando todavía no se habían levantado aquellas pobres personas, se encontraba delante de su puerta con alguna limosna, y esto lo hacía con mucha prudencia, cuando menos lo pensaban.
Cuando se enteraba de la mala conducta de algunos, buscaba la ocasión para hablarle; y muchas veces seguían sus recomendaciones. Si la persona amonestada le prometía corregirse y faltaba a sus promesas, lo hacía ocultamente, para que ella no lo supiese. No dejaba de visitar todas las tardes a los pobres forasteros que se alojaban en el hospital, donde está también la residencia de las Hijas de la Caridad. Los instruía en todo lo que podía, especialmente sobre los principales misterios de nuestra fe. Si encontraba algún pobre que necesitase pan, y ella no podía proporcionárselo por otra parte, venía a pedirme permiso para darle de cenar, para no hacer nada que no fuese en contra de la voluntad de sus superiores, y cuando le decía: «Hermana, aquí hay un poco de pan duro, puede usted dárselo», me respondía: «No es necesario, hermana, me lo comeré yo; no hay que dar a Dios más que lo que es bueno».
Se preocupaba mucho de visitar a los pobres ancianos, de consolarles y exhortarles a recibir los sacramentos. Un día hizo confesar y comulgar a una anciana que tenía mucha necesidad y que murió al día siguiente; esto nos hizo creer que se trataba de una gracia especial de la divina Providencia con aquella pobre alma.
Su caridad no se limitaba a Nanteuil; con el permiso de los superiores, se extendía a las aldeas circunvecinas. Iba algunas veces a ellas con gran fatiga a causa de sus enfermedades.
Un día, una muchacha tenía necesidad de que la sangrasen en el pie; ella le hizo este servicio; y media hora más tarde hubo que darle la santa unción. Creyeron que nuestra buena hermana la había hecho morir, y corrió por todas partes el rumor, tanto en Nanteuil, como en otros sitios. Ella se dio cuenta de que yo lo sentía mucho; me dijo que esa era la voluntad de Dios y me exhortó a rezar con ella. Poco tiempo más tarde, la muchacha se puso bien y vino a darnos las gracias por la asistencia que había recibido. De esa forma conocí cuán resignada estaba nuestra buena hermana con la voluntad de Dios para sufrir esa injuria, si hubiera muerto aquella muchacha.
Tenía mucha cordialidad y paciencia. Cuando me veía de mal humor, me aconsejaba con mansedumbre y con algunas invenciones o distracciones, e incluso prescindía de su voluntad y de sus sentimientos para darme alguna satisfacción. Algunas veces le descubrí mi interior; ella me animaba y me decía que era peor que yo. Cuando me veía en medio de algunas penas extraordinarias cuyo motivo le ocultaba, rezaba a Dios por mi. Muchas veces he experimentado los efectos, especialmente un día de Pentecostés. Como no me atrevía a confesarme, por los grandes escrúpulos que tenía, estuve todo el día muy triste y abatida; al día siguiente, me sentí en un momento libre de todas mis penas y me confesé con gran facilidad. A la vista de mi satisfacción, cuyo motivo yo no podía manifestarle, ella me dijo: «¡Bendito sea Dios, porque su bondad ha querido escuchar nuestras plegarias!». En otras muchas ocasiones he experimentado el poder de sus oraciones.
Tenía mucha libertad de espíritu en lo que se refería a la gloria de Dios, y hablaba con tanta franqueza con los ricos como con los pobres, cuando veía en ellos algún mal. Un día, al saber que algunas personas ricas se habían eximido de tributo, para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios los juzgaría por esos abusos. Y como yo le hiciese advertir que hablaba con mucho atrevimiento, me contestó que, cuando se trataba de la gloria de Dios y del bien de los pobres, no había que tener miedo de decir la verdad
Por lo que se refiere a la duración de su enfermedad, solamente se quejó al final, y jamás perdía ninguna práctica de los ejercicios, hasta el punto de que me vi obligada a veces, a causa de su grave enfermedad, a prohibir que los quisiese hacer, o a mandarle que se tomase un poco de descanso. Era muy aficionada a la oración, que hacía tres veces cada día, a pesar de todos sus quehaceres, sin quitar nada a sus ocupaciones; y me decía que era precisamente la oración lo que le daba fuerzas.
Siempre se mostraba con un gran recogimiento, especialmente los días de comunión. Esos días, apenas volver a casa, se retiraba sola un cuarto de hora, además del tiempo que empleaba en la iglesia para la acción de gracias.
Daba tan buen ejemplo que, mientras estuvo en la Compañía, tanto en Casa como en otro sitio, no salía sin haber dado antes alguna edificación. Tenía mucho amor a Dios; no suspiraba más que por Dios y por las ocasiones de hacer el bien por su amor. Sentía tan gran menosprecio de sí misma que deseaba manifestar sus defectos a todo el mundo. Me suplicaba, cuando venía a París que se los dijese a nuestros superiores. Me rogaba muchas veces que la amonestase para ayudarle a corregirse de sus defectos y me pedía este servicio como un testimonio de mi cariño.
– Hijas mías, nos dijo nuestro veneradísimo padre, ¿no os sentís muy contentas de escuchar las gracias que Dios ha hecho a nuestra buena hermana? Hay que agradecerle mucho el que su bondad la haya dado a vuestra Compañía. Por lo que a mi se refiere, tengo que confesaros que estoy lleno de dolor y de consuelo: dolor, por la pérdida que ha tenido la Compañía, y consuelo, al ver cómo una persona tan buena ha servido de ejemplo a todas vosotras y a las que vengan después. ¡Oh hija, llena de fe! Ved, hermanas mías; la gracia que había en aquella alma se extendía hasta vosotras por los efectos que en ella obraba. Os aseguro, hermanas mías, que muchas veces he sentido cierto recogimiento al verla, no ya por mi virtud, pobre miserable, sino porque Dios permite a veces que las almas predestinadas sean como el almizcle, que no puede estar en un lugar sin llenarlo con su buen olor.
Cuando llegó la noticia de la muerte de nuestra buena hermana, una hermana de Saint-Germain-en-Laye escribió lo siguiente a las de la Casa: «Hemos perdido un buen ejemplo. Espero que nuestro buen Dios dará a conocer las virtudes que ha practicado en la tierra para su gloria y para nuestro estímulo».
He sabido de la dueña, a la que estuvo sirviendo durante ocho o diez años, que ya entonces era muy asidua a la oración; en todas partes la sorprendían orando, tanto en las cuadras, como en la bodega, como en la habitación. Se levantaba muy de mañana para oír la santa misa, temiendo verse impedida más tarde; al ver esto, su dueña le permitió que fuese todos los días. Ayunaba con toda exactitud los días de obligación y durante toda una cuaresma no hizo más que una comida al día, e incluso de poca cosa. Su desayuno y lo que hubiese podido comer de más, lo destinaba a los pobres. Servía en Saint-Germain-en-Laye, donde estaba la corte, y aunque varias personas se alojaban en casa de su dueña, esto no impedía sus devociones. Les reprendía a los lacayos y a los otros sirvientes cuando les oía jurar; catequizaba a los que tenían necesidad de ello. Se ha observado que las personas a las que reprendía sentían confusión y se retiraban de su presencia; lo cual es una gran señal de que nuestro buen Dios aceptaba con agrado el servicio que le hacía en aquella ocasión.
Como sucede de ordinario que las personas del mundo quieren ganar en todas las cosas, su amo y su ama, bien sea para probarla o por otro motivo, le mandaban a veces quitar los leños más gruesos de los haces que vendían: «Si creen que van a perder con ello, les decía, véndanlos más caros; pero, si es para quitar leña, no lo haré». Aunque fuese muy obediente, jamás haría nada, por obedecer, que fuese contra Dios.
Ya entonces era muy caritativa y amaba a los pobres; todo lo que se le daba era para ellos. Cuando su dueña le reprendía, decía: «¡Si no lo doy! Lo que hago es ponerlo en cuenta; algún día se me dará el ciento por uno».
El padre Vicente preguntó a otra hermana.
– Señor, Dios quiere que hablemos entre nosotras de las virtudes de nuestras hermanas difuntas, ya que nuestro Señor les permitió a los discípulos de san Juan referirle lo que habían visto en sus obras, y esto para robustecerles en la fe de las enseñanzas que habían recibido de él sobre el Mesías.
Nuestro Señor nos da también otro motivo para hablar de nuestras hermanas difuntas en varias enseñanzas durante su vida, pero sobre todo cuando les prohibió a sus apóstoles, en la transfiguración, decir antes de su muerte (5) lo que habían visto; lo cual nos hace comprender que lo permitió después de su muerte.
Otra hermana dijo que se admiraba con qué fidelidad había respondido la hermana Juana a la primera llamada de Dios, que la destinaba al servicio de los pobres, y esto mucho antes de que conociese la Compañía de las Hijas de la Caridad; lo cual indica que Dios la quería en esta vocación. En aquel tiempo, cuando estaba sirviendo en Saint-Germain, supo por casualidad que se necesitaba una tornera en las Carmelitas. Se ofreció a ello. Las Carmelitas tomaron referencias de su dueña, que lo sintió mucho. Estas referencias les hicieron apreciar ya de antemano a sor Juana. La recibieron en el convento; pero no fue por mucho tiempo. Poco después, se resolvió a hacerse Hija de la Caridad. Las instancias de las criaturas no pudieron quebrantar su decisión. ¡Gran lección para enseñarnos a cumplir la santísima voluntad de Dios! Como no tenía bastantes razones para convencer a las Carmelitas, ni bastante fuerza para soportar ella sola todas las dificultades, puso la decisión en manos del reverendo padre dom Morice, religioso barnalita. Este, tras haber interrogado y considerado el plan de Dios sobre ella, le aconsejó que se entregase al servicio de los pobres en la Compañía de Hijas de la Caridad que él sólo conocía por la relación de lo que ella decía, convencido de que tal era la voluntad de Dios.
Ha sido siempre muy exacta en cumplir el reglamento; y aunque sintiese mucha afición por la oración, no era en detrimento de los pobres, a los que servía sin salir del recogimiento que le era casi continuo. Dejaba de buen grado la oración, cuando se lo pedía la voluntad de Dios, sabiendo que no se alejaba de él cuando iba a servir a los pobres por su amor. Era muy despegada de todas las cosas, incluso de los objetos de devoción. No tenía en total más que un rosario, su librito y un estuche de cirugía, y no esas cosas a las que se apegan las personas. Y aunque la querían en todos los lugares en donde estuvo, y tenía muchos motivos para quedarse en ellos, decía que tenía necesidad de salir de allí; iba a otra casa con alegría y decía: «Aprenderé a no hacer mi voluntad».
Una tarde, creyendo que estaba próxima la muerte, rogó a su hermana que manifestase sus imperfecciones a todas las hermanas después de morir, para darles a conocer su ingratitud y enseñarles con su ejemplo a no obrar como ella. Luego, esforzándose por hablarles, les dijo: «Hermanas mías, si tuviese alguna pena sería por no haber servido bien a los pobres. Os ruego que les sirváis bien. Sois muy felices por haber sido llamadas por Dios a esta vocación».
Como no podía hablar fácilmente, casi siempre que una se acercaba a ella, le testimoniaba con sus ojos o con algún movimiento de su rostro que su espíritu estaba siempre fijo en Dios. Y cuando veía a su lado a las hermanas jóvenes, parecía como si sintiese deseos de animarlas a la perseverancia. Si no se lo podía decir, se lo manifestaba con su ejemplo.
Bien, hijas mías, dijo el padre Vicente, cuando la confesé la última vez (os puedo decir esto para vuestra edificación sin romper el sigilo de la confesión), creía que tenía que acusarse de la satisfacción que tenía en sus sufrimientos. «Dígame, hermana, le pregunté, ¿en quién pone su esperanza?», y ella respondió: «Solamente en Dios».
Os aseguro, hermanas mías, que he leído muchas vidas de santos; pocos santos superan a nuestra hermana en el amor de Dios y del prójimo. ¡Dios mío!, hijas mías, ¿será posible que tengamos este ejemplo ante los ojos y que nos quedemos en nuestras malas costumbres, viéndola a ella tan aplicada en la observancia de las reglas y siguiendo nosotros faltando a ellas?
Hijas mías, estad muy atentas al ejemplo de esta buena hermana. Es preciso que os sirva de estímulo. Pensad muchas veces que habéis tenido la felicidad de tener en vuestra Compañía a una hermana en la que no os acordáis haber visto nunca una imperfección. Los niños tienen también faltas, y de ordinario Dios permite que siga habiendo en la mayor parte de las hermanas, durante la mayor parte de su vida, alguna pasión para ejercitar su virtud. En ella no hemos observado ninguna. Una vez más, hijas mías, agradezcamos mucho esta gracia. Muchas veces le resulta a uno difícil encontrar algún bien en las palabras y las acciones de los difuntos, pero en nuestra hermana estamos todos tan llenos del bien que en ella apareció que, si nos pusiésemos a examinar con cuidado todo lo que ha hecho en su vida, nos costaría mucho encontrar algún defecto. ¡Bendito sea Dios, hermanas mías!
Su despego era muy grande. Como un día se le preguntase si quería ver a su hermana, que estaba en esta ciudad, dijo: «Dejemos a los muertos sepultar a los muertos» (6), La misma pregunta le hicieron a propósito del reverendo padre dom Morice, que era su director antes de venir a la Compañía; ella respondió que había que pedírselo a su superiora. El que la confesaba antes de su entrada en las Carmelitas ha declarado que velaba con mucho cuidado por la pureza de su alma.
Tenía una total indiferencia para vivir o para morir. Decía a veces, convencida de que su enfermedad la llevaría a la muerte. «Me voy, me voy». Yo le respondí: «Bien, hermana mía, vaya con agrado al encuentro de su Esposo, que la llama». A estas palabras, su rostro se llenó de un gran consuelo. Besaba con frecuencia la cruz. Después de varias crisis, de las que creíamos que no podía reponerse, preguntaba a la que ella consideraba como su superiora (7): «¿Estaré todavía aquí mucho tiempo?» Ella le respondió que no lo creía, pero que había que estar hasta el final sometidos a la voluntad de Dios. Ella testimonió que estaba dispuesta, pero que tenía mucho miedo de faltar a la paciencia por la intensidad de sus sufrimientos. Raras veces se quejaba, y era una pequeña queja muy tierna.
Después de su muerte, la abrieron y encontraron sus pulmones por encima de su lugar ordinario, casi junto a la garganta; esto demuestra una gran violencia en las partes interiores. Parece que sufrió más que los que mueren del pulmón; es que Dios quería llevarla a una mayor perfección.
Bendito sea Dios, hermanas mías, por haber querido que todos los pensamientos, palabras y obras de nuestra hermana nos dieran motivo de glorificarle en la tierra y de edificarnos Es muy extraño que podamos decir que no hemos observado en ella ninguna imperfección condenable, aunque se haya escrito del justo que caerá hasta siete veces al día (8), Podéis decir de ella, hermanas mías, que era en vuestra Compañía una imagen perfecta, y en esto podréis reconocer que es una gran felicidad ser Hija de la Caridad, o sea, una buena y verdadera Hija de la Caridad, como ella era.
La última vez que le vi, cuando ya casi no podía hablar, le pregunté: «Bien, hermana mía, dígame ahora lo que preferiría haber sido en su vida: ¿gran señora o Hija de la Caridad?». Aquella buena hermana, me respondió: «Hija de la Caridad». ¡Unas palabras admirables, que nos muestran, hermanas mías, que la condición de Hija de la Caridad es mayor que todas las grandezas del mundo! ¿Y quién duda de ello, si ser Hija de la Caridad es ser hija de Dios? Hermanas mías, ¿quién no preferirá esta condición a la de hija del rey? Así pues, hijas mías, no andéis cavilando mucho, buscando a quién recurrir en el cielo para que os ayude a obtener las virtudes de verdadera Hija de la Caridad, ya que podemos creer que ella lo hará. Sí, podéis creerlo de esta forma, ya que vivió y murió como viven y mueren los justos. Podéis invocarla cada una en particular, hijas mías; es una gran pérdida para vuestra Compañía. ¡Quiera Dios que mis miserias no hayan sido la causa de ello!
¡Dios ha puesto en vuestra Compañía un sujeto tan perfecto, para que se lo sepáis agradecer! Dios obtiene de ello la gloria que su bondad pretende que le demos! Ha permitido que tengamos el consuelo de verla morir entre nosotros y que se cumpliese el deseo que había mostrado aunque estaba despegada de todas las cosas y no tenía más deseo que el de cumplir su santísima voluntad en la condición a la que su bondad la había llamado.
Hijas mías, os considero muy felices por haber tenido a esta buena hija en vuestra Compañía. Bendito seas Dios mío, por las gracias que le has concedido y por el conocimiento que nos das de sus virtudes, especialmente de su disposición para aceptar la muerte, si Dios lo quería, y para sufrir las injurias que se le hubieran hecho si hubiera muerto la muchacha a la que había sangrado.
Suplico a Dios con todo mi corazón que os haga partícipes de sus virtudes, que os conceda la gracia de imitar su despego de todas las cosas, de amar la práctica de vuestras reglas, y la condescendencia con las hermanas en todo lo que no ofende a Dios, de estimar y apreciar vuestra vocación, de forma que seáis siempre fieles a ella. Es la súplica que te hago, Dios mío, rogándote que bendigas a todas nuestras hermanas, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La hermana Juana estuvo mucho tiempo entre la vida y la muerte. Nos dijeron que deseaba ver al padre Vicente, el cual no podía acudir, debido a sus muchas ocupaciones. Como le dijesen en secreto que había pocas esperanzas de que escapase a la muerte, nuestra hermana Isabel, una de las más antiguas de la Casa, fue enviada. Apenas la vio la enferma pareció como si Dios le devolviese nuevas fuerzas. Dijo: «Me iré con usted»; y siguió poniéndose mejor, hasta el punto de que, como el médico asegurase que podía hacer el viaje, el señor párroco de Nanteuil y los demás administradores, aunque les hubiese gustado tenerla entre ellos, consintieron en darle la satisfacción que deseaba, a expensas del hospital, y procuraron una litera para enviárnosla; lo cual le dio gran consuelo, a pesar de que estaba en una situación muy delicada e incapaz de hacer el viaje sin peligro de muerte. No obstante, Dios permitió que hiciese el viaje con toda felicidad, ayudada de nuestra buena hermana. Su llegada nos llenó a todas de consuelo, pero sobre todo a ella, que decía muchas veces: «Qué feliz soy por estar aquí, ¡Dios mío!, que me quede aquí todo el tiempo que tú quieras».
A continuación, nos llovieron muchas gracias de Dios, porque, como estábamos indiferentes, por sumisión a la divina Providencia, para que viniese o se quedase allí, creo que su bondad quiso hacernos experimentar que él aceptaba con agrado esta disposición, dándonos ya en este mundo alguna recompensa, como lo hizo en que, sin haberlo elegido nosotras, su cuerpo fue abierto después de su muerte.
Pero lo que más estimo es, que dos o tres días antes de morir, ante su insistente petición, nuestro veneradísimo padre vino una tarde, y su caridad, al ver que se moriría la noche siguiente, hizo todas las recomendaciones del alma, con el padre Portail, en presencia de todas las hermanas que estaban entonces en la Casa. Y luego, la más antigua le pidió su bendición para toda la Compañía, tanto presentes como ausentes, a fin de que Dios les diese la gracia de tener todas a la hora de su muerte la gracia que la iglesia acababa de pedir para el alma de aquella querida hermana; su caridad aceptó de buen grado, pronunciando con su boca, tanto como con su corazón, las palabras de la bendición.
El día antes de morir, ella nos pidió varias veces ver a este querido padre, y en sus crisis de aprensión y de debilidad, volvía siempre sus ojos hacia san Lázaro para manifestarnos su deseo. Nuestro buen Dios le quiso dar este consuelo. Al acercarse a su lecho el padre Vicente ella demostró recibir una gran alegría. La que conocía el estado de su espíritu (10) dijo: «Padre, nuestra hermana desea tener el honor de verle para entregar su alma enteramente en sus manos; suplica con toda humildad que la ofrezca usted a Dios de la forma que ella sabe que le agrada, para que en el instante de su separación esté unida con la de Jesucristo y, por este medio, obtener su misericordia» «Con mucho gusto, mi queridísima hermana; le prometo ofrecérsela muchas veces a Dios de la manera que usted desea. Suplico a su divina bondad que les conceda esta gracia a usted y a todas las Hijas de la Caridad que ahora hay y a las que vengan en el futuro».
Todas sintieron tan gran satisfacción con el pensamiento de que el poder de esta plegaria y bendición les servía para la muerte, que he querido detallarlo por extenso, para que las pobres Hijas de la Caridad conozcan así la preocupación de la divina Providencia sobre su Compañía y que se muestren siempre muy agradecidas.
No quiero omitir que una de nuestras hermanas, encontrándose con el padre dom Morice, que era confesor de Juana Dalmagne antes de su entrada en la Compañía, le comunicó la muerte de aquella buena hermana y la encomendó a sus oraciones. Dom Morice respondió: «No creo que tenga necesidad de oraciones, sino que ella rezará por todos nosotros».







