Vicente de Paúl, Carta 1160: Benjamin Huguier, Sacerdote De La Misión, A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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Túnez, 5 junio 1649.

Padre:

Su bendición.

El padre Le Vacher me acaba de leer una carta que había recibido del señor Barreau, en la que le comunica la muerte del buen padre Dieppe, que aconteció el último 2 de mayo. Me parece que, ya que tuve la dicha de vivir largo tiempo con él en el seminario y haber sido enviados los dos al mismo tiempo a Berbería, era mi obligación escribirle sobre las virtudes que ha practicado, de las que tuve conocimiento y su humildad no ha podido ocultar.

En primer lugar, su celo en santificarse para Dios y para el servicio de los pobres cristianos se me manifestó cuando, dos días antes de que saliésemos de París, me indicó el gozo que tenía por haber sido elegido, previendo – tal como ha permitido Dios que, en su trabajo entre los esclavos enfermos y en medio de las dificultades por ejercer sus funciones entre los turcos, se vería algún día consumado en holocausto.

Esto le hizo soportar generosamente las fatigas del viaje hasta Marsella, durante el que se vio muy quebrantada su salud, aunque nunca dejó de celebrar la santa misa y de rezar el oficio, a pesar de que por su indisposición en el coche se vio obligado a dedicar a ello el tiempo que los demás concedíamos al descanso, empleando el tiempo en que parecía estar mejor en entretenernos con cantos espirituales y en aprender la lengua española, trabajando continuamente y descansando en ello.

Cuando el padre Portail le pidió que instruyera a un pobre hereje que deseaba convertirse y que nos había enviado el señor obispo de Marsella, todos los de casa le vieron practicar una mansedumbre y una caridad nunca vista. Así como también cuando se presentó la ocasión afortunada de poder trabajar, al final de una misión que se tuvo en una galera, en oír las confesiones generales, en donde él aceptó todas las fatigas de los ejercicios con gran alegría.

Era muy devoto de la santísima Virgen, de forma que al ordenarle que se preparase para el viaje no hizo más que una sola visita, en la que yo fui su compañero, a Nuestra Señora de las Virtudes, donde celebró la santa misa. Con su alegría exterior que a mi juicio brotaba de su alegría interior demostró que, en todas las tempestades que se acercaban, vería en esta Madre santísima y en su Hijo su puerto de salvación.

El señor Barreau lo designa como hombre mansísimo, sin dolo y un verdadero israelita. Es lo que yo también pude apreciar en el seminario, durante todo el viaje y después.

Hizo usted muy bien en nombrarlo nuestro superior durante el viaje. Pero él no quiso nunca aparecer como tal, aunque guardaba y hacía guardar lo que se nos había prescrito, con tanta suavidad y condescendencia que no nos costaba nada seguir sus indicaciones, pues nos contentaba a todos con su mansedumbre, acompañada de aquella sal que pide Nuestro Señor. Así lo pudimos observar en Lión, en donde, mientras cenábamos con tres o cuatro externos en una ocasión imprevista, después de haber tenido con ellos las muestras de atención y de urbanidad acostumbradas, él abandonó la mesa antes de terminar la cena, cuando un capitán alemán hugonote, desconocido hasta entonces, se puso a contar un cuento en descrédito de un religioso; todos acompañamos al padre Dieppe, con gran vergüenza de aquel hereje, que seguramente se mostrará otra vez más discreto.

Sabía que la ambición es la reina de todos los vicios; por eso, abrazando a su contrario, practicaba la pobreza en todo lo que podía. Dejando lo que vi de él en el seminario, ya que también pudieron verlo los demás hermanos, cuando salí de él bien provisto de todo y con la ropa nueva, uno de nuestros padres me hizo observar con gran confusión para mí que él no llevaba más que su sombrero viejo, su hábito y su calzado ordinario y me dijo que cuidara yo de él. Todo lo que se llevó, junto con tres libritos que teníamos en el seminario, fue un breviario viejo y una disciplina, de la que yo me di cuenta en el camino, guardando este mismo espíritu durante el viaje, pues no quiso servirse de su cargo de superior para comprar nada por las ciudades que atravesábamos, y haciendo el camino a pie desde Aviñón hasta Marsella, no ya porque nos faltase el dinero, sino para imitar en algo los viajes de Nuestro Señor.

Alabé a Dios y le di gracias en el servicio solemne que hicimos en seguida por haber querido llevarse consigo al buen padre Dieppe, apenas empezar su carrera. Su muerte ha sido para mí un elocuente sermón. Dios quiera que sepa aprovecharme y que, no contento con vivir en Berbería, muera como verdadero misionero, siervo de Dios e imitador de Nuestro Señor Jesucristo.

Así se lo pido a Dios por medio de las santas oraciones de usted, de quien soy en Nuestro Señor el más obediente hijo,

HUGUIER,

h. i. d. l. m.

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