Últimas fundaciones (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Benito Martínez · Year of first publication: 1996 · Source: CEME.
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cartelAprobación oficial de la Compañía

Un mes después de haber salido las Hijas de la Caridad para Cahors, el 16 de diciem­bre de 1658, Luisa se sintió alegre, emocionada, feliz. Ese día, le comunicaron que el Par­lamento acababa de registrar las Cartas Patentes que un año antes (noviembre de 1657) había firmado Luis XIV, aprobando la Compañía en Francia y en todos los países que de­pendieran de él. Se había tardado, pero al fin, veía realizados sus ideales. Su coraje no fue inútil. Unos días antes, el 7 de diciembre, había pedido al superior Vicente de Paúl que estuviera de acuerdo en «reconocer siempre a la santa Virgen como úni­ca Madre [de la Compañía], ya que su Hijo no había permitido hasta el presente que ni una sola [Hija de la Caridad] usurpara ese nombre en público» (c.662).

Sor Bárbara Angiboust

Aunque no la paz, la alegría le duró poco, quince días. El último día del año, recibió una noticia tristemente horrible: el 27 de diciembre de 1658, a las 7 de la mañana, había muerto Sor Bárbara Angiboust, amiga de verdad y compañera fiel desde los co­mienzos de la Compañía. Sólo, tenía 53 años al morir, 14 menos que ella. Era una de las poquísimas que había quedado de aquel pequeño grupo de los inicios. Ella, Luisa, aún re­sistía.

Recordó aquellos primeros años, cuando todo era incierto e inseguro. Ahora, la Com­pañía estaba asentada en la Iglesia y en la sociedad. Recordó el carácter de su amiga: Her­mana ejemplar que arrastraba y mejor Hermana Sirviente que convencía. Era, fue una Hi­ja de la Caridad modelo; observante de las Reglas y defensora de los pobres. De poca sa­lud y gastada por el servicio de los pobres. Enérgica y recta, lograba por su bondad y en silencio, que se cumplieran las normas, en especial la de no permitir que entraran los hom­bres en la parte dedicada exclusivamente a las Hermanas. Luisa la felicitó varias veces.

Su último destino, en agosto de 1657, fue a Cháteaudun, y allí puso orden, reforma lo llamó Luisa, con la oposición de la gente que tenía la costumbre de entrar y salir de la vivienda de las Hermanas (c.646). Luisa le escribió muchas cartas. Lo pasaba bien es­cribiéndole. Le daba noticias de su hermana carnal, Sor Cecilia, de la Casa, de las obras, de los destinos, de sus compañeras.

Le vino a la memoria las veces que echó mano de ella para destinos delicados, como St-Germain-en-Laye o Richelieu, sustituyendo nada menos que la presencia de la señori­ta Le Gras. En Richelieu, la corrigió por su rectitud exagerada y su inflexibilidad. Todo se olvidó. Lo que no pudo olvidar Luisa fue aquel momento en que le encargó visitar por los pueblos a los niños abandonados que habían colocado en las casas de las nodrizas. Vi­sita sacrificada por la necesidad de andar caminos peligrosos, incómodos y lejanos; visi­ta inteligente por los informes que redactaba y engaños que descubría. A Luisa, le impre­sionó la bondad que manifestó en los galeotes, cuando le tiraron la comida y ella la reco­gió con bondad y paciencia.

Más reciente era la estancia en Bemay. Tan sólo, hacía cuatro años. Se iba a levantar un hospital nuevo. Luisa aprovechó para manifestar su pensamiento sobre los hospitales: Un hospital es necesario en las ciudades, pero no tanto en los pueblos, a no ser que no se obligue a ingresar a quien no lo desee, pues más beneficioso es visitarlos en sus casas (la medicina en el siglo XVII estaba como en la alta Edad Media: más que curar, los hospi­tales recogían a los moribundos). Segundo, hay que visitar y curar a los pobres vergon­zantes que, seguramente, se oponían a ir a los hospitales, generalmente para pobres. Ter­cero, aunque el hospital sea nuevo, la vivienda de las Hijas de la Caridad debe ser pobre y sus muebles humildes. Y cuarto, solamente, en caso de mucha necesidad, deben con­tratar empleados seglares.

Luisa la felicitaba por lo bien que llevaba las comunidades. Nunca le causó problema alguno, pues ella los solucionaba a base de pedir perdón todas las semanas y repetir la ora­ción, en alto.

La correspondencia entre las dos fue abundante, comunicándole la santa, noticias de toda clase, de la familia, de las compañeras, de las comunidades, de las obras, etc.; y man­dándole que pasase Visita a las comunidades de Ste-Marie-du-Mont y de Varize. Sor Bár­bara nos demuestra el cariño y el respeto que sentía por Luisa, conservando la mayoría de las cartas que recibió de ella.

Con estos recuerdos de su hija amada, le pide a Vicente de Paúl que diga en la iglesia de los PP. Misioneros «una misa cantada por ella como muy antigua en la Compañía y fi­delísima a su vocación; todas las Hermanas serían invitadas, y yo creo —resalta— que les será de gran consuelo y de animación a obrar el bien».

Narbona

Luisa no podía detenerse. Nerviosa, era pura actividad y aún, le quedaba bastante que hacer. Desde hacía años, la familia Fouquet le pedía Hijas de la Caridad, y no podía re­trasar por más tiempo la respuesta. La apremiaba la señora Fouquet, María de Maupéon, sacrificada Dama de la Caridad, para dos de sus hijos. Uno, Nicolás, había sido Procura­dor General, y en 1659, era superintendente de Finanzas. Por París, se decía que, por me­dios no siempre totalmente lícitos, había adquirido una considerable fortuna que le per­mitió construir el fantástico palacio de Vaux-le-Vicomte. Pedía las Hijas de la Caridad pa­ra atender a los pobres de este lugar. Poco se sabe de esta fundación, tan sólo, que en sep­tiembre de 1659, Luisa le pedía a Vicente de Paúl «uno de sus domésticos u otra persona para ir a caballo hasta Vaux», pues una Hermana saldría al día siguiente al rayar el alba.

El otro hijo era Francisco Fouquet, obispo de Bayona en 1636, de Agde en 1643, co­adjutor de Narbona en 1656 y titular en 1659. En 1656, ya las había pedido para su dió­cesis de Agde, pero al tomar posesión de la diócesis de Narbona las prefería para esta ciu­dad. En concreto, no sabía en qué ocuparía a las Hermanas, ni Luisa tampoco. Sólo, sa­bían que quería tener Hermanas para servir a los pobres, y pobres ciertamente, abundaban en Narbona.

El 12 de setiembre de 1659, salieron para Narbona tres Hijas de la Caridad acompa­ñadas por tres misioneros paúles: Francisca Carcireux, Ana Denoual y María Chesse. En la expedición, iba también Sor María Marta Trumeau, con destino a Cahors. Llevaban la obediencia o salvoconducto avalado por la firma de Vicente de Paúl y la del P. Portail. Ese mismo día, el superior Vicente le comunicó al Arzobispo la salida de las Hermanas.

Tanta atención la exigía, no cabe duda, la categoría del arzobispo y de la familia Fou­quet, pero también, la lejanía del destino, el más alejado de París: unos 900 kms. Una car­ta tardó 21 días en llegar a París. No es de extrañar que la señorita Le Gras, de temperamento nervioso, inquieto y apresurado, les escribiera tres días después una carta con esta dirección: «A mi queridísima Sor Carcireux que va a Narbona, o mejor, de ca­mino a Narbona». Tenía que precisar, porque la inquietud se le volvía miedo a no sabemos qué.

Comienza la carta con ternura espontánea, sabiendo lo lejos que van sus hijas: «Que­ridísimas Hermanas, habiendo sabido que aún podía hablaros por el camino, no he queri­do perder esta ocasión para aseguraros a todas que la lejanía del cuerpo no impide la pre­sencia del espíritu entre las personas que el Señor ha unido con el lazo de su santo amor, que cada vez es más fuerte a medida que aumenta en nosotras». Siguen una serie de recomendaciones para el camino: la responsable del grupo es Sor María Marta que va a Cahors, pero ésta debe obedecer a la madre María Teresa, salesa, que las acompaña. Na­tural, era la hermana del arzobispo. Termina la carta otra vez, con unos consejos para el servicio de los pobres enfermos. Si el arzobispo funda un hospital, que no se olviden de los pobres vergonzantes «que nunca irán al hospital por mucha fuerza que se les haga». De nue­vo, tiene presentes a los ricos caídos en la pobreza. En cierto modo, eran su retrato.

En Narbona, encontraron de todo, desde la alegría hasta el abandono. Y tuvieron que «disponerse a sufrir». El pueblo era susceptible, agudo y burlón. Pronto, se percató de la presencia de aquellas mujeres vestidas a la moda de París; sospecharon de su vida, mur­muraron de ellas y las abuchearon. En una palabra, las tuvieron en «mal olor».

Nada más llegar, las alojaron en una casa donde estaban recogidas mujeres de mala vida. El tiempo que vivieron en esta casa escucharon diariamente risas, burlas e impro­perios. Las ironías de la gente y de las recogidas iban directamente contra Sor María, jo­ven de 22 años. Nació así, una correspondencia entre las hijas y su madre Luisa. Las hi­jas querían desahogarse con ella y Luisa las sacaba de la angustia con el consuelo y los consejos más apropiados. Les propone cobijarse en la providencia, seguir a nuestro Señor y participar de su cruz; las anima a vivir unidas a través del aguante, la cordialidad, la de­ferencia y la humildad.

Más duros resultaron los meses siguientes, cuando el arzobispo distribuyó entre las Hermanas el trabajo y los barrios. Hubo que separarse y a Sor María le tocó quedarse ella sola en la casa de recogidas.

La separación parecía por poco tiempo, sin embargo, a finales del año 1659, seguían separadas. Ahora, es Luisa quien se intranquilizaba. Por las cartas de Sor Francisca, creía que aún seguían separadas. Se metió de lleno en esta comunidad tan lejana y peli­grosa, y se puso a organizarla: No debían asumir un trabajo excesivo si ello comportaba contratar personal externo; en caso de necesidad ineludible, el personal no debía liberar­las a ellas ni hacer labores en la comunidad. La Hermana Sirviente debe trabajar como sus compañeras, pues hay gran «diferencia entre una Hermana Sirviente que dice: ‘hagamos’ y otra que se contenta con decir: ‘haced’ y no pone la mano en la obra». Evitar las visitas a señoras de condición; las Hijas de la Caridad están para los pobres, y si les sobra algo de tiempo después del servicio hay que emplearlo o bien para ganar un dinero para los po­bres o en instruir a los enfermos.

La familia Fouquet le pidió Hijas de la Caridad, también, para otro de sus feudos: Be­lle Isle. Isla hermosa en verdad, cerca de la costa meridional de Bretaña. Pero Luisa no lo vio; cuando llegaron allá las Hermanas, Luisa ya había muerto. Dolorida, tampoco pudo aceptar por falta de Hermanas otras fundaciones. Rechazó la proposición que le hizo en 1656 Clara Clemencia Maillé-Brézé, sobrina de Richelieu y esposa del Gran Condé, Luis II de Borbon-Condé, príncipe de sangre, vencedor de los tercios españoles en Rocroi y de los imperiales en Lens. La princesa le presentó una propuesta tentadora: puesto que usted —le viene a decir— se disculpa diciendo que no tiene Hermanas, yo le envío jóvenes, us­ted las prepara, las hace Hijas de la Caridad y me las devuelve. Luisa no podía aceptar un mercado tan original. Y le escribe: «Usted hará una gran caridad, dando medios a algu­nas jóvenes que desearían servir y retirarse del mundo», pero yo no puedo aceptar la pro­puesta porque se necesita mucho tiempo en formarlas» y porque «deben tener la intención de vivir y morir en la Compañía… aunque no solemos enviarlas a su país».

Muchas fueron las nuevas fundaciones y duro dirigirlas y, a veces, organizarlas, pero, a pesar de todo, era bonito y entretenido. Más ingrato era animar a las comunidades ya existentes. A lo largo de los últimos cuatro años, sobre el escenario espiritual que hemos visto, Luisa volvía a la rutina de acompañar, animar, organizar y solucionar los proble­mas de muchas comunidades y de Hermanas esparcidas por Francia y Polonia. A todas, les recalca unos puntos comunes: buscar la perfección, habituarse a las virtudes propias de la Compañía, la pastoral vocacional, examinando detenidamente a las candidatas. Pe­ro sobre todo, servir esmeradamente a los pobres, sin olvidar a los pobres vergonzantes. Si desde el día en que conoció a Vicente de Paúl, los pobres se alojaron en su alma, al fi­nal de su vida, forman una parte constitutiva de su ser porque es esa la voluntad de Dios y sólo, cambiaría sin replicar si Dios le manifestara por medio de su director que ésa es la voluntad de Dios, aunque no le impediría «tomarse la libertad de decir las razones que se le presenten a su espíritu». Todo esto, lo escribe salpicándolo de noticias de los parientes, de la Compañía y de las nuevas fundaciones.

Comunidades antiguas

Sin poder soslayar las situaciones agradables o desagradables de las comunidades ya establecidas, y sin quererlo por otra parte, Luisa afrontó los problemas de siempre, sin dar la sensación de ser repetitivos y por ello, tratarlos de una manera rutinaria. Los problemas eran los de siempre, pero las Hermanas que los aguantaban eran distintas. Luisa sabía que ésta era la clave de cualquier animación: que el peso de un problema no se mide por el que los contempla sino por el que los sufre.

La comunidad de Angers continuaba bien dirigida por Sor Cecilia y enfervorizada por el Abad de Vaux. El bueno de Lasnier continuaba siendo el sostén de la comunidad. A él, escribió Luisa frecuentes cartas en estos cuatro años, agradeciéndole su labor y animán­dolo a no abandonar. Continúa dándole autoridad de parte del señor Vicente, bien para permitir a Sor Claudia renovar los votos «si la ve en disposiciones para renovarlos», bien para hablar con los administradores tocante al aumento del número de Hijas de la Cari­dad en el hospital. En abril de 1656, después de hablar con San Vicente, Lui­sa pensó cambiar a la Hermana Sirviente. Desde 1648, Sor Cecilia Angiboust, la herma­na pequeña de Sor Bárbara, llevaba la responsabilidad de la comunidad. Era tiempo sufi­ciente para que volviera a París a revivir el espíritu de la Compañía. Luisa lo preparó con el Abad de Vaux: le consultó quién podría sustituirla y cómo se podría hacer el cambio. Él era su animador y conocía bien a las Hermanas. Año y medio, se tardó en encontrar una sucesora capacitada. Por fin, el 1 de setiembre de 1657, Luisa envió carta de destino, firmada por Vicente de Paúl a Sor Cecilia quien, sin haber llegado la nueva Hermana Sirviente, salió para Richelieu y luego hacia París a donde llegó el 2 de noviembre. El P. Berthe estaba pasando Visita y nombró Hermana Sirviente interina a Sor Claudia Carré hasta que llegase desde París la nueva Hermana Sirviente, Sor Estefanía. Todo, sin que se note una palabra de angustia en las cartas de Luisa. Angers podía caminar sola.

A Nantes, la llevaba en ese lugar del corazón donde se refugian los sobresaltos. Al ha­cerse cargo de la marcha de la comunidad Sor Nicolasa Haran, las relaciones entre la co­munidad y los administradores parecían tranquilas, pero era una calma superficial. La sus­picacia se escondía en las actuaciones de cualquiera. Sin embargo, había una calma apa­rente. A Luisa, las Hermanas sólo le pedían un poco de consuelo y esto no le era difícil a Luisa. Estaba habituada a hacerlo siempre que recibía una carta de Nantes. Parece, no obs­tante, que al final de su vida, Nantes se va calmando.

A pesar de la espiritualidad del abandono, del anonadamiento, del desprendimiento que al final de su vida le iba resurgiendo desde lo hondo de su ser, como en los años de su juventud, Luisa intentó siempre que sus hijas vivieran contentas y felices. La felicidad in­terior no se opone al desprendimiento voluntario. De ahí, que dé noticias en sus cartas de los parientes como, ahora, en Nantes lo hace con Sor Francisca Ménage, de sus otras tres hermanas, Hijas de la Caridad, también, Catalina, Magdalena y Margarita. Pero todo, sin embargo, subordinado al bienestar de los pobres. Es lo que sucedió en Richelieu. Allí, vi­vían desde hacía años, contentas, unidas y en paz Sor Francisca Carcireux y Sor Carlota; y al final de su vida, Luisa tuvo que romper su felicidad por causa de los pobres de Nar­bona que necesitaban a Sor Francisca de Hermana Sirviente. El dolor de Sor Carlota fue duro, ya que, además de quitarle a su amiga, se encontró sola para la escuela y la visita a los enfermos por las casas.

Con una naturalidad espontánea por haberlo escrito infinidad de veces, después de ha­ber animado a las Hijas de la Caridad de Nantes o de Angers, reflexionaba lo que debía escribir a otras comunidades que le habían presentado sus problemas, o se adelantaba a escribirles ella si las Hermanas tardaban en escribirle. Y es que, Luisa conocía a las Her­manas y sabía todos sus problemas. Por ejemplo, sabía que los problemas de Chantilly y de Briennes eran económicos. Chantilly, la antigua posesión de Condé y ahora confisca­da por el rey, continuaba con la demora en enviarles dinero: 200 libras de atrasos. Luisa se empeñó en cobrarlas con la ayuda del capellán. Era su obligación, pues era un dinero para los pobres. No obstante esta demora, las Hijas de la Caridad vivían bien y unidas; y tenían para poder enviar a Luisa algunos pequeños regalos, como un exquisito pescado, por más que ella prefiriera que se lo diesen a los pobres».

Luisa sintió un dolor resignado cuando se vio obligada, de nuevo, por los pobres, a romper esa unión y destinó a una Hermana y Sor Genoveva quedó sola por algún tiempo. Procuró que no fuera durante los carnavales que podrían dar un disgusto a Sor Genoveva. Con todo, la angustia y el dolor por quedar sola, aumentaba porque Sor Genoveva no sa­bía leer ni escribir, lo cual era quedar aislada de la Compañía. Luisa le prometió que pron­to le enviaría una compañera que supiera leer y escribir.

En Brienne, las cosas seguían su curso ordinario, tan sólo con una pega: la buena Da­ma de la Caridad, la condesa de Brienne se retrasaba en enviarles el dinero de la funda­ción y las Hermanas pasaban hambre. Como le sucedería a cualquier vecino, la penuria aumentó cuando perdieron una oveja y algunas sábanas. Una de las Hermanas, Sor Ma­ría, había adelgazado tanto que la gente avisó a Luisa que se alarmó. Poco después, Lui­sa quedó tranquila al saber que el dinero había llegado».

Para Luisa, había sido un gozo escribir a Bernay, donde estaba su querida Sor Bárba­ra. Cuando Sor Bárbara fue destinada a Cháteaudun en agosto de 1657, quedó como Her­mana Sirviente Sor Lorenza Dubois, excelente Hija de la Caridad, dulce y sencilla. Trein­ta y cinco años de edad y Hermana Sirviente por primera vez. Luisa la instruyó en lo ne­cesario para comprender algo a las señoras de las Caridades. Sor Lorenza no podía com­prender que cada señora se desviviera por sus pobres si todos los pobres lo son de Dios. Luisa, con más de sesenta años de vida, desde dentro, le enseña su experiencia cuotidia­na: «Queridísima hermana: no me asombro de todas esas dificultades con las señoras; es lo ordinario que allí donde hay hospitales unidos a las Caridades de las parroquias, en to­dos, se den desavenencias, sin que exista culpa de unos ni de otros, porque cada uno se siente obligado a favorecer lo que tiene a su cuidado». Aprovecha la carta para avisar a la joven Sor Ana que acaba de llegar a Bernay: «¡Dios mío, Sor Ana! ¿Qué hace usted? Si está mal, le diré lo que he dicho tantas veces, que es preciso trabajar, que la va­gancia fomenta el pecado y la indisposición del cuerpo».

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