Vicente como sacerdote: Una reflexión personal

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Patrick J. Griffin, C.M. · Translator: Julio Suescun, C.M.. · Year of first publication: 2010 · Source: Vincentiana, Enero-Marzo 2010.

Esta charla fue ofrecida por Patrick J. Griffin, C.M., sacerdote de la provincia del Este de USA, en la reunión de Superiores de dicha Provincia, el 8 de octubre de 2009


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El año pasado (2008-2009) celebramos el «Año de Pablo». Tuvimos todos, también yo, una excelente ocasión de conocer mejor a Pablo, leyendo sus escritos y reflexionando sobre su personalidad y su mensaje para nuestro tiempo y lugar. Este año se nos ofrece parecida ocasión con respecto a Vicente, Luisa y nuestra Herencia Vicenciana. En el verano yo comencé mi «Año de Vicente» y volví a la lectura (relectura) de su vida y enseñanzas. He llegado a amar a Vicente con más intensidad aún durante este año. Me estoy formando algunas ideas diferentes sobre su personalidad. Estoy viéndole en una nueva luz que posiblemente descubre más sobre mí mismo y sobre mis intereses que sobre Vicente. Espero que al final de este año, le conozca más profundamente a él (y a otros miembros de la Familia Vicenciana) y esté más dispuesto para el camino

Ahora mismo, siento el privilegio de compartir algunos pensamientos sobre Vicente como sacerdote, coincidiendo felizmente con el «Año para los sacerdotes» de Benedicto. Nuestro Provincial Mike Carroll, me ha dado muchísima amplitud en la organización de esta presentación. He decidido ofrecer una reflexión personal sobre algunos aspectos de San Vicente como sacerdote y lo que significa para mí y para todos nosotros.

Hace algunos años. Bob Maloney escribió un incitante trabajo sobre el sacerdocio de Vicente, para el 400 aniversario de su ordenación, titulado El sacerdocio vicenciano, sacerdocio misionero.1 Bob habla de cómo Bérulle, Olier y Juan de Eudes influyeron en San Vicente y cómo todos ellos son muy conscientes del elevado rol del sacerdote. Vicente siguió un camino diferente. Después de considerar los distintos modelos propuestos por Avery Dulles, Rembert Weakland, Raymond Brown y Karl Rahner, Bob concluye: «Para Vi­cente, en su madurez, el sacerdote Jesús es sobre todo el misionero del Padre, el Evangelizador de los pobres». Y este modelo de sacer­dote misionero es. según la visión de Bob, lo que caracteriza el minis­terio de Vicente. Es una conclusión razonable y aceptable que debiera alimentar nuestra idea del sacerdocio como vicencianos. Les recomiendo este artículo y no volveré a repetir lo mismo.

Introducción: Vicente como sacerdote

San Vicente dijo cosas muy interesantes sobre los sacerdotes. Por una parte el dice:

… es realmente una obra maestra en este mundo conseguir bue­nos sacerdotes; no hay nada tan grande y tan importante como esto (SVP.ES XI, 332) (CCD 12, # 181).2

Y por otra parte:

… la Iglesia no tiene peores enemigos que los sacerdotes (SVP.ES XI, 392) (CCD 12, # 195).

El dice:

¡Ay, padres, qué gran cosa es un buen sacerdote! ¿Qué no puede hacer un buen eclesiástico? ¿Qué conversiones no puede procu­rar? Fijaos en el señor Bourdoise, ese sacerdote tan excelente, ¡qué de cosas hace y puede hacer! De los sacerdotes depende la felicidad del cristianismo, ya que los buenos feligreses, cuando ven a un buen eclesiástico, a un pastor caritativo, lo veneran y oyen su voz, procurando imitarle… ¡El sacerdocio es una cosa tan elevada!… ¡Es la más importante para la salvación de las almas y el progreso del cristianismo! (SVP.ES XI, 702-703) (CCD 11, # 4, p. 6).

Y también dice:

… la experiencia que tengo…, me obliga a advertir a los que me piden consejo para recibir el sacerdocio que no se comprometan a ello si no tienen una verdadera vocación de Dios, una intención pura de honrar a Nuestro Señor por la práctica de sus virtudes y las demás señales seguras de que su divina bondad les ha lla­mado a ello. Y está tan metido en mí este sentimiento que, si no fuera ya sacerdote, no lo sería jamás (SVP.ES VII, 396) (CCD 7, # 2792, pp. 479-480).

Vicente señala tres elementos (como lo reconoce ROMÁN, p. 50) importantes para cumplir el ministerio de un sacerdote: una autén­tica llamada de Dios, una intención pura de honrar a Dios y (añade Román) una adecuada preparación pastoral — algo que Vicente situó en el corazón mismo de los retiros de formación dirigidos por la Con­gregación.

Se ha hecho notar, y yo estoy muy de acuerdo, que en el centro de la teología de Vicente, de su espiritualidad, de su ministerio y sí de su sacerdocio, está la encarnación. Lo podemos ver en el modo como él describe la llamada a ser miembro de la Congregación, «el Espíritu del Señor me ha ungido, me ha enviado» — el Espíritu de Dios está encarnado en el misionero. La elección de la Conversión de San Pablo como el día de la fundación de la Congregación de la Misión con la predicación de la primera misión, tiene también este sello de encarnación — derribado por tierra, ciego, con la acusación de perseguir a Jesús en los pobres, y en fin enviado por los caminos a predicar el Evangelio. Luisa sintió este mismo carácter de encarna­ción en su espiritualidad, «la caridad de Cristo nos urge» y su elec­ción del 25 de marzo — la Encarnación — para la renovación de votos, que conlleva la promesa, por un año más, de llevar a Cristo a los pobres y encontrarlo en ellos. La inmediatez de la presencia de Dios en el mundo y en la gente y la Divina Providencia fue lo más destacado en el pensamiento y en la acción de Vicente y esto apunta a la encarnación.

En esta presentación quisiera subrayar cuatro puntos que caracte­rizan el ministerio sacerdotal encarnacionista de Vicente. Son: Peni­tencia, Predicación, Oración y Pobres. Estos elementos comprenden algo del sacerdocio de Vicente según yo lo entiendo. [Curiosamente y sin que yo atienda aqui a ello] también describen lo característico de la Eucaristía: Penitencia y Acto Penitencial; Predicación y Liturgia de la Palabra; Oración y ponerse en la presencia de Dios (a quien esta­mos hablando) y los Pobres (a quienes somos enviados).

1. Penitencia

Empecemos con la penitencia.

Estamos familiarizados con la narración de Folleville en la que Vicente escucha la confesión de un hombre de las tierras de los Gondí. Este hombre hace público que él se hubiera condenado si no hubiera confesado sus pecados y esto causa preocupación en la Sra. de Gondi por la obligación que siente hacia los que viven en su propiedad. Sabemos lo que luego sucedió:

«Era el mes de enero de 1617 cuando sucedió esto; y el día de la conversión de san Pablo, que es el 25, esta señora me pidió, dijo el padre Vicente, que tuviera un sermón en la iglesia de Folleville para exhortar a sus habitantes a la confesión general. Así lo hice: les hablé de su importancia y utilidad, y luego les enseñé la manera de hacerlo debidamente. Y Dios tuvo tanto aprecio de la confianza y de la buena fe de aquella señora (pues el gran número y la enormidad de mis pecados hubieran impedido el fruto de aquella acción), que bendijo mis palabras y todas aquellas gentes se vieron tan tocadas de Dios que acudieron a hacer su confesión general… Aquel fue el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo: Dios hizo esto no sin sus designios en tal día» (SVP.ES XI, 700) (CCD 11, # 2, pp. 3-4).

Vicente se conmueve por la enorme respuesta. Es más de lo que el puede abarcar y debe pedir ayuda por todas partes para ayudar al pueblo a hacer la confesión. Y nace la responsabilidad de Vicente para predicar misiones en las tierras de los Gondi.

Me pregunto cual es el cambio que se produce en Vicente a través de esta experiencia. No ha cambiado sólo el hombre que se ha con­fesado, el mismo Vicente se encuentra afectado. Se da cuenta de la responsabilidad que tiene en la salvación de esta gente, por la lla­mada al sacerdocio y entiende que debe llevar adelante esta misión. Se descubre a sí mismo en el ejercicio de su ministerio. No es una coincidencia que esto suceda en la Fiesta de la Conversión de San Pablo. Vicente también se ha convertido en este momento. En ade­lante la responsabilidad de desempeñar su ministerio sacerdotal, lle­vando el sacramento de la penitencia al pueblo de Dios, tendrá gran relieve en su mente.

Uno no tiene que buscar mucho en los escritos de Vicente para ver con cuanta frecuencia exhorta a sus sacerdotes a dar misiones y lla­mar al pueblo al arrepentimiento. Las Damas de la Caridad y las Hijas de la Caridad son también animadas a que en sus servicios a la gente les hagan reflexionar sobre su necesidad de este sacramento y les preparen para recibirlo dignamente. Vicente sugiere como pue­den iniciar la cuestión «sutilmente». Pueden decir algo así como: «Bien, hermano, ¿cómo piensa hacer usted el viaje al otro mundo? Y luego a otro: «¿No desearía usted ir a ver a Nuestro Señor?»» (SVP.ES XI, 9916) (MAYNARD [1961], p. 125).

La cuestión que se nos plantea a nosotros sacerdotes vicencianos es cómo estamos llamados a invitar al pueblo a sacar ventaja de este sacramento. Podemos decir algo así como que nadie quiere participar hoy en este sacramento. Pero ciertamente no es esta la única res-puesta ni la que Vicente hubiera estado dispuesto a aceptar. ¿Cómo hablamos sobre ello, cómo lo hemos administrado y cómo lo hemos celebrado? Buenas preguntas y dignas de buenas respuestas en este año en que celebramos a los sacerdotes y a Vicente.

Uno podría incluso añadir aquí el modo como San Vicente llegó a preocuparse por la reforma del clero. Esto también proviene de la experiencia de la penitencia. La Señora de Gondi advirtió que el sacerdote que la oía en confesión no sabía las palabras de la absolución y Vicente de Paúl advirtió lo mismo. Y de ahí vino su resolución de formar sacerdotes que pudieran atender las necesidades del pueblo de Dios (CALVET, p. 56).

Otro aspecto de esta cuestión de la Penitencia es, por supuesto, la propia participación de Vicente en el sacramento. Una breve lectura de sus escritos (o de los de Luisa) revela cuan frecuentemente hablan de la multitud de sus pecados. Aún al contar la breve narración de Folleville, anota que él atribuye el éxito de su predicación no a su propia elocuencia (más bien él apunta a la multitud de sus pecados) sino a la bondad de la Señora de Gondi. Yo a veces, me río cuando leo algunas ocurrencias de San Vicente. Está dando una corrección a un hermano e inmediatamente dice que él tiene faltas mucho mayores; dice a alguno que está haciendo algo mal, e inmediatamente confiesa que esto debe ser por el mal ejemplo de Vicente; quiere avisar a los hermanos que dejan alguna puerta abierta e inmediatamente admite que él las deja muchas más veces que nadie; alguien le ataca porque piensa que él es el culpable de la subida de los impuestos y él se arrodilla y sostiene que no tiene nada que ver con la subida de los impuestos, pero que es un gran pecador. De todos modos, lo que de verdad me divierte es cuando está leyendo las reglas a las Hijas de la Caridad. Según él va leyendo, una Hija de la Caridad confiesa que ella no ha guardado la regla, luego otra, y luego otra. Y Vicente en medio de todas estas faltas se arrodilla y confiesa que él nunca guarda las reglas de la Congregación. ¡No puede quedarse al margen del círculo de las confesiones!

A Vicente le gustaba confesarse todos los días y cuando, como al parecer era habitual, su confesor admitía que no podía encontrar materia suficiente para la absolución, Vicente sencillamente le decía: Oh, Señor, si Vd. pudiese ver mi alma como Dios me hace conocerme a mi mismo, pensaría Vd. de otra manera (MAYNARD [1961], p. 52).

Vicente tenía un profundo sentido de su multitud de pecados y por consiguiente de su necesidad del sacramento. Bien que fuera esto ficción o bien que tuviera él tal sentido de su cercanía a Dios y de su propia indignidad que podría ver que aún sus más pequeños pecadi­llos (aunque él no los llamaría así) eran ofensas contra Dios.

Todo esto nos lleva a dos consideraciones en torno al sacramento de la Penitencia: primero, cómo estamos llamados a administrar y animar e sacramento para los demás; y segundo, cuánto necesitamos reverenciarlo y participarlo nosotros mismos como resultado de nuestra conciencia de la propia multitud de pecados. De hecho nues­tra propia experiencia del sacramento podría y debería alimentar el modo como lo ofrecemos a los demás.

Necesitamos hacer de este año, el año en que promovemos y par­ticipamos mejor el sacramento de la Penitencia. San Vicente marca el camino. Es una parte importante de su sacerdocio.

2. Predicación

Si el sacramento que dio origen a la Congregación es la Peniten­cia, el contexto que marca la diferencia para los sacerdotes, es la pre­dicación. Pensemos en los dos acontecimientos más salientes en la primera formación de Vicente. Uno ya lo hemos considerado: Folle­ville. Vicente predica allí el primer sermón de Misión y esto cambia admirablemente la vida del pueblo.

Pero el segundo acontecimiento es Chatillón. La historia nos es también muy familiar. Vicente es un cura de pueblo. Se está prepa­rando para celebrar la misa, cuando se le informa que hay una fami­lia en la que todos están enfermos y nadie puede cuidarse de los otros. La familia necesita alimentos y atención. Vicente habla de esto en su sermón y después de la misa, luego de haber dado gracias y de haber atendido los asuntos, se dirige a visitar a la familia. En el camino encuentra a sus parroquianos que habían oído su mensaje y que habían ido a servir a los demás. Nuevamente, es la fuerza de predicar eficazmente la palabra de Dios al pueblo de Dios.

Un tercer foco familiar en le predicación de la Congregación brota del pasaje de Lucas que llega a ser el lema de la Congregación: «Me ha enviado a predicar el Evangelio a los pobres». Jesús dice estas palabras en un contexto de predicación, en Nazareth, y la llamada que oye es a predicar el Evangelio al pueblo de su tiempo. Vicente toma este pasaje y su emplazamiento y vuelve a él muchas veces en sus escritos y conferencias.

El dice cómo los misioneros, a final de sus días, pueden celebrar estas palabras: ¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: Evangelizare pauperibus misit me Dominus! (SVP.ES XI, 56) (CCD 11, # 100, p. 122).

Vicente nunca se vio a si mismo (o a algún misionero) excusado de esta responsabilidad. Me gusta el pasaje en el que habla de esto:

Si no puedo predicar todos los días, ¡bien!, lo haré dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes púlpitos, intentaré subir a los pequeños; y si no se me oyese desde los pequeños, nada me impedirá hablar familiar y amigablemente con esas buenas gen­tes, lo mismo que lo hago ahora, haciendo que se pusieran alrededor de mí como estáis ahora vosotros (SVP.ES IX, 57) (CCD 11, # 100, p. 123).

Cuando estaba en el noviciado, oí la historia del P. Judge que fue convencido por algunos amigos de acudir a un cine; cuando se rom­pió la película, pidió a sus amigos que lo presentaran y él se fue ade­lante del teatro y comenzó a predicar hasta que se arregló la película. Hay un cierto celo que se abre camino para la predicación. ¿Es esta nuestra carga semanal?

La predicación era importante para Vicente y ésta fluía como fruto de su oración y de la meditación de la Palabra de Dios. La oración es un gran libro para un predicador; por medio de ella podrá sacar usted las verdades divinas del Verbo eterno, que es su fuente, para repartirlas después entre el pueblo (SVP.ES VII, 140) (CCD 7, # 2591, p. 171).

Para Vicente la predicación, como otras muchas cosas, depende de la sencillez Esta era la manera en que conoció que predicaba Jesús:

Para ello entréguese a Dios, a fin de hablar con el espíritu humilde de Jesucristo, confesando que su doctrina no es de usted, sino del evangelio. Imite sobre todo la sencillez de las palabras y de las comparaciones que nuestro Señor siguió en la sagrada escritura, cuando hablaba al pueblo… ya ve usted cómo hablaba de forma inteligible y se servía de comparaciones familiares: el labrador, el viñador, el campo, la viña, el grano de mostaza. Así es como tiene usted que hablar, si quiere que le entienda el pueblo, al que anuncia la palabra de Dios (SVP.ES XI, 239) (CCD 11, # 153, pp. 313-314).

Este estilo de predicar se caracterizaba por la sencillez del tema (un tema claro), sencillez de la forma (una presentación sin compli­caciones) sencillez en el tono (no dramático) (cf. COSTE II, p. 215).

Por supuesto, Vicente recomienda para la predicación el «pequeño método». Sabemos cómo se desarrolla: naturaleza, motivos, medios — de qué estás hablando, porque es importante, cómo hacerlo. Y en el corazón de este método estaba la sencillez misma. Vicente no estaba de acuerdo con la verbosidad del estilo de predicar que carac­terizaba su tiempo. Pensaba que el pueblo quedaba pegado a las pa­labras y a las imágenes y perdía de vista el evangelio y su importante mensaje para el pueblo, así que Vicente prefería usar el «pequeño método» que en su sencillez cambiaba verdaderamente las mentes y los corazones de la gente, porque la gente entendía el asunto.

Me conmovió la narración de cómo cuando San Vicente enviaba a sus hombres a misiones al rededor de París, ellos advertían una gran diferencia entre dar misión en una ciudad como París y en el campo — lo que tiene éxito con el pueblo del campo sólo suscitaría ridículo y burla en París. Vicente no se sorprendió. Oyó esto como el «espíritu del mundo» inspirado por la prudencia humana o quizá por el amor propio. «Van a combatir contra el espíritu del mundo que es un espí-ritu de soberbia y lo vencerán aferrándose al espíritu de Jesús que es un espíritu de sencillez y de humildad» (MAYNARD [1877], p. 236). ¿Oyen Vds. la llamada a predicar sencillamente y no como eruditos o artistas?

La responsabilidad de predicar bien, era central en las misiones a las que él envió a sus sacerdotes. Y esta predicación dependía de la sencillez y de la reflexión sobre la Palabra de Dios. Las citas literarias o frases retorcidas, no eran del agrado de Vicente El sencillamente buscaba que la gente entendiera el mensaje del Evangelio y se le enseñara cómo llevarlo a la práctica. Me ha sorprendido cómo al leer hoy los escritos de Vicente, los encuentro plagados de alusiones e imágenes de la Escritura. Él conocía la Palabra de Dios y pensaba en términos de Evangelio. Fíjense en las Reglas Comunes. Vicente siempre comienza el capítulo dirigiendo nuestra atención a la vida y enseñanzas de Jesús. [Me pregunto si su famosa orientación de «dejar a Dios por Dios» no brota de la reflexión sobre el Buen Samaritano, pero esto es otro asunto]. Al tomar decisiones, él buscó como guía las palabras y el ejemplo de Jesús y es lo que propone a sus seguidores.

Así que surge la cuestión de cómo nosotros como misioneros nos preparamos para predicar y cómo nuestra predicación toca los corazones de la gente, les invita a cambiar y les conforta. Estamos llamados a ser buenos predicadores. Podemos hacer de este año, el año en el que meditamos más profundamente los Evangelios y dejamos que de ellos fluya su mensaje para nosotros y para los demás.

3. Oración

Una de las frases de Vicente más famosas para nosotros es probablemente: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo» (SVP.ES XI, 778) (CCD 11, # 67, p. 76). Y nuestras Constituciones desarrollan el tema:

En efecto, según el pensamiento de San Vicente, la oración es fuente de la vida espiritual del misionero. Mediante ella se reviste de Cristo, se imbuye de la doctrina evangélica, discierne la realidad y los acontecimientos en la presencia de Dios y perma­nece en su amor y en su misericordia. De esta suerte el Espíritu de Cristo presta siempre eficacia a nuestras palabras y acciones (Constituciones 41).

Nuestras Constituciones también nos recuerdan la importancia de la oración litúrgica en la Eucaristía, el sacramento de la penitencia, la liturgia de las horas y las devociones populares, todo de acuerdo con las prioridades de Vicente.

La confianza de Vicente en el poder de la oración se muestra elocuente cuando exhorta a los suyos a ser hombres de oración. Uno puede sentir la fuerza de sus palabras cuando nos llama a ser orantes:

Bien, pongamos todos mucho interés en esta práctica de la ora­ción, ya que por ella nos vienen todos los bienes. Si perseveramos en nuestra vocación, es gracias a la oración; si tenemos éxito en nuestras tareas, es gracias a la oración; si no caemos en el peca­do, es gracias a la oración, si permanecemos en la caridad, si nos salvamos, todo esto es gracias a Dios y a la oración. Lo mismo que Dios no le niega nada a la oración, tampoco nos concede casi nada sin la oración: Rogate Dominum messis; no, nada; ni siquiera la extensión de su evangelio y lo que le interesa más a su gloria. Rogate Dominum messis… ¡No importa! Rogate Domi­num messis. Así pues, pidámosle con toda humildad a Dios que nos haga entrar por esta práctica (SVP.ES XI, 285-286) (CCD 11, # 168, p. 361).

Es difícil imaginarle hablando con más claridad. La oración y la meditación son los medios que usamos para estar en contacto con Dios y a través de los cuales Dios responde a nuestras necesidades.

Sin embargo, la enseñanza de Vicente sobre la oración, que se me hace más fuerte es su insistencia en la necesidad de estar atentos a la presencia de Dios en la propia oración y en la meditación. Vicente enseña:

He aquí ahora lo que hay que hacer: en primer lugar, ponerse en la presencia de Dios, considerándolo bien sea como está en el cielo, sentado en el trono de su Majestad, desde donde dirige su vista hacia nosotros y contempla todas nuestras cosas; bien sea en su inmensidad, presente por doquier, aquí y allá en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos viendo nuestros corazones y penetrando en los repliegues más secretos de nuestra conciencia; o bien presente en el santísimo sacramento del altar. ¡Oh, Salvador! ¡Aquí estoy yo, pobre y miserable pecador, a los pies del altar donde tú reposas! ¡Oh, Salvador, que no haga nada indigno de esta santa presencia! O bien, finalmente, dentro de nosotros mismos, penetrándonos por completo y alojándose en el fondo de nuestros corazones (SVP.ES XI, 283) (CCD 11, # 168, p. 359).

Esta conciencia de la presencia de Dios es lo que me permite entender el sentido de Vicente sobre su multitud de pecados, su so­metimiento a la Divina Providencia, su reconocimiento de Cristo en los pobres, su pensamiento encarnacionista. Dios está con nosotros — en nuestra oración y en nuestro pueblo, en nuestro trabajo y en nuestras palabras. Y esto impacta directamente en el sentido de Vicente sobre el sacerdocio, porque un sacerdote no es nada si no es un testigo de la presencia de Dios en nuestro mundo y en cada uno de los demás.

Y la oración lleva a la acción:

La Iglesia es como una gran mies que requiere obreros, pero obre­ros que trabajen. No hay nada tan conforme con el evangelio como reunir, por un lado, luz y fuerzas para el alma en la ora­ción, en la lectura y en el retiro y, por otro lado, ir luego a hacer partícipes a los hombres de este alimento espiritual. Esto es hacer lo que hizo nuestro Señor y, después de él, sus apóstoles; es jun­tar el oficio de Marta con el de María (SVP.ES XI, 734) (CCD 11, # 25, p. 33).

Calvet dice algo interesante sobre la evolución de la espiritualidad de Vicente. No soy suficientemente experto en los escritos de Vicente para pronunciarme sobre la conclusión, pero es algo que parece correcto:

«Desde 1620 hasta 1640 — las fechas son aproximadas — su es­piritualidad tiene una orientación activa, es decir, los principios que tomó de los maestros espirituales han girado hacia una direc­ción diferente, de suerte que en vez de conducirlo a la vida con­templativa, han venido a ser la base de un activo apostolado; desde 1640, aun manteniendo un creciente alejamiento de los autores que formaron sus inicios, su enseñanza toma la aparien­cia de una espiritualidad que deriva hacia la acción; sus princi­pios son conclusiones, fruto de su experiencia» (CALVET, p. 277).

Lo que era en Berulle premisa para la especulación y contempla­ción, se hace en Vicente fuerza impulsora para la acción. «Berulle ama a Dios en Dios, Vicente ama a Dios en el hombre». La experien­cia de Vicente entre los pobres, en Chatillón y Clichy, le llevó lejos de la teología especulativa de Berulle a una más apropiada para los pobres. La de Vicente fue una espiritualidad nacida para la acción. «La oración es así, fuente de amor y de acción, de acción a través del amor» (CALVET, pp. 278 y 283).

Vicente tiene un montón de cosas que decir sobre la oración. Promovió la práctica de la repetición de oración, porque ello refleja su convicción de que podemos aprender unos de otros en nuestro camino espiritual. Insistía en que «ésa es una de las partes principales, e incluso la más importante de la oración: hacer buenos propósitos» (SVP.ES XI, 781) (CCD 11, # 70, p. 79). Esta meditación y ora­ción conduce al cambio/acción. Vicente creía en la oración común. Le gustaba reunirse con los hermanos. Incluso cuando estaba enfermo, o había vuelto de un viaje o se había acostado tarde la noche anterior, nos cuentan las crónicas que era el primero en la oración común por la mañana. Hay aquí una lección.

Así pues, ¿qué podemos decir sobre lo que Vicente enseña sobre la oración? ¿Podemos hacer de este año, el año de nuestra fidelidad a la oración común? ¿El año en que tomamos en serio la presencia de Dios en nuestra oración y en nuestra celebración? ¿El año en que dejamos que nuestras acciones se impregnen de nuestra oración y nuestra oración se dirigida por nuestras acciones?

4. Pobre

Y llegamos a lo que todo lo anterior tiende: al pobre. El sacra­mento de la penitencia, la predicación, la oración, todo ello nos con­duce como vicencianos al pobre al que servimos en nuestro ministe­rio y a los que estamos inseparablemente unidos.

«Dos hombres miraban a través de los barrotes de la prisión: uno veía la tierra y el otro las estrellas». Normalmente cuando oímos decir esto, entendemos que se nos quiere hacer pensar en el punto de vista de una persona; cómo es que dos personas mirando la misma escena, una vea sólo lo negativo (la tierra) y el otro, lo posi­tivo (las estrellas). He pensado que un vicenciano puede oír esto de manera distinta. Uno puede mirar y ser atraído por el lado transcen­dental y espiritual de las cosas y así exaltado, mira y ve sólo las estre­llas. Otro, puede mirar hacia abajo y ver la realidad de la condición humana y estar atento a que se ha hecho a imagen y semejanza de Dios, desde el barro de la tierra. Vicente miró y vio la tierra y cómo Dios eligió venir y jugar con nosotros en el barro. El nos invita a esta misma perspectiva encarnacionista.

Cuando estaba en el seminario de María Inmaculada, antes de la ordenación, uno de mis profesores dijo en clase algo que me llegó muy adentro. Dijo que para ser un buen sacerdote uno debe amar a la gente a quien sirve. De algún modo esto suena como el más simple de los planteamientos, pero resonó profundamente en mí aquel día y me ha hecho pensar cuando a veces considero mi propio ministerio a la luz del de Vicente. Los vicencianos debemos pensar en aquellos a los que servimos con respeto y comprensión para disimular sus faltas. [Una de las escenas de la Sgda. Escritura trae la actitud de los Fariseos y Saduceos despreciando a su pueblo — pueblo que no sabe nada y que está maldito]. He encontrado que Vicente enseñó esta actitud de amor hacia los servidos:

Fue preciso que Nuestro Señor previniese con su amor a los que quiso que creyeran en El. Hagamos lo que hagamos nunca creerán en nosotros, si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros (SVP.ES I, 320) (CCD 1, # 197, pp. 276-277).

Al final de la película «Monsieur Vincent» se presenta a nuestro Fundador diciendo algo parecido para entender la actitud que debiera influir en el servicio a los otros: «Sólo por tu amor te perdonaran los pobres el pan que les das». El servicio debiera hacerse siempre con el pensamiento de la dignidad de los otros. Una vez más Vicente es famoso por decir: Amemos a Dios, hermanos, amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente (SVP.ES XI, 753) (CCD 1, # 25, p. 32).

Vicente cree seriamente que:

Dios ama a los pobres, y por consiguiente ama a quienes aman a los pobres; pues, cuando se ama mucho a una persona, se siente también afecto a sus amigos y servidores. Pues bien, esta pequeña compañía de la Misión procura dedicarse con afecto a servir a los pobres, que son los preferidos de Dios; por eso tenemos motivos para esperar que, por amor hacia ellos, también nos amará Dios a nosotros. Así pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados; reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios (SVP.ES XI, 273) (CCD 11, # 164, p. 349).

En realidad, ¿qué quiere significa llamar a los pobres «nuestros señores y amos»? ¿Quiere decir que ellos ejercen jurisdicción sobre nuestro tiempo y nuestros esfuerzos? ¿Qué ellos controlan el modo como son tratados? ¿Qué ellos no tiene por qué estar agradecidos por los cuidados que se les da, puesto que nosotros somos sólo sus servidores? ¿Quiere decir que nosotros dependemos de ellos para nuestro bien estar? ¿Quiere decir que nuestra salvación está entrelazada con la suya, como la del hombre rico con la de Lázaro o la del que alimentó (o no alimentó a los demás) con la del hambriento o la del que no perdonó la deuda con la del deudor? Si los pobres son en verdad nuestros «señores y amos», nuestro trato con ellos como  sacerdotes y vicencianos tiene para nosotros consecuencias eternas.

¿Hay algún tema sobre el que Vicente hable más frecuentemente o con más emoción o desde más diferentes ángulos, que el pobre?

Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres. Al ir al refectorio deberíamos pensar: «¿Me he ganado el alimento que voy a tomar? «. Con frecuencia pienso en esto, lleno de con­fusión: «Miserable, ¿te has ganado el pan que vas a comer, ese pan que te viene del trabajo de los pobres? «. Al menos, si no lo ganamos como ellos, recemos por sus necesidades (SVP.ES XI, 12 1) (CCD 11, # 125, pp. 190-191).

¿Alguien habló más honrada, francamente y con más agudo tino sobre el pobre?

No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre…; pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me (SVP.ES XI, 724) (CCD 11, # 19, p. 26).

Y en la mente de San Vicente, la pobreza no era precisamente algo para los demás. Es buena también para nosotros y estamos llamados a abrazarla. Vicente escribe:

… eso es lo que hace la pobreza: nos hace pensar en Dios y elevar a él nuestro corazón, mientras que si estuviéramos bien provistos, quizás nos olvidaríamos de Dios. Por eso siento una gran alegría al ver que la pobreza voluntaria y real se practica en todas nues­tras casas (SVP.ES XI, 774) (CCD 11, # 64a, p. 72).

Nótese cómo Vicente conecta la presencia de Dios con la experien­cia de pobreza.

Algunas veces se me ha pedido justificar la «opción preferencial por los pobres» sea en la enseñanza de Vicente, sea como piedra angular en la doctrina social de la Iglesia. Parece injusto. ¿Ha pen­sado Vd por qué es preferencial la opción por los pobres? Sí, es por­que es ahí donde Jesús dijo que lo encontraríamos. Pero ¿Por qué? ¿Qué hay de malo en encontrar a Jesús en la riqueza o en la clase media? Me parece que la respuesta no es que Jesús no se encuentre en estos lugares sino que más bien entre los pobres podemos hallar el punto de encuentro de la necesidad con el servicio, del recibir con el dar, de la obediencia con la determinación. Entre los pobres es donde puede expresarse la virtud. Hay una frase atribuida a Willie Sutton, el famoso ladrón de bancos. Cuando se le preguntó ¿Por qué roba bancos? El respondió evidentemente: «Porque es ahí donde está el dinero». Si se nos preguntara ¿por qué sirve V. al pobre? Nuestra respuesta podría ser. «Porque es ahí donde está la necesidad». Sin el pobre no habría lugar para la virtud. Deberíamos estar agradecidos a los pobres, necesitados y abandonados, porque nos ponen en con­tacto con lo más grande y profundo en nosotros mismos. Y el hecho de que esto no lo hagan siempre fácil, debería aumentar nuestra gra­titud, porque si el servicio y la generosidad fueran placenteros, todos los harían por su propio disfrute y esto sería autoservicio.

Reflexionar sobre nuestra llamada vicenciana como sacerdotes y hermanos a servir a los pobres nos hace retornar al pensamiento sobre la encarnación. Es a Cristo presente en los pobres a quien bus­camos y servimos y todos nuestros ministerios deben estar enfocados ahí. Estamos llamados no solo a amar a los pobres, sino a estarles agradecidos porque nos dan la oportunidad de servir a Dios en ellos. Y nosotros nos identificamos con ellos simbólicamente por nuestra práctica de la pobreza. Este es el camino vicenciano.

Conclusión

Cómo más podemos hablar sobre Vicente como sacerdote: como planificador — organizador de la comunidad — pastor y compañero, como uno que trata con la gente y con las circunstancias en términos prácticos y personales, como alguien que descansa en la divina Pro­videncia y valora la perseverancia (la estabilidad). Podemos hablar de Vicente como sacerdote de estas y de otras muchas maneras.

Ciertamente Vicente creció en su sacerdocio. Pudo haber sido un sacerdote ordinario, que simplemente hacia lo que necesitaba para vivir una razonable y confortable vida de fe. Pero no lo hizo. Respon­dió a la gracia de Dios de manera extraordinaria y se convirtió. No fue tanto la gracia lo que fue extraordinario, sino la respuesta. El carácter espectacular de la conversión de San Pablo y la manera como él llevó adelante su ministerio ofrece un bello contraste con la conversión de San Vicente de Paúl, que sucedió de una manera más gradual, pero no menos profunda.

En este año en que podemos celebrar a Vicente como sacerdote, tenemos la oportunidad de cambiar, de descubrir cómo podemos vivir fielmente como sacerdotes y hermanos el seguimiento de Cristo evangelizador de los pobres. Aprovechémoslo.

  1. Vincentiana, Año 44, Nº 6, Noviembre-Diciembre 2.000. (Nota del Traductor).
  2. Las Obras Completas de San Vicente de Paúl se citan conforme a la ver­sión española de CEME Salamanca (SVP.ES), seguida de la referencia a la nueva versión Inglesa (CCD) que da el autor. En el resto de las citas se man­tiene la referencia que da el autor a la edición inglesa. (Nota del Traductor).

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