Santiago Masarnau (Tercera parte)

Francisco Javier Fernández ChentoSantiago MasarnauLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juan Carlos Flores Auñón .
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IV. Funcionamiento y desarrollo de la Sociedad de san Vicente de Paúl

Cuando se constituyó el Consejo Superior de la Sociedad en marzo de 1850, los socios ya eran diez y visitaban a 22 familias; y justo al año de la fundación se dividió la primera Conferen­cia en dos, tomando la nueva el nombre de Santa María de la Al­mudena, mientras que la matriz recibió el de San Sebastián. También recibieron ese año la aprobación por parte eclesiástica, mientras que la civil se consigue en 1851.

«Ministerio de Gracia y Justicia. -Sección T.- El Ministro de Gracia y Justicia di­ce con esta fecha al Emmo. Señor Cardenal Arzobispo de Toledo lo siguiente:

Emmo. Señor: Enterada S.M. la Reina (q.D.g.) De la exposición elevada por Don Santiago Masarnau y Don Pedro Madrazo, solicitando su Real permiso y autoriza­ción para el establecimiento de la Asociación caritativa de San Vicente de Paúl, y convencido el real ánimo de que el objeto de este benéfico instituto se dirige a aliviar las desgracias que son propias de todos los países y climas, llevando a las clases po­bres socorros espirituales y temporales; de conformidad con lo dispuesto por la Sec­ción de Gracia y Justicia del Consejo real, he venido en conceder la autorización so­licitada, aprobando los Estatutos para el régimen de la Sociedad de San Vicente de Paúl, con la única modificación de que, cuando se hayan de remitir a fondos a la ca­ja central, establecida en país extranjero, se ponga en conocimiento del Gobierno, con expresión de la suma y de la época en que se verifica la remesa; sin que esta li­gera modificación afecte en lo más mínimo a las bases de organización, ni altere la li­bre disposición que compete a la Sociedad.

De real orden, comunicado por el expresado señor Ministro, lo traslado a usted pa­ra su diligencia, satisfacción y efectos consiguientes.

Dios guarde a usted muchos años.

Madrid, 18 de julio de 1851.

El subsecretario, Antonio Escudero.

Señor D. Santiago de Masarnau».

Ese mismo año se funda la primera Conferencia fuera de la ca­pital en Burgos y en la que tomó parte activa el propio Masarnau. En 1852 se funda la Conferencia de San José y la de Calella en Ca­taluña… Así continúa un rosario de nuevas fundaciones que dan un saldo de 40 a finales de 1855.

Pero para la puesta en marcha de la Sociedad, unida a su rápi­do crecimiento, ¡cuanto tuvo que trabajar D. Santiago para formar el carácter y el espíritu de tantos socios! Para ello utilizó, además de una vida ejemplar en todos los aspectos, las cartas, sus discur­sos en las Juntas Generales y, desde 1856, el Boletín de la Sociedad, verdadero instrumento difusor del espíritu y actuación de la Socie­dad vicentina.

De su ejemplar vida venimos ya hablando desde páginas ante­riores, y aún diremos algo más. De su correspondencia conserva­mos, pese al tiempo y vicisitudes históricas sufridas, suficientes ejemplos. De sus discursos, preparados con dedicación y publica­dos en su práctica totalidad podemos extraer cual fue la espiri­tualidad que quería para la Sociedad. La importancia que estos discursos tienen, merece que se le dedique una atención especial en el futuro.

Presentamos unos fragmentos de los primeros discursos que Santiago Masarnau, como Presidente de la Sociedad en España, hi­zo en los primeros tiempos de la fundación. Con ellos pretendió dar a conocer la Sociedad, al tiempo que inculcaba a sus consocios el verdadero espíritu de la misma.

Son, en general, ideas sencillas pero muy sólidas, que manifies­tan su profundo espíritu de fe y nobleza de almas, al tiempo que plantea el sentido profundo de la limosna y señala como la cercanía al pobre debe ser un medio ascético para la propia perfección.

«Señores: la Asociación de San Vicente de Paúl no tiene por único objeto, como a pri­mera vista parece, visitar a los pobres y socorrerlos. La visita a pobres a domicilio es sin duda una de las prácticas más notables en ella; pero no pasa de ser uno de los mu­chos y muy diversos medios que emplea para lograr el objeto verdadero, que es por cierto mucho más elevado y trascendental. Este objeto es realmente el bien espiritual de los asociados. La caridad ejercida entre nosotros mismos y para con los pobres, es la base de los dos medios que el Reglamento indica para conseguirlo: 1º. Conocerse y amarse mutuamente. 2º. Amar y servir a los pobres de Jesucristo».

¡Señores! La limosna, por sí sola, no prueba amor. Se puede dar al pobre por mero efecto de aquella satisfacción natural que se experimenta al dar; se puede socorrer al pobre por inclinación y hasta por orgullo. Cuando San Pablo dice: «aunque yo dé to­do lo que tengo a los pobres, si no tengo caridad nada me aprovechará,» prueba que se puede dar mucho, y aún todo, sin caridad. No consiste, pues, la verdadera caridad, que es la que debemos buscar y procurar ejercer nosotros, en solamente dar. La limos­na material ha de ir acompañada de la limosna espiritual, y las dos han de estar ba­sadas en el verdadero amor del pobre. Al alivio de sus necesidades y miserias corpora­les hemos de añadir el alivio de sus necesidades y miserias espirituales.

¡Cuánto bien estarnos llamados a hacer a nuestro prójimo, y cuánto bien nos pode­mos hacer de paso a nosotros mismos! No hay dolor, no hay aflicción, acaso no hay tentación que no se pueda resistir y sobrellevar con el auxilio de la visita del pobre. El que se crea postergado en su carrera o profesión; el que se halle atormentado con la idea de que sus rivales o enemigos le han privado de tal ascenso o de tal ventaja, que visite al pobre, y verá cómo se mitiga sensiblemente su ansiedad y su tormento. El que se crea amenazado de la pobreza, ese gran coco de los mundanos, que visite al pobre, y verá cómo el pobre puede amar y por consiguiente gozar, y su miedo a la pobreza se irá poco a poco disipando.»

Santiago Masarnau, «Discursos», 1851-1855

Podemos resumir, siguiendo lo escrito al respecto por Vicente de la Fuente, socio cofundador, cuales fueron algunas de las prin­cipales enseñanzas que D. Santiago daba constantemente a sus consocios:

«El nos enseñó a metodizar la vida y aprovechar el tiempo.
A la puntualidad rigurosa y hasta por minutos.
A no faltar a la verdad ni aun en lo más ligero.
A no contestar a las injurias, sobre todo de los periódicos.
A huir de la político-manía.
A llevar apuntación rigurosa de todo y no fiar en la memoria
sobre todo en lo relativo a ingresos y gastos.
A consignar en todos los escritos la fecha del día.
Y a otras cosas que de él aprendimos sin sentir, y quizá sin apre­
ciarlas, aunque pudieran enumerarse entre las pequeñas virtu­des».

Apoyando esta labor, aparece, desde 1857, la figura de San An­tonio Mª Claret; el santo fue un entusiasta difusor de las Conferen­cias, se le ve muy frecuentemente presidiendo las Juntas Generales de la Sociedad celebradas en Madrid o la Conferencia de El Esco­rial, así como dando tandas de Ejercicios Espirituales a los socios de las Conferencias en las Iglesias madrileñas de Santo Tomás y de Montserrat.

Cuando el Santo acompañaba a la Reina en sus viajes, debido a su cargo de confesor real, visitaba y predicaba a las Conferencias de las distintas ciudades por donde pasaba la corte. En sus escritos habla varias veces de ellas y las alaba como medio ex­celente de santificación y apos­tolado cristiano.

La relación de Santiago Masar­nau y San Antonio María Cla­ret, fue íntima y duradera. El documento que aquí reproduci­mos, fechado el 4 de agosto de 1880 cuando el Santo ya había fallecido, prueba el conocimien­to y trato que ambos tuvieron así como la forma de Santidad que según Masarnau tuvo el Pa­dre Claret.

El Sr. Presidente del Consejo Superior de la Sociedad de San Vicente de Paúl en España.

Como dije a los Padres Misioneros, que vinieron a anunciarme la carta que he recibido de V., extrañé mucho que se hubieran acordado de mi humilde persona para un asunto, que tanto honra al que en él pueda ocuparse; pero, en fin, pues­to que así ha sido , con el mayor gusto diré a V.: Que conocí y traté con bastante intimidad por algunos años al Excmo. Sr. D. Antonio María Claret (q.e.p.d.), y desde luego me pareció que era un Santo. Admiré en varias ocasiones sus virtudes, y particularmente su humildad y su mortificación, que viéndole de cerca, real­mente asombraba. De su laboriosidad no digo nada, pues todos saben lo mucho que ha trabajado, y los que le han tratado recordarán, que no estaba nunca un momento ocioso. Pero lo más heroico en él fue sin duda la paciencia e igualdad de ánimo, con que sufrió las calumnias y las persecuciones por espacio de muchos años, sin que su boca ni su pluma se quejaran a nadie directa ni indirectamente: – ¡Cuántos santos habrá ya reconocidos por nuestra santa Madre la Iglesia, que no pasarían por pruebas por las que Dios nuestro Señor tuvo por bien permitir que pasara este nuestro Santo, particularmente en los últimos años de su vida! Pues Santo creo debemos llamarle, y encomendarnos a él con frecuencia, como yo acos­tumbro hacerlo …

Las obras de caridad en las que trabajan las Conferencias, re­partidas por toda España, pueden resumirse en las siguientes:

  • Escuelas de niños.
  • Visitas a Hospitales y Cárceles.
  • Regularización de matrimonios.
  • Roperos.
  • Cocinas económicas, que repartían de 200 a 300.000 raciones al año.
  • Instrucción religiosa.
  • Biblioteca.
  • Ejercicios Espirituales.
  • Otras obras diversas.

Y 18 años después de la fundación, es decir, el año 1867 la So­ciedad presentaba el siguiente balance:

  • 694 Conferencias regidas por 46 Consejos.
  • Casi 20.000 miembros entre activos, honorarios, suscripto­res, bienhechores, aspirantes, etc.
  • 14.404 familias adoptadas.
  • 7.777 niños patrocinados.
  • 2.039 pobres instruidos.
  • 398 matrimonios regularizados, etc.

Mientras que los ingresos eran ese año de 807.103 ptas. y los gastos de 721.072 ptas.

Todos estos datos no son del todo completos, pues como señala D. Santiago en su informe, 41 de las Conferencias existentes no ha­bían enviado sus cuadros estadísticos cuando se redactó el mismo.

V. Supresión de la Sociedad en 1868

Este alentador panorama se ve gravemente alterado cuando se produce el movimiento revolucionario que conocemos como la «Gloriosa».

Hasta ese momento, la vida de Masarnau había mantenido un ritmo de trabajo ordinario, dedicando, eso sí, más tiempo a la So­ciedad de la que era Fundador y Presidente. Ahora bien, en 1863 don Vicente Masarnau se jubila y deja el Colegio que venía funcio­nando desde hacía más de 20 años. El y Santiago se trasladan a vi­vir a la calle Cedaceros 11, a pocos metros de su anterior domicilio. En la primavera de ese año, Masarnau viajó a Francia, para asistir a la inauguración de un monumento junto a la casa natalicia de San Vicente de Paúl en las Landas y la traslación de sus reliquias desde la parroquia de Pouy a la nueva capilla que se había construido en honor del santo. A su regreso visitó algunas de las Conferencias de Cataluña y Aragón, especialmente en Barcelona y Zaragoza.

En 1866 quedó vacante una de las plazas de Gentilhombre dotada con 1.000 escudos y le fue asignada, recordemos como consiguió esta plaza, su posterior pérdida y las reclamaciones que hizo para ser re­puesto de una condición de la que se creía injustamente despojado. Lo consiguió y ahora se le ofrecía la posibilidad de una reposición ple­na. Existe un documento prueba de la virtud que D. Santiago practi­caba desde hacía años, este documento se conserva en el Archivo del Palacio Real de Madrid que en resumen viene a decir, después de agradecer a la Reina el honor que recibe con tal ofrecimiento «… que al mismo tiempo se ve precisado a hacer presente también que, con­sagrado todo su tiempo al desempeño del cargo que tiene en la Socie­dad de San Vicente de Paúl y del cual no cree posible poder prescin­dir, le es enteramente imposible servir dicha plaza…

Este documento, por el que Santiago Masarnau renuncia a un puesto remunerado como Gentilhombre de Casa y Boca, cuando contaba 61 años de edad, y que suponía una reposición moral, plena, de un título del que se consideró injustamente despo­seído en 1823, además de una seguridad económica para el resto de su vida; seguri­dad que en vano trató de lograr desde sus años de juventud. Esta renuncia que vie­ne fundamentada en el «desempeño del cargo que tiene en la Sociedad de San Vicente de Paúl y del cual no cree posible poder prescindir…», muestra el grado de entrega que tenía a la Obra por él iniciada para atender, entre otros fines, a los más necesi­tados de la sociedad de su tiempo.

«Señora: El exponente, con el más profundo respeto a VM., hace presente su vi­va gratitud por el favor que le ha sido dispensado al comprenderle en el número de los Gentilhombres de Casa y Boca agraciados con la dotación de mil escudos anua­les. Nunca podrá olvidarlo, pero al mismo tiempo se ve precisado a hacer presente también que, consagrado todo su tiempo al desempeño del cargo que tiene en la So­ciedad de San Vicente de Paúl y del cual no cree posible poder prescindir, le es en­teramente imposible el servir la dicha plaza, como en otro caso lo haría gustosísimo, adicto de corazón que como lo es y lo ha sido siempre a la augusta persona de V.M. Y por lo tanto,

Rendidamente suplica se sirva mandar que la dicha dotación de mil escudos anuales se asigne al que le corresponda de la misma clase por antigüedad prescin­diendo del exponente, y será un nuevo favor que aumentará, si es posible, su agra­decimiento y la obligación en que se considera de pedir a Dios todos los días por la felicidad espiritual y temporal de V.M.- Madrid, 26 de mayo de 1866.

Señora, a los RR.PP. de V.M. su más afecto y humilde súbdito, Santiago Masarnau»

AGP, Sección Administrativa, caja 650.

La reina Isabel II accedió a admitir la renuncia de Masarnau»en vista a las entendibles y muy respetables razones» que mani­festaba en su escrito.

Cuando los revolucionarios toman el poder y la Reina abando­na España, la Sociedad presidida por Masarnau sufrirá en sus car­nes el talante y el espíritu que animaba a los nuevos regentes del Es­tado. En octubre de 1868 apareció en la Gaceta un decreto disolviendo la Sociedad de San Vicente de Paúl, reducido a un so­lo artículo, sin la exposición de motivos que habitualmente precede a un texto articulado de estas características. Decía el texto del de­creto:

«Quedan disueltas desde esa fecha (19 de octubre) las asocia­ciones conocidas con el nombre de Conferencias de San Vicente de Paúl. Los gobernadores civiles se incautarán de los libros, papeles y fondos, que siendo de su propiedad, existan en poder de sus presidentes, secretarios o cualesquiera otras personas.

Firmaba el decreto Romero Ortiz, ministro de Gracia y Justicia, que en rigor no podía hacerlo puesto que la Sociedad no era ecle­siástica, sino civil y dependiente, por tanto, del ministerio de la Go­bernación».

Poco después se personó en la sede de la Sociedad un delegado del Gobierno para ejecutar el Decreto, y en este triste trance D. San­tiago, dio muestras una vez más de su temple y virtud, ya que no le abandonó la serenidad de espíritu, ni tampoco el ingenio que le adornaba. Esperanza y Sola relata el siguiente episodio: «Estaba ha­ciéndose el inventario de los papeles, cuando el delegado del Gobierno hizo seña a Masarnau para que pasara a la pieza contigua. Una vez allí, y encerrados, despojose del tono un tanto autoritario que hasta entonces había usado, dándose a conocer como antiguo discípulo del Colegio de las de Vallecas. «Yo, le dijo, sé que es usted un hombre de talento, y que ha pasado su juventud en Francia y en Inglaterra; y bien, ahora estamos solos, ¿quiere usted decirme có­mo es posible que a una persona de sus cualidades, de su educación y hasta de sus amistades, algunas de las cuales conozco, le guste vi­sitar pobres, ignorantes, groseros y repulsivos bajo cualquier pun­to de vista que se le mire? No lo comprendo. -Y, sin embargo, le in­terrumpió el interpelado, usted sabe que hay pescadores de caña. -Ya lo creo respondió aquel; ¿pero que tienen que ver ellos con lo que yo pregunto a usted?. -Es, le respondió Masarnau con imperturba­ble calma, que los tales pescadores se encuentran, respecto de mí, en la misma relación que usted con los visitadores de pobres. Nun­ca he podido comprender, añadió, como un hombre puede perma­necer cuatro a seis horas a la margen de un río, sin moverse, en es­pera de un pececillo que venga a morder el anzuelo, y, sin embargo, los hay, todos los vemos. La razón es que quizá no comprendamos los gustos que no tenemos, y he aquí por qué ni usted comprende a los que visitan a los pobres, ni yo a los pescadores de caña».

La reclamación presentada ante lo que consideraba un atrope­llo, lo único que consiguió fue que se autorizara el funcionamiento de las Conferencias femeninas, pero este golpe de efecto por parte de las autoridades no tuvo éxito, pues por solidaridad con las mas­culinas ellas también dejaron de funcionar.

En estos momentos de prueba, destaca la actitud de Dña. Con­cepción renal, su relación con Masarnau venía desde antiguo, pues había ingresado en las Conferencias femeninas de Potes. Allí en Potes conoció al famoso violinista Jesús Monasterio, que era socio de las Conferencias y fue él quien le animó para que ingresara en ellas, recordemos que las Conferencias femeninas se fundaron en 1855, iniciando sus visitas a las familias pobres de la localidad. Como fruto de esta experiencia, DA Concepción Arenal escribió un «Manual del visitador del pobre», el manuscrito llegó a manos de Masarnau, el cual después de hacer algunas observaciones se en­cargó de su publicación, estos hechos debieron producirse hacia 1861, pues dos años más tarde el libro se anunciaba ya en el Bole­tín de la Sociedad. Desde entonces la relación entre ambos fue muy estrecha. El artículo que Concepción Arenal publicó a la muerte de Masarnau, constituye una prueba irrefutable de una profunda amistad y un testimonio valiosísimo de la fama de santidad que D. Santiago disfrutó en vida y fue creciendo después de su muerte.

Como hemos dicho es Concepción Arenal, la que con su pluma defiende en este trance la obra de las Conferencias con la publica­ción en «la Voz de la Caridad» de un artículo titulado: «La Sociedad de San Vicente de Paúl y la revolución», en él hacía un alega­to de valiente defensa de la Sociedad contra la acción del gobierno: «Lo decirnos con verdad: antes nos hubiéramos dejado cortar la mano que firmar ese decreto; comprendemos la vida con el cuerpo mutilado, pero no con el alma acongojada por haber sido causa de tanto mal». Pero cuando se publicó el artículo, Romero Ortiz no era ya ministro, tan sólo lo fue desde el 8 de octubre de 1868 al 19 de junio del año siguiente.

Curiosamente, es durante esta etapa de dura prueba cuando Santiago Masarnau deja ver parte del temple espiritual que funda­menta su persona, y al que dedicaremos una atención especial al hablar de sus virtudes, pero el retrato-moral que se nos ofrece de él en ese momento dice así: «Entonces fue cuando tuvimos ocasión de conocer aquel carácter verdaderamente extraordinario, aque­llas virtudes tan poco comunes entre seglares, y que formaban tan armónico conjunto; una grande humildad unida a un espíritu jo­vial; la más sólida piedad junto con una laboriosidad constante; y una gran libertad de espíritu en consorcio con una grande austeri­dad de vida. Era Masarnau un hombre de quien se podía aprender mucho. Y con su respetabilidad, de todos conocida, logró infundir en nuestra Sociedad un espíritu e imprimirle una marcha, que quiera Dios se conserve siempre en ella».

La Sociedad entra pues en un túnel de prueba, Masarnau y los socios más fieles mantuvieron una discreta actividad: nadie podía prohibirles visitar a quien quisieran, ni tampoco que dispusieran de su dinero a su gusto. Otras voces se levantaron en defensa de las Conferencias, en el Congreso de los Diputados Vinader y el Conde de Toreno hicieron oportunos alegatos pero sin efectos prácticos como ya hemos dicho.

Por este relato, que D. Santiago hace en tercera persona, prueba de su pro­funda humildad, rasgo éste que caracteriza la auténtica santidad de los siervos de Dios, sabemos con cierto detalle como la supresión de la Sociedad en 1868 no fue para él pretexto para abandonar su actividad como miembro de las Confe­rencias, muy por el contrario ante la adversidad que supuso esa medida políti­ca, él intensificó aún más su dedicación a los más débiles y necesitados, debien­do hacer notar además que por esas fechas contaba ya con 63 años de edad.

«Entre ellos hubo uno, que aunque muy ocupado porque tenía ocho horas me­didas de trabajo al día, llegó a visitar cien familias. Véase de qué modo, sobre poco más o menos, distribuía su tiempo, y lograba ese resultado, sin faltar a su trabajo ni privarse del necesario descanso. Se levantaba a las cinco de la ma­ñana. Se vestía y hacía sus preces hasta las cinco y media. A las cinco y media se ponía a trabajar hasta las ocho. A las ocho tomaba su chocolate, y a las ocho y media continuaba su trabajo hasta las diez. Con ésto había trabajado ya cua­tro horas. A las diez salía para visitar cinco familias, con toda comodidad, por­que elegía las que estaban más cerca unas de otras, y las visitaba hasta las do­ce. A las doce almorzaba y descansaba hasta las dos De dos a cuatro trabajaba. De cuatro a seis visitaba otras cinco familias. De seis a ocho comía y conversa­ba con sus amigos. De ocho a diez trabajaba. A las diez hacía sus preces y se acostaba, después de haber trabajado ocho horas y visitado diez familias. Al ca­bo de la semana había visitado 60 familias, porque visitaba todos los días me­nos los domingos; y como daba bonos doble por efecto de las circunstancias, al cabo de la segunda semana había hecho 120 visitas; pero nunca pasó de cien fa­milias, porque algunas necesitaba verlas dos o tres veces en la semana, por ha­ber enfermos, etc.»

Boletín de la Sociedad de San Vicente Paúl, número 229, Enero 188

V.1. Masarnau como publicista.

Su profundo interés, es decir, su celo apostólico, por fomentar la fe y la piedad en los demás, reflejo evidente de las suyas propias, queda de manifiesto en el impulso que dió, estando ya implantada la Sociedad en España, a la publicación del Boletín de la Sociedad en 1856, y difusión de una serie de pequeños libros, cuyo catálogo puede verse en la cubierta de los Boletines.

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