1. «Dios se ha quedado como mudo y no tiene más que hablar»
San Juan de la Cruz, un gran místico, se pone a meditar en la primera frase de la carta de San Pablo a los hebreos: «En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas, pero ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por medio del Hijo, a quien hizo heredero de todo». Y nos suelta este comentario, insuperable por lo expresivo: «En lo cual da a entender San Pablo que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en parte por los profetas, ya lo ha hablado en él todo, dándonos el Todo que es su Hijo» (Subida al Monte Carmelo, 1.2, XXII, 4). Menos gráficamente dicen lo mismo los teólogos cuando afirman que la revelación pública de Dios al mundo se cerró con el último de los apóstoles, es decir, con la última página del Nuevo Testamento. En realidad Cristo es la Palabra de Dios y Cristo, que es el mismo «ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8[/note] se basta solo para enseñarnos el camino desde el principio hasta el fm. Pero…
2. «Las revelaciones privadas auténticas, pueden constituir la base de una misión profética del particular en orden a la Iglesia»
Esta frase la he tomado de un Diccionario Teológico con autoridad (Rahner-Vorgrimler, Herder) y con ella se da por supuesto que existe la revelación pública (Sagrada Escritura) y las revelaciones privadas. Y entonces se le puede decir a San Juan de la Cruz, quien por otra parte admite desde luego estas revelaciones privadas, que Dios no se ha quedado tan mudo y tiene mucho que hablar, aunque sólo sea repetir lo dicho para que acabemos de entenderlo y sobre todo de aplicarlo. «El vidente, en este sentido (supongamos a Catalina Labouré, la vidente de la Medalla Milagrosa) viene a hacer una lectura de la Palabra que Dios habla a través de los signos de los tiempos. Esa lectura se expresa en la experiencia de la oración, en la comunicación personal que contiene, en el mensaje que la acompaña y en la misma vida de la vidente» (Valoración profética de las apariciones en la Iglesia, por Joaquín Losada, Ceme 1981). Lo que sobre todo quiero decir en este apartado es que la Iglesia católica, no sólo el pueblo sino la jerarquía (un tanto huraña en este particular), ha admitido siempre la posibilidad de las revelaciones privadas, es decir, que por más que al espíritu científico y experimental le cueste aceptarlo, nada se puede objetar contra el hecho de que «el Cristo que vive y los que viven en Cristo», sobre todo su madre la Virgen María, puedan relacionarse con una persona de este mundo, para el bien de esta persona y de todas las que se presten a ello. Basta un poco de fe para admitir esto sin problemas.
3. «Un tanto huraña en este particular»
He aplicado esta calificación a la Jerarquía eclesiástica por su actitud ante las revelaciones privadas. Por poner un ejemplo, que hay muchos, el papa Benedicto XIV (1740-1758) sentenció así: «Es preciso saber que tal aprobación (de las apariciones y revelaciones privadas) no significa otra cosa que el permiso para que, después de un examen maduro, se publiquen para instrucción y utilidad de los fieles, ya que a estas revelaciones, aprobadas de esta manera, aunque no se les debe ni se les puede otorgar un asentimiento de la fe católica, se les debe, sin embargo, un asentimiento de la fe humana, conforme a las reglas de la prudencia, de acuerdo con las cuales tales revelaciones son probables y piadosamente creíbles» (De servorum Dei beatificatione, et Beatorum canonizatione 2, 32, 11). Benedicto XIV, resumiendo, dice tres cosas: 1) Que las revelaciones privadas no son objeto de «fe católica», lo que no quiere decir «la fe de los católicos», cuidado, sino «la fe que se presta a Dios y a su Palabra revelada». 2) Que, sin embargo, pueden ser objeto de fe humana, es decir, la fe que se le presta al hombre cuando se muestra fidedigno. 3) Que se puede no creer en tales apariciones y revelaciones «con tal que se haga —añade el papa Benedicto— con la modestia debida, razonablemente y sin llegar al desprecio». ¿Quién puede dudar que los papas, los Concilios, las congregaciones romanas, los teólogos, los obispos… tienen motivos para tanto recelo? Lo tienen. ¡Hay tantos neuróticos de lo maravilloso, prestidigitadores de milagros, visionarios de espantos, sobre todo si no comen bien o si con ello se imaginan al fin un poco importantes! ¡Y hay tantos vividores a costa de eso! ¿Cuántas de tantas pretendidas apariciones y revelaciones pueden ofrecer un mínimo de credibilidad? Las menos sin duda. Así que es de alabar ese prudente proceder de las autoridades. Pero también puede haber, allá en lo oscuro, otras motivaciones menos encomiables, como vienen a insinuar teólogos tan importantes como Karl Rahner e Ives Congar cuando defienden las apariciones en el sentido de que valoran a las personas y su relación directa con Dios y no lo limitan todo al magisterio eclesiástico y a la obediencia incondicional de sus fieles súbditos.
4. «Toda inspiración que confiesa que Jesús es el Mesías, procede de Dios»
Los recelos contra las apariciones y revelaciones privadas han ido perdiendo últimamente mucho terreno. Los últimos papas, de Pío XII a Juan Pablo II, se han proclamado devotos, por ejemplo, de la Virgen de Lourdes, de Fátima, de Guadalupe. Juan Pablo II visitó las Capillas de las Apariciones de la Medalla Milagrosa en 1980, cuando se cumplían los 150 años de las mismas. Teólogos como los dos citados ponen en tela de juicio el rigor eclesiástico tradicional en este asunto, por demasiado unilateral y restrictivo. El pueblo cristiano, aun sintiéndose muchas veces en soledad y contradicho en sus sentimientos e intuiciones, ha seguido adelante con sus advocaciones, fiestas y santuarios marianos, retomando el hilo de su devoción siempre que se le ha presentado la oportunidad de hacerlo, especialmente cuando ocurrieron las apariciones de la Medalla Milagrosa, como más adelante detallaremos. Un conferenciante del Congreso de Mariología celebrado en Roma en mayo de 1975, dijo: «Hace 25 años se profetizaba que hoy los santuarios marianos serían museos; pero siguen teniendo más vitalidad que nunca». Tampoco es caso de hacer una defensa indiscriminada y menos absoluta de las apariciones y revelaciones privadas: no indiscriminada, porque, como queda dicho, muchas son invenciones calenturientas y no lo merecen; y no absoluta, porque todas ellas son relativas a la Revelación pública realizada definitivamente en Jesucristo y no pueden añadir nada sustancial; sólo hacen más explícito y actual su contenido en ciertos aspectos que Dios quiere destacar según las circunstancias ocurrentes en ese momento de la historia de la Iglesia y de la salvación. La verdadera referencia es Cristo. San Juan lo dice con toda claridad en su primera carta, 4, 1-3: «Amigos míos, no deis fe a toda inspiración; sometedlas a prueba para ver si vienen de Dios, pues han salido en el mundo muchos falsos profetas. Para saber si una inspiración viene de Dios, seguid esta norma: toda inspiración que confiesa que Jesús es el Mesías venido en carne mortal procede de Dios, y toda inspiración que no confiesa a ese Jesús, no procede de Dios». Una aparición es verdadera cuando coincide con el misterio de Cristo. Según esto, ¿son verdaderas, son auténticas, las apariciones de la Virgen Milagrosa a Santa Catalina Labouré? Adentrémonos a continuación en este mundo maravilloso, pero sin prisas, pasito a paso.
5. «Fuerte, de talla media, sabe leer y escribir, su carácter parece bueno, el espíritu y el juicio no son brillantes, es piadosa y trabaja en la virtud»
Así describe su ficha de novicia a Catalina Labouré, precisamente por el tiempo en que se vio metida en ese acontecimiento sobrenatural de las apariciones. «Fuerte y de talla media» son datos físicos: nos la podemos imaginar. «Sabe leer y escribir, y el espíritu y el juicio no son brillantes» son datos intelectuales: había aprendido a escribir a los 18 años y su torpe estilo literario no se parecía nada al de Honoré de Balzac, por ejemplo, que sólo le llevaba siete años. «Su carácter parece bueno, es piadosa y trabaja en la virtud» son datos psicológicos y morales que acreditan solidez a su persona. El estudio de su vida nos dirá, efectivamente, que fue brillante en nada pero sólida en todo. Y esto es importante a la hora de intentar un juicio sobre la verdad de las revelaciones que tuvo.
Existe otra ficha de Catalina, expedida un año antes, más o menos, el 14 de enero de 1830, su ficha de postulantado, que es el paso previo al noviciado que tiene que dar una joven que aspira a la vida religiosa: «La señorita Labouré tiene 23 años, buena devoción, buen carácter, temperamento fuerte, amor al trabajo y es muy alegre. Comulga regularmente todos los días. Su familia es intachable por sus costumbres y probidad, pero de poca fortuna». Las dos fichas coinciden, si bien la segunda añade al menos dos datos interesantes: uno se refiere a su alegría —»es muy alegre»— y el otro es el «pero» final, el pero de la poca fortuna. Probablemente se refería la ficha a que su padre no había entregado la dote acostumbrada al entrar una joven en religión. Pero no había sido por su poca fortuna, sino por su mucho enojo al no poder impedir que por segunda vez una hija suya, esta vez Catalina, la fuerte y práctica, se le fuera al convento. La dote, aunque no completa, la aportó una cuñada suya, Juana Gontard, la casada con su hermano Huberto.
6. «Entre las dos haremos que la casa marche»
Catalina nace en un pueblito del centro de Francia llamado Fain-les-Moutiers. Nace el 2 de mayo de 1806. Sus padres son Pedro Labouré, que había sido seminarista, y Luisa Magdalena Gontard, que había sido maestra. Consta por testimonios escritos que eran «muy cristianos» y seguramente supieron educar bien a sus hijos. Cuando nace Catalina viven dedicados a las labores del campo: son pequeños propietarios y tienen lo suficiente. Catalina es el octavo de los diez hijos que les viven, de los cuales sólo tres son mujeres: María Luisa, Catalina y Tonina.
En la vida de cada ser humano hay hechos definitivos. Uno puede ser la muerte de la madre. Luisa Magdalena Gontard muere el 9 de octubre de 1815 y Catalina, a los nueve años y medio, sufre profundamente su orfandad pero no se resigna: la ven subirse a una silla, abrazar la estatua familiar de la Virgen y decirle: «Ahora tú serás mi única madre». Su hermana mayor, María Luisa, se hace cargo de las faenas domésticas, pero sólo por tres años: el 22 de junio de 1818 entra en el Instituto de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Catalina tiene sólo doce años, pero tampoco esta vez se arredra. Llama a su hermana Tonina y le dice: «Entre las dos haremos que la casa marche».
¡Y qué casa para hacerla marchar! La decisión de Catalina parece una presunción infantil, pero funciona. En un libro titulado «La Milagrosa», escribí: «La tarea es más que dura. Son muchos hermanos en casa, en verano se añaden hasta 14 temporeros, hay una granja con muchos animales. Es preciso cocinar, lavar, coser, llevar la comida a los trabajadores, a las gallinas, a los setecientos u ochocientos pichones. Siempre se destaca esta anécdota de las palomas del palomar de los Labouré revoloteando alrededor de Catalina. Poca poesía para tanto trabajo».
Los inicios de una vida marcan a la persona que la vive y anticipan casi infaliblemente su carácter. Precisar el carácter es necesario cuando hablamos de una persona que, en un momento determinado de su vida, se va a ver «asaltada» por múltiples visiones y revelaciones. Resulta fácil hacerse una idea, sólida y práctica. Sentimos la seguridad de que lo mismo le hubiera dado ser vidente que no serlo. Pero, si había de serlo, ¡manos a la obra!
7. «Con una experiencia y dedicación propias de más edad»
Así dice de ella un testimonio de sus paisanos. A los doce años la vemos haciendo que la casa marche y la vemos… haciendo penitencia y oración. Ayuna viernes y sábados. Todos los días va a la iglesia y reza de rodillas sobre el húmedo piso. Lo hace preferentemente ante el cuadro de la Inmaculada Concepción que está en una capilla restaurada precisamente a expensas de su familia. Alguien dirá más tarde que de este cuadro sacó la idea del anverso de la Medalla Milagrosa, pero ya veremos que no. Iba a misa con su familia a un pueblo cercano, Moutiers St. Jean, porque en su pueblo no había sacerdote de planta. E iba también, como las demás jovencitas, y con toda naturalidad, a las fiestas de los pueblos vecinos.
Pasan seis años y, cuando tiene 18, Catalina experimenta un sueño al que de momento no le da mayor importancia: ve a un sacerdote que la llama. Olvida el sueño hasta cinco años después, cuando , al entrar en una casa de Hijas de la Caridad, ve un cuadro sobre la pared y se sobresalta, porque reconoce en él al sacerdote del sueño. Se trata de San Vicente de Paúl, el fundador en las Hijas de la Caridad y de los sacerdotes de la Misión. Catalina confirma su propósito, ya tomado anteriormente, de ser Hija de la Caridad, es decir, de «entregarse a Dios para el servicio de los pobres».
No iba a ser fácil. Su padre se opone1ya era suficiente que se le hubiera ido la hija mayor!) y la manda a París a trabajar en el pequeño restaurante para obreros que administra Carlos, otro hijo suyo. Catalina va sin ascos, trabaja sin problemas, dirige el servicio, mantiene su decisión y su padre tiene que ceder. Antes de ir al Noviciado pasa por un internado que dirige su cuñada Juana Gontard, la que luego le pagaría la dote, para aprender a leer y escribir. Por fm, el 21 de abril de 1830 llega en coche de caballos al Noviciado de las Hijas de la Caridad de París.
8. «Era humilde, pequeña y pobre y por eso pudo elegirla el Señor»
Cualquier cristiano tiene una idea de lo que hace principalmente una joven en el noviciado de una congregación religiosa: trabaja, reza y estudia por partes más o menos iguales. Y tiene bastante tiempo para todo. La mayor parte de esas jóvenes pueden pasar por experiencias religiosas profundas, pero no suelen experimentar «fenómenos místicos extraordinarios», por ejemplo, apariciones y revelaciones. ¿Por qué los tuvo Catalina Labouré y no otras de sus compañeras? Pregunta inútil si las hay, pues la respuesta sólo la sabe Dios, cuyas elecciones no suelen coincidir con las de los hombres. En cualquier caso, sabemos por el Magnificat que Dios «pone los ojos en la humildad, en la pequeñez, en la pobreza», que de todas estas maneras se traduce a Lucas 1, 48. Al modo de la Virgen María, Catalina era humilde, pequeña y pobre, y por eso pudo elegirla el Señor.
Fuera del sueño que tuvo a los 18 años y de la visión de la Cruz en 1848, todas sus demás visiones y revelaciones ocurrieron en el tiempo de su Noviciado o Seminario, que duró del 21 de abril de 1830 al 31 de enero de 1831 y, más concretamente, ocurrieron de abril a diciembre de 1830. Santa Catalina tenía entonces 24 años.
En primer lugar vio el corazón de San Vicente de Paúl, «tres veces diferentes durante tres días seguidos», dentro de la Octava que siguió a la solemne traslación de las reliquias del santo desde la catedral de Notre Dame a la iglesia de San Lázaro. Esta iglesia está en la calle de Sevres, muy cerca de la calle del Bac, lugar del Noviciado de las Hijas de la Caridad. Después del traslado de las reliquias hubo una novena de oraciones en San Lázaro a la que asistieron las novicias. Cuando regresaba de allí a la capilla de su casa en la calle del Bac era cuando veía el corazón de San Vicente.
En segundo lugar vio a Cristo en la Eucaristía: «lo vi —nos dice— todo el tiempo de mi seminario, excepto cuando dudaba…». Lo vio especialmente el 6 de junio, fiesta de la Santísima Trinidad, y vio ese día cómo «Nuestro Señor era despojado de sus vestiduras y todo era derribado a tierra». Lo vio como un símbolo profético de la revolución de julio de 1830 y de la deposición del rey Carlos X.
En tercer lugar ocurrió la primera aparición de la Virgen a Catalina Labouré. Fue en la noche del 18 al 19 de julio, fiesta de San Vicente. La Virgen se le aparece sentada en un sillón y la novicia «se arrodilla sobre las gradas del altar, con las manos apoyadas en las rodillas de la Virgen» y escucha de sus labios una larga confidencia. Una confidencia maternal e íntima, que le revela a Catalina, justo una semana antes de la revolución de julio, las perturbaciones y desgracias que van a ocurrir y la protección que Dios y su Madre van a otorgar a la doble familia de San Vicente: las Hijas de la Caridad y los misioneros vicentinos.
Por fin, los ojos asombrados de Catalina pueden presenciar la segunda aparición que la Virgen le concede, es decir, la aparición de la Medalla Milagrosa.
9. «El 27 de noviembre, que caía el sábado antes del primer domingo de adviento»
Así comienza Santa Catalina uno de sus relatos de las apariciones de la Medalla Milagrosa. Ese día vio a la Santísima Virgen y la oyó hablar. Fue una visión como en dos dimensiones, plana, al modo de un cuadro; una visión que «dio la vuelta» a fin de que la vidente pudiera hacerse una idea de las dos caras, anverso y reverso, y entender el propósito de la Virgen de traducir la visión a una medalla que debería ser acuñada.
¿Qué vio Santa Catalina en el anverso de ese cuadro o medalla? Según sus escritos, la Santísima virgen:
- llevaba «un vestido liso de seda blanco-aurora sin costura»; «un velo blanco que le cubría la cabeza y le descendía por ambos lados hasta los pies»; y, «sobre su cabello liso, una especie de pañoleta terminada en un pequeño encaje aproximadamente de dos dedos de ancho»;
- tenía «el rostro bastante descubierto y sus ojos tan pronto se elevaban al cielo como miraban a la tierra; su rostro era bellísimo»;
- en sus manos, «elevadas a la altura del estómago de una manera muy natural», llevaba «una esfera o globo, con una crucecita de oro encima, que representaba al mundo, ofrecido por ella a Nuestro Señor»; y «sus pies se apoyaban en la mitad de otro globo»;
- de pronto, los dedos de aquellas manos que sostenían y ofrecían al mundo «se llenaron de anillos y piedras preciosas, de las que salian rayos de luz, siempre extendiéndose hasta llenar la parte baja, de modo que ya no se podían ver sus pies»;
- «en lo alto del cuadro, un poco ovalado, había estas palabras: Oh María sin pecado concebida, ruega por nosostros que recurrimos a Ti».
- Esto es lo que vio la Santa en el anverso de la Medalla. Pero a la vez escuchaba lo que la Virgen le decía:
- «Este globo que ves representa al mundo entero y a cada persona en particular».
- «Estos rayos de luz son el símbolo de las gracias que distribuyo a las personas que me las piden».
10. «Una traducción plástica popular de una aparición inefable»
Todo el mundo cristiano conoce la Medalla Milagrosa, la medalla más extendida, con mucho, entre todas las existentes. Y después de leer, contado por ella misma, lo que vio Santa Catalina, nos asalta la pregunta: ¿Dónde está, en el anverso de la medalla, el globo en las manos de la Virgen? ¿Dónde están, en el relato de Santa Catalina, las manos de la Virgen extendidas hasta el suelo? Algunos estudiosos dicen que hubo dos momentos o fases en la visión del anverso, que fue una visión «en movimiento» al modo de una pelicula: la Virgen del Globo fue dando paso insensiblemente a la Virgen de las manos extendidas. Pero la vidente no dice nada de estas cosas.
¿Qué fue entonces lo que ocurrió con el anverso de la medalla? Ocurrió lo que dice el título de este apartado: «una traducción plástica popular de una aparición inefable». Ocurrió lo que dice el mejor conocedor de las apariciones de la Medalla Milagrosa, René Laurentin: Que el P. Juan María Aladel, confesor de la vidente y responsable de la acuñación de la medalla, «tenía que traducir la visión y el programa de Santa Catalina a una medalla conforme a la vez al sentido y consignas del Arzobispo de París, a las reglas de la Iglesia y, por fin, a la capacidad del pueblo de Dios». Y las tres cosas: el deseo del señor Arzobispo, un hombre entusiasmado por la Inmaculada Concepción; las estrictas consignas de la Iglesia contra las novedades en imágenes y medallas; y la posible extrañeza del pueblo de Dios ante una representación desusada de la Virgen como era la Virgen del Globo, obligaron al P. Aladel a cambiar algunos detalles conservando lo esencial.
Supo efectivamente conservar lo esencial, lo que la Virgen quería. Se trataba ante todo de una medalla de la Inmaculada y ahí estaban la jaculatoria «Oh María sin pecado concebida» y los pies de la Señora aplastando la cabeza de la serpiente (no por escrito, sino de viva voz, dijo Santa Catalina que «había una serpiente de color verdoso con manchas amarillas»). Además el P. Aladel conservó los rayos de luz que salían de las manos de la Virgen y que eran el rasgo más novedoso de la medalla.
Por eso Catalina, aunque hubiera preferido un anverso como ella lo vio, no quiso que se cambiara. Sólo pidió, y con mucha inisistencia, que se esculpiera una imagen de la Virgen del Globo y se le levantara un altar en el mismo lugar donde ella se había aparecido. Los devotos de la Medalla no pueden olvidar esta imagen tan significativa.
11. «Bastante dicen la letra M y los sagrados corazones»
Después el cuadro dio la vuelta y Catalina vio el reverso de la Medalla. Dice que vio el reverso de la Medalla pero no lo describe; sólo refiere que «inquieta por no saber lo que había que poner en el reverso de la Medalla, un día, en la meditación, me pareció oír una voz que me decía: La letra M y los dos corazones dicen bastante». Quien así lo describe es su confesor: «En el reverso vio la letra M con una cruz encima, y debajo los sagrados corazones de Jesús y de María». Añadirá más tarde el P. Aladel que «uno de los corazones estaba rodeado por una corona de espinas y el otro traspasado por una espada». Aparecen también las llamas saliendo de los corazones, una barra que separa la cruz y la letra M de los corazones (iniciativa ésta debida únicamente al primer fabricante de la medalla) y aparecen, sobre todo, las Doce Estrellas.
Las Doce Estrellas no las menciona Santa Catalina en sus escritos autógrafos. Pero existe una «hoja instructiva» dedicada al pintor Letaille, quien iba a pintar el primer cuadro de las apariciones. Y en esa hoja, que al parecer contiene las instrucciones de la vidente, se dice que hay que poner «doce estrellas en torno a la cabeza de la Virgen». Además, la imagen de la Milagrosa en el anverso de la Medalla es sin duda una evocación de la Mujer del Apocalipsis (12, 1), «envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas». Parece ser que el primer orfebre de la Medalla se tomó la libertad de pasar las doce estrellas desde el anverso al reverso para darles mayor tamaño y visibilidad.
De esta manera nos encontramos con todos los elementos del reverso de la Medalla Milagrosa, que forman un conjunto impresionante por su sobriedad y profundidad. Arriba el signo más importante, la Cruz, como naciendo de la letra M e íntimamente entrelazado con ella. Debajo los dos Corazones, unidos por los signos —espinas, espada y llamas— del mismo amor. Y en torno las Doce Estrellas del Apocalipsis.
La Medalla Milagrosa se le aparece a Santa Catalina dos veces: una el 27 de noviembre de 1830 «junto al altar de San José», es decir, a la derecha según se mira al presbiterio de la Capilla; y otra seguramente en el mes de diciembre, esta vez «junto al tabernáculo, por detrás», es decir, en el centro y al fondo del altar. El P. Aladel supone una tercera aparición en marzo de 1831 y una cuarta en septiembre del mismo año, pero parece ser que atribuye las visitas que le hace su penitente al hecho de haber tenido nuevas apariciones, lo que no era cierto. Lo más seguro es el número de solo dos apariciones de la Medalla Milagrosa a Catalina Labouré.
12. «El misterio mariano queda increíblemente plasmado en la Medalla Milagrosa»
En el anverso de la Medalla Milagrosa vemos claramente grabados dos momentos bíblico-marianos: el Génesis (3, 15) y el Apocalipsis (12, 1), el principio y el fin de la Biblia, el principio y el fin de la historia de la salvación. En ambos interviene María.
En el reverso de la Medalla Milagrosa vemos con la misma claridad dos momentos evangélicos: la profecía mariana de Simeón (Lc 2, 35) y la entrega de su Madre que nos hace Cristo exaltado en la Cruz (In 19, 27).
En el reverso podemos ver la Navidad: al Hijo de Dios naciendo del seno virginal de María como la cruz nace de la letra M. Y podemos ver la Pasión: la pasión diaria de dos corazones unidos por el amor y el sufrimiento (llamas, espinas, espada) y la pasión final de Jesús en la Cruz y de María al pie de la Cruz. Todo como un resumen de la vida terrena de Jesús y María desde el principio hasta el fin.
En el anverso descubrimos a María en la Visitación, atendiéndonos como a Isabel y proclamando el magnificat de la predilección de Dios por los humildes del mundo que tiene en sus manos. Y podemos descubrirla en las bodas de Caná, intercediendo ante las carencias humanas necesitadas del vino abundante de los bienes del Señor. Todo como un resumen de su actividad de criatura glorificada la primera después de Cristo, «el primer fruto de los que duermen» (1 Co 15, 30).
Porque María aparece también en la Medalla como asunta al cielo y «tipo» o modelo de la Iglesia: revestida de sol, irradiando al «Sol de Justicia» que es Cristo, coronada de Estrellas y anticipando así «la gloria y el orgullo de nuestra raza». En mi libro «La Milagrosa» escribí: «El misterio mariano queda increiblemente plasmado en la Medalla. Vemos en el anverso su mediación, su realeza, su inmaculada concepción. Vemos en el reverso su maternidad divina, su íntima unión con el Hijo, su cooperación a la redención, su maternidad espiritual, su calidad de miembro-modelo-madre de la Iglesia, su asunción… Todo ello inserto bien a los ojos en las dos grandes dimensiones que garantizan la autenticidad de la devoción mariana: María en el misterio de Cristo y en el Misterio de la Iglesia. En la Medalla Milagrosa se condensan de igual modo los fundamentos bíblicos de la mariología y los pasajes marianos del evangelio. Desde el Génesis al Apocalipsis desfila el entramado de la historia de la salvación, donde un corazón humano, traspasado por una espada ardiente y dolorosa, se mantiene unido a un corazón divino, punzado de espinas y henchido de llamas».
Por todo ello la Medalla Milagrosa no «pasa». Es la traducción de una realidad de fe. Es una Biblia ilustrada, una Biblia de pobres. Es una iniciativa que contiene toda la mariología, que concentra lo máximo en lo mínimo, que es un símbolo de todo. Es el Evangelio de María. Es un inapreciable regalo que nos dio el Señor.
12. «La Medalla Milagrosa es un signo auxiliar de la contemplación y del compromiso»
Rene Laurentin, hablando de la Medalla Milagrosa, hace una disquisición muy interesante sobre monedas y medallas, palabras que tienen el mismo origen.
Las medallas, cuando se inventaron, eran discos de metal con la imagen de un dios. Enseguida los reyes y emperadores se creyeron dioses y pusieron su cara en las medallas. Y además la medalla se comercializó haciéndose moneda, instrumento de intercambio comercial. De una medalla que ligaba a Dios (religión viene de «ligare» o vincular a Dios), se pasó a una moneda que liga al dinero (la «religión» del dinero, el servicio a las riquezas). Fácilmente recordamos el dicho de Cristo: «No se puede servir a Dios y a las riquezas».
La medalla, así, pasó a ser, ya en el siglo XII, la moneda más pequeña, casi sin valor. Y también la moneda gratuita, la no comerciable, al estilo de las olímpicas y honoríficas.
La medalla, tan devaluada de esta forma a los ojos de los comerciantes (lo cual no quiere decir que algunos no comercien con ella), conserva por lo mismo muchos valores religiosos. En el caso de los católicos, nos recuerda a Cristo o a su Madre o a los santos, uniéndonos a ellos por la oración y la esperanza; nos garantiza su presencia, la perennidad de Cristo y la comunión de los santos; nos vale de insignia, de señal de identidad por una parte y por otra de proclamación de preferencias en los detalles del amor. Todo ello es perfectamente legítimo y humano.
Pero, sobre todo, la Medalla Milagrosa, lo mismo que un retrato, significa compromiso con la persona del retrato o de la medalla: compromiso de confianza y de servicio. Quien quiere llevar bien la Medalla Milagrosa se compromete a la oración, como la Virgen la pidió, y se compromete al servicio, como Dios lo pide. Un servicio que comienza, ineludiblemente, por la opción entre Dios y el dinero, símbolo de todas las idolatrías. La Medalla no es solo un signo de Dios, sino que lo es en oposición a la «moneda», al signo claro de lo que en este mundo tiene más capacidad de provocar la injusticia entre los hombres y la apostasía de Dios.
13. «Razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida tan dura»
Un biógrafo de Santa Catalina, Julio Chevalier, que la conoció y habló con ella bastante al final de su vida, escribe: «La aparición de 1830 señaló el fin de un período desastroso para la Iglesia de Francia. Fue el comienzo de una nueva era de misericordia y esperanza».
Parece una frase exagerada para una cosa tan pequeña como una medalla. Hay que recordar, sin embargo, que aquella época fue la epoca racionalista más fuerte de la humanidad, la época de la Ilustración, el «siglo de las luces», el tiempo de la «Enciclopedia», etc. La razón era la diosa de aquellos sabios y, como dice un artículo de aquel «diccionario razonado» que era la Enciclopedia, «la ignorancia y la barbarie introducen la superstición, la hipocresía la nutre con vanas creencias, el falso celo la extiende y el interés la perpetúa». Asi que el pueblo pobre cristiano del siglo de las luces, asido a sus imágenes, medallas o rosarios, es calificado de ignorante, bárbaro, supersticioso, hipócrita, ceremoniero, fanático y, además, interesado.
José María Román estudió hace algunos años la «Misión histórica de la Milagrosa» en una ponencia lúcida (cf. Anales, tomo 81, número 10, noviembre-diciembre 1973). Veamos un resumen libre de algunos de sus puntos, los que se refieren a las circunstancias históricas de aquel momento:
El mundo está en plena época revolucionaria. La revolución francesa de 1789 ha sido derrotada política y militarmente, pero sus ideas perviven y socavan la restauración monárquica de Luis XVIII y Carlos X. Carlos X es el rey que visita en la Iglesia de San Lázaro las reliquias de San vicente de Paúl que acaban de ser trasladadas a ella desde Notre Dame. La fecha del traslado es el 25 de abril de 1830. Catalina Labouré acaba de ingresar al Noviciado exactamente cuatro días antes, el miércoles 21 de abril. En la procesión que escoltaba las reliquias participaron ochocientas Hijas de la Caridad, entre ellas Catalina Labouré. Cuando Carlos X va a San Lázaro, es recibido con todos los honores por el Superior General de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad. Seguramente nadie sospechaba aquel día que sólo le quedaban tres meses de vida al Antiguo Régimen. El gobierno de Carlos X, por excesivamente reaccionario, provoca las iras del pueblo y se producen, el 27, el 28 y el 29 de julio las llamadas Tres Jornadas Gloriosas, que ponen fin al reinado de Carlos X y proclaman rey de Francia, el 8 de agosto, a Luis Felipe de Orleans. La revolución de 1830 fue mucho menos violenta y antieclesiástica que la de 1789, pero va a ser irreversible. La ola revolucionaria no sólo va a inundar a Francia, sino a todo el mundo.
Los católicos están atemorizados. Desde 1789 han vivido muchos días de terror y de impiedad y han presenciado un proceso creciente de descristianización. La Ilustración, el Positivismo, el Racionalismo se han enseñoreado con prepotencia y alarde del campo de las manifestaciones públicas. Las órdenes religiosas, expulsadas de Francia desde 1780, han sido restauradas, pero todavía están lejos de su antiguo vigor. Catalina Labouré también vive asustada. Acaba de llegar de su aldea, su familia es campesina y venera al rey, su padre es monárquico convencido y su hermano mayor, Huberto, pertenece a la escolta real. Su familia religiosa lo mismo, por lo que se acierta a entender a propósito de la visita de Carlos X a San Lázaro. Estos sentimientos de la vidente explican el clima de la primera aparición de la Virgen María la noche del 18 al 19 de julio de 1830, a seis días de la Primera Jornada Gloriosa. Era completamente natural esta situación de los católicos en aquel momento, pues no podían adivinar que de todos aquellos acontecimientos iba a surgir un mundo nuevo, «en el que la Iglesia y el cristianismo hallarían una nueva primavera y otra manera de estar en el mundo». La Iglesia se alzará pronto sobre nuevas bases: la aceptación del hecho del nuevo orden político-social; el nuevo pensamiento católico (Newman en Inglaterra, Lacordaire en Francia); la expansión misionera por Africa, China, la India; el catolicismo social, iniciado por Federico Ozanam, discípulo de Vicente de Paúl; la unidad en torno al papa, etc.
La doble familia espiritual de Catalina Labouré —Hijas de la Caridad y Congregación de la Misión— pasa por un momento extremadamente difícil. Las dos congregaciones fueron prácticamente destruidas por la revolución francesa, sus miembros tuvieron que dispersarse, bastantes de ellos (cuarenta misioneros y casi el mismo número de Hijas de la Caridad) sufrieron martirio. Bajo el régimen de Napoleón intentaron reunirse, sin haberlo conseguido del todo aún en 1830. Desde 1800 a 1827 viven realmente divididos. Poco antes de las apariciones, el 16 de noviembre de 1827, tiene que intervenir el papa León XII para nombrar por procedimiento extraordinario a un Superior General de la doble familia. Y por fin, el 18 de mayo de 1829, puede ser elegido un nuevo superior General en la persona del P. Salhorgne. Un año después habrá ocurrido el hecho trascendental de la traslación de las reliquias del santo fundador y estarán a punto de iniciarse las manifestaciones de la medalla Milagrosa.
Surgió entonces el renacimiento de las dos congregaciones, el inicio de su reconstrucción constitucional, espiritual y apostólica; fue, verdaderamente, un nuevo nacimiento (cf. Philipe Roche, «La influencia de la Medalla Milagrosa en la familia vicenciana», en «Las apariciones de la Virgen María a Catalina Labouré», Ed. Ceme, 1981). Pero no fue ésta la única misión, ni la más importante, cumplida por la medalla Milagrosa. Además, reanimó el movimiento mariano de la Iglesia, en su contenido y por el movimiento que desencadenó en favor de la proclamación del dogma de la Inmaculada. Y suscitó, en parte, un proceso de recuperación de la Iglesia, de nuevas bases para un cristianismo de nuestro tiempo.
Y es que Dios siempre ha tornado el partido del pueblo pobre.
Una vez dijo Jesús a sus discípulos, ninguno de los cuales iba a escribir en la Enciclopedia: «A vosostros se os ha concedido entender los secretos del Reino de Dios y, en cambio, no se les ha concedido a los sabios de este mundo… Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender». Y entonces, en medio de aquel siglo de las luces de la razón, envía a la Santísima Virgen para que le diga al mundo una parábola. Y la Virgen le dice la parábola de la Medalla milagrosa.
¿Quiénes la entendieron? Pues sólo quien podía entenderla: el pueblo sencillo abierto a Dios. Este pueblo, retraido ante el alarde de tanto racionalismo, conecta inmediatamente con el mensaje de la Medalla y sale a la calle jubilosamente, sanamente revolucionado en aquel siglo de revoluciones e inicia el renacimiento de lo que hoy llamamos la religiosidad popular o la piedad popular. «La religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia. La sapiencia popular católica tiene una capacidad de síntesis vital; así, conlleva creadoramente lo divino y lo humano, Cristo y María, espíritu y cuerpo, comunión e institución, persona y comunidad, fe y patria, inteligencia y afecto. Esa sabiduría es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo, y proporciona las razones para la alegría y el humor en medio de una vida tan dura».
Así dice el número 448 del mensaje de los Obispos reunidos en Puebla y en eso le hace abundar la Medalla Milagrosa al pueblo cristiano. La Medalla Milagrosa le ayuda a encontrar lo que él necesita y busca: un conocimiento a su medida de los misterios cristianos, un instrumento de oración, un signo de predilección y protección, un incentivo de servicio y, por tanto, «razones para la alegría y el humor aún en medio de una vida tan dura».
14. «Se siente uno inclinado a pensar que este acontecimiento manifiesta algún secreto designio de Dios para mayor gloria de la madre de su Hijo»
Así reza una de las conclusiones de la «Encuesta-Quentin». Pedro Quentin era el nombre del Canónigo, vicario General y Promotor de la Arquidiócesis, a quien el Arzobispo de París puso al frente de una Comisión, constituida el 12 de febrero de 1836 y encargada de investigar el origen, proceso y autenticidad de la Medalla Milagrosa.
El informe que rinde el Canónigo Quentin trata de tres cosas que le parecen humanamente inexplicables y que, a su juicio, garantizan la autenticidad del acontecimiento. Las tres cosas son: la fabricación y venta de la Medalla, la publicación y difusión de una Reseña o escrito sobre la misma, y los beneficios que la Medalla ha dispensado. Veamos algo sobre cada una de estas tres cosas sorprendentes.
Primera: El Sr. Vachette, primer fabricante de la Medalla, atestigua a la Encuesta Quentin que, entre junio de 1832 y febrero de 1836 se habían acuñado 2.047,238 medallas en sus propios talleres, 8 millones en los talleres de cuatro fabricantes de Lyon, 2.200.000 entre once fabricantes de París cuyos nombres da. Asegura, además, que la medalla se ha acuñado en Toulousse, Marsella, Vannes y Burdeos. Y también en el extranjero: Bruselas, Lieja, Coutray, Ginebra, Turín, Módena, Bolonia, Roma, Nápoles y hasta en Londres. No tiene idea de su número. Cuenta el señor Vachette que al principio había tenido fuertes discusiones con algunos fabricantes «piratas» de la Medalla, pero que pronto lo había dejado, porque no daban abasto entre todos. Aparte del testimonio del señor Vachette, se sabe ciertamente que, antes de la muerte de Santa Catalina el 31 de diciembre de 1876, se habían distribuido por todo el mundo más de mil millones de medallas. Con razón concluye el Canónigo Quentin que «sin miedo a que se nos contradiga podemos afirmar que la fabricación y venta de la Medalla constituye un hecho extraordinario».
Segunda: La «Reseña histórica sobre el origen y efectos de la Nueva Medalla» la publicó el P. Aladel, en su primera edición, en agosto de 1834. Para 1842 habían salido ocho ediciones. No consta el número de ejemplares de las dos últimas, pero las seis primeras totalizaron 123 mil ejemplares «sin contar las traducciones italiana, inglesa, flamenca, española, alemana, griega y china». También el Canónigo Quentin se siente obligado a calificar esta difusión como «un hecho verdaderamente sorprendente y extraordinario».
Tercera: En el Archivo de los misioneros de San Vicente de Paúl en París existe todo un depósito de cartas procedentes de muchas partes del mundo que atestiguan la protección prodigiosa de la Medalla en los primeros años, desde 1834 a 1860. El responsable del Archivo lo resumió así: «A esta Medalla parece que ninguna enfermedad se le resiste: a su contacto, súbitamente o después de una novena, vemos desaparecer la locura, la lepra, el escorbuto, la tuberculosis, los tumores, la hidropesía, la epilepsia, las hernias, la parálisis, la fiebre tifoidea y las demás fiebres, el cáncer, las fracturas, las escrófulas, las taquicardias, el cólera… En el orden espiritual y con la misma variedad: conversión de pecadores endurecidos, protestantes, judíos, apóstatas, incrédulos, francmasones, malhechores, cómicas… Una tercera categoría comprende los hechos de protección y preservación con que la Medalla Milagrosa ha limitado los efectos desastrosos de la guerra, naufragios, accidentes, duelos…». No existen comprobantes científicos de la mayor parte de estos casos y seguramente muchos no serían milagrosos. Como dice un autor, quienes dan testimonio de las curaciones y conversiones obradas en ellos, sólo repiten lo del ciego de nacimiento: «Lo único que sé es que antes era ciego y que ahora veo» (Jn 9, 26). Y esto fue suficiente para que el pueblo pusiera á aquella Medalla el nombre de «Milagrosa». El Canónigo Quentin termina así su informe: «Los favores sorprendentes, las gracias singulares que la confianza de los fieles ha conseguido se nos presentan como otros tantos medios con los que el Cielo parece haber confirmado la realidad de la visión y la verdad del relato».
15. «La autenticidad de su vida confirma la de las apariciones»
Nada de exhibicionismo en la vidente de las apariciones de la Medalla Milagrosa. Se las contó por necesidad a su confesor, pero le exigió que jamás se supiera su nombre. Y su confesor no se lo dijo a nadie. Sólo al final de su vida lo supieron otros dos confesores de Santa Catalina y la superiora de su comunidad, Sor Juana Dufés.
Nada de neurosis. Era una campesina realista y eficaz, no mezclaba las apariciones con su actividad diaria, llevaba una vida perfectamente organizada, la llamaban la «Hermana Regular».
Nada de tibieza. Es una santa canonizada. Pero antes de serlo fue una verdadera Hija de la Caridad, una cristiana con «gusto por los pobres», con amor comprobado. Su único destino, desde que salió del Noviciado hasta su muerte, fue la Residencia de Ancianos de Enghien, en la que, durante 45 años, estuvo a su servicio en la cocina, la lavandería, la vaquería, el gallinero, el palomar y en toda la casa. Su equilibrio de espíritu, su estabilidad en el trabajo y su caridad plena asombran al espectador de su vida y garantizan la verdad de su relación con Dios.
René Laurentin afirma: «Un buen uso de la crítica histórica (con la simpatía y la sensibilidad hacia las realidades de la fe y la experiencia cristiana, sin las que nada en la historia se comprende, especialmente en la historia religiosa) establece los hechos de las apariciones de la Medalla Milagrosa de manera seria y convincente, con derechos idénticos a los de los hechos históricos que todos admiten».
16. «La verdad simbólica de María y la Medalla Milagrosa»
Lo que creemos de la Virgen María tiene que ser verdadero. Pero no exclusivamente con verdad histórica: la que se apoya en hechos que se pueden verificar; ni exclusivamente con verdad teológica: la que se atiene a los datos de la revelación; sino también con verdad simbólica: la que, contando con los hechos históricos y los datos de la revelación, nace de la experiencia humana.
Para la experiencia humana del pueblo cristiano, la Virgen María es un gran símbolo en el que todo lo cristiano se condensa, en el que lo mejor del alma cristiana de todos los tiempos y lugares se ha realizado, en el que encuentra su cauce el ideal de superación de la humanidad, en el que se da la integración más perfecta de todo lo humano con Dios, en el que la Iglesia real ve su ideal cumplimiento. Así lo viene a decir el Concilio Vaticano II (LG 52, 63), así el papa Pablo VI en su exhortación sobre el Culto a María (35-37), así muchos teólogos excelentes.
Se ha dicho que «la historia del pensamiento ha dado preponderancia a la razón sobre el símbolo: el símbolo era la noche o la caverna y la razón la luz». De nuevo tropezamos con el racionalismo y con sus «luces». Pero también el pensamiento del pueblo es historia del pensamiento, aunque menos contada. Y el pueblo piensa con símbolos y habla con poesía y por eso descubre, además y más que la verdad razonada, otra verdad acaso más profunda que responde a su propia esperanza y llena su vida de gozoso sentido.
La medalla Milagrosa es núcleo de símbolos y matriz de poesía. Aparentemente se reduce a un conjunto de trazos escuetos como si se tratara de concentrar en dibujos infantiles unos cuantos pasajes bíblicos. Pero como en los dibujos escolares, cuando cordialmente se la observa brotan de seguido el encanto, la profundidad y el misterio: el encanto de la madre, la profundidad de su misterio cristiano y eclesial, la sugerencia de horizontes que desde la raíz de la tierra se desplazan hasta el corazón del cielo. La Medalla Milagrosa es un regalo de Dios por medio de la Madre de Dios. Un regalo para la oración, el conocimiento, la esperanza, la superación, el compromiso, el amor. Un regalo para todos, especialmente para los pobres de que habla el Evangelio. Es una Buena Noticia para los pobres (Lc 4, 18).






