Servir como Hija de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Traductor: Centro Internacional de Traducción de la Casa Madre. · Año publicación original: 1990 · Fuente: Un camino de Santidad: Luisa de Marillac.
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“El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Se­ñor Jesucristo como Manantial y Modelo de toda Ca­ridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la per­sona de los pobres…”

San Vicente comentó con frecuencia este texto de las Reglas comunes antes de escribirlo. Le gusta insistir en que si han llegado jóvenes del campo, de pueblos y ciu­dades y se han reunido en Comunidad, ha sido para res­ponder a las múltiples necesidades de los pobres. Para ello nació la Compañía en 1633.

Sí, es verdad, hijas mías, Dios desde toda la eterni­dad tenía sus pensamientos y sus designios sobre vo­sotras yen vosotras… desde toda la eternidad tenla el designio de emplearas en el servicio da los po­bres… Dios queda que hubiese una Compañía.., que se dedicase expresamente a servir a los pobres en­fermos…”

Luisa de Marillac en el desempeño de sus responsabili­dades de Fundadora y Superiora, va descubriendo a las Hermanas, a lo largo de los años, el significado profundo de ese servicio a los pobres. Las induce a que lleguen a ser en el mundo y en la Iglesia testigos del amor prefe­rencial de Cristo hacia los humildes, los abandonados, los excluidos de la sociedad.

Los puntos de insistencia de Luisa van apareciendo di­ferentes según los períodos de la vida de la Compañía.

  • En un primer momento van llegando las jóvenes. Todo es nuevo. Santa Luisa va a ayudarles a esclarecer su opción. ¿Por qué vienen? Pone el acento en las moti­vaciones del servicio.
  • En un segundo tiempo, las muchachas, más nu­merosas, van a diferentes lugares más o menos alejados de París, donde las condiciones de la vida de trabajo son a veces difíciles. Y puede darse el riesgo de una relaja­ción, por eso hace hincapié en las exigencias del servi­cio.
  • Después sobreviene un período de crisis en la Compañía, un período de interrogantes por parte de las Hermanas. Al tener que enfrentarse en varios lugares con las autoridades civiles y religiosas, surge la pregunta: ¿Quiénes son? ¿Cuál es su identidad? Pone entonces el acento en las características del servicio de la Hija de la Caridad.

Estos diferentes períodos no están completamente de­limitados; Luisa de Marillac va respondiendo en sus car­tas a las preguntas de las Hermanas y aborda en ellas los problemas de distinta índole que se van planteando. Co­mo Vicente de Paúl, ella “recibe amistosamente los acon­tecimientos que le llegan de la mano de Dios.”

Las motivaciones del servicio

En agosto de 1617, San Vicente funda la primera Co­fradía de la Caridad en Chatillon-les-Dombes. Vuelve en­seguida a casa de los Gondi y establece las cofradías de la Caridad en muchas localidades: Villepreux, Joigny, Fo­Ileville, Montmirail… y desde 1630, en las Parroquias de París.

La Cofradía de la Parroquia de San Salvador, la primera de París, estuvo formada por Señoras de alto rango: Du­quesas, Marquesas, Condesas, etc. Estas Señoras tenían gran deseo de asistir a los Pobres, pero, según explica San Vicente:

“…cuando llegaron a la ejecución, tuvieron muchas dificultades para prestarles los servicios más bajos y penosos.

“les resultaba molesto llevar aquella olla, de forma que esto les repugnaba.”

Ante tal situación estas señoras piensan, e incluso lle­gan a hacerlo, descargar en sus criados aquellas tareas demasiado penosas. San Vicente se preocupa. Estos cria­dos y criadas ¿estarán animados de la misma caridad cris­tiana, tendrán bastante afecto y amor a esos pobres a quienes se les manda servir?

Es entonces cuando, en el transcurso de una misión, se presenta a San Vicente, Margarita Naseau. Queda im­presionado por aquella campesina de Suresnes de fe só­lida y maravillado por sus iniciativas para enseñar a las ni­ñas pobres. ¡Si las caridades pudieran tener jóvenes de esta calidad para servir a los enfarmos! Y pide a Luisa de Maniac, su colaboradora, que hable con Margarita.

Le suplico me diga… si esa buena muchacha de Su­resnes, que otras veces la ha visitado y que se dedi­ca a la enseñanza de niñas, la ha ido a ver como me lo prometió el último domingo.”

¡Cómo sedan las conversaciones entre aquellas dos mu­jeres que eran poco más o menos de la misma edadl Lui­sa de Marillac tiene 39 años y Margarita 36. El texto de la conferencia sobra las virtudes de Margarita lo deja en­trever cuando ella misma cuenta los diferentes episodios de su vida, su deseo de ser de Dios, su inquietud por la formación de los pobres. Es probable que raflexionaran juntas sobre el servicio a los enfermos, sobre aquel cami­no que, imperceptiblemente, Margarita Iba a abrir a las de­más. Humildemente disponible, aquella campesina sale de su pueblo y va allí donde Dios la llama:

…aquella buena joven se habla entregado a Dios para instruir a las niñas… Le propuse el servicio de los en­fermos. Lo aceptó enseguida con agrado y la envié a San Salvador…”

Las Señoras de la Caridad de las demás Cofradias de­sean todas tener jóvenes semejantes para los humildes ser­vicios que requieren los cuidados a los enfermos. Poco a poco se van presentando otras jóvenes campesinas y Vicente de Paúl las pone en manos de la Señorita Le Gres para que las forme y las ayude. Y el 29 de noviembre de 1633, las reune en su casa para vivir en Comunidad.

La principal preocupación de Luisa es comprobar las mo­tivaciones de todas estas jóvenes que van llegando. Es im­portante mantener las Cofradías en su espíritu primitivo. Si estas jóvenes vienen, no es para ser criadas de las gran­des Señoras, ni para ver París, sino para servir a los po­bres a imitación de Jesucristo.

A la Superiora de las Benedictinas de Argenteuil que desea atraer a una de aquellas jóvenes como Hermana le­ga, Luisa explica quiénes son aquellas muchachas de las Caridades y qué es lo que hacen.

“Éstas buenas jóvenes, siervas de los pobres enfer­mos de las Caridades… se dan a Dios para el servi­cio espiritual y temporal de esas pobres criaturas a las que su bondad quiere considerar como miembros suyos…”

Y Luisa pide a la Madre Priora que no vaya en contra del designio de Dios, que no ponga trabas a la voluntad de Dios.

“No puedo… ni siquiera imaginar que los que cono­cen la importancia (de esta vocación) quisieran opo­nerse a los designios de Dios… privando a la vez de socorro a los pobres abandonados, sumidos en to­da suerte de necesidades, que realmente sólo son atendidos por los servicios de estas buenas jóve­nes…”

Esta carta de 1639, notable por su precisión, subraya la motivación teologal del servicio que llevan a cabo las Hijas de la Caridad, la mirada que dirigen a los pobres, la opción por los más abandonados.

El paso que dan las jóvenes que van a servir a los po­bres es una actitud de Fe, una respuesta a la invitación del Señor de entregarse totalmente a El para ser todas de los pobres.

¿No es razonable, queridas Hermanas, quol pues Dios nos ha distinguido hasta el punto de llamamos a su servicio, nosotras le sirvamos en la forma que a El le agrada?”

Servir del modo que agrada a Dios quiere decir amar al hombre como Dios lo ama, es querer que todos, y en especial los pequeños, los abandonados vuelvan a encon­trar la dignidad que Cristo vino a traerles con su Encarna­ción redentora. Servir del modo que agrada a Dios es en­trar en la lógica del Evangelio, que encuentra en el humil­de, en el menospreciado, el rostro de Cristo.

Cuando pienso en la felicidad de todas ustedes, ad­miro que la Providencia las haya escogido. Hagan buen uso de ello y agraden al Señor sirviendo a nues­tros amos, sus queridos miembros, con devoción, dulzura y humildad.”

La Hija de la Caridad está por tanto llamada a compro­meterse en ese servicio con toda su capacidad de Fe y de Amor. La meditación del Evangelio le comunicará ca­da día una fuerza nueva, un nuevo impulso para amar. La actitud de Cristo durante su vida publica es su punto de referencia.

Hemos de tener continuamente ante la vista nues­tro modelo que es la vida ejemplar de Jesucristo a cuya imitación estamos llamadas no sólo como cristianas, sino también por haber sido elegidas por Dios para servirle en la persona de los pobres.”

¡Qué sufrimiento para Luisa de Marillac cuando hay Her­manas que descuidan su servicio, que no respetan ya a los pobres!

No puedo por más tiempo ocultarles el dolor que cau­san a mi corazón las noticias que he tenido de que dejan ustedes mucho que desear… ¿Dónde está el espíritu de fervor que las animaba en los comienzos de su establecimiento en Angers?”

Luisa invita a las Hermanas a revisar sus actitudes, es­pecialmente su comportamiento con los enfermos.

¿Dónde están la dulzura y la caridad que han de con­servar tan cuidadosamente hacia nuestros queridos amos los pobres enfermos? Si nos apartamos, por poco que sea, del pensamiento de que son los miem­bros de Jesucristo, eso nos llevará infaliblemente a que disminuyan en nosotras esas hermosas virtu­des.”

El servicio a los pobres debe revelar el Amor de Dios hacia los hombres, testimoniar el amor de predilección de la Iglesia hacia los pequeños. Ese servicio no puede ser testimonio verdadero sino a condición de que la hija de la Caridad esté invadida por el Amor de Dios.

A todas nuestras queridas Hermanas deseo que es­tén llenas (le un amor fuerte que las ocupe… suave­mente en Dios y… caritativamente en el servicio de los pobres”, escribe Luisa de Marillac a las Her­manas de Angers en 1642.

El 10 de enero de 1660, Luisa, enferma y presintiendo que se acercaba su muerte, escribe a Margarita Chétif, a quien ha escogido para reemplazarla a la cabeza de la Compañía, y le explícita con claridad las motivaciones que deben llevar a las jóvenes a entregarse al servicio de los pobres en la Compañia. Esta carta, última expresión de su pensamiento en este punto, reviste un carácter solem­ne.

¿No encuentra usted, pues, muchachas que tengan ganas de darse, en la Compañía, al servicio de Nues­tro Señor en la persona de los Pobres? 113 sabe us­ted… que lo que se necesitan son espíritus equilibra­dos y que deseen la perfección de los verdaderos cris­tianos, que quieran morir a sí mismas por la mortifi­cación y la verdadera renuncia, ya hecha en el santo bautismo, para que el espíritu de Jesucristo reine en ellas y les dé la firmeza de la perseverancia en esta forma de vida, del todo espiritual, aunque se mani­fieste en continuas acciones exteriores que parecen bajas y despreciables a los ojos del mins” pero que son agradables ante Dios y sus ángeles.”

Servir a los pobres en la Compañía es vivir plenamente la consagración bautismal, es oir las llamadas de Cristo a través del sufrimiento y la miseria de los más pequeños entre los hombres, es querer salir a su paso con una ver­dadera fraternidad.

Las exigencias del servicio

La Compañia va creciendo poco a poco. El número de Hermanas pasa de una docena en 1634 a unas 30 en 1639 y a un centenar en 1645. Las casas se van multiplicando: de 5 en 1634 (todas en Paris), pasan a ser 16 en 1639 y después unas 40 en 1645 (15 de ellas fuera de París).

Acontecimientos ocurridos en diversos lugares van a Ne­var a Luisa, atenta siempre a sacar conclusiones de la vi­da, a puntualizar las exigencias del servicio de los Pobres.

La competencia.

En noviembre de 1646, Marta, una Hermana joven que parecía, dice Santa Luisa, una buena Hermana, está de­seosa de convertirse en una sabionda enfermera. Sin de­cir nada a su Comunidad hace que su madre le regale un estuche con todo lo necesario para hacer sangrías. Des­pués de ver cómo lo hacían los cirujanos y después de haber pedido algunos consejos, se pone por su cuenta a hacerlas a los enfermos, hecho que se conoce ensegui­da y del que pronto se entera Luisa, quien se preocupa, naturalmente. Marta no tiene la competencia requerida y corre el riesgo de perjudicar a los enfermos. Por otra par­te, actúa con independencia y sin contar con su Hermana Sirviente ni con su Comunidad local. ¿Qué hacer? Lui­sa pregunta a Vicente:

Cómo proceder en tales casos con justicia y cari­dad.”

  • con justicia, con relación a los enfermos que nece­sitan Hermanas formadas y competentes; con justicia en relación a la organización de los servicios. En el S. XVII era la Hermana Sirviente quien coordinaba el trabajo, el servicio de enfermería;
  • con caridad, con relación a aquella Hermana que pa-recia sencilla y buena, pero que, de hecho, se muestra muy emprendedora y segura de sí misma; con caridad, respecto a su madre que ha pensado obraba bien.

No hay ningún documento que permita saber cómo se resolvió el problema de Marta. Pero Luisa va a insistir en la competencia que necesita toda Hermana para cumplir su servicio y sobre la indispensable formación.

La boticaria es la que tiene el cometido de preparar los diferentes remedios para los enfermos. Se trata de un oficio importante, tanto en los hospitales como en la Ca­sa Madre. Tiene la responsabilidad de distribuir las diver­sas preparaciones (jarabes, pociones, pastillas…) y, si es necesario, ver cuáles convienen a los enfermos. Las re­glas relativas a su oficio especifican:

Su primer cuidado será el de instruirse bien en la for­ma de hacer las mezclas.”

Después empleará su competencia para dosificar bien las drogas, prepararlas en tiempo oportuno según las es­taciones, porque se elaboraban a base de hojas o de flores.

En Nantes se proyecta el cambio de la Hermana que está encargada de la botica. Luisa pide a Juana Lepintre, la Hermana Sirviente, que prepare una Hermana capaz de reemplazar a Enriqueta Gesseaume en aquel oficio:

Le ruego me diga lo más pronto posible si no podría usted acabar de enseñar a una Hermana que ya se­pa hacer remedios, a que haga las preparaciones de los medicamentos, porque ahora nos sería difícil en­viarle a una ya formada del todo, por lo menos de inmediato.”

Las enfermeras, las cuidadoras de la época, deben recibir también una formación. En enero de 1653, Luisa anuncia su destino a Juliana Loret. Pero no puede dejar Chars sino a condición de que su compañera sea apta para cuidar bien a los enfermos, y de que sepa hacer correcta­mente las sangrías.

Le ruego, Hermana, que regrese usted aquí en la pri­mera ocasión que encuentre, y entre tanto, enseñe cuanto pueda a sangrar a Sor Juana Bonvilliers” (Hermana joven que habla entrado el año anterior a la Compañía).

La formación de enfermería en el S. XVII se hace “so­bre el terreno” por la transmisión de la experiencia de las más antiguas a las más jóvenes, por la observación diaria y también mediante clases entre las Hermanas. San Vi­cente muestra toda la importancia que esto tiene en una Conferencia:

Tened también mucho cuidado de fijaras en la ma­nera con que los médicos tratfim a los enfermos en las ciudades, para que, cuando estéis en las aldeas, sigáis su ejemplo, o sea, en qué casos tenéis que san­grar, cuándo tenéis que retirar la sangría, qué canti­dad de sangre tenéis que sacar cada vez, cuándo hay que hacer sangría en el pie, cuándo las ventosas, cuándo las medicinas, y todas esas cosas que sir­ven en la diversidad de enfermos con quienes podáis encontraras. Todo eso es muy necesario, y haréis mu­cho bien cuando estéis instruidas en toda Es con­veniente que tengáis algunas charlas sobre este te­ma.”

Esta formación debe tener en cuenta, sin embargo, las posibilidades de cada Hermana. Luisa se lo recuerda a Ni-colase Georget, Hermana Sirviente de Nanteuil:

No creo que deba enseñar usted a nuestra Herma­na, ni permitir que aprenda de otros, porque no es capaz de ello, y no quisiera yo exponer a nadie a sus ensayos.”

Las Hermanas de enseñanza, encargadas de las es­cuelitas, reciben una formación adecuada: aprenden a leer y a escribir. Pero eso no basta para ser buenas maestras. En las cartas de San Vicente a Santa Luisa aparece la in­quietud por una formación pedagógica.

Hay que pensar un poco en la manera de enseñar a las Hermanas a llevar la escuela.”

Hay que enseñara las Hermanas a llevar la escuela.”

A propuesta de Luisa, algunas Hermanas irán a formarse con las Ursulinas y después ellas enseñarán a las demás.

Luisa de Marillac continúa después la formación peda­gógica de las Hermanas, insistiendo en algunas actitudes indispensables a toda buena maestra de escuela. Las Her­manas, a pesar de su saber, deben conservar la humildad y la sencillez de toda buena sierva de los Pobres.

Pueden dar alguna explicación familiar, nunca cosas elevadas.” (25), explica Luisa a Ana Hardemont en­cargada de la instrucción de las niñas en Montreuil­sur-Mer.

Es importante que las niñas comprendan bien lo que se les enseña. La regla para la maestra de escuela indica, entre otras cosas:

La verdadera ciencia… consiste esencialmente en comprender bien lo que se aprende y en llevarlo a la práctica.”

El fin primero de toda enseñanza es educativo: apren­der a vivir como es debido, a vivir cristianamente.

Sor Marfa— ha de continuar instruyendo (a las ni­ñas de la escuela) en el temor y amor de Dios, más que… enseñarles a hablar mucho de ello.”

Las Hermanas de los Servicios Generales deben te­ner el perfecto conocimiento del trabajo de su oficio. Las reglas para la panadera, la cocinera, insisten en la com­petencia necesaria para cumplir bien el servicio que tie­nen confiado. La panadera debe saber que hay que vigi­lar la temperatura del agua para amasar el pan, vigilar tam­bién el calor del horno… A la cocinera se la enseña a do­sificar bien los aderezos:

Se las ingeniará para que la carne no esté ni dema­siado cocida ni medio cruda; cuando se trate de car­ne guisada en trozos, preparará la salsa como es de­bido, ni demasiado picante, ni salada, ni con dema­siado vinagre, ya que todo esto es perjudicial para la salud; pero tampoco debe estar sin sazonar, de tal manera que resulte incomible para las Hermanas.”

Lo que Luisa desea es que cada Hermana, cualquiera que sea su oficio, comprenda la importancia de su traba­jo y lo haga con sentido común y con inteligencia. Por esta razón insiste tanto en la formación. Pero si esta for­mación es indispensable, si debe proseguirse toda la vi­da, no puede y no debe enfocarse sino con miras al servi­cio de los pobres.

Luisa se muestra reticente, en 1640, ante la petición de las Hermanas del Hospital de Angers que quieren apren­der a leer y no tienen niñas a quienes enseñar. Más tarde la postura de Luisa será diferente con relación a la lectura y la escritura, porque se dará cuenta de la necesi­dad que ello supone para que las Hermanas puedan dar sus noticias y recibir las cartas de los Superiores sin tener que recurrir a ningún externo.

Es siempre de temer la búsqueda excesiva de forma­ción. En 1659, Luisa señala los peligros que ello encierra:

“Otras entrarían con ansiedad en deseos de leer, aun­que les costara trabajo y aparentar ser competentes, por lo que se esforzarían en aprender, dejando de la­do los trabajos… Podrían pretender que se las exi­ma de otros trabajos y hasta del trato con las que en ellos se emplean, lo que, al negárseles, pronto las empujaría a salir de la Compañía.”

La formación no hay que enfocada en favor de la pro­pia promoción o para el propio placer, para saber cada vez más… La formación ha de llevarse a cabo con miras al servicio que se ha de prestar, con miras al bien de los po­bres.

La atención a las necesidades de los pobres

Varios acontecimientos, insignificantes en apariencia, llevan a Luisa de Marillac a repetir a las Hermanas cómo la atención a las personas, a su vida, es una de las exi­gencias de todo servicio.

A Juliana Loret que vivió muchos anos en la Casa Ma­dre, le gusta enviar hermosos frutos del campo durante su estancia en Chars y en Fontenay-aux-Roses. Luisa, al mismo tiempo que le agradece, llama su atención sobre las necesidades de los pobres que la rodean.

“Admiro su hermosa fruta; pero, querida Hermana, no vaya usted a perjudicar a sus Pobres, se lo pido por favor; mire siempre antes de nada sus necesida­des para darles lo mejor que tenga, porque les per­tenece.”

Uno de los habitantes de Chantilly regaló a Genoveva Doinel un hermoso pescado que acababa de coger en el Nonette, río que atraviesa la región. Al mismo tiempo se presenta la ocasión de hacerlo llegar por el correo a Pa­rís. Gozosa de tener esta oportunidad, Genoveva envía ese buen pescado a las Hermanas de la Casa Madre. Luisa, en su respuesta, subraya la necesidad de servir primero a los pobres; pero como conoce el temperamento de Ge­noveva, le explica con mucha delicadeza cómo se ha uti­lizado este manjar suculento, que no podía conservarse mucho tiempo.

“Le agradezco de corazón, querida Hermana, en nom­bre de toda la Comunidad, el hermoso pescado que nos ha enviado: si hubiera sido posible devolvérselo con prontitud, le hubiera rogado diera usted con él un festín a sus pobres enfermos, porque bien sabe­mos que nuestra Campante no se regala de ese mo­do; pero como no podía hacerlo, su caridad ha ser­vido para obsequiar a varias de nuestras Hermanas enfermas entre las que me encuentro yo.”

Bárbara Anglboust está en Bernay, en Normandía, la región de los hermosos manzanos. Le han dado magnífi­cas manzanas y sidra excelente. Las envía a Luisa de Ma­rillac quien la interpela:

…lo que me hace pensar que la gran parte que de ello reservan a los Pobres no les permite considerar­se como dueñas.”

El pobre ha de ser el primer servido, ésta es la divisa de la Hija de la Caridad.

Responder a las necesidades de los pobres implica co­nocerles. La buena sierva debe saber mirar, observar, es­cuchar, para descubrir las verdaderas necesidades de sus Amos y Señores. En Ussel, el servicio a los Pobres se or­ganiza demasiado lentamente al parecer de la fogosa Ana Hardemont. Luisa le explica la importancia de “conocer bien las necesidades”, de forma que el servicio esté adaptado a dichas necesidades. Ana no se acuerda ya de las recomendaciones recibidas en el momento de su par­tida a Montreuil-sur-Mer:

“En lo que se refiere a su comportamiento con los en­fermos, ¡por Dios!, que no sea para salir del paso, sino llenos de afecto, hablándoles y sirviéndoles con el corazón; informándose con detalle de sus necesi­dades… proporcionándoles, sin importancia ni agi­tación, la ayuda que sus necesidades requieran.”

La caridad es atenta a la persona. Rehusa la rutina, esa repetición de los mismos gestos, sin ningún esfuerzo de adaptación. El enfermo no puede sentirse confiado y se­guro, a no ser que tenga la certeza de que toda modifica­ción de su estado de salud será detectada por quien le cuida:

“La Hermana Enfermera estará muy atenta para ob­servar todas las alteraciones y accidentes que les so­brevengan a las enfermas para advertírselo al médi­co o ala Hermana Boticaria, y lo mismo si las ve de­caer para que les administren los Sacramentos.”

Al instalar a los Niños Expósitos en el Castillo de Bicé­tre, Luisa se extraña de que los Administradores de la obra no hayan previsto lugar para la escuela. La instrucción de los niños (tanto niños como niñas) le parece esencial pa­ra aquellos pequeños que más tarde deberán afrontar un mundo más bien hostil hacia ellos. Muy organizadora, Lui­sa prevé las adaptaciones necesarias:

“Nuestras Señoras no han pensado en disponer un local para la escuela. Hemos visto uno en el piso ba­jo que sería muy indicado para los niños, a los que hay que separar de las niñas; no habría más que ha­cer una puerta y tapiar algunas ventanas; la de las niñas se haría en el piso de arriba.”

Luisa de Marillac encuentra, según parece, cierta opo­sición por parte del Señor Leroy, que se considera a si mis­mo Director General y Administrador de la Obra de los Ni­ños Expósitos. Humilde pero firmemente, Luisa mantiene su proyecto educativo. El reglamento para las Hermanas que se ocupan de los Niños Expósitos prevé:

A la una reunirá a los mayores para explicarles el ca­tecismo y enseñarles a conocer las letras.”

Como reconoce la dignidad de toda persona humana, Luisa defiende el derecho a la instrucción de aquellos ni­ños a quienes en el S. XVII se les miraba como el dese­cho de la sociedad. Del mismo modo invita a las Herma­nas a que se dirijan a las Señoras, a los Obispos, e inclu­so a la Reina para dar a conocer las necesidades de los pobres con el fin de remediarlas.

Luisa en sus meditaciones considera con frecuencia “la libertad que Dios ha dado al hombre” creándole a su ima­gen. Obligar al pobre a ir al hospital le parece como una falta de respeto a esa libertad. Por eso pide a las Herma­nas de Bernay que mantengan y defiendan, si es necesa­rio, el servicio al enfermo en su casa, en su domicilio.

¿Qué será del ejercicio de las Señoras de la Caridad si se obliga a sus enfermos a que se vayan al hospi­tal? Ya verá usted cómo los pobres vergonzantes van a verse privados del socorro que era para ellos la co­mida ya preparada y las medicinas y que la pequeña cantidad de dinero que se les proporcionaba ya no se empleará en sus necesidades. Estamos obligadas, tanto como lo podamos, a través de nuestras carita­tivas advertencias, a impedir que esto ocurra.”

En Narbona, Francisca Carcireux actuará del mismo mo­do ante Mons. Fouquet que había llamado a las Hijas de la Caridad.

Si se le pregunta su parecer, será para saber cómo se hace en París el servicio a los pobres. Si se trata de un hospital, no se olviden de hacer pensar en los pobres vergonzantes que se quedarían sin asistencia ya que nunca irían al hospital por más que se les quisiera forzar; por eso el establecimiento de la Ca­ridad es del todo necesario.”

Las Hermanas no han de temer informar e inducir a quienes toman decisiones a que reflexionen en las con­secuencias que pueden tener sus actos en relación con los más pobres. Incluso a la Reina Ana de Austria que ejer­ce la regencia desde la muerte de Luis XIII, una campesi­na, Bárbara Angiboust, irá a hablarle de las necesidSdes de los pobres.

Según tengo entendido, querida Hermana, gozan us­tedes de la dicha de tener ahí, en Fontainebleau, a nuestra bondadosa Reina; si su Majestad quiere ha­blarle, no ponga ninguna dificultad, aunque el res­peto que debe a su persona le inspire temor de acer­carse a ella. Su virtud y su caridad infunden confianza a los más pequeflos para exponerle sus necesidades; no dejen ustedes de hacerlo también, con toda ver­dad, con las de los pobres.”

La atención a la persona, el respeto a su dignidad, se traducen concretamente en gestos poco corrientes en el mundo de los pobres. Pero las Hermanas reconocen en ellos a sus Amos y Señores.

No sé si tienen ustedes la costumbre de lavar las ma­nos a los pobres; si no lo hacen, les ruego se acos­tumbren a ello.”

Las numerosas perturbaciones físicas y psíquicas que llevan consigo la enfermedad y la miseria, el estado de degradación en que a veces caen los pobres, no han de ser motivo para que se descuide la higiene tan poco de­sarrollada en el S. XVII.

¿Tienen servilletas en las camas de los enfermos? ¿Las tienen limpias?

El servicio corporal, por muy respetuoso que sea hacia la persona humana, no puede separarse del servicio espi­ritual. El hombre no encuentra su plenitud más que en el conocimiento de su Dios, de Jesucristo.

Hagan por sus pobres todo lo que puedan, especial­mente en relación con el servicio espiritual que les deben ustedes.”

En el S. XVII, epidemias, hambres, guerras, son causa de una mortalidad muy elevada. Luisa escribe desde el hospital de Nantes donde ha ido a acompañar a las Her­manas en 1646:

Aquí casi todos los días vemos muertos o moribun­dos, lo que nos enseña… que esta vida no es sino un viaje que nos lleva a la eternidad.”

Ayudar a los pobres a bien morir es uno de los prime­ros deberes espirituales de la Hija de la Caridad.

Quiero creer, queridas Hermanas, que ponen gran cuidado en ayudar a sus pobres enfermos a hacer una buena confesión antes de morir.”

Pero Luisa muestra la importancia de una sólida edu­cación cristiana para los que hayan de curarse, educación que no pueden reducirse a una simple práctica de los sa­cramentos.

En nombre de Dios, queridas Hermanas, hagan lo po­sible para ayudar a las almas de sus pobres enfer­mos a hacer actos de fe, esperanza y caridad, nece­sarios para la salvación.

La formación cristiana, tanto de los adultos como de los niños, no ha de limitarse a un saber, sino que es toda la vida la que ha de transformarse:

“Le suplico por amor de Dios que tengan gran man­sedumbre con los Pobres y mucho cuidado de su sal­vación, advirtiéndoles de la necesidad que tenemos de guardar los mandamientos de la ley de Dios, cum­pliendo su santa voluntad, y después (enseñarles también) los medios.”

“Creo, mis queridas Hermanas, que ponen uestedes gran cuidada.. en instruir a las niñas no sólo en la doctrina, sino también en los medios para vivir co­mo buenas cristianas.”

Tanto para Luisa de Marillac como para Vicente de Paúl el servicio corporal no puede separarse del servicio espi­ritual. Trabajar en la Humanización de los pobres, es tra­bajar en su Evangelización. Cristo Redentor, mediante la revelación de su Amor, descubre al hombre la sublimidad de su vocación y el sentido de su existencia en el mundo.

Respeto a los “profesionales”

En los lugares donde sirven a los Pobres, las Hermanas encuentran “profesionales” que trabajan por su propia cuenta: médicos, cirujanos, artesanos… En los hospita­les encuentran empleados que ejercen diversas tareas: cui­dado a los enfermos, economato, cocina, lavadero… Las relaciones entre estos “profesionales” y las Hermanas dan lugar a veces a dificultades. Algunos piensan que las Her­manas van a “hacerles la competencia” y a privarles de su trabajo. Luisa, con sus consejos, intenta mantener el equilibrio entre el respeto al trabajo de todos y la necesa­ria respuesta que hay que dar a las necesidades de los Po­bres.

La competencia que han adquirido las Hermanas junto a los enfermos, no puede dispensarles de la obediencia a los médicos.

“Que la costumbre de tratar con los enfermos y lo que han aprendido de los médicos no las tome demasia­do atrevidas, ni las !leve a hacerse las entendidas para no prestar atención a lo que recetan (los médicos) o no obedecer a las órdenes que puedan darles.”

Los enfermos de las parroquias, de los pueblos, reco­nocen la competencia de las Hermanas, su delicada bon­dad en los cuidados, y recurren más a ellas que a los ciru­janos (palabra con la que en el S. XVII se designa a quie­nes se dedican a los cuidados sanitarios). Estos se que­jan porque no tienen clientes. Juliana Loret somete el pro­blema a Luisa quien sugiere que en los alrededores de Fontenay-aux-Roses se haga una distribución del terreno en el que han de ejercer.

“Evite, todo lo posible, ir a donde pueda ser él (el ci­rujano) llamado.”

En París se plantea el mismo problema. En el “Dispen­sario” (como lo llamaríamos hoy) de la Casa Madre se atenderá solamente a los enfermos que no tengan posi­bilidades económicas para pagar al cirujano.

“(La boticaria) hará que se vigile en lo posible, para no sangrar a nadie que tenga medios para acudir a los cirujanos.”

Cuando llegan las Hermanas a Montreuil-sur-Mer, en­cuentran un número de mujeres y de muchachas jóvenes al servicio del hospital. La colaboración se presenta difí­cil. Luisa aconseja a las Hermanas el respeto, la manse­dumbre y una verdadera humildad en los menores actos y gestos.

És necesario que nuestras Hermanas tengan mucho respeto a las mujeres y doncellas que desde hace tiempo gobiernan dicho hospital, que les demues­tren mucho amor y cordialidad y no hagan nada sin su permiso, ni siquiera tomar un puchero, una sar­tén que puedan necesitar para ellas, ni ninguna otra cosa.”

En Chars, Juliana Loret elabora ella misma el pan des­tinado a los pobres enfermos que visita. Luisa piensa que seria preferible dejar ese trabajo al panadero:

Si cuecen ustedes pan sólo para los pobres enfer­mos, dado que de ordinario no son muchos, no pue­den consumir gran cantidad, y me parece que seda más conveniente comprar el pan.”

En todas las situaciones es bueno aprender a soportar­se, a aceptar mutuamente los pequeños defectos. Este es el consejo que da a las Hermanas del Hospital de Nantes con relación al mancebo de la botica.

Es preciso vivir en paz y sobrellevando mutuamente los defectos unos de otros.”

Competencia, atención, respeto a los “profesionales” son tres exigencias que subraya Luisa de Marillac. Pero estas exigencias son válidas para todo trabajo, no son es­pecificas del servicio de la Hija de la Caridad.

Las características del servicio de la Hija de la Caridad

A partir de 1650-52, los Fundadores reciben muchas lla­madas. Piden Hijas de la Caridad desde muy lejos: en Po­lonia las pide la reina Maria de Gonzaga, en Saint Fargeau la Gran Señorita, la célebra prima de Luis XIV, en Cahots y Narbona los Obispos del lugar, en Metz y La Fére la Rei­na Ana de Austria; en Santa Marfa del Monte y en Ussel la duquesa de Ventadour, etc.

Los Fundadores se preguntan si el contacto frecuente de las Hermanas con todas aquellos “grandes del mun­do” no representa un peligro para aquellas campesinas que han ido a servir a los pobres. ¿No corren el riesgo de de­jarse coger por ideas de grandeza? ¿No corren el riesgo de perder el sentido de su vocación?

Muy preocupada por la fidelidad al “carisma” recibido de Dios, Luisa, en sus cartas y sus avisos, insiste a las Her­manas en lo que le parece fundamental para las Hijas de la Caridad:

“Él recuerdo de su condición de Siervas de los Po­bres es muy necesario a las Hijas de la Caridad para mantenerse fieles a su deber.”

¿Qué sentido da Luisa a esta expresión “Sierva de los Pobres” que utiliza tan frecuentemente los últimos años de su vida? Subraya dos aspectos complementarios:

  • el primero, el más concreto, es de orden sociológico.
  • el segundo, que resulta de su meditación, es de orden teológico.

Aspecto sociológico.

La sociedad, en el siglo XVII, está muy jerarquizada. En la cumbre de la escala social están el Rey y la Reina. Des­pués vienen los nobles, con la nobleza de espada, la vieja nobleza a la que pertenece la familia Marillac, y la noble­za de toga, de los qua han comprado su titulo reciente­mente (los nuevos ricos). La Nobleza reside en Paris o en los numerosos castillos que posee en medio de sus tie­rras explotadas por el pueblo sencillo. Estos nobles llevan una vida agradable: paseos, distracciones, bailes, teatros… Viven de sus rentas.

La tercera categoría social está constituida por la Bur­guesía. Pueblo de gentes laboriosas, los burgueses tie­nen una profesión: son médicos, abogados, negociantes, armadores… Son ricos y tienen cuidado de no dilapidar sus bienes.

La última categoría social es la del pueblo sencillo de campos y ciudades, que viven lo más a menudo en la ne­cesidad y la inseguridad. Dependen de las cosechas, de los impuestos más o menos elevados exigidos por el Rey (para la guerra) y los exigidos por el clero y el señor del castillo. Son campesinos que trabajan la tierra y guardan los rabaños. Algunos (como los padres de Vicente) posee unas tierras, otros “alquilan” sus brazos como jorna­leros. Si viven en la ciudad, ejercen numerosos oficios sen­cillos: aguador, vendedor de leña, de verduras, afila­dor…

Para todo este pueblo pobre, el trabajo es el medio de ganaras el pan; si les llega a faltar como consecuencia de la guerra, de la enfermedad, caen en la miseria y todos, hombres, mujeres y niños van a engrosar la multitud de mendigos que asedian las ciudades.

Cuando Luisa recuerda a las Hermanas que son Sier­vas de los Pobres, subraya a la vez el origen de la Compa­ñía y la opción que han hecho de permanecer fieles a es­ta categoría social, con el fin de garantizar el servicio que las Señoras no han podido prestar.

“Dios ha escogido a jóvenes aldeanas para el estable­cimiento sólido de las Siervas de los Pobres enfer­mos.”

Con firmeza y tenacidad, Luisa repite, bajo formas di­versas, la convicción que le parece responder al designio de Dios sobre la Compañía: Sois Siervas, no os hagáis Señoras; a ellas tenéis que respetarlas, pero vosotras se­guid siendo siervas.

No os hagáis unas Señoras: Uno de los grandes pe­ligros que acechan a las Hijas de la Caridad llenas de ce­lo, emprendedoras, abiertas, consiste en olvidar su origen, encontrar gusto en tratar con las Señoras, con la Reina, conversar con ellas y programar su propio modo de vida imitando el de dichas Señoras.

“Una cosa que llevarla ala Compañía a su ruina total es que las Hermanas, por olvido de lo que son y por una larga costumbre de estar entre las Señoras, manejando el dinero de las limosnas, viviendo holgada­mente y sin pensar en que tienen que ganarse la vi­da, se rodearan de una vana complacencia… que iría acompañada del deseo de crecer…”

Los temores de Luisa no son infundados. En 1666, cuen­ta al Señor Portail, que está redactando lis reglas, lo que ha ocurrido en la parroquia de Saint Merry (San Mederi­co):

Omitía, Señor, decirle que el articulo trece necesita más de brida que de espuela, porque tan pronto co­mo una Hermana cae enferma, tiene que contar con pollo o ternera en el puchero, e instalarse en su ca­ma como una señorona; cuando usan así de cosas superfluas o acomodan sus habitaciones de tal for­ma, suelen pretextar que son las señoras las que lo quieren, y seguramente éstas se contentarían con verlo todo limpio y ordenado.

Quedará usted tan sorprendido como yo cuando sepa que una de nuestras Hermanas ha hecho o mandado hacer una bata, y su Hermana enferma la tenía puesta ayer cuando estaba levantada; era de San Mederico. Es verdad que es muy cómodo, pero hay señoritas y burguesas en París que no la tienen; y además, señor, trae consigo consecuencias de im­portancia.”

En 1659, Renata cae enferma en Morainvilliers. La Se­ñora Duquesa de Bouillon la hace ira su castillo para cui­darla. Renata se encuentra a gusto en aquella vida del cas­tillo y por su parte a la Señora Duquesa le gusta mucho estar rodeada de Sirvientas tan entregadas y agradables.

Hace ya más de un mes que me habían dicho que no salían del palacio, y es costumbre de la Señora mandarlas ir allí con frecuencia para que le den con­versación, y ésta sabe hacerlo.”

Este comentario lo dirige a San Vicente. Poco después Luisa envía una carta bastante firme a la Duquesa de Boui­llon, recordándole que las Hijas de la Caridad están para el servicio de los Pobres y que no hay que desviarlas de ese servicio.

Francisca Carcireux gusta de escribir a la Superiora de las Salesas de Toulouse, hermana del Obispo de Narbo­na, con quien hizo el viaje París-Narbona. Luisa, que está al comente de la vida de las Hermanas, le escribe el 30 de diciembre de 1659.

“Creo, querida Hermana, que no tiene usted tiempo que dedicar a otra cosa ni a otro fin que al servicio de los pobres y que no se le ocurrirá que tiene usted obligación de visitar o escribir a las personas religio­sas o a las Señoras, a menos de que haya grande necesidad para ello.”

Francisca Carcireux no es de origen campesino sino que pertenece a la baja burguesía de Beauvais. Luisa le pide que viva como humilde sierva, abandonando las formas de obrar y actuar del ambiente del que procede. Que no es que sean malas en si, pero que pueden hacer perder el tiempo a la sierva de los Pobres.

Si Luisa reacciona tan firmemente cuando las Herma­nas adquieren o conservan costumbres burguesas, cos­tumbres de Señoras, es a causa del servicio de los Po­bres. El Pobre, a quien se mira con la mirada de Cristo, es el Amo y Señor y necesita siervas humildes y disponi­bles.

Al mismo tiempo que pone en guardia a las Hermanas contra el peligro de querer asemejarse a la Burguesía, a la NObleza, Luisa de Marillac les recomienda un gran res­peto hacia las Señoras.

¡Por amor de Dios, Hermana! Practique una gran afa­bilidad con los pobres y con todo el mundo, y trate de contentar tanto de palabra como con hechos; esto le será fácil si conserva en usted una gran estima ha­cia su prójimo; hacia los ricos, porque están por en­cima de usted; hacia los pobres porque son sus Amos.”

En las Cofradías, son las Señoras de la Caridad quie­nes dan a las Hermanas lo necesario para servir a los po­bres. Todos los días, la Harmana va a buscar el “puche­ro”, la marmita de sopa, a casa de la Señora que se en­carga de hacerlo y recibe el dinero necesario para las pe­queñas compras. Son las Señoras quienes deciden la ad­misión o no admisión de un enfermo en la Cofradía. Toda la Administración, como diríamos hoy, la llevan las Seño­ras de la Caridad, las Hermanas son las “ejecutoras” que están en contacto más directo con el pobre, con el enfer­mo.

Las relaciones entre las Señoras y las Hermanas no son siempre fáciles. Algunas Señoras son muy exigentes, de­sean tal o tal Hermana y no otra y se injieren en la vida de la Comunidad. Las Hermanas se muestran a veces ru­das y groseras y se niegan a someterse a los deseos de las Señoras, pretextando que conocen mejor las necesi­dades de los enfermos.

Con frecuencia Luisa recuerda a las Hermanas el res­peto que deben a las Señoras, pero siempre da la razón de ello: el servicio de los Pobres.

Respete a todas las señoras y mujeres alistadas en la Caridad, mirándolas como a personas a quienes debemos gratitud por admitimos a servir a los po­bres con ellas.”

Debemos respeto y honor a todo el mundo: a los po­bres porque son los miembros de Jesucristo y nues­tros amos, y a los ricos para que nos proporcionen medios de hacer el bien a los pobres.”

Las Señoras son un eslabón indispensable para el ser­vicio de los Pobres. Sin ellas no hay fundación, no hay dinero, no hay medio de subsistencia. Es la realidad con­creta del S. XVII.

Las Hermanas van a manifestar día a día este respeto a las Señoras. Luisa insiste mucho en una actitud humil­de, impregnada de mansedumbre. En Bemay, las ralacio­nes entre las Señoras y las Hermanas se han hecho difíci­les como consecuencia de distintas opiniones sobre la orientación que se había de dar a la Cofradía. Las Seño­ras quieren un hospital en el que se atendiera a todos los Pobres, y las Hermanas insisten en continuar el servicio a domicilio e ir a veces a los Pobres en sus casas. Luisa da algunas orientaciones a Lorena Dubois:

No me extrañan todas sus dificultades con las solio-ras; es corriente allá donde hay hospitales unidos con la Caridad de las parroquias, que se den desavenen­cias, sin que haya culpa por parte de unos ni de otros… Lo que tiene usted que hacer en medio de todas esas pequeñas divergencias, es ser muy hu­milde poner gran cuidado en que no se la pueda acu­sar de arrogancia o de suficiencia; debe más bien pensar que está sujeta a todos, que es la última de todos… ¡Si supieran ustedes, queridas Hermanas, qué humildad, qué mansedumbre y sumisión quiere Nuestro Señor de las Hijas de la Caridad, sufrirían si advirtieran que no lo practicaban.”

No mostrar arrogancia, considerarse como la última, es la actitud del pobre, siempre en situación de inferioridad frente al rico. Si para las primeras Hermanas esta actitud es “natural”, Luisa les pide que superen esta realidad hu­mana, que la trasformen en virtud de humildad, a imita­ción de Jesucristo, “que de Dios que era se hizo hombre y se anonadó hasta el suplicio de la Cruz”.

Esta virtud de la humildad que permite reconocer de­lante de Dios la propia debilidad, insuficiencia, pequeñez, va a convertirse en la “fuerza” de las Hermanas que les permitirá hablar a las Señoras cuando se trate del bien de los Pobres. A propósito de los conflictos de Bemay, Luisa escribe:

Si tiene usted necesidad de negar alguna cosa, há­galo con mansedumbre y humildad, porque no te­nemos derecho a hacerlo de otro modo, ya que Dios nos ha llamado a nuestra vocación para ayudar a las Señoras en el servicio a los Pobres y por consiguiente somos las servidoras de unas y otros.

Esta virtud de la humildad debe reflejarse en todo el comportamiento. Así, a las Hermanas de Angers, Luisa las invita a que acojan a las Señoras con amabilidad, y es que, en efecto, a las Hermanas no les gustan las visi­tas de las Señoras de la Caridad al hospital. Les parece que les hacen perder el tiempo: hay que prepararles la colación que distribuyen, hay que acompañadas… Luisa ha­ce reflexionar a la Comunidad: es siempre el servicio a los Pobres lo que les presenta como, primera motivación.

Tenemos que acoger con agrado a los que vienen a ver a los pobres, sin tener en cuenta nuestro inte­rés particular, sino sencillamente porque hay que ha­cerlo así y porque puede resultar un bien para aque­llos.”

Y en otra carta, Luisa propone a Cecilia, la Hermana Sirviente, que organice un turno de guardia para recibir a las Señoras.

Cuando van las Señoras podría usted encargar a una Hermana, una vez a una, otra a otra, de que las aten­diera lo mejor que perdiese… Un buen entendimien­to entre ustedes lo arreglarla todo.”

Luisa de Marillac va todavía más lejos a propósito de la humildad. Piensa que la actitud de la Hija de la Caridad puede ser un testimonio para las Señoras que las estimu­le a servir bien a los Pobres, según sus posibilidades. El Pobre es el que puede enseñar al Rico, parece decir Lui­sa:

Para cumplir con sus obligaciones de buena Hija de la Caridad, preciso será que intente por todos los me­dios a su alcance que las Señoras de la Caridad se empleen en visitar a los enfermos.”

Espero que si ustedes están muy sometidas a sus se­ñoras con relación a los enfermos de la ciudad, el ejemplo que den les servirá, mucho más que cual­quiera otra cosa, a entrar en sentimientos de fervor.”

Respetar al rico no significa dejarse pisar por él, como hoy se diría, sino, sencillamente, aceptar la diferencia, tomando conciencia de la propia identidad. Respetar al ri­co es también respetar la vocación de cada uno en el se­no de la Iglesia.

Seguid siendo siervas: Luisa de Marillac desarrolla dos puntos concretos: la vida de trabajo y la vida pobre.

En 1648, Luisa recuerda con cierto rigor a Isabel Turgis una de las reglas de la Compañía de las Hijas de la Cari­dad.

Recuerde esa práctica nuestra de que debemos tra­bajar para ganamos la vida.”

Los Fundadores en el S. XVII establecen una clara di­ferencia entre el “trabajo” para ganar la propia vida y los “empleos” del servicio de los Pobres.

El término empleo que significa función, cargo, misión, está reservado a todo lo que concierne al servicio de los Pobres. Estos empleos muy variados (servicio a domici­lio, escuelas, hospitales, forzados, orfanatos…) dependen todos de fundaciones. Antes de enviar una pequeña Co­munidad a un lugar determinado, se establecía una fun­dación, es decir, que quienes habían solicitado la ida de las Hermanas pagarían regularmente una cantidad, ya se tratare de Señoras de la Caridad, Cofradías de la Caridad, Párrocos, Obispos, Administradores…, Esa cantidad es­taba destinada a sostener el servicio de los Pobres: (cui­dados, alimento, educación…) y también la vida de las Hermanas (vivienda, comida).

Las cantidades que se abonaban a las Hermanas (ac­tualmente hablaríamos de “asignación”), no eran propiamente un sueldo. Tanto los Fundadores como las Herma­nas no quieren que tos emplaos del servicio de los Pobres sean considerados como un trabajo remunerado. En 1645, Santa Luisa habla a San Vicente de las Hermanas de la parroquia de San Gervasio.

“La Señora de Chavanas quiere que nuestras Herma­nas de San Gervaslo perciban los cinco sueldos que las señoras que se encargan de preparar la comida para los pobres daban como salario a la mujer que llevaba el puchero antes de que fuesen las Herma­nas a esa parroquia… Las Hermanas están disgus­tadas con esto porque las Señoras les preguntan si están a sueldo…”

Las Hermanas, al negarse a recibir un sueldo de parte de las Señoras, muestran claramente que ellas no son sus criadas, que no dependen de ellas. Las Hermanas sitúan el servicio que prestan a los Pobres y a los enfermos a otro nivel. El servicio de los Pobres es su misión.

Con la palabra trabajo, que tiene un sentido de esfuer­zo, de fatiga, lós Fundadores se refieren siempre a aque­llo que reporta dinaro para vivir. Ese término “trabajo” de­signa en el S. XVII el trabajo manual del pueblo sencillo de las ciudades y de los campos.

En la Conferencia sobre el amor al trabajo, del 28 de no­viembre de 1649, San Vicente explica detenidamente las razones que tiene este trabajo manual para las Hermanas. Hay que trabajar para imitar a Jesucristo, para cumplir el mandamiento de Dios: “Comerás el pan con el sudor de tu frente”, para huir de la ociosidad, madre de todos los vicios. En esa Conferencia una Hermana intervino subra­yando la importancia de este trabajo para las Hijas de la Caridad:

La mayoría de nosotras estaríamos obligadas a ga­namos la vida, si estuviéramos en el mundo.”

Y otra añadió:

Si se introdujese en la Compañía la idea de que no tenemos nada que hacer para ganamos la vida, pron­to caeríamos en la ociosidad.”

Trabajar manualmente, trabajar para ganarse la vida, es para las primeras Hermanas un medio concreto de per­manecer en su estado de sirvientas, de evitar convertirse en Señoras que viven tranquilamente de sus rentas. En el transcurso de la conferencia aludida, San Vicente pro­longa su reflexión:

Cuando se vean nuestras Hermanas bien estableci­das y que no tienen mucho en qué ocuparse, no se preocuparán de trabajar y no se cuidarían de ira ver a los pobres. Y entonces habría que despedirse de la Caridad… Habría que celebrar entonces las exe­quias de la Caridad.

El trabajo que llevan a cabo las Hermanas es un trabajo artesanal, semejante al de las mujeres del pueblo, al de las mujeres del campo. María Joly lava ropa cuando está en la parroquia de San Germán; las mujeres del Hotel-Dieu hacen mermeladas; en Montreull, Sedan, Chem, Bemay, las Hermanas crían animales y venden sus productos; mu­chas hilan y cosen. Este trabajo se hace siempre fuera del servicio a los Pobres y en nada puede serle perjudicial.

“Trabajo manual quiere decir lo que hacéis fuera de las horas en que estáis ocupadas con los enfermos, en el tiempo que os quede…”

Luisa estimula con frecuencia a las Hermanas al traba­jo manual: les recuerda que son pobres siervas y que el trabajo forma parte de su modo de vida.

Si acaso tuviera usted algo de tiempo de sobra, creo que lo empleada mejor en ganar algunos sueldos tra­bajando para los pobres… que en dedicarlo a hacer cumplidos.”

Las mismas observaciones hace a Marta en Chars y a Ana Levies en Bemay.

Cuánto temolos lugares en donde se está con de­masiadas comodidades para nuestra condición (nuestra condición de siervas). Cuide… de que (nues­tra Sor Marta) esté ocupada, y en trabajos fuertes, lo más que pueda.”

“Sor Ana ¿qué hace usted?… le diré lo que otras ve­ces le he dicho, que hay que trabajar, porque la hol­gazanería fomenta el pecado en el alma y la indispo­sición en el cuerpo.”

El dinero que ganan con ese trabajo manual sirve a las Hermanas para alimentarse, vestirse y compartir con los Pobres. A menudo es un complemento a las cantidades que las Señoras pagan con mucha Irregularidad. Pero, lo que queda, el sobrante, se envía a la Casa Madre para los gastos de formación de las Hermanas jóvenes y para los gastos que originan los cuidados a las Hermanas enfer­mas.

No obstante con los años aparecen abusos. Las Her­manas quieren tener dinero para ellas, desean poder ali­mentarse mejor. San Vicente interviene:

No hay que tener ante la vista la ganancia… no, eso lo estropearía todo.”

Tener dinero, manejarlo, es siempre un peligro. Las Her­manas que en su mayor parte proceden del campo, no están aconstumbradas a tener dinero, ya que los campe­sinos poseían muy poco. Si tenían algunas monedas las guardaban en el calcetín de lana y con frecuencia las gas­taban en la feria anual del pueblo vecino.

Las Hermanas, en las Cofradías, en los pueblos, son res­ponsables del dinero que se les entrega para los Pobres, del que tienen para vivir y del que han ganado con su tra­bajo. Por eso reciben directivas concratas y precisas con relación al manejo de ese dinero. Es necesaria una admi­nistración rigurosa que distinga bien lo que pertenece a los Pobres y lo que es para la Comunidad.

Sean muy exactas en no tomar en provecho suyo nada que pertenezca a los Pobres, y si crían algunos animales para ~dad de ustedes, sean también muy exactas en pagar lo que gasten en piensos… Ten­gan también cuidado en no pagar con dinero de los Pobres lo que les cueste cuidar esos animales o guar­darlos, o cualquier otra cosa que pueden hacer para su utilidad particular.”

San Vicente, sin duda informado por la Señorita, cita en las conferencias pequeños detalles en los que las Her­manas faltan a la justicia respecto a los bienes de los Po­bres.

Una Hermana que se sirve del dinero de los pobres para utilizarlo en estampas o en otras cosas de de­voción, comete un robo, dado que aquel dinero se le entregó sólo para auxiliar a los pobres.”

Én cuanto a las que tienen que administrar el bien de los pobres, es menester que cumplan fielmente con su encargo… y que no digan jamás que una me­dicina costó más de lo que costó…”

Luisa conoce todas las tentaciones que puede procu­rar el manejo del dinero: tentación da satisfacerse a sí mis­ma en pequaflas o grandes cosas, tentación de querer apa­rentar, tentación más sutil de mandar ayuda a las perso­nas queridas. Reflexionando sobre las razones que podrían causar la ruina de la Compailla, Luisa escribe:

Én cuanto al manejo del dinero, podrían llegara apro­piárselo y a usar de él según su inclinación (pasión de poseer), a hacerse con cosas inútiles porque han visto que otras las tienen y, hasta a dárselo a sus fa­miliares… no sólo de lo suyo sino del bien de los po­bres.”

Para evitar toda confusión entre el dinero que está des­tinado a los Pobres y el que está destinado a la vida de Comunidad, se pide expresamente que se lleven las cuen­tas por separado. Luisa de Manliac recomienda a Ana Har­demont y a María Lullen que van a Montreuil:

“Que una manejase el dinero de sus gastos y la otra el de los pobres.”

En 1658 Luisa pide al Padre Portal, que redacte el regla­mento para las Hermanas que van a Ussel:

…sus gastos (los de las Hermanas) irán separados de los gastos de los Pobres.”

El respeto hacia el dinero de los Pobres, la separación de las diferentes cuentas, el rigor en la contabilidad, irán acompañados por una rendición de cuentas periódica.

En nombre de Dios, Hermana, administre el bien de los pobres lo mejor que pueda y esté atenta para que nuestras Hermanas lo hagan también así con cari­ño. Creo que da usted cuenta de sus ingresos y gas­tos lo más exactamente posible.”

A Bárbara Angiboust cuando deja Brienne, Luisa que siempre ha mostrado una gran prudencia, le pide que ha­ga por escrito su rendición de cuentas y que lleve una co­pia a la Casa Madre, con el fin de evitar después toda re­clamación por parte de las Señoras:

Deje por escrito todo lo que tiene ahí que pertenece a los pobres y fírmelo, trayendo una copia que hará usted firmar a la persona en cuyas manos entregue usted todo.”

¡Una buena administración no puede desdeñar la pru­dencia!

El reglamento de Angers, redactado entre 1639-40, ex­plica las Hermanas el estilo de vida que han de adoptar en el interior del hospital:

Se acordarán de que han nacido pobres, de que tie­nen que vivir como pobres, por amor al Pobre de los Pobres, Jesucristo, Nuestro Señor y de que, en calidad de tales, tienen que ser muy humildes y res­petuosas con todo el mundo…”

Las Hermanas son pobres de nacimiento. La vida sen­cilla y sobria les resulta natural. Pero muy pronto, el con­tacto con los ricos, el manejo del dinero, influyen en su comportamiento. Ya en 1639, Luisa de Marillac, interpela a Luisa Ganset que está en Richelieu:

“Yo creo que la causa de la mayor parre de las faltas que comete es que maneja usted dinero y que siem­pre le ha gustado tenerlo. SI quiere seguir mi conse­jo, deshágase de esa afición; póngalo todo en ma­nos de Sor Bárbara (la Hermana Sirviente)… y excí­tese al amor de la santa pobreza, para honrar la del Hijo de Dios, y por este medio conseguirá lo que ne­cesita para ser verdadera Hija de la Caridad.”

Encontramos, durante estos primeros años de la Com­pañía, la insistencia en la dimensión espiritual: imitar a Je­sucristo. En los años siguientes, sin dejar de mantener esta mirada en Cristo, Luisa entra en lo concreto de la vida.

En 1654, en Bemay, las Señoras de la Caridad desean comprar una casa para alojar a las Hermanas e instalar después en ella una especie de hospital. Luisa, después de haber sido informada del proyecto, escribe a Bárbara Angiboust:

Cuando se trate de buscarles alojamiento definitivo, tendrá usted cuidado en elegir una vivienda propia para unas pobres Hermanas.”

No se tienen en cuenta los consejos de Luisa. Las Se­ñoras de la Caridad compran la hermosa casa que tenían en perspectiva. En octubre de 1656, unos dos años des­pués de la primera carta, Luisa vuelve a intervenir en este asunto e invita a las Hermanas a Interrogarse:

¿Y qué le diré de esa hermosa casa en que habitan ustedes? Su profesión de pequeñez y pobreza ¿no le hace sentir a veces como oleadas de temor? Si es así, quiero creer que hace usted actos de heroica vir­tud interior y exteriormente, de tal manera que has­ta le dará vergénza presentarse ante la gente, consi­derándose usted como la menor de todo el lugar.”

Francisca Carcireux, en Narbona, deberá decir al Se­ñor Obispo y a las Señoras de la Caridad la opción que han hecho las Hijas de la Caridad de vivir pobremente:

“Pero sobre todo como en ese lugar no conocen su forma de vivir pobremente, también en lo que se re­fiere al alojamiento, no deseen que se las trate de otro modo aunque sólo fuera con poca diferencia; no dis­cutan, pero expongan humildemente, con firmeza, con dulzura y con brevedad, sus razones.”

Vivir pobremente es aceptar también la moderación en la cantidad y calidad de la comida. Luisa escribe a las Her­manas de Chars:

“Una y otra saben muy bien, queridas Hermanas, quek en cualquier lugar en que se encuentren, han de prac­ticar siempre la sobriedad, tanto en la cantidad co­mo en la calidad de los alimentos…”

Pero la pobreza que exige Luisa es una pobreza llena de sentido común. Ser sobrio no significa carecer de lo necesario hasta el punto de caer enfermo. Varias veces, Luisa suplica a las Hermanas que pidan dinero prestado para poder alimentarse; así ocurre en Chantilly en 1653 (98), en Arras en 1657 (99), en Brienne en 1659:

“Le ruego por el amor de Dios, querida Hermana, que no carezcan de nada de lo necesario, en su alimen­tación: Sor Genoveva se ha quedado espantada al verla tan fiaca, es verdad que no recuerda que por contextura natural es usted así. No obstante, ponga cuidado en no estar tan delgada porque pase nece­sidad; pida prestado dinero, con toda libertad, cuan­do lo necesite, que• ya sé muy bien que no ha de abu­sar.”

Este sentido común de Luisa de Marillac vuelve a en­contrarse cuando hay que hacer compras. A las Herma­nas que van de viaje da sencillos consejos de economía:

“Y como de ordinario el pan cuesta caro en los me­sones, harán bien en comprar uno grande en la pa­nadería y tener así lo suficiente”.

En 1656, Luisa agradece a Bárbara la tela tan buena que le ha enviado de Bemay, región en la que hay ricas ma­nufacturas. Pero la carta indica que dicha tela resulta ca­ra teniendo en cuenta su poco ancho (102). Bárbara se fijó en el precio pero sin comprobar más detalles. Cuan­do se trata de enviar mantecas de Brienne a París, Luisa pide que se informen cuánto costaría con los portes una libra de manteca.

“Me habla usted dicha querida Hermana, que la man­teca estaba ahí a muy buen precio y que podría pro­curárnosla derretida. Le ruego que se informe cuán­to costarla puesta aquí, es decir, con los portes, y si te que no nos saldría a más de seis sueldos la li­bra, nos haría usted un gran favor, mandándonos la mayor cantidad que pudiera, cien libras o más.”

Se percibe, a través de estos múltiples ejemplos, que Luisa desconfía de las palabras bonitas sobre la pobreza si no van acompañadas de realizaciones concretas.

” …(le) ruego ame mucho la santa pobreza, no sólo por la estima y con las palabras, sino en la práctica, en todos sus efectos.”

Ser sierva significa someterse de grado a la ley del tra­bajo manual, trabajo que se despreciaba en el S. XVII; sig­nifica vivir pobremente, con prudencia, con sobriedad y sencillez.

Aspecto teológico.

En su oración y meditación, Luisa de Marillac contem­pla a Cristo, el Redentor del mundo, y se esfuerza por aprender de El cómo servir a los Pobres.

Todas las acciones del 1-10 de Dios son sólo para nuestro ejemplo e instrucción.”

Cristo vive en medio de sus discípulos como el que sir­ve y va hasta el extremo de las exigencias del amor dan­do su vida por la Redención de los hombres. Luisa desea a las Hermanas que imiten a Cristo Servidor de los de­signios del Padre.

Nuestro Señor siempre se sometió a la voluntad da.. su Padre… Suplico a la bondad de Nuestro Señor que disponga nuestras almas para recibir al Espíritu Santo y que así, inflamadas con el fuego de su san­to Amor, se consuman ustedes en la perfección de ese amor que les hará amar la santísima voluntad de Dios.”

Penetrada por la palabra de Cristo: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a MI me lo hicisteis”, Luisa vive una inversión de valores. Aquellos a quienes, con frecuencia, el mundo desprecia, ella los pre­senta como Amos. No hace falta puntualizar más. Ca­da una, dentro de esta inversión, totalmente evangélica, ve a un Amo, en aquel a quien sirve, consuela o educa.

En agosto de 1640, Luisa se acuerda de su estancia en Angers a principios del año. Le parece que se está viendo con las Hermanas en la gran sala del hospital San Juan:

Parece que me estoy viendo en medio de todas us­tedes al servicio de nuestros amados Amos, dándo­les la cena.

En 1652, la región de Angers ha sufrido mucho por los disturbios de la Fronda. Muchos campesinos arruinados hablan ido a refugiarse en la ciudad y a buscar un poco de alimento. Más de 20.000 mendigos vagan por las ca­lles. Cecilia ha comunicado a Luisa de Marillac todo este sufrimiento y las angustias que experimentaron.

La lectura de todas las aflicciones y calamidades ocu­rridas en Angora, me han causado honda pena por todo lo que los pobres tendrán que sufrir; suplico a la divina bondad los consuele y les dé el socorro que necesitan. También ustedes, queridas hermanas, han tenido gran trabajo y dificultades, pero ¿han pensa­do que era justo que las siervas de los pobres sufrie­sen con sus Amos…?”

San Vicente, profundamente convencido de la “eminen­te dignidad de los Pobres”, exclama en una Conferencia:

Los pobres son nuestros amos, son nuestros reyes; hay que obedecerles; y no es una exageración lla­marlos de ese modo, ya que Nuestro Señor está en los pobres.”

Las primeras Hermanas viven con toda sencillez esta inversión evangélica de valores. La Duquesa de Alguilion pide a San Vicente tener a su lado a una Hija de la Cari­dad. No atreviéndose a darle una negativa, San Vicente pide a Bárbara Angiboust que vaya al palacio de dicha Da­ma. Después de una breve parada, Bárbara pide salir de allí, provocando la extrañeza de la Duquesa, a quien ma­nifiesta:

Señora, he salido de casa de mis padres para servir a los pobres, y usted es una gran dama, rica y pode­rosa. SI usted fuera pobre, señora, la servida de buena gana.”

Las Hermanas van hacia sus verdaderos Amos con mu­cha alegría. Todo el respeto que habitualmente se prodi­ga a los Ricos y Poderosos las Hermanas lo otorgan prio­ritariamente a los Pobres. En ellos saben descubrir y re­conocer, más allá de las apariencias, la grandeza de todo hombra. Con paciencia y amor se esfuerzan por compren­der y compartir sus penas y sufrimientos. Dulzura y deli­cadeza son la prueba de su profundo amor hacia ellos.

Juana Francisca está encargada de un orfanato en Etampes. Luisa la anima evocando la grandeza de aque­llos niños a quien sirve.

Continúe sirviendo a nuestros queridos Amos con gran dulzura, respeto y cordialidad, viendo siempre a Dios en ellos.”

Los soldados heridos a quienes Ana Hardemont atien­de en Chillona tienen derecho al mismo respeto, a la mis­ma mansedumbre.

…sirva a sus pobres enfermos con espíritu de man­sedumbre y gran compasión, a imitación de Nues­tro Señor que así trataba a los más molestos.”

Cuanto más desamparado, abandonado, despreciado sea el Pobre, tanto más se hace grande a los ojos de su sierva. Los Niños Expósitos a quienes Luisa tanto amó y defendió, son en el siglo XVII el tipo mismo de esos po­bres abandonados de todos, excluidos de la sociedad. Lo mismo ocurre con las niñas a quienes las Hermanas ins­truyen en las aldeas; a éstas el mundo no las toma en con­sideración porque son pobres y además niñas.

En tiempo de los Fundadores la miseria es inmensa en el campo, tanto desde el punto de vista material como espiritual. Luisa de Marillac, reflexionando en el futuro de la Compañía, desea que:

“…acaso reciba algún día (la Compafita) la gracia de ser empleada más en el servicio de los aldeanos que en las ciudades, como fue su primitivo designio o más bien el de Dios, cosa que podría ocurrir a causa de las mudanzas ordinarias del mundo.”

Luisa parece desear que la Compañía dependa menos de los Grandes, de los Ricos que son quienes aportan las finanzas para el servicio; desea igualmente que pueda de­dicarse, según su opción, a aquellos a quienes el Señor reconoce como “sus miembros”.

“¡Ah!, ¡qué dicha si la Compañia, sin ofensa de Dios, no tuviera que ocuparse más que de los pobres des­provistos de todol Y por eso la Compañia no debe apartarse del ahorro ni cambiar de manera de vida con el fin de que si la Providencia le da más de lo necesario, (las Hermanas) vayan a servir a sus ex­pensas a los pobres, espiritual y corporalmente, sin ruido, con sordina, con tal de que la almas honren eternamente los méritos de la Redención de Nues­tro Señor.”

Los pobres participan de un modo especial en la Pasión de Cristo. Eternamente ellos y todos los elegidos glorifi­carán a Dios por la inmensa gracia de la Redención.

Cuando pide a las Hijas de la Caridad que sean Siervas de los Pobres, Luisa de Manilac desea que todos tengan la “obsesión del pobre”, del que no tiene nada, del que está destituido de todo, del que no puede vivir como hom­bre libre.

Servir como Hija de la Caridad es responder a la llama­da de Cristo, esa llamada a une entrega total a los pobres, sus miembros preferidos.

Servir como Hija de la Caridad es ir hacia los más aban­donados, prestando atención a sus verdaderas necesida­des.

Servir como Hija de la Caridad es ponerse humildemente al servicio de los Amos según el Evangelio y trabajar por devolverles su dignidad.

“Sean muy afables y bondadosas con sus pobres; ya saben que son nuestros Señores a los que debemos amar con ternura y respetar profundamente.”

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